"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

14 de agosto de 2016

TIEMPO ORDINARIO 20a SEMANA DOMINGO

Lucas 12,49-53.

Jesús dijo a sus discípulos: 
"Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! 
Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! 
¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. 
De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra". 


Ignem veni mittere in terram

— Fe en el amor que Dios nos tiene y nos ha tenido siempre.
— El amor pide amor, y este se demuestra en las obras.
— Encender a otros en el amor a Cristo.
I. El fuego aparece frecuentemente en la Sagrada Escritura como símbolo del Amor de Dios, que purifica a los hombres de todas sus impurezas1. El amor, como el fuego,nunca dice basta2, tiene la fuerza de las llamas y se enciende en el trato con Dios: Me ardía el corazón en mi interior, se encendía el fuego en mi meditación3, exclama el Salmista... En el día de Pentecostés, el Espíritu Santo –el Amor divino– se derrama sobre los Apóstoles en forma de lenguas de fuego4 que purifican sus corazones, los inflaman y disponen para su misión de extender el Reino de Cristo por todo el mundo.
Jesús nos dice hoy en el Evangelio de la Misa: Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?5. En Cristo alcanza su expresión máxima el amor divino:Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito6. Jesús entrega voluntariamente su vida por nosotros, y nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos7. Por eso nos declara también su impaciencia santa hasta no ver cumplido su Bautismo, su propia muerte en la Cruz por la que nos redime y nos eleva:Tengo que ser bautizado con un bautismo, ¡y cómo me siento urgido hasta que se lleve a cabo!
El Señor quiere que su amor prenda en nuestro corazón y provoque un incendio que lo invada todo. Él nos ama a cada uno con amor personal e individual, como si fuera el único objeto de su caridad. En ningún momento ha cesado de amarnos, de ayudarnos, de protegernos, de comunicarse con nosotros; ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud por nuestra parte o en los que cometimos las faltas y pecados más grandes, tanto cuando correspondimos a sus gracias como cuando nos alejamos de Él. Siempre nos mostró el Señor su benevolencia; ahora también. Dios, que es infinito e infinitamente simple, no nos ama a medias, sino con todo su ser, nos ama sin medida. Este misterio de amor se realizó de una manera absolutamente particular en su Madre, Santa María.
La Virgen, Nuestra Madre, es el espejo donde debemos mirarnos nosotros. Ella vivió una vida normal, de tal manera que sus paisanos y familiares nunca pudieron imaginar lo que ocurría en su corazón; ni siquiera José habría sabido nada, si Dios no se lo hubiera manifestado. Ella, la criatura que Dios más amaba, permanecía en la más completa normalidad. En el momento de la Anunciación, cuando se le reveló el modo singular en que era amada por Dios, María creyó y aceptó ser la criatura que Dios había predestinado desde la eternidad como Madre suya. ¡Qué gran fe la de la Virgen, al pensar que en Ella estaba la salvación de Israel, mucho más, sin comparación posible, que en otros momentos de la historia de Israel lo estuvo en Judith o en Esther! Pero Ella no solo creyó en el amor de absoluta predilección divina, sino que creyó sin limitación alguna.
Santa María nos enseña a creer en el amor sin límites de Dios, nos ayuda ahora, teniéndola a Ella delante, a examinar nuestra correspondencia a ese amor, pues «no es razón que amemos con tibieza a un Dios que nos ama con tanto ardor»8. ¿Es una hoguera de lumbre viva nuestro corazón, como el de la Virgen, o solo rescoldo de tibieza, de mediocridad aceptada?
Dios me ama, y esto es lo fundamental de mi existencia. Lo demás apenas tiene importancia.
II. El amor pide amor, y este se demuestra en las obras, en el empeño diario por tratar a Dios y por identificar nuestra voluntad con la suya. La Segunda lectura9 nos anima a esa pelea diaria, sabiendo que estamos rodeados de una nube tan grande de testigos, los santos, que presencian nuestro combate, y quienes tenemos a nuestro lado, a los que tanto podemos ayudar con el ejemplo y con nuestro mismo empeño por estar más cerca de Cristo. Sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia -sigue la Lectura-, y continuemos corriendo con perseverancia la carrera emprendida: fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de la fe... En Él tenemos puesta la mirada, como el corredor que, una vez comenzada la carrera, no se deja distraer por nada que le separe de la meta, alejando toda ocasión de pecado con decisión y energía, pues no habéis resistido todavía hasta la sangre al combatir contra el pecado. Hasta eso hemos de llegar si fuera preciso, incluso por no cometer ni siquiera un pecado venial. Vale más morir que ofender a Dios, aunque solo fuera levemente.
