"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

25 de noviembre de 2017

AMAR LA CASTIDAD


— Sin la pureza es imposible el amor.
— Castidad matrimonial y virginidad.
— Apostolado sobre esta virtud. Medios para guardarla.
I. Vinieron los saduceos, que niegan la resurrección de los muertos, para proponer a Jesús una cuestión que, según ellos, reducía al absurdo esa verdad admitida comúnmente por el resto de los hebreos1. Según la ley judía2, si un hombre moría sin dejar hijos, el hermano tenía obligación de casarse con la viuda para suscitar descendencia a su hermano. Las consecuencias de esta ley se presentaban como un argumento aparentemente sólido contra la resurrección de los cuerpos. Pues si siete hermanos habían muerto sucesivamente sin dejar descendencia, en la resurrección ¿de quién será esposa?
El Señor contestó con citas de la Sagrada Escritura reafirmando la resurrección de los muertos, y, al enseñar las cualidades de los cuerpos resucitados, desvaneció el argumento de los saduceos. La objeción mostraba por sí misma una gran ignorancia en el poder de Dios para glorificar los cuerpos del hombre y de la mujer a una condición semejante a la de los ángeles que, siendo inmortales, no necesitan la reproducción de la especie3. La actividad procreadora se ciñe a unos años dentro de esta etapa terrena del hombre para cumplir la misión de propagar la especie y, sobre todo, de aumentar el número de elegidos para el Cielo. Lo definitivo es la vida eterna. Esta vida es solo un paso hacia el Cielo.
Mediante la virtud de la castidad, o pureza, la facultad generativa es gobernada por la razón y dirigida a la procreación y unión de los cónyuges dentro del matrimonio. La tendencia sexual se sitúa así en el orden querido por Dios en la creación, aunque –a causa del profundo desorden introducido en la naturaleza humana por el pecado original y por los pecados personales– a veces resulte precisa la lucha ascética para mantener esta ordenación.
La virtud de la castidad lleva también a vivir una limpieza de mente y de corazón: a evitar aquellos pensamientos, afectos y deseos que apartan del amor de Dios, según la propia vocación4. Sin la castidad es imposible el amor humano y el amor a Dios. Si la persona renuncia al empeño por mantener esta limpieza de cuerpo y de alma, se abandona a la tiranía de los sentidos y se rebaja a un nivel infrahumano: «parece corno si el “espíritu” se fuera reduciendo, empequeñeciendo, hasta quedar en un puntito... Y el cuerpo se agranda, se agiganta, hasta dominar»5, y el hombre se hace incapaz de entender la amistad con el Señor. En los primeros tiempos, en medio de un ambiente pagano hedonista, la Iglesia amonestó con firmeza a los cristianos sobre «los placeres de la carne, que como crueles tiranos, después de envilecer el alma en la impureza, la inhabilitan para las obras santas de la virtud»6. La pureza dispone el alma para el amor divino, para el apostolado.
II. La castidad no consiste solo en la renuncia al pecado. No es algo negativo: «no mirar», «no hacer», «no desear»... Es entrega del corazón a Dios, delicadeza y ternura con el Señor, «afirmación gozosa»7. Virtud para todos, que se ha de vivir según el propio estado. En el matrimonio, la castidad enseña a los casados a respetarse mutuamente y a quererse con un amor más firme, más delicado y más duradero. «El amor consigue que las relaciones conyugales, sin dejar de ser carnales, se revistan, por decirlo así, de la nobleza del espíritu y estén a la altura de la dignidad del hombre. El pensamiento de que la unión sexual está destinada a suscitar nuevas vidas tiene un asombroso poder de transfiguración, pero la unión física solo queda verdaderamente ennoblecida si procede del amor y es expresión de amor (...).
»Y cuando el sexo se desvincula completamente del amor y se busca por sí mismo, entonces el hombre abandona su dignidad y profana también la dignidad del otro.
»Un amor fuerte y lleno de ternura es, pues, una de las mejores garantías y sobre todo una de las causas más profundas de la pureza conyugal.
»Pero hay todavía una causa más alta. La castidad, nos dice San Pablo, es un “fruto del Espíritu” (cfr. Gal 5, 23), es decir, una consecuencia del amor divino. Para la guarda de la pureza en el matrimonio hace falta no solo un amor delicado y respetuoso por la otra persona sino sobre todo un gran amor a Dios. El cristiano que intenta conocer y amar a Jesucristo encuentra en este amor un poderoso estímulo para su castidad. Sabe que la pureza acerca de un modo especial a Jesucristo y que la cercanía de Dios, prometida a los que guardan limpio el corazón (cfr. Mt 5, 8), es la garantía principal de esa misma limpieza»8.
La castidad no es la primera ni la más importante virtud, ni la vida cristiana se puede reducir a la pureza, pero sin ella no hay caridad, y esta sí es la primera de las virtudes y la que da su plenitud a todas las demás. Sin la castidad, el mismo amor humano se corrompe. Quienes han recibido la llamada a servir a Dios en el matrimonio, se santifican precisamente en el cumplimiento abnegado y fiel de los deberes conyugales, que para ellos se hace camino cierto de unión con Dios. Quienes han recibido la vocación al celibato apostólico, encuentran en la entrega total al Señor y a los demás por Dios, indiviso corde9, sin la mediación del amor conyugal, la gracia para vivir felices y alcanzar una íntima y profunda amistad con Dios.
