"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

4 de octubre de 2021

Implicarse en la santidad de los demás



Evangelio (Lc 10,25-37)

En aquel tiempo, un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle:

—Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?

Él le contestó:

—¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú?

Y éste le respondió:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.

Y le dijo:

—Has respondido bien: haz esto y vivirás.

Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús:

—¿Y quién es mi prójimo?

Entonces Jesús, tomando la palabra, dijo:

—Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta». ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

Él le dijo:

—El que tuvo misericordia con él.

—Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo.


Comentario


Nos cuenta Lucas que un doctor de la Ley –un “jurista”, dice el texto– dirigiéndose a Jesús como Maestro, le pregunta: “¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”. En realidad, lo que quería este doctor, dice Lucas, era tentar a Jesús. Pero, ¿quería realmente un consejo del Maestro? Jesús, en vez de responder, le devuelve la pregunta, y el experto recita la “letra” de memoria, sacada del texto griego de Deuteronomio (6,5) y de Levítico (19,18). Pero, nuevo, el doctor pegunta: “según tú, ¿a quién debo llamar prójimo?”. Y Jesús responde con una parábola.


El Maestro habla interpela al mismo tiempo. También a nosotros: “y tú, ¿qué crees que deberías hacer para conseguir la vida eterna?, ¿qué relación crees que hay entre amar a Dios de todo corazón y amar al prójimo como a un mismo?, ¿a quién consideras prójimo? Jesús recurre a la parábola para empujarnos a ir más allá de una letra, para penetrar en su espíritu". La Ley hacía distinciones y regulaba según eso las relaciones humanas. Jesús nos dice que en el nivel de la persona no hay distinciones: todos son nuestro prójimo, aunque tengan otra fe, aunque sean de otra raza, aunque hablen otro idioma, aunque tengan sus carencias y cometan errores.


Si amamos de verdad a Dios, participaremos de su Amor por todos, porque veremos a las personas como Dios las ve: todas llamadas a ser hijos suyos en Cristo. Y si nos amamos verdaderamente a nosotros mismos, esto es, dando gracias por los dones recibidos y siendo conscientes de carencias y defectos que debemos mejorar, entenderemos cómo es el amor que se nos pide: dar gracias por los dones de los demás y ser comprensivos, lentos a la ira y ricos en misericordia, con sus carencias y defectos, intentando ayudarnos mutuamente para mejorar en el día a día. Eso supone implicarse realmente en la santidad de los demás. Y eso es amor: querer para el otro el don más grande que existe y hacer lo que esté en nuestra mano para que todos lo alcancemos.


PARA TU RATO DE ORACION

Ser santos es “dar lo mejor de uno mismo” a los demás y, al mismo tiempo, darse cuenta “de que al final siempre es Dios quien lo hace todo”.

El Papa Francisco en su reciente viaje a  Cuba recordó que la ternura y el cariño son revolucionarios y que la fe es un estímulo que ayuda a salir de sí mismos y a tender puentes con el prójimo.

Ofrecemos algunas consideraciones de san Josemaría para meditar sobre la caridad.Cariño, lealtad, comprensión

Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano. Así nos lo enseña Jesucristo. Si el cristiano no ama con obras, ha fracasado como cristiano, que es fracasar también como persona. No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso.

Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, -el buen olor de Cristo- el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman!

Quiero hablar de vida diaria y concreta: de la santificación del trabajo, de las relaciones familiares, de la amistad. Si ahí no somos cristianos, ¿dónde lo seremos? El bonus odor Christi se advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión, sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría.

Es Cristo que pasa, 36

Piensa en los demás

Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría. La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la responsabilidad de ayudar a los demás

Es Cristo que pasa, 18

No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales. María lleva a Jesús, y Jesús es primogenitus in multis fratribus, primogénito entre muchos hermanos. Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás.

Es Cristo que pasa, 145

Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes.

—¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!

Camino, 440

Que nadie nos sea indiferente

Los problemas de nuestros prójimos han de ser nuestros problemas. La fraternidad cristiana debe encontrarse muy metida en lo hondo del alma, de manera que ninguna persona nos sea indiferente. María, Madre de Jesús, que lo crió, lo educó y lo acompañó durante su vida terrena y que ahora está junto a El en los cielos, nos ayudará a reconocer a Jesús que pasa a nuestro lado, que se nos hace presente en las necesidades de nuestros hermanos los hombres.

Es Cristo que pasa, 145

Con obras y de verdad

Si no te veo practicar la bendita fraternidad, que de continuo te predico, te recordaré aquellas palabras entrañables de San Juan: "Filioli mei, non diligamus verbo neque lingua, sed opere et veritate" —Hijitos míos, no amemos con la palabra o con la lengua, sino con obras y de verdad.

Camino, 461

Propósito sincero: hacer amable y fácil el camino a los demás, que bastantes amarguras trae consigo la vida.

Surco, 63

Cuando te cueste prestar un favor, un servicio a una persona, piensa que es hija de Dios, recuerda que el Señor nos mandó amarnos los unos a los otros.

—Más aún: ahonda cotidianamente en este precepto evangélico; no te quedes en la superficie. Saca las consecuencias —bien fácil resulta—, y acomoda tu conducta de cada instante a esos requerimientos.

Surco, 727


El cardenal Ratzinger, en un artículo publicado en el Osservatore Romano el día de la canonización de san Josemaría, el 6 de octubre de 2002, señaló que existe una idea equivocada de lo que es la santidad: “Sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud heroica, casi inevitablemente se nos mete un concepto erróneo de santidad: `No es para mí´, podemos pensar, porque no me siento capaz de alcanzar las virtudes heroicas: es un ideal demasiado alto”. La santidad se convertiría entonces en algo reservado a algunas personas especiales, no a personas normales como nosotros. “Pero se trata de una concepción equivocada de la santidad, una percepción errónea que ha sido corregida –y este me parece el punto clave– por el propio Josemaría Escrivá”.


El esfuerzo gimnástico por la perfección


Sin embargo, sabemos que la santidad normal y ordinaria no es exclusiva de san Josemaría: hay muchos otros testimonios de santidad alcanzable –“la santidad de la puerta de al lado”, la denominó el Papa Francisco en Gaudete et exsultate–. En efecto, existe una concepción muy peligrosa de lo que es la santidad: la santidad concebida como un esfuerzo gimnástico por hacer todo a la perfección. Esta no es la experiencia de los santos, ni es la experiencia de los apóstoles. Su llamada no se explica porque fueran buenos o porque en ese momento estuvieran dando lo mejor de sí. El santo no es el que hace todo bien, sino el que deja que la voluntad de Dios actúe en su vida. ¿Por qué? Porque confía en Él.


