"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

24 de diciembre de 2021

NOCHE SANTA




Evangelio (Lc 1,67-79)


En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, quedó lleno del Espíritu Santo y profetizó diciendo:


— Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo, como lo había anunciado desde antiguo por boca de sus santos profetas; para salvarnos de nuestros enemigos y de la mano de cuantos nos odian: ejerciendo su misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza, y del juramento que hizo a Abrahán, nuestro padre, para concedernos que, libres de la mano de los enemigos, le sirvamos sin temor, con santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida. Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo: porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de sus pecados; por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto, para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.


Comentario


Termina hoy el Adviento. A lo largo de estas semanas nos hemos ido preparando para la gran celebración de la Natividad del Señor. Y en estos últimos días, de la mano del evangelista San Lucas, hemos ido recorriendo las etapas finales antes del gran acontecimiento, y nos hemos encontrado con los protagonistas más cercanos a la primera Navidad: el arcángel Gabriel, Zacarías e Isabel, su hijo Juan, José y, de modo muy especial, María, la Madre del Mesías que va a nacer.


El último episodio que narra San Lucas antes del relato del nacimiento de Jesús lo protagoniza Zacarías, el cual, cuando creyó, recuperó el habla. Con hermosas palabras, comenta San Ambrosio: “Con razón su lengua se desató, porque, atada por la incredulidad, fue desatada por la fe”. Y entonó el Benedictus, una solemne acción de gracias y alabanza a Dios, que expresa la gran esperanza de un piadoso israelita en las antiguas promesas que Dios reservó para su pueblo. Bendito sea el Señor, Dios de Israel: con esta expresión, muy frecuente en los salmos, Zacarías, y nosotros con él, da gracias a Dios por su infinita misericordia derramada sobre su pueblo, al enviarnos “el poder salvador”, Jesucristo. Los anuncios de los antiguos profetas están a punto de cumplirse. La salvación está a las puertas.


Es fácil imaginar el orgullo santo de Zacarías, pues su hijo iba a ser el “Profeta del Altísimo”. Recordaría las palabras del arcángel que no pudo repetir durante nueve largos meses: su hijo iba a convertir “a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios; e irá delante de él” (Lc 1,16-17). Ahora lo proclama exultante de gozo: “irás delante del Señor a preparar sus caminos, enseñando a su pueblo la salvación para el perdón de los pecados”.


A punto de estallar de alegría por el nacimiento del Hijo de Dios, vemos hoy en Zacarías un ejemplo de humildad, de alegre conversión, de esperanza firme en Dios y de renovada confianza en su palabra.


«BENDITO sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo» (Lc 1,67). Estas son las palabras de Zacarías después de nueve meses sin poder hablar. Su canto podría resumirse en un: ¡qué bueno es Dios! Con este evangelio quiere la Iglesia que termine el tiempo de espera que hemos vivido. Este santo varón no ha percibido esos meses como un castigo. Todo lo contrario: está agradecido por lo que se le ha regalado, por la oportunidad maravillosa que ha tenido de disponerse adecuadamente para lo que su hijo Juan va a anunciar. Es un tiempo similar al Adviento que Dios nos ha ofrecido, una vez más, a nosotros. Puede que hayamos aprovechado mejor o peor estos días de preparación. En cualquier caso, nos hará mucho bien dar gracias a Dios porque Él ha trabajado en nuestra alma aunque nos parezca que se trata de un establo humilde. Dios ha preparado un lugar muy especial en nuestro portal para su Hijo.


A lo mejor nos pasa como quizá le sucedió a uno delos pastores en Nochebuena: «Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, muchos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara. Y puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos»[1].


«SI TUS MANOS te parecen vacías, si ves tu corazón pobre en amor, esta noche es para ti. Se ha manifestado la gracia de Dios para resplandecer en tu vida. Acógela y brillará en ti la luz de la Navidad»[2]. Más allá de la percepción personal que tengamos sobre los frutos de nuestra lucha y de nuestro apostolado, sabemos que en realidad nuestras manos no están vacías. San Josemaría nos sugería presentarnos en Belén con algo muy preciado: «En aquella fría soledad, con su Madre y San José, lo que Jesús quiere, lo que le dará calor, es nuestro corazón»[3].


Quizá estaríamos más tranquilos si hubiésemos llegado a este momento con las manos llenas de buenas obras, de santidad, de cariño a todos los que tenemos alrededor. Pero con frecuencia la realidad no alcanza nuestros deseos; puede ser que en nuestra vida, llena de compromisos y gestiones pendientes, el tiempo haya pasado demasiado rápido, sin que nos hayamos percatado demasiado. No importa: de igual manera podemos hoy acercarnos al portal y seremos muy bien recibidos. Descubriremos que nos estaban esperando, que la Virgen y san José se alegran infinitamente al tenernos allí en este momento preciso de nuestra historia.


Ya está aquí la salvación. Nos separan de ella unas pocas horas, pero el gozo empieza a inundarnos. San Bernardo nos confirma en nuestros deseos más ambiciosos: «Ahora, por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es diferida, sino concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame el precio de nuestro rescate que contiene; un saco que, si bien es pequeño, está ya totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad»[4].


LAS PALABRAS de Zacarías son la última profecía antes de que se cumpla definitivamente nuestra salvación. Dios se ha conmovido ante las tinieblas en que vivimos y viene a salvarnos, no a juzgar si somos dignos de recibirle. Queremos, de la mano de este israelita justo y piadoso, alcanzar las profundidades de la intimidad divina: «Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, el Sol naciente nos visitará desde lo alto» (Lc 1,78). No cabe forma más encendida de hablar.


Podríamos perdernos este privilegio por un despiste, muy fácil en estas horas finales: «Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él»[5]. Vamos a recorrer este último tramo de la mano de santa María, quizá junto a ella en el borrico que la lleva a Belén.


En esta noche –utilizando palabras de san Juan Pablo II– Dios «entra en la historia. Se somete a la ley del fluir humano. Cierra el pasado; con Él termina el tiempo de espera, esto es, la Antigua Alianza. Abre el futuro: la Nueva Alianza de la gracia y de la reconciliación con Dios. Es el nuevo “Comienzo” del Tiempo Nuevo»[6]. Acompañamos a la Virgen mientras prepara el portal: la paja, el pesebre, los pañales... Y pone ahí todo el cariño para que el Niño no eche en falta nada. Nos encanta prestar esos servicios y ver que, en cierto sentido, ambos han querido necesitarnos.

