"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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9 de agosto de 2021

El secreto del valor de las cosas pequeñas

 


EVANGELIO San Mateo (25, 1-13)


El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.

Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.

Pero a medianoche se oyó un grito: 'Ya viene el esposo, salgan a su encuentro'.

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

Las necias dijeron a las prudentes: '¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?'.

Pero estas les respondieron: 'No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado'.

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos',12 pero él respondió: 'Les aseguro que no las conozco'.

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.


COMENTARIO

Las celebraciones nupciales en tiempos de Jesús estaban revestidas de una particular solemnidad, en un ambiente festivo y gozoso. Unos meses antes tenían lugar los desposorios, donde los futuros esposos ya quedaban públicamente comprometidos en matrimonio, pero sólo un tiempo después la esposa era recibida en su nueva casa por el esposo para iniciar su vida en común formando una familia. En esta segunda ceremonia los amigos de los novios participaban activamente en los festejos.


Acompañaban a la esposa sus amigas de infancia y juventud, las “vírgenes” de las que habla la parábola, solteras como ella hasta ese momento. De ordinario llegaban con cierta antelación al lugar de la boda y, cuando al caer la tarde, llegaba el esposo acompañado por sus amigos, también jóvenes como él, salían a su encuentro con sus lámparas de aceite encendidas y comenzaba la fiesta. Sonaba la música, corría el vino y los manjares, y se bailaba con alegría hasta la medianoche.


Jesús habla de una boda en la que un retraso excesivo en la llegada del novio provocó el desconcierto entre las amigas de la novia. Algunas poco previsoras, al retrasarse tanto el esposo, se quedaron sin aceite para salir con sus lámparas a recibirlo y, mientras iban a comprar lo necesario, se cerró la puerta y se quedaron fuera.


El Maestro se sirve de esta parábola para recomendar la necesidad de estar siempre bien preparados para recibir al Señor cuando se presente, ya que no sabemos el día ni la hora. Vendrá al final de los tiempos, pero también saldrá al encuentro de cada uno de nosotros cuando llegue el final de nuestra vida terrena para juzgarnos. “Llegará aquel día –recordaba san Josemaría–, que será el último y que no nos causa miedo: confiando firmemente en la gracia de Dios, estamos dispuestos desde este momento, con generosidad, con reciedumbre, con amor en los detalles, a acudir a esa cita con el Señor llevando las lámparas encendidas. Porque nos espera la gran fiesta del Cielo”[1].


La imprevisión o el atolondramiento, el retrasar el arrepentimiento o la confesión, dilatar las decisiones de entrega, pueden privarnos para siempre de la gloria. En cambio, una vida vivida cara a Dios, sin descuidar detalles, nos puede abrir la puerta del cielo, como sucedió a aquellas amigas de la novia, que fueron previsoras, y entraron a disfrutar de la fiesta, mientras que las otras se quedaron fuera. Aquellas muchachas “No supieron o no quisieron prepararse con la solicitud debida, y se olvidaron de tomar la razonable precaución de adquirir a su hora el aceite. Les faltó generosidad para cumplir acabadamente lo poco que tenían encomendado. Quedaban en efecto muchas horas, pero las desaprovecharon”[2], seguía comentando san Josemaría.


De ahí que nos invitase a reflexionar y sacar propósitos: “Pensemos valientemente en nuestra vida. ¿Por qué no encontramos a veces esos minutos, para terminar amorosamente el trabajo que nos atañe y que es el medio de nuestra santificación? ¿Por qué descuidamos las obligaciones familiares? ¿Por qué se mete la precipitación en el momento de rezar, de asistir al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Por qué nos faltan la serenidad y la calma, para cumplir los deberes del propio estado, y nos entretenemos sin ninguna prisa en ir detrás de los caprichos personales? Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la llama y encendida la luz”[3].


PARA TU ORACION PERSONAL


La vida común y corriente de las personas, que los cristianos deseamos santificar, está entretejida de hechos y situaciones aparentemente sin relieve, de relaciones habituales y costumbres reiteradas que fácilmente podrían desembocar en un existencia rutinaria y superficial.


La vida común y corriente de las personas, que los cristianos deseamos santificar, está entretejida de hechos y situaciones aparentemente sin relieve, de relaciones habituales y costumbres reiteradas que fácilmente podrían desembocar en un existencia rutinaria y superficial. Sin embargo, la fe en Cristo otorga una gran dignidad tanto a las personas y sus acciones como a las cosas creadas, rescatando la existencia humana de la posible monotonía e irrelevancia. En ese entramado diario, los ojos de la fe encuentran constantes ocasiones de amar a Dios y servir al prójimo, haciendo la vida más humana y dotando de valor antropológico y sobrenatural a lo pequeño e intrascendente que, hecho por amor, se convierte en grande y trascendente: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. (…) Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios» (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, nn. 114 y 116). De este modo, aquello que parecía sin importancia demuestra tener una gran fuerza, al unirse a la gracia de Dios: «Cambiar el mundo con las cosas pequeñas de cada día, con la generosidad con el compartir, escuchando a los demás y creando actitudes de hermandad» (Mensaje de Francisco a los jóvenes, 2-VI-2017).


1. El ejemplo de Jesús


Aunque la Encarnación del Verbo fue milagrosa, sin intervención humana –«por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18)– su gestación durante nueve meses en el vientre de María y su venida al mundo en el seno de una familia fueron normales y nada llamativos. Los treinta años que precedieron a los tres de su vida pública y a su Pasión, Muerte y Resurrección, se desarrollaron en la más absoluta normalidad en la aldea de Nazaret, ejerciendo un trabajo manual y relacionándose con parientes, amigos y vecinos. Sin embargo, fue también un período redentor: una gota de sudor de Cristo en el taller de Nazaret nos salva así como una gota de su sangre en la Cruz del Calvario.


Iniciada la vida pública, cuando Jesús regresa a Nazaret, sus paisanos se admiran: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano?» (Mt 13,54-55). La gente decía de Él que «todo lo ha hecho bien» (Mc 7, 37), y san Josemaría comentaba que Jesús ha hecho admirablemente bien «los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfecto Dios y hombre perfecto» (Amigos de Dios, n. 56). Jesús valora lo pequeño si está hecho con amor y generosidad, como la limosna de la viuda pobre (cfr. Mc 12, 41-43): «¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? –Dale tú lo que puedas dar: no está en el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des» (Camino, n. 829). Y también echa en falta los debidos detalles de cortesía en casa de Simón el fariseo, después de que una mujer pecadora se acercara a Jesús, regara con lágrimas sus pies, los secara con sus cabellos, los ungiera con perfume y los besara, mientras su anfitrión no le había ofrecido agua para los pies, ni le había dado el beso de bienvenida, ni había ungido su cabeza con aceite (cfr. Lc 7, 38-46): Jesús –explica san Josemaría– «sacó a colación esa falta de urbanidad para realzar con esa anécdota la enseñanza de que en los pequeños detalles se muestra el amor» (Amigos de Dios, n. 122).


En sus enseñanzas, Jesús destaca la importancia de ser fiel en lo poco. En la parábola de los talentos, demuestra este aprecio con más palabras que son como la bienvenida al Cielo: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu Señor» (Mt 25, 21). Y san Josemaría deduce: «Son palabras de Cristo –In pauca fidelis!... –¿Desdeñarás ahora las cosas pequeñas si se promete la gloria a quienes las guardan?» (Camino, n. 819). También la parábola de las vírgenes necias y prudentes (cfr. Mt 25, 1-13) constituye una llamada de atención para estar en los detalles, que son como el aceite, ausente en las lámparas de las vírgenes necias: «No supieron o no quisieron prepararse con la solicitud debida (…). Les faltó generosidad para cumplir acabadamente lo poco que tenían encomendado. (…) Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la llama y encendida la luz» (Amigos de Dios, n. 41). Jesús está en el detalle de decir a sus discípulos, tras la multiplicación de los panes: «Recoged los trozos que han sobrado para que nada se pierda» (Jn 5, 12). En definitiva, Jesús tiene en mucho las cosas pequeñas para que nosotros no las despreciemos.


