"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de septiembre de 2024

QUE QUIERE DIOS..

 



Evangelio (Lc 6, 1-5)


Un sábado pasaba él por entre unos sembrados, y sus discípulos arrancaban espigas, las desgranaban con las manos y se las comían. Algunos fariseos les dijeron:


—¿Por qué hacéis en sábado lo que no es lícito?


Y Jesús respondiéndoles dijo:


—¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios, tomó los panes de la proposición y comió y dio a los que le acompañaban, a pesar de que sólo a los sacerdotes les es lícito comerlos?


Y les decía:


—El Hijo del Hombre es señor del sábado.



PARA TU RATO DE ORACION 



LOS APÓSTOLES no pueden soportar el hambre. Probablemente llevan varios días sin apenas probar bocado. Por eso, en cuanto pasan entre unos sembrados, arrancan unas espigas, las desgranan con las manos y se las comen. El gesto en sí no parece que tenga nada de problemático, pero es sábado. Y la ley dice que en ese día no se puede recoger la siembra. De ahí que algunos fariseos, al observar el descuido de esos discípulos, busquen explicaciones: «¿Por qué hacéis en sábado lo que no es lícito?» (Lc 6,2). No son los apóstoles quienes responden, sino Jesús: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios, tomó los panes de la proposición y comió y dio a los que le acompañaban, a pesar de que solo a los sacerdotes les es lícito comerlos?» (Lc 6,3-4).


Con frecuencia, el Señor descuidó algunas prácticas habituales en el pueblo judío. Ciertos escribas y fariseos le echaron en cara que sus discípulos no se lavaran las manos antes de comer, por no hablar de las denuncias que suscitó el hecho de que obrara milagros el sábado. ¿Y por qué lo hizo? Para llevar la fe al centro de la práctica religiosa, «y evitar un peligro, que vale tanto para esos escribas como para nosotros: el de observar las formalidades externas dejando en un segundo plano el corazón de la fe. Nosotros también muchas veces nos “maquillamos” el alma. (...) Es el riesgo de una religiosidad de la apariencia: aparentar ser bueno por fuera, descuidando purificar el corazón. Siempre existe la tentación de “reducir nuestra relación con Dios” a alguna devoción externa, pero Jesús no está satisfecho con este culto. Jesús no quiere exterioridad, quiere una fe que llegue al corazón»[1].


Ciertamente, esto no significa que las obras externas carezcan de importancia. De hecho, en el día a día del Señor están presentes muchas de las tradiciones de cualquier judío de la época: recita las oraciones acostumbradas, va a la sinagoga con frecuencia, celebra las fiestas… Pero todo eso no lo realizaría por el simple afán de aparentar, o como manera de ganarse el respeto de Dios Padre o de los demás, sino que era expresión del amor que llenaba su corazón. De este modo, «nos recuerda que la vida cristiana es un camino por recorrer, que no consiste tanto en una ley que debemos observar, sino en la persona misma de Cristo, a quien hemos de encontrar, acoger y seguir»[2].


JESÚS no critica tanto el celo que tenían algunos escribas y fariseos por cumplir la ley sino su falta de amor. Muchos de ellos dedicaban un tiempo considerable a la oración y al ayuno, pero a cambio descuidaban los deberes más elementales de caridad hacia el prójimo. Así, no dudaban en criticar al que no seguía su estándares de vida, o les importaba más el cumplimiento de unos preceptos que alegrarse por la curación de una persona. En realidad, no hay nada más opuesto como contraponer el seguimiento de la ley divina con el deseo de querer el bien de los demás. «Prefiero las virtudes a las austeridades, dice con otras palabras Yavé al pueblo escogido, que se engaña con ciertas formalidades externas. –Por eso, hemos de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo»[3].


San Gregorio Magno comentaba que el ayuno es santo cuando va acompañado de otros actos de virtud, en especial de la generosidad[4]. En este sentido, san Josemaría animaba a practicar «mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abiertos a todos». Y añadía: «Tú no serás mortificado si eres susceptible, si estás pendiente solo de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos»[5].


Cada día nos ofrece muchas oportunidades de agradar a Dios buscando el bien de las personas que nos rodean: sonreír cuando estamos cansados, ofrecernos a realizar una tarea más costosa, perdonar los pequeños roces de la convivencia, compartir nuestro tiempo con quien más lo necesita… A través de estos gestos estamos cumpliendo los principales mandamientos de la ley: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27).


A VECES los formalismos pueden dar una cierta sensación de seguridad. En general, todos necesitamos indicaciones precisas para saber si estamos realizando bien algo. Si aplicamos este planteamiento a la vida cristiana, la relación con Dios puede acabar convirtiéndose como la de aquellos fariseos que Jesús denunció: llena de obras externas buenas, pero con un corazón que no vibra con lo que vive. En cambio, cuando cumplimos los mandamientos involucrando nuestras potencias –voluntad, afectos e intelecto–, descubrimos una alegría profunda, serena, porque saboreamos con los sentidos espirituales su amor en cada uno de sus preceptos y en cada una de las circunstancias de la vida. El prelado del Opus Dei expresa: «Saber que el Amor infinito de Dios se encuentra no solo en el origen de nuestra existencia, sino en cada instante, porque Él es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, nos llena de seguridad»[6].