Muchas veces hemos de decir sí al Amor; una respuesta afirmativa que Él mismo nos pide a través de mil pequeños acontecimientos diarios: al negarnos a nosotros mismos para servir a quienes conviven o trabajan con nosotros en cosas muchas veces menudas; en la mortificación pequeña, que nos ayuda a guardar la templanza y la sobriedad; en la puntualidad a la hora de comenzar nuestros deberes; en el orden en que dejamos la ropa, los libros o los instrumentos de trabajo; en el esfuerzo que frecuentemente supone hacer bien el rato de meditación, diciéndole al Señor muchas veces que le amamos, luchando con las distracciones; en la aceptación alegre de la voluntad de Dios, cuando no sigue los propios planes o nuestro querer... Así se forjan las pequeñas victorias que todos los días espera Dios de quien le ama. También por amor hemos de decir no muchas veces: en la guarda de la vista; al cuerpo que pide más comodidades, más confort y menos sacrificio; al deseo de dejar el trabajo antes de la hora... Son muchas las sugerencias, las mociones del Espíritu Santo para corresponder a ese Amor infinito con que Jesús nos ama.
El amor se expresa en el dolor de los pecados, en la contrición, pues tantas veces –casi sin darnos cuenta– decimos no al amor... Son ocasiones para hacer un acto de dolor más profundo por aquello en lo que no hemos sabido corresponder, deseando mucho esa Confesión frecuente en la que encontramos siempre la Misericordia divina y el remedio de nuestros males. «Quien no se arrepiente de verdad, no ama de veras; es evidente que cuanto más queremos a una persona, tanto más nos duele haberla ofendido. Es, pues, este uno más de los efectos del amor»10.
Y voló hacia mí uno de los serafines -reza la Liturgia de las Horas- con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas, la aplicó a mi boca y me dijo: Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado11. Le pedimos al Señor que el fuego de su amor purifique nuestra alma, ¡tanta suciedad!, y nos inunde por completo: «¡Oh Jesús..., fortalece nuestras almas, allana el camino y, sobre todo, embriáganos de Amor!: haznos así hogueras vivas, que enciendan la tierra con el divino fuego que Tú trajiste»12.
III. Los cristianos hemos de ser fuego que encienda, como Jesús encendió a sus discípulos. Nadie que nos haya conocido deberá quedar indiferente; nuestro amor debe ser lumbre viva que convierte en puntos de ignición, otras fuentes de amor y de apostolado, a quienes tratamos. El Espíritu Santo soplará, a través de nosotros, en muchos que parecían apagados, y de su rescoldo de vida cristiana saldrán llamas que se propagarán a otros ambientes que de no ser por ellos hubieran permanecido fríos y muertos. No importa que nos parezca que somos poca cosa, que apenas podemos hacer nada, que no sabemos, que nos falta formación. El Señor solo quiere poder contar del todo con cada uno. No olvidemos que una chispa pequeña puede dar lugar a un gran fuego. ¡Qué grato le es al Señor el que, en la intimidad de nuestra alma, le digamos que somos todo de Él, que puede contar con lo poco que somos! «Escribías: “yo te oigo clamar, Rey mío, con viva voz, que aún vibra: ‘ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?’ —he venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?”.
»Después añadías: “Señor, te respondo –todo yo– con mis sentidos y potencias: ‘ecce ego quia vocasti me!’ —¡aquí me tienes porque me has llamado!”.
»—Que sea esta respuesta tuya una realidad cotidiana»13.
El amor verdadero a Dios se manifiesta enseguida en apostolado, en deseos de que otros conozcan y amen a Jesucristo. «Con la maravillosa normalidad de lo divino, el alma contemplativa se desborda en afán apostólico: me ardía el corazón dentro del pecho, se encendía el fuego en mi meditación (Sal 38, 4). ¿Qué fuego es ese sino el mismo del que habla Cristo: fuego he venido a traer a la tierra y qué he de querer sino que arda? (Lc 12, 49). Fuego de apostolado que se robustece en la oración (...)»14, en el trato íntimo con Cristo.
Allí se alimenta el afán apostólico. Junto al Sagrario tendremos luz y fuerzas; hablaremos a Jesús de los hijos, de los padres, de los hermanos, de los amigos, de aquella persona que acabamos de conocer, de las que encontraremos ese día por motivos profesionales o en los menudos incidentes de la vida diaria. Ninguna se deberá marchar vacía; a todas, de un modo u otro, con la palabra, con el ejemplo, con la oración, hemos de anunciarles a Cristo que las busca, que las espera, y que se sirve de nosotros como instrumentos. «Aún resuena en el mundo aquel grito divino: “Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?”. —Y ya ves: casi todo está apagado...
»¿No te animas a propagar el incendio?»15.
Le decimos a Jesús que cuente con nosotros, con nuestras pocas fuerzas y nuestros escasos talentos: ecce ego quia vocasti me, aquí estoy porque me has llamado. Y le pedimos a Santa María, Regina Apostolorum, que sepamos ser audaces en esta tarea de dar a conocer a Cristo.