EL SANTO NO ES EL QUE HACE TODO BIEN, SINO EL QUE DEJA QUE LA VOLUNTAD DE DIOS ACTÚE EN SU VIDA

Por eso, el error debe corregirse en primer lugar a nivel terminológico, porque se habla de santidad en la vida cotidiana, de santificación del trabajo, de una llamada a la santidad dirigida a todos... Pero “las palabras son importantes”, y si no se entienden las palabras tenemos un problema. No podemos dar por supuesto que atribuimos su verdadero significado a términos como bienaventurado, manso, santidad, pecado, reconciliación, eucaristía... En concreto, la “santificación” puede entenderse equivocadamente como una especie de perfección ética o incluso estética, propia de una persona infalible (“porque he aprendido y ya no me equivoco”).


El Señor no se sube a nuestra barca porque hayamos pasado la noche triunfando y pescando con éxito. En realidad, a veces lo hará en los momentos de fracaso: “Hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero por tu palabra echaré las redes” (Lc 5, 5). Y Pedro lanza las redes de nuevo, en contra de su experiencia, porque el pescador sabe que se pesca de noche. Pero aun sabiendo esto, confía más en Dios que en su propia experiencia. Este es el gran acto de confianza de Pedro, gracias al cual “se llevaron una enorme cantidad de peces, hasta el punto de que las redes casi se rompían. Tuvieron que llamar a los compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas hasta casi hundirse” (Mt 5,6-7).


Si uno se fía de Dios, suceden cosas que uno no espera. Santificar el trabajo, santificarse en la vida diaria, no significa que Dios nos recompensa porque lo hacemos todo bien y no nos equivocamos nunca. Aunque no lo pensemos así, en el fondo, cuando cometemos un acto malo, por orgullo, envidia o celos, con frecuencia nos viene a la cabeza pensar: “Ahora el Señor me castiga porque he hecho algo mal”. Esta es una concepción no evangélica, no cristiana de la santidad. De igual manera, la santificación de la vida familiar no equivale a que el orden siempre reinará en casa. Una madre o un padre con hijos pequeños o adolescentes puede tener la tentación de pensar: “Si santificara mi vida diaria, mis hijos siempre irían bien peinados, con las manos limpias, los dientes blancos como en los anuncios de pasta de dientes…”. No, santificación no es una perfección externa de la vida diaria, o de la vida social o familiar. Significa más bien tratar de poner buena cara, incluso cuando el desorden parece prevalecer; significa sonreír pese a que todo en la jornada vaya mal o nuestro entorno sea caótico y muestre su imperfección de modo evidente.


Los santos, como nosotros


En la exhortación Gaudete et exsultate, el Papa Francisco recuerda que “para ser santos, no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosos” (Gaudete et exsultate, n. 14). La santidad no es para personas especiales. “Muchas veces nos sentimos tentados -dice el Papa- a pensar que la santidad está reservada a aquellos que tienen la posibilidad de distanciarse de las ocupaciones ordinarias para dedicar mucho tiempo a la oración”. Por supuesto, no hay santidad sin oración, pero corremos el riesgo de pensar (quizá después de leer la biografía de un santo o el resumen de dos líneas de su voz en Wikipedia) que los santos son personas que tuvieron frecuentes “arrebatos místicos”...


Los santos, por el contrario, fueron como cada uno de nosotros. No escaparon a las ocupaciones ordinarias, no lograron ser santos escapando de la presión de las mil y un preocupaciones y ocupaciones que nos afectan a todos. Es gracias a ellas que acudieron a la misericordia del Señor.

SI UNO SE FÍA DE DIOS, SUCEDEN COSAS QUE UNO NO ESPERA

Por eso, la santidad es tratar de estar en la realidad amando a los demás, considerando las personas y las situaciones como un don, viendo la presencia de Dios en la propia existencia diaria. La santidad no se alcanza “a pesar” de la realidad en la que nos encontramos, sino precisamente a través de la realidad, que consiste sobre todo en la familia y el trabajo. Luego, pueden existir situaciones extraordinarias, pero antes de nada está la situación en la que nos encontramos.

Lavar cada uno las propias redes


La santidad también significa lavar las redes cuando parece que se pierde el tiempo, porque la pesca no ha servido para nada. Las redes son las herramientas de trabajo para los apóstoles; para cada uno de nosotros son las cosas que usamos habitualmente. Lavarlas supone mantenerlas en orden, es decir, tratar de hacer las cosas con puntualidad y sentido común, fomentando una actitud sonriente mientras se vive una vida normal. Y si a mí me parece que todo ha ido mal, intento seguir poniendo buena cara. Santidad no significa que todo ha ido bien y que he conseguido sonreír; significa que lo he intentado y que, después de una noche entera en la que no he pescado nada, al día siguiente lo intentaré de nuevo con paciencia.


Luchar por la santidad significa también ayudarse mutuamente entre una barca y otra. Quizá en el momento de la pesca nos demos cuenta que tal vez fue decisivo lavar las redes para que no se rompieran: ese detalle de cuidado de las cosas pequeñas ha hecho que resistan. Y ha sido necesaria entonces la ayuda de otra barca. Luchar por la santidad es tratar de ayudar en las necesidades del otro sin pensar que ahora “tiene que arreglárselas solo; tiene su propio barco, yo tengo el mío”.


Lavar las redes e ir hacia la otra barca significa cultivar las virtudes y las cualidades relacionales que ayudan a llevarse bien con los demás, porque no hay santidad encerrada en una torre de marfil, en un edificio donde todo es preciso y no hay contratiempos. En la convivencia ordinaria, aporta hablar con sentido positivo, más aún cuando se trata de personas, para reconocer las cosas buenas que han hecho. En general, hablar bien de los demás, mostrar estima, ayuda a crear ese buen ambiente que san Pablo recomienda: “Competid en la estima hacia los demás” (Rm 12, 10). Esto significa que se tiene que notar ese amor; no se puede querer a una persona sin manifestar ese cariño con palabras o gestos.


En el mensaje que el Señor ha confiado a san Josemaría hay también otro aspecto esencial. La santidad en la vida diaria no es solo una llamada a la vida individual de una persona: hay algo más. La llamada específica es una vocación personal, una especie de “ignición del bautismo”, que nos hace descubrir que la normalidad de la propia vida es una llamada y al mismo tiempo una misión. Es preciso sentirse enviado, con la misión de llevar luz y afecto allí donde cada uno desarrolla su propia vida. No porque sea mejor, sino porque he sido llamado. No se trata de una elección hecha en virtud de una supuesta superioridad, sino una misión para la que el Señor, en su sorprendente imaginación y bondad, nos elige y nos envía por medio del bautismo.