22 de diciembre de 2021

UNA HUELLA DE AMOR DIVINO



Evangelio (Lc 1, 46-56)


María exclamó:


—Engrandece mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:


porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;


por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.


Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo;


su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.


Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.


Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes.


Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos.


Auxilió a Israel su siervo, recordando su misericordia,


como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre.


María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


Comentario


María se preguntaría muchas veces por qué ella era diferente a los demás. Diferente a sus familiares, a sus amigas, a sus vecinos.


En sus conversaciones con unos y otros vería el egoísmo de sus corazones, la vanidad de sus palabras, el rencor de sus juicios críticos, la pereza de sus trabajos y cuidados. Y se preguntaría por qué ella no era así.


Hasta que el ángel Gabriel le habla de cómo Dios la ha soñado, la ha creado, se ha enamorado de ella. Todo adquiere sentido, todo tiene una luz nueva.


El Magnificat es el fruto de su oración durante esos días de camino de Nazaret hasta la casa de Zacarías e Isabel. De su diálogo pausado y agradecido con Dios Padre.


María se da cuenta de su grandeza, de su poder: ser la amada de Dios. Desde siempre y para siempre amada por Dios. Toda su vida consistió en no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra en la oración y en el servicio a los que tiene alrededor.


María es grande no porque haya hecho cosas grandes por sí misma, sino porque ha estado disponible para que Dios actuara, porque se ha dejado tocar por Dios, porque se sabe amada incondicionalmente por Dios.


La vida de María es así revolucionaria. No se mira a sí misma, sino a Dios y, a través de Dios, a los demás.


Como señala el Papa Francisco, “las cosas grandes que el Todopoderoso ha hecho en la vida de María nos hablan también del viaje de nuestra vida, que no es un deambular sin sentido, sino una peregrinación que, aun con todas sus incertidumbres y sufrimientos, encuentra en Dios su plenitud” (Papa Francisco, Mensaje para la XXXII Jornada Mundial de la Juventud 2017).


Todos nosotros somos también los amados por Dios; los desde siempre y para siempre amados. Cuando Dios se fija en nosotros ve el amor con el que Él nos ha creado. Mira más allá de nuestras fragilidades y miserias. Desea purificarnos, encendernos, que no perdamos de vista su mirada.


Él está mirando todo lo que podemos dar, todo el amor que somos capaces de ofrecer. Nos llama a dejar una huella de amor divino en la vida, una huella que marque la historia, nuestra historia y la historia de muchos.


PARA TU ORACION PERSONAL 


MARÍA ha caminado deprisa hasta el lugar donde viven Isabel y Zacarías. Al llegar comprueba que es verdad todo lo que le ha dicho el ángel. Lo creía firmemente, pero ver a su prima esperando un hijo la llena de gozo. Se confirma nuevamente lo que ya siente en sus entrañas: la presencia del Mesías. Su alegría se desborda y se la contagia al mismo Juan. Podemos pensar que el Bautista, ya desde el vientre de su madre, espera ansioso el momento de proclamar la buena noticia: Juan no pierde un instante y se lo anuncia a su madre, que por ahora es la única que le escucha.


Para María fue posiblemente un gozo inmenso poder compartir con alguien lo que llenaba su corazón. Al saludar a Isabel se dio cuenta rápidamente de que ella ya sabía todo. Hasta ahora había mantenido la noticia en lo más íntimo de su corazón. La Madre de Jesús rompe a cantar y, en su alabanza, entrelaza la historia de Israel y las palabras que ha leído tantas veces en la Sagrada Escritura. Es tan grande el amor divino por ella que no sabe cómo expresarlo; tiene que tomar palabras prestadas del mismo Dios, como nosotros lo hacemos casi siempre en la liturgia de la Iglesia. Isabel le ha dicho cosas preciosas, pero ella enseguida las dirige al autor de tanta maravilla. Así será toda su vida: llevar a los hombres a Dios.


«Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46). A María le impresiona cómo hace Dios las cosas y la razón por la cual se sirve de ella: «Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,48). María se siente mirada de una forma especial por Dios y esa convicción le lleva a dar gracias.


SEGURAMENTE María nunca había soñado con hallar tanta gracia delante de su Creador. Se da cuenta de que es la inmensa bondad de Dios la que se derrama sin más motivo que la misma libertad divina. No podemos salir de nuestro asombro. Nos resulta difícil imaginarnos y creer en un Dios así de complaciente con nosotros, pobres criaturas.


A la vez, por la experiencia del pecado, también puede suceder que a veces nos sintamos un poco ajenos a este agradecimiento, porque no podemos olvidar que «la capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos “sin oído musical” para Él»[1]. No nos ha de inquietar esa falta de oído. Santo Tomás de Aquino nos tranquiliza: «Tan espléndida es la gracia de Dios y su amor a nosotros, que hizo Él más por nosotros de lo que podemos comprender»[2]; es decir, aunque nuestra capacidad para sintonizar con Él pueda estar menguada, la gracia de Dios va mucho más allá y nos socorre.


Dios se vuelca con cada una de sus hijas e hijos con toda su intensidad. «No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente (...). Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad»[3]. Ser santo es dejarse querer por Dios así, porque le da la gana, sin ningún otro motivo. San Josemaría utilizaba palabras que quizá nos resultan sorprendentes: «Con la Fe y el Amor, somos capaces de chiflar a Dios, que se vuelve otra vez loco –ya fue loco en la Cruz, y es loco cada día en la Hostia–, mimándonos como un Padre a su hijo primogénito»[4]. Nosotros también somos objeto de esa mirada gratuita de Dios. María se da cuenta de que su alegría será proclamada por todas las generaciones y de ese agradecimiento brota su entrega.


DE UN CORAZÓN agradecido brotan con facilidad deseos de correspondencia y de generosidad. Podremos alcanzar la verdadera felicidad y el compromiso total para devolver amor por amor solo cuando dejemos que nuestro corazón reaccione con agradecimiento. Nuestras fuerzas no pueden devolver a Dios algo proporcional a lo que Él nos ha dado. Esta incapacidad, de alguna manera, nos libera. Nuestra misma entrega es obra de quien «ha hecho en mí cosas grandes» (Lc 1,49) porque es todopoderoso, también para sacar de nosotros lo que inicialmente nos supera. «Su misericordia se derrama de generación en generación» (Lc 1,50), desde Abraham hasta hoy, hasta mi vida, concreta, ordinaria y escondida a tantas personas.


