"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

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18 de septiembre de 2020

SERVIR A JESUS

 


— Las santas mujeres que aparecen en el Evangelio.

— Servir al Señor con las propias cualidades. 

— La entrega al servicio de los demás.

I. Sucedió -narra San Lucas en el Evangelio de la Misa- que Él recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios; le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que les asistían con sus bienes.

En la vida pública de Jesús aparece este grupo de mujeres que desempeñan un papel conmovedor por su ternura y su adhesión al Maestro. Es hermoso considerar cómo el Señor quiso apoyarse en su generosidad y en su desprendimiento. Él, que nunca dejó nada sin agradecer, ¡cómo les pagaría tanto desvelo y delicadeza para atender sus necesidades domésticas y las de sus discípulos! En las horas de la Pasión parecen superarse y aventajan a los discípulos en constancia y valor; a excepción de Juan, fueron las únicas que tuvieron la firmeza de estar al pie de la cruz, contemplar de cerca los últimos instantes de Jesús y recoger sus postreras palabras. Y cuando, ya muerto, fue descendido del patíbulo, estarán presentes en el embalsamamiento y se aprestarán a completarlo el primer día de la semana, después del obligado reposo del sábado.

El Señor quiso apresurarse a recompensar esta decidida fidelidad, y en la aurora de la Resurrección no fue a sus discípulos sino a las mujeres a las que se apareció en primer lugar. Los ángeles también fueron vistos únicamente por ellas; Juan y Pedro comprobaron que el sepulcro estaba vacío, pero no vieron ángeles. Las mujeres fueron favorecidas con esta visión, tal vez porque estaban mejor preparadas que los hombres y, sobre todo, porque ellas tenían la misión de continuar el papel de los ángeles y de preparar la naciente fe de la Iglesia. Tienen un espíritu abierto y un celo inteligente. «Desde el principio de la misión de Cristo, la mujer demuestra hacia Él y hacia su misterio una sensibilidad especial, que corresponde a una característica de su feminidad. Hay que decir también que esto encuentra una confirmación particular en relación con el misterio pascual; no solo en el momento de la crucifixión, sino también el día de la resurrección». Ellas se apresuran a cumplir el encargo de avisar a los discípulos y de recordarles lo que Jesús había anunciado cuando aún estaba en vida. En las últimas manifestaciones de Jesús resucitado también están presentes. Son, sin duda, las mismas que han vuelto de Galilea la última vez con los discípulos y las de Jerusalén y sus alrededores, las hermanas de Lázaro de Betania. Con ellas está María, la Madre de Jesús.

El ejemplo de estas mujeres fieles, que sirven a Jesús con sus bienes y no le desamparan en los peores momentos, son una llamada a nuestra fidelidad y a nuestro servicio al Señor sin condiciones. Nuestra actitud ha de ser la de servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta, aunque esta actitud choque con los criterios humanos. Nos basta entender que cada favor en beneficio de otros es un servicio directo a Cristo. Lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis. ¡Y son tantas las oportunidades de servir a lo largo del día! Serviam! Te serviré, Señor, todos los días de mi vida, desde el comienzo de la jornada. Dame tu ayuda.

II. Si alguien me sirve que me siga, y donde Yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará.

Desde los primeros momentos de la Iglesia destaca el servicio incomparable de la mujer a la extensión del Reino de Dios. «En primer lugar vemos a aquellas mujeres que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida eran asiduas en la oración juntamente con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio de hijos e hijas del pueblo de Dios, cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (Hech 2, 17). Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los comienzos –así como de las comunidades sucesivas– mediante los propios carismas y con su servicio multiforme».

Se puede afirmar que el Cristianismo comenzó en Europa con una mujer, Lidia, que enseguida inició su misión de convertir desde dentro el nuevo continente, empezando por su hogar. Algo parecido ocurrió entre los samaritanos, a quienes una mujer les habló por vez primera del Redentor. Los Apóstoles, que habían ido por alimentos a ese mismo pueblo, quizá no se atrevieron a decir por todas partes, como lo haría más tarde la mujer, que el Mesías estaba allí mismo, en las afueras de la ciudad. La Iglesia tuvo siempre una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del Cristianismo. Los escritos apostólicos nos han dejado constancia de muchas de estas mujeres: Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo –que también para Pablo fue como una madre–, las hijas de Felipe el de Cesarea, etc.

Todos hemos de poner al servicio del Señor y de los demás lo que hemos recibido. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...». La Iglesia espera de la mujer su compromiso en favor de lo que constituye la verdadera dignidad de la persona humana. El Cuerpo místico de Cristo «no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la sequela Christi -seguimiento de Cristo-, un ejemplo de cómo la esposa ha de responder con amor al amor del esposo».

El Señor nos pide a todos que le sirvamos a Él, a la Iglesia santa, a la sociedad, a nuestros hermanos los hombres, con nuestros bienes, con nuestra inteligencia, con todos los talentos que nos ha dado. Entonces entenderemos la hondura de esa verdad: servir es reinar.

III. «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». El Papa Juan Pablo II aplica estas palabras del Concilio Vaticano II especialmente a la mujer, quien «no puede encontrase a sí misma si no es dando amor a los demás». Es en el amor, en la entrega, en el servicio a los demás donde la persona humana, y quizá de un modo especial la mujer, lleva a cabo la vocación recibida por Dios. Cuando la mujer pone en servicio de los demás las cualidades recibidas del Señor, entonces «su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no solo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve»14.

