"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

14 de septiembre de 2023

El sentido auténtico de la Cruz

 



EVANGELIO Juan. 3, 13


Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.


 Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 


Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.


PARA TU RATO DE ORACION 


NOSOTROS hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y libertado». La Iglesia hace suyas estas palabras de san Pablo en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Hoy podemos mirar con especial devoción esos travesaños que, aunque siglos atrás hablaban de muerte, hoy nos hablan de vida y libertad. Para los cristianos, la Cruz del Señor no es una tragedia, sino fuente de salvación.


Los enamorados miran con especial cariño los lugares u objetos relacionados con la persona amada: el sitio donde se conocieron, la foto de un momento especial, el regalo que acompañó una declaración de amor… Todo eso guarda un valor especial. La Cruz es el lugar donde Jesús ha venido a buscar con suma misericordia a la humanidad extraviada. Ahí el hijo de Dios se hizo solidario con todos los hombres, especialmente con los que sufren y con los que aparentemente han perdido toda esperanza. La Cruz nos habla de esa relación particular que Cristo tiene con cada persona que se abre a su consuelo y a su perdón.


Durante la peregrinación por el desierto, el pueblo de Israel miraba a una serpiente de bronce colgada en un estandarte para conseguir la curación (cfr. Núm 21,4-9). Jesús anuncia a Nicodemo que, en los tiempos mesiánicos, «lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). Al dirigir nuestra mirada a la Cruz, podemos recordar todo lo que Cristo ha hecho por nosotros, empezando por el sacrificio que nos permitió recuperar la vida.


COMPRENDER el sentido auténtico de la Cruz no es sencillo. San Pedro amaba sinceramente al Señor, pero en un primer momento no entendió qué quería decir con el anuncio de su Pasión, y Jesús tuvo que reprenderlo cuando intentó disuadirlo de dar su vida (cfr. Mt 16,21-23). Sin embargo, años más tarde el apóstol captaría más plenamente su significado, hasta el punto de estar también dispuesto a morir en un madero.


San Josemaría animaba a descubrir en la Cruz una llamada a identificarse con Cristo; es decir, a no ver en el madero simplemente un recuerdo de un acontecimiento pasado, sino una invitación a descubrir que es un suceso actual, presente en nuestra propia vida. «Me preguntas: ¿por qué esa Cruz de palo? –Y copio de una carta: “Al levantar la vista del microscopio la mirada va a tropezar con la Cruz negra y vacía. Esta Cruz sin Crucificado es un símbolo. (...) La Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella”»


Para algunos, la Cruz está como muda, parece que anuncia solo dolor. Sin embargo, para los cristianos es una invitación a ser generosos, a unirnos a Jesús que nos espera para concedernos la misma capacidad para vivir siempre con amor y no dar espacio a las consecuencias del pecado. En la Cruz el Señor restaura la naturaleza herida del hombre: ante la mayor injusticia, Jesús no permite que en su corazón humano nazcan el resentimiento, la desobediencia, el odio, etc. Solo alguien con la fuerza de Dios podría hacerlo. Cristo crucificado está recreando el hombre y aquella nueva vida nos la entrega en los sacramentos. Por eso, cargar con la Cruz no consiste solamente en «soportar con paciencia las tribulaciones cotidianas, sino en llevar con fe y responsabilidad esta parte de cansancio y de sufrimiento que la lucha contra el mal conlleva. (…) Así el compromiso de “tomar la cruz” se convierte en participación con Cristo en la salvación del mundo»


«PARA UN CRISTIANO, exaltar la cruz quiere decir entrar en comunión con la totalidad del amor incondicional de Dios por el hombre». Abrazar la cruz es un acto de fe por el que deseamos vivir solamente del amor que nos ofrece Cristo. De ahí que san Juan Crisóstomo nos recuerde que la Cruz acompaña la vida cristiana, y esto es una fuente de gozo: «Que nadie, pues, se avergüence de los símbolos sagrados de nuestra salvación, de la suma de todos los bienes, de aquello a que debemos la vida y el ser»


El Señor sigue atrayendo a una multitud de hombres y mujeres desde la Cruz: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Es fácil imaginar la pasión y convicción con la que Jesús habría pronunciado estas palabras, mientras se acercaba el momento en el que daría su vida. Para él, la Cruz es el momento del triunfo definitivo, el camino para conquistar los corazones que tanto ama. Es el trono desde el que él reina y que simboliza «la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, del servicio sobre el dominio, de la humildad sobre el orgullo, de la unidad sobre la división».


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Podemos acudir a la Virgen, quien supo estar al pie de la Cruz acompañando a su hijo. «Invoca al Corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos –aconsejaba san Josemaría–. Y pídele –para cada alma– que ese dolor suyo aumente en nosotros la aversión al pecado, y que sepamos amar, como expiación, las contrariedades físicas o morales de cada jornada».





13 de septiembre de 2023

FELICIDAD

 


Evangelio (Lc 6, 20-26)


Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir:


­­– Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.


» Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.


» Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.


» Bienaventurados cuando los hombres os odien, cuando os expulsen os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas.


» Pero ¡ay de vosotros ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!


» ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre!


» ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!


» ¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!


PARA TU RATO DE ORACION


El conocido pasaje de las bienaventuranzas que nos relata San Lucas comienza diciéndonos que Jesús “alzando los ojos hacia sus discípulos comenzó a decirles”. El Señor que nos mira y nos habla y nos muestra que existe una felicidad superior a la que quizá teníamos pensada. Nos enseña que estamos llamados a una felicidad muchísimo más alta y profunda y grande; una felicidad que no pueda ser amenazada por el dolor, la contrariedad y el sufrimiento.


Ciertamente estas palabras del Señor pueden ser desconcertantes, pero, a su vez, nos dan mucha luz sobre lo que significa ser discípulo de Cristo. El Papa Francisco nos dice que las bienaventuranzas son “el carné de identidad del cristiano”[1].


Son el camino para seguir a Cristo, para identificarnos con Él por medio del amor. En nuestro seguimiento del Señor en medio del mundo, en medio del trabajo ordinario, viviremos ese encuentro con el Señor en la pobreza y el hambre, el llanto y la persecución.


La pobreza y el hambre de no disponer de medios materiales ni de trabajo; el dolor y el llanto ante acontecimientos que rompen el corazón; o la incomprensión e incluso la persecución por seguir al Señor. Son realidades que están presentes en la vida corriente de todos los cristianos.


Al tener que vivirlas nos puede servir recordar, como lo hace el Señor en este evangelio, que la última palabra siempre es divina, no humana. Los pobres y los hambrientos serán saciados; los que lloran serán consolados, los que son perseguidos tendrán una recompensa grande en el cielo.