Fundamentar la lucha cristiana en la filiación divina nos llena de optimismo. Hoy en día se dice que las expresiones de afecto que recibe un niño de sus padres pueden tener una importancia decisiva en su futuro. Si desde pequeño se siente querido y reconocido, cuando sea mayor tendrá una base sólida sobre la que construir el resto de relaciones. Pues bien, algo similar sucede en nuestro trato con Dios. «Saber que tenemos un Padre que nos ama infinitamente nos permite llevar una vida alegre y plena, y nos lleva también a iluminar todos los ámbitos de nuestra existencia desde ese amor, confianza y sencillez, incluso en medio de las dificultades o cuando experimentamos con más fuerza nuestros defectos»[7]. La filiación divina da también otra perspectiva al cumplimiento de la ley: no somos súbditos tratando de acontentar a un rey, sino hijos que se esfuerzan en agradar a su padre… aunque no siempre lo consigan. Podemos pedir a la Virgen María que sepamos sentirnos siempre hijos queridos por Dios.

6 de septiembre de 2024

El vino nuevo




Evangelio (Lc 5, 33-39)


Pero ellos le dijeron:


—¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, y lo mismo los de los fariseos y, en cambio, los tuyos comen y beben?


Jesús les respondió:


—¿Acaso podéis hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Ya vendrán los días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquellos días, ayunarán.


Y les decía también una parábola:


—Nadie pone a un vestido viejo un remiendo cortado de un vestido nuevo, porque entonces, además de romper el nuevo, el remiendo del vestido nuevo no le iría bien al viejo. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces el vino nuevo reventará los odres, y se derramará, y los odres se perderán. El vino nuevo debe echarse en odres nuevos. Y ninguno acostumbrado a beber vino añejo quiere del nuevo, porque dice: «El añejo es mejor».


 PARA TU RATO DE ORACIÓN


LOS ESCRIBAS y fariseos preguntan en tono de queja al Señor: «¿Por qué los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, y lo mismo los de los fariseos; y en cambio, los tuyos comen y beben?» (Lc 5,33). El modo de comportarse de Jesús y los apóstoles les incomoda. Por eso comparan esa actuación con la de los seguidores de Juan. Saben que hay una continuidad entre la predicación del Bautista y la de Jesucristo; de ahí que busquen alguna referencia en común como criterio de comparación para su crítica. Pero la razón de fondo de su comportamiento es que les cuesta acoger la novedad que trae Jesús de Nazaret. Las verdades anunciadas por el Mesías y su modo de exponerlas les resultan sorprendentes e incómodas. Una cosa es invitar a la conversión y aceptar que son pecadores; y otra reconocer que tienen delante al Salvador del mundo, fundamento y razón de ser del pueblo de Israel.


El problema de las comparaciones en general, y de esta en particular, es que ocultan una verdad más grande. Las comparaciones nacen de una incomodidad, de una molestia, de una rebeldía. El sujeto que juzga se proyecta a sí mismo, se pone por delante y utiliza un criterio de juicio adecuado para que parezca que tiene razón. La experiencia personal acumulada se erige en verdad absoluta y la persona no concibe que el mundo sea un poco más grande que su limitada realidad. Las quejas encuentran en su pequeño arsenal de ideas una estrecha vara de medir que permite que la postura defendida pueda resultar vencedora resulte vencedora. En este caso, el punto de referencia es quién ayuna más o menos, porque a algunos escribas y fariseos les gustaba que los demás supieran que ayunaban. Pero el problema de las comparaciones es que estrechan la mirada y se focalizan en algún detalle concreto que impide ver el conjunto y aprender misterios más profundos que no toca juzgar sino acoger.


San Josemaría animaba a no juzgar sin ponderar bien las cosas, para tener una visión más amplia. «Cada uno ve las cosas desde su punto de vista... y con su entendimiento, bien limitado casi siempre, y oscuros o nebulosos, con tinieblas de apasionamiento, sus ojos, muchas veces»[1]. Y añadía que puede suceder como cuando, al contemplar una obra de arte muy abstracta, es difícil reconocer la figura que representa: «Es la visión de ciertas personas tan subjetiva y tan enfermiza, que trazan unos rasgos arbitrarios asegurándonos que son nuestro retrato, nuestra conducta… ¡Qué poco valen los juicios de los hombres! –No juzguéis sin tamizar vuestro juicio en la oración»[2].


HAY comparaciones, como la de los fariseos y escribas, que se utilizan para criticar. Pero también hay otras que pueden ayudar a comprender e iluminar mejor una realidad. Cualquier aproximación nuestra a la vida, al conocimiento de una persona o de un modo de actuar conlleva un prejuicio. En esa anticipación uno hace una síntesis del conocimiento alcanzado, proyecta su modo de ver las cosas y también prevé lo que parece que va a pasar. «Si me pongo a estudiar antes, seguro que me va mejor en el examen». «Creo que este regalo le va a gustar». «Se le ve cansado y debe ser por ese motivo». «Si vamos por este camino es probable que encontremos atasco».


En todos estos juicios hay unos criterios que permiten atisbar los medios más adecuados para alcanzar un fin concreto, como puede ser el mejor modo de tratar a una persona para que se sienta acogida. Pero siempre nos quedaría por saber cuál debería ser el criterio último de juicio. Pues bien, ese punto de referencia de nuestra actuación tiene un nombre propio. Cuando el Señor toma la palabra y responde a los escribas y fariseos, les dice cuál es el criterio auténtico para comparar: él mismo. «¿Acaso podéis hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Ya vendrán los días en que les será arrebatado el esposo; entonces, en aquellos días, ayunarán» (Lc 5,34-35). Ayunar o no depende de la presencia de Jesucristo. Las dos opciones, claramente, son buenas, pero la presencia del Señor hace que la más apropiada sea una en concreto, porque el ayuno debía servir para percibir mejor las cosas de Dios, y le tenían delante de sus ojos.