Hoy, al considerar la generosidad y la fidelidad de estas mujeres, pensemos cómo es la nuestra. Examinemos si contribuimos, también materialmente –con medios económicos– a la extensión del Reino de Cristo, si somos generosos con nuestro tiempo, quizá escaso, en servicio de los demás... Y si todo lo llevamos a cabo impregnado de una profunda dicha, del gozo particular que da la generosidad. No olvidemos al terminar nuestra oración que tanto en la vida pública como en las horas de la Pasión, y muy probablemente en los días que siguieron a la Resurrección, estas mujeres de las que hoy nos habla San Lucas gozaron de un especial privilegio: permanecieron en un trato más asiduo y más íntimo con María que los mismos discípulos. Aquí encontraron el secreto de su generosidad y de su constancia en seguir al Maestro. A Ella acudimos nosotros para que nos ayude a ser fieles y desprendidos. Junto a Ella solo encontraremos ocasiones de servir, y así lograremos olvidarnos de nosotros mismos.

20 de mayo de 2020

EL APOSTOLADO Y SUS FRUTOS

— El ejemplo de San Pablo y de los primeros cristianos.
—Sembrar siempre; los frutos los da Dios. Constancia en el apostolado.
—El puesto singular de la mujer en la evangelización de la familia.

I. La lectura de la Misa nos muestra el espíritu apostólico de San Pablo en medio de un mundo pagano. En Atenas, en el Areópago, el Apóstol predica la esencia de la fe cristiana teniendo en cuenta la mentalidad y la ignorancia de los oyentes, pero sin omitir las verdades fundamentales. Conocía bien que la doctrina que predicaba chocaría fuertemente en los oídos de los atenienses, pero no la adapta, deformándola, para hacerla más «comprensible». De hecho, al oír resurrección de los muertos, unos lo tomaban a broma y otros dijeron, mientras le abandonaban: De esto te oiremos hablar en otra ocasión1.

San Pablo se marchó de allí y se dirigió a Corinto. Mucho tiempo después todavía tenía en su alma el suceso del Areópago, «ante unos atenienses que eran amigos de los nuevos sermones, pero que no hacían caso de ellos ni se preocupaban de su contenido: solo les interesaba tener algo nuevo de qué hablar»2. A nosotros nos recuerda hoy este pasaje que el cristiano ha de enseñar la doctrina de Cristo, la única que salva, y no la más popular, la que podría tener más «éxito» en sentido humano, la que podría estar en consonancia con la moda del momento o con los gustos de los tiempos o de los pueblos.

Los Apóstoles predicaron la integridad del Evangelio, y así lo ha hecho también la Iglesia a través de los siglos. «Todas las verdades y todos los preceptos de Cristo, incluso los más exigentes, sin callar o desvirtuar nada, fueron las cosas enseñadas por San Pablo. Habló de la humildad, de la abnegación, de la castidad, del desprendimiento de las cosas terrenas, de la obediencia... Y no temió dejar bien claro que es necesario elegir entre el servicio de Dios y el servicio de Belial, porque no es posible servir a los dos. Que todos, después de la muerte, habrán de someterse a un juicio tremendo. Que nadie puede mercadear con Dios. Que solo se puede esperar la vida eterna si se observan las leyes divinas. Que si se incumplen estas leyes haciendo concesiones a los placeres, no se puede esperar más que el fuego eterno... Jamás el Predicador de la verdad pensó que tenía que omitir estos temas porque podían parecer demasiado duros a quienes le escuchaban, dada la corrupción de aquellos tiempos»3. Igual nosotros.

Quien anuncia a Cristo tendrá que acostumbrarse a ser impopular en ocasiones, a no tener «éxito» en sentido humano, a ir contra corriente, sin ocultar los aspectos de la doctrina de Cristo que resultan más exigentes: sentido de la mortificación, honradez y honestidad en los negocios y en el desarrollo de la actividad profesional, generosidad en el número de hijos, castidad y pureza en el matrimonio y fuera de él, valor de la virginidad y del celibato por amor a Cristo... Porque no tenemos otras recetas para curar a este mundo enfermo: «¿Desde cuándo un médico da medicinas inútiles a sus pacientes, porque tiene miedo de prescribir las que son útiles?»4.

En un mundo que se presenta en muchos aspectos alejado de Dios y del pensamiento cristiano, «se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la revelación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra»5. La primera obligación será, de ordinario, orientar nuestro apostolado hacia las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, a los que están más cerca, a los que tratamos con frecuencia. Y siempre con oportunidad, haciendo amable y atrayente la doctrina del Señor. Porque tampoco se atrae a los demás a la fe siendo intemperantes o intempestivos, sino con afecto, con bondad, con paciencia.

II. El Señor, de forma muchas veces insospechada, hace fructificar nuestra oración y nuestros esfuerzos: Mis elegidos no trabajarán en vano6, nos ha prometido. Y en la Antífona de comunión leemos hoy las consoladoras palabras del Señor: Soy yo quien os he elegido del mundo y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure7.

La misión apostólica unas veces es siembra, sin frutos visibles, y otras recolección, quizá de lo que otros sembraron con su palabra, con su dolor oculto desde la cama de un hospital, o desde un trabajo escondido y sin brillo. En ambos casos, el Señor quiere que se alegren juntamente el sembrador y el segador8.