«EN LAS bienaventuranzas, Jesucristo nos ofrece las llaves que nos abren las puertas del cielo… y de la felicidad en esta tierra»[1]. Sin embargo, a nuestro corazón le cuesta creer que encontrará gozo en la pobreza, en el hambre, en el llanto o en la persecución. El Señor insiste al emplear dos verbos muy expresivos para indicar la meta de ese trayecto: «alegraos» y «regocijaos» (Lc 6,23).


Estas aparentes contradicciones nos invitan «a reflexionar sobre el profundo significado de tener fe, que consiste en fiarnos totalmente del Señor. Se trata de derribar los ídolos mundanos para abrir el corazón al Dios vivo y verdadero; solo él puede dar a nuestra existencia esa plenitud tan deseada y sin embargo tan difícil de alcanzar. Hay muchos, también en nuestros días, que se presentan como dispensadores de felicidad (...). Y aquí es fácil caer sin darse cuenta en el pecado contra el primer mandamiento, la idolatría, reemplazando a Dios con un ídolo. ¡La idolatría y los ídolos parecen cosas de otros tiempos, pero en realidad son de todos los tiempos!»[2].


«Dios quiere abrirnos –comenta el prelado del Opus Dei– un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos. Es necesario confiar en él, dar un paso hacia su encuentro, y quitarnos el miedo de pensar que, si lo hacemos, perderemos muchas cosas buenas de la vida. La capacidad que tiene de sorprendernos es mucho mayor que cualquiera de nuestras expectativas»[3]. Esto no quiere decir que la vida cristiana consista en acumular sufrimiento en la tierra para poder gozar después del cielo; Jesús nos quiere felices también aquí, pero no desea que nuestra felicidad dependa de lo efímero, de lo que rápidamente pasa, sino en lo realmente verdadero, en lo único que es capaz de saciar nuestra sed de infinito.


SI RECORDAMOS el anuncio del arcángel Gabriel a María, «podemos decir que la primera palabra del Nuevo Testamento es una invitación a la alegría: “alégrate”, “regocíjate”. El Nuevo Testamento es realmente “Evangelio”, “buena noticia” que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático, tal vez peligroso. Dios está cerca de nosotros»[4]. Esta irrupción de una nueva alegría en el mundo recorre todo el Evangelio y encuentra un punto revelador en las Bienaventuranzas. Jesús es quien mejor comprende la novedad de lo que está diciendo. Por eso, si hacemos memoria de los momentos que nos han hecho felices de verdad, quizás podremos descubrir que no siempre están fundados en la riqueza, el placer o la comodidad.


«La alegría no es la emoción de un momento: ¡es otra cosa! La verdadera alegría no viene de las cosas, de tener, nace del encuentro, de la relación con los demás; nace de sentirse aceptados, comprendidos, amados y de aceptar, comprender y amar»[5]. Es lógico que a veces identifiquemos aquella alegría que nos promete Jesús como algo que sucederá en el futuro. Sin embargo, sus palabras son eficaces también en el hoy de nuestra vida cotidiana. Quien se fía de Dios está más preparado para dejarse querer. Quien se fía de Dios está mejor dispuesto a que las contrariedades sean un continuo recuerdo de que la verdadera felicidad solo la encontramos en la compañía divina.


Como hijos de Dios, creados a su imagen, no aspiramos a una felicidad finita, sino a participar de la misma felicidad de nuestro Padre del cielo. Jesús nos ha prometido que su único interés es que su alegría esté en nosotros para que nuestra alegría sea completa (cfr. Jn 15,11). Por eso, el primero que está empeñado en nuestra propia felicidad es el mismo Dios, y eso nos llena de consuelo.


¿CUÁL ES el principal obstáculo de nuestra alegría? Con la fe podemos afirmar que el único mal que nos puede llevar a la tristeza es el pecado. Las demás desdichas lo son en la medida en que todavía no juzgamos las cosas desde el punto de vista de Dios. «El Señor nos quiere felices –decía san Josemaría–. Yo veo a mis hijos siempre alegres, con una alegría sobrenatural, con algo tan íntimo que es compatible con los dolores y con las contradicciones de esta vida nuestra en la tierra»[6]. Como señala también san Juan Crisóstomo: «En la tierra hasta la alegría suele parar en tristeza; pero para quien vive según Cristo, incluso las penas se truecan en gozo»[7].


Quizá podríamos pensar alguna vez que merecemos algo de tristeza, por nuestra falta de correspondencia. No obstante, este planteamiento asume que solo podemos ser felices si hemos cumplido a la perfección todo lo que nos hemos propuesto. Mientras estamos en camino de identificarnos con Jesucristo, la alegría a la que nos llama el Señor «no se apoya en nuestras virtudes: no es vana satisfacción personal, sino que se edifica sobre la misma flaqueza y debilidad humana. Conocer la propia debilidad, experimentar la presencia de la adversidad dentro de nosotros mismos, puede y debe dar paso a la alegría»[8]. Como repetía el fundador del Opus Dei: «Estad seguros: Dios no quiere nuestras miserias, pero no las desconoce, y cuenta precisamente con esas debilidades para que nos hagamos santos»[9].


La alegría verdadera solo puede encontrarse en el amor infinito e inmerecido que Dios nos ofrece. Y nuestra madre María acogió incondicionalmente en su seno al Señor. Por eso, es capaz de afirmar, llena de humildad, que la «llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48). A ella le podemos pedir que nos haga percibir y disfrutar de esa misma alegría.



 

12 de septiembre de 2023

DULCE NOMBRE DE MARIA




 Evangelio (Lc 1, 39-47)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:- Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, qué has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.


María exclamó:


- Proclama mi alma las grandezas del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador.


PARA TU RATO DE ORACION 


María viaja deprisa. El amor es diligente, vence la pereza, las aprensiones y la fatiga. Emprende un camino largo hasta la montaña de Judea: más de 100 Km. Con toda seguridad pasaría por Jerusalén, porque Ain Karim estaba a poca distancia de la ciudad de David, y se acercaría a adorar a Dios en su Templo, llevando a Jesús en su seno. Camina con alegría, porque lleva al Salvador del mundo y va a compartir las maravillas de Dios con Isabel, a quien tanto quiere. En la Anunciación el ángel no le ha dicho a María que vaya a ver a Isabel, es ella quien toma la iniciativa. ¡Qué importante es que tú y yo tengamos iniciativas santas, que den gloria a Dios y ayuden a los demás! Tú y yo somos portadores de Cristo y hemos de mostrarlo al mundo con iniciativas, que secunden la acción del Espíritu Santo para difundir el amor de Dios a nuestro alrededor.