2. El ámbito de las cosas pequeñas


Materialmente, el espacio o ambiente en el que vivir el cuidado de las cosas pequeñas abarca todas nuestras actividades: el trabajo, la vida familiar, las relaciones sociales, el descanso, etc., son elementos constitutivos de la vida espiritual de quien desea ser santo en medio del mundo, en estrecho contacto con las realidades del día a día. Y desde el punto de vista formal, el ámbito de las cosas pequeñas es el de todas las virtudes. No sería virtuosa una persona capaz de soportar con fortaleza grandes tribulaciones y, al mismo tiempo fuera insensible y desagradecido ante un pequeño servicio recibido; o que viviera con un fuerte sentido la justicia, pero fácilmente descuidara detalles de sobriedad. Las virtudes forman como un tejido en el que todas sus fibras crecen de modo homogéneo, algunas veces a través de actos heroicos, pero habitualmente mediante acciones menudas que tienden al bien y a la verdad. San Josemaría advertía del peligro de imaginar grandes gestas en servicio del Señor, haciendo referencia al personaje de Tartarín de Tarascón, que pretendía cazar leones en los pasillos de su casa y –como era de esperar– no los encontraba: «Convenceos de que ordinariamente no encontraréis lugar para hazañas deslumbrantes, entre otras razones porque no suelen presentarse. En cambio, no os faltan ocasiones de demostrar a través de lo pequeño, de lo normal, el amor que tenéis a Jesucristo» (Amigos de Dios, n. 8). Más gráfica y llena de contraste es la consideración de Camino, n. 204: «¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! –Piensa, entonces, qué es lo más heroico».


El ámbito de las cosas pequeñas, por tanto, es tan extenso como la vida misma, empezando por las propias obligaciones: «¿Quieres de verdad ser santo? –Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces» (Camino, n. 815). Para que haya virtud –explica santo Tomás– «hay que atender a dos cosas: a lo que se hace y al modo de hacerlo» (Quodl. IV, a. 19). Si queremos ser santos, no hay otro camino que, confiando en la gracia de Dios, intentar realizar todo con la mayor perfección posible, estando en los detalles un día y otro, durante toda la vida. Son tantas las virtudes que pueden ser vividas y fortalecidas con cosas pequeñas. Por ejemplo, la sobriedad (Camino, n. 681: «El día que te levantes de la mesa sin haber hecho una pequeña mortificación has comido como un pagano»); el desprendimiento (Amigos de Dios, n. 119: «acostúmbrate, ya desde ahora, a afrontar con alegría las pequeñas limitaciones, las incomodidades, el frío, el calor, la privación de algo que consideras imprescindible, el no poder descansar como y cuando quisieras, el hambre, la soledad, la ingratitud, la deshonra…»); la obediencia (Camino, n. 618: «El enemigo: ¿obedecerás… hasta en ese detalle “ridículo”? Tú, con la gracia de Dios: obedeceré… hasta en ese detalle “heroico”»); la penitencia (Amigos de Dios, n. 138: «La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contradicciones de la jornada»), etc. No faltan campos en los que vivir día a día continuos detalles pequeños que nos unen a Dios y nos hacen mejores: «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno» (Camino, n. 823). Así se colabora con el Dios-Arquitecto que levanta el edificio de nuestra santificación personal.


3. La clave o el secreto del valor de las cosas pequeñas


Solo es posible vivir con esa atención a las cosas pequeñas cuando es el amor lo que nos mueve. La clave del valor de las cosas pequeñas –lo habíamos anticipado– está en realizarlas por amor: «Hazlo todo por Amor. –Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. –La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo» (Camino, n. 813). Cuando se escribe “Amor” con mayúscula se está queriendo indicar que es Dios el amado a través de esos actos aparentemente irrelevantes. Efectivamente, el amor a Dios produce el prodigio de transfigurar ese cúmulo de cosas pequeñas, que por sí solas apenas tendrían valor y que forman el tejido de una vida corriente, en algo divino, de precio infinito: en santidad. No deberíamos permitir que ese tesoro diario se nos escapara de las manos. Esa grandeza que resulta de tantas cosas pequeñas hechas por Amor, es a la que se refiere san Josemaría, al escribir: «De que tu y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes» (Camino, n. 755). La idea puede remitir, también, a saber descubrir en la comunión de los santos la importancia del papel que cada uno juega en la empresa divina de la Redención: «No me seas.. tonto: es verdad que haces el papel –a lo más– de un pequeño tornillo en esa gran empresa de Cristo. Pero, ¿sabes lo que supone que el tornillo no apriete bastante o salte de su sitio?: se aflojarán piezas de un tamaño o caerán melladas las ruedas. Se habrá entorpecido el trabajo. –Quizá se inutilizará toda la maquinaria. ¡Qué gran cosa es ser un pequeño tornillo!» (Camino, n. 830). Cuando cada cumple su deber día a día, desde su propio ligar, realizando su actividad profesional con competencia, para dar gloria a Dios y servir a los demás, está colaborando con Cristo para renovar el mundo.


Es, precisamente, el amor la clave para desmoronar toda interpretación del cuidado de las cosas pequeñas en términos de un perfeccionismo narcisista, o propio de personas con mentalidad maniática o cuadriculada. Esas posibles actitudes se colocan en las antípodas del amor, ya que surgen de intereses egoístas y solo sirven para enrarecer a personas y dificultar su relación con los demás. El cuidado de lo menudo de cada día no quiere decir que todo saldrá a la perfección, pues Dios cuenta con que somos seres humanos con nuestros límites, a través de los cuales su amor puede seguir actuando. Parafraseando a san Pablo, los cristianos hemos de transformarnos, renovando nuestra mente para poder «discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto» (Rm 12, 2). Diariamente tenemos la posibilidad de encontrar la voluntad de Dios materializada en cosas asequibles y pequeñas, pero buenas, agradables a los ojos de Dios y de los hombres.


31 de julio de 2021

EL AMOR ESTÁ EN LOS DETALLES


 Evangelio (Mt 14, 1-12)

En aquel entonces oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús, y les dijo a sus cortesanos: —Éste es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él esos poderes.

Herodes, en efecto, había apresado a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarlo, tenía miedo del pueblo porque lo consideraban un profeta.

El día del cumpleaños de Herodes salió a bailar la hija de Herodías y le gustó tanto a Herodes, que juró darle cualquier cosa que pidiese. Ella, instigada por su madre, dijo: —Dame aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.

El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales ordenó dársela. Y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron su cabeza en una bandeja y se la dieron a la muchacha, que la entregó a su madre. Acudieron luego sus discípulos, tomaron el cuerpo muerto, lo enterraron y fueron a dar la noticia a Jesús.


Comentario:

Jesucristo recibe la noticia de la muerte de Juan el Bautista de labios de sus discípulos. Saben de lo mucho que se querían y no dudan en ir a contárselo, quizá para encontrar también un poco de consuelo.

¡Con cuánto dolor escucharía Jesucristo el relato de la muerte de su pariente y amigo! ¡Con qué ternura consolaría los corazones atribulados de aquellos discípulos, amigos de Juan! ¡Cómo les animaría en esos momentos hablándoles de la grandeza de aquel hombre! Un hombre que no dudó en perder la cabeza por Jesús.

La defensa de la verdad, la que nos hace libres, la que no es negociable, la enemiga de los falsos compromisos que buscan salvar el pellejo, nos lleva a perder la cabeza.