Si miramos hoy a Nuestra Señora –y en este día de la semana, el sábado, muchos cristianos la tienen especialmente presente–, vemos que en Ella se dan de modo sublime esas dos posibilidades que en el resto de las mujeres se excluyen: la maternidad y la virginidad. En nuestras tierras la llamamos muchas veces simplemente «la Virgen», la Virgen María. Y la tratamos como Madre. Fue voluntad de Dios que su Madre sea a la vez Virgen. La virginidad ha de ser, pues, un valor altísimo a los ojos de Dios, y encierra un mensaje importante para los hombres de todos los tiempos: la satisfacción del sexo no pertenece a la perfección de la persona. Las palabras de Jesús cuando resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio indican que «hay una condición de vida, sin matrimonio, en la que el hombre, varón y mujer, halla a un tiempo la plenitud de la donación personal y la comunión entre las personas, gracias a la glorificación de todo su ser en la unión perenne con Dios. Cuando la llamada a la continencia por el reino de los Cielos encuentra eco en el alma humana (...) no resulta difícil percibir allí una sensibilidad especial del espíritu humano, que ya en las condiciones terrenas parece anticipar aquello de lo que el hombre será partícipe en la resurrección futura»10. La virginidad y el celibato apostólico son aquí en la tierra un anticipo del Cielo.
A la vez, la doctrina cristiana ha afirmado siempre que «el sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad.
»Ese es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay aquí abajo»11. Quienes entregan a Dios por amor todo su ser, sin mediar un amor humano en el matrimonio, no lo hacen «por un supuesto valor negativo del matrimonio, sino en vista del valor particular que está vinculado a esta opción y que hay que descubrir y aceptar personalmente como vocación propia. Y por esto, Cristo dice: el que pueda entender, que entienda (Mt 19, 12)»12. El Señor ha dado a cada uno una misión aquí en la vida; su felicidad está en cumplirla acabadamente, con sacrificio y alegría.
III. La castidad vivida en el propio estado, en la especial vocación recibida de Dios, es una de las mayores riquezas de la Iglesia ante el mundo; nace del amor y al amor se ordena. Es un signo de Dios en la tierra. La continencia por el reino de los Cielos «lleva sobre todo la impronta de la semejanza con Cristo, que, en la obra de la redención, hizo Él mismo esta opción por el reino de los Cielos»13. Los Apóstoles, apartándose de la tradición de la Antigua Alianza donde la fecundidad procreadora era considerada como una bendición, siguieron el ejemplo de Cristo, convencidos de que así le seguían más de cerca y se disponían mejor para llevar a cabo la misión apostólica recibida. Poco a poco fueron comprendiendo –nos recuerda Juan Pablo II– cómo de esa continencia se origina una particular «fecundidad espiritual y sobrenatural del hombre que proviene del Espíritu Santo»14.
Quizá en el momento actual a muchos les puede resultar incomprensible la castidad, y mucho más el celibato apostólico y la virginidad vividas en medio del mundo. También los primeros cristianos tuvieron que enfrentarse a un ambiente hostil a esta virtud. Por eso, parte importante del apostolado que hemos de llevar a cabo es el de valorar la castidad y el cortejo de virtudes que la acompañan: hacerla atractiva con un comportamiento ejemplar, y dar la doctrina de siempre de la Iglesia sobre esta materia que abre las puertas a la amistad con Dios. Hemos de cuidar, por ejemplo, los detalles de pudor y de modestia en el vestir, en el aseo, en el deporte; la negativa tajante a participar en conversaciones que desdicen de un cristiano; el rechazo de espectáculos inmorales...; y sobre todo hemos de dar el ejemplo alegre de la propia vida. Con nuestra conversación hemos de poner de manifiesto, descaradamente cuando sea necesario, la belleza de esta virtud y los innumerables frutos que de ella se derivan: la mayor capacidad de amar, la generosidad, la alegría, la finura de alma... Hemos de proclamar a los cuatro vientos que esta virtud es posible siempre si se ponen los medios que Nuestra Madre la Iglesia ha recomendado durante siglos: el recogimiento de los sentidos, la prudencia atenta para evitar las ocasiones, la guarda del pudor, la moderación en las diversiones, la templanza, el recurso frecuente a la oración, a los sacramentos y a la penitencia, la recepción frecuente de la Sagrada Eucaristía, la sinceridad... y, sobre todo, un gran amor a la Virgen Santísima15. Nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas16.
Al terminar nuestra oración acudimos a Santa María, Mater pulchrae dilectionis, Madre del amor hermoso, que nos ayudará siempre a sacar un amor más firme aun de las mayores tentaciones.