María saluda al entrar en la casa: `la paz de Dios sea contigo´, y su voz virginal llena la estancia. La casa de Isabel se ilumina con una alegría nueva. Dos madres se abrazan. Cada una lleva en su seno el fruto del amor misericordioso de Dios. Y fíjate: el Señor permanece callado, pero su silencio lo suple la Gracia. Hace prorrumpir en alabanzas a Isabel, que llama a María por su nuevo nombre: Madre del Señor, y el hijo que espera Isabel se estremece de gozo. Dios quiere mostrarse al mundo mediante el cariño, mediante la amistad.


No nos dice san Lucas que san José estuviese presente, pero podemos pensar que acompañó a su esposa Inmaculada en aquel largo viaje. También él permanece en silencio, maravillado por las palabras de Isabel, al ver que el Espíritu Santo le había dado a conocer el misterio de la plenitud de los tiempos: que el Hijo unigénito de Dios se había encarnado en el seno purísimo de María. Muchas veces san José rememoraba ese momento y lo contemplaba de nuevo, como si estuviese presente y escuchase otra vez el saludo alegre de la Virgen y las palabras de Isabel.


LA SORPRESA de santa Isabel debió de ser grande cuando, en medio de su embarazo, recibió la visita de su prima. «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre –dijo Isabel–. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?» (Lc 1,41-43). La cercanía de María hace que la esposa de Zacarías se sienta desbordada de alegría. Meses antes había recibido con gozo la noticia de que daría a luz; y ahora el Señor le da una nueva gracia, enviándole a su prima para que la acompañe en ese momento tan especial.


Este estupor de santa Isabel se repite en el corazón de los cristianos cuando descubren la cercanía de María en sus vidas y, por tanto, la del Señor. Jesucristo se introduce en el tiempo no de una manera extraña, sino en las entrañas de su Madre. Y precisamente ella es la primera que viene a nuestro encuentro, como lo hizo con su prima. La fiesta del Dulce Nombre de María nos recuerda que tenemos una madre cercana, a la que podemos llamar con la certeza de ser escuchados. «De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón»[1].


Nuestra fe y esperanza se encienden cuando pronunciamos el nombre de la Madre de Jesús. No es difícil dirigirse a ella: basta que la llamemos con la naturalidad de hijos. Como repetía san Josemaría: «La relación de cada uno de nosotros con nuestra propia madre puede servirnos de modelo y de pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre, María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con ese mismo corazón hemos de tratar a María»[2].


«EN CUANTO llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno» (Lc 1,44). Las palabras de María hacen que Juan se mueva en el seno de su madre. Detrás de la alegría de su hijo, santa Isabel percibe que la Virgen lleva consigo la esperanza de Israel. Por eso no se ahorra las alabanzas al dirigirse a ella: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. (…) Bienaventurada la que ha creído, porque se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor» (Lc 1,42.45).


Al igual que santa Isabel, también nosotros podemos alabar a nuestra Madre porque ha dejado obrar a Dios en su vida y, así, el mundo ha sido alcanzado por la paz. Esto nos puede llenar de esperanza en medio de nuestras luchas cotidianas. En efecto, muchos santos han aconsejado dirigirse a santa María en medio de las tribulaciones para encontrar optimismo y serenidad. «En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María –escribía san Bernardo–. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón»[3].


No importa que, en ocasiones, nuestra vida parezca un mar agitado por las debilidades: llamar a santa María nos llena de seguridad. «En la tradición occidental el nombre “María” se ha traducido como “Estrella del Mar”. Así se expresa precisamente esta experiencia: ¡cuántas veces la historia en la que vivimos aparece como un mar oscuro que azota amenazadoramente con sus olas la barca de nuestra vida! A veces la noche parece impenetrable. (…) A menudo entrevemos solo de lejos la gran Luz, Jesucristo, que ha vencido la muerte y el mal. Pero entonces contemplamos muy próxima la luz que se encendió cuando María dijo: “He aquí la sierva del Señor”. Vemos la clara luz de la bondad que emana de ella»[4].


LA VIRGEN recibe con sencillez las alabanzas de santa Isabel: «Engrandece mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46-47). La verdadera devoción hacia santa María nos hace dirigirnos espontáneamente hacia Dios, la fuente de todas las gracias. Si ella exclama que «desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48), es porque la potencia del Señor se ha hecho presente en su vida.


María ocupa en la oración del cristiano «un lugar privilegiado, porque es la Madre de Jesús. Las Iglesias de Oriente la han representado a menudo como la Odighitria, aquella que “indica el camino”, es decir, el Hijo Jesucristo (…) En la iconografía cristiana su presencia está en todas partes, y a veces con gran protagonismo, pero siempre en relación al Hijo y en función de él. Sus manos, sus ojos, su actitud son un catecismo viviente y siempre apuntan al fundamento, el centro: Jesús. María está totalmente dirigida a él»[5].


Al celebrar el dulce nombre de María, podemos pedirle que nos siga indicando el camino hacia su Hijo. La oración que dirigimos a ella nos une espontáneamente hacia Jesús. En el avemaría la aclamamos como «bendita entre todas las mujeres», e inmediatamente después añadimos: «Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Cuando en ocasiones no sepamos cómo dirigirnos al Señor, nuestra Madre nos ofrece una ruta segura para llegar a él, pues «a Jesús siempre se va y se “vuelve” por María»[6].


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11 de septiembre de 2023

RECTITUD DE INTENCIÓN

 


Evangelio (Lc 6, 6-11)

Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y había allí un hombre que tenía seca la mano derecha. Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él conocía sus pensamientos y le dijo al hombre que tenía la mano seca:

- Levántate y ponte en medio.

Y se levantó y se puso en medio. Entonces Jesús les dijo:

- Yo os pregunto: ¿es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o perderla?

Entonces, mirando a todos los que estaban a su alrededor, le dijo al que tenía la mano seca:

- Extiende tu mano.

Él lo hizo, y su mano quedó curada. Ellos se llenaron de rabia y comenzaron a discutir entre sí qué harían contra Jesús.


PARA TU RATO DE ORACION 


UN SÁBADO, Jesús «entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y había allí un hombre que tenía seca la mano derecha. Los escribas y los fariseos le observaban a ver si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle» (Lc 6,6-7). Esta escena del evangelio pone de relieve el motivo por el que algunas autoridades judías siguen a Jesús. No les interesan sus enseñanzas, ni tampoco se alegran cuando presencian algún milagro. Más bien buscan la excusa perfecta para poder desprestigiarle. «¡Oh fariseo! –dice san Cirilo de Alejandría–, ves al que hace cosas prodigiosas y cura a los enfermos en virtud de un poder superior, y tú proyectas su muerte por envidia»[1].