Las palabras de Juan iluminaban a los hombres y mujeres de su tiempo, incluso al propio Herodes. Se dirigían al fondo de sus corazones y allí sembraban la semilla de la verdad, del bien, de la justicia, del amor. Eran palabras capaces de sacar a la luz ese fragmento de humanidad que, aunque sepultado por una montaña de mentiras, habita en el corazón de todo hombre.

Herodes se había ido deslizando por un camino sin retorno, condenándose a una vida esteril, infeliz, encerrado en sí mismo, en su egoísmo. Juan le habla al corazón, quiere sacarlo de la cárcel en la que está enjaulado.

Con su propia vida le quiere mostrar cómo el amor verdadero, profundo y fecundo, es aquél que está dispuesto a donarse por entero, perder la vida por las personas amadas, perder la cabeza por ellas.

Es la “inquietud de amor” que busca “siempre, sin descanso, el bien del otro, de la persona amada, con esa intensidad que lleva incluso a las lágrimas”; que “impulsa a salir al encuentro del otro, sin esperar que sea el otro quien manifiesta su necesidad”[1].

Con nuestro amor inquieto, lleno de detalles concretos, amando desde el Corazón de Jesucristo, estamos recordando a los demás cómo es el amor de Dios por ellos, cuál es su verdad más profunda: son hijos amados de Dios Padre. No tenemos que tener miedo a perder la cabeza en esos detalles de amor.


TEXTO PARA TU ORACION PERSONAL


San Josemaría resumía la vida de piedad diciendo que el amor es sapientísimo y busca siempre formas nuevas de manifestarse. Por eso, expresaba un profundo amor a Jesús Sacramentado a través de un sinfín de pequeños detalles.


resumía la vida de piedad diciendo que el amor es sapientísimo y busca -porque lo necesita- siempre formas nuevas de manifestarse. Por eso, expresaba un profundo amor a Jesús Sacramentado a través de un sinfín de pequeños detalles.


“Pegado” al sagrario


Cuando en los años cuarenta pudo tener un cuarto definitivo -en el Centro de Diego de León, en Madrid-, se alegró de que estuviese pegado al sagrario: porque así, en la soledad de muchas noches, y durante tantas horas del día, podía rezar y trabajar frente a Nuestro Señor. Esta idea le llevó a disponer la instalación de una tribuna que diera al oratorio, en el cuarto de trabajo en Roma. Como transcurría también allí mucho tiempo, hizo colocar un pequeño reloj antiguo de bolsillo, con el fin de no faltar al horario del Centro.


Lo primero, saludar a Jesús Sacramentado


Jamás entraba en ninguna iglesia sin primero a saludar a Jesús Sacramentado: se recogía en oración unos instantes y renovaba su ardiente deseo de hacerle compañía en todos los Tabernáculos del mundo. Me conmovió lo sucedido cuando le acompañé a la Catedral en obras de una ciudad importante. Preguntó al sacristán dónde habían dejado reservado al Señor, y contestó que lo ignoraba, pues cada día lo cambiaban de sitio, y al final nadie sabía donde estaba. Fue buscando al Señor por la Catedral, y lo descubrió al divisar una lamparilla medio oculta: se arrodilló en tierra y rezó. Después nos dijo que había hecho esta oración: "Señor, yo no soy mejor que los demás, pero necesito decirte que te quiero con todas mis fuerzas; y te pido que me escuches: te quiero por los que vienen aquí, y no te lo dicen; por todos los que vendrán y no te lo dirán. Y añadió: ¿no haríais vosotros algo semejante, si vuestros padres -con tantos méritos como tienen- se hubiesen prodigado por los demás, y los demás no les fuesen agradecidos? A Dios le debemos muchísimo más. Él, que es toda la felicidad, toda la hermosura y la verdadera Vida, se ha puesto a disposición de cada uno, para que tengamos parte en esa Vida. ¡Es justo que seamos agradecidos!"


Dile a Jesús Sacramentado que le quieres


En los momentos libres que se le presentaban, aunque hubiese de subir y bajar escaleras, se acercaba al oratorio para hacer una genuflexión, acompañada de una jaculatoria, una comunión espiritual o un acto de adoración. No se recataba en ningún momento de dar este consejo: "escápate cuando puedas a hacer compañía a Jesús Sacramentado, aunque sólo sea durante unos segundos, y dile -con toda el alma- que le quieres, que quieres quererle más, y que le quieres por todas las personas de la tierra, también por aquellos que dicen que no le quieren."


En una ocasión, el Fundador del Opus Dei había recibido una visita. Al terminar de almorzar, con la naturalidad que le caracterizaba, sugirió: "vamos a saludar al Señor". Eran personas cristianas y piadosas, pero se extrañaron al oírle hablar así, porque su tono de voz correspondía al de quien esta pensando en alguien muy superior: ¿a quien podremos ir a saludar como señor de esta casa, si el dueño es él? Lo comprendieron al entrar en el oratorio. Nos insistía, a Mons. Álvaro del Portillo y a mí, que no pasásemos por delante del Tabernáculo, "sin decirle que le queréis con toda el alma, que queréis custodiarle en vuestros corazones, que le agradecéis su presencia en el Sagrario para consuelo nuestro, que nos ayude con su fortaleza y su omnipotencia"; y, después de hacernos estas consideraciones, agregaba: "yo lo hago". Con esa pasión por Jesús Sacramentado que le consumía, nos rogaba el 26 de febrero de 1970: "uníos a mi oración constante. Rezo todo el día y por la noche. Uníos a mi Santa Misa. Haced muchos actos de fe y de amor en la presencia eucarística; y haced muchos actos de desagravio. Decid al Señor que le amáis con toda el alma, que no le queréis hacer sufrir, que deseáis desagraviarle continuamente".


Recomendaba a los sacerdotes que hicieran mucha compañía al Santísimo Sacramento. Quería que aumentase en todos esa piedad eucarística, y les hacía notar que sin hacerlo porque os vean las personas de vuestra iglesia, los feligreses de vuestra parroquia, no os ha de importar que os vean. Si estáis pendientes del Señor, y la gente conoce vuestro amor, os preguntará los motivos; y podéis hablar entonces de ese enamoramiento que os tiene que llenar toda la vida.


Maravilla del Amor


Nos repetía constantemente:” te doy gracias, Dios mío, porque desde joven me has hecho entrever la maravilla del Amor de este misterio de la Eucaristía”. En 1973, incitaba en sus hijas y en sus hijos este amor creciente a Jesús Sacramentado: Dios nos ha hecho capaces de quererle, de mirarle, de amarle. ¿Cómo?: cumpliendo delicadamente, con esfuerzo, el plan de cada día. Padre, me preguntaréis, ¿pero cómo podemos tratarle más?: metiéndoos en su intimidad, porque somos de su familia; yendo a buscarle donde está, en el Sagrario y en vuestras almas; y decidle que descansáis en Él, en su fortaleza.


Estas palabras, pronunciadas en los últimos años de su vida, son continuidad de cuanto vivió y predicó constantemente. Así, por ejemplo, en 1958 nos urgía: hemos de insistir -a los demás y a nosotros mismos- en que no le dejemos nunca solo en esa cárcel voluntaria del Sagrario, cárcel de amor, donde se ha querido quedar oculto en la Hostia, inerme, por ti y por mí. Y en 1962: desde hace muchísimo tiempo, cuando hago la genuflexión ante el Sagrario, después de adorar al Señor Sacramentado, doy también gracias a los Ángeles, porque continuamente hacen la corte a Dios. Hacer la corte: de ahí viene la palabra cortejar, que es seguir con amor a la persona de la que se está enamorado; así se emplea, en la vida corriente, para decir que un hombre ama a una mujer.


Una fiesta de Corpus Christi


El 10 de junio de 1971, fecha en que se celebraba el Corpus Christi, nos comentaba: “hoy me da una alegría especial agradecer a los Ángeles la corte que hacen a Jesús Sacramentado, en todos los Sagrarios, se haga fiesta o no se haga fiesta en honor de Jesús Sacramentado. Es una costumbre mía de siempre, pero hoy me da todavía más presencia de Dios”.


