"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

12 de julio de 2021

Amar al prójimo es amar a Dios.



Evangelio (Mt 10,34-11,1)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles:


- No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su misma casa. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará. Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.



Cuando terminó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.


Comentario


Las palabras de Jesús a veces sorprenden a los Apóstoles: “No he venido a traer la paz sino la espada”. El anuncio cristiano es una llamada exigente que afecta toda la vida del hombre, incluso las relaciones familiares.


La referencia al enfrentamiento en las familias traído por Jesús recuerda y cumple la profecía de Miqueas: “El hijo ultraja al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera, contra su suegra: los enemigos del hombre son los de su propia casa. Pero yo miraré al Señor, esperaré en Dios mi salvador; mi Dios me escuchará” (Mi 7,6-7). No se trata de fomentar las divisiones sino más bien de poner el amor a Dios por encima de todo, a pesar de que a veces comporte sacrificios.


Seguir a Cristo en nuestra vida puede llevarnos a defraudar las expectativas de nuestros familiares o amigos, pero eso no tiene que asustarnos. El Señor se sirve de esas aparentes decepciones para confirmar que es Él quien mueve los corazones, quien guía a la plenitud de la felicidad en ese mundo.


Enseguida el Maestro ofrece la clave para entender este misterio: “Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”. El amor a los demás tiene que ser el camino para amar a Dios. Se trata del mandamiento revelado en la última cena: “como yo os he amado, amaos los unos a los otros” (Jn 15,12).


Cuando nos cueste más amar a alguien podemos recordar esta verdad evangélica: el amor a Dios se realiza en el amor a nuestro próximo, no “como si fuera Él” sino como a Él. Amar al prójimo es amar a Dios.


PARA TU ORACION PERSONAL


Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano. Así nos lo enseña Jesucristo. Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso.


Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, -el buen olor de Cristo- el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman!


Quiero hablar de vida diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo seremos? El bonus odor Christi se advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión, sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría.


Es Cristo que pasa, 36


Piensa en los demás


Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás


Es Cristo que pasa, 18




No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales. María lleva a Jesús, y Jesús es primogenitus in multis fratribus, primogénito entre muchos hermanos. Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás.


Es Cristo que pasa, 145


Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.


—¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!


Camino, 440


Que nadie nos sea indiferente


Los problemas de nuestros prójimos han de ser nuestros problemas. La fraternidad cristiana debe encontrarse muy metida en lo hondo del alma, de manera que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús, que lo crió, lo educó y lo acompañó durante su vida terrena y que ahora está junto a El en los cielos, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado, que se nos hace presente en las necesidades de nuestros hermanos los hombres.


Es Cristo que pasa, 145


Con obras y de verdad


Si no te veo practicar la bendita fraternidad, que de continuo te predico, te recordaré aquellas palabras entrañables de San Juan: "Filioli mei, non diligamus verbo neque lingua, sed opere et veritate" —Hijitos míos, no amemos con la palabra o con la lengua, sino con obras y de verdad.


Camino, 461


Propósito sincero: hacer amable y fácil el camino a los demás, que bastantes amarguras trae consigo la vida.


Surco, 63


Cuando te cueste prestar un favor, un servicio a una persona, piensa que es hija de Dios, recuerda que el Señor nos mandó amarnos los unos a los otros.


—Más aún: ahonda cotidianamente en este precepto evangélico; no te quedes en la superficie. Saca las consecuencias —bien fácil resulta—, y acomoda tu conducta de cada instante a esos requerimientos.


Surco, 727


Amor a los demás por amor a Dios


El amor a Dios debe comprender el amor a quienes Dios ama. «Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,19-21). No se puede amar a Dios sin amar a todos los hombres, creados por Él a su imagen y semejanza y llamados a ser hijos suyos por la gracia sobrenatural (cfr. Catecismo, 2069).


«Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios» [13]:


a) portarse como hijo de Dios, como otro Cristo. El amor a los demás tiene como regla el amor de Cristo: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Jn 13,34-35). El Espíritu Santo ha sido enviado a nuestros corazones para que podamos amar como hijos de Dios, con el amor de Cristo (cfr. Rm 5,5). «Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con El» [14].


b) ver en los demás a hijos de Dios, a Cristo: «cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Querer para ellos su verdadero bien, lo que Dios quiere: que sean santos y, por tanto, felices. La primera manifestación de caridad es el apostolado. También lleva a preocuparse de sus necesidades materiales. Comprender –hacer propias– las dificultades espirituales y materiales de los demás. Saber perdonar. Tener misericordia (cfr. Mt 5,7). «La caridad es paciente, es amable, no es envidiosa, (...) no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal...» (1 Co 4-5). La corrección fraterna (cfr. Mt 18,15).


5. El amor a uno mismo por amor a Dios


El precepto de la caridad menciona también el amor a uno mismo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Mt 22,39). Hay un recto amor a uno mismo: el amor de sí por amor a Dios. Lleva a buscar para uno mismo lo que Dios quiere: la santidad y, por tanto, la felicidad (con sacrificio en esta tierra, con Cruz). Hay también un desordenado amor a sí mismo, el egoísmo, que es un amor a uno mismo por uno mismo, no por amor a Dios. Es poner la propia voluntad por encima de la de Dios y el propio interés por encima del servicio a los demás.


El recto amor a uno mismo no se puede dar sin lucha contra el egoísmo. Comporta abnegación, entrega de sí a Dios y a los demás. «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). El hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» [15].

11 de julio de 2021

EL APOSTOL QUE DISFRUTA SIEMPRE

 


Evangelio (Mc 6,7-13)


Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía:


—Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.


Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.


Comentario


El evangelio de la misa de hoy nos muestra a Jesús enviando a los Doce, de dos en dos, a predicar la conversión y a sanar y liberar a los oprimidos por el diablo. Jesús les pide hacer aquello por lo que luego lo recordará Pedro en uno de sus discursos en los Hechos de los Apóstoles: “A Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y (…) pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38). Misión esta con la que todos nos sentimos identificados. Pero el escueto texto del Evangelio según Marcos dice mucho más de lo que parece, y a desentrañarlo nos ayudan las demás lecturas que hoy se leen en misa.


En la primera de ellas nos habla el profeta Amós: “Yo no soy profeta, ni hijo de profeta; sino ganadero y cultivador de sicomoros. El Señor me tomó de detrás del rebaño; el Señor me mandó: «Vete, profetiza a mi pueblo Israel»” (Am 7,15). Lo que la breve primera lectura de la misa de hoy nos ilumina sobre el evangelio es precisamente esta convicción de que es Dios el que llama al profeta: el verdadero profeta no se mueve por motivos humanos ni predica un mensaje a gusto del oyente. Hay en él humildad y valentía al mismo tiempo: la valentía que da la seguridad de ser portador de un mensaje divino, un mensaje que es amor y misericordia porque es invitación a la una conversión de la que depende la vida.