«Cuanto más toma Jesús el centro de nuestra vida, tanto más nos hace salir de nosotros mismos, nos descentra y nos hace ser próximos a los otros»[3]. Cuando uno pasa mucho tiempo con una persona, suele ocurrir que acaba adoptando algunos de sus gestos o expresiones. Del mismo modo, cuando seguimos de cerca al Señor aprendemos a juzgar la realidad con su punto de vista y, sobre todo, a acogerla con su corazón. En cualquier momento, ya sea en el trabajo, en la universidad o en el tiempo libre, podemos preguntarnos: «¿Qué haría Cristo en mi lugar? (...) Llegará el día en que, sin darse cuenta, el corazón de cada uno de ustedes latirá como el corazón de Jesús»[4].


JESÚS es consciente de que juzgar la realidad como él propone implica una novedad no pequeña. Por eso cuenta dos parábolas para mostrar cómo puede tener lugar esa transición. «Nadie pone a un vestido viejo un remiendo cortado de un vestido nuevo, porque entonces, además de romper el nuevo, el remiendo del vestido nuevo no le iría bien al viejo. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; porque entonces el vino nuevo reventará los odres, y se derramará, y los odres se perderán. El vino nuevo debe echarse en odres nuevos» (Lc 5,35-38).


El mensaje que trae Jesucristo necesita de un corazón renovado. No basta simplemente cambiar unos comportamientos externos. El vino nuevo reclama unos odres nuevos; es decir, superar los planteamientos que hasta entonces guiaban la propia vida y dejar que sea el Señor el nuevo punto de referencia. Y esto fue lo que no hicieron muchos de los contemporáneos de Jesús. «El pecado de los fariseos no consistía en no ver en Cristo a Dios, sino en encerrarse voluntariamente en sí mismos; en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abriera los ojos. Esta cerrazón tiene resultados inmediatos en la vida de relación con nuestros semejantes. El fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo»[5].


Dios pone a nuestra disposición los odres nuevos con los que podemos acoger su vino. Estos odres pueden concretarse en la recepción frecuente de los sacramentos, en la oración, en el servicio a los demás, en el trabajo bien hecho, en el acompañamiento espiritual, en la preocupación por acercar a otras personas a Dios… Este es el contexto adecuado que necesita el vino para que mejore con el tiempo. Tras degustar el bien que nos hacen este tipo de costumbres, tras catar un poco del vino nuevo que nos trae el Señor, se percibe que esas prácticas son odres adecuados para acoger los dones que él nos ofrece. Y como la Virgen, descubriremos que no hay mejor vino que el que nos ofrece su Hijo.


5 de septiembre de 2024

VIDA SIN MIEDO




Evangelio (Lc 5,1-11)


Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.


Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:


—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.


Simón le contestó:


—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.


Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:


—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.


Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:


—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.


Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.


 PARA TU RATO DE ORACION


PEDRO llega a la orilla después de toda una noche de fatiga y cansancio en vano, pues no ha pescado nada. Siguiendo la descripción de la escena que hace san Lucas, es fácil imaginar a Pedro y Andrés, a Santiago y Juan, alicaídos, agotados y enfadados mientras limpian las redes. Es uno de esos momentos en los que acuden a nuestra cabeza los miedos por el futuro, todas las preocupaciones se agolpan y al cansancio y al mal humor se une también la desesperanza. Quizá, incluso, dentro de ellos empezara a surgir un cierto reproche a Dios, que no los había ayudado en la faena. Sus familias dependen de esas pescas, pero ¿cómo van a sostenerlas si poniendo en juego todas sus artes de pescadores durante una larga noche, no han conseguido pescar nada? Dios, que siempre se ha ocupado de su pueblo, ¿no podría volver su rostro y mirar de vez en cuando al lago de Galilea?


Es en ese momento cuando aparece Jesús a su lado con una petición que, a primera vista, es de todo menos pertinente. Como la multitud allí presente es considerable y no tiene sitio en la orilla, necesita un lugar que le sirva de púlpito. Por eso se sube a la barca y pide a Pedro «que la apartase un poco de tierra» (Lc 5,3) para poder dirigirse a las gentes. Probablemente los pescadores se quedaron extrañados. Al cansancio después de una noche en vela que no ha servido para nada se unía la inoportuna intervención de aquel Maestro.


A veces el Señor se presenta así en nuestras vidas, con reclamos que parecen de lo más inconveniente: alguien que necesita que le demos una mano en un momento de mayor estrés; una luz que no terminamos de entender en la oración o en el acompañamiento espiritual; un hecho o dicho de otra persona que hace que nos dé un vuelco el alma… Se podría decir que son circunstancias en las que de algún modo Cristo juega con nosotros. Quiere que aprendamos a relativizar nuestros pequeños fracasos o nuestros puntos de vista para dejar que sea él quien tome el timón de nuestra barca. En esa persona necesitada, en la indicación que no comprendemos o en aquel suceso inesperado Jesús tiene algo que decirnos. «¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria»[1].


PEDRO ya conoce a Jesús. Lo ha escuchado en la sinagoga y lo ha recibido en su casa, donde ha curado a su suegra. Además, ha visto sanar a todos los enfermos de Cafarnaún que se acercaron a él al caer el sol (cfr. Lc 4, 38-44). Sabiendo quién es y, quizá, más en agradecimiento por haber sanado a su suegra que por ganas de escuchar un sermón, Pedro hace caso al Señor: se sube a la barca y la aparta lentamente de tierra. Podemos suponer que Pedro, por el cansancio, a duras penas consiguió prestar atención a lo que decía Cristo. En cuanto acabó el discurso, tal vez pensó que podría por fin dirigirse a casa, pero se encontró con otra inoportuna petición del Maestro: «Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5,4). Entonces Pedro intentó razonar: «Hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada» (Lc 5,5). Y podría haber añadido: Si nada hemos pescado de noche, menos aún lo haremos a plena luz del día. En cambio, empujado por la mirada de Jesús y por el recuerdo de los milagros que le ha visto hacer, respondió algo muy distinto: «Sobre tu palabra echaré las redes» (Lc 5,5).