Quienes juzgan al Señor en esa escena, demuestran que no les preocupa aquel hombre con la mano seca. Su prioridad no es compadecerse de la enfermedad de esta persona y, si es posible, liberarla, sino que se fijan únicamente en el cumplimiento estricto de la ley del sábado; lo único que les preocupa es acusar a quien no lo respetaba que, en este caso, es Jesús, el mismo autor de la ley. Con su formalismo, aquellos fariseos «no dejan lugar a la gracia de Dios» y se detienen «en sí mismos, en sus tristezas, en sus resentimientos», siendo así incapaces «de llevar la salvación, porque le cierran la puerta»[2].

En el fondo, estas personas han convertido la amplia vía de la misericordia de Dios en un angosto sendero de legalismos; en vez de ser ayuda alentadora en ese caminar, son obstáculo; en donde existen personas, ven solo desviaciones a la norma. De frente a esta manera de juzgar al prójimo, nos advierte san Josemaría: «No se pueden ofrecer fórmulas prefabricadas, ni métodos o reglamentos rígidos, para acercar las almas a Cristo. El encuentro de Dios con cada hombre es inefable e irrepetible, y nosotros debemos colaborar con el Señor para hallar –en cada caso– la palabra y el modo oportunos, siendo dóciles y no intentando poner raíles a la acción siempre original del Espíritu Santo»[3].


SAN LUCAS señala que Jesús conoce los pensamientos de estos escribas y fariseos (cfr. Lc 6,8). El Señor sabe perfectamente que no se encuentran ahí para escucharle con humildad y después seguir sus enseñanzas. Aunque exteriormente se comportan como los demás, su interior contrasta con la sencillez del resto de oyentes. No acompañan al Señor con el deseo de cambiar sus vidas y de agradar a Dios, sino con el propósito de encontrar algo de qué acusarle.

«La rectitud de intención –decía san Josemaría– está en buscar “solo y en todo” la gloria de Dios»[4], por encima de nuestra gloria personal o del apego a los criterios con los que juzgamos la realidad. La vida cristiana no se reduce a “cumplir” ciertos estándares o reglamentos morales o religiosos: aquellos fariseos, de hecho, eran celosos cumplidores de la ley, daban limosnas, pasaban horas en el templo, ayunaban… Pero Jesús sabía que no lo hacían para dar gloria a su Padre y, por lo tanto, eso no les acercaba a los demás ni a la auténtica felicidad. «Este pueblo –les diría el Señor en otra ocasión, citando al profeta Isaías– me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí» (Mt 15,8).

La vida cristiana va siempre acompañada de obras externas. Sin embargo, es decisivo que aquellas obras estén animadas por el espíritu de bondad y de santidad que vemos en la vida del Señor, de los apóstoles y de los santos. De este modo, el cristiano puede convertir «en oro puro, como hacía el rey Midas, todo lo que toque, por la rectitud de intención que, con la gracia de Dios, le lleva a hacer –de lo que es indiferente– una cosa santa»[5].


DESPUÉS de haber pedido al hombre de la mano seca que se pusiera en medio, Jesús lanzó esta pregunta a los escribas y fariseos: «¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida de un hombre o perderla?» (Lc 6,9). Sin esperar respuesta, el Señor obró el milagro y la mano del hombre quedó curada.

Jesús no entendía de cálculos a la hora de hacer el bien. Había venido al mundo para salvar a los hombres y dedicó toda su vida a este propósito. Por eso hacía milagros también en sábado, pues quería mostrar que en primer lugar se encuentra siempre el bien de la persona. Cuando se trataba de salvar a alguien, no dudaba en rodearse de pecadores públicos (cfr. Mc 2,16), en recorrer cuantas ciudades fuesen necesarias (cfr. Lc 4,43), o en entrar en casas de gentiles (cfr. Mt 8,7). En definitiva, su misión redentora no tenía horarios ni distinciones de ningún tipo: Jesús se mostraba siempre disponible.

La tarea de dar a conocer a Dios también, en ese sentido, nos saca de nuestros esquemas y seguridades. El sentido de misión propio del apóstol nos lleva a experimentar «el gusto de ser un manantial, que desborda y refresca a los demás. Solo puede ser misionero alguien que se sienta bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros»[6]. Esta es la apertura de corazón que vivió santa María. En sus años en la tierra puso siempre en primer lugar el bien de Jesús. Y ahora muestra esa misma disponibilidad a todos los que se acercan, como buenos hijos, a pedir su ayuda materna.

10 de septiembre de 2023

LA CORRECCION FRATERNA

 


Evangelio (Mt 18,15-20)


Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la iglesia, tenlo por pagano y publicano.


Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.


Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.


PARA TU RATO DE ORACION 


Componen el evangelio de este domingo tres dichos de Jesús que regulan aspectos importantes para la futura vida de la Iglesia: la corrección fraterna entre los fieles, el poder de atar y desatar otorgado a los apóstoles y sus sucesores y la eficacia de la oración en común.


El mensaje de Jesús no hace impecables a los hombres; pero sí les pide amarse unos a otros a pesar de sus defectos y errores. Una muestra clara de este amor es la mutua ayuda por medio del perdón y de la corrección. Con esta primera enseñanza, Jesús invita a cada uno a vivir el papel de un juez misericordioso que trata con comprensión a quien le ha agraviado o yerra en algo. Por eso, “la práctica de la corrección fraterna –que tiene entraña evangélica– es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza –decía san Josemaría−. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives”[1]. La corrección fraterna evita también, como señala el Papa Francisco, “esa amargura del corazón que lleva a la ira y al resentimiento y que nos conducen a insultar y agredir. Es muy feo ver salir de la boca de un cristiano un insulto o una agresión. (…) Insultar no es cristiano”[2].


Sobre la corrección fraterna, verdadero acto de nobleza y amistad, hablaron bastantes Padres de la Iglesia, quienes sacaban consecuencias prácticas a partir de las palabras de Jesús. Por ejemplo, san Agustín amonestaba así a sus fieles: “debemos, pues, corregir al hermano por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto”[3].


En cuanto al segundo dicho de Jesús (v. 18), el Catecismo de la Iglesia explica que «las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquél a quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios» (n. 1445). Después de hablar de la reconciliación entre hermanos, Jesús entrega a sus apóstoles la potestad de reconciliar a los fieles con la Iglesia. Este poder se expresa ordinariamente por medio de la confesión de los pecados a través del confesor, que ha recibido el poder del obispo, sucesor de los apóstoles.


Por último, Jesús se refiere a “otro fruto de la caridad en la comunidad: la oración en común −decía Benedicto XVI−. La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor”[4]. Cuando oramos juntos no solo movemos a Dios a concedernos lo que pedimos, sino que además se nos regala la presencia del mismo Dios entre nosotros que es, en definitiva, el principal don que podemos y debemos pedir.