Esto mismo lo vamos a escuchar en el salmo: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón” (Sal 85,9). Amigos son los que escuchan la palabra de Dios; ¡todos están llamados a ser amigos! Pero algunos escuchan y otros no. Así, el profeta es no solo enviado con un mensaje sino también con la misión de intentar abrir los corazones de los oyentes, al menos con una pequeña rendija, para que el mensaje divino entre en ellos y haga su labor. El profeta no ha sido enviado para condenar, sino para hablar de la salvación de Dios, de su amor y su misericordia. Y para recordar a todos que, lejos de Dios, en manos del pecado, no hay vida posible.


Al profeta, al apóstol, le ha sido otorgada una gran potestad. Y esto no debemos olvidarlo: “No descuides el don que hay en ti” (1Tm 4,14). Pero esa potestad va unida a la firme convicción de que toda autoridad tiene su fuente en Dios y, en el caso del profeta o apóstol, de que es para la misión apostólica. El enviado, como nos recuerda Marcos, lleva consigo lo imprescindible para ayudarse en el camino: un bastón. El enviado es un caminante, que va de casa en casa, de corazón en corazón, llevando la luz y la curación que trae el Evangelio, que es Cristo, y que obra poderosamente a través del Espíritu. La acción del profeta manifiesta que el Reino de Dios está ya aquí, entre nosotros, precisamente por esa acción sanadora de cuerpos y de espíritus.


Esa acción poderosa de la predicación tiene su fuente en el mismo Evangelio, cuya predicación es el primer salario que recibe el que evangeliza, como dice San Pablo: “¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente” (1Co 9,18). Pero para que esto sea así, lo que ha de entregarse es el Evangelio que uno ha recibido, la fe apostólica, a la que el mismo Pablo llama escudo (Ef 6,16). La segunda lectura de la misa de hoy es un maravillo resumen de esa fe, en cuyo corazón está el plan eterno de Dios: la llamada de los hombres a ser sus hijos, a ser santos e irreprochables ante Él por el amor, y sobre los que ha derramado sobreabundantemente las riquezas de su gracia con toda sabiduría y prudencia (cfr. Ef 1,3-14).


Las lecturas de la misa de hoy nos recuerdan a qué hemos sido llamados y la grandeza de la condición apostólica de los cristianos, con los que Dios cuenta para hacer conocer a todos su maravilloso designio: ¡hemos de entrar en todas las casas para llevar a cada hogar la luz del Evangelio! (cfr. Mc 16,15-18). La mayor fortaleza que tiene el cristiano radica en haber interiorizado el evangelio y haberlo hecho vida propia: el saberse así amados desde la eternidad, el saberse llamados a algo tan grande, el saber que Dios cuente con nosotros, la experiencia de su misericordia. Todo esto nos empuja a preguntarnos hasta qué punto hemos dejado que el Evangelio entre en nuestro corazón para transformarnos. La fuerza y la convicción con la que hablemos de Dios a cada persona depende de eso.


TEXTO PARA HACER UN RATO DE ORACION


La  oración nos ayuda precisamente a comprender el privilegio de esa elección, la suerte que nos ha tocado al participar en esa misión. Cristo quiere que nos sintamos colaboradores suyos y que, en nuestra pequeñez, lo seamos realmente. De que nos animemos a poner nuestras manos en las redes de Cristo «dependen muchas cosas grandes»[4]. Después, es él quien lo hará todo y, además, nos ofrece a menudo también el premio: «Ni tan siquiera vimos la batalla y, con todo, obtuvimos la victoria; fue el Señor quien luchó, y nosotros quienes hemos sido coronados»[5]. Cristo nos regala la capacidad de disfrutar de la misión, de llevarnos la mejor parte, de apuntarnos el tanto, también cuando algunas veces no veamos exteriormente los frutos. Dios ha prometido que sus elegidos «no trabajarán en vano» (Is 65,23) y su promesa debería bastarnos.



Para que sean felices


San Josemaría estaba a punto de abandonar uno de sus refugios durante la guerra civil española cuando dirigió la meditación en voz alta a los que le acompañaban. Les contó un proyecto que llevaba muy dentro: deseaba escribir, cuando fuera posible, un pequeño librito que titularía Tratado de la felicidad o, simplemente, De la felicidad. Les leyó el posible inicio: «Jesús y yo queremos que seas feliz, aquí y en el otro mundo»[6]. Aunque ese libro no llegó a ver la luz, ese comienzo vale la pena por sí solo. Así podría definirse nuestra misión como apóstoles: junto a Jesús, tratar de hacer felices a los demás.


Cristo desea hacernos canales de su gracia, de sus milagros; al llamarnos a su barca nos ha regalado la sed de su corazón. Todos tenemos, gracias al bautismo, alma sacerdotal, es decir, la capacidad de ser mediadores; nos ha enviado para dar fruto y para que nuestro fruto dure (cfr. Jn 15,16). Y justamente eso es lo que significa disfrutar: percibir o gozar los productos y utilidades de algo. Es posible que algunas veces nos fijemos solo en las dificultades. Es, entonces, la hora de rezar, de descubrir que el protagonista es el Espíritu Santo. Es el tiempo de la oración y del sacrificio que, aunque podrían parecer poco eficaces, en realidad son el remedio de los males más profundos que afligen al mundo. Otras veces, en cambio, sí veremos el fruto de nuestros esfuerzos y nos llenaremos de acciones de gracias. En ambos casos Dios quiere que gocemos de nuestra misión, que la saboreemos, que paladeemos el amor de Jesús por las almas.


Sucede que cuando rezamos nos vamos llenando de aquella locura de su corazón, la que le movió a abajarse hasta hacerse uno como nosotros; la locura que le llevó a Belén y que le condujo a la cruz; la locura que le mantiene en el sagrario esperándonos. «El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo, y tiene estos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer»[7]. Y, lleno de ese fervor, el apóstol se lanza a la aventura de compartir su experiencia, compartir la felicidad de Dios, la felicidad de un creador arrebatado por el frágil cariño de sus criaturas. Es tan sencillo acompañarle, perseverar junto a él: bastan la oración y el sacrificio, algo asequible, al alcance de cualquier fortuna.



El apostolado de soñar


El Papa nos pide «soñar cosas grandes, buscar horizontes amplios, atreverse a más, querer comerse el mundo, ser capaz de aceptar propuestas desafiantes»[8]. Soñar es gratis pero, para hacerlo, también hace falta que demos prioridad a la oración. En ese sentido, la santa Misa puede ser el lugar idóneo ya que se trata de la inmensa posibilidad que tenemos de introducirnos en la plegaria, en la entrega y en el agradecimiento de Jesucristo.


