"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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21 de mayo de 2021

EL YUGO ES SUAVE; LOS MANSOS HEREDARÁN LA TIERRA.

 


Evangelio (Jn 21,15-19)

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas».


Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».


Comentario


Después de la gozosa resurrección del Maestro, podemos imaginar que san Pedro andaría con una mezcla intensa de emociones en su interior. Por un lado, el gozo indescriptible de volver a tener a su Señor junto a ellos después de haberlo visto sufrir lo indecible desde Getsemaní hasta el Gólgota; por el otro, el remordimiento interior enorme por su triple negación durante el interrogatorio en el palacio del sumo sacerdote.


Desde las primeras apariciones de Jesús resucitado, Simón Pedro andaría con unas ganas tremendas de poder estar a solas con el Señor y conversar con Él para explicarle lo sucedido y pedirle perdón. Él sabía que Jesús le perdonaría porque lo había visto hacer muchas veces y porque, además, durante la Última Cena, ya le había anunciado lo que iba a suceder.


Sin embargo, todavía no se había producido ese momento y san Pedro estaría lleno de ansia porque llegara. Ahora, por fin, Jesús se toma en un aparte a Simón y mantienen el maravilloso diálogo que describe el evangelio de hoy.


Jesús, con su particular pedagogía –tan divina y tan humana a la vez–, toma la delantera y le lanza una pregunta que luego repite otras dos veces: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. El Señor, con esa triple insistencia, le está recordando a Pedro su triple negación, pero lo hace de un modo que permite a Pedro reconocerla gravedad de su pecado y, a la vez, saberse enteramente y amado por Dios.


No hay resquicio para echar nada en cara, ni para la amargura, ni para una posible pérdida de confianza. Todo lo contrario: es un perdón que no solo cura la herida y limpia la mancha del pecado, si no que regenera, que fortalece, que da la Vida divina para que él pueda compartirla y ofrecerla a los demás.



Así es el perdón de Dios, del cual queremos participar, tanto recibiéndolo como ofreciéndolo a los demás.


TEXTO PARA HACER UN RATO DE ORACION:

- La mansedumbre es un fruto del Espíritu Santo.

- El yugo de Dios es suave.

- Los mansos heredarán la tierra.


SAN PABLO enumera entre los frutos del Espíritu Santo la mansedumbre (cfr. Gal 5,23). Y santo Tomás de Aquino señala que «es propio de la mansedumbre apaciguar la pasión de la ira»[1]. Quizá con frecuencia nos preguntamos por qué hay situaciones o personas que logran enfadarnos. A veces nos vemos sorprendidos por un sentimiento de ira o la sentimos fraguarse en nuestro corazón. Está claro que la ira puede estar presente en nuestra vida y que amenaza eficazmente nuestra paz y la de quienes tenemos cerca.


Uno de sus efectos es que «impide, a causa de su impulso, el que el ánimo del hombre juzgue libremente la verdad»[2]. Por lo tanto, un primer paso para vencerla puede ser conocernos lo mejor posible: saber cómo son nuestros enfados, cómo llegan y cómo se van. Ese conocimiento, junto con la gracia que pedimos a Jesús, que es «manso y humilde de corazón», son las bases firmes para afrontar esta batalla por lograr la paz interior. Nuestros comportamientos no surgen espontáneamente, sino que han sido gestados en nuestro corazón, a veces de manera inconsciente. Hay un obstáculo que muchas veces no detectamos y son los juicios que hacemos sobre nosotros mismos o sobre los demás, especialmente aquellos que son más críticos o negativos.


Por un lado, juzgar a los demás no es nuestra misión; no queremos hacernos como dioses en esa tarea, así que preferimos mirarlos como hijos de un mismo Padre y proyectarlos hacia la felicidad del cielo. Por otro lado, la crítica desesperanzada a nosotros mismos fácilmente puede convertirse en el caldo de cultivo de la ira. Si me siento juzgado, si siento frustración por mis aparentes resultados, es fácil que esos sentimientos influyan en la gestión de las circunstancias de cada día. Por eso, los enfados pueden servir para diagnosticar un corazón que necesita sosiego y paz interior. Al Espíritu Santo le pedimos que nos ayude a conocer bien los resortes más escondidos que impulsan nuestras acciones.


SAN PEDRO, en el evangelio de la Misa de hoy, recibe una ayuda incalculable de su Maestro. Jesús quiere sanar el corazón de Pedro, quiere recordarle que no guarda ningún rencor y que su traición no va a ser obstáculo para la misión que quiere confiarle. Por tres veces, para reparar la triple negación, le pregunta si le ama. Lo hace con delicadeza y con gradualidad. A cada pregunta le confirma la confianza absoluta en sus intenciones. Cuenta con Pedro, tal como es, para ayudar a sus hermanos. En él podemos encontrar, de alguna manera, la misión que nos ha regalado Dios a cada uno: «Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,29-30).


Podemos preguntarnos: «¿En qué consiste este “yugo”, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia?»[3]. Ciertamente, Pedro se entristece al oír, repetida tres veces, la pregunta sobre el amor que tenía a Jesús, ya que le hace recordar su traición. Pero con el tiempo, y con la ayuda del Espíritu Santo, esa conversación se convirtió en estímulo para su serenidad. La luz de la mirada de Jesús terminó convenciéndole de que le perdonaba de corazón; además, no le reprochó por cómo había actuado, a pesar de haber sido avisado con anterioridad. La confianza de Cristo en Pedro no había disminuido sino que aumentaba, era un dulce yugo que aligeraba su misión.


El apóstol, entonces, a pesar de la tristeza causada por el amargo recuerdo, descansó al fin. Las aguas turbulentas de su alma se calmaron con las palabras y con la mirada de Jesús. Dejó de juzgarse como había hecho hasta ese instante. Jesús deseaba que él disfrutara también de la carga ligera. Cuando nos dejamos querer por Dios descubrimos que «el yugo es la libertad, el yugo es el amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que él nos ganó en la cruz»[4]. Junto a esa verdad de su traición, san Pedro descubría todo el cariño, la comprensión y la confianza de Cristo depositada en él: era su verdad definitiva.


JESÚS HABÍA prometido que los mansos heredarían la tierra (cfr. Mt 5,5) y ahora le mostraba a Pedro cómo acceder a ese tesoro. La posesión de la tierra es el paraíso prometido, el descanso eterno, la bienaventuranza plena y completa, el cielo. Allí nadie se sentirá juzgado, porque contemplará entusiasmado la complacencia divina. Ese descanso no es el merecido por el duro trabajo de quien ha sido fiel; eso sería mucho, pero el cielo es infinitamente más grande. «¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar?»[5].


Un conocido consejo de san Josemaría podemos aplicarlo a los momentos en los que perdemos la paz al mirar nuestras debilidades: «Serenidad. ¿Por qué has de enfadarte, si, enfadándote, ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato, y no arreglas las cosas..., y te has de desenfadar, al fin?»[6]. Además, cuando no dejamos a Dios que nos perdone, terminamos molestando al prójimo: en eso consiste la ira. Podemos rogar al Paráclito su auxilio: «Espíritu Santo, viento impetuoso de Dios, sopla sobre nosotros. Sopla en nuestros corazones y haznos respirar la ternura del Padre. Sopla sobre la Iglesia y empújala hasta los confines lejanos para que, llevada por ti, no lleve nada más que a ti. Sopla sobre el mundo el calor suave de la paz y la brisa que restaura la esperanza. Ven, Espíritu Santo, cámbianos por dentro y renueva la faz de la tierra»[7].