A Dios le gusta manifestar el poder de su brazo y así confundir a los que piensan que pueden por sí solos y que su voluntad es suficiente para ser felices. Dios ha mandado poner en lo más alto de su reino a los humildes, a los pequeños que se dejan hacer grandes. Hará temblar cualquier trono construido por manos humanas. A quien se siente necesitado, Dios lo quiere colmar de bienes, entre los cuales el primero de ellos es su amor incondicional e infinito: está decidido a desbordar nuestra imaginación y a superar nuestros deseos más optimistas.


Lamentablemente, a los que se sienten ricos sin serlo, Dios no los podrá llenar de su tesoro. Esto será un gran pesar para Él, ya que desea llenar de su amor a todos sus hijos. Pero así es la historia de su misericordia, de su tierno cariño por cada uno. Es la historia de la libertad de un Dios que ofrece todo su gozo de generación en generación, que continuamente busca caminos para que el hombre se deje querer. María, con su «fiat», lo ha conseguido como nadie, y estará encantada de enseñarnos y de acompañarnos en el camino.


21 de diciembre de 2021

LA ALEGRIA QUE LLENA TU VIDA


 

Evangelio (Lc 1, 39-45)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:


—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada la que ha creído, porque se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor.


Comentario


Después de haber recibido el anuncio del ángel y haber respondido su sí, María se levanta y se marcha de prisa a visitar a su prima Isabel, que está en el sexto mes de embarazo.


El trayecto es largo. La Virgen vive en Nazaret y su prima cerca de Jerusalén. Unos 150 km de camino. Pero María no se detiene ante las dificultades. Se dirige apresuradamente, aunque estuviese también ella embarazada y se arriesgase a encontrarse con salteadores en la ruta hacia el sur. Su ilusión es cuidar de su prima.


María es de esas personas que llevan adelante la familia, que llevan adelante la educación de los hijos, que enfrentan tantas adversidades, tanto dolor, que curan a los enfermos. Se levantan y sirven.


No se da importancia a sí misma. No piensa: “como soy la madre de Dios, yo soy la importante; soy yo la que tiene que ser el centro de atenciones y cuidados”. No, María no piensa así. Su modo de pensar es distinto: “por ser la más digna, tengo que ayudar más”.


No se encierra en casa, sino que va a cuidar a su prima. Y no es la prisa alocada, sino la prisa de la ternura. Como señala el Papa Francisco, “María no es la clase de personas que para estar bien necesita un buen sofá donde sentirse cómoda y segura. No es una joven-sofá” (Papa Francisco, Discurso en la Vigilia de la JMJ en Cracovia, 30 de julio de 2016)


Y de ese encuentro surge la alegría. La alegría profunda de María e Isabel; una alegría que llena sus vidas. Del mismo modo, si aprendemos a servir y vamos al encuentro de los otros, permitimos que Dios cambie este mundo. Somos la mirada, la sonrisa, los brazos, las manos, la alegría de Dios mismo.


PARA TU ORACION PERSONAL


«MARÍA se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá» (Lc 1,39); intuye que su prima la necesita y corre hacia ella, sin detenerse. Qué suerte la de Isabel al tener una pariente así: tan dispuesta, tan sensible, tan dócil a las necesidades de los demás. «¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?» (Lc 1,43). Quizá también nosotros podemos dirigir una oración así al Señor: ¿por qué tengo tanta suerte de conocerte, Señor, de poder estar conversando ahora contigo, de tenerte en mi alma? Le pedimos a santa Isabel, que recibió la primera visita del Mesías encarnado, que nos ayude a agradecer a Dios sus delicadezas con cada uno de nosotros. Y eso, al mismo tiempo, nos lleva a querer, como santa María, salir deprisa para compartir este regalo con muchas almas.


Isabel se emocionó cuando llegó su prima. Algo se movió en lo profundo de su alma. Se llenó del Espíritu Santo. Ya desde los primeros compases de la nueva alianza, Dios inunda con su gracia a las almas que se dejan acariciar por ella. Sabemos, entonces, que María era la llena de gracia y que Isabel se llenó del Espíritu Santo. Es impresionante esta capacidad del corazón humano de contener a Dios. A san Josemaría le sobrecogía la grandeza e infinitud de un Creador que quiere estar tan cerca de nosotros: «¡Qué grande eres, y qué hermoso, y qué bueno! Y yo, qué tonto soy, que pretendía entenderte. ¡Qué poca cosa serías, si me cupieras en la cabeza! Me cabes en el corazón, que no es poco»[1].


ANTE LA GRANDEZA de la misión que habían recibido, estas dos primas no se echan para atrás, asustadas. No se dejan llevar por el miedo al fracaso ni por la angustia. Confían plenamente en Dios. Están agradecidas. No se ven rodeadas más que por dones y se vuelcan en acción de gracias, sin pensar demasiado en las dificultades que ya han tenido o que inevitablemente llegarán.


Así aparecen estas dos madres: serenas, alegres, agradecidas. Se saben queridas por Dios y eso las impulsa muy por encima de lo humanamente razonable. María e Isabel están entusiasmadas. Sus hijos, cada uno de un modo distinto, van a marcar un antes y un después en la historia de la humanidad. Ellas no se preocupan demasiado de cómo se va a llevar a cabo todo eso, están convencidas de que Dios lo hará muy bien. «Bienaventurada eres porque has creído, dice Isabel a nuestra Madre. —La unión con Dios, la vida sobrenatural, comporta siempre la práctica atractiva de las virtudes humanas: María lleva la alegría al hogar de su prima, porque “lleva” a Cristo»[2].


Para Isabel, el silencio de Zacarías, su esposo, también fue una fuente de gracia. Probablemente la hizo rezar más, preguntar directamente a Dios por el sentido de sus planes. Juntos, entre Isabel y Zacarías se prepararon silenciosamente para la venida de Juan; así era más fácil evitar que lo superficial tapara el gran misterio de la redención que se estaba abriendo ante sus miradas. Habían sido elegidos para ser parientes del Mesías y eso bastaba para llenar sus horas de un diálogo continuo con Dios.