El beato Álvaro nos recuerda esta gran oportunidad, ya que «en la Santa Misa hallamos el remedio para nuestra debilidad, la energía capaz de superar todas las dificultades de la labor apostólica. Convenceos: para abrir en el mundo surcos de amor a Dios, ¡vivid bien la Santa Misa! Para llevar a cabo la nueva evangelización de la sociedad, que nos pide la Iglesia, ¡cuidad la Santa Misa! Para que el Señor nos mande vocaciones con divina abundancia y para que se formen bien, ¡acudid al Santo Sacrificio!: ¡importunad un día y otro al Dueño de la mies, bien unidos a la Santísima Virgen, llenando de peticiones vuestra Misa!»[9]. Cuando estamos de frente al altar del santo sacrificio es un momento ideal para soñar, para pedir sin cansarnos. Cuando rezamos con Cristo —y eso es lo que hacemos en la santa Misa— nos atrevemos nuevamente a lanzar la red en el mismo lugar donde tal vez ya hemos fracasado anteriormente, cuando trabajábamos solos.


El verdadero apóstol está centrado en su maestro y el solo hecho de trabajar en su viña, junto a él, es ya el mejor salario (cfr. Mt 20,1-16). Por eso, al invitar a otros para que se unan en su tarea, el apóstol ciertamente «insiste con ocasión y sin ella» (2 Tm 4,2), pero lo hace con la creatividad del amor que sugiere y que abre horizontes. Precisamente porque lo que desea es hacer felices a sus amigos, no les obliga. Si algún día tenemos que insistir, no estamos siendo pesados con los demás, puesto que no hacemos más que seguir el suave mandato de Cristo. El apóstol busca seguir el mismo estilo de un Dios enamorado pero respetuoso y delicado, enemigo de forzar ninguna conciencia; ese estilo es el que más atrae, el que más empuja.


San Josemaría también invitaba a la gente que le rodeaba a soñar en grande porque sabía que, cuando lo hacemos, nos encendemos, se enciende un fuego que nos da ánimos para poner en juego nuestros talentos. Por eso, nos equivocaríamos si contraponemos oración y acción. Sería igual de erróneo pensar que todo depende de la acción, como conformarnos con una oración que no nos moviera a hacer lo imposible por acercar a un alma a Jesús. Quizá esto segundo puede ser en ocasiones más difícil porque conocemos bien nuestras resistencias y nuestra tendencia a la comodidad. Sin embargo, nuestro trabajo de apóstoles, incluso cuando nos sentimos «siervos inútiles», siempre da fruto (cfr. Lc 17, 10).


Los frutos, pues, no se compran. No solo valen mucho más de lo que nunca podremos reunir, sino que ni siquiera están a la venta: son gratis y Dios los concede cuando quiere y como quiere, ya que «vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,8). Podríamos decir que los frutos se sueñan. En ese sentido, el principal fruto de la oración y de la mortificación se queda en nosotros. La relación con Jesús que puede surgir de ese abandono en él nos libera de la tentación de pensar que todo depende de nosotros.


Almas animosas


Puede suceder que, con más frecuencia de la que pensamos, vivamos nuestra misión con una perspectiva que tiene poco en cuenta los tiempos y los modos de Dios. Aquello nos puede suceder, por ejemplo, cuando la aparente falta de frutos nos quita la paz o nos entristece. Quizá puede manifestarse en la poca audacia para emprender iniciativas nuevas o cuando nos apegamos a algunos modos de hacer que nos dan seguridad. No es difícil que, entonces, a veces surja en nosotros la tendencia a reprochar a los demás su falta de compromiso o a juzgar interiormente. Pero estas actitudes no son propias de un apóstol porque no son las actitudes que tuvo Cristo. Al contrario, como dice santa Teresa, «conviene mucho no apocar los deseos, pues Su Majestad es amigo de almas animosas»[10]. El verdadero apóstol lo es veinticuatro horas al día. Ha comprendido con profundidad su misión y de dónde proviene la eficacia. Sabe que Dios cuenta con su libertad y que, al mismo tiempo, todo depende de la gracia, que es un misterio. Sueña con lo que el amor de Dios puede hacer en el mundo y procura poner todo lo que está de su parte por hacerlo presente entre la gente que tiene cerca.


San Josemaría, después de hablar del título del librito que quería escribir, relataba las líneas generales de su naciente proyecto: «Sin estilo machacón, sin el tono pretencioso de quien pretende escribir máximas, anotaría tres o cuatro ideas madres con lenguaje afectivo, familiar, que sonasen como confidencias en los oídos»[11]. Esa es nuestra misión: ayudar a Cristo a remover y caldear los corazones. Algo que exige, más que ninguna otra cosa, un ambiente de afecto, de cercanía y, en una palabra, de amistad.


* * *


Con la oración y con la mortificación nos liberamos de hacer solo nuestra misión y, en cambio, la sumamos a la de Cristo. Entendemos, por fin, su forma de salvar, su respeto exquisito de la libertad, su modo de invitar y su paciencia para esperar. Jesús nos libera de nosotros mismos para hacernos fecundos, felices, para que disfrutemos con su misión. Podemos acudir a la reina de los apóstoles, maestra de oración, para que nos ayude a disfrutar de esta inmensa alegría: «Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. –Y cómo logra»[12].


9 de julio de 2021

NO TENGAN MIEDO

 

Evangelio (Mt 10, 24-33)


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos “No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus criados! «No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no llegue a descubrirse, ni oculto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde la azotea.


«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un céntimo? Pues bien, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre.


En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.


Comentario


En este pasaje, Jesús nos habla de nuestros miedos. “No tengáis miedo” de proclamar el Evangelio. Nos llama a no ser cristianos en la oscuridad, sino cristianos a plena luz. Hoy día, existe el peligro de reducir la fe al ámbito privado, a pensar que mi fe la practico por mi cuenta, desvinculada de mi relación con los demás. La sociedad moderna nos presiona para que no difundamos el Evangelio, que lo mantengamos en nuestro fuero interno. Tenemos el peligro de convertirnos en cristianos de puertas adentro, de que nuestra vida cristiana no se vea reflejada en nuestra vida social y profesional. Jesús, en cambio, nos muestra un camino muy diverso “Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz”. Nos llama a ser testigos suyos en el mundo, a llevar su mensaje a todos los lugares de la tierra. A dar luz a los hombres, a llevar a Cristo en medio de todas nuestras circunstancias ordinarias del día a día, a todas las personas que nos rodean.


Otro de nuestros miedos, es el miedo a las personas que pretenden arrinconarnos a los cristianos. “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Los dueños de nuestra alma somos nosotros mismos, gobernamos nuestra propia vida, nuestro propio camino. Tan solo, debemos temer a los que buscan que caigamos en el pecado.


Jesús nos da la clave para superar nuestros miedos: el valor de ser hijos de Dios. No solo somos valiosos por ser imagen y semejanza de Dios, sino que Él nos ha hecho Sus hijos. Y al ser hijos, somos amados de forma absoluta por Dios. Queridos no por lo que hacemos, ni por cómo lo hacemos, sino por lo que somos: hijos amadísimos de Dios.