24 de noviembre de 2017

ULTIMA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO VIERNES


Lucas (19,45-48):

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: "Mi casa es casa de oración"; pero vosotros la habéis convertido en una "cueva de bandidos."»
Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.


CASA DE ORACION

— Jesús expulsa a los mercaderes del Templo.
— El templo, lugar de oración.
— El culto verdadero.
I. Una de las lecturas previstas para la Misa de hoy1 nos narra un pasaje del Libro de los Macabeos, cuando Judas y sus hermanos, después de vencer a los enemigos, decidieron purificar y renovar el santuario del Señor, que había sido profanado por los gentiles y por quienes no habían permanecido fieles a la fe de sus mayores. Allí se dirigieron llenos de alegría, con cánticos, con arpas, con liras y con címbalos. Y se postró todo el pueblo sobre sus rostros, y adoraron y bendijeron a Dios. Celebraron durante ocho días la dedicación del altar y ofrecieron con gran júbilo holocaustos y sacrificios de acción de gracias y de alabanza. Adornaron la fachada del Templo con coronas de oro y con escudos, y dedicaron las puertas y las cámaras de los ministros. Y hubo muy grande alegría en el pueblo, y fue quitado el oprobio de las gentes. Judas Macabeo determinó que se celebrase ese día cada año con gran solemnidad. El Pueblo de Dios, después de tantos años de oprobio, manifestó su piedad y su amor a su Dios, con un júbilo desbordante.
El Evangelio de la Misa2 nos muestra a Jesús santamente indignado al ver la situación en que se encontraba el Templo, de tal manera que expulsó de allí a los que vendían y compraban. En el Éxodo3 Moisés ya había dispuesto que ningún israelita se presentase en el Templo sin nada que ofrecer. Para facilitar el cumplimiento de esta disposición a los que venían de lejos, se había habilitado en los atrios del Templo un servicio de compra-venta de animales para ser sacrificados, y terminó siendo un verdadero mercado de ganado para el sacrificio. Lo que en un principio pudo ser tolerable y hasta conveniente, había degenerado de tal modo que la intención religiosa del principio se había subordinado a los beneficios económicos de aquellos comerciantes, que quizá eran los mismos servidores del Templo. Este llegó a parecer más una feria de ganado que un lugar de encuentro con Dios4.
El Señor, movido por el celo de la casa de su Padre5, por una piedad que nacía de lo más hondo de su Corazón, no pudo soportar aquel deplorable espectáculo y los arrojó a todos de allí con sus mesas y sus ganados. Jesús subraya la finalidad del Templo con un texto de Isaías bien conocido por todos6: Mi casa será casa de oración. Y añadió: pero vosotros habéis hecho de ella una cueva de ladrones. Quiso el Señor inculcar a todos cuál debía ser el respeto y la compostura que se debía manifestar en el Templo por su carácter sagrado. ¡Cómo habrá de ser nuestro respeto y devoción en el templo cristiano –en las iglesias–, donde se celebra el sacrificio eucarístico y donde Jesucristo, Dios y Hombre, está realmente presente en el Sagrario! «Hay una urbanidad de la piedad. —Apréndela. —Dan pena esos hombres “piadosos”, que no saben asistir a Misa –aunque la oigan a diario–, ni santiguarse –hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación–, ni hincar la rodilla ante el Sagrario –sus genuflexiones ridículas parecen una burla–, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora»7.
II. Mi casa será casa de oración. ¡Qué claridad tiene la expresión que designa el templo como la casa de Dios! Como tal hemos de tenerla. A ella hemos de acudir con amor, con alegría y también con un gran respeto, como conviene al lugar donde está, ¡esperándonos!, el mismo Dios.
Con frecuencia tenemos noticia o asistimos a actos y ceremonias de la vida política, académica, deportiva: una recepción, un desfile, unas Olimpiadas... Y se advierte enseguida que el protocolo y una cierta solemnidad no son superfluos. Estos detalles, a veces mínimos –las precedencias, el modo de vestir, el ritmo pausado de andar...– , entran por los ojos y dan al acto una buena parte de su valor y de su ser.
También entre las personas, el cariño se demuestra en pequeños pormenores, en atenciones y cuidados. La alianza que se regalan los futuros esposos u otras atenciones no son en sí mismas el amor, pero en ellas se manifiesta. Es el rito sencillo que el hombre necesita para expresar lo más íntimo de su ser. El hombre, que no es solo cuerpo ni solo alma, necesita también manifestar su fe en actos externos y sensibles, que expresen bien lo que lleva en su corazón. Cuando se ve a alguien, por ejemplo, hincar con devoción la rodilla ante el Sagrario es fácil pensar: tiene fe y ama a su Dios. Y este gesto de adoración, resultado de lo que se lleva en el corazón, ayuda a uno mismo y a otros a tener más fe y más amor. El Papa Juan Pablo II señala en este sentido la influencia que tuvo en él la piedad sencilla y sincera de su padre: «El mero hecho de verle arrodillarse –cuenta el Pontífice– tuvo una influencia decisiva en mis años de juventud»8.