«BENDITA tú entre las mujeres» (Lc 1,42). Esta es posiblemente una de las frases más repetidas de la historia. La pronunciamos en cada avemaría, junto a todos los cristianos del mundo y de todos los tiempos. Y los años han confirmado que Isabel no se equivocaba. Quien se fía de Dios es más feliz. Las únicas promesas que son seguras, que no son frágiles, son las del Señor. Como en la vocación de María, también en la historia de Isabel podemos ver que la alegría tiene una importante presencia: Juan salta de gozo en el vientre de su madre por la presencia de Jesús.


A nosotros nos gustaría también saltar de gozo continuamente. Quisiéramos sentir hasta físicamente la presencia de Cristo, su cercanía. Ciertamente, santa Isabel había rezado durante muchos años antes de estos sucesos. Quizá ya había asumido que no tendría hijos. Es entonces cuando Dios interviene en su vida convirtiéndola en madre del más grande entre los nacidos de mujer (cfr. Mt 11,9). Así es Dios y lo mismo hace en nuestra vida. Donde parece que nos falta es donde nos bendice. Donde no llegamos nosotros, él desborda su gracia. Donde nos rendimos a su Providencia, comprobamos que sus planes son los mejores, más emocionantes y ambiciosos. «Dios llega gratis. Su amor no es negociable: no hemos hecho nada para merecerlo y nunca podremos recompensarlo»[3].


Quién iba a imaginarse seis meses antes que su prima iba a ser la madre del Mesías y que ella sería la del precursor. Cuántas veces nuestra fe es puesta a prueba por unas circunstancias adversas o por nuestros deseos de querer considerar todas las variables y las posibilidades del futuro. Podemos pedir a Isabel y a santa María que nos ayuden a dar gracias con su misma alegría. «¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?» (Lc 1,43).

20 de diciembre de 2021

¡ FIAT ! Hágase tu voluntad

 



Evangelio (Lc 1,26-38)

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María.

Y entró donde ella estaba y le dijo:

—Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.

Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo. Y el ángel le dijo:

—No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin. María le dijo al ángel:

—¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?

Respondió el ángel y le dijo:

—El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

Dijo entonces María:

—He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Y el ángel se retiró de su presencia.


Comentario

La Escritura testimonia el caso de mujeres que conciben y dan a luz por encima de las expectativas humanas. A veces son anuncios del Señor o de un mensajero suyo; otras, las propias mujeres lo piden a Dios. Sara, siendo estéril, dio a luz a Isaac (cf. Génesis 21,3); él mismo imploró a Dios que su mujer Rebeca, también estéril, concibiese; y dio a luz a Esaú y Jacob (cf. Génesis 25,21). También Raquel, la mujer de Jacob, era estéril, hasta que Dios la hizo fecunda (cf. Génesis 30,22-23). Ana, después de rezar mucho, concibió y dio a luz a Samuel (cf. 1 Samuel 1,20). A la mujer de Manóaj el ángel del Señor le anunció que iba a tener un hijo; y dio a luz a Sansón (cf. Jueces 13,24). Y a Zacarías el ángel le anunció que el Señor había escuchado su oración, de modo que su mujer, estéril y ya anciana, iba a concebir y dar a luz a Juan el precursor del Mesías (cf. Lucas 1,13).

Dios es el autor de la vida, es fiel a sus promesas y no deja de escuchar la súplicas de sus hijos. De ese modo ha ido preparando a su pueblo para acoger el cumplimiento definitivo de todas las profecías. Y así, otra hija suya, de nombre María, virgen, ya desposada con José, la predilecta del Señor, sin mancha de pecado desde su concepción, fue la escogida desde toda la eternidad para que en su seno el Unigénito del Padre, por obra del Espíritu Santo, se encarnase. Prodigio admirable de Dios. La doncella de Nazaret acogió libremente la llamada a ser la Madre virginal del Mesías. Y se puso al servicio del Señor. La liturgia de la Iglesia nos ayuda a contemplar con asombro la grandeza de este misterio: “Porque la Virgen escuchó con fe, del mensajero celeste, que iba a nacer entre los hombres y en favor de los hombres, por la fuerza del Espíritu Santo que la cubrió con su sombra, aquel a quien llevó con amor en sus purísimas entrañas (...)”[1].

Al acercarse la Navidad, queremos también nosotros acoger este anuncio, por el que hemos sido hechos hijos de Dios. Y unirnos, con nuestra vida, al servicio incondicional de María a la obra de la redención “en favor de los hombres”. Un servicio alegre y abnegado que contribuirá a que muchos descubran también su llamada. San Josemaría contempló con gran fecundidad el “hágase” de María: “¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya –"fiat"– nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. –¡Bendita seas!”[2].

[1] Prefacio de la Solemnidad de la Anunciación.

[2] San Josemaría, Camino, n. 512.


PARA TU ORACION PERSONAL 


EL ARCÁNGEL san Gabriel ha de cumplir una misión delicada. Ha llegado la hora. Dios ha puesto su mirada en una doncella de Nazaret para llevar a plenitud la historia apasionante de la salvación de sus hijos. El mensajero saluda a la llena de gracia y la creación entera contiene la respiración. «Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo» (Lc 1,29). Muchas representaciones artísticas han imaginado a nuestra Madre leyendo la Sagrada Escritura cuando recibió el saludo del ángel; y es esta actitud de meditación la que probablemente le permite a santa María permanecer en ese diálogo constante con Dios, en esa permanente consideración de las cosas, que es la vida de oración.


En contraste con María, cuántas veces nos cuesta a nosotros percibir las invitaciones divinas. Algunas veces podemos incluso pensar que Dios nos quiere quitar algo, que nos pide renunciar a la alegría en esta tierra para cumplir su voluntad. Sin embargo, la realidad no puede ser más distinta: Dios es quien más desea que seamos felices, que estemos llenos de gozo, que compartamos con él su alegría infinita; ha llegado hasta la cruz con ese único objetivo. Y solo nuestra libertad es capaz de detener su iniciativa. «¡No tengáis miedo de Cristo! –decía Benedicto XVI en el inicio de su ministerio petrino–. Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[1].