Esa confianza con nuestro Padre Dios, nos hace capaces de llevar a la oración con Dios todas nuestras realidades: nuestras fatigas, nuestros sufrimientos, nuestro compromiso cotidiano por ser cristianos. Todas nuestras actividades ordinarias son importantes para Dios “hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados”. Con esa cercanía de un hijo con Su Padre, los miedos desaparecen. Esa certeza de ser amados nos lleva a ser capaces de dar testimonio de Jesús en el mundo.


PARA TU ORACION PERSONAL


Pasas por una etapa crítica: un cierto temor vago; dificultad en adaptar el plan de vida; un trabajo agobiador, porque no te alcanzan las veinticuatro horas del día, para cumplir con todas tus obligaciones... ¿Has probado a seguir el consejo del Apóstol: “hágase todo con decoro y con orden”?, es decir, en la presencia de Dios, con Él, por Él y sólo para Él. (Surco 512)


¿Y cómo conseguiré -parece que me preguntas- actuar siempre con ese espíritu, que me lleve a concluir con perfección mi labor profesional? La respuesta no es mía, viene de San Pablo: trabajad varonilmente y alentaos más y más: todas vuestras cosas háganse con caridad. Hacedlo todo por Amor y libremente; no deis nunca paso al miedo o a la rutina: servid a Nuestro Padre Dios.


Me gusta mucho repetir -porque lo tengo bien experimentado- aquellos versos de escaso arte, pero muy gráficos: mi vida es toda de amor / y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, / que no hay amante mejor / que aquel que ha sufrido mucho. Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás -precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano- las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad!


Sucede, sin embargo, que algunos -son buenos, bondadosos- aseguran de palabra que aspiran a difundir el ideal hermoso de nuestra fe, pero en la práctica se contentan con una conducta profesional ligera, descuidada: parecen cabezas de chorlito. Si tropezamos con estos cristianos de boquilla, hemos de ayudarles con cariño y con claridad; y recurrir, cuando fuere necesario, a ese remedio evangélico de la corrección fraterna: si alguno, como hombre que es, cayere desgraciadamente en alguna falta, al tal instruidle con espíritu de mansedumbre, estando atento con uno mismo, para no caer en la misma tentación. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. (Amigos de Dios, nn. 68-69)


JESÚS, ANTES de subir a la cruz por amor a cada hombre y cada mujer, quiere elevarnos hasta la altura de su amor. El Señor quiere, de alguna manera, ponernos a su mismo nivel, regalarnos todo lo que tiene, todo lo que ha recibido. Por eso nos ofrece su intimidad con Dios Padre. «Yo les he dado la gloria que Tú me diste» (Jn 17,22), leemos en el evangelio de la Misa de hoy. Jesús quiere que el Padre, de alguna manera, nos mire con el mismo orgullo con que le mira a él. Y para heredar todo este patrimonio es importante comprender, ante todo, «que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios (...). Si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de la misma vida un don»[1].


Jesús nos regala el Espíritu Santo, el dador de todos los dones, el amor que hay entre Dios Padre y él. Y con él nos da uno de sus frutos: la longanimidad, que es grandeza de ánimo ante las dificultades. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes»[2], decía san Josemaría. Hemos sido llamados a recibir un amor infinito, pero muchas veces nuestra capacidad no se corresponde con las ansias de dilatarse que han sido regaladas a nuestro corazón. Es posible que, con frecuencia, nos concentremos demasiado en nuestras debilidades y pecados. Sin embargo, el Espíritu Santo siempre nos empuja a mirar hacia arriba, a contemplar el horizonte, a levantarnos con más fuerza. No son nuestras obras solas las que conquistan la santidad, ni siquiera son lo más importante: es Dios quien hace que nuestra entrega, esa pequeña semilla de mostaza, se multiplique y sirva para dar sombra a tantos.


«CUANDO LA VIDA de nuestras comunidades atraviesa períodos de “flojedad”, donde se prefiere la tranquilidad doméstica a la novedad de Dios, es una mala señal. Quiere decir que se busca resguardarse del viento del Espíritu. Cuando se vive para la autoconservación y no se va a los lejanos, no es un buen signo. El Espíritu sopla, pero nosotros arriamos las velas. Sin embargo, tantas veces hemos visto obrar maravillas. A menudo, precisamente en los períodos más oscuros, el Espíritu ha suscitado la santidad más luminosa. Porque él es el alma de la Iglesia, siempre la reanima de esperanza, la colma de alegría, la fecunda de novedad, le da brotes de vida. Como cuando, en una familia, nace un niño: trastorna los horarios, hace perder el sueño, pero lleva una alegría que renueva la vida, la impulsa hacia adelante, dilatándola en el amor. De este modo, el Espíritu trae un “sabor de infancia” a la Iglesia. Obra un continuo renacer. Reaviva el amor de los comienzos. El Espíritu recuerda a la Iglesia que, a pesar de sus siglos de historia, es siempre una veinteañera, la esposa joven de la que el Señor está apasionadamente enamorado. No nos cansemos por tanto de invitar al Espíritu a nuestros ambientes, de invocarlo antes de nuestras actividades: “Ven, Espíritu Santo”»[3].


La Iglesia camina hacia Pentecostés con la esperanza de alcanzar este don. Quiere llenarse de longanimidad: «No mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu palabra...»[4], decimos en la Santa Misa. No queremos distraernos con una visión de corto alcance. Queremos fijar la mirada en lo definitivo, en lo que no pasa, en el amor de Dios por cada uno. San Josemaría nos animaba siempre a tener la mirada puesta en el horizonte: «No contempléis nada sólo con ojos humanos, hijas e hijos míos. No miréis con la nariz pegada al muro, porque entonces no veríais más que un poco de pared, algo de suelo y la punta de vuestros zapatos, que ni siquiera estarán limpios porque se habrán manchado con el polvo del camino. Alzad la cabeza, veréis el cielo, azul o nublado, pero esperando vuestro vuelo. Los obstáculos de la sensualidad, de la soberbia, de la vanidad; en una palabra, de la idiotez humana, no son tan altos que puedan, si nosotros no queremos, cegarnos por completo la vista»[5].


«LES HE DADO a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26), continúa diciendo Jesús en el evangelio de hoy. En algunos momentos llama la atención cómo los apóstoles, elegidos por Cristo desde toda la eternidad, a veces no eran demasiado conscientes de lo que sucedía a su alrededor. Pero, en realidad, así somos también nosotros tantas veces, que nos distraemos en lo más inmediato: «Muchas veces nuestra vida está planteada según la lógica del tener, del poseer, y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide que pierdan algo de sí mismas, se echan atrás, tienen miedo de las exigencias de la fe. Existe el temor de tener que renunciar a algo bello, a lo que uno está apegado; el temor de que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos (...). Debemos saber reconocer que perder algo, más aún, perderse a sí mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar más plenamente. Quien se encomienda a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado. Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo»[6].