Pedro cumplió lo que Jesús le volvió a pedir después de esta conversación: «Sígueme» (Jn 21,19). A nuestra Madre, esposa del Espíritu Santo, le pedimos que nos ayude a disfrutar de la mansedumbre y que nos empuje a sembrar paz y alegría hasta el último rincón de la tierra.


[1] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q.157, a.1.


[2] Ibíd., a.4.


[3] Benedicto XVI, Ángelus, 3-VII-2011.


[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 31.


[5] San Josemaría, Hoja informativa sobre el proceso de beatificación del Siervo de Dios, n. 1, p. 5.


[6] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 881.


[7] Francisco, Homilía, 20-V-2018.

9 de diciembre de 2020

MANSEDUMBRE

 

— Jesús, modelo de mansedumbre a imitar.

— Se apoya en la fortaleza de espíritu.

— Frutos de la mansedumbre.


I. El texto del profeta Isaías en la Primera lectura de la Misa1, como el Salmo responsorial2, nos invitan a contemplar la grandeza de Dios, frente a esa debilidad nuestra que conocemos por la experiencia de repetidas caídas. Y nos dicen que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia3, y quienes esperan en Él renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águila, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse4.


El Mesías trae a la humanidad un yugo y una carga, pero ese yugo es llevadero porque es liberador y la carga no es pesada, porque Él lleva la parte más dura. Nunca nos agobia el Señor con sus preceptos y mandatos; al contrario, ellos nos hacen más libres y nos facilitan siempre la existencia. Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré, nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera5. Se propone a Sí mismo el Señor como modelo de mansedumbre y de humildad, virtudes y actitudes del corazón que irán siempre juntas.


Se dirige Jesús a aquellas gentes que le siguen, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor6, y se gana su confianza con la mansedumbre de su corazón, siempre acogedor y comprensivo.


La liturgia de Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Solo así podremos comprender los sucesos de Belén; solo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.


A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. Allí, en su Corazón amabilísimo, encontraban refugio y descanso las multitudes; y también ahora se sienten fuertemente atraídas por Él, y en Él hallan la paz. El Señor nos ha dicho que aprendamos de Él. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud de la mansedumbre.


Si observamos de cerca a Jesús, le vemos paciente con los defectos de sus discípulos, y no tendrá inconveniente en repetir una y otra vez las mismas enseñanzas, explicándolas detalladamente, para que sus íntimos, lentos y distraídos, conozcan la doctrina de la salvación. No se impacienta con sus tosquedades y faltas de correspondencia. Verdaderamente, Jesús, «que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a sus discípulos»7.


Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medicina para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Ese espíritu sereno y acogedor nacerá y crecerá en nosotros en la medida en que tengamos más presencia de Dios y consideremos con más frecuencia la vida de Nuestro Señor. «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación, que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: este lee la vida de Jesucristo»8. Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades.


No cometamos el error de pensar que ese «mal carácter» nuestro, manifestado en ocasiones y circunstancias bien determinadas, depende de la forma de ser de quienes nos rodean. «La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo. La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros, y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. El poder de superar nuestro mal carácter no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud»9.


La mansedumbre se ha de poner especialmente de manifiesto en aquellas circunstancias en las que la convivencia puede resultar más dificultosa.


II. La mansedumbre no es propia de los blandos ni de los amorfos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. «Bienaventurados los mansos porque ellos, en la guerra de este mundo, están amparados contra el demonio y contra los golpes de las persecuciones del mundo. Son como vasos de vidrio recubiertos de paja o heno, que no se quiebran al recibir los golpes. La mansedumbre es como un escudo muy fuerte contra el que se estrellan y rompen los golpes de las agudas saetas de la ira. Van vestidos con vestidura de algodón muy suave que los defiende sin molestar a nadie»10.


La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.


Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones, y lo que podría convertirse en una gran contrariedad se queda en su exacta medida; la contemplación del nacimiento de Jesús nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perder la paz. Junto a Él aprendemos a ser justos al valorar, en su presencia, los diversos incidentes de la vida ordinaria, a callar en otras ocasiones, a sonreír, a tratar bien a los demás, a esperar el momento oportuno para corregir una falta. También a salir en defensa de la verdad y de los intereses de Dios y de nuestros hermanos con toda la fuerza que sea necesaria. Porque a la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía.


La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios. Vemos a Jesús santamente airado frente a los fariseos y los mercaderes del Templo11. Encuentra el Señor el Templo convertido en una cueva de ladrones, en un lugar falto de respeto, dedicado a otras cosas que nada tenían que ver con la adoración a Dios. El Señor se enfada terriblemente, y lo demuestra con sus palabras y sus hechos. Pocas escenas nos han dejado los Evangelistas con tanta fuerza como esta.


Y junto a la santa ira de Jesús con quienes prostituyen aquel santo lugar, su gran misericordia con los necesitados. Al mismo tiempo se acercaron a Él, en el Templo, varios ciegos y cojos, y los curó12.


III. La mansedumbre se opone a las estériles manifestaciones de violencia, que en el fondo son signos de debilidad (impaciencias, irritación, mal humor, odio, etcétera), a los desgastes inútiles de fuerzas por enfados que no tienen razón de ser, ni por su origen –muchas veces estriba este en pequeñeces, que podían haber pasado con una sonrisa o un silencio–, ni por sus resultados, porque nada arreglan.


De la falta de esta virtud provienen las explosiones de mal humor entre los esposos, que van corroyendo poco a poco el verdadero amor; se origina también la irascibilidad y sus funestas consecuencias en la educación de los hijos; la falta de paz en la oración, porque en vez de hablar con Dios se rumian agravios; en la conversación, la cólera debilita enseguida los argumentos más sólidos. El dominio de sí mismo –que forma parte de la verdadera mansedumbre– es el arma de los fuertes; nos contiene de hablar demasiado pronto, de decir palabras que hieren y que luego nos hubiera gustado no haber pronunciado nunca. La mansedumbre sabe esperar el momento oportuno y matiza los juicios, con lo que adquieren toda su fuerza.


La falta habitual de mansedumbre es fruto de la soberbia, y solo produce soledad y esterilidad a su alrededor. «Tu mal carácter, tus exabruptos, tus modales poco amables, tus actitudes carentes de afabilidad, tu rigidez (¡tan poco cristiana!), son la causa de que te encuentres solo, en la soledad del egoísta, del amargado, del eterno descontento, del resentido, y son también la causa de que a tu alrededor, en vez de amor, haya indiferencia, frialdad, resentimiento y desconfianza.


»Es necesario que con tu buen carácter, con tu comprensión y tu afabilidad, con la mansedumbre de Cristo amalgamada a tu vida, seas feliz y hagas felices a todos los que te rodean, a todos los que te encuentren en el camino de la vida»13.


Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de sus impaciencias y de su mal carácter; poseerán a Dios, porque su alma se halla siempre dispuesta para la oración, en un clima de continua presencia de Dios; poseerán a los que les rodean, porque un corazón así es el que gana amistad y cariño, imprescindibles en la convivencia diaria y en todo apostolado. A nuestro paso por el mundo hemos de dejar el buen aroma de Cristo14: nuestra sonrisa habitual, una calma serena, buen humor y alegría, caridad y comprensión.


Examinemos nuestra disposición al sacrificio necesario para hacer agradable la vida de los demás; si somos capaces de ceder el juicio propio, sin pretender tener siempre razón; si sabemos reprimir el genio y pasar por alto los roces de toda convivencia. Este tiempo de Adviento es buena ocasión para reforzar esta actitud del corazón. Lo conseguiremos si tratamos con más frecuencia a Jesús, a María y a José; si luchamos cada día por ser más comprensivos con quienes nos rodean; si procuramos sin descanso limar nuestras propias asperezas; si sabemos acudir al Sagrario para tratar con el Señor los asuntos que más nos preocupan.


11 de diciembre de 2019

EL CAMINO DE LA MANSEDUMBRE

— Jesús, modelo de mansedumbre que hemos de imitar.
— La mansedumbre se apoya en la fortaleza de espíritu.
— Frutos de la mansedumbre. 

I. El texto del profeta Isaías en la Primera lectura de la Misa1, como el Salmo responsorial2, nos invitan a contemplar la grandeza de Dios, frente a esa debilidad nuestra que conocemos por la experiencia de repetidas caídas. Y nos dicen que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia3, y quienes esperan en Él renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águila, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse4.

El Mesías trae a la humanidad un yugo y una carga, pero ese yugo es llevadero porque es liberador y la carga no es pesada, porque Él lleva la parte más dura. Nunca nos agobia el Señor con sus preceptos y mandatos; al contrario, ellos nos hacen más libres y nos facilitan siempre la existencia. Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré, nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera5. Se propone a Sí mismo el Señor como modelo de mansedumbre y de humildad, virtudes y actitudes del corazón que irán siempre juntas.

Se dirige Jesús a aquellas gentes que le siguen, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor6, y se gana su confianza con la mansedumbre de su corazón, siempre acogedor y comprensivo.

La liturgia de Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Solo así podremos comprender los sucesos de Belén; solo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.

A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. Allí, en su Corazón amabilísimo, encontraban refugio y descanso las multitudes; y también ahora se sienten fuertemente atraídas por Él, y en Él hallan la paz. El Señor nos ha dicho que aprendamos de Él. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud de la mansedumbre.

Si observamos de cerca a Jesús, le vemos paciente con los defectos de sus discípulos, y no tendrá inconveniente en repetir una y otra vez las mismas enseñanzas, explicándolas detalladamente, para que sus íntimos, lentos y distraídos, conozcan la doctrina de la salvación. No se impacienta con sus tosquedades y faltas de correspondencia. Verdaderamente, Jesús, «que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a sus discípulos»7.

Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medicina para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Ese espíritu sereno y acogedor nacerá y crecerá en nosotros en la medida en que tengamos más presencia de Dios y consideremos con más frecuencia la vida de Nuestro Señor. «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación, que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: este lee la vida de Jesucristo»8. Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades.

No cometamos el error de pensar que ese «mal carácter» nuestro, manifestado en ocasiones y circunstancias bien determinadas, depende de la forma de ser de quienes nos rodean. «La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo. La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros, y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. El poder de superar nuestro mal carácter no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud»9.

La mansedumbre se ha de poner especialmente de manifiesto en aquellas circunstancias en las que la convivencia puede resultar más dificultosa.

II. La mansedumbre no es propia de los blandos ni de los amorfos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. «Bienaventurados los mansos porque ellos, en la guerra de este mundo, están amparados contra el demonio y contra los golpes de las persecuciones del mundo. Son como vasos de vidrio recubiertos de paja o heno, que no se quiebran al recibir los golpes. La mansedumbre es como un escudo muy fuerte contra el que se estrellan y rompen los golpes de las agudas saetas de la ira. Van vestidos con vestidura de algodón muy suave que los defiende sin molestar a nadie»10.

La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones, y lo que podría convertirse en una gran contrariedad se queda en su exacta medida; la contemplación del nacimiento de Jesús nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perder la paz. Junto a Él aprendemos a ser justos al valorar, en su presencia, los diversos incidentes de la vida ordinaria, a callar en otras ocasiones, a sonreír, a tratar bien a los demás, a esperar el momento oportuno para corregir una falta. También a salir en defensa de la verdad y de los intereses de Dios y de nuestros hermanos con toda la fuerza que sea necesaria. Porque a la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía.

La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios. Vemos a Jesús santamente airado frente a los fariseos y los mercaderes del Templo11. Encuentra el Señor el Templo convertido en una cueva de ladrones, en un lugar falto de respeto, dedicado a otras cosas que nada tenían que ver con la adoración a Dios. El Señor se enfada terriblemente, y lo demuestra con sus palabras y sus hechos. Pocas escenas nos han dejado los Evangelistas con tanta fuerza como esta.

Y junto a la santa ira de Jesús con quienes prostituyen aquel santo lugar, su gran misericordia con los necesitados. Al mismo tiempo se acercaron a Él, en el Templo, varios ciegos y cojos, y los curó12.

III. La mansedumbre se opone a las estériles manifestaciones de violencia, que en el fondo son signos de debilidad (impaciencias, irritación, mal humor, odio, etcétera), a los desgastes inútiles de fuerzas por enfados que no tienen razón de ser, ni por su origen –muchas veces estriba este en pequeñeces, que podían haber pasado con una sonrisa o un silencio–, ni por sus resultados, porque nada arreglan.

De la falta de esta virtud provienen las explosiones de mal humor entre los esposos, que van corroyendo poco a poco el verdadero amor; se origina también la irascibilidad y sus funestas consecuencias en la educación de los hijos; la falta de paz en la oración, porque en vez de hablar con Dios se rumian agravios; en la conversación, la cólera debilita enseguida los argumentos más sólidos. El dominio de sí mismo –que forma parte de la verdadera mansedumbre– es el arma de los fuertes; nos contiene de hablar demasiado pronto, de decir palabras que hieren y que luego nos hubiera gustado no haber pronunciado nunca. La mansedumbre sabe esperar el momento oportuno y matiza los juicios, con lo que adquieren toda su fuerza.

La falta habitual de mansedumbre es fruto de la soberbia, y solo produce soledad y esterilidad a su alrededor. «Tu mal carácter, tus exabruptos, tus modales poco amables, tus actitudes carentes de afabilidad, tu rigidez (¡tan poco cristiana!), son la causa de que te encuentres solo, en la soledad del egoísta, del amargado, del eterno descontento, del resentido, y son también la causa de que a tu alrededor, en vez de amor, haya indiferencia, frialdad, resentimiento y desconfianza.

»Es necesario que con tu buen carácter, con tu comprensión y tu afabilidad, con la mansedumbre de Cristo amalgamada a tu vida, seas feliz y hagas felices a todos los que te rodean, a todos los que te encuentren en el camino de la vida»13.

Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de sus impaciencias y de su mal carácter; poseerán a Dios, porque su alma se halla siempre dispuesta para la oración, en un clima de continua presencia de Dios; poseerán a los que les rodean, porque un corazón así es el que gana amistad y cariño, imprescindibles en la convivencia diaria y en todo apostolado. A nuestro paso por el mundo hemos de dejar el buen aroma de Cristo14: nuestra sonrisa habitual, una calma serena, buen humor y alegría, caridad y comprensión.

Examinemos nuestra disposición al sacrificio necesario para hacer agradable la vida de los demás; si somos capaces de ceder el juicio propio, sin pretender tener siempre razón; si sabemos reprimir el genio y pasar por alto los roces de toda convivencia. Este tiempo de Adviento es buena ocasión para reforzar esta actitud del corazón. Lo conseguiremos si tratamos con más frecuencia a Jesús, a María y a José; si luchamos cada día por ser más comprensivos con quienes nos rodean; si procuramos sin descanso limar nuestras propias asperezas; si sabemos acudir al Sagrario para tratar con el Señor los asuntos que más nos preocupan.

20 de julio de 2019

NO QUEBRARÁ LA CAÑA CASCADA

— Mansedumbre y misericordia de Cristo.
— Jesús no da a nadie por perdido. Nos ayuda aunque hayamos pecado.
— Compasión, comprensión y misericordia. Esta es la clave.

I. El Evangelio de la Misa nos muestra a Jesús alejándose de los fariseos, pues estos tuvieron consejo para ver cómo perderle. Aunque se retiró a un lugar más seguro –quizá en Galilea1–, le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen2. Es esta la ocasión en la que San Mateo, movido por el Espíritu Santo, señala el cumplimiento de la profecía de Isaías3 sobre el Siervo de Yahvé, en la que se prefigura con rasgos muy definidos al Mesías, a Jesús: He aquí a mi Siervo a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma. Pondré mi espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No disputará ni vociferará, nadie oirá sus gritos en las plazas. No quebrará la caña cascada, no apagará la mecha humeante...

El Mesías había sido profetizado por Isaías, no como un rey conquistador, sino sirviendo y curando. Su misión será caracterizada por la mansedumbre, la fidelidad y la misericordia. El Evangelista señala que esta profecía se estaba cumpliendo4. Por medio de dos imágenes bellísimas describe Isaías la mansedumbre, dulzura y misericordia del Mesías. La caña cascada, la mecha humeante, representan toda clase de miserias, dolencias y penalidades a que está sujeta la humanidad. No terminará de romper la caña ya cascada; al contrario, se inclina sobre ella, la endereza con sumo cuidado y le da la fortaleza y la vida que le faltan. Tampoco apagará la mecha de una lámpara que parece que se extingue, sino que empleará todos los medios para que vuelva a iluminar con luz clara y radiante. Esta es la actitud de Jesús ante los hombres.

En la vida corriente a veces decimos de un enfermo que su dolencia «no tiene remedio», y se da por imposible su curación. En la vida espiritual no es así: Jesús es el Médico que nunca da como irremediablemente perdidos a quienes han enfermado del alma. A ninguno juzga irrecuperable. El hombre más endurecido en el pecado, el que ha caído más veces y en faltas más grandes nunca es abandonado por el Maestro. También para él tiene la medicina que cura. En cada hombre Él sabe ver la capacidad de conversión que existe siempre en el alma. Su paciencia y su amor no dan a ninguno por perdido. ¿Lo vamos a dar nosotros? Y si, por desgracia, alguna vez nos encontráramos en esa triste situación, ¿vamos a desconfiar de quien ha dicho de Sí mismo que ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido?

Como caña cascada fue María Magdalena, y el buen ladrón, y la mujer adúltera... A Pedro, deshecho por las negaciones de su más triste noche, lo restaura, y ni siquiera le hace prometer el Señor que no volvería a negarlo. Solamente le preguntó: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Es la pregunta que nos hace a todos, cuando no hemos sido del todo fieles. ¿Me amas? Cada Confesión es también, y sobre todo, un acto de amor. Pensemos hoy cómo es nuestro amor, cómo respondemos a esa pregunta que nos hace el Señor.

II. No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que aún humea...

La misericordia de Jesús por los hombres no decayó ni un instante, a pesar de las ingratitudes, las contradicciones y los odios que encontró. El amor de Cristo por los hombres es profundo, porque, en primer lugar, se preocupa del alma, para conducirla, con ayudas eficaces, a la vida eterna; y, al mismo tiempo, es universal, inmenso, y se extiende a todos. Él es el Buen Pastor de todas las almas, a todas las conoce y las llama por su nombre5. No deja a ninguna perdida en el monte. Ha dado su vida por cada hombre, por cada mujer. Su actitud cuando alguno se aleja es darle las ayudas para que vuelva, y todos los días sale a ver si lo divisa en la lejanía. Y si alguno le ha ofendido más, trata de atraerle a su Corazón misericordioso. No quiebra la caña cascada, no termina de romperla y la abandona, sino que la recompone con tanto más cuidado cuanto mayor sea su debilidad.

¿Qué dice a quienes están rotos por el pecado, a quien ya no da luz porque apagó la llama divina en su alma? Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré6. «Tiene piedad de la gran miseria a la que les ha conducido el pecado; les lleva al arrepentimiento sin juzgarles con severidad. Él es el padre del hijo pródigo que abraza al hijo desgraciado por su falta; Él mismo perdona a la mujer adúltera a la que se disponen a lapidar; recibe a la Magdalena arrepentida y le abre enseguida el misterio de su vida íntima; habla de la vida eterna a la Samaritana a pesar de su mala conducta; promete el Cielo al buen ladrón. Verdaderamente en Él se realizan las palabras de Isaías: La caña cascada no la quebrará; ni apagará el pabilo que aún humea»7.

Nunca nadie nos amó ni nos amará como Cristo. Nadie nos comprenderá mejor. Cuando los fieles de Corinto andaban divididos diciendo unos: «yo soy de Pablo», y otros: «yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo», San Pablo les escribe: ¿Ha sido Pablo crucificado por vosotros?8. Es el argumento supremo.

No podemos desesperar nunca... Dios quiere que seamos santos, y pone su poder y su providencia al servicio de su misericordia. Por eso, no debemos dejar pasar el tiempo mirando nuestra miseria, perdiendo de vista a Dios, dejándonos descorazonar por nuestros defectos, tentados de exclamar «¿para qué continuar luchando, considerando todo lo que he pecado, todo lo que he fallado al Señor?». No, nosotros debemos confiar en el amor y en el poder de nuestro Padre Dios, y en el de su Hijo, enviado al mundo para redimirnos y fortalecernos9.

¡Qué gran bien para nuestra alma sentirnos hoy delante del Señor como una caña cascada que necesita de muchos cuidados, como el pabilo que tiene una débil llama y que precisa del aceite del amor divino para que luzca como el Señor quiere! No perdamos nunca la esperanza si nos vemos débiles, con defectos, con miserias. El Señor no nos deja; basta que pongamos los medios y que no rechacemos la mano que Él nos tiende.