La Iglesia nos muestra en el evangelio de la Misa hoy la vocación de nuestra Madre, santa María, cuyo relato se parece mucho al de nuestra vida. Toda llamada es una vocación a la alegría. De hecho, «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[2]. Cuando el Señor pide algo en realidad nos está ofreciendo un don: es Dios quien ilumina nuestro camino, lo llena de sentido y le da su mayor proyección.


«NO TEMAS, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30). Estas palabras del ángel nos muestran cómo mira el creador a su más bella criatura: María es, de alguna manera, el sueño de Dios, su consuelo, su esperanza. A nosotros nos resulta difícil pensar que Dios pueda contemplarnos de esa forma. Por supuesto, sabemos que el Señor es misericordioso y que nos regala y nos devuelve la gracia cuantas veces sea necesario. Sin embargo, que halle gracia en nosotros, hacerle disfrutar como lo hace María, nos puede parecer que es algo inalcanzable.


Sin embargo, «la misma formulación de las palabras del ángel nos da a entender que la gracia divina es continua, no algo pasajero o momentáneo, y por esto nunca faltará. También en el futuro seremos sostenidos siempre por la gracia de Dios, sobre todo en los momentos de prueba y de oscuridad. La presencia continua de la gracia divina nos anima a abrazar con confianza nuestra vocación, que exige un compromiso de fidelidad que hay que renovar todos los días. De hecho, el camino de la vocación no está libre de cruces: no sólo las dudas iniciales, sino también las frecuentes tentaciones que se encuentran a lo largo del camino. La sensación de no estar a la altura acompaña al discípulo de Cristo hasta el final, pero él sabe que está asistido por la gracia de Dios.


Las palabras del ángel se posan sobre los miedos humanos, disolviéndolos con la fuerza de la buena noticia de la que son portadoras. Nuestra vida no es pura casualidad ni mera lucha por sobrevivir, sino que cada uno de nosotros es una historia amada por Dios. El haber “encontrado gracia ante Dios” significa que el Creador aprecia la belleza única de nuestro ser y tiene un designio extraordinario para nuestra vida. Ser conscientes de esto no resuelve ciertamente todos los problemas y no quita las incertidumbres de la vida, pero tiene el poder de transformarla en profundidad. Lo que el mañana nos deparará, y que no conocemos, no es una amenaza oscura de la que tenemos que sobrevivir, sino que es un tiempo favorable que se nos concede para vivir el carácter único de nuestra vocación personal y compartirlo con nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia y en el mundo»[3].


DELANTE DE Dios hallan gracia las almas sencillas, las que se dejan querer y elevar hasta la santidad más grande. Nada hay que deleite tanto a un padre como ver brillar a sus hijos. «Hágase en mí según tu palabra». Muchos años antes de que María pronunciara esas palabras, en el momento de establecer su alianza con el pueblo elegido, Israel se comprometió a cumplir su parte: «Haremos todo lo que nos ha dicho el Señor» (Ex 24,3). María e Israel utilizan el mismo verbo. Israel, sin embargo, pone el acento en su acción, mientras que María lo hace en la fuerza de Dios. Los resultados de una y otra respuesta saltan a la vista porque es muy diferente hacer que dejar hacer. Aunque parece que lo segundo es más sencillo, sabemos bien que con frecuencia sucede al revés. Preferimos, equivocadamente, tener las cosas bajo nuestro control; lo que escapa a nuestra vigilancia y a nuestras previsiones con frecuencia nos inquieta.


Adviento es un tiempo de alegría, de gozo, de paz. Sabemos que no van a desaparecer las dificultades pero estamos salvados cuando aprendemos a decir que sí a la acción de Dios. «María nos invita a decir también nosotros este “sí”, que a veces resulta tan difícil (...). Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo “sí” a su voluntad»[4].


Decir que sí es pedir a Dios que se cumpla su voluntad, pedir la gracia de no ser obstáculo para sus planes, de no estorbar la acción del Espíritu Santo. No es fácil abrir espacio en nuestro corazón para tanto amor. El desafío es darse cuenta de que «lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»[5]. Podemos agradecer a Jesús y a su Madre bendita por nuestro camino de santidad; una vida sembrada de una felicidad cotidiana, muy normal pero, a la vez, divina.


[1] Benedicto XVI, Homilía, 24-IV-2005.


[2] San Josemaría, Forja, n. 1005.


[3] Francisco, Mensaje para la XXXIII Jornada Mundial de la Juventud, 25-III-2018.


[4] Benedicto XVI, Homilía, 18-XII-2005.


[5] Francisco, Homilía, 24-XII-2014.

19 de diciembre de 2021

EL EVANGELIO DE MARIA




 Evangelio (Lc 1, 39-45)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:


—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.


Comentario


En el Evangelio de san Lucas, la Visitación sigue inmediatamente a la Anunciación, por la simple razón de que así sucedieron las cosas en la realidad. Ciertos comentadores hacen notar que probablemente la Virgen María ha intuido en el saludo de San Gabriel una invitación a atender a su pariente Isabel. “Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes” (Lc 1, 36). Su explicación parece convincente, y en la decisión de María tenemos sin duda materia más que suficiente para meditar sobre el espíritu de servicio.


Sin embargo, no es esa la dirección que vamos a tomar en nuestro comentario. Más bien, nos vamos a fijar en el adverbio “deprisa”, traducción castellana de la expresión latina “cum festinatione”. ¿Por qué razón hacemos las cosas “deprisa”, es decir sin demora? La más poderosa es ciertamente el amor o el cariño. Cuando se quiere de veras a alguien, se hacen las cosas que se refieren a él “deprisa”, sin dejarse dominar por la pereza. En cambio, un amor o un cariño “tibios” invocan cualquier pretexto para retrasar todo lo que exige un esfuerzo.


En nuestra meditación, puede ser útil que nos pongamos en el lugar de la Virgen María, para entender así mejor su manera de actuar. ¿Qué acaba de suceder? San Gabriel le ha comunicado la noticia más asombrosa de toda la historia humana: que la Encarnación prometida por Dios y anunciada por los profetas va a realizarse, si ella está de acuerdo. Y al responder “fiat mihi”, “Verbum caro factum est”, el Verbo se hizo carne en sus entrañas purísimas. Si pensamos en nosotros ¿cuál es nuestra tendencia al enterarnos de una buena noticia, algo bueno que deseábamos desde hacía mucho tiempo? En general, aislarnos más o menos, para saborear a fondo lo que se nos ha dicho. ¿Qué hizo nuestra Madre?: “se levantó y marchó deprisa a la montaña” (Lc 1, 39).