Atreverse a más, sin ser héroes


Cuando se da cuenta de lo que ha pasado, es decir, de que Jesús se ha metido en su barca después de un fracaso y de que entonces, paradójica y milagrosamente, la pesca ha sido un éxito, Simón Pedro se arroja a los pies de Jesús diciendo: “Señor, aléjate de mí porque soy un pecador” (Lc 5, 8). Pedro tiene miedo. Se trata de un sentimiento normal cuando uno percibe que Dios le llama. Si este encuentro fuera una cuestión académica, histórica, si fuera objeto de un estudio sobre otra época u otras personas, no tendría miedo. Pedro, por otro lado, tiene miedo de cómo se puede transformar toda su vida. Tiene miedo porque se siente llamado personalmente a involucrarse, a tratar de dar lo mejor de sí mismo, aquí y ahora.

ES PRECISO SENTIRSE ENVIADO, CON LA MISIÓN DE LLEVAR LUZ Y AFECTO ALLÍ DONDE CADA UNO DESARROLLA SU PROPIA VIDA

Recuerdo que en un encuentro con jóvenes, el Papa san Juan Pablo II escuchó a un grupo cantando “Se puede dar más”, una canción que había ganado el festival de San Remo. Inmediatamente después, improvisó un comentario sobre la canción y dijo que había un verso muy profundo: “Pueden atreverse a más sin ser héroes. Hay quienes piensan que para atreverse a algo hay que mostrar ya una virtud heroica. Pero no todo es heroico, lo que cuenta es el valor y siempre podemos atrevernos a más sin ser héroes” (Juan Pablo II, Encuentro con los jóvenes del UNIV, 19 de abril de 1987). Se puede dar más sin que esto nos convierta en personas diferentes, diversos de quien el Señor quiere que seamos. “Tú, Señor –podríamos decirle–, me pides que sea lo que soy, pero siendo la mejor versión de mí mismo”. Es como cuando nos hacen una foto y sonreímos. No es que la sonrisa sea falsa, sino que al sonreír estamos dando lo mejor que llevamos dentro. Es la mueca la que no es auténtica. La sonrisa siempre es auténtica aunque suponga un esfuerzo, y el Señor nos pide una santidad sonriente. Toda persona que nos ama, si lo pensamos bien, nos imagina sonrientes, porque es nuestro verdadero rostro.


El cardenal Luciani, unas semanas antes de convertirse en Juan Pablo I, escribió que Josemaría Escrivá de Balaguer (que en aquel momento ni siquiera había sido beatificado) había enseñado a convertir el trabajo en una “sonrisa diaria”. Muchas veces la santidad consiste en sonreír a los propios límites, a los del cónyuge, del colega, de los amigos… en definitiva, en sonreír a la realidad, porque nos sabemos mirados con cariño por nuestro Padre Dios. No tenemos que ser héroes pero, al mismo tiempo –diría san Juan Pablo II– sí que podemos hacer más.


ES CONSOLADOR SABER QUE LOS TRES APÓSTOLES MÁS CERCANOS A CRISTO, CUANDO FUERON LLAMADOS, SINTIERON MIEDO

Jesús comprende muy bien nuestro miedo y el de Simón Pedro y dice: “No tengas miedo”. Poco antes puede leerse en el Evangelio de Lucas un detalle muy bonito sobre el estado de ánimo del apóstol: “el asombro lo había invadido a él y a todos los que estaban con él por la pesca que habían hecho” (Lc 5, 9), incluso a Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo y compañeros de Simón. Es consolador saber que los tres apóstoles más cercanos a Cristo, cuando fueron llamados, sintieron miedo, “se llenaron de asombro”, tal vez pensando: “No puede ser, no soy un profeta, no soy un santo”. Jesús dice a Simón: “No tengas miedo. De ahora en adelante serás pescador de hombres” (Lc 5, 10). Es decir, a partir de ahora no solo tendrás un trabajo, sino que ayudarás a otros a través de tu vida, tu trabajo, tu presencia. Pero debemos entender bien este “de ahora en adelante”, que no significa de una vez por todas; significa más bien que cada vez que tengamos miedo, el Señor nos dirá: “No tengas miedo, a partir de ahora... vuelve a empezar”.


La fiesta litúrgica de san Josemaría es el 26 de junio. Unas semanas antes de su muerte (a finales de marzo de 1975), san Josemaría celebró el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal e hizo una reflexión espontánea e improvisada sobre su vida: “He querido –decía– hacer la suma de estos cincuenta años, y me ha salido una carcajada. Me he reído de mí mismo, y me he llenado de agradecimiento a Nuestro Señor, porque es Él quien lo ha hecho todo”.


Esta es la santidad a la que estamos llamados. No es la de los que dicen “a partir de ahora mi trabajo, mis relaciones, mis hijos serán como yo digo”, sino la de los que se dan cuenta de que al final siempre es Dios quien lo hace todo. Al contemplar la llamada de los apóstoles en el Evangelio, es bueno recordar que Pedro, Santiago y Juan cometerán después muchos errores, pero que Jesús continuará llamándolos. La llamada a la santidad es diaria, no es de una vez por todas, sino que se renueva cada día. Fuera de Nuestra Señora, no hay santo que en la tierra no haya tenido experiencia del pecado, y el Señor no se aleja de sus hijos por esta razón, no se aleja de nuestra casa porque nos equivoquemos, sino que sube cada día a nuestra barca. A nosotros nos corresponde acogerlo, confiando en la promesa de una vida llena de frutos, de una vida hermosa.


Y vale la pena tratar de responder cada día, como la Virgen: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).


3 de octubre de 2021

DEBILIDAD FRAGILIDAD


 Evangelio
(Mc 10, 2-16)


Se acercaron entonces unos fariseos que le preguntaban, para tentarle, si le es lícito al marido repudiar a la mujer.


Él les respondió: —¿Qué os mandó Moisés?

Moisés permitió escribir el libelo de repudio y despedirla —dijeron ellos.


Pero Jesús les dijo: —Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto. Pero en el principio de la creación los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Una vez en la casa, sus discípulos volvieron a preguntarle sobre esto.

Y les dijo: —Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían.

Al verlo Jesús se enfadó y les dijo: —Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.

Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos.


Comentario


En este evangelio, Jesucristo aprovecha una pregunta capciosa de los fariseos para hablar del estatuto íntimo de toda relación: el amor que se entrega, que se dona, que da vida.


Le preguntan si, tal y como está dicho en la Escritura, un hombre puede repudiar a su mujer. Jesucristo les mostrará otro camino, otra lógica. El camino y la lógica de las cosas divinas.


El punto de partida es una pregunta sobre la licitud: ¿es lícito o no lo es? Ahora bien, esa pregunta, en el ámbito del amor, es una pregunta mediocre. La lógica de lo lícito o ilícito es la lógica de lo que se puede hacer o no, la lógica de los derechos y deberes, la lógica de los límites de la acción de uno y de la acción del otro, la lógica, en el fondo, de la propia afirmación personal. Y esa lógica llena de tristeza el corazón, lo endurece. Podemos hacer cientos de actos lícitos y, sin embargo, que estén vacíos de amor.