13 de agosto de 2016

TIEMPO ORDINARIO 19a SEMANA SABADO

Mateo 19,13-15.

Le trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, 
pero Jesús les dijo: "Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos". 
Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí. 

Quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él

— El amor de Jesús por los niños y por quienes, por ser hijos de Dios, se hacen como tales.
— Vida de infancia y filiación divina.
— Infancia espiritual y humildad.
I. Jesús amó con predilección –así nos lo muestra el Evangelio en repetidas ocasiones– a los enfermos, a quienes más le necesitaban y a los niños. A estos los amó con verdadera ternura porque, además de estar siempre precisados de ayuda, reúnen las cualidades que Él exige como condiciones indispensables para formar parte de su Reino.
Dos veces en el Evangelio de la vida pública aparece Jesús bendiciendo a los niños y presentándolos a sus discípulos como ejemplo. Una fue en Galilea, en Cafarnaún, y la otra en Judea, probablemente cerca de Jericó, cuando se disponía a subir a Jerusalén. El relato de esta última lo leemos en el Evangelio de la Misa1: le presentaron unos niños, refiere San Mateo. Quienes los llevan son, seguramente, las mujeres: las madres, abuelas o hermanas. Han entrado en la casa donde está Jesús, empujando probablemente a los pequeños delante de ellas, y los colocan cerca del Señor, para que les impusiera las manos y orase por ellos, como si fueran los gestos y atenciones habituales de Jesús con los niños. Quizá han distraído a los oyentes que escuchan al Maestro; por eso, losdiscípulos les reñían. Pero el Señor interviene: Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a Mí, porque de estos es el Reino de los Cielos. Y después de imponerles las manos, se marchó de allí.
Al declarar que el Reino de los Cielos pertenece a los niños, en primer lugar nos enseña, con el sentido propio de las palabras, que los niños no están excluidos en absoluto del Reino y que, por tanto, hemos de tener gran cuidado en prepararlos y conducirlos a Él. Ante todo, deben ser bautizados cuanto antes, como repetidas veces, en todas las épocas2, ha urgido Nuestra Madre la Iglesia, que desea tenerlos cuanto antes en su seno. «El común sentir y la autoridad de los Santos Padres –enseña el Catecismo Romano– prueba que esta ley debe entenderse no solo de los que están en edad adulta, sino también de los niños en la infancia, y que esta la ha recibido la Iglesia por Tradición apostólica. Se debe creer, además, que Cristo Nuestro Señor no quiso que se negase el sacramento y la gracia del Bautismo a los niños, de quienes decía: dejad a los niños y no les impidáis que vengan a Mí...»3. El deber de los padres se inicia con «la obligación de hacer que los hijos sean bautizados en las primeras semanas»4.
En el Bautismo reciben la misma vida de Cristo, se hacen hijos de Dios de una manera completamente nueva, y reciben el Cielo como herencia. El Señor mirará con especial aprecio y benevolencia a las madres que procuraron que sus hijos recibieran este sacramento con prontitud y, más tarde, supieron poner todos los medios, incluso extraordinarios, para que recibieran la oportuna catequesis de los misterios de la fe.