Como explica el Magisterio, “Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, tanto en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, como, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”[5].


LA CORRECCION FRATERNA


CUANDO el Señor llegó a Galilea junto a sus discípulos, pronunció un discurso en el que describió algunas características de la vida en la Iglesia. Uno de sus rasgos es la fraternidad: los cristianos velan por sus hermanos como hizo Cristo, para atraerlos a todos hacia el Padre. Jesús sabía bien que en muchas ocasiones nos resistimos y, en ese convivir unos con otros, podemos herir a alguien que tenemos cerca. Entonces el Señor propone una solución audaz. En vez de retirarle la confianza o de resolverlo por vías de distanciamiento, pide a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15).


Esta costumbre evangélica consiste en que otra persona, después de considerarlo en su oración junto a Dios, nos ofrece una sugerencia para mejorar algún aspecto concreto de nuestra vida. Este auxilio nos da la seguridad de sabernos parte de toda una familia implicada en nuestra lucha. Manifiesta que somos importantes para alguien y que necesitamos ser cuidados. Es fruto de tener a alguien al lado que no solo nos aconseja en los cruces de caminos importantes, sino que nos comprende y nos anima en lo que nos puede costar en el día a día, aunque con frecuencia sean las mismas realidades. Así, en caso de necesidad, ese hermano o hermana puede acudir en nuestra ayuda. Por eso, la corrección fraterna es lo contrario a la crítica, la murmuración o la difamación. Mientras que en estas últimas hay juicio y condena, en la ayuda fraterna hay un abrazo que acoge e impulsa hacia el futuro. El Señor cuenta con los demás para ayudarnos a ser, con su gracia, la mejor versión de nosotros mismos, con nuestra historia y nuestras características peculiares. «Dios muchas veces se sirve de una amistad auténtica para llevar a cabo su obra salvadora»[1].


EN LA HISTORIA de la salvación vemos que Dios siempre actúa en un pueblo, en una comunidad, en una familia, en un grupo de amigos. Pensar que la santidad prescinde de lo que los demás pueden hacer por nosotros podría ser un síntoma de aislamiento. Por eso, es natural que, en un entorno de amistad, surja la corrección fraterna. La comprensión es quizá uno de los primeros pasos para poder ayudar. Evita que nuestra mirada tropiece en detalles de poca importancia, y más bien invita a sintonizar con ese profundo anhelo de santidad que vivifica el actuar de cualquier cristiano y que poco a poco impregna las distintas manifestaciones de la vida diaria.


San Josemaría decía que «más que en “dar”, la caridad está en “comprender”»[2]. En primer lugar, nos lleva a ver las virtudes y las cualidades de los demás. Al ayudar a un hermano, procuramos mirarlo como lo hace Dios y tratamos de custodiarlo como algo precioso, valorando lo bueno que tiene y las posibilidades de madurar en el amor. Por eso lo que impulsa la práctica de la corrección fraterna no es tanto la pretensión de conservar un orden externo, sino el deseo de que la persona que tengo cerca sea cada vez más feliz. Esa convicción de buscar su felicidad implica, por tanto, el máximo respeto a su libertad, porque solo así la fraternidad es delicada y verdadera.


«Ponte siempre en las circunstancias del prójimo –sugería san Josemaría–: así verás los problemas o las cuestiones serenamente, no te disgustarás, comprenderás, disculparás, corregirás cuando y como sea necesario, y llenarás el mundo de caridad»[3]. La comprensión no consiste en obviar el daño que hemos recibido o lo mucho que, según nos parece, el otro puede mejorar; más bien nos permite entender que todos necesitamos del cariño y, en especial, del perdón, «como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros»[4]. Nos dice que los defectos pueden no tener la última palabra en la relación con el otro. Como enseña el prelado del Opus Dei, podemos estar seguros «de que lo positivo es muy superior a lo negativo. En cualquier caso, lo negativo no es motivo de separación, sino de oración y de ayuda; si cabe, de más cariño; y, si es el caso, de corrección fraterna»[5].


EL MISMO Jesús practicó la corrección fraterna en varias ocasiones. Quizá la más impactante es la que realizó a Pedro cuando, después de predecir su muerte y su resurrección, el apóstol le reprendió diciendo: «¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso». Cristo corrigió inmediatamente el planteamiento de Pedro: «¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres» (Mt 16,22-23). Resulta sorprendente ver que Jesús llama «Satanás» a quien poco antes le había confiado las llaves del Reino de los Cielos. Podríamos decir, incluso, que es todavía más llamativo no tener noticia de ninguna reacción negativa por parte de Pedro. ¿Quién no se hubiera desanimado al escuchar un reproche así de labios de Cristo?


Probablemente Pedro no entendiera del todo lo que estaba sucediendo. Sin embargo, estaba seguro de una cosa: que Cristo lo amaba de todo corazón. No solamente era el Mesías esperado, sino que era un amigo que se preocupaba por él, le manifestaba su afecto continuamente y que le iba desvelando poco a poco los misterios profundos de sus planes de salvación. La corrección buscaba, en primer lugar, modificar un planteamiento importante de fondo. Por eso, aquel reproche, aunque fuera duro, no lo derrumbó, pues tenía la seguridad de que Jesús solo quería su bien y que le estaba haciendo partícipe de su sabiduría divina. Al mismo tiempo, Cristo sabía bien a quién se lo estaba diciendo. Sus palabras permiten intuir que la confianza con Pedro era muy grande y que sabía que podía sacar provecho de ellas sin sentirse herido.


«No se puede corregir a una persona sin amor y sin caridad»[6]. La corrección fraterna necesita un contexto –como el que se creó entre Jesús y Pedro– en el que se haya percibido la cercanía, el interés sincero y la preocupación real por la vida del otro. Y requiere, además, conocer bien a ese hermano o hermana. Así, más que un punto de partida de una relación de amistad, es una etapa más en el camino de la fraternidad, que permite que se puedan compartir muchos kilómetros juntos. Podemos pedir a la Virgen María que nos ayude a velar por nuestros hermanos y a acogerlos con su misma mirada de comprensión.



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9 de septiembre de 2023

“Para servir, servir”

 



Evangelio (Lc 6, 1-5)


Un sábado pasaba él por entre unos sembrados, y sus discípulos arrancaban espigas, las desgranaban con las manos y se las comían. Algunos fariseos les dijeron:


—¿Por qué hacéis en sábado lo que no es lícito?


Y Jesús respondiéndoles dijo:


—¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvieron hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la Casa de Dios, tomó los panes de la proposición y comió y dio a los que le acompañaban, a pesar de que sólo a los sacerdotes les es lícito comerlos?


Y les decía:


—El Hijo del Hombre es señor del sábado.