La lógica divina es otra. Está más allá de la lógica humana de los fariseos. Porque el amor va más allá de lo debido.


Nadie que se enamora le dice a la otra persona: “contigo podré cumplir lo que es lícito y evitar lo que es ilícito”. Ese amor muere. Porque el amor requiere el encuentro, compartir la intimidad, abrazar las debilidades y fragilidades del otro, perdonarse, descubrir la belleza de la persona amada, ser fecundos, soñar juntos, …


Cuando uno se queda en la lógica de esto se puede hacer, esto no; cuando nos cerramos a la novedad, nos cerramos al amor. Ya no hay relación de amor, sino relación de interés.


Jesucristo propone una nueva perspectiva: nos habla del principio de la creación, del proyecto de Dios. Hay un diseño de vida y belleza para nuestras vidas.


Si uno vive la vida, la relación con Dios y con los demás, reducido a lo que es lícito o ilícito, la vive de modo frío y estático. Si, en cambio, la vive sabiendo que Dios la está mirando con admiración, uno se dará cuenta de que Dios forma parte de la propia historia, de que quiere vivir la vida de cada uno desde el amor.


Si uno sabe que Dios le está mirando con admiración, se dará cuenta de que los defectos del otro (marido, mujer, hijos, hermanos, amigos, …) forman parte de la propia aventura para aprender el arte de amar, el arte de asemejarse a Jesús.


¿Cuándo hay que amar al otro? ¿Sólo cuando es perfecto, sin defectos, simpático, puntual, útil; o más bien, cuando es débil, frágil, pobre y se equivoca?


Todos estamos llamados a relaciones de fidelidad, relaciones donde tendremos siempre millones de excusas para repudiar al otro (marido, mujer, hijos, hermanos, familiares, amigos, compañeros, …).


Pero, si el otro solamente tiene derecho al amor cuando se lo merece, entonces uno no sabe amar, tiene un corazón de piedra, endurecido. En ese corazón no está la imagen esplendorosa de Dios. Está ofuscada, escondida.


Y para entender esto es preciso aprender el arte de la pequeñez y de la debilidad, el arte de ser como niños. La segunda parte del evangelio no está ahí por casualidad.


Amar de verdad, requiere estar en la vida como los niños, como quienes tienen siempre algo nuevo que aprender. Aprender de las dificultades, de las tribulaciones, de las desilusiones.


Si el otro está en función de nuestra propia realización, de lo que debe, de lo que sirve; el otro siempre será insuficiente. Por el contrario, si uno percibe esa mirada de Dios sobre uno y sobre los demás, querrá aprender de esa mirada cada día: como un niño aprende de la mirada amorosa de sus padres.


El secreto de esta vida no es que seamos perfectos, fuertes, simpáticos, sin defectos. El secreto de la vida es llegar a ser amados en nuestra debilidad y fragilidad y amar al otro en su debilidad y fragilidad. Es poder decir: soy fiel a la persona a la que amo.


Y Jesucristo siempre viene en ayuda de nuestra debilidad. No hay ninguna relación que no esté llamada a experimentar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo: la capacidad de perderse a sí mismo para ganar al otro, para dar vida al otro, para darse al otro en todas las situaciones. Nuestra grandeza inicia cuando, en Jesucristo, nos perdemos por amor, cuando nos atrevemos a entrar en su lógica de la eternidad, de la donación, de la entrega.


PARA NUESTRO RATO DE ORACION


En el evangelio al pricipo leemos la larga cadena de generaciones que han esperado al Mesías: de Abraham a David y hasta san José. Nosotros hemos nacido mucho después pero somos herederos de la misma promesa. No es fácil imaginar los sentimientos de tantas generaciones del pueblo judío que esperaban al Mesías prometido. La liturgia nos ofrece una pista, al mirar la magnitud del alegre estallido ante la inminente llegada de Jesús: «Exulta, cielo; alégrate, tierra» (Is 49,13).

Abraham es el comienzo de esta larga cadena, el primero de una familia que durará para siempre. Se fio del Señor y su promesa se ha cumplido: «Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas» (Gn 15,5). Dios se ha servido de su fidelidad y de la de tantos otros para enviarnos a su Hijo y hacer posible de nuevo la intimidad de Dios con los hombres. Nuestra dignidad fue restaurada y elevada a un grado impensable: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1Co 2,9). El alma se nos llena del gozo profundo de sabernos salvados, rescatados y curados: «Por eso, con los ángeles y arcángeles, tronos y dominaciones, y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria»[2].

Puede que nuestro canto no suene siempre afinado, pero el Espíritu Santo nos envuelve con sus «gemidos inenarrables» (cfr. Rm 8,26). Comprobamos día tras día cuánto nos gustaría poder responder con la misma medida de Dios. No cabe en palabras el deseo divino de encontrarse con nosotros ni su insistencia: catorce generaciones de Abraham a David, catorce hasta la deportación a Babilonia y otras catorce hasta Cristo (cfr. Mt 1,17). Enseguida viene el grito divino en nuestro socorro: «No temas». Es el mismo Dios quien se alegrará y dará gracias en nosotros.


TODOS tenemos nuestro árbol genealógico. Jesucristo ha querido tener el suyo. Y en María, su madre, Dios mismo se cruza en el camino de los hombres, uniéndose para siempre a nosotros. Asume la necesidad de esperanza de toda la humanidad, de todas las épocas. Con la encarnación, Dios no rechaza nada de lo humano, carga con el relato de cada persona para ofrecer a todos un lugar en la vida eterna. El Creador del cielo y de la tierra ha querido pertenecer a la familia humana.

«En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra»[3]. Cuántas veces nos parece que Dios no puede estar donde hay debilidad, fragilidad o mediocridad. Si no nos conformamos con el pecado, sino que nos ilusionamos por abrazar los verdaderos bienes de la vida, entonces la humildad de Dios no rechaza el establo de nuestro corazón; trae el cielo a nuestra vida ordinaria, a nuestra casa, a cada instante.

Esa lista larga de nombres experimentó, durante muchas generaciones, un ansia que solo llenaría Jesús. Algunos, probablemente, no comprendieron bien lo que esperaban. Otros, en su confusión, buscaron ídolos aparentemente más cercanos y accesibles. Esa misma ansia de salvación sigue latiendo hoy en todas las personas, muchas veces sin que los protagonistas puedan ponerla en palabras o consigan comprenderla con claridad. Nosotros tenemos la suerte de conocer esa buena noticia que se da en Navidad, esperamos a Jesús, y nos encantaría que llegase hasta el corazón más necesitado del último rincón de la tierra.