Nos dice el Señor también en este pasaje del Evangelio que su Reino pertenece a quienes, como los niños, tienen una mirada limpia y un corazón puro, sin complicaciones, sencillo, sin pretensiones ni orgullo: ante Dios somos como niños pequeños, y así nos debemos comportar ante Él. «El niño está, al principio de la vida, abierto a cualquier aventura. También tú; no pongas ningún obstáculo para avanzar en la vida del Evangelio y para continuar durante tu vida en esa novedad»5.
II. En su primera venida a la tierra, en la Encarnación, el Hijo de Dios se nos presenta no como un ángel, ni como un poderoso; viene bajo la débil y frágil condición de un niño. Aunque pudo manifestarse de otra forma, quiso escoger la debilidad de un niño; como si necesitara protección y amor.
Dios ha querido que nosotros, a imitación de su Hijo, nos comportemos como aquello que somos: hijos débiles, que necesitan continuamente su ayuda. El Padre quiere que nos llamemos hijos de Dios y que lo seamos6, y en estas pocas palabras se encierra uno de los puntos centrales de nuestra fe, que nos da la pauta para comportarnos ante Dios. Para ser como niños, se requiere un cambio profundo, que comporta dejar de pensar, de juzgar, de actuar de aquel modo menos propio de un hijo pequeño; y asimilar la enseñanza divina, para ejercitarse en ella de continuo. ¿Qué se nos pide en este proceso de hacernos como niños? En primer lugar, una firme voluntad de comportarse como hijos de Dios, dócil a su Voluntad, con pureza de mente y de cuerpo, humilde y sencillo de espíritu. Ese empeño se manifiesta en la lucha que vivieron los Apóstoles y los santos: a medida que iban siendo transformados por el Espíritu Santo, se iban reconociendo, cada vez más claramente, como hijos de Dios. Hacerse como niños en la vida espiritual es más que una buena devoción: es un querer expreso del Señor. Aunque no todos los santos lo hayan manifestado de una manera explícita, esa ha sido la actitud de todos ellos, porque el Espíritu Santo la origina siempre, inspirándonos esa rectitud de corazón que los niños tienen en su inocencia7.
«El niño bobo llora y patalea, cuando su madre cariñosa hinca un alfiler en su dedo para sacar la espina que lleva clavada... El niño discreto, quizá con los ojos llenos de lágrimas –porque la carne es flaca–, mira agradecido a su madre buena, que le hace sufrir un poco, para evitar mayores males.
»—Jesús, que sea yo un niño discreto»8, le pedimos en este rato de oración: que sepa comprender que en la enfermedad, el dolor, el aparente fracaso profesional..., se encuentra la mano providente de un Padre que nunca ha dejado de velar por sus hijos. Aceptemos con corazón alegre y agradecido todo cuanto la vida quiera ofrecernos, lo dulce y lo amargo, como enviado, o permitido, por quien es infinitamente sabio, por quien más nos quiere.