Lo contrario a la longanimidad es el miedo, el apocamiento, las ganas de asegurar todo, de no arriesgar nada. Dejarse vencer por el miedo es lo más fácil pero también intuimos a dónde conduce ese camino. El Espíritu libera nuestros corazones encerrados en el miedo. Transforma nuestra vida, pero lo hace a su estilo: «El cambio del Espíritu es diferente: no revoluciona la vida a nuestro alrededor, pero cambia nuestro corazón; no nos libera de repente de los problemas, pero nos hace libres por dentro para afrontarlos; no nos da todo inmediatamente, sino que nos hace caminar con confianza (...). ¿Cómo lo hace? Renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado. Este es el gran cambio: de culpables nos hace justos y, así, todo cambia, porque de esclavos del pecado pasamos a ser libres, de siervos a hijos, de descartados a valiosos, de decepcionados a esperanzados. De este modo, el Espíritu Santo hace que renazca la alegría, que florezca la paz en el corazón»[7].


«Proclama mi alma las grandezas del Señor» (Lc 1,46). Le pedimos a nuestra Madre que descubramos como ella la grandeza del Señor y nos dejemos encender por el fuego del Espíritu para incendiar, así, toda la tierra.


AHOGAR EL MAL CON ABUNDACIA DE BIEN


 

Evangelio (Mt 10,16-23)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: Mirad que Yo os envío como a ovejas en medio de lobos: ¡Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas!


Pero cuidado con los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas. A causa de mí, seréis llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los gentiles.


Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo vais a hablar o qué vais a decir: lo que debáis decir se os dará a conocer en ese momento, porque no serán vosotros los que hablaréis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los matarán. Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, y si os persiguen en esta, huid a una tercera. Os aseguro que no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel, antes que llegue el Hijo del hombre.


Comentario


Jesús nos previene de las dificultades, somos “ovejas en medio de lobos”. La vida del cristiano, muchas veces, no es sencilla, conlleva sufrimiento, dolor, contradicción. Hoy día, nos movemos en un ambiente que no es cristiano, igual que en tiempos de los apóstoles. Pero el ambiente no puede ser una excusa para no evangelizar.


Ante esta situación, Jesús nos da la receta: dar testimonio. Tantas veces, los cristianos nos vemos cohibidos por un ambiente adverso que nos sirve como excusa para no evangelizar. Jesús conoce que nos envía a los lobos, aun así, nos alienta a ser testigos suyos.


Ante esta situación, Jesús nos anima a hacer el bien. La violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida. San Josemaría, decía “tenemos que ahogar el mal en abundancia de bien” (864 Surco).


Jesús nos anima a confiar en el Espíritu Santo, sin miedo a ir contracorriente. Es una gracia que debemos pedir al Señor. Ser coherentes, vivir como cristianos.


Ante esta aparente paradoja que supone ser ovejas en medio de lobos, Jesús nos hace mirar más allá. El cristiano es oveja, pero cuenta con la ayuda del Espíritu Santo, cuenta con la ayuda de la gracia. Y Dios puede más que cualquier manada de lobos.


En los momentos en que perdamos la visión positiva y nos sintamos abatidos por el mal del mundo o de nuestra vida, dirijamos nuestra oración al Cielo y mantengamos la confianza en que Dios ha vencido al mundo.


PARA TU ORACION PERSONAL 


Respeto y caridad


Nos sorprendía al principio la actitud de los discípulos de Jesús ante el ciego de nacimiento. Se movían en la línea de ese refrán desgraciado: piensa mal, y acertarás. Después, cuando conocen más al Maestro, cuando se dan cuenta de lo que significa ser cristiano, sus opiniones están inspiradas en la comprensión.


En cualquier hombre —escribe Santo Tomás de Aquino— existe algún aspecto por el que los otros pueden considerarlo como superior, conforme a las palabras del Apóstol "llevados por la humildad, teneos unos a otros por superiores" (Philip. II, 3). Según esto, todos los hombres deben honrarse mutuamente. La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona —por su honor, por su buena fe, por su intimidad—, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y de la justicia.


La caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador. Por eso, los atentados a la persona —a su reputación, a su honor— denotan, en quien los comete, que no profesa o que no practica algunas verdades de nuestra fe cristiana, y en cualquier caso la carencia de un auténtico amor de Dios. La caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad.


Espero que seremos capaces de sacar consecuencias muy concretas de este rato de conversación, en la presencia del Señor. Principalmente el propósito de no juzgar a los demás, de no ofender ni siquiera con la duda, de ahogar el mal en abundancia de bien, sembrando a nuestro alrededor la convivencia leal, la justicia y la paz.


Y la decisión de no entristecernos nunca, si nuestra conducta recta es mal entendida por otros; si el bien que —con la ayuda continua del Señor— procuramos realizar, es interpretado torcidamente, atribuyéndonos, a través de un ilícito proceso a las intenciones, designios de mal, conducta dolosa y simuladora. Perdonemos siempre, con la sonrisa en los labios. Hablemos claramente, sin rencor, cuando pensemos en conciencia que debemos hablar. Y dejemos todo en las manos de Nuestro Padre Dios, con un divino silencio —Iesus autem tacebat, Jesús callaba—, si se trata de ataques personales, por brutales e indecorosos que sean. Preocupémonos sólo de hacer buenas obras, que El se encargará de que brillen delante de los hombres.


A nuestra reincidencia en el mal, responde Jesús con su insistencia en redimirnos, con abundancia de perdón (Via Crucis, VII estación). Valen tanto los hombres, su vida y su felicidad, que el mismo Hijo de Dios se entrega para redimirlos, para limpiarlos, para elevarlos (Es Cristo que pasa, 165). Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien (Surco, 864). Acostúmbrate a apedrear a esos pobres «odiadores», como respuesta a sus pedradas, con Avemarías (Forja, 650).


Buen Jesús, yo reconozco que, cuando me siento ofendido, comienza a hervir dentro de mí el deseo del desquite. ¡Exactamente lo que Tú no hiciste! ¡Qué difícil es contener la fantasía de las venganzas pequeñas o grandes que mi imaginación construye. Y, sin embargo, sé que debería pensar en perdonar! Haz, Señor, que, cuando me sienta así, vengan a mi memoria tus palabras: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan” (Mt 5, 44), y las de San Pablo: “no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Rm 12, 21). Yo te suplico, Señor, que la meditación de las palabras de San Josemaría para el día de hoy despierten en mí, por su intercesión, decisiones de rezar siempre por los que me causan un mal y de desearles el bien, de “ahogar el mal en abundancia de bien”.


“Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”. En esta expresión de Jesús “habéis oído”, ciertamente se refiere a los preceptos en los que “traducen” la ley los sacerdotes y maestros de la Ley, un modo de entender e interpretar la Ley de Dios que queda desautorizada por lo que les dice enseguida: “pero yo os digo”. Cristo con la misma autoridad de quien dio la Ley al pueblo de Israel la explica y da su sentido pleno. La justicia que proponían no tiene su origen en la caridad, lejos de estar animada por ella, sino más bien parece que tiene su fundamento en la venganza, eso sí, tratando de ordenarla para que no se exceda: “ojo por ojo” pone un límite a la venganza; pero ese es ámbito en el que mueve esa interpretación de la Ley de Dios, que se convierte en ley – así, en minúscula – humana. “El que quiere vengarse, jamás produce justicia. Tan pronto como uno comienza a defenderse contra la injusticia, despierta el odio en el propio corazón, y el resultado es una nueva injusticia” (Romano Guardini, “El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo”).


Pero también podemos leer una enseñanza más onda para cada uno: “has oído: ojo por ojo”, pero esa es la voz del pecado, del amor de generosidad destruido por el pecado que habita en nosotros. “Yo”, la voz del Espíritu Santo en tu conciencia te digo: renuncia al odio y a la venganza, recorre el camino del perdón y la misericordia, como nos dice San Pablo: “No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien (Rm 12, 21). Sólo el amor vence al odio, “el amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido”. Con cuanta fuerza e insistencia nos ha enseñado San Juan Pablo II esto con su vida y su palabra. No debemos dejarnos engañar por nuestra debilidad, por el maligno. Aquel que es la Verdad, y que la Verdad nos trae la auténtica libertad nos insiste, porque sabe lo que hay en el corazón del hombre y conoce su verdadero bien: No hagáis frente al que os agravia, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.


“El que quiere vengarse, jamás produce justicia. Tan pronto como uno comienza a defenderse contra la injusticia, despierta el odio en el propio corazón, y el resultado es una nueva injusticia” -Pasaje de: Guardini, Romano. “El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesucristo.” –


La cuestión es cómo podemos vivir así, según este programa de vida, vivir vida verdaderamente humana, una vida que nos conduce por el camino de felicidad porque nos conduce la vida eterna. Sólo hay un modo: “mirar a Cristo”, no apartar nuestros ojos de él, de quien inicia y consuma nuestra fe, de aquel que, despreciando la ignominia, soportó en la cruz la violencia de nuestros pecados, y que está sentado a la diestra del trono de Dios (cf. Hb 12,2). Viviendo de la gracia de Cristo que nos renueva cada día desde dentro y nos convierte de pecador en siervos buenos y fieles (cfr. Mt 25, 21). “La gracia de Dios no es tanto objeto de conquista, cuanto de disponible y gozosa aceptación, como para recibir un don, sin ponerle impedimentos. Esto es posible concretamente, ante todo, mediante una actitud de profunda oración, que lleva consigo precisamente entablar un diálogo con el Señor; luego, mediante una actitud de sincera humildad, puesto que la fe es precisamente la adhesión de la mente y del corazón a la Palabra de Dios; y, finalmente, mediante un comportamiento de auténtica caridad, que deje traslucir todo el amor, del que nosotros ya hemos sido objetos por parte del Señor” (San Juan Pablo II, homilía en la parroquia de Nuestra Señora de Coromoto (15-III-1981)


Madre Nuestra, intercede por nosotros para que tu Hijo nos haga partícipes de su fuerza, para que la gracia de su bondad apresure la salvación que retrasan nuestros pecados.



8 de julio de 2021

Siendo rico, se hizo pobre por vosotros

 



Evangelio (Mt 10,7-15)


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento.


Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquel pueblo.


Comentario


El evangelio de la misa de hoy nos muestra la misión universal del cristiano: predicar el Evangelio.


Jesús nos enseña que predicar el Evangelio incluye tanto las obras de misericordia materiales como las espirituales. No solo es resucitar a los muertos entendido como buscar que todas las personas alcancen la vida eterna. Jesús también quiere que busquemos mejorar las condiciones materiales de las personas necesitadas: que cuidemos enfermos, limpiemos leprosos, etc… Nos recuerda que debemos buscar mejorar las condiciones de vida de aquellos que sufren, debemos buscar su bien material.


Pero Jesús no se queda en un plano puramente material, sino que quiere que todo hombre conozca el Evangelio, conozca Su mensaje. Cada cristiano está llamado a llevar el mensaje de alegría del cristiano. El que busca a Cristo no necesita nada más, es Cristo el que llena por completo las ansias de felicidad del hombre. Cristo es la respuesta, él colma al hombre por completo.


Tantas veces, nos aferramos a los bienes materiales. Intentamos tener siempre más. Ponemos nuestra felicidad en las cosas materiales. Jesús nos recuerda que debemos desprendernos de lo material para poder aferrarnos sólo a Él. En nuestra vida, muchas veces prevalece el tener al ser. Y Jesús nos recuerda que, para cumplir la misión de predicar el Evangelio, no necesitamos tener cosas, sino fiarnos de Jesús al cien por cien.


Muchas personas se encuentran desconsoladas por el sufrimiento y el dolor. El cristiano está llamado a ayudar al que sufre. Pero también a mirar más arriba, a mirar a Jesús, a mirar el Reino de los Cielos. Podemos pedirle a Jesús que nos transmita y contagie el afán por evangelizador a los que nos rodean.


PARA TU ORACION PERSONAL


Este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo —verdaderamente inefable— a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra.


Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris, nos amonestaba nuestra Madre la Iglesia, al iniciarse la Cuaresma, con el fin de que jamás olvidásemos que somos muy poca cosa, que un día cualquiera nuestro cuerpo —tan lleno de vida ahora— se deshará, como la ligera nube de polvo que levantan nuestros pies al andar; se disipará como niebla acosada por los rayos del sol.


Ejemplo de Cristo


Pero yo quisiera, después de recordaros tan crudamente nuestra personal insignificancia, encarecer ante vuestros ojos otra estupenda realidad: la magnificencia divina que nos sostiene y que nos endiosa. Escuchad las palabras del Apóstol: bien sabéis cómo ha sido la liberalidad de Nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, de modo que vosotros fueseis ricos por medio de su pobreza. Fijaos con calma en el ejemplo del Maestro, y comprenderéis enseguida que disponemos de tema abundante para meditar durante toda la vida, para concretar propósitos sinceros de más generosidad. Porque, y no me perdáis de vista esta meta que hemos de alcanzar, cada uno de nosotros debe identificarse con Jesucristo, que —ya lo habéis oído— se hizo pobre por ti, por mí, y padeció, dándonos ejemplo, para que sigamos sus pisadas.