Y en otro momento de ese día, agregó: “mientras celebraba la Misa esta mañana, le he dicho a Nuestro Señor con el pensamiento: yo te acompaño en todas las procesiones del mundo, en todos los Sagrarios donde te honran, y en todos los lugares donde estés y no te honren”.


No dejar a Jesús solo


Por otra parte, su devoción a la Eucaristía le llevó también, en los últimos años, a incrementar el espíritu de desagravio. Tenía hambre de estar en la presencia de Jesús Sacramentado para adorarle, para acompañarle, para reparar -añadía en su humildad- por mis propias miserias y por las miserias de toda la humanidad, para no dejarle solo, ya que en tantos lugares el Señor se encontrará sin esa compañía que deberíamos hacerle todos los hombres.


En 1960 nos hablaba una vez más del misterio de la Eucaristía: “el «Gran Solitario», porque la gente le ha abandonado. No entienden de amor, de comprensión, de entrega. ¡Cómo van a entender, si no quieren acudir a la fuente! Yo pido al Señor, para todo el mundo, para mis hijas, para mis hijos y para mí, que sepamos tratar a Cristo en la Eucaristía. Acudid con fe, con delicadeza, con continuidad. No importan nuestras miserias personales, si estamos en gracia de Dios. Precisamente, si nos apoyamos en esa debilidad, sentiremos más conscientemente su necesidad, la necesidad de Dios en nuestra vida. Llevo unos días en los que mi oración de adoración a la Eucaristía tiene todo un matiz de reparación y de súplica, para no abandonarle: peto quod petivit latro poenitens [«te pido lo que te pedía el ladrón arrepentido»]; me veo débil, y me lleno de confianza en el poder de Dios, que nunca desatiende a quien acude con confianza y con humildad”.


Y completaba: “los sacerdotes hemos de amar tanto el sacerdocio, como para ponerlo continuamente junto al Señor en el Sagrario y transformar toda nuestra vida en una labor espiritual; pero el trabajo nuestro ha de ser como el de los demás: una ofrenda hecha al Señor. Quiero decir que nuestra operatio Dei es una Misa, que empieza a las doce de la noche y termina veinticuatro horas después”.


Adoro te devote


Rezaba, y cantaba con frecuencia, el himno Adoro te devote. Para fomentar la fe en la Eucaristía aconsejó a sus hijos que lo recitasen y meditasen todos los jueves, pidiendo al Señor que incrementase la piedad de los cristianos.


Tenía tan arraigados estos modos de vivir su fe, que durante los viajes o en sus salidas por la ciudad, al divisar las torres de las iglesias, le venía a los labios algún verso de este himno: significaba una rápida interrupción de la conversación, que contribuía a su devoción eucarística y a la de los que le acompañábamos. Repetía también una jaculatoria que brotaba muy del fondo de su alma: “¡Jesús, que has curado a tantas almas, haz que te vea como Médico Divino en la Hostia Santa!”


Le he oído animar a personas de todas las clases sociales a comulgar con las mejores disposiciones, sin dejarse llevar por los escrúpulos. Al mismo tiempo, recordaba tajantemente las debidas condiciones de dignidad: “no comulguéis cuando tengáis una sombra fundada de duda de que habéis podido ofender gravemente al Señor; no os dejéis llevar nunca por los escrúpulos, pero tampoco recibáis al Señor con esa sombra de duda”.

Monseñor Javier Echeverria

7 de abril de 2021

DE CAMINO A EMAUS

 

— Jesús vive y está a nuestro lado.

— La virtud de la fidelidad. Ser fieles en lo pequeño.

— La virtud de la fidelidad debe informar al cristiano.




I. El Evangelio de la Misa de hoy nos presenta otra aparición de Jesús el mismo día de Pascua por la tarde.


Dos discípulos se dirigen a su aldea, Emaús, perdida la virtud de la esperanza porque Cristo, en quien habían puesto todo el sentido de su vida, ha muerto. El Señor, como si también Él fuese de camino, les da alcance y se une a ellos sin ser reconocido1. La conversación tiene un tono entrecortado, como cuando se habla mientras se camina. Hablan entre sí de lo que les preocupa: lo ocurrido en Jerusalén la tarde del viernes, la muerte de Jesús de Nazaret. La crucifixión del Señor había supuesto una grave prueba para las esperanzas de todos aquellos que se consideraban sus discípulos y que, en un grado o en otro, habían depositado en Él su confianza. Todo se había desarrollado con gran rapidez, y aún no se han recobrado de lo que habían visto sus ojos.


Estos que regresan a su aldea, después de haber celebrado la fiesta de la Pascua en Jerusalén, muestran su inmensa tristeza, su desesperanza y desconcierto a través de la conversación: Nosotros esperábamos que había de redimir a Israel, dicen. Ahora hablan de Jesús como de una realidad pasada: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso... «Fijaos en este contraste. Ellos dicen: (...) “¡Que fue!”... ¡Y lo tienen al lado, está caminando con ellos, está en su compañía indagando la razón, las raíces íntimas de su tristeza!


»“Que fue...”, dicen ellos. Nosotros, si hiciéramos un sincero examen, un detenido examen de nuestra tristeza, de nuestros desalientos, de nuestro estar de vuelta de la vida, encontraríamos una clara vinculación con ese pasaje evangélico. Comprobaríamos que espontáneamente decimos: “Jesús fue...”, “Jesús dijo...”, porque olvidamos que, como en el camino de Emaús, Jesús está vivo a nuestro lado ahora mismo. Este redescubrimiento aviva la fe, resucita la esperanza, es hallazgo que nos señala a Cristo como gozo presente: Jesús es, Jesús prefiere; Jesús dice; Jesús manda, ahora, ahora mismo»2. Jesús vive.


Conocían estos hombres la promesa de Cristo acerca de su Resurrección al tercer día. Habían oído por la mañana el mensaje de las mujeres que han visto el sepulcro vacío y a los ángeles. Habían tenido suficiente claridad para alimentar su fe y su esperanza; sin embargo, hablan de Cristo como de algo pasado, como de una ocasión perdida. Son la imagen viva del desaliento. Su inteligencia está a oscuras y su corazón embotado.


Cristo mismo –a quien al principio no reconocen, pero cuya compañía y conversación aceptan– les interpreta aquellos acontecimientos a la luz de las Escrituras. Con paciencia, les devuelve la fe y la esperanza. Y aquellos dos recuperan también la alegría y el amor: ¿No es verdad –dicen más tarde– que sentíamos abrasarse nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?3.


Es posible que nosotros también nos encontremos alguna vez con el desaliento y la falta de esperanza ante defectos que no acabamos de desarraigar, ante dificultades en el apostolado o en el trabajo que nos parecen insuperables... En esas ocasiones, si nos dejamos ayudar, Jesús no permitirá que nos alejemos de Él. Quizá sea en la dirección espiritual donde, al abrir el alma con sinceridad, veamos de nuevo al Señor. Con Él vienen siempre la alegría y los deseos de recomenzar cuanto antes: Y se levantaron a toda prisa y regresaron a Jerusalén... Pero es necesario dejarse ayudar, estar dispuestos a ser dóciles a los consejos que recibimos.


II. La esperanza es la virtud del caminante que, como nosotros, todavía no ha llegado a la meta, pero sabe que siempre tendrá los medios para ser fiel al Señor y perseverar en la propia vocación recibida, en el cumplimiento de los propios deberes. Pero hemos de estar atentos a Cristo, que se acerca a nosotros en medio de nuestras ocupaciones, y «agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural; también cuando las pasiones se levantan y nos acometen para aherrojarnos en el reducto mezquino de nuestro yo, o cuando –con vanidad pueril– nos sentimos el centro del universo. Yo vivo persuadido de que, sin mirar hacia arriba, sin Jesús, jamás lograré nada; y sé que mi fortaleza, para vencerme y para vencer, nace de repetir aquel grito: todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,13), que recoge la promesa segura de Dios de no abandonar a sus hijos, si sus hijos no le abandonan»4.