Si los frutos tardaran en llegar o nos asaltara la tentación de juzgar el valor de nuestros esfuerzos por sus resultados inmediatos, no debemos olvidar que en ocasiones no veremos las espigas granadas; otros las recolectarán. Nos pide el Señor que sembremos sin descanso y que experimentemos la alegría del labrador, seguro de que ya brotará algún día la semilla que arrojó al surco. Así evitaremos el desánimo, síntoma muchas veces de falta de rectitud de intención, de no estar trabajando para el Señor, sino para afirmar nuestro yo. Lo que nosotros no podamos acabar, otros lo terminarán.

No pretendamos tampoco arrancar el fruto antes de que esté maduro. «No estropeemos la flor abriéndola con nuestros dedos. La flor se abrirá y el fruto madurará en la estación y en la hora que solo Dios sabe. A nosotros nos toca sembrar, regar... y esperar»9. La constancia y la paciencia son virtudes esenciales para toda tarea apostólica; ambas son manifestaciones de la virtud de la fortaleza.

El hombre paciente se parece al sembrador, que cuenta con el ritmo propio de la naturaleza y sabe realizar cada faena en el tiempo oportuno: el arado, la siembra, el riego, el abonado, la escarda, la recolección: una serie de tareas previas, antes de ver la harina dispuesta para el pan que alimentará a toda la familia. El impaciente querría comer sin sembrar. Si abandonáramos la lucha por la propia santidad y la de los demás porque no viéramos resultados, estaríamos manifestando una visión demasiado humana de nuestro quehacer apostólico, que contrasta abiertamente con la figura paciente de Jesús. Él sabe esperar días, semanas, meses y años antes de la conversión del pecador. Las almas necesitan un tiempo que nosotros no sabemos calcular. Hagamos bien la siembra y luego seamos pacientes; pidamos fortaleza para ser constantes.

III. De la predicación de San Pablo durante su estancia en Atenas surgió la primera comunidad cristiana en aquella ciudad: Algunos se le juntaron, entre ellos Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más10. Fueron la primera semilla plantada por el Espíritu Santo, de la que surgirían luego muchos hombres y mujeres fieles a Cristo.

La mujer convertida aparece consignada con su nombre: Dámaris. Es una de las numerosas mujeres que aparecen en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como manifestación clara de que la predicación del Evangelio era universal. Los Apóstoles siguieron en todo el ejemplo del Señor, quien, a pesar de los prejuicios de la época, dirigió a mujeres y a hombres por igual el anuncio del Reino11.

San Lucas también nos ha dejado escrito que la evangelización de Europa se inició por una madre de familia, Lidia, quien comenzó enseguida su tarea apostólica por su propia familia, consiguiendo que recibieran el Bautismo todos los de su casa12. También entre los samaritanos fue una mujer la primera que recibió el mensaje de Cristo, y la primera que lo difundió entre los de su ciudad13.

El Evangelio nos muestra cómo las mujeres siguen y sirven al Señor, cómo están al pie de la Cruz y son las primeras junto al sepulcro vacío. No encontramos en ellas el menor signo de hipocresía en el trato con el Señor, ni injurias o deserciones.

San Pablo tuvo una profunda visión del papel que la mujer cristiana había de desempeñar como madre, esposa y hermana en la propagación del cristianismo. Se refleja en el tratamiento que les concede en su predicación y en sus cartas. Algunas de ellas son especialmente señaladas con agradecimiento por la ayuda sacrificada que le prestaron en su tarea evangelizadora.

En todas las épocas, también en la nuestra, la mujer desempeña un papel extraordinario en el apostolado y en la custodia de la fe. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...»14. La Iglesia espera de la mujer un compromiso y un testimonio en favor de todo aquello que constituye la verdadera dignidad de la persona humana y su felicidad más profunda.

Cuando estas cualidades, con las que Dios ha dotado a la personalidad de la mujer, son desarrolladas y actualizadas, «su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no solo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve»15. A Ella le pedimos por los frutos de esa labor de la mujer en la familia, en la sociedad, en la Iglesia, y que haya siempre abundantes vocaciones de entrega a Dios.

20 de septiembre de 2019

SERVIR A JESÚS

— Las santas mujeres que aparecen en el Evangelio.
— Servir al Señor con las propias cualidades. 
— La entrega al servicio de los demás.

I. Sucedió -narra San Lucas en el Evangelio de la Misa1- que Él recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios; le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que les asistían con sus bienes.

En la vida pública de Jesús aparece este grupo de mujeres que desempeñan un papel conmovedor por su ternura y su adhesión al Maestro. Es hermoso considerar cómo el Señor quiso apoyarse en su generosidad y en su desprendimiento. Él, que nunca dejó nada sin agradecer, ¡cómo les pagaría tanto desvelo y delicadeza para atender sus necesidades domésticas y las de sus discípulos! En las horas de la Pasión parecen superarse y aventajan a los discípulos en constancia y valor; a excepción de Juan, fueron las únicas que tuvieron la firmeza de estar al pie de la cruz, contemplar de cerca los últimos instantes de Jesús y recoger sus postreras palabras. Y cuando, ya muerto, fue descendido del patíbulo, estarán presentes en el embalsamamiento y se aprestarán a completarlo el primer día de la semana, después del obligado reposo del sábado.