“Marchar”, o sus sinónimos, es un verbo muy presente en la Santa Escritura, porque Dios en su bondad infinita nos pide a menudo que nos movamos, que “marchemos” aquí o allá, para servirle, para ser útiles en los cometidos que ha previsto en sus planes eternos y que nos da a conocer por el conducto reglamentario. En ese sentido, “instalarse” es el verbo opuesto a “marchar”. Por esta razón, la tendencia a instalarse, una cierta dificultad para superar la pereza, son signos bastante claros de la existencia en nosotros de la tibieza, al menos en algunos ámbitos de nuestra vida.


Para preparar bien la gran fiesta de Navidad, y para prepararnos nosotros mismos bien, sería bueno que en los días próximos pensásemos mucho en nuestra Madre del Cielo. Porque su amor y su celo son la antítesis de cualquier tibieza. Ésta consiste con frecuencia en seguir al Señor “de lejos”, como San Pedro en la noche del Jueves Santo (cfr. Mt 26, 58). En cambio, sabemos que en la Virgen María “Dominus tecum”, “el Señor está contigo”, no a distancia, ni lejos. Al mismo tiempo, el tibio tiene en general un gran vacío interior. En cambio, nuestra Madre es “gratia plena”, “llena de gracia”, sin lugar alguno para cualquier especie de vacío. Se compara también a la tibieza a un fuego que se está apagando, porque no se le alimenta bien. En cambio, el corazón de la Virgen está en llamas, con un amor de una fuerza impresionante. Por estas razones, y sin duda por muchas más, “se levantó y marchó deprisa a la montaña”, para servir y cumplir así la voluntad de Dios.


¿Qué propósito podríamos hacer en este cuarto domingo de Adviento, cuando sólo faltan algunos días para Navidad? Tratar de hacer las cosas previstas “deprisa”, “cum festinatione”, sobre todo el cumplimiento de nuestros deberes ordinarios, como muestra de nuestro amor a Dios y a los demás. Y si nos damos cuenta de que ciertas zonas de nuestra vida se han enfriado, pensemos en el punto siguiente de “Camino” (492): “El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza”.


PARA TU ORACION PERSONAL 


ZACARÍAS e Isabel «eran justos ante Dios y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor» (Lc 1,6). El Antiguo Testamento está llegando a su plenitud. El Mesías está a punto de llegar y la Iglesia nos propone considerar la fe de este matrimonio. San Josemaría dialogaba frecuentemente con los personajes del Evangelio que trataron de cerca a Jesús: «Esta mañana, he comenzado a encomendar todo a Santa Isabel, y enseguida he pasado a hablar con su hijo Juan, y con Zacarías; y después con la Virgen, con San José y con Jesús: y es que en este trato con el Señor, pasa como con las amistades humanas, que se amplía el círculo de conocimiento, a través de los amigos»[1].


Deseamos prepararnos para la venida inminente del Salvador aprendiendo del evangelio a confiar en Dios. En verdad que solemos tener muchas razones que nos empujan a fiarnos más de nuestra experiencia o de nuestra visión de las cosas. Por eso nos suena tan familiar la pregunta, con cierto tono de duda, que realiza Zacarías: «¿Cómo podré yo estar seguro de esto?» (Lc 1,5). Fue en busca de certezas pero se encontró ante un elocuente silencio divino, hasta que se cumplió lo que tantas veces había rogado al Señor.


Quizá el padre del Bautista tenía miedo de no estar a la altura. También nosotros buscamos referencias, seguridades, agarraderos. Argumentó que ya no tenía edad, que su mujer no tenía condiciones. Siempre ocurre lo mismo: cuando nos miramos a nosotros mismos, pensamos que podemos hacer fracasar los planes de Dios. Nos parece que somos decisivos e imprescindibles y el miedo nos bloquea. «En un mundo en el que corremos el peligro de confiar solamente en la eficiencia y en el poder de los medios humanos, en este mundo estamos llamados a redescubrir y testimoniar el poder de Dios que se comunica en la oración»[2]. El Evangelio de hoy nos invita precisamente a eso: a confiar en Dios. A pesar de haber dudado, Zacarías se llenaría de gozo al escuchar el anuncio de Gabriel: «No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada» (Lc 1,13).


CUÁNTAS cosas debió de aprender Zacarías en aquellos meses de silencio. Todos intuían que había tenido una visión. No podía hablar pero su rostro reflejaba algo más que eso: de alguna manera, se había vuelto tremendamente expresivo. Seguramente fueron muchos días de intensa oración; aquel silencio le permitió una especial cercanía con Dios. Cuando por fin volvió a hablar, sus palabras demuestran que ese tiempo le había servido para prepararse mejor a la venida de su hijo, el precursor, y de su sobrino, el Mesías esperado: «En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios» (Lc 1,64).


Zacarías no cabía en sí de gozo. En esas semanas seguramente también reconoció el valor de muchos gestos comunes, muy significativos cuando no hay palabras: un guiño, una caricia, una sonrisa. Isabel quizá trataría de intuir lo que él le quería decir. Les bastaba mirarse y compartir lo que Dios había hecho en sus vidas. Quisieron vivir en la intimidad ese regalo del Señor, disfrutarlo juntos y en silencio. Dios se había manifestado y no había nada más que decir: era el momento de disfrutarlo y de soñar. «Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo: –¿Qué va a ser, entonces, este niño? Porque la mano del Señor estaba con él» (Lc 1,65-66).


La experiencia de Zacarías nos enseña que también nosotros podemos conocer mejor los planes de Dios a través de las personas y los eventos que tenemos a nuestro alrededor. Y que quizá no las hemos comprendido antes porque nos escuchábamos demasiado a nosotros mismos. «Es necesario aprender a fiarse y a callar frente al misterio de Dios y a contemplar en humildad y silencio su obra, que se revela en la historia y que tantas veces supera nuestra imaginación»[3]. Cuando hacemos silencio y escuchamos a Dios, como les sucedió a Zacarías e Isabel, nos llenamos de inmenso gozo al ver que Dios nos bendice, incluso cuando y en donde menos lo esperamos.