PARA TU RATO DE ORACION 


El evangelio de la misa de hoy, como el de ayer, nos recuerda otra controversia de algunos fariseos con Jesús. Estas controversias giraban en torno a elementos fundamentales de la religiosidad judía y Jesús tenía mucho interés en que sus interlocutores purificaran su forma de entenderlas. Cuando Dios pidió al pueblo de Israel vivir el sábado, y lo hizo de una forma especialmente solemne, no le impuso una carga, sino que le dio un don, porque la ley de Dios no es imposición sino una gracia, una ayuda singular dada a quien se ama de un modo especial. Pero el don es inferior al donador. Si no cuidamos los dones y profundizamos en su sentido, somos capaces de empequeñecer el don haciéndolo superior a su donador.


Para los cristianos, el precepto dominical es un don. La idea de dedicar ese día de un modo particular a dar centralidad a la Eucaristía y a dar gracias a Dios a través del descanso y el carácter festivo no es imponer, sino animar a considerar que todo lo que existe es regalo de Dios para nosotros, para que lo cuidemos, cosa que solo podremos hacer si lo miramos con agradecimiento. Al mismo tiempo, cuando este mundo pase, quien quedará es el Señor, nuestro verdadero Descanso, no el domingo, pues el domingo está al servicio del Señor. Ese es su sentido.


“Para servir, servir”


Tú también tienes una vocación profesional, que te "aguijonea". –Pues, ese "aguijón" es el anzuelo para pescar hombres. Rectifica, por tanto, la intención, y no dejes de adquirir todo el prestigio profesional posible, en servicio de Dios y de las almas. El Señor cuenta también con "esto". (Surco, 491)


Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar éste: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección.


Pero también ese servir humano, esa capacidad que podríamos llamar técnica, ese saber realizar el propio oficio, ha de estar informado por un rasgo que fue fundamental en el trabajo de San José y debería ser fundamental en todo cristiano: el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres. El trabajo de José no fue una labor que mirase hacia la autoafirmación, aunque la dedicación a una vida operativa haya forjado en él una personalidad madura, bien dibujada. El Patriarca trabajaba con la conciencia de cumplir la voluntad de Dios, pensando en el bien de los suyos, Jesús y María, y teniendo presente el bien de todos los habitantes de la pequeña Nazaret. (Es Cristo que pasa, 50-51)


Dios anima a los fariseos a que no se escondan en preceptos, por muy importantes que sean, para no vivir el fundamental, el que resume toda la ley: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo. Si uno ama a Dios con todo el corazón, vivirá con alegría el precepto del sábado o del domingo, y comprenderá su sentido. Jesús se dirige también a nosotros a través de estas controversias, y nos pide que amamos sinceramente lo que vivimos. Que no seamos cumplidores externos. Y amar sinceramente no es sencillo, porque amar así significa implicarnos con toda nuestra persona en el objeto de nuestro amor, esto es, ponernos a su servicio: “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28).


¿Qué significa „santificar el trabajo“ en la enseñanza del Fundador del Opus Dei? Como tendremos ocasión de mostrar en paginas sucesivas, santificar el trabajo implica poner en ejercicio la totalidad del ideal cristiano en y a través del trabajar. Solo, pues, con el desarrollo de la exposición se irá poniendo de manifiesto el alcance de la expresión, ya que las perspectivas se entrecruzan (55). En todo caso, quizá lo más acertado sea comenzar señalando un dato que puede parecer obvio, pero que no está exento de implicaciones: santificar el trabajo reclama que esa realidad a la que designamos con la palabra „trabajo“ se dé con plenitud.


El cristiano que vive en el mundo debe asumir en su vocación divina su vocación humana, y esa asunción ha de realizarse sin merma alguna -antes al contrario- de la perfección que las realidades humanas están llamadas a tener en conformidad con su dinámica constitutiva: las criaturas han de ser llevadas a Dios, pero „cada una segun su propia naturaleza, según el fin inmediato que Dios le ha dado“ (56). Se trata de un imperativo válido para todo cristiano, que en el caso del laico reviste especial importancia. No es lícito maltratar cuanto nos rodea. Es lícito, ciertamente, usar de las cosas, pero sin olvidar la naturaleza peculiar de cada una, actuando en consecuencia con respeto a la autonomía que, en su orden, tienen las realidades temporales. Le va en ello al cristiano, y muy especialmente al laico, la sinceridad de su vida humana, insertado como está en las estructuras temporales, y la de su misión divina que le vincula precisamente a esas estructuras: la seriedad en lo humano, en lo profesional, es, en suma, importante tanto desde el punto de vista de la fidelidad a la ciudad terrena, como del de la fidelidad a la llamada sobrenatural.


Vivir la personal vocación humana como parte de la vocación divina implica, pues, en primer lugar, esforzarse por alcanzar una adecuada madurez y perfección en lo estrictamente profesional, humano, técnico de la actividad laboral que se realiza y de la obra a la que esa actividad se ordena. „Para santificar la profesión, hace falta ante todo trabajar bien, con seriedad humana y sobrenatural“, se lee en una de las homilías del Fundador del Opus Dei (57). Y en Camino : „Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado.... pero no estudias. -No sirves entonces si no cambias. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros“ (58). En una entrevista de prensa, concedida en 1967, explicaba: „Lo que he enseñado siempre -desde hace cuarenta años- es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque, hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales -a manifestar su dimensión divina- y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creacion y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei “ (59).





8 de septiembre de 2023

Natividad de la Virgen

 



Evangelio (Mt 1,18-23)

La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:

Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros.


PARA TU ORACION PERSONAL


Muchos siglos habían pasado desde que Dios, en los umbrales del Paraíso, prometiera a nuestros primeros padres la llegada del Mesías. Cientos de años en los que la esperanza del pueblo de Israel, depositario de la promesa divina, se centraba en una doncella, del linaje de David, que concebirá y dará a luz un Hijo, a quien pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios con nosotros (Is 7, 14). Generación tras generación, los piadosos israelitas esperaban el nacimiento de la Madre del Mesías, aquella que ha de dar a luz, como explicaba Miqueas teniendo como fondo la profecía de Isaías (cfr. Mi 5, 2).


A la vuelta del exilio en Babilonia, la expectación mesiánica se hizo más intensa en Israel. Una ola de emoción recorría aquella tierra en los años inmediatamente anteriores a la Era Cristiana. Muchas antiguas profecías parecían apuntar en esa dirección. Hombres y mujeres esperaban con ansia la llegada del Deseado de las naciones. A uno de ellos, el anciano Simeón, el Espíritu Santo había revelado que no moriría hasta que sus ojos hubieran visto la realización de la promesa (cfr. Lc 2, 26). Ana, una viuda de edad avanzada, suplicaba con ayunos y oraciones la redención de Israel. Los dos gozaron del inmenso privilegio de ver y tomar en sus brazos a Jesús niño (cfr. Lc 2, 25-38).