El Señor quiso apresurarse a recompensar esta decidida fidelidad, y en la aurora de la Resurrección no fue a sus discípulos sino a las mujeres a las que se apareció en primer lugar. Los ángeles también fueron vistos únicamente por ellas; Juan y Pedro comprobaron que el sepulcro estaba vacío, pero no vieron ángeles. Las mujeres fueron favorecidas con esta visión, tal vez porque estaban mejor preparadas que los hombres y, sobre todo, porque ellas tenían la misión de continuar el papel de los ángeles y de preparar la naciente fe de la Iglesia. Tienen un espíritu abierto y un celo inteligente. «Desde el principio de la misión de Cristo, la mujer demuestra hacia Él y hacia su misterio una sensibilidad especial, que corresponde a una característica de su feminidad. Hay que decir también que esto encuentra una confirmación particular en relación con el misterio pascual; no solo en el momento de la crucifixión, sino también el día de la resurrección»2. Ellas se apresuran a cumplir el encargo de avisar a los discípulos y de recordarles lo que Jesús había anunciado cuando aún estaba en vida. En las últimas manifestaciones de Jesús resucitado también están presentes. Son, sin duda, las mismas que han vuelto de Galilea la última vez con los discípulos y las de Jerusalén y sus alrededores, las hermanas de Lázaro de Betania. Con ellas está María, la Madre de Jesús3.

El ejemplo de estas mujeres fieles, que sirven a Jesús con sus bienes y no le desamparan en los peores momentos, son una llamada a nuestra fidelidad y a nuestro servicio al Señor sin condiciones. Nuestra actitud ha de ser la de servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta, aunque esta actitud choque con los criterios humanos. Nos basta entender que cada favor en beneficio de otros es un servicio directo a Cristo. Lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis4. ¡Y son tantas las oportunidades de servir a lo largo del día! Serviam! Te serviré, Señor, todos los días de mi vida, desde el comienzo de la jornada. Dame tu ayuda.

II. Si alguien me sirve que me siga, y donde Yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará5.

Desde los primeros momentos de la Iglesia destaca el servicio incomparable de la mujer a la extensión del Reino de Dios. «En primer lugar vemos a aquellas mujeres que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida eran asiduas en la oración juntamente con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio de hijos e hijas del pueblo de Dios, cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (Hech 2, 17). Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los comienzos –así como de las comunidades sucesivas– mediante los propios carismas y con su servicio multiforme»6.

Se puede afirmar que el Cristianismo comenzó en Europa con una mujer, Lidia, que enseguida inició su misión de convertir desde dentro el nuevo continente, empezando por su hogar7. Algo parecido ocurrió entre los samaritanos, a quienes una mujer les habló por vez primera del Redentor8. Los Apóstoles, que habían ido por alimentos a ese mismo pueblo, quizá no se atrevieron a decir por todas partes, como lo haría más tarde la mujer, que el Mesías estaba allí mismo, en las afueras de la ciudad. La Iglesia tuvo siempre una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del Cristianismo. Los escritos apostólicos nos han dejado constancia de muchas de estas mujeres: Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo –que también para Pablo fue como una madre–, las hijas de Felipe el de Cesarea, etc.

Todos hemos de poner al servicio del Señor y de los demás lo que hemos recibido. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...»9. La Iglesia espera de la mujer su compromiso en favor de lo que constituye la verdadera dignidad de la persona humana. El Cuerpo místico de Cristo «no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la sequela Christi -seguimiento de Cristo-, un ejemplo de cómo la esposa ha de responder con amor al amor del esposo»10.

El Señor nos pide a todos que le sirvamos a Él, a la Iglesia santa, a la sociedad, a nuestros hermanos los hombres, con nuestros bienes, con nuestra inteligencia, con todos los talentos que nos ha dado. Entonces entenderemos la hondura de esa verdad: servir es reinar11.

III. «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»12. El Papa Juan Pablo II aplica estas palabras del Concilio Vaticano II especialmente a la mujer, quien «no puede encontrase a sí misma si no es dando amor a los demás»13. Es en el amor, en la entrega, en el servicio a los demás donde la persona humana, y quizá de un modo especial la mujer, lleva a cabo la vocación recibida por Dios. Cuando la mujer pone en servicio de los demás las cualidades recibidas del Señor, entonces «su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no solo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve»14.

Hoy, al considerar la generosidad y la fidelidad de estas mujeres, pensemos cómo es la nuestra. Examinemos si contribuimos, también materialmente –con medios económicos– a la extensión del Reino de Cristo, si somos generosos con nuestro tiempo, quizá escaso, en servicio de los demás... Y si todo lo llevamos a cabo impregnado de una profunda dicha, del gozo particular que da la generosidad. No olvidemos al terminar nuestra oración que tanto en la vida pública como en las horas de la Pasión, y muy probablemente en los días que siguieron a la Resurrección, estas mujeres de las que hoy nos habla San Lucas gozaron de un especial privilegio: permanecieron en un trato más asiduo y más íntimo con María que los mismos discípulos. Aquí encontraron el secreto de su generosidad y de su constancia en seguir al Maestro. A Ella acudimos nosotros para que nos ayude a ser fieles y desprendidos. Junto a Ella solo encontraremos ocasiones de servir, y así lograremos olvidarnos de nosotros mismos.