El Señor nos habla con frecuencia de fidelidad a lo largo del Evangelio: nos pone como ejemplo al siervo fiel y prudente, al criado bueno y leal en lo pequeño, al administrador fiel, etcétera. La idea de la fidelidad penetra tan hondo dentro del cristiano que el título de fieles bastará para designar a los discípulos de Cristo5.


A la perseverancia se opone la inconstancia, que inclina a desistir fácilmente de la práctica del bien o del camino emprendido, al surgir las dificultades y tentaciones. Entre los obstáculos más frecuentes que se oponen a la perseverancia fiel está, en primer lugar, la soberbia, que oscurece el fundamento mismo de la fidelidad y debilita la voluntad para luchar contra las dificultades y tentaciones. Sin humildad, la perseverancia se torna endeble y quebradiza. Otras veces, lo que dificulte la lealtad a los compromisos contraídos, será el propio ambiente, la conducta de personas que tendrían que ser ejemplares y no lo son y, por eso mismo, parece querer dar a entender que el ser fiel no es un valor fundamental de la persona.


En otras ocasiones, los obstáculos pueden tener su origen en el descuido de la lucha en lo pequeño. El mismo Señor nos ha dicho: Quien es fiel en lo pequeño, también lo es en lo grande6. El cristiano que cuida hasta los pequeños deberes de su trabajo profesional (puntualidad, orden...); el que lucha por mantener la presencia de Dios durante la jornada; el que guarda con naturalidad los sentidos; el marido leal con su esposa en los pequeños incidentes de la vida diaria; el estudiante que prepara sus clases cada día..., esos están en camino de ser fieles cuando sus compromisos requieran un auténtico heroísmo.


La fidelidad hasta el final de la vida exige la fidelidad en lo pequeño de cada jornada, y saber recomenzar de nuevo cuando por fragilidad hubo algún descamino. Perseverar en la propia vocación es responder a las llamadas que Dios hace a lo largo de una vida, aunque no falten obstáculos y dificultades y, a veces, incidentes aislados de cobardía o derrota. El llamamiento de Cristo exige una respuesta firme y continuada y, a la vez, penetrar más profundamente en el sentido de la Cruz y en la grandeza y en las exigencias del propio camino.


III. Esta virtud de la fidelidad debe informar todas las manifestaciones de la vida del cristiano: relaciones con Dios, con la Iglesia, con el prójimo en el trabajo, en sus deberes de estado y consigo mismo. Es más, el hombre vive la fidelidad en todas sus formas cuando es fiel a su vocación, y es de su fidelidad al Señor de donde se deduce, y a la que se reduce, la fidelidad a todos sus compromisos verdaderos. Fracasar, pues, en la vocación que Dios ha querido para nosotros es fracasar en todo. Al faltar la fidelidad al Señor, todo queda desunido y roto. Aunque luego Él, en su misericordia, puede recomponerlo todo, si el hombre, humildemente, se lo pide.


Dios mismo sostiene constantemente nuestra fidelidad, y cuenta siempre con la flaqueza humana, los defectos y las equivocaciones. Está dispuesto a darnos las gracias necesarias, como a aquellos dos de Emaús, para salir adelante en todo momento, si hay sinceridad de vida y deseos de lucha. Y ante el aparente fracaso de muchas tentativas (si lo hubiera), debemos recordar que Dios, más que el «éxito», lo que mira con ojos amorosos es el esfuerzo continuado en la lucha.


De este modo, perseverando con la ayuda de Dios en lo poco de cada día, lograremos oír al final de nuestra vida, con gozosísima dicha, aquellas palabras del Señor: Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor7.


Es muy posible que nosotros también nos encontremos con personas que han perdido el sentido sobrenatural de su vida, y tendremos que llevarlas –en nombre del Señor– a la luz y a la esperanza. Porque es mucha la tibieza en el mundo, mucha la oscuridad, y la misión apostólica del cristiano es continuación de la de Jesús, concretada en aquellas personas entre las que transcurre su vida.


Al terminar nuestra oración también le decimos nosotros a Jesús: Quédate con nosotros, porque se hace de noche. Quédate con nosotros, Señor, porque sin Ti todo es oscuridad y nuestra vida carece de sentido. Sin Ti, andamos desorientados y perdidos. Y contigo todo tiene un sentido nuevo: hasta la misma muerte es otra realidad radicalmente diferente. Mane nobiscum, quoniam advesperascit et inclinatus est iam dies. Quédate, Señor, con nosotros..., recuérdanos siempre las cosas esenciales de nuestra existencia..., ayúdanos a ser fieles y a saber escuchar con atención el consejo sabio de aquellas personas en las que Tú te haces presente en nuestro continuo caminar hacia Ti. «“Quédate con nosotros, porque ha oscurecido...” Fue eficaz la oración de Cleofás y su compañero.


»—¡Qué pena, si tú y yo no supiéramos “detener” a Jesús que pasa!, ¡qué dolor, si no le pedimos que se quede!»8.


7 de septiembre de 2020

EXTIENDE TU MANO


— El Señor no pide cosas imposibles.

— Luchar en lo pequeño, en aquello que está a nuestro alcance.

— Docilidad a lo que cada día nos pide el Señor.



I. Entró Jesús un sábado en la sinagoga, donde había un hombre que tenía una mano seca. San Lucas precisa que era la derecha1. Y le observaban los escribas y los fariseos para ver si curaba en sábado. La interpretación farisea de la Ley solo permitía aplicar remedios médicos en este día dedicado al Señor si había peligro inminente de muerte; y este no era el caso de aquel hombre, que ha acudido a la sinagoga con la esperanza puesta en Jesús.


El Señor, que conocía bien los pensamientos y las intrigas de aquellos que amaban más la letra de la Ley que al Señor de la Ley, le dijo al hombre de la mano enferma: Levántate y ponte en medio. Y levantándose se puso en medio. Y Jesús, mirando a su alrededor, fijando su vista en todos ellos, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y este hombre, a pesar de sus experiencias anteriores, se esforzó en lo que decía el Señor, y su mano quedó curada. Aquel enfermo sanó ante todo gracias a la fuerza divina de las palabras de Cristo, pero también por su docilidad en llevar a cabo el esfuerzo que se le pedía. Así son los milagros de la gracia: ante defectos que nos parecen insuperables, frente a metas apostólicas que se ven excesivamente altas o difíciles, el Señor pide esta misma actitud: confianza en Él, manifestada en el recurso a los medios sobrenaturales, y en poner por obra aquello que está a nuestro alcance y que el Maestro nos insinúa en la intimidad de la oración o a través de la dirección espiritual.


Algunos Padres de la Iglesia han visto en estas palabras del Señor, «extiende tu mano», la necesidad de ejercitar las virtudes. «Extiéndela muchas veces –comenta San Ambrosio–, favoreciendo a tu prójimo; defiende de cualquier injuria a quien veas sufrir bajo el peso de la calumnia, extiende también tu mano al pobre que te pide; extiéndela al Señor, pidiéndole el perdón de tus pecados: así es como se debe extender la mano, y así es como se cura»2, realizando pequeños actos de aquellas virtudes que deseamos adquirir, dando pequeños pasos hacia las metas a las que queremos llegar. Si nos empeñamos, la gracia realiza maravillas con estos esfuerzos que parecen poca cosa. Si aquel hombre, fiado más de su experiencia de otras veces que de las palabras del Señor, no hubiera puesto en práctica lo poco que se le pedía, quizá hubiera seguido el resto de su vida con una mano inútil. Las virtudes se forjan día a día, la santidad se labra siendo fieles en lo menudo, en lo corriente, en acciones que podrían parecer irrelevantes, si no estuvieran vivificadas por la gracia.