«TE BENDECIMOS, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil»[4]. Algunas veces suele suceder que nosotros hacemos justo lo contrario a ese movimiento divino: nos consideramos grandes y poderosos. Bien lo sabía san Agustín: «Tú, hombre, quisiste ser Dios y pereciste. Él, Dios, quiso ser hombre y te salvó. ¡Tanto pudo la soberbia humana que necesitó de la humildad divina para curarse!»[5].

Es Cristo quien nos eleva en sus hombros hasta el cielo. La soberbia concede una gloria muy efímera; dura escasos minutos y enseguida cobra su precio. Rápidamente desasosiega e inquieta. Necesita constantemente nuevos motivos para destacar sobre los demás. Nunca da paz ni sacia. San Josemaría era consciente de esta debilidad nuestra: «Conozco un borrico de tan mala condición que, si hubiera estado en Belén junto al buey, en lugar de adorar, sumiso, al Creador, se hubiera comido la paja del pesebre…»[6].

El amor de Dios, por el contrario, es capaz de llenar nuestro corazón como nadie lo ha hecho nunca. Al hablar de su cariño, siempre vamos a quedarnos cortos. Es mucho más lo que no sabemos de su inmenso amor que lo que alcanzamos a comprender sobre él. Santa María que, como dice el prefacio de la Misa de hoy, «lo esperó con inefable amor de Madre», nos contará en la intimidad de la oración esos secretos que conoce de primera mano. Una madre siempre sabe, con un gesto, con una caricia, explicar lo que no cabe en palabras.


2 de octubre de 2021

SE HAN ABIERTO LOS CAMINOS DIVINOS DE LA TIERRA


 Evangelio (Mt 18,1-5.10)

En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:


— ¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?


Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:


— En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.


Comentario


Nos cuenta el evangelio de hoy que en una ocasión, cuando Jesús estaba con sus discípulos, “llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (vv. 2-4). Cuando Jesús habla de hacerse como niños no está diciendo una ingenuidad, ni hablando en un lenguaje meramente figurado, sino que está desvelando una realidad profunda que ayuda al hombre a penetrar en su propio misterio, que le hace caer en la cuenta de la importancia de los valores que cada ser humano trae consigo al mundo y que se expresan espontáneamente en su infancia. La pérdida de la sencillez, la sinceridad, el amor candoroso, la capacidad de admirarse ante la grandeza o la belleza de las cosas, la confianza y tantos otros valores que son propios de la condición infantil no supone un logro de la madurez, sino una limitación que conviene restaurar.


Jesús, cuando hablaba del amor de Dios Padre por los niños y por los que se hacen como niños, señaló: “Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (v. 10). “Fundada en éste y en otros textos inspirados –recordaba Mons. Javier Echevarría-, la Iglesia enseña que ‘desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión’[1]. Y hace suya una afirmación frecuente en los escritos de los Padres de la Iglesia: ‘Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida’[2]. De entre los espíritus celestiales, los ángeles custodios han sido colocados por Dios al lado de cada hombre y de cada mujer. Son nuestros cercanos amigos y aliados en la pelea que nos enfrenta –como afirma la Escritura– a las insidias del diablo”[3]. Por eso San Josemaría recomienda: “acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones”[4].


En un día como hoy, el dos de octubre de 1928, día de los ángeles custodios, nació el Opus Dei. Quiso Dios poner en el corazón bien dispuesto de san Josemaría, la inquietud divina de hacer llegar a todo el mundo una llamada universal a buscar la santidad en su vida ordinaria, santificando las realidades profesionales y familiares de la vida cotidiana.


Cada año, en esta fecha, su corazón se alzaba con sencillez infantil al Señor en acción de gracias y acudía a su ángel custodio para que le ayudara a tratar a Dios con plena intimidad, con toda su mente y todo su corazón. “Esta mañana –escribía el 2 de octubre de 1931, tres años después- me metí más con mi Ángel. Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él”[5]. Y su oración discurrió por un cauce profundo y sereno: “¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra –le pedí–, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor [...]. Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es... que no me ayudas. Y hubo afectos de amor para mi Madre y mi Señora, y me siento ahora mismo muy hijo de mi Padre-Dios”[6].


PARA TU RATO DE ORACION:


La biografía “El Fundador del Opus Dei” recoge algunos textos de los Apuntes íntimos desan Josemaría. Con motivo del 80 aniversario de la Fundación de la Obra, ofrecemos una selección de escritos del santo sobre aquel 2 de octubre.


Recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Ángeles .


Una vez más se ha cumplido lo que dice la Escritura: lo que es necio, lo que no vale nada, lo que -se puede decir- casi ni siquiera existe ..., todo eso lo coge el Señor y lo pone a su servicio. Así tomó a aquella criatura, como instrumento suyo.


Hemos de estar siempre de cara a la muchedumbre, porque no hay criatura humana que no amemos, que no tratemos de ayudar y de comprender. Nos interesan todos, porque todos tienen un alma que salvar, porque a todos podemos llevar, en nombre de Dios, una invitación para que busquen en el mundo la perfección cristiana, repitiéndoles: estote ergo vos  perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est (Matth V, 48); sed perfectos, como lo es vuestro Padrecelestial.


Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa -homo peccator sum (Luc. V, 8), decimos con Pedro-,  pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor,  que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su  estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede  ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la  tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo.


Lo extraordinario nuestro es lo ordinario: lo ordinario hecho con perfección. Sonreír siempre,pasando por alto -también con elegancia humana- las cosas que molestan, que fastidian: sergenerosos sin tasa. En una palabra, hacer de nuestra vida corriente una continua oración.

El corazón del Señor es corazón de misericordia, que se compadece de los hombres y se acerca a ellos. Nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no sólo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda. Porque nos ha llamado a santificarnos en la vida corriente, diaria. En esa vida corriente, mientras vamos por la tierra adelante con nuestros compañeros de profesión o de oficio -como dice el refrán castellano cada oveja con su pareja, que así es nuestra vida-, Dios Nuestro Padre nos da la ocasión de ejercitarnos en todas las virtudes, de practicar la caridad, la fortaleza, la justicia, la sinceridad, la templanza, la pobreza, la humildad, la obediencia...Estando nosotros siempre en el mundo, en el trabajo ordinario, en los propios deberes de estado, y allí, a través de todo, ¡santos!


Desde aquel día el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra. Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación. La vocación nos lleva -sin darnos cuenta - a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica  al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésa es la llamada.


Quería Jesús, indudablemente, que clamara yo desde mis  tinieblas,como el ciego del Evangelio.  Y clamé durante años, sin saber lo que pedía. Y grité muchas veces la oración  ut sit!, que parece pedir un nuevo ser... Y el Señor dio luz a los ojos del ciego -a pesar de él mismo (del ciego)- y anuncia la venida de un ser con entraña divina, que dará a Dios toda la gloria y afirmará su Reino para siempre.