24 de mayo de 2017

LOS FRUTOS EN EL APOSTOLADO

— Anunciar íntegra la doctrina de Jesucristo. 
— Sembrar siempre; los frutos los da Dios. 
— El puesto singular de la mujer en la evangelización de la familia.
I. La lectura de la Misa nos muestra el espíritu apostólico de San Pablo en medio de un mundo pagano. En Atenas, en el Areópago, el Apóstol predica la esencia de la fe cristiana teniendo en cuenta la mentalidad y la ignorancia de los oyentes, pero sin omitir las verdades fundamentales. Conocía bien que la doctrina que predicaba chocaría fuertemente en los oídos de los atenienses, pero no la adapta, deformándola, para hacerla más «comprensible». De hecho, al oír resurrección de los muertos, unos lo tomaban a broma y otros dijeron, mientras le abandonaban: De esto te oiremos hablar en otra ocasión1.
San Pablo se marchó de allí y se dirigió a Corinto. Mucho tiempo después todavía tenía en su alma el suceso del Areópago, «ante unos atenienses que eran amigos de los nuevos sermones, pero que no hacían caso de ellos ni se preocupaban de su contenido: solo les interesaba tener algo nuevo de qué hablar»2. A nosotros nos recuerda hoy este pasaje que el cristiano ha de enseñar la doctrina de Cristo, la única que salva, y no la más popular, la que podría tener más «éxito» en sentido humano, la que podría estar en consonancia con la moda del momento o con los gustos de los tiempos o de los pueblos.
Los Apóstoles predicaron la integridad del Evangelio, y así lo ha hecho también la Iglesia a través de los siglos. «Todas las verdades y todos los preceptos de Cristo, incluso los más exigentes, sin callar o desvirtuar nada, fueron las cosas enseñadas por San Pablo. Habló de la humildad, de la abnegación, de la castidad, del desprendimiento de las cosas terrenas, de la obediencia... Y no temió dejar bien claro que es necesario elegir entre el servicio de Dios y el servicio de Belial, porque no es posible servir a los dos. Que todos, después de la muerte, habrán de someterse a un juicio tremendo. Que nadie puede mercadear con Dios. Que solo se puede esperar la vida eterna si se observan las leyes divinas. Que si se incumplen estas leyes haciendo concesiones a los placeres, no se puede esperar más que el fuego eterno... Jamás el Predicador de la verdad pensó que tenía que omitir estos temas porque podían parecer demasiado duros a quienes le escuchaban, dada la corrupción de aquellos tiempos»3. Igual nosotros.
Quien anuncia a Cristo tendrá que acostumbrarse a ser impopular en ocasiones, a no tener «éxito» en sentido humano, a ir contra corriente, sin ocultar los aspectos de la doctrina de Cristo que resultan más exigentes: sentido de la mortificación, honradez y honestidad en los negocios y en el desarrollo de la actividad profesional, generosidad en el número de hijos, castidad y pureza en el matrimonio y fuera de él, valor de la virginidad y del celibato por amor a Cristo... Porque no tenemos otras recetas para curar a este mundo enfermo: «¿Desde cuándo un médico da medicinas inútiles a sus pacientes, porque tiene miedo de prescribir las que son útiles?»4.
En un mundo que se presenta en muchos aspectos alejado de Dios y del pensamiento cristiano, «se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la revelación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra»5. La primera obligación será, de ordinario, orientar nuestro apostolado hacia las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, a los que están más cerca, a los que tratamos con frecuencia. Y siempre con oportunidad, haciendo amable y atrayente la doctrina del Señor. Porque tampoco se atrae a los demás a la fe siendo intemperantes o intempestivos, sino con afecto, con bondad, con paciencia.
II. El Señor, de forma muchas veces insospechada, hace fructificar nuestra oración y nuestros esfuerzos: Mis elegidos no trabajarán en vano6, nos ha prometido. Y en la Antífona de comunión leemos hoy las consoladoras palabras del Señor: Soy yo quien os he elegido del mundo y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure7.
La misión apostólica unas veces es siembra, sin frutos visibles, y otras recolección, quizá de lo que otros sembraron con su palabra, con su dolor oculto desde la cama de un hospital, o desde un trabajo escondido y sin brillo. En ambos casos, el Señor quiere que se alegren juntamente el sembrador y el segador8.