III. Esta mansedumbre y misericordia de Jesús por los débiles señalan el camino a seguir para llevar a nuestros amigos hasta Él, pues en su nombre pondrán su esperanza las naciones10. Cristo es la esperanza salvadora del mundo.

No podemos extrañarnos de la ignorancia, de los errores, de la dureza y resistencia que tantos ponen en su camino hacia Dios. El aprecio sincero por todos, la comprensión y la paciencia deben ser nuestra actitud ante ellos. Pues «rompe la caña cascada aquel que no da la mano al pecador ni lleva la carga de su hermano; y apaga la torcida que humea aquel que desprecia en los que aún creen un poco la pequeña centella de la fe»11.

Nuestros amigos, quienes se crucen con nosotros por circunstancias diversas, han de encontrar en la amistad o en nuestra actitud un firme apoyo para su fe. Por eso, hemos de acercarnos a su debilidad: para que se torne fortaleza; debemos verlos con ojos de misericordia, como los mira Cristo; con comprensión, con un aprecio verdadero, aceptando el claroscuro que forman sus miserias y sus grandezas. Por un lado, hemos de tener presente que «servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos (...). Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos»12. Por otro lado, «no diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr. Rom 12, 21). Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean»13.

Los frutos de esta doble actitud de comprensión y fortaleza son tan grandes –para uno mismo y para los demás– que bien vale la pena el esfuerzo por ver almas en quienes tratamos a diario; en verles tan necesitados como los veía el Señor.

No es suficiente apreciar –afirma un autor de nuestros días14– a los hombres brillantes porque son brillantes, a los buenos porque son buenos. Debemos apreciar a todo hombre porque es hombre, a todo hombre, al débil, al ignorante, al que carece de educación, al más oscuro. Y esto no lo podremos hacer a menos que nuestra concepción de lo que es el hombre lo haga objeto de estima. El cristiano sabe que todo hombre es imagen de Dios, que tiene un espíritu inmortal y que Cristo murió por él. La frecuente consideración de esta verdad nos ayudará a no separarnos de los demás, sobre todo cuando los defectos, las faltas de educación, su mal comportamiento se hagan más evidentes. Imitando al Señor, nunca romperemos una caña cascada. Como el buen samaritano de la parábola, nos acercaremos al herido y vendaremos sus heridas, y aliviaremos su dolor con el bálsamo de nuestra caridad. Y un día oiremos de labios del Señor estas dulces palabras: lo que hiciste con uno de estos, por Mí lo hiciste15.

Nadie como María conoce el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido, la llamamos también Madre de la misericordia... Madre de la divina misericordia16: a Ella acudimos al terminar nuestra meditación, seguros de que nos conduce siempre a Jesús y nos impulsa a ser, como su Hijo, comprensivos y misericordiosos.

7 de junio de 2019

FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO

— Los frutos del Espíritu Santo en el alma. El amor, el gozo y la paz.
— Paciencia y longanimidad. Su importancia en el apostolado.
— Los frutos que se relacionan con el bien del prójimo: bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad.

I. Cuando el alma es dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo se convierte en el árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. Esos frutos sazonan la vida cristiana y son manifestación de la gloria de Dios: en esto será glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto1, dirá el Señor en la Última Cena.



Estos frutos sobrenaturales son incontables. San Pablo, a modo de ejemplo, señala doce frutos, resultado de los dones que el Espíritu Santo ha infundido en nuestra alma: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad2.



En primer lugar figura el amor, la caridad, que es la primera manifestación de nuestra unión con Cristo. Es el más sabroso de los frutos, el que nos hace experimentar que Dios está cerca, y el que tiende a aligerar la carga a otros. La caridad delicada y operativa con quienes conviven o trabajan en nuestros mismos quehaceres es la primera manifestación de la acción del Espíritu Santo en el alma: «no hay señal ni marca que distinga al cristiano y al que ama a Cristo como el cuidado de nuestros hermanos y el celo por la salvación de las almas»3.



Al primer y principal fruto del Espíritu Santo «sigue necesariamente el gozo, pues el que ama se goza en la unión con el amado»4. La alegría es consecuencia del amor; por eso, al cristiano se le distingue por su alegría, que permanece por encima del dolor y del fracaso. ¡Cuánto bien ha hecho en el mundo la alegría de los cristianos! «Alegrarse en las pruebas, sonreír en el sufrimiento..., cantar con el corazón y con mejor acento cuanto más largas y más punzantes sean las espinas (...) y todo esto por amor... este es, junto al amor, el fruto que el Viñador divino quiere recoger en los sarmientos de la Viña mística, frutos que solamente el Espíritu Santo puede producir en nosotros»5.



El amor y la alegría dejan en el alma la paz de Dios, que supera todo conocimiento6; es –como la define San Agustín– «la tranquilidad en el orden»7. Existe la falsa paz del desorden, como la que reina en una familia en la que los padres ceden siempre ante los caprichos de los hijos, bajo el pretexto de «tener paz»; como la de la ciudad que, con la excusa de no querer contristar a nadie, dejase a los malvados cometer sus fechorías. La paz, fruto del Espíritu Santo, es ausencia de agitación y el descanso de la voluntad en la posesión estable del bien. Esta paz supone lucha constante contra las tendencias desordenadas de las propias pasiones.



II. La plenitud del amor, del gozo y de la paz solo la encontraremos en el Cielo. Aquí tenemos un anticipo de la felicidad eterna en la medida en que somos fieles. Ante los obstáculos, las almas que se dejan guiar por el Paráclito producen el fruto de la paciencia, que lleva a soportar con igualdad de ánimo, sin quejas ni lamentos estériles, los sufrimientos físicos y morales que toda vida lleva consigo. La caridad está llena de paciencia; y la paciencia es, en muchas ocasiones, el soporte del amor. «La caridad –escribía San Cipriano– es el lazo que une a los hermanos, el cimiento de la paz, la trabazón que da firmeza a la unidad... Quítale, sin embargo, la paciencia, y quedará devastada; quítale el jugo del sufrimiento y de la resignación, y perderá las raíces y el vigor»8. El cristiano debe ver la mano amorosa de Dios, que se sirve de los sufrimientos y dolores para purificar a quienes más quiere y hacerlos santos. Por eso, no pierden la paz ante la enfermedad, la contradicción, los defectos ajenos, las calumnias... y ni siquiera ante los propios fracasos espirituales.



La longanimidad es semejante a la paciencia. Es una disposición estable por la que esperamos con ecuanimidad, sin quejas ni amarguras, y todo el tiempo que Dios quiera, las dilaciones queridas o permitidas por Él, antes de alcanzar las metas ascéticas o apostólicas que nos proponemos.



Este fruto del Espíritu Santo da al alma la certeza plena de que –si pone los medios, si hay lucha ascética, si recomienza siempre– se realizarán esos propósitos, a pesar de los obstáculos objetivos que se pueden encontrar, a pesar de las flaquezas y de los errores y pecados, si los hubiera.