Nos ha elegido el mismo Jesucristo, para que en medio del mundo -en el que nos puso y del que no ha querido segregarnos- busquemos cada uno la santificación en el propio estado  y - enseñando, con el testimonio de la vida y de la palabra, que la llamada a la santidad es universal promovamos entre personas de todas las condiciones sociales, y especialmente  entre los intelectuales, la perfección cristiana en la misma entraña de la vida civil.


Jesús es el Modelo: ¡imitémosle! Imitémosle, sirviendo a la Iglesia Santa y a todas las almas.Christum regnare volumus, Deo omnis gloria, Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam. Con estas tres frases quedan suficientemente indicados los tres fines de la Obra: Reinado efectivo de Cristo, toda la gloria de Dios, almas.


Pidamos a Dios una voluntad de hierro, que, unida a la gracia divina, nos lleve a terminar para toda la gloria de Dios, su Obra, a fin de que Cristo-Jesús efectivamente reine, porque todos con Pedro irán a El, por el único camino, ¡María!


HISTORIA: Trascendencia de un acontecimiento: 2 de octubre de 1928. Datos para la comprensión histórico-espiritual de una fecha.


Prescribía el Código de Derecho Canónico que los sacerdotes seculares se retirasen, al menos cada tres años, para unos Ejercicios Espirituales. La praxis iba, en la España de los años veinte, más allá de la ley, y bastantes sacerdotes solían hacerlos anualmente. Para facilitar esa práctica, en la diócesis de Madrid se organizaban diversas tandas, algunas de ellas en la Residencia de los Misioneros de San Vicente de Paúl. Era esta Residencia un amplio caserón, con fachada de ladrillo visto, construido a fines del siglo XIX, según el estilo y la disposición corrientes en muchos edificios religiosos de aquel tiempo: de planta rectangular y cuatro pisos de altura, la edificación se estructuraba en torno a un gran patio central; en el interior, amplios y largos pasillos daban acceso a las habitaciones, sencillas y austeras.


Allí se dirigió Josemaría Escrivá de Balaguer el 30 de septiembre de 1928 para participar en una tanda de Ejercicios destinada a durar hasta el 6 de octubre. El segundo día de ese retiro espiritual, el martes 2 de octubre, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, después de haber celebrado la Santa Misa, revivió, recogido en su habitación, los afanes que, desde hace once años, Dios ha sembrado en su alma. A lo largo de todo ese tiempo, el Señor le había ido sugiriendo horizontes y concediendo luces que estaban como grabadas a fuego en su corazón y en su mente.


Para garantizar el recuerdo, había adoptado además la precaución de tomar algunas fichas. Esa mañana sacó una vez más esas fichas y se dispuso a ordenarlas para releerlas y meditarlas(62). De pronto las anotaciones que tiene ante sus ojos se desvanecen. Una vez más, y ahora con particular plenitud, Dios se mete en su vida y le hace ver, como iluminados por un foco de potentísima luz, los presentimientos y atisbos anteriores, a la par que los completa y los proyecta hacia el futuro. Las diversas inspiraciones y llamadas, su esfuerzo personal por ser fiel a los dones divinos, las ilusiones


y afanes que las anteriores intervenciones de Dios habían suscitado en su alma, todas esas realidades, que eran hasta entonces como piezas sueltas de un mosaico aún sin componer, adquieren de repente sentido preciso bajo la luz superior que Dios ahora le comunica y que lo sitúa ante un proyecto divino claro y decisivo.


En meses y años posteriores nuevas iluminaciones divinas irán completado el mosaico, pero ya desde ahora, desde ese 2 de octubre de 1928, conoce el camino que Dios le traza, lo que Dios quiere, el porqué de los vericuetos a través de los cuales el Señor le ha ido llevando, lo que debe ser su vida en lo sucesivo, lo que serán —como fruto de cuanto Dios ahora le manifiesta— las vidas de miles y miles de personas, en todo el mundo, a lo largo de los siglos.


Con la conmoción propia de quien es objeto de una intervención extraordinaria de Dios, el Beato Josemaría Escrivá, en la tranquilidad de aquella mañana del 2 de octubre de 1928, percibió con luz especialísima la universalidad de la llamada de Dios, y ante su vista se abrió un panorama amplísimo, ilimitado, de cristianos de las más diversas condiciones y latitudes santificándose en medio de las ocupaciones profesionales y de los quehaceres más diversos: artesanos y obreros, campesinos y hombres de negocios, profesores universitarios y personas de poca cultura, casados y solteros..., todos, sin excepción, llamados por Dios a la intimidad con Él; todos, allá donde estén, en el taller, en la fábrica, en la sencillez del propio hogar, en la quietud de los campos o en el ajetreo de la vida ciudadana, pueden y deben realizar con plenitud su condición de cristianos, amando el mundo como lugar del encuentro con Cristo y de la manifestación de su gracia.


Para eso lo quiere Dios, para eso sembró hace ya años la inquietud en su alma: para que dedique su vida entera a propagar entre los hombres la llamada divina a la santificación, promoviendo una obra —a la que más adelante designará con el nombre de Opus Dei— cuyo fin sea precisamente difundir la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado en medio del mundo, entre personas entregadas a las más variadas tareas civiles y seculares. «Padre, ¿y aquel 2 de octubre de 1928...?», rememorará años más tarde, el 2 de octubre de 1964. «Aquel día —prosiguió diciendo— el Señor, en su Providencia, quiso que en el seno de la Iglesia Santa, de la Iglesia Católica, que por ser romana es universal, naciera esta pequeña simiente que hoy está produciendo frutos en tantos miles de corazones de todas las razas, de tantos países»(63).


Y mientras eso ocurría, mientras la luz de Dios invadía su alma, las campanas de una iglesia cercana, la de Nuestra Señora de los Ángeles, repicaban festejando a su patrona. Su sonido, atravesando la distancia, llega claro y distinto hasta el lugar en que se encuentra, constituyendo como el contrapunto de su honda vivencia interior. «Nunca han dejado de sonar en mis oídos esas campanas», dirá después, muchas veces(64).


A lo largo de su vida, el Fundador de la Obra tuvo que referirse en bastantes ocasiones a lo ocurrido el 2 de octubre de 1928: no podía por menos de hacerlo, como es obvio, tratándose de la fecha fundacional de la Obra. Fue siempre muy sobrio, más aún, escueto(65). De ordinario, se limitó a decir que en ese día vio — empleó siempre esta palabra— la Obra. Su resistencia a descender a detalles nacía de su humildad —siempre rehuyó todo lo que de una forma u otra, condujera a hablar de su persona—, pero también, y quizá sobre todo, de su preocupación por apartar a quienes le escuchaban de «actitudes milagreras», para conducir la atención hacia lo fundamental: la santificación de la vida ordinaria(66). «El fundamento de la Obra —decía en 1968— no son los milagros, ni las manifestaciones sobrenaturales de carácter extraordinario, que las ha habido porque Dios ha querido, sino la filiación divina, el trabajo constante de cada día, siempre con optimismo y buena cara»(67).