Si los frutos tardaran en llegar o nos asaltara la tentación de juzgar el valor de nuestros esfuerzos por sus resultados inmediatos, no debemos olvidar que en ocasiones no veremos las espigas granadas; otros las recolectarán. Nos pide el Señor que sembremos sin descanso y que experimentemos la alegría del labrador, seguro de que ya brotará algún día la semilla que arrojó al surco. Así evitaremos el desánimo, síntoma muchas veces de falta de rectitud de intención, de no estar trabajando para el Señor, sino para afirmar nuestro yo. Lo que nosotros no podamos acabar, otros lo terminarán.
No pretendamos tampoco arrancar el fruto antes de que esté maduro. «No estropeemos la flor abriéndola con nuestros dedos. La flor se abrirá y el fruto madurará en la estación y en la hora que solo Dios sabe. A nosotros nos toca sembrar, regar... y esperar»9. La constancia y la paciencia son virtudes esenciales para toda tarea apostólica; ambas son manifestaciones de la virtud de la fortaleza.
El hombre paciente se parece al sembrador, que cuenta con el ritmo propio de la naturaleza y sabe realizar cada faena en el tiempo oportuno: el arado, la siembra, el riego, el abonado, la escarda, la recolección: una serie de tareas previas, antes de ver la harina dispuesta para el pan que alimentará a toda la familia. El impaciente querría comer sin sembrar. Si abandonáramos la lucha por la propia santidad y la de los demás porque no viéramos resultados, estaríamos manifestando una visión demasiado humana de nuestro quehacer apostólico, que contrasta abiertamente con la figura paciente de Jesús. Él sabe esperar días, semanas, meses y años antes de la conversión del pecador. Las almas necesitan un tiempo que nosotros no sabemos calcular. Hagamos bien la siembra y luego seamos pacientes; pidamos fortaleza para ser constantes.
III. De la predicación de San Pedro durante su estancia en Atenas surgió la primera comunidad cristiana en aquella ciudad: Algunos se le juntaron, entre ellos Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más10. Fueron la primera semilla plantada por el Espíritu Santo, de la que surgirían luego muchos hombres y mujeres fieles a Cristo.
La mujer convertida aparece consignada con su nombre: Dámaris. Es una de las numerosas mujeres que aparecen en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como manifestación clara de que la predicación del Evangelio era universal. Los Apóstoles siguieron en todo el ejemplo del Señor, quien, a pesar de los prejuicios de la época, dirigió a mujeres y a hombres por igual el anuncio del Reino11.
San Lucas también nos ha dejado escrito que la evangelización de Europa se inició por una madre de familia, Lidia, quien comenzó enseguida su tarea apostólica por su propia familia, consiguiendo que recibieran el Bautismo todos los de su casa12. También entre los samaritanos fue una mujer la primera que recibió el mensaje de Cristo, y la primera que lo difundió entre los de su ciudad13.
El Evangelio nos muestra cómo las mujeres siguen y sirven al Señor, cómo están al pie de la Cruz y son las primeras junto al sepulcro vacío. No encontramos en ellas el menor signo de hipocresía en el trato con el Señor, ni injurias o deserciones.
San Pablo tuvo una profunda visión del papel que la mujer cristiana había de desempeñar como madre, esposa y hermana en la propagación del cristianismo. Se refleja en el tratamiento que les concede en su predicación y en sus cartas. Algunas de ellas son especialmente señaladas con agradecimiento por la ayuda sacrificada que le prestaron en su tarea evangelizadora.
En todas las épocas, también en la nuestra, la mujer desempeña un papel extraordinario en el apostolado y en la custodia de la fe. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...»14. La Iglesia espera de la mujer un compromiso y un testimonio en favor de todo aquello que constituye la verdadera dignidad de la persona humana y su felicidad más profunda.
Cuando estas cualidades, con las que Dios ha dotado a la personalidad de la mujer, son desarrolladas y actualizadas, «su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no solo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve»15. A Ella le pedimos por los frutos de esa labor de la mujer en la familia, en la sociedad, en la Iglesia, y que haya siempre abundantes vocaciones de entrega a Dios.