Esta vida de infancia espiritual comporta sencillez, humildad, abandono, pero no es inmadurez. «El niño bobo llora y patalea...»: el infantilismo es inmadurez de la mente, del corazón, de las emociones, está estrechamente ligado a la falta de autodisciplina, a la falta de lucha. Esa actitud puede acompañar a muchas personas durante toda su vida, hasta la vejez, hasta la muerte, sin ser de verdad niños delante de Dios. La verdadera infancia espiritual lleva consigo madurez en la mente –visión sobrenatural, ponderación de los acontecimientos a la luz de la fe y con la asistencia de los dones del Espíritu Santo– y, junto a esta madurez, la sencillez, la descomplicación: «El niño discreto mira agradecido...». Por contraste, no progresa en esa senda de la vida de infancia quien vive en la maraña de la complicación, con todas las fluctuaciones de la inmadurez en sus deseos, sus ideas, sus ocurrencias, sus emociones, con una conducta variable a cada momento y permanentemente preocupada por su «yo»... En cambio, el niño discreto, en su sencillez, en su debilidad, está totalmente ocupado en la gloria de su Padre Dios, como vivió siempre su Maestro en su vida terrena: el verdadero niño, el hijo verdadero, vive y habla con su «Abba», con su Padre9.
III. Nuestra piedad debe ser filial, llena de amor, y ¿cómo podríamos servir a Dios con amor, si no se comienza por reconocerle como un Padre lleno de amor hacia sus hijos? Quizá muchos cristianos viven alejados de Dios, o con unas relaciones obstaculizadas por la inmadurez de los caprichos o señaladas por la rigidez y la frialdad, porque no han descubierto en su vida el sentido de la filiación divina y el camino de la infancia espiritual, que para tantas almas ha sido el comienzo definitivo de una verdadera vida interior. Danos, Señor, el sentido de la filiación divina, ayúdanos a considerarla frecuentemente.
En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él10. «¿Por qué se dice –se pregunta San Ambrosio– que los niños son aptos para el Reino de los Cielos? Quizá porque de ordinario no tienen malicia, ni saben engañar, ni se atreven a engañarse; desconocen la lujuria, no apetecen las riquezas e ignoran la ambición. Pero la virtud de todo esto no consiste en el desconocimiento del mal, sino en su repulsa; no consiste en la imposibilidad de pecar, sino en no consentir en el pecado. Por tanto, el Señor no se refiere a la niñez como tal, sino a la inocencia que tienen los niños en su sencillez»11.
En la vida cristiana, la madurez se da precisamente cuando nos hacemos niños delante de Dios, hijos suyos que confían y se abandonan en Él como un niño pequeño en brazos de su padre. Entonces vemos los acontecimientos del mundo como son, en su verdadero valor, y no tenemos otra preocupación que agradar a nuestro Padre y Señor.
Hacerse como niños, la vida de infancia, es un camino espiritual que exige la virtud sobrenatural de la fortaleza para vencer la tendencia al orgullo y a la autosuficiencia, que impide que nos comportemos como hijos de Dios y conduce, al ver una y otra vez los propios fracasos, al desaliento, a la aridez y a la soledad. La piedad filial, por el contrario, fortalece la esperanza, la certeza de llegar a la meta, y da la paz y la alegría en esta vida. Ante las dificultades de la vida no nos sentiremos jamás solos, por muy grandes que sean. El Señor no nos abandona, y esta confianza será para nosotros como el agua para el viajero en el desierto. Sin ella no podríamos seguir adelante.
Pidamos a la Virgen, nuestra Madre, que nos lleve siempre de la mano como a hijos pequeños, con más cuidado cuanto mayor sea la madurez que los años y la experiencia nos van dando.