¿No te has preguntado alguna vez, movido por una curiosidad santa, de qué modo llevó a término Jesucristo este derroche de amor? De nuevo se ocupa San Pablo de respondernos: teniendo la naturaleza de Dios, (...) no obstante, se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres y reducido a la condición de hombre. Hijos, pasmaos agradecidos ante este misterio, y aprended: todo el poder, toda la majestad, toda la hermosura, toda la armonía infinita de Dios, sus grandes e inconmensurables riquezas, ¡todo un Dios!, quedó escondido en la Humanidad de Cristo para servirnos. El Omnipotente se presenta decidido a oscurecer por un tiempo su gloria, para facilitar el encuentro redentor con sus criaturas.


A Dios, escribe el Evangelista San Juan, nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, existente en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer, compareciendo ante la mirada atónita de los hombres: primero, como un recién nacido, en Belén; después, como un niño igual a los otros; más adelante, en el Templo, como un adolescente juicioso y despierto; y, al fin, con aquella figura amable y atractiva del Maestro, que removía los corazones de las muchedumbres que le acompañaban entusiasmadas.


Bastan unos rasgos del Amor de Dios que se encarna, y su generosidad nos toca el alma, nos enciende, nos empuja con suavidad a un dolor contrito por nuestro comportamiento, mezquino y egoísta en tantas ocasiones. Jesucristo no tiene inconveniente en rebajarse, para elevarnos de la miseria a la dignidad de hijos de Dios, de hermanos suyos. Tú y yo, por el contrario, con frecuencia nos enorgullecemos neciamente de los dones y talentos recibidos, hasta convertirlos en pedestal para imponernos a los demás, como si el mérito de unas acciones, acabadas con una perfección relativa, dependiera exclusivamente de nosotros: ¿qué posees tú que no hayas alcanzado de Dios? Y si lo que tienes, lo has recibido, ¿de qué te glorías como si no lo hubieses recibido?.


Al considerar la entrega de Dios y su anonadamiento —hablo para que lo meditemos, pensando cada uno en sí mismo—, la vanagloria, la presunción del soberbio se revela como un pecado horrendo, precisamente porque coloca a la persona en el extremo opuesto al modelo que Jesucristo nos ha señalado con su conducta. Pensadlo despacio: El se humilló, siendo Dios. El hombre, engreído por su propio yo, pretende enaltecerse a toda costa, sin reconocer que está hecho de mal barro de botijo.


No sé si os habrán contado, en vuestra infancia, la fábula de aquel campesino, al que regalaron un faisán dorado. Transcurrido el primer momento de alegría y de sorpresa por ese obsequio, el nuevo dueño buscó dónde podría encerrarlo. Al cabo de bastantes horas, tras muchas dudas y diferentes planes, optó por meterlo en el gallinero. Las gallinas, admiradas por la belleza del recién venido, giraban a su alrededor, con el asombro de quien descubre un semidiós. En medio de tanto alboroto, sonó la hora de la pitanza y, al echar el dueño los primeros puñados de salvado, el faisán —famélico por la espera— se lanzó con avidez a sacar el vientre de mal año. Ante un espectáculo tan vulgar —aquel prodigio de hermosura comía con las mismas ansias del animal más corriente— las desencantadas compañeras de corral la emprendieron a picotazos contra el ídolo caído, hasta arrancarle todas las plumas. Así de triste es el desmoronamiento del ególatra; tanto más desastroso cuanto más se ha empinado sobre sus propias fuerzas, presuntuosamente confiado en su personal capacidad.


Sacad consecuencias prácticas para vuestra vida diaria, sintiéndoos depositarios de unos talentos —sobrenaturales y humanos— que habéis de aprovechar rectamente, y rechazad el ridículo engaño de que algo os pertenece, como si fuera fruto de vuestro solo esfuerzo. Acordaos de que hay un sumando —Dios— del que nadie puede prescindir.


Con esta perspectiva, convenceos de que si de veras deseamos seguir de cerca al Señor y prestar un servicio auténtico a Dios y a la humanidad entera, hemos de estar seriamente desprendidos de nosotros mismos: de los dones de la inteligencia, de la salud, de la honra, de las ambiciones nobles, de los triunfos, de los éxitos.


Me refiero también —porque hasta ahí debe llegar tu decisión— a esas ilusiones limpias, con las que buscamos exclusivamente dar toda la gloria a Dios y alabarle, ajustando nuestra voluntad a esta norma clara y precisa: Señor, quiero esto o aquello sólo si a Ti te agrada, porque si no, a mí, ¿para qué me interesa? Asestamos así un golpe mortal al egoísmo y a la vanidad, que serpean en todas las conciencias; de paso que alcanzamos la verdadera paz en nuestras almas, con un desasimiento que acaba en la posesión de Dios, cada vez más íntima y más intensa.


Para imitar a Jesucristo, el corazón ha de estar enteramente libre de apegamientos. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Pues quien quisiera salvar su vida, la perderá; mas quien perdiere su vida por amor de mí, la encontrará. Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?. Y comenta San Gregorio: no bastaría vivir desprendidos de las cosas, si no renunciáramos además a nosotros mismos. Pero... ¿a dónde iremos fuera de nosotros? ¿Quién es el que renuncia, si a sí mismo se deja?


Sabed que una es la situación nuestra en cuanto caídos por el pecado; y otra, en cuanto formados por Dios. De una forma hemos sido creados, y en otra distinta nos encontramos a causa de nosotros mismos. Renunciémonos, en lo que nos hemos convertido pecando, y mantengámonos como hemos sido constituidos por la gracia. Así, el que ha sido soberbio, si, convertido a Cristo, se hace humilde, ya ha renunciado a sí mismo; si un lujurioso cambia a una vida continente, también se ha renunciado en lo que antes era; si un avariento deja de codiciar y, en lugar de apoderarse de lo ajeno, comienza a ser generoso con lo propio, ciertamente se ha negado a sí mismo.


Señorío del cristiano


Corazones generosos, con desprendimiento verdadero, pide el Señor. Lo conseguiremos, si soltamos con entereza las amarras o los hilos sutiles que nos atan a nuestro yo. No os oculto que esta determinación exige una lucha constante, un saltar por encima del propio entendimiento y de la propia voluntad, una renuncia —en pocas palabras— más ardua que el abandono de los bienes materiales más codiciados.


Ese desprendimiento que el Maestro predicó, el que espera de todos los cristianos, comporta necesariamente también manifestaciones externas. Jesucristo cpit facere et docere: antes que con la palabra, anunció su doctrina con las obras. Lo habéis visto nacer en un establo, en la carencia más absoluta, y dormir recostado sobre las pajas de un pesebre sus primeros sueños en la tierra. Luego, durante los años de sus andanzas apostólicas, entre otros muchos ejemplos, recordaréis su clara advertencia a uno de los que se ofrecieron para acompañarle como discípulo: las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Y no dejéis de contemplar aquella escena, que recoge el Evangelio, en la que los Apóstoles, para mitigar el hambre, arrancan por el camino en un sábado unas espigas de trigo.