El que sería cabeza de la Iglesia ha visto actuar a la palabra de Jesús y se fía de ella. Lo que el Señor pide no tiene mucho sentido, pero Pedro no se deja guiar por una lógica meramente humana, sino que pone su confianza en la palabra de Cristo. Y esta no se hace esperar: «Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían» (Lc 5,6). Esa sería una constante en la vida de Pedro: él hará lo que esté en su mano, y el Maestro se ocupará del resto. «No era una hora adecuada para pescar, era pleno día, pero Pedro confía en Jesús. No se apoya en las estrategias de los pescadores, que conocía bien, sino que se apoya en la novedad de Jesús. Aquel asombro que lo movía a hacer aquello que Jesús le decía. Lo mismo ocurre con nosotros: si acogemos al Señor en nuestra barca, podemos ir mar adentro. Con Jesús se navega por el mar de la vida sin miedo, sin ceder a la decepción cuando no se pesca nada, y sin ceder al “no hay nada más que hacer”. (...) Aceptemos, pues, la invitación: ahuyentemos el pesimismo y la desconfianza y entremos mar adentro con Jesús. Incluso nuestra pequeña barca vacía será testigo de una pesca milagrosa»[2].


LA ESCENA de la pesca milagrosa muestra que, cuando nos fiamos de la palabra de Jesús, él podrá superar nuestros propios planteamientos. «Así actúa con cada uno de nosotros: nos pide que lo acojamos en la barca de nuestra vida, para recomenzar con él a surcar un nuevo mar, que se revela cuajado de sorpresas. Su invitación a salir al mar abierto de la humanidad de nuestro tiempo, a ser testigos de la bondad y la misericordia, da un nuevo significado a nuestra existencia, que a menudo corre el riesgo de replegarse sobre sí misma»[3].


Estas maravillas que Dios puede llevar a cabo en nosotros es compatible con el conocimiento de nuestra propia debilidad. Pedro, al ver la abundancia de la pesca, se arrojó a los pies de Jesús y dijo: «Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). San Josemaría tenía una experiencia similar. En una ocasión, comentó: «Os aseguro que, al tropezar durante mi vida con tantos prodigios de la gracia, obrados a través de manos humanas, me he sentido inclinado, diariamente más inclinado, a gritar: Señor, no te apartes de mí, pues sin ti no puedo hacer nada bueno»[4].


Tocar la propia fragilidad puede contrastar con todo lo que Dios nos llama a hacer. Esta realidad, lejos de desanimarnos, nos impulsa a no querer separarnos de quien llena nuestra vida de grandeza. «No te asustes al notar el lastre del pobre cuerpo y de las humanas pasiones: sería tonto e ingenuamente pueril que te enterases ahora de que “eso” existe. Tu miseria no es obstáculo, sino acicate para que te unas más a Dios, para que le busques con constancia, porque él nos purifica»[5]. Cristo no rechaza a Pedro cuando le confiesa su pecado, sino todo lo contrario: le llama a una vida junto a él. «No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás» (Lc 5,10). Y, confiando en la palabra de Jesús, como hizo nuestra Madre con su fiat, «ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron» (Lc 5,11).

4 de septiembre de 2024

DIOS ENTRA A NUESTRA CASA

 



Evangelio (Lc 4, 38-44)


Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una fiebre muy alta, y le rogaron por ella. E inclinándose hacia ella, conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció. Y al instante, ella se levantó y se puso a servirles.


Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los traían. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba. De muchos salían demonios gritando y diciendo:


— ¡Tú eres el Hijo de Dios! Y él, increpándoles, no les dejaba hablar porque sabían que él era el Cristo.


Cuando se hizo de día, salió hacia un lugar solitario, y la multitud le buscaba. Llegaron hasta él, e intentaban detenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo:


— Es necesario que yo anuncie también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado.


E iba predicando por las sinagogas de Judea.


PARA TU RATO DE ORACIÓN


HACE poco que Jesús empezó a predicar. Su fama se ha ido difundiendo por toda la región. Quizá por eso, un endemoniado manifiesta su posesión mientras el Señor se encuentra en la sinagoga de Cafarnaún (cfr. Lc 4,31-37). Pedro, que probablemente contempla la escena, está asombrado ante la potestad de aquel Maestro cuyas enseñanzas no solo comprende, sino que le emocionan y le atraen. Cristo habla de un modo que todos le entienden y, además, acompaña sus palabras con obras que las confirman y les confieren una mayor autoridad. Sin más ritos ni preparaciones, con su sola declaración – «¡Cállate, y sal de él!» (Lc 4,35)–, el demonio abandona aquel hombre.


«Saliendo Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón» (Lc 4,38). Tal vez empujado por lo que ha visto, Pedro no pierde la oportunidad y le pide que cure a su suegra, que «tenía una fiebre muy alta» (Lc 4,38). Cristo no se hace de rogar. No le frena que sea sábado, sino que sale al encuentro de aquella petición. Como acaba de hacer con el espíritu impuro, hace con la fiebre: con su sola palabra desaparece por completo. Y al instante la suegra se levanta y se pone a servirles (cfr. Lc 4,39).