12 de agosto de 2016

TIEMPO ORDINARIO 19a SEMANA VIERNES

Mateo 19,3-12.

Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: "¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?". 
El respondió: "¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; 
y que dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne? 
De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido". 
Le replicaron: "Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?". 
El les dijo: "Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así. 
Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio". 
Los discípulos le dijeron: "Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse". 
Y él les respondió: "No todos entienden este lenguaje, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!". 

CARTA PRELADO AGOSTO


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
El 15 de agosto de 2007, Benedicto XVI, mencionando la Antífona de entrada de la Santa Misa —se apareció en el Cielo una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza [1]—, comentaba que esa mujer «es María, que vive totalmente en Dios, rodeada y vestida de sol, es decir, de Dios (...). Está coronada por doce estrellas, es decir, por las doce tribus de Israel, por todo el pueblo de Dios, por toda la comunión de los santos, y tiene bajo sus pies la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad (...). Así, en la gloria, habiendo superado la muerte, nos dice: ¡ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije: “¡he aquí la esclava del Señor!”. En mi vida me entregué a Dios y al prójimo. Y esta vida de servicio llega ahora a la vida verdadera» [2]. Este ensalzar a la Virgen trae a la memoria la fe con que san Josemaría, desde 1951, repitió Cor Mariæ dulcissimum, iter para tutum, acogiéndose a su intercesión.
Siete días después, en la fiesta de Santa María Reina, la liturgia presenta a Nuestra Señora a la derecha de Cristo, enjoyada con oro, vestida de perlas y brocado [3]. Son palabras llenas de contenido que, sin embargo, no alcanzan a expresar la grandeza de la Madre de Dios. Nos llenamos de admiración al contemplar, en el quinto misterio glorioso del Santo Rosario, que, a María, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo. Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo [4].
La llena de gracia desde su Concepción inmaculada, fue creciendo más y más en santidad mediante su entrega plena a Dios, hasta venir coronada como Reina de cielos y tierra; una Reina del Cielo que es nuestra Madre, y que nos invita a luchar para corresponder a Dios, con alegría y generosidad total. ¡Aprovechémonos de su poderosa intercesión! y sigamos el consejo de nuestro Padre: con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. —Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes. —¡Anímate! [5].
A la Virgen corresponde el título de Maestra de todas las virtudes. ¡Qué buena ocasión nos ofrece este mes tan mariano, dentro del Año jubilar de la misericordia, para pedirle que nos obtenga de su Hijo un aumento grande de esta virtud en nuestra conducta personal! Acudamos a Santa María, Trono de la Gracia y de la Gloria, ut misericordiam consequamur [6], para alcanzar misericordia en nuestros quehaceres.
El evangelio de la Misa de la Asunción relata una escena encantadora de la vida de la Virgen: la visitación a su prima santa Isabel. «Estas dos mujeres se encuentran —decía el Santo Padre— y lo hacen con alegría: ¡ese momento es toda una fiesta! Si aprendiéramos este servicio de ir al encuentro de los demás, ¡cómo cambiaría el mundo! El encuentro es otro signo cristiano. Una persona que dice ser cristiana y no es capaz de ir al encuentro de los demás, no es totalmente cristiana. Tanto el servicio como el encuentro requieren salir de uno mismo: salir para servir y salir para encontrar, para abrazar a otra persona» [7].
En el repaso de las obras de misericordia, detengámonos ahora en una que elCatecismo de la Iglesia Católica enuncia así: sufrir con paciencia las adversidades [8], tanto las que provienen de nuestros propios límites, como las que proceden de fuera. Mantengamos una plena confianza en la misericordia del Señor que, de todos los acontecimientos, sabe sacar el bien. La paciencia crece también como uno de los frutos más sabrosos de la caridad con el prójimo. Lo advertía san Pablo en su magnífico himno a esta virtud: La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo conlleva [9].