Se puede decir que nuestro Señor, cara a la misión recibida del Padre, vive al día, tal y como aconsejaba en una de las enseñanzas más sugestivas que salieron de su boca divina: no os inquietéis, en orden a vuestra vida, sobre lo que comeréis; ni en orden a vuestro cuerpo, sobre qué vestiréis. Importa más la vida que la comida, y el cuerpo que el vestido. Fijaos en los cuervos: no siembran, ni siegan, no tienen despensa, ni granero; y, sin embargo, Dios los alimenta. Pues, ¡cuánto más valéis vosotros!... Mirad cómo crecen los lirios: no trabajan, ni hilan; y, no obstante, os aseguro que ni Salomón, con toda su magnificencia, estuvo jamás vestido como una de estas flores. Pues, si a una hierba que hoy crece en el campo y mañana se echa al fuego, Dios así la viste, ¿cuánto más hará con vosotros, hombres de poquísima fe?.


Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros —¡con fe recia!— de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural. Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación, y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán.

7 de julio de 2021

«El Reino de los Cielos está cerca»



 Evangelio (Mt 10, 1-7)

Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los Doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.

A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:

—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca».


Comentario


Vemos hoy a Jesús eligiendo a varios de sus discípulos, otorgándoles poderes especiales y transmitiéndoles instrucciones precisas para anunciar la llegada del Reino de los Cielos.


Jesús no se espera a la hora de la resurrección y del envío del Espíritu Santo para confiar ya en la colaboración activa de sus discípulos. Tal como son y tal como están, reciben toda clase de dones celestiales que los asemejan al Maestro, para llevar a cabo la misión de extender el Reino.


Si nos fijamos en la historia, el Señor siempre ha querido contar con los hombres en sus proyectos de salvación. No es un Dios avasallador y fulminante, ante cuya acción eficaz todos salen transformados inmediatamente.


Al contrario, Dios cree tanto en la instauración del Reino de los cielos y en la redención de los corazones humanos, que “se atreve”, por decirlo así, a contar con ellos para llevarla a cabo. Que espera nuestra libre respuesta y cooperación para que ese Reino sea una realidad.


Jesús también cuenta con nosotros, hoy, ahora, sin esperar a un momento más propicio, en el que nos sintamos más preparados y mejor dispuestos, cosa que nunca sucederá, porque nunca seremos dignos embajadores de su mensaje de salvación. Hemos de decir que sí, ya, ahora, cuando Él pasa y nos lo pide: y sobre nuestra generosidad, ya sabe Dios formar a un apóstol, eficaz y fiel.


PARA TU ORACION PERSONAL


El reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad, su reino es un reino eterno y su dominación perdura de generación en generación (Dan 3, 100).


El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.


¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo (Jn 18, 36), aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz(Jn 18,37). Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Rm 14, 17).


Es Cristo que pasa, 180


La perfección del reino —el juicio definitivo de salvación o de condenación— no se dará en la tierra. Ahora el reino es como una siembra, como el crecimiento del grano de mostaza; su fin será como la pesca con la red barredera, de la que —traída a la arena— serán extraídos, para suertes distintas, los que obraron la justicia y los que ejecutaron la iniquidad. Pero, mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.


Es Cristo que pasa, 180


Un reino en lo cotidiano


No hay situación terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos.


Es Cristo que pasa, 22


En medio de las ocupaciones de la jornada, en el momento de vencer la tendencia al egoísmo, al sentir la alegría de la amistad con los otros hombres, en todos esos instantes el cristiano debe reencontrar a Dios. Por Cristo y en el Espíritu Santo, el cristiano tiene acceso a la intimidad de Dios Padre, y recorre su camino buscando ese reino, que no es de este mundo, pero que en este mundo se incoa y prepara.


Es Cristo que pasa, 116


Mucho más que todo eso


Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos...


Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!— tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía.


Camino, 432


Escribías: "simile est regnum cælorum” —el Reino de los Cielos es semejante a un tesoro... Este pasaje del Santo Evangelio ha caído en mi alma echando raíces. Lo había leído tantas veces, sin coger su entraña, su sabor divino".


¡Todo..., todo se ha de vender por el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria!


Forja, 993


En Cristo tenemos todos los ideales: porque es Rey, es Amor, es Dios.


Camino, 426


Se gana con la pelea santa de cada instante


Algunos se comportan, a lo largo de su vida, como si el Señor hubiera hablado de entregamiento y de conducta recta sólo a los que no les costase —¡no existen!—, o a quienes no necesitaran luchar.


Se olvidan de que, para todos, Jesús ha dicho: el Reino de los Cielos se arrebata con violencia, con la pelea santa de cada instante.


Surco, 130


Es para todos


El reino de los cielos se parece a un padre de familia, que al romper el día salió a alquilar jornaleros para su viña. Ya conocéis el relato: aquel hombre vuelve en diferentes ocasiones a la plaza para contratar trabajadores: unos fueron llamados al comenzar la aurora; otros, muy cercana la noche.


Todos reciben un denario: el salario que te había prometido, es decir, mi imagen y semejanza. En el denario está incisa la imagen del Rey. Esta es la misericordia de Dios, que llama a cada uno de acuerdo con sus circunstancias personales, porque quiere que todos los hombres se salven.


Pero nosotros hemos nacido cristianos, hemos sido educados en la fe, hemos recibido, muy clara, la elección del Señor. Esta es la realidad. Entonces, cuando os sentís invitados a corresponder, aunque sea a última hora, ¿podréis continuar en la plaza pública, tomando el sol como muchos de aquellos obreros, porque les sobraba el tiempo?


No nos debe sobrar el tiempo, ni un segundo: y no exagero. Trabajo hay; el mundo es grande y son millones las almas que no han oído aún con claridad la doctrina de Cristo. Me dirijo a cada uno de vosotros. Si te sobra tiempo, recapacita un poco: es muy posible que vivas metido en la tibieza; o que, sobrenaturalmente hablando, seas un tullido. No te mueves, estás parado, estéril, sin desarrollar todo el bien que deberías comunicar a los que se encuentran a tu lado, en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia.


Amigos de Dios, 42


La puerta del Cielo


Esta es la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos: "qui facit voluntatem Patris mei qui in coelis est, ipse intrabit in regnum caelorum" —el que hace la voluntad de mi Padre..., ¡ése entrará!


Camino, 754


Mirad: para nuestra Madre Santa María jamás dejamos de ser pequeños, porque Ella nos abre el camino hacia el Reino de los Cielos, que será dado a los que se hacen niños. De Nuestra Señora no debemos apartarnos nunca. ¿Cómo la honraremos? Tratándola, hablándole, manifestándole nuestro cariño, ponderando en nuestro corazón las escenas de su vida en la tierra, contándole nuestras luchas, nuestros éxitos y nuestro fracasos.


Amigos de Dios, 290