Incluso en el mundo pagano —como afirman algunos relatos de la antigua Roma— no faltaban señales de que algo muy grande se estaba gestando. La misma pax romana, la paz universal proclamada por el emperador Octavio Augusto pocos años antes del nacimiento de Nuestro Señor, era un presagio de que el verdadero Príncipe de la paz estaba a punto de venir a la tierra. Los tiempos estaban maduros para recibir al Salvador.


DIOS SE ESMERA EN ELEGIR A SU HIJA, ESPOSA Y MADRE. Y LA VIRGEN SANTA, LA MUY ALTA SEÑORA, LA CRIATURA MÁS AMADA POR DIOS, CONCEBIDA SIN PECADO ORIGINAL, VINO A NUESTRA TIERRA

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos (Gal 4, 4-5). Dios se esmera en elegir a su Hija, Esposa y Madre. Y la Virgen santa, la muy alta Señora, la criatura más amada por Dios, concebida sin pecado original, vino a nuestra tierra. Nació en medio de un profundo silencio. Dicen que en otoño, cuando los campos duermen. Ninguno de sus contemporáneos cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Sólo los ángeles del cielo hicieron fiesta.


De las dos genealogías de Cristo que aparecen en los evangelios, la que recoge San Lucas es muy probablemente la de María. Sabemos que era de esclarecida estirpe, descendiente de David, como había señalado el profeta hablando del Mesías —saldrá un vástago de la cepa de Jesé y de sus raíces florecerá un retoño (Is 11, 1)— y como confirma San Pablo cuando escribe a los Romanos acerca de Jesucristo, nacido del linaje de David según la carne (Rm 1, 3).


CON SU NACIMIENTO SURGIÓ EN EL MUNDO LA AURORA DE LA SALVACIÓN, COMO UN PRESAGIO DE LA PROXIMIDAD DEL DÍA

Un escrito apócrifo del siglo II, conocido con el nombre de Protoevangelio de Santiago, nos ha transmitido los nombres de sus padres —Joaquín y Ana—, que la Iglesia inscribió en el calendario litúrgico. Diversas tradiciones sitúan el lugar del nacimiento de María en Galilea o, con mayor probabilidad, en la ciudad santa de Jerusalén, donde se han encontrado las ruinas de una basílica bizantina del siglo V, edificada sobre la llamada casa de Santa Ana, muy cerca de la piscina Probática. Con razón la liturgia pone en labios de María unas frases del Antiguo Testamento: me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad (Sir 24, 15).


Hasta que nació María, la tierra estuvo a oscuras, envuelta en las tinieblas del pecado. Con su nacimiento surgió en el mundo la aurora de la salvación, como un presagio de la proximidad del día. Así lo reconoce la Iglesia en la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora: por tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anunciaste la alegría a todo el mundo: de ti nació el Sol de justicia, Cristo, Dios nuestro (Oficio de Laudes).


El mundo no lo supo entonces. Dormía la tierra.


La voz del Magisterio


«La Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la venerable Tradición, muestran en forma cada vez más clara el oficio de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y, por así decirlo, lo muestran ante los ojos. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la Salvación en la cual se prepara, paso a paso, el advenimiento de Cristo al mundo».


«Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos bajo la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad, iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; bajo esta luz, es insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros primeros padres caídos en pecado (cfr. Gn 3, 15)».


«También Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel (cfr. Is 7, 14; Mi 5, 2-3; Mt 1, 22-23). Sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él esperan con confianza la salvación. En fin, con Ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la primera, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne».


Concilio Vaticano II Const. dogm. Lumen gentium, n. 55.


«Mirad a María, hermosa como la luna, pulchra ut luna. Es una manera de expresar su excelsa belleza. ¡Qué hermosa debe de ser la Virgen! ¡Cuántas veces nos ha impresionado la belleza de una cara angelical, el encanto de la sonrisa de un niño, la fascinación de una mirada pura! Ciertamente, en el rostro de su propia Madre, Dios ha recogido todos los resplandores de su arte divino. ¡La mirada de María! ¡La sonrisa de María! ¡La dulzura de María! ¡La majestad de María, Reina del cielo y de la tierra! Como brilla la luna en el cielo oscuro, así la hermosura de María se distingue sobre todas las hermosuras, que parecen sombras junto a Ella. María es la más hermosa de todas las criaturas. No es sólo la belleza natural la que se refleja en aquel rostro. Dios ha revestido su alma con la plenitud de sus riquezas por un milagro de su omnipotencia y ha hecho pasar a la mirada de María algo de su dignidad sobrehumana y divina. Un rayo de la belleza de Dios brilla en los ojos de su Madre».



«Pero la Iglesia no compara a María tan sólo a la luna; sirviéndose también de la Sagrada Escritura (cfr. Ct 6, 10), pasa a una imagen más intensa y exclama: ¡Tú eres, María, electa ut sol , elegida como el sol! La luz del sol tiene una gran diferencia con la de la luna: es luz que calienta y vivifica. Brilla la luna sobre los grandes glaciares del Polo, pero el glaciar permanece compacto e infecundo, como permanecen las tinieblas y perdura el hielo en las noches lunares del invierno. La luz de la luna no tiene calor, no lleva la vida. Fuente de luz y de calor y de vida es el sol. Ahora bien, María, que tiene la belleza de la luna, brilla también como un sol e irradia un calor: vivificante. Hablando de Ella, hablándole a Ella, no olvidemos que es verdadera Madre nuestra; porque a través de Ella hemos recibido la vida divina. Ella nos dio a Jesús y con Jesús la Fuente misma de la gracia. María es medianera y distribuidora de las gracias».


«Electa ut sol. Bajo la luz y el calor del sol florecen sobre la tierra y dan su fruto las plantas; bajo el influjo y la ayuda de este sol que es María, fructifican en la almas los buenos pensamientos. Quizá ya en este momento estáis inundados del encanto que mana de la Virgen Inmaculada, Madre de la divina gracia, medianera de las gracias, por ser Reina del mundo».



«Volved a recorrer, queridos hijos e hijas, la historia de vuestra vida. ¿No veis un tejido de gracias de Dios? Entonces podéis pensar: en estas gracias ha entrado María. Las flores han despuntado y los frutos han madurado en mi vida gracias al calor de esta Señora, elegida como el sol».


Pío XII (siglo XX). Radiomensaje en la apertura del Año Mariano, 8-XII-1953.