Pero si fue parco en el descender a detalles, subrayó siempre con plena nitidez el punto central: la iniciativa divina. «Carísimos: en mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto —notemos que este texto data del 19 de marzo de 1934— que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios ». A continuación, y haciendo referencia a algunos rasgos de la situación del momento, prosigue de forma aún más explícita: « La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931». «Hace muchos años —añade, completando la idea—, que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho (...). No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo »(68).


La fuerza de estas frases escritas en 1934 hace innecesarias otras citas. Insistamos sólo en un punto. La luz que el Fundador del Opus Dei recibió el 2 de octubre de 1928 no fue una inspiración genérica, sino una iluminación precisa y determinada. Ciertamente, con los años, el Señor le comunicó luces nuevas y la experiencia vivida le ayudó a profundizar en la inspiración entonces recibida, percibiendo nuevas facetas y alcanzando formas de expresión que contribuyeron a perfilar cada vez con más nitidez el espíritu y el apostolado del Opus Dei. Pero todos esos desarrollos se retrotraen al 2 de octubre de 1928 y encuentran en él su encaje(69).


Fue en ese día cuando, por reiterar su propia expresión, vio el Opus Dei.


PARA CONOCER MAS:

https://opusdei.org/es-es/



1 de octubre de 2021

'Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazon'

 


Evangelio (Lc 10, 13-16)


" !Ay de ti Corazón! !Ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón hubieran sido realizados los milagros que se han obrado en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia sentados en saco y ceniza. Sin embargo en el Juicio Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que vosotras.


Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? !Hasta los infiernos vas a descender!


Quién a vosotros os oye, a mí me oye; quién a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y que a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado.


Comentario


El Señor abre su corazón con lamentos de amor. Después de haber instruido a setenta y dos de sus discípulos para la primera misión apostólica, se lamenta de la dureza de corazón y de la ceguera ante el anuncio de la llegada del Reino de Dios de aquellas ciudades que habían presenciado tantos y tan grandes milagros. Para removerlos el Señor les habla del juicio y del infierno, de la reprobación de aquellos que rechazan la paz, que se manifiesta en Cristo, nuestro Señor.


Hoy seguimos siendo testigos de grandes milagros, no solamente en las causas de beatificación o de canonización, también de tantas maravillas que obra la gracia en nosotros y en personas cercanas y, si no fuera así, tendríamos que clamar: !Señor, que vea! (Marcos, 10, 51) Que vea las maravillas que realiza tu misericordia.


Es posible que Cristo pase con frecuencia a nuestro lado y nos hable con las palabras de un amigo o de un sacerdote, y no le prestemos atención o despreciemos lo que nos dicen, porque nuestros pensamientos son otros. Viene bien en tales casos recordar lo que nos dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: 'Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones' (Hebreos, 3, 15), abre de par en par las puertas a Cristo.


La voz del Señor se distingue porque nos invita a sacar nuestro mejor yo en los distintos momentos de nuestra vida con una exigencia amable. Y lo hace, porque está en juego nuestra felicidad y la de otros. No solo la mala voluntad es causa del endurecimiento del corazón, también la desidia, la pereza que conduce a rechazar los requerimientos divinos con un no o con un mañana, luego, después[1].

TEXTO PARA LA ORACION


Hoy en nuestra oración personal nos ponemos en las manos de Dios para «avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud»[3].


«¡Qué capacidad tan extraña tiene el hombre para olvidarse de las cosas más maravillosas, para acostumbrarse al misterio!  El cristiano no puede ser superficial. Estando plenamente metido en su trabajo ordinario (…) ha de estar al mismo tiempo metido totalmente en Dios, porque es hijo de Dios»[4]. Por eso, es lógico que hoy consideremos en nuestra oración la necesidad de la conversión, de redirigir nuestros pasos hacia el Señor, y purificar nuestro corazón haciendo propios los sentimientos del salmista: «Cor mundum crea in me, Deus, et spiritum firmum innova in visceribus meis; Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme»[5]. Son palabras del salmo Miserere, que la Iglesia nos propone con frecuencia en este tiempo litúrgico, y que San Josemaría rezó tanto.


El camino de Israel por el desierto


Se trata que en la oración personal echemos raíces profundas en varios episodios clave de la historia de la Salvación, que es también nuestra historia. Uno de ellos es la travesía del pueblo elegido por el desierto. Esos cuarenta años fueron para los israelitas un tiempo de prueba y de tentaciones. Yahveh les acompañaba de continuo y les iba haciendo entender que sólo debían apoyarse en Él: iba ablandando su duro corazón de piedra[6]. Fue además un tiempo de gracias constantes: aunque el pueblo sufría, era Dios quien les consolaba y les orientaba con la palabra de Moisés, les alimentaba con el maná y las codornices, les daba el agua en la Roca de Meribá[7].


¡Qué cercanas nos resultan las palabras, llenas de ternura, con las que Dios hace recapacitar a los israelitas sobre el sentido de su larga travesía! «Debes recordar todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer por el desierto durante estos cuarenta años, para hacerte humilde, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón, si guardas o no sus mandamientos. Te humilló y te hizo pasar hambre. Luego te alimentó con el maná, que desconocíais tú y tus padres, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor»[8]. El Señor nos dirige también hoy estas palabras; a nosotros que, en el desierto de nuestra vida, ciertamente experimentamos la fatiga y problemas de cada día, aunque no nos faltan los cuidados paternales de Dios, a veces a través de la ayuda desinteresada de nuestros familiares, de amigos o incluso de personas de buena voluntad que permanecen anónimas. Con su pedagogía inefable, el Señor nos va metiendo en su corazón, que es la verdadera tierra prometida: «Praebe, fili mi, cor tuum mihi… Dame, hijo, tu corazón, y que tus ojos guarden mis caminos»[9].


Muchos de los episodios del Éxodo eran sombra de realidades futuras. De hecho, no todos los que participaron en aquella primera peregrinación llegaron a entrar en la tierra prometida[10]. Por eso, la epístola a los Hebreos, citando el salmo 94, se duele de la rebeldía del pueblo y a la vez celebra la llegada de un nuevo éxodo: «Los primeros en recibir la buena nueva no entraron a causa de su desobediencia», y Dios «vuelve a fijar un día, hoy, cuando afirma por David al cabo de tanto tiempo (…): Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones»[11]. Ese hoy es el inaugurado por Jesucristo. Con su Encarnación, su vida y su glorificación, el Señor nos conduce por el éxodo definitivo, en el que las promesas encuentran perfecto cumplimiento: nos hace sitio en el cielo; consigue «un tiempo de descanso para el pueblo de Dios. Porque quien entra en el descanso de Dios, descansa también él de sus trabajos»[12].