«Cada día un poco más –igual que al tallar una piedra o una madera–, hay que ir limando asperezas, quitando defectos de nuestra vida personal, con espíritu de penitencia, con pequeñas mortificaciones (...). Luego, Jesucristo va poniendo lo que falta»3. Él es el que realmente realiza la obra de la santidad y el que mueve las almas, pero quiere contar con nuestra colaboración, obedeciendo en aquello que nos indica, aunque parezca insignificante, como extender la mano. Esto nos lleva a una lucha ascética alegre y a no desanimarnos jamás. En lo pequeño está nuestro poder.


II. Extiende tu mano..., esfuérzate en esa trama de cosas menudas que componen un día. Muchas metas se quedan sin alcanzar porque no estamos firmemente convencidos de la ayuda de la gracia divina, que hace sobrenaturalmente eficaces los pequeños esfuerzos.


La tibieza paraliza el ejercicio de las virtudes, mientras que estas con el amor cobran alas. El amor ha sido el gran motor de la vida de los santos. La tibieza hace que parezcan irrealizables los más pequeños esfuerzos (una carta que hemos de escribir, una llamada, una visita, una conversación, la puntualidad en el plan de vida diario...); forma una montaña de un grano de arena, La persona tibia piensa que, aunque el Señor le pide que extienda su mano, ella no puede. Y, como consecuencia, no la extiende... y no se cura. Por el contrario, el amor hace que los pequeños actos de virtud que realizamos desde la mañana hasta la noche tengan una eficacia sobrenatural enorme: forjan las virtudes, liman los defectos y encienden en deseos de santidad. Como una gota de agua ablanda poco a poco la piedra y la perfora, como las gotas de agua fecundan la tierra sedienta, así las buenas obras repetidas crean el buen hábito, la virtud sólida, y la conservan y aumentan4. La caridad se afianza en actos que parecen de poco relieve: poner buena cara, sonreír, crear un clima amable a nuestro alrededor aunque estemos cansados, evitar esa palabra que puede molestar, no impacientarnos en medio del tráfico de la gran ciudad, ayudar a un compañero que aquel día va un poco más retrasado en su trabajo, prestar unos apuntes a quien estuvo enfermo...


Los defectos arraigados (pereza, egoísmo, envidia...) se vencen, tratando de vivir la escena evangélica y recordando el mandato de Cristo: Extiende tu mano. Se mejora si, con la ayuda del Señor, se lucha en lo poco: en levantarse a la hora prevista y no más tarde; en el cuidado del orden en la ropa, en los libros; si se busca servir, sin que apenas se note, a quienes conviven con nosotros; si procuramos pensar menos en la propia salud, en las preocupaciones personales; si sabernos elegir bien un programa de televisión o apagarla si resulta inconveniente... Él continuamente nos dice: extiende tu mano, haz esos pequeños esfuerzos que te sugiere el Espíritu Santo en tu alma y los que te aconsejan en la dirección espiritual para superar esa incapacidad, a pesar de haber fracasado en otras ocasiones.


Porque contamos con la gracia del Señor, la santidad depende en buena parte de nosotros, de nuestro empeño dócil y continuado. Se cuenta de Santo Tomás de Aquino, que tenía fama de ser hombre de pocas palabras. Un día le preguntó su hermana qué hacía falta para ser santos. Y casi sin detenerse, según iba andando, contestó el Santo: QUERER. Nosotros pedimos al Señor que de verdad queramos ir cada día a Él, obedeciendo en las metas que nos han indicado en la dirección espiritual.


III. Aquel hombre de la mano paralizada fue dócil a las palabras de Jesús: se puso en medio de todos, como le había pedido el Señor, y luego atendió a sus palabras cuando le dijo que extendiera aquella mano enferma. La dirección espiritual personal se engarza con la íntima acción del Espíritu Santo en el alma, que sugiere de continuo esos pequeños vencimientos que nos ayudan eficazmente a disponernos para nuevas gracias. Cuando un cristiano pone de su parte todo lo posible para que las virtudes se desarrollen en su alma –quitando los obstáculos, alejándose de las ocasiones de pecar, luchando decididamente en el comienzo de la tentación–, Dios se vuelca con nuevas ayudas para fortalecer esas virtudes incipientes y regala los dones del Espíritu Santo, que perfeccionan esos hábitos formados por la gracia.


El Señor nos quiere con deseos eficaces, concretos, de ser santos; en la vida interior no bastan las ideas generales. «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. —Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas...


»¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... —¡A fuerza de cosas pequeñas!»5.


Es frecuente que al hablar de santidad se hagan notar algunos aspectos llamativos: las grandes pruebas, las circunstancias extraordinarias, el martirio; como si la vida cristiana vivida con todas sus consecuencias consistiera forzosamente en esos hechos y fuera empresa de unos pocos, de gente excepcional; y como si el Señor se conformara, en la mayoría de las gentes, con una vida cristiana de segunda categoría. Por el contrario, hemos de meditar hondamente que el Señor nos llama a todos a la santidad: a la madre de familia atareada porque apenas tiene tiempo para sacar adelante la casa, al empresario, al estudiante, a la dependienta de unos grandes almacenes y a la que está al frente de un puesto de verduras. El Espíritu Santo nos dice a todos: esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación6. Y se trata de una voluntad eficaz, porque Dios cuenta con todas las circunstancias por las que va a pasar la vida y da las gracias necesarias para actuar santamente.


Para crecer en las virtudes, hemos de prestar atención a lo que nos dice el Señor, muchas veces por intermediarios, y llevarlo a la práctica. «Ejemplo sublime de esta docilidad es para todos nosotros la Virgen Santísima, María de Nazaret, que pronunció el “fiat” de su disponibilidad total a los designios de Dios, de modo que el Espíritu pudo comenzar en Ella la realización concreta del plan de salvación»7. A nuestra Madre Santa María le pedimos hoy que nos ayude a ser cada vez más dóciles al Espíritu Santo, a crecer en las virtudes, luchando en las pequeñas metas de este día.

15 de febrero de 2019

TODO LO HIZO BIEN

—Jesús, trabajo con perfección humana.
—Laboriosidad,competencia profesional.
—Las cosas pequeñas 

I. Con frecuencia los Evangelios recogen los sentimientos y las palabras de admiración que provocó el Señor en sus años aquí en la tierra: las gentes estaban maravilladas, todos estaban admirados por los prodigios que hacía... Y «entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit (Mc 7, 37), todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Quicumque), perfecto Dios y hombre perfecto»1.

El Evangelio de la Misa2 nos invita a considerar este pasaje en el que quienes seguían al Señor no pueden dejar de exclamar: Todo lo ha hecho bien. Cristo se nos presenta como Modelo para nuestra vida corriente, y nos puede servir para examinar si de nosotros se podría decir que tratamos de hacer bien todas las cosas, las grandes y las que parecen sin importancia, porque queremos imitar a Cristo.

La mayor parte de la existencia humana de Jesús fue una vida corriente de trabajo en un pueblo hasta entonces desconocido. Y allí, en Nazaret, también el Señor lo hizo todo acabadamente, con perfección humana. En Nazaret se diría de Jesús que era un buen carpintero, el mejor que habían conocido.