En el apostolado, la persona longánime se propone metas altas, a la medida del querer de Dios, aunque los resultados concretos parezcan pequeños, y utiliza todos los medios humanos y sobrenaturales a su alcance, con santa tozudez y constancia. «La fe es un requisito imprescindible en el apostolado, que muchas veces se manifiesta en la constancia para hablar de Dios, aunque tarden en venir los frutos.



»Si perseveramos, si insistimos bien convencidos de que el Señor lo quiere, también a tu alrededor, por todas partes, se apreciarán señales de una revolución cristiana: unos se entregarán, otros se tomarán en serio su vida interior, y otros –los más flojos– quedarán al menos alertados»9.



El Señor cuenta con el esfuerzo diario, sin pausas, para que la tarea apostólica dé sus frutos. Si alguna vez estos tardan en aparecer, si el interés que hemos puesto por acercar a Dios a un familiar o a un colega pareciera estéril, el Espíritu Santo nos dará a entender que nadie que trabaje por el Señor con rectitud de intención lo hace en vano; mis elegidos no trabajarán en vano10. La longanimidad se presenta como el perfecto desarrollo de la virtud de la esperanza.



III. Después de los frutos que relacionan el alma más directamente con Dios y con la propia santidad, San Pablo enumera otros que miran en primer lugar al bien del prójimo: revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre (...), soportándoos y perdonándoos mutuamente...11.



La bondad de la que nos habla el Apóstol es una disposición estable de la voluntad que nos inclina a querer toda clase de bienes para otros, sin distinción alguna: amigos y enemigos, parientes o desconocidos, vecinos o lejanos. El alma se siente amada por Dios y esto le impide tener celos y envidias, y ve en los demás a hijos de Dios, a los que Él quiere, y por quienes ha muerto Jesucristo.



No basta querer el bien para otros en teoría. La caridad verdadera es amor eficaz que se traduce en hechos. La caridad es bienhechora12, anuncia San Pablo. La benignidad es precisamente esa disposición del corazón que nos inclina a hacer el bien a los demás13. Este fruto se manifiesta en multitud de obras de misericordia, corporales y espirituales, que los cristianos realizan en el mundo entero sin acepción de personas. En nuestra vida se manifiesta en los mil detalles de servicio que procuramos realizar con quienes nos relacionamos cada día. La benignidad nos impulsa a llevar paz y alegría por donde pasemos, y a tener una disposición constante hacia la indulgencia y la afabilidad.



La mansedumbre está íntimamente unida a la bondad y a la benignidad, y es como su acabamiento y perfección. Se opone a las estériles manifestaciones de ira, que en el fondo son signo de debilidad. La caridad no se aíra14, sino que se muestra en todo con suavidad y delicadeza y se apoya en una gran fortaleza de espíritu. El alma que posee este fruto del Espíritu Santo no se impacienta ni alberga sentimientos de rencor ante las ofensas o injurias que recibe de otras personas, aunque sienta –y a veces muy vivamente, por la mayor finura que adquiere en el trato con Dios– las asperezas de los demás, los desaires, las humillaciones. Sabe que de todo esto se sirve Dios para purificar a las almas.



A la mansedumbre sigue la fidelidad. Una persona fiel es la que cumple sus deberes, aun los más pequeños, y en quien los demás pueden depositar su confianza. Nada hay comparable a un amigo fiel –dice la Sagrada Escritura–; su precio es incalculable15. Ser fieles es una forma de vivir la justicia y la caridad. La fidelidad constituye como el resumen de todos los frutos que se refieren a nuestras relaciones con el prójimo.



Los tres últimos frutos que señala San Pablo hacen referencia a la virtud de la templanza, la cual, bajo el influjo de los dones del Espíritu Santo, produce frutos de modestia, continencia y castidad.



Una persona modesta es aquella que sabe comportarse de modo equilibrado y justo en cada situación, y aprecia los talentos que posee sin exagerarlos ni empequeñecerlos, porque sabe que son un regalo de Dios para ponerlos al servicio de los demás. Este fruto del Espíritu Santo se refleja en el porte exterior de la persona, en su modo de hablar y de vestir, de tratar a la gente y de comportarse socialmente. La modestia es atrayente porque refleja la sencillez y el orden interior.



Los dos últimos frutos que señala San Pablo son la continencia y la castidad. Como por instinto, el alma está extremadamente vigilante para evitar lo que pueda dañar la pureza interior y exterior, tan grata al Señor. Estos frutos, que embellecen la vida cristiana y disponen al alma para entender lo que a Dios se refiere, pueden recogerse aun en medio de grandes tentaciones, si se quita la ocasión y se lucha con decisión, sabiendo que nunca faltará la gracia del Señor.



A la Virgen Santísima nos acercamos al terminar nuestra oración, porque Dios se sirve de Ella para, por influjo del Paráclito, producir abundantes frutos en las almas. Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Venid a mí cuantos me deseáis, y saciaos de mis frutos. Porque recordarme es más dulce que la miel, y poseerme, más rico que el panal de miel...