El camino de Cristo por el desierto


En el pasaje de Jesús en el desierto que, en solidaridad con nosotros, quiso ser tentado al final de los cuarenta días. Ver su victoria sobre Satanás nos llena de esperanza, y nos hace saber que con Él podremos vencer también en las batallas de la vida interior. Nuestras tentaciones, entonces, ya no nos inquietan, sino que se convierten en ocasión para conocernos mejor y para fiarnos más de Dios. Descubrimos que el ideal de una vida acomodada es un espejismo de la auténtica felicidad y nos damos cuenta, con San Josemaría, de que «hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30)»[13].


La experiencia de nuestra fragilidad personal no acaba en el temor, sino en la petición humilde que pone en acto nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor: «Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de ti» podemos decir, con palabras que repitió con frecuencia san Josemaría[14]. Con Jesús, encontramos las fuerzas para rechazar decididamente la tentación, sin ceder al diálogo: «Mirad bien cómo responde Jesús. Él no dialoga con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús (...) elige refugiarse en la Palabra de Dios y responde con la fuerza de esta Palabra. Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará»[15].


El relato de la Transfiguración del Señor, nos reafirma en esta convicción de la certeza de la victoria, a pesar de nuestras limitaciones. También nosotros participaremos de su gloria, si nos sabemos unir a su Cruz en nuestra vida cotidiana. Para eso, hemos de alimentar nuestra fe, como aquellos personajes del Evangelio : la samaritana, que supera el pecado para reconocer en Jesús al Mesías que calma, con el agua viva del Espíritu Santo, su sed de amor[16]; el ciego de nacimiento, que ve a Cristo como luz del mundo, venciendo la ignorancia, mientras los videntes del mundo se quedan ciegos[17]; Lázaro, cuya resurrección nos recuerda que Jesús ha venido a traernos una vida nueva[18]. Contemplando estos relatos como un personaje más, con la ayuda de los santos, encontraremos recursos para nuestra oración personal, y se fortificará la presencia de Dios más intensa que procuraremos mantener en estos días.


Nuestro camino penitencial como hijos


El camino del cristiano tiene un sentido penitencial: «Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas». Con la humildad de quien se reconoce pecador, pedimos con toda la Iglesia la intervención que esperamos de la misericordia de Dios Padre: una mirada amorosa sobre nuestra vida, y su perdón reparador.


Tenemos que asumir nuestra parte en el proceso de conversión, al invitarnos a la práctica de las tradicionales obras penitenciales. Estas manifiestan un cambio de actitud en nuestra relación con Dios (oración), con los demás (limosna) y con nosotros mismos (ayuno)[19]. Es el «espíritu de penitencia», del que hablaba San Josemaría, y del que proponía tantos ejemplos prácticos: «penitencia es el cumplimiento exacto del horario (…). Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío. Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros (…), soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada (…); comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos»[20].


Sabemos a la vez que de nada cuentan las acciones meramente externas sin la gracia de Dios; no es posible identificarnos con Cristo sin su ayuda: «quia tibi sine te placere non possumus, ya que sin tu ayuda no podemos complacerte»[21]. Apoyado en Él, procuramos realizar estas obras «en lo oculto», donde sólo ve nuestro Padre Dios[22], rectificando con frecuencia la intención, y buscando de modo más claro la gloria de Dios y la salvación de todos. Escribe el apóstol Juan: «El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve»[23]. Son palabras que invitan a un examen profundo, porque no es posible separar ambos aspectos de la caridad. Si nos sabemos contemplados por Él, el sentido de nuestra filiación divina irá empapando la vida interior y el apostolado, con una contrición más confiada y filial, y con una entrega sincera a quienes nos rodean: familiares, colegas de trabajo, amigos.


El camino penitencial a través de los sacramentos


En nuestra lucha diaria contra el desorden del pecado, los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía son también unos momentos privilegiados. Es lógico que nuestra penitencia interior se perfeccione gracias a la celebración del sacramento de la Confesión. Mucho depende de las disposiciones del penitente, aunque el protagonismo es de Dios, que nos mueve a la conversión. A través de este sacramento -verdadera obra maestra del Señor[24]- percibimos su buen hacer con nuestra libertad caída. San Josemaría presentaba así el papel que nos corresponde a nosotros: «Aconsejo a todos que tengan como devoción (…) hacer muchos actos de contrición. Y una manifestación externa, práctica, de esa devoción es tener un cariño particular al Santo Sacramento de la Penitencia»[25], en el que «nos revestimos de Jesucristo y de sus merecimientos»[26].




Cualquier tiempo es un momento estupendo para fomentar este «cariño particular» por la Confesión, viviéndola nosotros en primer lugar, y dándola a conocer a muchas personas.

Después de la absolución que el sacerdote da en el nombre de Dios, el Ritual propone, entre otras posibles, una bella oración de despedida del penitente: «La pasión de nuestro Señor Jesucristo, la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos, el bien que hagas y el mal que puedas sufrir, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna. Vete en paz»[27]. Es una antigua plegaria en la que el sacerdote pide a Dios que extienda el fruto del sacramento a toda la vida del penitente, recordando de qué fuente mana su eficacia: los méritos de la Víctima inocente y de todos los Santos.


Como le sucedió al hijo menor de la parábola, tras el abrazo de nuestro Padre Dios somos admitidos al banquete[28]. ¡Qué alegría participar bien limpios en la Eucaristía! «Ama mucho al Señor. Custodia en tu alma, y foméntala, esta urgencia de quererle. Ama a Dios, precisamente ahora, cuando quizá bastantes de los que le tienen en sus manos no le quieren, le maltratan y le descuidan. ¡Trátame muy bien al Señor, en la Santa Misa y durante la jornada entera!»[29].


A través de la liturgia, la Iglesia nos invita a recorrer con garbo el camino de nuestra vida. La celebración frecuente de los sacramentos, la meditación asidua de la Palabra de Dios y las obras penitenciales, sin que falte esa alegría -Laetare Ierusalem!- , son prácticas que afinan nuestra alma, y nos preparan para participar con intensidad de la vida de cristiano, sobre todo cuando reviviremos los momentos cumbre de la existencia de Jesús en la tierra. «Hemos de hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas»[31]. Contemplando al Señor que da la vida por nosotros, bien purificados de nuestros pecados, redescubriremos la alegría de la salvación que Dios nos trae: «Redde mihi laetitiam salutaris tui, devuélveme el gozo de tu salvación»[32].