Una buena parte de la vida de cada hombre y de cada mujer se encuentra configurada por la realidad del trabajo, y difícilmente encontraremos a una persona responsable que –por propia voluntad– esté sin ocupación o empleo. Muchos se sienten movidos a trabajar por fines humanos nobles: mantener a la familia, labrarse un mejor futuro..., también hay quienes se dedican a una tarea por el afán de poner en práctica y desarrollar una particular habilidad o afición, o por contribuir al bien de la sociedad, porque sienten la responsabilidad de hacer algo por los demás. Otros muchos trabajan por fines menos nobles: riqueza, ambición, poder, afirmar la propia valía, obtener lo necesario para dar satisfacción a sus pasiones. Conocemos a gentes competentes, que trabajan muchas horas a conciencia por fines exclusivamente humanos. El Señor quiere que quienes le siguen en medio del mundo sean personas que trabajan bien, con prestigio, competentes en su profesión o en su oficio, sin chapuzas; gentes muy distintas, que se mueven por fines humanos nobles y porque el trabajo –sea el que sea– es el medio donde debemos ejercitar las virtudes humanas y las sobrenaturales..., pues «sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente laborando con sus propias manos en Nazaret»3.

Nosotros le decimos al Señor que queremos realizar ejemplarmente nuestros quehaceres –de modo particular nuestro trabajo– porque deseamos vivamente que sean una ofrenda diaria que llegue hasta Él, y porque estamos decididos a imitarle en aquellos años de vida oculta en Nazaret.

II. Cuando Jesús busca a quienes han de seguirle, lo hace entre hombres acostumbrados al trabajo. Maestro, toda la noche hemos estado trabajando...4, le dicen aquellos que serían sus primeros discípulos. Toda la noche, en un trabajo duro, porque les es necesario para vivir, porque son pescadores. San Pablo nos ha dejado su propio ejemplo y el de los que le acompañaban: nos afanamos con nuestras propias manos5. Y a los primeros cristianos de Tesalónica, les escribe: ni comimos el pan de balde a costa de otro, sino con trabajo y fatiga, trabajando noche y día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros6. No se dedicaba San Pablo al trabajo por simple recreo y distracción –comenta San Juan Crisóstomo–, sino que realizaba un esfuerzo tal que podía subvenir a sus necesidades y a las de los otros. Un hombre que imperaba a los demonios, que era maestro de todo el universo, a quien se le confiaron los habitantes de pueblos, naciones y ciudades, a quienes cuidaba con toda solicitud; ese hombre trabajaba día y noche. Nosotros –sigue el santo–, que no tenemos una mínima parte de sus preocupaciones, ¿qué excusas tendremos?7. No tenemos excusas para no trabajar con intensidad, con perfección, sin chapuzas.

Para trabajar bien, primero es necesario trabajar con laboriosidad, aprovechando bien las horas, pues es difícil, quizá imposible, que quien no aproveche bien el tiempo pueda acostumbrarse al sacrificio y que mantenga despierto su espíritu, que pueda vivir las virtudes humanas más elementales. Una vida sin trabajo se corrompe, y con frecuencia corrompe lo que hay a su alrededor. «El hierro que yace ocioso, consumido por la herrumbre, se torna blando e inútil; pero si se lo emplea en el trabajo, es mucho más útil y hermoso y apenas si le va en zaga a la misma plata. La tierra que se deja baldía no produce nada sano, sino malas hierbas, cardos y espinas y plantas infructuosas; mas la que se cultiva, se llena de suaves frutos. Y, para decirlo en una palabra, todo ser se corrompe por la ociosidad y se mejora por la actividad que le es propia»8. Y eso sirve igualmente para la madre de familia que debe dedicar muchas horas a su hogar y a la educación de sus hijos, para el que trabaja por cuenta propia, o para el estudiante, el jefe de la empresa y el obrero que ocupa el último lugar en una cadena de producción.

El Señor nos pide un trabajo humano bien realizado, en el que se pone intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección; una tarea que no tiene rincones sin terminar, sin tacha ni errores. Trabajo serio, que no solo parezca bueno, sino que lo sea realmente. No importa que sea manual o intelectual, de ejecución o de organización, que lo presencien otras personas de más responsabilidad o ninguna. El cristiano añade algo nuevo al trabajo: además de lo anterior, lo hace por Dios, a quien cada día lo presenta como una ofrenda que permanecerá en la eternidad; pero el modo –responsable, competente, intenso...– es el normal de todo trabajo honrado. Una tarea realizada de esta manera dignifica al que la realiza y da gloria a su Creador; se hacen rendir los dones naturales y se convierte en una continua alabanza a Dios.

Porque queremos seguir de cerca a Cristo y tratamos de imitarle, hemos de añadir a nuestros quehaceres una mayor perfección, porque en todo momento tenemos presente al Maestro, que todo lo hizo bien. Examinemos hoy en la oración la calidad humana de nuestras tareas, del estudio, y veamos junto al Señor aquellas facetas en las que pueden mejorar: intensidad, puntualidad, acabar bien lo que comenzamos con ilusión, orden, cuidado de los instrumentos de trabajo...

III. El cristiano descubre en el trabajo nuevas riquezas, «pues todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo»9, como solía decir de muchos modos diferentes San Josemaría Escrivá, quien predicó toda su vida que «la santidad no es cosa de privilegiados»10. Rememoraba un hecho de experiencia que le había servido para enseñar de modo gráfico a quienes se acercaban a su apostolado cómo ha de ser el trabajo hecho de cara a Dios: «Recuerdo también la temporada de mi estancia en Burgos (...). A veces, nuestras caminatas llegaban al monasterio de Las Huelgas, y en otras ocasiones nos escapábamos a la Catedral.

»Me gustaba subir a una torre, para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era solo para Dios. ¿Entiendes ahora cómo puede acercar al Señor la vocación profesional? Haz tú lo mismo que aquellos canteros, y tu trabajo será también operatio Dei, una labor humana con entrañas y perfiles divinos»11, aunque nadie lo vea, aunque ninguna persona lo valore. Dios sí lo ve y lo aprecia; esto es suficiente para poner empeño en acabar las tareas con perfección, con amor.

Acabar bien lo que realizamos significa en muchos casos estar pendientes de lo pequeño. Eso exige esfuerzo y sacrificio, y al ofrecerlo se convierte en algo grato a Dios. El estar en los detalles por amor a Dios no empequeñece el alma, sino que la agranda porque se perfecciona la obra que realizamos y, ofreciéndola por intenciones concretas, nos abrimos a las necesidades de toda la Iglesia; así, nuestra tarea adquiere una dimensión sobrenatural que antes no tenía. En el quehacer profesional –lo mismo que en los otros aspectos de una vida corriente: la vida familiar y social, el descanso...– se nos ofrece siempre esa doble oportunidad: el descuido y la chapuza, que empobrecen el alma, o la pequeña obra de arte ofrecida al Señor, expresión de un alma con vida interior.

Quizá quiera el Señor hacernos ver, en este rato de oración, detalles que exigen un cambio de orientación o de ritmo en nuestro modo de trabajar. ¿Vivo el orden, que lleva a abordar las tareas según su verdadera importancia, y no guiado por el capricho o la comodidad? ¿Retraso sin motivo, solo por falta de intensidad o de puntualidad, la terminación de mi trabajo? ¿Interrumpo por cualquier excusa la tarea que tengo entre manos, haciendo quizá perder el tiempo también a los demás?

Con la ayuda de la Virgen María, terminemos este rato de meditación con un propósito concreto, que nos moverá a realizar nuestro quehacer con más perfección, y que nos facilitará acordarnos con más frecuencia del Señor: «Ahí, desde ese lugar de trabajo, haz que tu corazón se escape al Señor, junto al Sagrario, para decirle, sin hacer cosas raras: Jesús mío, te amo»12.