18 de mayo de 2018

FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO

— Los frutos del Espíritu Santo en el alma,El amor, el gozo y la paz.
— Paciencia y longanimidad. Su importancia en el apostolado.
— Bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia,y castidad.
I. Cuando el alma es dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo se convierte en el árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. Esos frutos sazonan la vida cristiana y son manifestación de la gloria de Dios: en esto será glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto1, dirá el Señor en la Última Cena.
Estos frutos sobrenaturales son incontables. San Pablo, a modo de ejemplo, señala doce frutos, resultado de los dones que el Espíritu Santo ha infundido en nuestra alma: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad2.
En primer lugar figura el amor, la caridad, que es la primera manifestación de nuestra unión con Cristo. Es el más sabroso de los frutos, el que nos hace experimentar que Dios está cerca, y el que tiende a aligerar la carga a otros. La caridad delicada y operativa con quienes conviven o trabajan en nuestros mismos quehaceres es la primera manifestación de la acción del Espíritu Santo en el alma: «no hay señal ni marca que distinga al cristiano y al que ama a Cristo como el cuidado de nuestros hermanos y el celo por la salvación de las almas»3.
Al primer y principal fruto del Espíritu Santo «sigue necesariamente el gozo, pues el que ama se goza en la unión con el amado»4. La alegría es consecuencia del amor; por eso, al cristiano se le distingue por su alegría, que permanece por encima del dolor y del fracaso. ¡Cuánto bien ha hecho en el mundo la alegría de los cristianos! «Alegrarse en las pruebas, sonreír en el sufrimiento..., cantar con el corazón y con mejor acento cuanto más largas y más punzantes sean las espinas (...) y todo esto por amor... este es, junto al amor, el fruto que el Viñador divino quiere recoger en los sarmientos de la Viña mística, frutos que solamente el Espíritu Santo puede producir en nosotros»5.
El amor y la alegría dejan en el alma la paz de Dios, que supera todo conocimiento6; es –como la define San Agustín– «la tranquilidad en el orden»7. Existe la falsa paz del desorden, como la que reina en una familia en la que los padres ceden siempre ante los caprichos de los hijos, bajo el pretexto de «tener paz»; como la de la ciudad que, con la excusa de no querer contristar a nadie, dejase a los malvados cometer sus fechorías. La paz, fruto del Espíritu Santo, es ausencia de agitación y el descanso de la voluntad en la posesión estable del bien. Esta paz supone lucha constante contra las tendencias desordenadas de las propias pasiones.
II. La plenitud del amor, del gozo y de la paz solo la encontraremos en el Cielo. Aquí tenemos un anticipo de la felicidad eterna en la medida en que somos fieles. Ante los obstáculos, las almas que se dejan guiar por el Paráclito producen el fruto de la paciencia, que lleva a soportar con igualdad de ánimo, sin quejas ni lamentos estériles, los sufrimientos físicos y morales que toda vida lleva consigo. La caridad está llena de paciencia; y la paciencia es, en muchas ocasiones, el soporte del amor. «La caridad –escribía San Cipriano– es el lazo que une a los hermanos, el cimiento de la paz, la trabazón que da firmeza a la unidad... Quítale, sin embargo, la paciencia, y quedará devastada; quítale el jugo del sufrimiento y de la resignación, y perderá las raíces y el vigor»8. El cristiano debe ver la mano amorosa de Dios, que se sirve de los sufrimientos y dolores para purificar a quienes más quiere y hacerlos santos. Por eso, no pierden la paz ante la enfermedad, la contradicción, los defectos ajenos, las calumnias... y ni siquiera ante los propios fracasos espirituales.
La longanimidad es semejante a la paciencia. Es una disposición estable por la que esperamos con ecuanimidad, sin quejas ni amarguras, y todo el tiempo que Dios quiera, las dilaciones queridas o permitidas por Él, antes de alcanzar las metas ascéticas o apostólicas que nos proponemos.
Este fruto del Espíritu Santo da al alma la certeza plena de que –si pone los medios, si hay lucha ascética, si recomienza siempre– se realizarán esos propósitos, a pesar de los obstáculos objetivos que se pueden encontrar, a pesar de las flaquezas y de los errores y pecados, si los hubiera.
En el apostolado, la persona longánime se propone metas altas, a la medida del querer de Dios, aunque los resultados concretos parezcan pequeños, y utiliza todos los medios humanos y sobrenaturales a su alcance, con santa tozudez y constancia. «La fe es un requisito imprescindible en el apostolado, que muchas veces se manifiesta en la constancia para hablar de Dios, aunque tarden en venir los frutos.
»Si perseveramos, si insistimos bien convencidos de que el Señor lo quiere, también a tu alrededor, por todas partes, se apreciarán señales de una revolución cristiana: unos se entregarán, otros se tomarán en serio su vida interior, y otros –los más flojos– quedarán al menos alertados»9.
El Señor cuenta con el esfuerzo diario, sin pausas, para que la tarea apostólica dé sus frutos. Si alguna vez estos tardan en aparecer, si el interés que hemos puesto por acercar a Dios a un familiar o a un colega pareciera estéril, el Espíritu Santo nos dará a entender que nadie que trabaje por el Señor con rectitud de intención lo hace en vano; mis elegidos no trabajarán en vano10. La longanimidad se presenta como el perfecto desarrollo de la virtud de la esperanza.
III. Después de los frutos que relacionan el alma más directamente con Dios y con la propia santidad, San Pablo enumera otros que miran en primer lugar al bien del prójimo: revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre (...), soportándoos y perdonándoos mutuamente...11.
La bondad de la que nos habla el Apóstol es una disposición estable de la voluntad que nos inclina a querer toda clase de bienes para otros, sin distinción alguna: amigos y enemigos, parientes o desconocidos, vecinos o lejanos. El alma se siente amada por Dios y esto le impide tener celos y envidias, y ve en los demás a hijos de Dios, a los que Él quiere, y por quienes ha muerto Jesucristo.
No basta querer el bien para otros en teoría. La caridad verdadera es amor eficaz que se traduce en hechos. La caridad es bienhechora12, anuncia San Pablo. La benignidad es precisamente esa disposición del corazón que nos inclina a hacer el bien a los demás13. Este fruto se manifiesta en multitud de obras de misericordia, corporales y espirituales, que los cristianos realizan en el mundo entero sin acepción de personas. En nuestra vida se manifiesta en los mil detalles de servicio que procuramos realizar con quienes nos relacionamos cada día. La benignidad nos impulsa a llevar paz y alegría por donde pasemos, y a tener una disposición constante hacia la indulgencia y la afabilidad.
La mansedumbre está íntimamente unida a la bondad y a la benignidad, y es como su acabamiento y perfección. Se opone a las estériles manifestaciones de ira, que en el fondo son signo de debilidad. La caridad no se aíra14, sino que se muestra en todo con suavidad y delicadeza y se apoya en una gran fortaleza de espíritu. El alma que posee este fruto del Espíritu Santo no se impacienta ni alberga sentimientos de rencor ante las ofensas o injurias que recibe de otras personas, aunque sienta –y a veces muy vivamente, por la mayor finura que adquiere en el trato con Dios– las asperezas de los demás, los desaires, las humillaciones. Sabe que de todo esto se sirve Dios para purificar a las almas.
A la mansedumbre sigue la fidelidad. Una persona fiel es la que cumple sus deberes, aun los más pequeños, y en quien los demás pueden depositar su confianza. Nada hay comparable a un amigo fiel –dice la Sagrada Escritura–; su precio es incalculable15. Ser fieles es una forma de vivir la justicia y la caridad. La fidelidad constituye como el resumen de todos los frutos que se refieren a nuestras relaciones con el prójimo.
Los tres últimos frutos que señala San Pablo hacen referencia a la virtud de la templanza, la cual, bajo el influjo de los dones del Espíritu Santo, produce frutos de modestia, continencia y castidad.
Una persona modesta es aquella que sabe comportarse de modo equilibrado y justo en cada situación, y aprecia los talentos que posee sin exagerarlos ni empequeñecerlos, porque sabe que son un regalo de Dios para ponerlos al servicio de los demás. Este fruto del Espíritu Santo se refleja en el porte exterior de la persona, en su modo de hablar y de vestir, de tratar a la gente y de comportarse socialmente. La modestia es atrayente porque refleja la sencillez y el orden interior.
Los dos últimos frutos que señala San Pablo son la continencia y la castidad. Como por instinto, el alma está extremadamente vigilante para evitar lo que pueda dañar la pureza interior y exterior, tan grata al Señor. Estos frutos, que embellecen la vida cristiana y disponen al alma para entender lo que a Dios se refiere, pueden recogerse aun en medio de grandes tentaciones, si se quita la ocasión y se lucha con decisión, sabiendo que nunca faltará la gracia del Señor.
A la Virgen Santísima nos acercamos al terminar nuestra oración, porque Dios se sirve de Ella para, por influjo del Paráclito, producir abundantes frutos en las almas. Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Venid a mí cuantos me deseáis, y saciaos de mis frutos. Porque recordarme es más dulce que la miel, y poseerme, más rico que el panal de miel...16.