Cuando recibimos al Señor en la Comunión, Jesús entra en nuestra casa como hizo con Pedro. Y en esos momentos, como el apóstol, podemos confiarle lo que ocupa nuestro corazón: preocupaciones, ilusiones, dudas, dolores… En realidad, Dios está ya en disposición de ayudarnos antes incluso de que se lo pidamos. Pero quiere que acudamos a él, que le abramos nuestra intimidad y pongamos en sus manos nuestras necesidades. «Si notas que no puedes, por el motivo que sea, dile, abandonándote en él: ¡Señor, confío en ti, me abandono en ti, pero ayuda mi debilidad! Y lleno de confianza, repítele: mírame, Jesús, soy un trapo sucio; la experiencia de mi vida es tan triste, no merezco ser hijo tuyo. Díselo…; y díselo muchas veces. –No tardarás en oír su voz: «ne timeas!» –¡no temas!; o también: «surge et ambula!» –¡levántate y anda!»[1].


POR PRIMERA vez en el evangelio de san Lucas aparece algo que será una constante en la vida pública del Maestro: aunque muchos le piden la curación del cuerpo, Jesús no se queda solo en eso. Cristo sana los males más importantes: los del alma. Como hará también en otra ocasión, en primer lugar le dirá al paralítico al que bajan por el tejado de una casa: «Tus pecados te son perdonados» (Lc 5,20). Y solo después, añadirá: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Lc 5,24).


«Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los traían. Y él, poniendo las manos sobre cada uno, los curaba» (Lc 4,40). Jesús sabe que el reino que va a instaurar echará sus raíces en las almas de las personas. Por eso va preparando el terreno y libera a los hombres tanto de las enfermedades del cuerpo como de las del espíritu. «De muchos salían demonios gritando y diciendo: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”» (Lc 4,41). Cristo manifiesta así que «sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva»[2].


También nosotros podemos acercarnos al Señor con el deseo de que arranque de nuestra alma todo lo que pueda separarnos de él. Como escribía san Josemaría: «Pide al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y a tu Madre, que te hagan conocerte y llorar por ese montón de cosas sucias que han pasado por ti, dejando –¡ay!– tanto poso… –Y a la vez, sin querer apartarte de esa consideración, dile: dame, Jesús, un Amor como hoguera de purificación, donde mi pobre carne, mi pobre corazón, mi pobre alma, mi pobre cuerpo se consuman, limpiándose de todas las miserias terrenas… Y, ya vacío todo mi yo, llénalo de ti: que no me apegue a nada de aquí abajo; que siempre me sostenga el Amor»[3].


YA DE MADRUGADA, Jesús se ha dedicado a la oración, de donde desborda no solo el amor que le ha llevado a sanar a los que le han presentado, sino también la fuerza que le impulsa a seguir difundiendo la buena nueva. Por eso, cuando algunos intentaron detenerlo para que no se alejara de ellos, Cristo les dijo: «Es necesario que yo anuncie también a otras ciudades el Evangelio del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado» (Lc 4,43).


Jesús quiere llegar a más almas. Ese deseo de llevar el Reino a todos los hombres es lo que le lleva a ir predicando por todas las sinagogas de Judea. Antes de la Ascensión, el Señor dejará a sus discípulos en testimonio este afán: que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén. Todo lo que los apóstoles han visto y oído durante los años con Cristo está llamado a ser compartido con toda la humanidad. «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla»[4].


Los apóstoles fueron los primeros en difundir lo que Jesús había hecho por todos los hombres. Y hoy Jesús quiere que nosotros, sus discípulos, continuemos esta misión. «“Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?” (Lc 12,49). Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad»[5]. Podemos acudir a la Virgen María para que «la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz»[6].



3 de septiembre de 2024

Saber discernir cuál es su voluntad.




 Evangelio (Lc 4, 31-37)


Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y el sábado se puso a enseñarles. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque su palabra iba acompañada de potestad.


Se encontraba en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro, que gritó con gran voz:


— ¡Déjanos!, ¿qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!


Y Jesús le conminó:


— ¡Cállate, y sal de él!


Entonces el demonio, arrojándolo al suelo, allí en medio, salió de él, sin hacerle daño alguno. Y todos se llenaron de estupor y se decían unos a otros:


— ¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen?


Y se divulgaba su fama por todos los lugares de la región.


PARA TU RATO DE ORACION


A JESÚS le interesaba predicar en Cafarnaúm. Y no solo porque fuera el lugar de procedencia de varios de los apóstoles, sino por la apertura a su enseñanza que encontró. En efecto, se trataba de un pueblo pesquero crecido a orillas del mar de Galilea, con trasiego de comerciantes y guarniciones romanas, además de contar con una importante sinagoga. Era, por tanto, una localidad de confluencia de judíos y gentiles, autóctonos y viajeros, por lo que había una gran convergencia de mentalidades.


En una ocasión en la que Jesús bajó a Cafarnaúm, san Lucas destaca el asombro que producía su enseñanza, «porque hablaba con autoridad» (Lc 4,31). Podemos imaginar a los diversos oyentes de la predicación del Señor, a quien prestarían atención movidos quizá por la esperanza, el interés o la curiosidad. Observarían la relación entre sus maravillosas palabras y sus gestos, sus reacciones ante la gente, sus actitudes ante los incidentes de la vida en el pueblo. A diferencia de lo que a menudo les ocurría con algunos fariseos, el discurso de Cristo les provocaba una fascinación que emanaba de su autoridad. No solo hablaba de realidades más o menos bonitas, sino que además veían en su forma de actuar la confirmación de lo que enseñaba.