El incienso, las inclinaciones y genuflexiones, el tono de voz adecuado en las ceremonias, la dignidad de la música sacra, de los ornamentos y objetos sagrados, el trato y decoro de estos elementos del culto, su limpieza y cuidado, han sido siempre la manifestación de un pueblo creyente. El mismo esplendor de los materiales litúrgicos facilita la comprensión de que se trata ante todo de un homenaje a Dios. Cuando se observa de cerca alguna de las custodias de la orfebrería de los siglos xvi y xvii se nota cómo casi siempre el arte se hace más rico y precioso conforme se acerca el lugar que ocupará la Hostia consagrada. A veces desciende a pormenores que apenas se notan a poca distancia: el arte mejor se ha puesto donde solo Dios –se diría– puede apreciarlo. Este cuidado hasta en lo más pequeño ayuda poderosamente a reconocer la presencia del propio Dios.
Al Señor tampoco le es indiferente el que vayamos a saludarle –¡lo primero!– al entrar en una iglesia, o el empeño por llegar puntuales a la Santa Misa –mejor unos minutos antes de que comience–, la genuflexión bien hecha delante de Él presente en el Sagrario, las posturas o el recogimiento que guardamos en su presencia... ¿Es para nosotros el templo el lugar donde damos culto a Dios, donde le encontramos con una presencia verdadera, real y substancial?
III. Gran parte de las prescripciones que el Señor comunicó a Moisés en el Sinaí tienden a fijar, hasta en sus detalles, la dignidad de todo lo que hacía referencia al culto. Así, señala cómo ha de construirse el tabernáculo, el arca, los utensilios, el altar, las vestiduras sacerdotales; cómo han de ser las víctimas que se ofrezcan; qué fiestas deben guardarse; qué tribu y qué personas han de ejercer las funciones sacerdotales...9.
Todas estas indicaciones muestran que las cosas sagradas están unidas de una manera especial a la Santidad divina; con ellas el Señor hace valer la plenitud de sus derechos. En aquel pueblo, tentado tan frecuentemente por los ritos paganos, Dios trató siempre de infundir un profundo respeto por lo sagrado. Jesucristo subrayó esa enseñanza con un espíritu nuevo. Precisamente el celo por la casa de Dios, por su honor y su gloria, constituye una enseñanza central del Mesías, que Cristo realiza al arrojar enérgicamente a los mercaderes del Templo; y en su predicación insistirá en el respeto con que deben tratarse los dones divinos, en ocasiones con palabras muy fuertes: no deis a los perros las casas santas, no echéis vuestras perlas a los cerdos10.
Hoy asistimos en muchos lugares a un ambiente de desacralización. En esas actitudes late una concepción atea de la persona, para la cual «el sentido religioso, que la naturaleza ha infundido en los hombres, ha de ser considerado como pura ficción o imaginación, y que debe, por tanto, arrancarse totalmente de los espíritus por ser contraria absolutamente al carácter de nuestra época y al progreso de la civilización»11. A la vez, vemos cómo crecen, incluso entre personas que se llaman cultas, las prácticas adivinatorias, el culto desordenado y enfermizo a la estadística, a la planificación...: la incredulidad sale por todas partes. Y es que, en lo íntimo de su conciencia, el hombre atisba la existencia de Alguien que rige el universo, y que no es alcanzable por la ciencia. «No tienen fe. —Pero tienen supersticiones»12.
La Iglesia nos recuerda que solo Dios es nuestro único Señor. Y ha querido determinar muchos detalles y formas del culto, que son expresión del honor debido a Dios y de un verdadero amor. No solo enseña que la Santa Misa es el centro de toda la Iglesia y de la vida de cada cristiano, y ha determinado su liturgia; ha querido, además, que nuestras iglesias sean verdaderas casas de oración. Ha dispuesto que los templos estén abiertos en las horas convenientes «para que los fieles puedan fácilmente orar ante el Santísimo Sacramento»13. Ha señalado14 lo que ha sido práctica constante a través de los siglos: el Sagrario ha de ser sólido, ha de estar en lugar destacado y a la vez recogido, para que los cristianos puedan honrar al Santísimo Sacramento también con culto privado. Ha de saberse, con signos claros, al entrar en un templo dónde está el Sagrario; por eso se prescribe el conopeo (el velo que ordinariamente debe cubrirlo), y que arda constantemente, en el altar del Sagrario, una lámpara de cera..., aunque estos detalles son en primer lugar manifestaciones de amor y de adoración a Jesucristo, realmente presente, y solo en segundo término señales indicadoras de su presencia. Todos los fieles, sacerdotes y laicos, hemos de ser «tan cuidadosos del culto y del honor divino, que puedan con razón llamarse celosos más que amantes... para que imiten al mismo Jesucristo, de quien son estas palabras: El celo de tu casa me consume (Jn 2, 17)»1