16 de septiembre de 2016

SERVIR A JESÚS

- Las santas mujeres que aparecen en el Evangelio.
-  La aportación de la mujer a la vida de la Iglesia y de la sociedad.
- La entrega al servicio de los demás.
I. Sucedió -narra San Lucas en el Evangelio de la Misa1- que Él recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios; le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que les asistían con sus bienes.
En la vida pública de Jesús aparece este grupo de mujeres que desempeñan un papel conmovedor por su ternura y su adhesión al Maestro. Es hermoso considerar cómo el Señor quiso apoyarse en su generosidad y en su desprendimiento. Él, que nunca dejó nada sin agradecer, ¡cómo les pagaría tanto desvelo y delicadeza para atender sus necesidades domésticas y las de sus discípulos! En las horas de la Pasión parecen superarse y aventajan a los discípulos en constancia y valor; a excepción de Juan, fueron las únicas que tuvieron la firmeza de estar al pie de la cruz, contemplar de cerca los últimos instantes de Jesús y recoger sus postreras palabras. Y cuando, ya muerto, fue descendido del patíbulo, estarán presentes en el embalsamamiento y se aprestarán a completarlo el primer día de la semana, después del obligado reposo del sábado.
El Señor quiso apresurarse a recompensar esta decidida fidelidad, y en la aurora de la Resurrección no fue a sus discípulos sino a las mujeres a las que se apareció en primer lugar. Los ángeles también fueron vistos únicamente por ellas; Juan y Pedro comprobaron que el sepulcro estaba vacío, pero no vieron ángeles. Las mujeres fueron favorecidas con esta visión, tal vez porque estaban mejor preparadas que los hombres y, sobre todo, porque ellas tenían la misión de continuar el papel de los ángeles y de preparar la naciente fe de la Iglesia. Tienen un espíritu abierto y un celo inteligente. «Desde el principio de la misión de Cristo, la mujer demuestra hacia Él y hacia su misterio una sensibilidad especial, que corresponde a una característica de su feminidad. Hay que decir también que esto encuentra una confirmación particular en relación con el misterio pascual; no solo en el momento de la crucifixión, sino también el día de la resurrección»2. Ellas se apresuran a cumplir el encargo de avisar a los discípulos y de recordarles lo que Jesús había anunciado cuando aún estaba en vida. En las últimas manifestaciones de Jesús resucitado también están presentes. Son, sin duda, las mismas que han vuelto de Galilea la última vez con los discípulos y las de Jerusalén y sus alrededores, las hermanas de Lázaro de Betania. Con ellas está María, la Madre de Jesús3.
El ejemplo de estas mujeres fieles, que sirven a Jesús con sus bienes y no le desamparan en los peores momentos, son una llamada a nuestra fidelidad y a nuestro servicio al Señor sin condiciones. Nuestra actitud ha de ser la de servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta, aunque esta actitud choque con los criterios humanos. Nos basta entender que cada favor en beneficio de otros es un servicio directo a Cristo. Lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis4. ¡Y son tantas las oportunidades de servir a lo largo del día! Serviam! Te serviré, Señor, todos los días de mi vida, desde el comienzo de la jornada. Dame tu ayuda.
II. Si alguien me sirve que me siga, y donde Yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará5.
Desde los primeros momentos de la Iglesia destaca el servicio incomparable de la mujer a la extensión del Reino de Dios. «En primer lugar vemos a aquellas mujeres que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida eran asiduas en la oración juntamente con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio dehijos e hijas del pueblo de Dios, cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (Hech 2, 17). Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los comienzos –así como de las comunidades sucesivas– mediante los propios carismas y con su servicio multiforme»6.
Se puede afirmar que el Cristianismo comenzó en Europa con una mujer, Lidia, que enseguida inició su misión de convertir desde dentro el nuevo continente, empezando por su hogar7. Algo parecido ocurrió entre los samaritanos, a quienes una mujer les habló por vez primera del Redentor8. Los Apóstoles, que habían ido por alimentos a ese mismo pueblo, quizá no se atrevieron a decir por todas partes, como lo haría más tarde la mujer, que el Mesías estaba allí mismo, en las afueras de la ciudad. La Iglesia tuvo siempre una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del Cristianismo. Los escritos apostólicos nos han dejado constancia de muchas de estas mujeres: Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo –que también para Pablo fue como una madre–, las hijas de Felipe el de Cesarea, etc.
Todos hemos de poner al servicio del Señor y de los demás lo que hemos recibido. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...»9. La Iglesia espera de la mujer su compromiso en favor de lo que constituye la verdadera dignidad de la persona humana. El Cuerpo místico de Cristo «no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la sequela Christi -seguimiento de Cristo-, un ejemplo de cómo la esposa ha de responder con amor al amor del esposo»10.
El Señor nos pide a todos que le sirvamos a Él, a la Iglesia santa, a la sociedad, a nuestros hermanos los hombres, con nuestros bienes, con nuestra inteligencia, con todos los talentos que nos ha dado. Entonces entenderemos la hondura de esa verdad: servir es reinar11.
III. «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»12. El Papa Juan Pablo II aplica estas palabras del Concilio Vaticano II especialmente a la mujer, quien «no puede encontrase a sí misma si no es dando amor a los demás»13. Es en el amor, en la entrega, en el servicio a los demás donde la persona humana, y quizá de un modo especial la mujer, lleva a cabo la vocación recibida por Dios. Cuando la mujer pone en servicio de los demás las cualidades recibidas del Señor, entonces «su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no solo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve»14.
Hoy, al considerar la generosidad y la fidelidad de estas mujeres, pensemos cómo es la nuestra. Examinemos si contribuimos, también materialmente –con medios económicos– a la extensión del Reino de Cristo, si somos generosos con nuestro tiempo, quizá escaso, en servicio de los demás... Y si todo lo llevamos a cabo impregnado de una profunda dicha, del gozo particular que da la generosidad. No olvidemos al terminar nuestra oración que tanto en la vida pública como en las horas de la Pasión, y muy probablemente en los días que siguieron a la Resurrección, estas mujeres de las que hoy nos habla San Lucas gozaron de un especial privilegio: permanecieron en un trato más asiduo y más íntimo con María que los mismos discípulos. Aquí encontraron el secreto de su generosidad y de su constancia en seguir al Maestro. A Ella acudimos nosotros para que nos ayude a ser fieles y desprendidos. Junto a Ella solo encontraremos ocasiones de servir, y así lograremos olvidarnos de nosotros mismos.

18 de septiembre de 2015

SERVICIO


— Las santas mujeres que aparecen en el Evangelio.


— Servir al Señor con las propias cualidades. La aportación de la mujer a la vida de la Iglesia y de la sociedad.


— La entrega al servicio de los demás.



I. Sucedió -narra San Lucas en el Evangelio de la Misa1- que Él recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando el reino de Dios; le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que les asistían con sus bienes.

En la vida pública de Jesús aparece este grupo de mujeres que desempeñan un papel conmovedor por su ternura y su adhesión al Maestro. Es hermoso considerar cómo el Señor quiso apoyarse en su generosidad y en su desprendimiento. Él, que nunca dejó nada sin agradecer, ¡cómo les pagaría tanto desvelo y delicadeza para atender sus necesidades domésticas y las de sus discípulos! En las horas de la Pasión parecen superarse y aventajan a los discípulos en constancia y valor; a excepción de Juan, fueron las únicas que tuvieron la firmeza de estar al pie de la cruz, contemplar de cerca los últimos instantes de Jesús y recoger sus postreras palabras. Y cuando, ya muerto, fue descendido del patíbulo, estarán presentes en el embalsamamiento y se aprestarán a completarlo el primer día de la semana, después del obligado reposo del sábado.