A través de la lectura y la meditación del Evangelio, también nosotros podemos maravillarnos ante la figura de Jesús como sus contemporáneos. «Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más –comentaba san Josemaría–. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones»[1].


DURANTE la estancia del Señor en Cafarnaún, «se encontraba en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro, que gritó con gran voz: “¡Déjanos!, ¿qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!”». Cristo entonces lo increpó diciendo: «¡Cállate, y sal de él!». Acto seguido el demonio arrojó al suelo a aquel hombre y salió de él «sin hacerle daño alguno». Los allí presentes «se llenaron de estupor y se decían unos a otros: “¿Qué palabra es esta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen?”» (Lc 4,33-36).


El Señor tiene potestad sobre los espíritus inmundos. En esta escena el demonio lo desafía y con impertinencia lo llama Santo de Dios, mostrando a la par el conocimiento de su misión y la rebeldía frente a la obra de salvación. Pese a su aparente fuerza, es obediente a la orden de Jesús, y ante sus palabras abandona inmediatamente el cuerpo de aquel hombre. Algo similar se volverá a repetir en otros momentos del Evangelio. Personas que durante muchos años, o incluso desde el nacimiento, se hallaban esclavizadas por el demonio o la enfermedad, lo que en ocasiones les causaba además el desprecio de sus contemporáneos. Y el encuentro con el Señor no solamente les restablecería la condición física, sino que les permitiría tener una nueva relación con la vida: podrían volver a disfrutar de la compañía de sus seres queridos y su trato con Dios estaría marcado por una fe renovada.


«El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad... El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por lo tanto, es tarea de los cristianos difundir por doquier la fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y heraldos de la Palabra de Dios»[2].


ADEMÁS de por el Evangelio, las indicaciones de Jesús nos llegan a través de la Iglesia y de diversas mediaciones de las que el Señor se vale para darnos a conocer su voluntad. Como recuerda el prelado del Opus Dei: «Dios también puede hacernos ver su voluntad a través de las personas que nos rodean, revestidas de mayor o menor autoridad, dependiendo de la instancia y del contexto. Saber que Dios nos puede hablar a través de otras personas o de sucesos más o menos corrientes, la convicción de que ahí podemos escucharle, genera en nosotros una actitud dócil frente a sus designios, escondidos también en las palabras de quienes nos acompañan en el camino»[3].


La etimología de la palabra ‘obedecer’ procede del latín ob-audire, que quiere decir «saber escuchar». Para seguir a Cristo de cerca a veces necesitamos contrastar nuestras ideas con aquellos que nos conocen bien, pues no siempre tenemos muy claro qué es lo que nos conviene. La voluntad de Dios, por lo general, no se presenta de manera diáfana y evidente. Por eso, ese «saber escuchar» implica permanecer abiertos a lo que otros ven. Esto puede ser difícil de aceptar, sobre todo si el comportamiento sobre el que deliberamos nos atrae o nos cuesta mucho. De ahí que sea esencial la constante disposición de tener en mucho los consejos que recibimos de las personas que nos quieren y tienen la gracia de Dios para ayudarnos; necesitamos valorarlos como una ayuda con la que el Señor cuenta para que sepamos discernir cuál es su voluntad.


Señor, ¿qué quieres de mí? Desde este punto de vista, se comprende la grandeza de la virtud de la obediencia. Quien la ejercita no se empequeñece; al contrario, se hace grande por su disposición a hacer lo que Dios quiere, hasta el punto de que desea no engañarse en el momento de discernir cómo ponerlo en práctica. La Virgen María, de hecho, fue grande porque supo escuchar lo que Dios quería de ella y cumplir su voluntad. «En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra»[4].



2 de septiembre de 2024

PARA QUE TODOS SE SALVEN

 




Evangelio (Lc 4, 16-30)


Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:


El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor.


Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles:


Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír.


Todos daban testimonio en favor de él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían:


— ¿No es éste el hijo de José?


Entonces les dijo:


— Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «“Médico, cúrate a ti mismo”. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu tierra».


Y añadió:


— En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.


Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.


PARA TU RATO DE ORACION 


EL EVANGELIO de san Lucas destaca el destino universal del mensaje de salvación del Señor. Por ejemplo, el relato de la infancia de Jesús, entre los recuerdos que probablemente el evangelista escuchó de la Virgen María, incluye la visita de los reyes magos, quienes viajaron desde Oriente para adorar al rey de los judíos. San Lucas quiere dejar claro que el nuevo pueblo de Dios no estará circunscrito a una nación, pues Cristo vino a anunciar la Buena Nueva a todos los hombres.


Cuando el Señor empezó su vida pública, san Lucas cuenta que Jesús se dirigió a Nazaret, el pueblo donde transcurrió su infancia. Como era sábado, fue a la sinagoga «y se puso en pie para hacer la lectura» (Lc 4,16). Y desenrollando el libro de Isaías, proclamó las siguientes palabras del profeta: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos» (Lc 4,18; Is 61,1-2). Al acabar, enrolló el libro y se sentó, mientras todos en la sinagoga, expectantes, «tenían los ojos fijos en él» (Lc 4,20). Cristo rompió el silencio con unas palabras que sorprendieron a los allí presentes: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).