23 de noviembre de 2017

ULTIMA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO JUEVES

Lucas 19,41-44.

Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, 
diciendo: "¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. 
Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. 
Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios". 

LAS LAGRIMAS DE JESUS

— Jesús no queda indiferente ante la suerte de los hombres.
— Humanidad Santísima de Cristo.
— Tener los mismos sentimientos de Jesús.
I. Descendía Jesús por la vertiente occidental del monte de los Olivos dirigiéndose al Templo. Le acompañaba una multitud llena de fervor que gritaba alabanzas al Mesías. En un momento dado, Jesús se paró y contempló la ciudad de Jerusalén que se extendía a sus pies. Y al ver la ciudad lloró sobre ella1. Es un llanto inesperado que rompió la alegría de todos. En aquel instante, el Señor vio cómo quedaba destruida años más tarde la ciudad que tanto amaba, porque no conoció el tiempo de su visitación. El Mesías había estado por sus calles, había enseñado la Buena Nueva, sus habitantes habían visto milagros..., y siguieron igual. ¡Si conocieras en este día lo que puede traerte la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Vendrán días en que tus enemigos te rodearán y te asediarán y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán junto con tus hijos, porque no has conocido el tiempo en que Dios te ha visitado2.
A través de estas líneas se puede leer la angustia que oprimía el corazón del Señor. «Pero ¿por qué no entendía Jerusalén la gracia especialísima de conversión que se le ofrecía en aquel mismo día con el esplendor del triunfo de Jesús? ¿Por qué se obstinaba en cerrar los ojos a la luz? Ocasiones había tenido de reconocer a Jesús por su Mesías y su Redentor; esta que ahora se le da será la última. Si rechaza este postrer beneficio, todos los males descritos en la profecía caerán irremisiblemente sobre ella. Y rechazó, ¡oh dolor!, y todo se cumplió a la letra»3. El Señor se llena de aflicción, pues Él no queda indiferente ante la suerte de los hombres. Su pena es tan grande que sus ojos se cubrieron de lágrimas. Las palabras anteriores debieron de ser pronunciadas con un particular acento de dolor y de tristeza.
San Juan nos ha dejado constancia en otra ocasión de esas lágrimas de Jesús, que pueden ser tan consoladoras para nuestra alma. Llegó el Maestro a Betania, donde había muerto su amigo Lázaro. Allí se encontró con la hermana de Lázaro, María. Cuando Jesús la vio llorando se estremeció en su interior, se conmovió y dijo: ¿Dónde le habéis puesto? Le contestaron: Señor, ven y verás. En aquel momento Jesús da rienda suelta a su dolor por la muerte de aquel amigo, y comenzó a llorar. Los judíos presentes exclamaron: Mirad cómo le amaba4.
Jesús –perfecto Dios y hombre perfecto5– sabe querer a sus amigos, a sus íntimos y a todos los hombres, por los que dio la vida. Este amor que Jesús muestra en su aflicción es la expresión humana del amor que Dios tiene a los hombres, la manifestación sensible de la compasión con que nos mira. Y hoy, en este rato de oración, podemos contemplar la profundidad y la delicadeza de los sentimientos de Jesús, y comprender cómo Él no es indiferente a nuestra correspondencia a esa oferta de amistad y de salvación. No es indiferente a que vayamos cada día a visitarlo y permanezcamos junto a Él unos minutos delante del Sagrario; no es neutral ante el empeño diario por aumentar nuestra amistad con Él, ante el esfuerzo por vivir con esmero la caridad, por servirle en medio del mundo... ¡Tantas veces se hace el encontradizo con nosotros!
«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente (...). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (...) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no solo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor(Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia pascual), si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, no muera sino que tenga la vida eterna (cfr. Jn 3, 16)!»6. No dejemos de tratar cada día a Jesús que nos espera. En Él se encuentra el fin de nuestra vida.
II. La vida cristiana consiste en una amistad creciente con Cristo, en imitarle, en hacer nuestra su doctrina. Seguir a Jesús no consiste en detenerse en difíciles especulaciones teóricas, ni tampoco en la mera lucha contra el pecado, sino en amarle con obras y sentirnos amados por Él, «porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos»7. Él vive ahora en medio de nosotros: le vemos con los ojos de la fe, le hablamos en la oración, nos escucha apenas hemos levantado la voz o el corazón hacia Él; no es indiferente a nuestras alegrías y pesares, pues «se unió, en cierto modo, con cada hombre por su encarnación. Con manos humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón de hombre amó. Nacido de María Virgen se hizo de verdad uno de nosotros, igual que nosotros en todo menos en el pecado. Cordero inocente, mereció para nosotros la vida derramando libremente su sangre y en Él el mismo Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros mismos y nos arrancó de la esclavitud del diablo y del pecado. Así cada uno de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gal 2, 20)»8, por cada uno, como si no hubiera más hombres sobre la tierra. Su Humanidad Santísima es el puente que nos conduce a Dios Padre.