7 de diciembre de 2016

MANSEDUMBRE

— Jesús, modelo de mansedumbre.
— La mansedumbre se apoya el espíritu.
— Frutos de la mansedumbre.
I. El texto del profeta Isaías en la Primera lectura de la Misa1, como el Salmo responsorial2, nos invitan a contemplar la grandeza de Dios, frente a esa debilidad nuestra que conocemos por la experiencia de repetidas caídas. Y nos dicen que el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia3, y quienes esperan en Él renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águila, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse4.
El Mesías trae a la humanidad un yugo y una carga, pero ese yugo es llevadero porque es liberador y la carga no es pesada, porque Él lleva la parte más dura. Nunca nos agobia el Señor con sus preceptos y mandatos; al contrario, ellos nos hacen más libres y nos facilitan siempre la existencia. Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré, nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera5. Se propone a Sí mismo el Señor como modelo de mansedumbre y de humildad, virtudes y actitudes del corazón que irán siempre juntas.
Se dirige Jesús a aquellas gentes que le siguen, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor6, y se gana su confianza con la mansedumbre de su corazón, siempre acogedor y comprensivo.
La liturgia de Adviento nos propone a Cristo manso y humilde para que vayamos a Él con sencillez, y también para que procuremos imitarle como preparación de la Navidad. Solo así podremos comprender los sucesos de Belén; solo así podremos hacer que quienes caminan junto a nosotros nos acompañen hasta el Niño Dios.
A un corazón manso y humilde, como el de Cristo, se abren las almas de par en par. Allí, en su Corazón amabilísimo, encontraban refugio y descanso las multitudes; y también ahora se sienten fuertemente atraídas por Él, y en Él hallan la paz. El Señor nos ha dicho que aprendamos de Él. La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud de la mansedumbre.
Si observamos de cerca a Jesús, le vemos paciente con los defectos de sus discípulos, y no tendrá inconveniente en repetir una y otra vez las mismas enseñanzas, explicándolas detalladamente, para que sus íntimos, lentos y distraídos, conozcan la doctrina de la salvación. No se impacienta con sus tosquedades y faltas de correspondencia. Verdaderamente, Jesús, «que es Maestro y Señor nuestro, manso y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a sus discípulos»7.
Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medicina para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Ese espíritu sereno y acogedor nacerá y crecerá en nosotros en la medida en que tengamos más presencia de Dios y consideremos con más frecuencia la vida de Nuestro Señor. «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación, que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: este lee la vida de Jesucristo»8. Especialmente la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades.
No cometamos el error de pensar que ese «mal carácter» nuestro, manifestado en ocasiones y circunstancias bien determinadas, depende de la forma de ser de quienes nos rodean. «La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo. La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros, y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. El poder de superar nuestro mal carácter no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud»9.
La mansedumbre se ha de poner especialmente de manifiesto en aquellas circunstancias en las que la convivencia puede resultar más dificultosa.
II. La mansedumbre no es propia de los blandos ni de los amorfos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. «Bienaventurados los mansos porque ellos, en la guerra de este mundo, están amparados contra el demonio y contra los golpes de las persecuciones del mundo. Son como vasos de vidrio recubiertos de paja o heno, que no se quiebran al recibir los golpes. La mansedumbre es como un escudo muy fuerte contra el que se estrellan y rompen los golpes de las agudas saetas de la ira. Van vestidos con vestidura de algodón muy suave que los defiende sin molestar a nadie»10.
La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.
Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones, y lo que podría convertirse en una gran contrariedad se queda en su exacta medida; la contemplación del nacimiento de Jesús nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perder la paz. Junto a Él aprendemos a ser justos al valorar, en su presencia, los diversos incidentes de la vida ordinaria, a callar en otras ocasiones, a sonreír, a tratar bien a los demás, a esperar el momento oportuno para corregir una falta. También a salir en defensa de la verdad y de los intereses de Dios y de nuestros hermanos con toda la fuerza que sea necesaria. Porque a la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía.
La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios. Vemos a Jesús santamente airado frente a los fariseos y los mercaderes del Templo11. Encuentra el Señor el Templo convertido en una cueva de ladrones, en un lugar falto de respeto, dedicado a otras cosas que nada tenían que ver con la adoración a Dios. El Señor se enfada terriblemente, y lo demuestra con sus palabras y sus hechos. Pocas escenas nos han dejado los Evangelistas con tanta fuerza como esta.
Y junto a la santa ira de Jesús con quienes prostituyen aquel santo lugar, su gran misericordia con los necesitados. Al mismo tiempo se acercaron a Él, en el Templo, varios ciegos y cojos, y los curó12.
III. La mansedumbre se opone a las estériles manifestaciones de violencia, que en el fondo son signos de debilidad (impaciencias, irritación, mal humor, odio, etcétera), a los desgastes inútiles de fuerzas por enfados que no tienen razón de ser, ni por su origen –muchas veces estriba este en pequeñeces, que podían haber pasado con una sonrisa o un silencio–, ni por sus resultados, porque nada arreglan.
De la falta de esta virtud provienen las explosiones de mal humor entre los esposos, que van corroyendo poco a poco el verdadero amor; se origina también la irascibilidad y sus funestas consecuencias en la educación de los hijos; la falta de paz en la oración, porque en vez de hablar con Dios se rumian agravios; en la conversación, la cólera debilita enseguida los argumentos más sólidos. El dominio de sí mismo –que forma parte de la verdadera mansedumbre– es el arma de los fuertes; nos contiene de hablar demasiado pronto, de decir palabras que hieren y que luego nos hubiera gustado no haber pronunciado nunca. La mansedumbre sabe esperar el momento oportuno y matiza los juicios, con lo que adquieren toda su fuerza.
La falta habitual de mansedumbre es fruto de la soberbia, y solo produce soledad y esterilidad a su alrededor. «Tu mal carácter, tus exabruptos, tus modales poco amables, tus actitudes carentes de afabilidad, tu rigidez (¡tan poco cristiana!), son la causa de que te encuentres solo, en la soledad del egoísta, del amargado, del eterno descontento, del resentido, y son también la causa de que a tu alrededor, en vez de amor, haya indiferencia, frialdad, resentimiento y desconfianza.
»Es necesario que con tu buen carácter, con tu comprensión y tu afabilidad, con la mansedumbre de Cristo amalgamada a tu vida, seas feliz y hagas felices a todos los que te rodean, a todos los que te encuentren en el camino de la vida»13.
Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de sus impaciencias y de su mal carácter; poseerán a Dios, porque su alma se halla siempre dispuesta para la oración, en un clima de continua presencia de Dios; poseerán a los que les rodean, porque un corazón así es el que gana amistad y cariño, imprescindibles en la convivencia diaria y en todo apostolado. A nuestro paso por el mundo hemos de dejar el buen aroma de Cristo14: nuestra sonrisa habitual, una calma serena, buen humor y alegría, caridad y comprensión.
Examinemos nuestra disposición al sacrificio necesario para hacer agradable la vida de los demás; si somos capaces de ceder el juicio propio, sin pretender tener siempre razón; si sabemos reprimir el genio y pasar por alto los roces de toda convivencia. Este tiempo de Adviento es buena ocasión para reforzar esta actitud del corazón. Lo conseguiremos si tratamos con más frecuencia a Jesús, a María y a José; si luchamos cada día por ser más comprensivos con quienes nos rodean; si procuramos sin descanso limar nuestras propias asperezas; si sabemos acudir al Sagrario para tratar con el Señor los asuntos que más nos preocupan.