CON FRECUENCIA, querer y dejarse querer implica no decir al otro cómo tiene que hacer las cosas. El amor deja libre a la persona amada para que se exprese como ella quiera. No le dicta ni le exige maneras de manifestar el cariño. De modo análogo, algo similar sucede en nuestra relación con Dios: nos ilusiona dejarnos sorprender por el Señor. La gracia no es predecible, sino que es libre y creativa. Zacarías pudo comprobar lo maravillosa que es la iniciativa divina. Descubrió que confiar siempre trae premio y que Dios está cerca en todo momento, aunque no lo parezca: «No te fíes de mí... Yo sí que me fío de ti, Jesús... Me abandono en tus brazos: allí dejo lo que tengo, ¡mis miserias!»[4].


Preparando nuestro corazón para la llegada del Niño Jesús, podemos pedir a este santo varón su fe, su ilusión y su paciencia. Fe para pedir durante años un milagro que acabó sucediendo cuando ya no había esperanza; ilusión para soñar con el Mesías y la salvación que traería a Israel; y paciencia consigo mismo mientras aprende a buscar la seguridad en Dios. El amor siempre supone un riesgo, porque no es posible asegurarlo; depende de la voluntad de quien nos ama. Por eso, le pedimos a Zacarías que nos ayude en los momentos de inquietud, cuando tenemos que fiarnos solo de Dios. Él es nuestra seguridad. Santa Teresa lo atestiguaba con muy pocas palabras, pero con gran firmeza: «Fiad de su bondad, que nunca falló a sus amigos»[5].


«Resuena muchas veces en el Evangelio este no temáis: parece el estribillo de Dios que busca al hombre. Porque el hombre, desde los orígenes, también a causa del pecado, tiene miedo de Dios: “me dio miedo (…) y me escondí” (Gn 3,10), dice Adán después del pecado. Belén es el remedio al miedo, porque a pesar del “no” del hombre, allí Dios dice siempre “sí”: será para siempre Dios con nosotros. Y para que su presencia no inspire miedo, se hace un niño tierno»[6]. A la Virgen podemos pedirle que sepamos fiarnos del Señor, de su bondad y de su cariño; que no tratemos de controlar a Dios y que nos dejemos sorprender por su Providencia amorosa.

18 de diciembre de 2021

ORACION PARA DESCUBRIR SU VOLUNTAD

 

Evangelio (Mt 1, 18-24)


La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.


José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.


Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:


Mirad, la virgen concebirá

y dará a luz un hijo,

a quien pondrán por nombre

Emmanuel,

que significa

Dios-con-nosotros.


Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa. Y, sin que la hubiera conocido, dio ella a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús.


Comentario


Mateo nos describe cómo fue la generación de Jesús. Desde el principio quiere transmitir al lector que la generación de Jesús fue de manera milagrosa sin intervención de varón, “por obra del Espíritu Santo”, en el seno de María.


A continuación, nos transmite el relato de los hechos. “José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto”. La intención de José es llevar a cabo la voluntad de Dios, por eso se dice que era justo. No entiende y para no interferir en el querer de Dios se retira. Pero Dios tiene otros planes que se los hace conocer por medio del ángel, mientras José meditaba lo que estaba sucediendo.


Una noche a José se le aparece un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”.


Y, a continuación, el ángel le da un mandato: “le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados”. Será José el encargado de poner el nombre al niño y, en el nombre, está descrita la misión. Jesús es el Salvador, es el Mesías, es quien nos salva de nuestros pecados.


Pero, además, el ángel le recuerda que todo lo que está teniendo lugar ya estaba profetizado en el Antiguo Testamento, en este caso, por medio del profeta Isaías.


Cuando José se despierta “hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado”.


José es un hombre que ha cultivado en su vida la sintonía con Dios por medio de la oración. Por eso es capaz de escuchar al ángel y de darse cuenta de que lo que el ángel le dice es la voluntad de Dios para él. Por ese camino encuentra la vía que Dios ha preparado para él y vivirá en armonía con Dios, con la creación y con los demás.


En nuestra vida ocurre lo mismo, solamente por medio de la oración conseguimos descubrir cuál es la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Sólo por medio de la oración podemos decir como María y José, hágase, al plan que Dios tiene para nosotros.


PARA TU  RATO DE ORACION

SCUB

«TÚ, YA EN ESTA VIDA, disfrutas del mismo Dios». Así reza el himno Te Ioseph que pone en nuestra boca, desde hace siglos, lo que sentimos al considerar la misión del santo Patriarca[1]. Bien podemos pedirle al esposo de María que sepamos disfrutar del Niño Jesús y del cariño que viene a ofrecernos.

Sin embargo, el gozo de san José aquí en la tierra no estuvo exento de claroscuros: «Antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18). Inmediatamente reaccionó con la lealtad de un hombre fiel y lleno de amor a Dios. Tomó la decisión de repudiarla en secreto, así no impondría a María ningún peso más allá de la falta de su compañía. Todo en esta familia está al servicio de los planes divinos, todo se acomoda a la voluntad del Señor. Si bien fueron pocas las horas de zozobra, san José sufrió. No entendía lo que estaba pasando, pero nunca dudó de su esposa ni de Dios. Estaba «lleno de un santo temor de vivir al lado de una tan grande santidad»[2]. Un ángel fue enviado para disuadirlo y mostrarle su tarea en medio de lo que estaba contemplando atónito: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21).

Es fácil imaginarse la alegría de José por este doble anuncio. El Mesías ya estaba sobre la tierra y él iba a custodiarlo junto con su Madre bendita. A la alegría de recobrar a María se unió, en ese instante, el gozo inmenso de saber que el tiempo había llegado. Para un hijo de David esa noticia era la más esperada. Estaba ya entre ellos el Salvador. Nunca había soñado con una suerte tan grande e inmerecida. Comenzó a disfrutar entonces de lo que tenía, aunque todavía se le escapaba cómo aquello se haría realidad.


ANTES DE recibir el anuncio del ángel, el santo Patriarca «estaba siguiendo un buen proyecto de vida, pero Dios reservaba para él otro designio, una misión más grande. José era un hombre que siempre dejaba espacio para escuchar la voz de Dios, profundamente sensible a su secreto querer, un hombre atento a los mensajes que le llegaban desde lo profundo del corazón y desde lo alto. (...). Y así, José llegó a ser aún más libre y grande. Aceptándose según el designio del Señor, José se encuentra plenamente a sí mismo, más allá de sí mismo. Esta libertad de renunciar a lo que es suyo, a la posesión de la propia existencia, y esta plena disponibilidad interior a la voluntad de Dios, nos interpelan y nos muestran el camino»[3].