Hoy consideramos esas lágrimas de Jesús por aquella ciudad que tanto amó, pero que no conoció lo más importante de su historia: la visita del Mesías y los dones que llevaba para cada uno de sus habitantes. Y hemos de meditar también las ocasiones en las que nosotros personalmente le hemos llenado de aflicción por nuestros pecados, por las faltas de correspondencia a la gracia, por no haber sabido responder a tantas muestras de amistad. Y también las ocasiones en que nos ha echado de menos, como aquel día en que esperaba la vuelta de nueve leprosos que una vez curados se marcharon por otro camino y no volvieron. ¡Cuántas veces, quizá, ha quedado Jesús esperándonos!
Si no amamos a Jesús no podremos seguirle. Y para amarle hemos de meditar con frecuencia el Evangelio, donde se nos muestra profundamente humano y ¡tan cercano a todo lo nuestro! Unas veces le veremos cansado del camino9, sentado junto al pozo de Jacob, después de una larga caminata en un día caluroso, con sed real, que le dará ocasión para convertir a una mujer de Samaria y a muchos vecinos del pueblo de Sicar. Le contemplaremos con hambre, como el día en que, en el camino de Betania a Jerusalén, se acercó a una higuera que solo tenía hojas10; o agotado después de una jornada de intensa predicación a las gentes que no cesaban de acudir a Él, y era tal su cansancio que en medio incluso de un mar alborotado se quedó dormido sobre un cabezal en la popa11.
A lo largo de su vida irá aliviando las dolencias de quienes encuentra en su camino: vio una turba numerosa y sintió compasión de ellos, y curó a sus enfermos12. Aunque vino a salvar nuestras almas, no se olvida de los cuerpos. Para quererle y seguirle hemos de contemplarle: su vida es una inagotable fuente de amor, que hace fácil la entrega y la generosidad en su seguimiento. Y «cuando nos cansemos –en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica–, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha –una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado– para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (cfr. Jn 4, 34)»13.
III. El llanto de Jesús sobre Jerusalén encierra un profundo misterio. Ha expulsado demonios, curado enfermos, resucitado muertos, convertido a publicanos y pecadores, pero ante esta ciudad tropieza con la dureza de sus habitantes. Algo podemos entrever de lo que ocurría en su Corazón cuando hoy nos encontramos con la resistencia de tantos que se cierran a la gracia, a la llamada divina. «A veces, cara a esas almas dormidas, entran unas ansias locas de gritarles, de sacudirlas, de hacerlas reaccionar, para que salgan de ese sopor terrible en que se hallan sumidas. ¡Es tan triste ver cómo andan, dando palos de ciego, sin acertar con el camino!
»—Cómo comprendo ese llanto de Jesús por Jerusalén, como fruto de su caridad perfecta...»14.
Los cristianos proseguimos la obra del Maestro y participamos de los sentimientos de su Corazón misericordioso. Por eso, mirándole a Él, hemos de aprender a querer a nuestros hermanos los hombres, tratando a cada uno como es, en sus peculiares circunstancias, comprendiendo sus deficiencias cuando las haya, siendo siempre cordiales y estando disponibles para ayudar, para servir. De Cristo hemos de aprender a ser muy humanos, disculpando, alentando a seguir adelante, procurando –cada día– hacer la vida más grata y amable a los que comparten el mismo hogar, el mismo trabajo, idénticas aficiones, sacrificando los propios gustos, por legítimos que sean, cuando entorpecen la convivencia, interesándonos sinceramente por su salud y por su enfermedad... Y sobre todo nos preocupará especialmente el estado del alma de las personas que cada día tratamos, a quienes procuramos ayudar en su caminar hacia Cristo: a quienes están cerca de ti para que se aproximen más; a los que están lejos, para que emprendan el camino de vuelta hacia la casa del Padre. «No hay señal, no existe marca alguna que distinga mejor al cristiano, que el cuidado que tiene por sus hermanos»15, afirmaba San Juan Crisóstomo.
Hoy le pedimos a Nuestra Madre Santa María que nos dé un corazón semejante al de su Hijo, que no permanezca nunca indiferente ante la suerte de los que nos tratan cada día.