15 de febrero de 2018

TRABAJO ES CRUZ CRUZ ES SANTIDAD

— No puede haber un Cristianismo verdadero sin Cruz.
— La Cruz en las cosas pequeñas de cada día.
— Ofrecer las contrariedades. Detalles pequeños de mortificación.
I. Ayer comenzó la Cuaresma y hoy nos recuerda el Evangelio de la Misa que para seguir a Cristo es preciso llevar la propia Cruz: También les decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame1.
El Señor se dirige a todos y habla de la Cruz de cada día. Estas palabras de Jesús conservan hoy su más pleno valor. Son palabras dichas a todos los hombres que quieren seguirle, pues no existe un Cristianismo sin Cruz, para cristianos flojos y blandos, sin sentido del sacrificio. Las palabras del Señor expresan una condición imprescindible: el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo2. «Un Cristianismo del que se pretendiera arrancar la cruz de la mortificación voluntaria y la penitencia, so pretexto de que esas prácticas son residuos oscurantistas, medievalismos impropios de una época humanista, ese Cristianismo desvirtuado lo sería tan solo de nombre; ni conservaría la doctrina del Evangelio ni serviría para encaminar en pos de Cristo los pasos de los hombres»3. Sería un Cristianismo sin Redención, sin Salvación.
Uno de los síntomas más claros de que la tibieza ha entrado en un alma es precisamente el abandono de la Cruz, de la pequeña mortificación, de todo aquello que de alguna manera suponga sacrificio y abnegación.
Por otra parte, huir de la Cruz es alejarse de la santidad y de la alegría; porque uno de los frutos del alma mortificada es precisamente la capacidad de relacionarse con Dios y con los demás, y también una profunda paz en medio de la tribulación y de dificultades externas. La persona que abandona la mortificación queda atrapada por los sentidos y se hace incapaz de un pensamiento sobrenatural.
Sin espíritu de sacrificio y de mortificación no hay progreso en la vida interior. Dice San Juan de la Cruz que si hay pocos que llegan a un alto estado de unión con Dios se debe a que muchos no quieren sujetarse «a mayor desconsuelo y mortificación»4. Y escribe el mismo santo: «Y jamás, si quiere llegar a poseer a Cristo, le busque sin la cruz»5.
No olvidemos, pues, que la mortificación está muy relacionada con la alegría, y que cuando el corazón se purifica se torna más humilde para tratar a Dios y a los demás. «Esta es la gran paradoja que lleva consigo la mortificación cristiana. Aparentemente, el aceptar y, más, el buscar el sufrimiento parece que debiera hacer de los buenos cristianos, en la práctica, los seres más tristes, los hombres que “peor lo pasan”.
»La realidad es bien distinta. La mortificación solo produce tristeza cuando sobra egoísmo y falta generosidad y amor de Dios. El sacrificio lleva siempre consigo la alegría en medio del dolor, el gozo de cumplir la voluntad de Dios, de amarle con esfuerzo. Los buenos cristianos viven quasi tristes, semper autem gaudentes (2 Cor 6, 10): como si estuvieran tristes, pero en realidad siempre alegres»6.
II. «La Cruz cada día. Nulla dies sine cruce!, ningún día sin Cruz: ninguna jornada, en la que no carguemos con la cruz del Señor, en la que no aceptemos su yugo (...).
»El camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Dios mismo nos ayuda y con Él no cabe la tristeza. In laetitia, nulla die sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»7.
La Cruz del Señor, con la que hemos de cargar cada día, no es ciertamente la que produce nuestros egoísmos, envidias, pereza, etcétera, no son los conflictos que producen nuestro hombre viejo y nuestro amar desordenado. Esto no es del Señor, no santifica.
En alguna ocasión, encontraremos la Cruz en una gran dificultad, en una enfermedad grave y dolorosa, en un desastre económico, en la muerte de un ser querido: «(...) no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios.
»Es la hora de amar la mortificación pasiva, que viene –oculta o descarada e insolente– cuando no la esperamos»8. El Señor nos dará las fuerzas necesarias para llevar con garbo esa Cruz y nos llenará de gracias y frutos inimaginables. Comprendemos que Dios bendice de muchas maneras, y frecuentemente, a sus amigos, haciéndonos partícipes de su Cruz y corredentores con Él.
Sin embargo, lo normal será que encontremos la Cruz de cada día en pequeñas contrariedades que se atraviesan en el trabajo, en la convivencia: puede ser un imprevisto con el que no contábamos, el carácter difícil de una persona con la que necesariamente hemos de convivir, planes que debemos cambiar a última hora, instrumentos de trabajo que se estropean cuando más necesarios eran, molestias producidas por el frío o el calor o el ruido, incomprensiones, una leve enfermedad que nos disminuye la capacidad de trabajo en ese día...
Hemos de recibir estas contrariedades diarias con ánimo grande, ofreciéndolas al Señor con espíritu de reparación: sin quejarnos, pues esa queja frecuentemente señala el rechazo de la Cruz. Estas mortificaciones, que llegan sin esperarlas, pueden ayudarnos, si las recibimos bien, a crecer en el espíritu de penitencia que tanto necesitamos, y a mejorar en la virtud de la paciencia, en caridad, en comprensión: es decir, en santidad. Si las recibiéramos con mal espíritu podrían sernos motivo de rebeldía, de impaciencia o de desaliento. Muchos cristianos han perdido la alegría al final de la jornada, no por grandes contrariedades, sino por no haber sabido santificar el cansancio propio del trabajo, ni las pequeñas dificultades que han ido surgiendo durante el día. La Cruz –pequeña o grande– aceptada, produce paz y gozo en medio del dolor y está cargada de méritos para la vida eterna; cuando no se acepta la Cruz, el alma queda desilusionada o con una íntima rebeldía, que sale enseguida al exterior en forma de tristeza y de mal humor. «Cargar con la Cruz es algo grande, grande... Quiere decir afrontar la vida con coraje, sin blanduras ni vilezas; quiere decir transformar en energía moral las dificultades que nunca faltarán en nuestra existencia; quiere decir comprender el dolor humano, y, por último, saber amar verdaderamente»9. El cristiano que va por la vida rehuyendo sistemáticamente el sacrificio no encontrará a Dios, no encontrará la felicidad. Rehúye también la propia santidad.
III. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo... Además de aceptar la Cruz que sale a nuestro encuentro, muchas veces sin esperarla, debemos buscar otras pequeñas mortificaciones para mantener vivo el espíritu de penitencia que nos pide el Señor. Para progresar en la vida interior será de gran ayuda tener varias mortificaciones pequeñas fijas, previstas de antemano, para hacerlas cada día.
Estas mortificaciones buscadas por amor a Dios serán valiosísimas para vencer la pereza, el egoísmo que aflora en todo instante, la soberbia, etc. Unas nos facilitarán el trabajo, teniendo en cuenta los detalles, la puntualidad, el orden, la intensidad, el cuidado de los instrumentos que utilizamos; otras estarán orientadas a vivir mejor la caridad, en particular con las personas con quienes convivimos y trabajamos: saber sonreír aunque nos cueste, tener detalles de aprecio hacia los demás, facilitarles su trabajo, atenderlos amablemente, servirles en las pequeñas cosas de la vida corriente, y jamás volcar sobre ellos, si lo tuviéramos, nuestro malhumor; otras mortificaciones están orientadas a vencer la comodidad, a guardar los sentidos internos y externos, a vencer la curiosidad; mortificaciones concretas en la comida, en el cuidado del arreglo personal, etcétera. No es preciso que sean cosas muy grandes, sino que se adquiera el hábito de hacerlas con constancia y por amor a Dios.
Como la tendencia general de la naturaleza humana es la de rehuir lo que suponga esfuerzo, debemos puntualizar mucho en esta materia, para no quedarnos solo en los buenos deseos. Por eso en ocasiones será muy útil incluso apuntarlas, para repasarlas en el examen o en otros momentos del día y no dejar que se olviden. Recordemos también que las mortificaciones más gratas al Señor son aquellas que hacen referencia a la caridad, al apostolado y al cumplimiento más fiel de nuestro deber.
Digámosle a Jesús, al acabar nuestro diálogo con Él, que estamos dispuestos a seguirle, cargando con la Cruz, hoy y todos los días.