La voz de los Padres de la Iglesia


«Se llamaba Joaquín; era de la casa de David, rey y profeta; su mujer se llamaba Ana. Permaneció sin hijos hasta la vejez, porque su esposa era estéril. Y, sin embargo, precisamente a ella le estaba reservado el honor al que, según la ley de Moisés, aspiraban todas las mujeres que dan a luz, honor que no había sido concedido a ninguna mujer privada de hijos».


«Joaquín y Ana, en efecto, eran dignos de honor y de veneración, tanto en palabras como en obras; eran conocidos como pertenecientes a la estirpe de Judá y David, a la descendencia de reyes. Cuando se unieron las casas de Judá y de Leví, la rama real y la sacerdotal quedaron mezcladas. Así está escrito tanto respecto a Joaquín como respecto a José, con quien se desposó la Virgen santa. De este último se afirma directamente que era de la casa y tribu de David (cfr. Mt 1, 16; Lc 1, 5); pero lo eran los dos: uno según la descendencia natural de David, el otro en virtud de la ley según la cual eran levitas».


«También la bienaventurada Ana era una rama elegida de la misma casa. Esto significaba de antemano que el rey que nacería de su hija iba a ser sumo sacerdote, en cuanto Dios y en cuanto hombre. Sin embargo, la falta de hijos causaba un gran dolor a los venerables y estimados padres de la Virgen, a causa de la ley de Moisés y también por las burlas que recibían de algunos hombres necios. Deseaban el nacimiento de un descendiente que borrara la ignominia ante sus ojos y ante el mundo entero, y llevarles así a una gloria superior».


«Entonces la bienaventurada Ana, como aquella otra Ana madre de Samuel (cfr. 1 Sam 1, 11), fue al templo y suplicó al Creador del universo que le concediera un fruto de sus entrañas, para consagrárselo, a cambio de haberlo recibido como don. Tampoco el bienaventurado Joaquín estaba inactivo, sino que pedía a Dios que lo librase de la falta de hijos».



«El Rey benigno, el Autor generoso de todos los dones, escuchó la oración del justo y envió un anuncio a los dos cónyuges. Primero mandó un mensaje a Joaquín mientras se hallaba rezando en el templo. Le hizo oír una voz del cielo que le decía: "Tendrás una hija que será gloria, no sólo para ti, sino para el mundo entero". Este mismo anuncio le fue hecho a la bienaventurada Ana; ella no cesaba de rezar a Dios con ardientes lágrimas. También a ella le fue enviado el mensaje de parte de Dios, en el jardín donde ofrecía sacrificios con peticiones y plegarias al Señor. El ángel de Dios vino a ella y le dijo: "Dios ha escuchado tu oración; darás a luz a la anunciadora del gozo y la llamarás María, porque de Ella nacerá la salvación del mundo entero"».


«Después del mensaje tuvo lugar el embarazo; y de la estéril Ana nació María, iluminadora de todos: así, en efecto, se traduce el nombre de María: "iluminadora". Entonces los venerables padres de la feliz y santa niña quedaron colmados de una gran alegría. Joaquín organizó un banquete e invitó a todos sus vecinos, sabios e ignorantes, y todos dieron gloria a Dios, que había obrado para ellos un gran prodigio».


«De este modo, la angustia de Ana se trocó en una gloria más sublime, la gloria de convertirse en puerta de la puerta de Dios, puerta de su vida y comienzo de su gloriosa conducta».


Vida de María atribuida a San Máximo el Confesor (siglo VII).


(Los hechos expuestos se inspiran en escritos apócrifos, principalmente en el "Protoevangelio de Santiago", que se remonta al siglo II).


La voz de los santos


«Muchísimo daño, amadísimos, nos causaron un varón y una mujer; pero, gracias a Dios, igualmente por un varón y una mujer se restaura todo. Y no sin gran aumento de gracias. Porque no fue el don como había sido el delito, sino que la grandeza del beneficio. excede a la estimación del daño».



«Así, el prudentísimo y clementísimo Artífice no quebrantó lo que estaba cascado, sino que lo rehizo más útilmente por todos modos, a saber, formando un nuevo Adán del viejo y transfundiendo a Eva en María».


«Ciertamente, podía bastar Cristo, pues toda nuestra suficiencia nos viene de Él; pero no era bueno para nosotros que estuviese el hombre solo (cfr. Gn 2, 18). Mucho más conveniente era que asistiese a nuestra reparación uno y otro sexo, no habiendo faltado para nuestra corrupción ni el uno ni el otro. Fiel y poderoso Mediador de Dios y de los hombres es el hombre Cristo Jesús, pero los hombres respetan en Él una divina majestad. Parece estar la humanidad absorbida en la divinidad, no porque se haya mudado la substancia, sino porque sus afectos están divinizados. No se canta de Él sólo la misericordia, sino que se le canta igualmente la justicia, porque aunque aprendió, por lo que padeció, la compasión, y vino a ser misericordioso (cfr. Hb 5, 8), con todo eso tiene la potestad de juez al mismo tiempo. En fin, nuestro Dios es un fuego que consume. ¿Qué mucho tema el pecador llegarse a Él, no sea que, al modo que se derrite la cera a la presencia del fuego, así perezca él a la presencia de Dios?»


«Así pues, ya no parecerá estar de más la mujer bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este Mediador y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio como María. Mediadora demasiado cruel fue Eva, por quien la serpiente antigua infundió en el varón el pestífero veneno. Pero fiel es María, que propinó el antídoto de la salud a los varones y a las mujeres. Aquélla fue instrumento de la seducción, ésta de la propiciación; aquélla sugirió la prevaricación, ésta introdujo la redención. ¿Qué recela llegar a María la fragilidad humana? Nada hay en Ella austero, nada terrible; todo es suave, ofreciendo a todos leche y lana».


«Estudia con cuidado toda la serie de la historia evangélica, y si encuentras en María algo de dureza o de reprensión desabrida, o la señal de alguna indignación, aunque leve, tenla en adelante por sospechosa y recela el llegarte a Ella. Pero si más bien (como sucede en verdad) encuentras que todo lo que pertenece a Ella está llena de piedad y de misericordia, de mansedumbre y de gracia, agradéceselo a aquel Señor que, con su benignísima misericordia, proveyó para ti tal mediadora que nada puede haber en la Virgen que infunda temor. Ella se hizo toda para todos; se hizo deudora. de sabios y de ignorantes, con una caridad copiosísima. A todos abre el seno de la misericordia, para que todos reciban de su plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo el afligido, el pecador perdón, el justo gracia, el ángel alegría; en fin, gloria a toda la Trinidad; y la misma Persona del Hijo recibe de Ella la substancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor».


San Bernardo (siglo XII). Sermón en el Domingo infraoctava de la Asunción, 1-2.