22 de noviembre de 2017

ULTIMA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO MIERCOLES

Lucas 19,11-28.

Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a aparecer de un momento a otro. 
El les dijo: "Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida. 
Llamó a diez de sus servidores y les entregó cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: 'Háganlas producir hasta que yo vuelva'. 
Pero sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir: 'No queremos que este sea nuestro rey'. 
Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. 
El primero se presentó y le dijo: 'Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más'. 
'Está bien, buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades'. 
Llegó el segundo y le dijo: 'Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más'. 
A él también le dijo: 'Tú estarás al frente de cinco ciudades'. 
Llegó el otro y le dijo: 'Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo. 
Porque tuve miedo de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado'. 
El le respondió: 'Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigentes, que quiero percibir lo que no deposité y cosechar lo que no sembré, 
¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado con intereses'. 
Y dijo a los que estaban allí: 'Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más'. 
'¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!'. 
Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. 
En cuanto a mis enemigos, que no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia". 
Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. 

VOY A DAR A CADA UNO SEGÚN SUS OBRAS

— Instaurar en Cristo todas las cosas.
— El rechazo de Jesús.
— Extender el reinado de Cristo.
I. Estaba Jesús cerca de Jerusalén y muchos esperaban una llegada inminente del Reino de Dios, un reino –según esa falsa opinión– de carácter temporal. El Señor, pensaban, entraría triunfalmente en la ciudad después de vencer al poder romano, y ellos tendrían un puesto privilegiado cuando llegara ese momento. Esta ilusión, tan alejada de la realidad, era una prolongación de la mentalidad existente en muchos círculos judíos de la época. Para corregir a fondo ese error, Jesús expuso una parábola, que recoge el Evangelio de la Misa1.
Un hombre de origen noble marchó a un país lejano a recibir la investidura real. Era costumbre que los reyes de territorios dependientes del imperio romano recibieran el poder real de manos del emperador, y a veces tenían incluso que ir a Roma. En la parábola, este personaje ilustre dejó la administración de su territorio a diez hombres de su confianza y se marchó a recibir la investidura. Les dio diez minas. La mina no era una moneda acuñada, pero sí se utilizaba como unidad contable; equivalía a 35 gramos de oro. Estos hombres recibieron un encargo: Negociad hasta mi vuelta. Se trataba de hacer rendir su pequeño tesoro. Y estos hombres cumplieron su encargo: hicieron préstamos con interés, visitaron ferias, compraron y vendieron. Trabajaron bien para su señor durante semanas, meses y años... Y esto es lo que sigue haciendo la Iglesia desde Pentecostés, donde recibió el inmenso Don del Espíritu Santo y, con Él, enviado por Cristo, la infalible Palabra de Dios, la fuerza de los sacramentos, las indulgencias... «En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni honrado –comentaba San Josemaría Escrivá–, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos, regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a nuestro prójimo»2. La vida es un tiempo para hacer fructificar los bienes divinos.
Nos toca a nosotros, a cada cristiano, hacer rendir ahora el tesoro de gracias que el Señor deposita en nuestras manos, mientras «vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: Restaurar en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra (Ef 1, 10)»3. Este es nuestro cometido mientras el Señor vuelve para cada uno en el momento, quizá no muy lejano, de la muerte: procurar con empeño que el Señor esté presente en todas las realidades humanas. Nada es ajeno a Dios, pues todas las cosas han sido creadas por Él, y a Él se dirigen, conservando su propia autonomía: los negocios, la política, la familia, el deporte, la enseñanza...
Vengo presto -nos dice hoy el Señor-, y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin4. Solo en Él encuentra sentido nuestro quehacer aquí en la tierra. La Iglesia entera, y cada cristiano, es depositaria del tesoro de Cristo: crece la santidad de Dios en el mundo cuando cada uno luchamos por ser fieles a nuestros deberes, a los compromisos que, como ciudadanos, como cristianos, hemos contraído.