El Señor quiso apresurarse a recompensar esta decidida fidelidad, y en la aurora de la Resurrección no fue a sus discípulos sino a las mujeres a las que se apareció en primer lugar. Los ángeles también fueron vistos únicamente por ellas; Juan y Pedro comprobaron que el sepulcro estaba vacío, pero no vieron ángeles. Las mujeres fueron favorecidas con esta visión, tal vez porque estaban mejor preparadas que los hombres y, sobre todo, porque ellas tenían la misión de continuar el papel de los ángeles y de preparar la naciente fe de la Iglesia. Tienen un espíritu abierto y un celo inteligente. «Desde el principio de la misión de Cristo, la mujer demuestra hacia Él y hacia su misterio una sensibilidad especial, que corresponde a una característica de su feminidad. Hay que decir también que esto encuentra una confirmación particular en relación con el misterio pascual; no solo en el momento de la crucifixión, sino también el día de la resurrección»2. Ellas se apresuran a cumplir el encargo de avisar a los discípulos y de recordarles lo que Jesús había anunciado cuando aún estaba en vida. En las últimas manifestaciones de Jesús resucitado también están presentes. Son, sin duda, las mismas que han vuelto de Galilea la última vez con los discípulos y las de Jerusalén y sus alrededores, las hermanas de Lázaro de Betania. Con ellas está María, la Madre de Jesús3.

El ejemplo de estas mujeres fieles, que sirven a Jesús con sus bienes y no le desamparan en los peores momentos, son una llamada a nuestra fidelidad y a nuestro servicio al Señor sin condiciones. Nuestra actitud ha de ser la de servir a Dios y a los demás con visión sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta, aunque esta actitud choque con los criterios humanos. Nos basta entender que cada favor en beneficio de otros es un servicio directo a Cristo. Lo que hicisteis por uno de estos mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis4. ¡Y son tantas las oportunidades de servir a lo largo del día! Serviam! Te serviré, Señor, todos los días de mi vida, desde el comienzo de la jornada. Dame tu ayuda.

II. Si alguien me sirve que me siga, y donde Yo estoy allí estará también mi servidor; si alguien me sirve, el Padre le honrará5.

Desde los primeros momentos de la Iglesia destaca el servicio incomparable de la mujer a la extensión del Reino de Dios. «En primer lugar vemos a aquellas mujeres que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida eran asiduas en la oraciónjuntamente con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio dehijos e hijas del pueblo de Dios, cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (Hech 2, 17). Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los comienzos –así como de las comunidades sucesivas– mediante los propios carismas y con su servicio multiforme»6.

Se puede afirmar que el Cristianismo comenzó en Europa con una mujer, Lidia, que enseguida inició su misión de convertir desde dentro el nuevo continente, empezando por su hogar7. Algo parecido ocurrió entre los samaritanos, a quienes una mujer les habló por vez primera del Redentor8. Los Apóstoles, que habían ido por alimentos a ese mismo pueblo, quizá no se atrevieron a decir por todas partes, como lo haría más tarde la mujer, que el Mesías estaba allí mismo, en las afueras de la ciudad. La Iglesia tuvo siempre una profunda comprensión del papel que la mujer cristiana como madre, esposa y hermana debía desempeñar en la propagación del Cristianismo. Los escritos apostólicos nos han dejado constancia de muchas de estas mujeres: Lidia en Filipo, Priscila y Cloe en Corinto, Febe en Cencreas, la madre de Rufo –que también para Pablo fue como una madre–, las hijas de Felipe el de Cesarea, etc.

Todos hemos de poner al servicio del Señor y de los demás lo que hemos recibido. «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que solo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad...»9. La Iglesia espera de la mujer su compromiso en favor de lo que constituye la verdadera dignidad de la persona humana. El Cuerpo místico de Cristo «no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la sequela Christi -seguimiento de Cristo-, un ejemplo de cómo la esposa ha de responder con amor al amor del esposo»10.

El Señor nos pide a todos que le sirvamos a Él, a la Iglesia santa, a la sociedad, a nuestros hermanos los hombres, con nuestros bienes, con nuestra inteligencia, con todos los talentos que nos ha dado. Entonces entenderemos la hondura de esa verdad: servir es reinar11.

III. «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»12. El Papa Juan Pablo II aplica estas palabras del Concilio Vaticano II especialmente a la mujer, quien «no puede encontrase a sí misma si no es dando amor a los demás»13. Es en el amor, en la entrega, en el servicio a los demás donde la persona humana, y quizá de un modo especial la mujer, lleva a cabo la vocación recibida por Dios. Cuando la mujer pone en servicio de los demás las cualidades recibidas del Señor, entonces «su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas. Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no solo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve»14.

Hoy, al considerar la generosidad y la fidelidad de estas mujeres, pensemos cómo es la nuestra. Examinemos si contribuimos, también materialmente –con medios económicos– a la extensión del Reino de Cristo, si somos generosos con nuestro tiempo, quizá escaso, en servicio de los demás... Y si todo lo llevamos a cabo impregnado de una profunda dicha, del gozo particular que da la generosidad. No olvidemos al terminar nuestra oración que tanto en la vida pública como en las horas de la Pasión, y muy probablemente en los días que siguieron a la Resurrección, estas mujeres de las que hoy nos habla San Lucas gozaron de un especial privilegio: permanecieron en un trato más asiduo y más íntimo con María que los mismos discípulos. Aquí encontraron el secreto de su generosidad y de su constancia en seguir al Maestro. A Ella acudimos nosotros para que nos ayude a ser fieles y desprendidos. Junto a Ella solo encontraremos ocasiones de servir, y así lograremos olvidarnos de nosotros mismos.