La misericordia nos ha de conducir a vivir cara hacia los demás con paciencia, también cuando se muestran inoportunos. Todos arrastramos defectos, aristas en el carácter y, aunque no lo busquemos voluntariamente, muchas veces provocamos roces que hieren a los demás: a los miembros de nuestra familia, a los colegas de trabajo, a los amigos, en los momentos de crispación que pueden sobrevenir, por ejemplo, en los atascos del tráfico ciudadano... Todas esas ocasiones nos facilitan una oportunidad para hacer grata la vida a los demás, no guiándonos por un carácter desordenado.
La paciencia nos impulsa a enfocar sin dramatismos las imperfecciones de los demás, sin caer en la tentación de echárselo en cara, ni buscar un desahogo comentándolo con terceros. De poco serviría, por ejemplo, callar ante ciertos defectos de alguno si después los pusiéramos en evidencia con un comentario irónico; o si nuestro disgusto nos condujera a tratarle con frialdad; o si cayéramos en formas sutiles de murmuración, que causan daño al que murmura, al que es objeto de la murmuración, y al que la escucha. Conllevar con paciencia los defectos de los demás nos invita a procurar que esas carencias no nos condicionen a la hora de quererles: no se trata de quererlesa pesar de esas limitaciones, sino de quererles con esas limitaciones. Es esta una gracia que podemos pedir al Señor: no detenernos ni justificar nuestras malas reacciones ante las diferencias con los demás que nos disgustan, porque cada una, cada uno, posee siempre mucha más riqueza, más bondad que sus defectos. Por eso, cuando notemos que el corazón no responde, metámoslo en el corazón del Señor: Cor Iesu sacratissimum et misericors, donanobis pacem! Él convertirá nuestro corazón de piedra en un corazón de carne [10].
Vamos, pues, a esmerarnos en el cumplimiento de todos nuestros deberes, hasta de los que parecen menos importantes; vamos a aumentar nuestra paciencia en las contradicciones de cada instante, a cuidar los pequeños detalles. Hemos de hacer más vigoroso nuestro esfuerzo por mejorar; para eso, respondamos a Dios en las pequeñas luchas en que Él nos espera. ¿Por qué quedarse resentidos en los roces con caracteres distintos y opuestos, tan propios de la convivencia cotidiana? ¡A luchar, a vencer sobre nosotros mismos!; ahí es donde nos aguarda Dios [11].
Recibir con una sonrisa a quienes se nos acercan con un gesto adusto, o responden con palabras desabridas a nuestro interés por ellos, revela modos estupendos de vivir el espíritu de sacrificio. Muchas veces, aconsejaba nuestro Padre, una sonrisa es la mejor muestra de espíritu de penitencia. Ya en Camino, entre los ejercicios de mortificación que sugería en los años de 1930, apuntaba: esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior [12].
La Jornada Mundial de la Juventud, que acaba de concluir en Cracovia, constituye otro motivo de dar gracias a Dios, al Santo Padre Francisco y a tantas personas que se han prodigado generosamente en su organización. Recemos para que los frutos apostólicos de esos días sean muy abundantes y permanentes, acudiendo también a la intercesión de san Juan Pablo II, que precisamente en Cracovia desarrolló una parte importante de su servicio a la Iglesia y al mundo, y en Czestochowa presidió una Jornada de la Juventud, en la que también participó el queridísimo don Álvaro.
Como todos los años, en la solemnidad de la Asunción, viviremos muy unidos a nuestro Padre al renovar, en los Centros de la Obra, la consagración del Opus Dei al Corazón dulcísimo de María. Meditad las palabras que escribió san Josemaría y meted en vuestra oración —como ya hacéis— mis intenciones por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por nuestros hermanos y hermanas enfermos o con dificultades de cualquier tipo, para que sepan sobrenaturalizarlas y unirlas a la Cruz del Señor, apoyados todos y todas en la intercesión segura de la Madre de Dios y Madre nuestra.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Cracovia, 1 de agosto de 2016.

11 de agosto de 2016

TIEMPO ORDINARIO 19a SEMANA JUEVES

Mateo 18,21-35.19,1.

Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?". 
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. 
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. 
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. 
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo". 
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. 
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'. 
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'. 
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. 
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. 
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'. 
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. 
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos". 
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.