II. Mientras aquellos administradores fieles procuraban con empeño hacer rendir el tesoro de su señor, muchos ciudadanos de aquel país le odiaban y enviaron una embajada tras él para decirle: no queremos que este reine sobre nosotros. El Señor debió de introducir con mucha pena estas palabras en medio del relato, pues habla de Sí mismo en la parábola: Él es el hombre ilustre que se marcha a tierras lejanas. Jesús veía en los ojos de muchos fariseos un odio creciente y el rechazo más completo. Cuanto mayor era su bondad y mayores las muestras de su misericordia, más aumentaba la incomprensión que se advertía en muchos rostros. ¡Qué duro debió de resultar para el Maestro aquel rechazo tan frontal, que alcanzará su punto culminante en la Pasión, poco tiempo más tarde!
Quiere también expresar el Señor el rechazo que había de sufrir por tantos a lo largo de los siglos. ¿Es acaso menor el que se da en esta época nuestra? ¿Son acaso pequeños el odio y la indiferencia? En la literatura, en el arte, en la ciencia..., en las familias..., parece oírse un griterío gigantesco: nolumus hunc regnare super nos!, ¡no queremos que este reine sobre nosotros! Él, «que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y que no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas.
»¿Por qué, entonces, tantos lo ignoran? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel: nolumus hunc regnare super nos (Lc 19, 14), no queremos que este reine sobre nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.
»Ante ese triste espectáculo, me siento inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la necesidad de gritar alto: oportet illum regnare! (1 Cor 15, 25), conviene que Él reine (...). El Señor me ha empujado a repetir, desde hace mucho tiempo, un grito callado: serviam!, serviré. Que Él nos aumente esos afanes de entrega, de fidelidad a su divina llamada –con naturalidad, sin aparato, sin ruido–, en medio de la calle. Démosle gracias desde el fondo del corazón. Dirijámosle una oración de súbditos, ¡de hijos!, y la lengua y el paladar se nos llenarán de leche y de miel, nos sabrá a panal tratar del Reino de Dios, que es un Reino de libertad, de la libertad que Él nos ganó (cfr. Gal 4, 3l)»5. Serviremos a Nuestro Señor como a nuestro Rey y Señor, como al Salvador de la Humanidad entera y de cada uno de nosotros. Serviam! ¡Te serviré, Señor!, le decimos en la intimidad de nuestra oración.
III. Al cabo de un tiempo volvió aquel señor con la investidura real; entonces, recompensó espléndidamente a aquellos siervos que se afanaron por hacer rendir lo que recibieron, y castigó duramente a quienes en su ausencia le rechazaron y a uno de los administradores que malgastó el tiempo y no hizo rendir la mina que había recibido. «El mal siervo no se aplicó y nada devolvió; no honró a su amo y fue castigado. Glorificar a Dios es, por el contrario, dedicar las facultades que Él me ha dado a conocerle, amarle y servirle, y de esta manera devolverle todo mi ser»6. Este es el fin de nuestra vida: dar gloria a Dios ahora aquí en la tierra con lo que tenemos encomendado, y luego en la eternidad con la Virgen, los ángeles y los santos. Si tenemos esto presente, ¡qué buenos administradores seremos de los dones que el Señor ha querido darnos para que con ellos nos ganemos el Cielo!
«Nunca os pesará haberle amado», solía repetir San Agustín7. El Señor es buen pagador ya en esta vida cuando somos fieles. ¡Qué será en el Cielo! Ahora nos toca extender ese reinado de Cristo en la tierra, en medio de la sociedad en que nos movemos: en la familia, en el trabajo, entre los vecinos, en los compañeros de Universidad o de taller, entre los clientes, en los alumnos... Muy especialmente entre aquellos que de alguna manera tenemos encomendados. «A vuestros pequeños no los dejéis de la mano; contribuid a la salvación de vuestro hogar con todo esmero»8, aconsejaba vivamente el santo obispo de Hipona.
En estos días, mientras esperamos la Solemnidad de Cristo Rey, nos podemos preparar repitiendo algunas jaculatorias: Regnare Christum volumus!, ¡queremos que reine Cristo!, y queremos en primer lugar que ese reinado sea una realidad en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestro corazón, en todo nuestro ser9. Por eso le pedimos: «Señor mío Jesús: haz que sienta, que secunde de tal modo tu gracia, que vacíe mi corazón..., para que lo llenes Tú, mi Amigo, mi Hermano, mi Rey, mi Dios, ¡mi Amor!»10.