En efecto, la vida de Cristo está marcada por el anuncio de salvación a toda la humanidad. Los milagros que realiza –profetizados por Isaías– confirman que el Reino de Dios está ya presente, proclaman la derrota definitiva de Satanás y manifiestan su poder de salvar al hombre del mal que amenaza al alma. Por eso el Señor no se limita a obrar esos milagros a los judíos, sino que también los extranjeros son testigos de esos signos. Jesús no pone barreras a su amor. Solamente pide que nos acerquemos a él con humildad y con fe. «El punto de partida de la vida cristiana no está en el ser dignos; con aquellos que se creían buenos, el Señor no pudo hacer mucho. Cuando nos consideramos mejores que los demás, es el principio del fin. Porque el Señor no hace milagros con quien se cree justo, sino con quien se reconoce necesitado. Él no se siente atraído por nuestra capacidad, no es por esto que nos ama. Él nos ama como somos y busca personas que no sean autosuficientes, sino que estén dispuestas a abrirle sus corazones»[1].


«EL ESPÍRITU del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido» (Lc 4,18). En el Antiguo Testamento, la unción consistía en derramar aceite sagrado sobre la cabeza de alguien como manifestación de que Dios había elegido a esa persona y que lo acompañaría en su misión. Los cristianos hemos sido ungidos en el Bautismo, por el que «somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión»[2]. Como la vida de Jesús, nuestra existencia también puede revelar, por la gracia de Dios, la misericordia divina con todos los hombres. Podemos encarnar esta misión apostólica en primer lugar con las personas que tratamos habitualmente, ya que la vida ordinaria es el lugar de nuestra donación diaria a los demás.


«Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades»[3].


Por el Bautismo fuimos ungidos para colaborar en la obra de amor de Jesús, para participar en su misión redentora, que es universal. «El cristiano se sabe injertado en Cristo por el Bautismo; habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo; hecho una sola cosa con Cristo por la Eucaristía, sacramento de la unidad y del amor. Por eso, como Cristo, ha de vivir de cara a los demás hombres, mirando con amor a todos y a cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera»[4].


DESPUÉS de anunciar que la profecía sobre el Mesías se cumplía en su persona, el Señor se anticipa a las objeciones que, por envidia o cerrazón, los de su patria tendrían por las maravillas hechas por él en toda Galilea. «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su tierra» (Lc 4, 24). El Señor ilustra la universalidad del amor de Dios con dos pasajes de la Biblia en los que el profeta Elías fue enviado a socorrer a una mujer fenicia y el profeta Eliseo fue instado a curar a un hombre sirio anteponiéndolos a viudas o leprosos judíos. «Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle» (Lc, 24-28).


Cristo encontró admiración y agradecimiento cuando comenzó su misión redentora; personas que se maravillaron ante sus obras y acogieron con alegría su mensaje de salvación. Sin embargo, también halló resistencia entre algunos judíos, con frecuencia aquellos que eran más celosos de sus propios planteamientos. Algo similar ocurre en la misión de cada cristiano: junto a quienes reciben ilusionados la Buena Nueva, no faltan tampoco los que la rechazan. Quizá por eso puede surgir el desánimo ante la falta de frutos visibles o el miedo por la reacción que provocaremos en los demás. Sin embargo, san Josemaría hacía notar que incluso en esos casos en los que parece que nuestra acción es estéril, Dios actúa en el alma de cada uno: «No existe corazón, por metido que esté en el pecado, que no esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y cuando he golpeado en esos corazones, a solas y con la palabra de Cristo, han respondido siempre»[5].


Cada día, en la oración, podemos recordar la misión recibida que abarca toda nuestra vida y pedir la gracia de Dios para relanzarnos a la tarea de aliviar el dolor, de servir a todos, de acercarles con nuestras palabras y con nuestros actos la misericordia de Jesús. «Salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. (...) Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades»[6]. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a emprender con valentía la misión de llevar el amor de su Hijo a las personas que nos rodean.



1 de septiembre de 2024

EXAMEN

 



Evangelio (Mc 7,1-8. 14-15. 21-23)


En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: ¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras? Él les contestó “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo “Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.



PARA TU RATO DE ORACION



LA LEY de Moisés prescribía una serie de ritos que significaban la pureza moral con la que había que acercarse a Dios. Posteriormente, la tradición los extendió a otros ámbitos para dar un valor religioso a todas las acciones. Antes de comer, por ejemplo, los judíos solían lavarse muchas veces las manos, y lo mismo hacían con las copas, las jarras y las vasijas. De esta manera, la pureza exterior simbolizaba y expresaba la pureza interior. Sin embargo, en tiempos de Cristo, en algunos sitios el legalismo de las normas rituales había ahogado el verdadero sentido del culto a Dios. Se daba más importancia al gesto externo que a la actitud interior. Y en una ocasión en la que unos fariseos criticaron a los discípulos de Jesús por comer sin lavarse las manos, el Señor aprovechó para hablar sobre la verdadera pureza (cfr Mc 7,1-23).


«Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí» (Mc 7,6). Cristo advierte la falta de coherencia de algunos fariseos, más preocupados en guardar las apariencias que en desarrollar un mundo afectivo que goza haciendo el bien. Aunque guardan con celo las costumbres de la época, en realidad lo hacen para ganarse el respeto de los demás; es decir, lavan la parte externa de la propia copa, pero se olvidan de limpiar la interna que, a fin de cuentas, es la más importante, pues es la que contiene la bebida. Hay, por tanto, una profunda división en la persona de esos fariseos. Por un lado, siguen un comportamiento exterior sin tacha, llevan un proyecto valioso de vida y tienen una existencia en teoría cerca de Dios; por otro, en cambio, ocultan el verdadero motivo que les mueve a obrar, maduran unos sentimientos que les alejan de Dios y alimentan deseos no acordes con su identidad.


El Señor quiere que le amemos no solo con las obras, sino sobre todo con nuestro corazón. Somos una unidad. No es posible llevar a cabo un proyecto vital que valga la pena si nuestro mundo interior, formado por deseos, ilusiones y sentimientos, no está alineado con él. Por eso san Josemaría decía que el secreto de la perseverancia es el amor[1]. Si este es el principal motivo que mueve nuestras acciones, aprenderemos a disfrutar de la intimidad con Dios, del servicio a los demás, del cumplimiento de los mandamientos… De este modo, incluso los propios errores serán ocasión para convertirnos y volver a fortalecer nuestra relación con el Señor. «Si eres fiel, podrás llamarte vencedor. En tu vida, aunque pierdas algunos combates, no conocerás derrotas. No existen fracasos –convéncete–, si obras con rectitud de intención y con afán de cumplir la Voluntad de Dios. –Entonces, con éxito o sin éxito, triunfarás siempre, porque habrás hecho el trabajo con Amor»[2].


SEGÚN la costumbre judía, había ciertos alimentos que no se podían comer porque eran impuros. Sin embargo, el Señor invitó a la muchedumbre a dirigir la mirada hacia el propio corazón, pues es ahí donde se forjan los afectos y los deseos que pueden llevar a alejarse de Dios: «Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Mc 7,20-23).


Jesús afirma, por tanto, que los malos actos, antes de exteriorizarse, se han originado previamente en el interior de cada uno. De ahí que sea importante prestar atención a la propia sensibilidad –entendida como conjunto de sentimientos, deseos y atracciones– para estar cerca del Señor. Ignorar lo que alegra o entristece el corazón dificulta el conocimiento propio e impide que dirijamos la valiosa energía del mundo interior hacia los ideales que inspiran la existencia. En las elecciones que tomamos cada día vamos desarrollando poco a poco nuestra sensibilidad. Si son acordes con nuestra vocación, podemos ir más allá de la superficie del gesto en sí y aprender a disfrutar de un rato de oración, de un trabajo bien hecho o de un acto de servicio. Si, por el contrario, nos alejan de Dios y no están en sintonía con nuestra identidad, la energía de nuestro mundo interior va en dirección opuesta a donde queremos; es decir, refuerza los deseos y sentimientos contrarios a la vocación y, por tanto, influirá también en las acciones futuras. Por ejemplo, si decimos una mentira para quedar bien ante un grupo de amigos o amigas, nos sentiremos más empujados a obrar de esa manera cuando nos encontremos en una situación similar.


En los ratos de oración con el Señor, y en el examen de conciencia de la noche, podemos releer las cosas que suceden en nuestro día a día. Dios nos puede ayudar a descubrir nuestras ilusiones, nuestras tristezas y, sobre todo, aquellos que buscamos para saciar nuestra sed de felicidad. De este modo, «vemos que nuestro corazón no es un camino donde pasa de todo y nosotros no sabemos. No. Ver: ¿qué ha pasado hoy? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué me ha hecho reaccionar? ¿Qué me ha puesto triste? ¿Qué me ha puesto contento? Qué ha sido malo y si he hecho mal a los otros. Se trata de ver el recorrido de los sentimientos, de las atracciones en mi corazón durante la jornada»[3]. Poner un nombre concreto a las experiencias internas que nos ocurren nos ayudará a conocernos mejor. Este es el primer paso para liberar el corazón de todo aquello que nos aleja de Dios.


EL HECHO de que las malas acciones se originen en el interior del hombre no significa que las realidades externas no tengan ninguna importancia. De hecho, pueden tener una influencia significativa. Por ejemplo, si nuestro día a día está lleno de imágenes y sonidos estimulantes, y la sola presencia del silencio nos incomoda, probablemente encontraremos dificultad para percibir en la oración la voz de Dios, pues esta es como «un susurro de brisa suave» (1Re 19,12). Satisfacer constantemente los reclamos de los sentidos lleva a que sea el mundo exterior quien tome el control de nuestra interioridad. Esto no significa que necesariamente nos proponga cosas malas, pero sí que nos impide habituarnos a distinguir las que nos acercan a Dios y las que no, pues con facilidad no logramos ver, detrás de una apariencia de bondad, el desorden que el pecado ha introducido en el mundo. «De esta manera nos hipnotiza con lo atractivo que estas cosas suscitan en nosotros, cosas bellas pero ilusorias, que no pueden mantener lo que prometen, y así nos dejan al final con un sentido de vacío y de tristeza. Ese sentido de vacío y de tristeza es una señal de que hemos tomado un camino que no era justo, que nos ha desorientado»[4].


San Josemaría invitaba a tener una mirada exterior relacionada con el mundo interior. «¿Para qué has de mirar, si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?»[5]. Una interioridad rica, que disfruta de todo lo que tiene que ver con la propia vocación, ayuda a dar la importancia justa a las cosas externas. Escuchar una canción, ver un vídeo o enterarse de una noticia puede esperar si sé que retrasar esa satisfacción me ayudará a trabajar o a rezar mejor más adelante. Y todo aquello que pueda hacer daño al alma no solo se percibirá como algo malo, sino también como feo, desagradable o desentonado. Por supuesto, podrá atraer de algún modo, pero será fácil rechazar esa atracción si realmente eso no nos conviene, porque rompe la armonía y la belleza del clima interior. Ninguna criatura humana tuvo un mundo interior tan rico como el de la Virgen María. Ella nos podrá ayudar a pasar por el corazón las cosas que nos ocurren, y a desarrollar una sensibilidad que disfrute de la vida junto a su Hijo.