Es muy probable que José corriera a contar a su esposa lo que se le había revelado. Hay una palabra que se repite varias veces en el evangelio de hoy: acoger. Es un verbo que define muy bien la relación que deseamos tener con Dios. Nos ilusiona ser refugio, albergar este misterio de amor en nuestros corazones. Acoger significa, referido a una persona, admitirla en nuestra casa o compañía. Es como si Dios le pidiera permiso también a José para entrar en el mundo. Así, vemos que Jesús no se impone sino que llega pidiendo un espacio en nuestros corazones. Nos pide que le demos cobijo y que le regalemos nuestra compañía.

Asombra que Dios haya pedido a san José que cumpliera la tarea de acoger a las dos vidas más preciosas que han existido sobre la tierra. Como hombre agradecido, el esposo de María aceptó el don que se le ofrecía y Dios demostró que nunca se deja ganar en generosidad. También a nosotros el Señor nos ofrece permanentemente sus dones, grandes y pequeños, proyectos en los que podemos hacer un espacio para Jesús y su madre. A san Josemaría le entusiasmaba la sencillez del santo Patriarca: «¡San José es maravilloso! Es el santo de la humildad rendida..., de la sonrisa permanente y del encogimiento de hombros»[4].


QUIZÁ san José habrá considerado muchas veces la grandeza de tener a Jesús y a María bajo su techo y se habrá sentido bendecido. Probablemente, María y Jesús le hacían sentir en cada momento lo importante que era su misión y su vida. Le habrán convencido fácilmente de que era el mejor padre del mundo.

A pesar de eso, debe de haber sido particularmente duro el día en que Jesús se quedó en el Templo sin avisar, dejando claro cuál era su misión en el mundo. «Este episodio evangélico revela la vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus componentes en el camino de descubrimiento de Dios y del plan que ha preparado para él»[5]. Cuando al cabo de tres días lo encontraron, José experimentaría cierto consuelo al comprobar que María tampoco lo entendía. La compañía de María a su lado era la clave, era la solución a todas sus dudas e incertidumbres. Con María, todo se le hacía más fácil.

¿Qué más podría pedir un hombre sobre la tierra? Recibir un cariño tan particular de semejante criatura y tenerla siempre a su lado para cualquier tarea, difícil u ordinaria, era como estar en el cielo. Qué más daba, gracias a esa compañía, caminar por el desierto huyendo a Egipto o trabajar un día y otro en el taller de Nazaret. Qué más daba que salieran las cosas como él esperaba o al revés. La sonrisa de su esposa hacía todo muy sencillo. Rogamos a Dios que podamos acoger su amor como lo hicieron María y José. «Si tus manos te parecen vacías, si ves tu corazón pobre en amor, esta noche es para ti. Se ha manifestado la gracia de Dios para resplandecer en tu vida. Acógela y brillará en ti la luz de la Navidad»[6].


17 de diciembre de 2021

LOS PLANES DE DIOS




Evangelio Mateo (1,1-17):

Origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés engendró a Esrón, Esrón engendró a Aran, Aran engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.


David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Cristo, catorce.

PARA TU RATO DE ORACION 

En gran parte del libro del profeta Isaías leemos cuánto le duele a Yahvé la infidelidad de su pueblo. Sin embargo, llega un momento en el que Dios decide consolar a Jerusalén, perdonar todos sus pecados y sellar una alianza eterna. Lo recordamos hoy en la primera lectura de la Misa. El lenguaje que utiliza el profeta es casi maternal: «Por un breve instante te abandoné, pero con grandes ternuras te recogeré», «te oculté mi rostro un momento, pero con amor eterno me he apiadado de ti», «mi amor no se apartará de ti» (Is 54,1-10). Frente a nuestras infidelidades, Dios responde con misericordia. «Su ira dura un sólo instante, su bondad, toda la vida» (Sal 29,6). Su amor es más fuerte que nuestro pecado.


En Adviento la liturgia nos recuerda una y otra vez el deseo divino de estar con los hombres. El Señor anhela que el hombre no rechace su compañía y se deje querer. «Dios está cerca de nosotros, es fiel y hace grandes obras de salvación en aquellos que esperan en Él. Dios ama con un amor sin límites, que ni el pecado puede frenar, y hace que el corazón del hombre se llene de alegría y de consolación»[1]. La historia humana, por nuestra parte, está tristemente llena de infidelidades. No obstante, Dios tiene una paciencia infinita y no se cansa de educarnos como unos padres lo hacen con su hijo. Su corazón está siempre inclinado hacia el perdón. Dios mantiene su alianza a pesar de los pesares, de generación en generación. Como dice san Pablo, «Dios es fiel y no puede negarse a sí mismo» (2Tm 2,13).

«Este “misterio” de la fidelidad de Dios constituye la esperanza de la historia»[2]. Se trata de la mayor garantía para nuestra lealtad, pues el Señor «es fiel en todas sus palabras, y piadoso en todas sus obras» (Sal 144,13). «¿Que cuál es el fundamento de nuestra fidelidad?», se preguntaba en una ocasión san Josemaría; y respondía: «Te diría, a grandes rasgos, que se basa en el amor de Dios, que hace vencer todos los obstáculos: el egoísmo, la soberbia, el cansancio, la impaciencia…»[3].


DURANTE estas semanas de Adviento, Juan Bautista está muy presente en la liturgia de la Palabra. Escuchamos los momentos más importantes de su singular misión de preparar el camino a Jesús. Le miramos para aprender a esperar con deseo creciente el nacimiento del redentor. Juan es el último de los profetas y el primero en morir por Cristo. En el evangelio de hoy, Jesús habla de su primo a la multitud: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que visten con lujo y viven entre placeres están en palacios de reyes. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta» (Lc 7,24-26).

Entre las características de la personalidad de Juan, y que son un modelo para los cristianos, destaca la fidelidad. El Precursor no duda en señalar al Mesías, no teme perder a sus discípulos o quedarse solo porque conoce y se identifica con su misión. «Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1,29) «que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias» (Lc 3,16), dice. Son expresiones de un corazón humilde, consciente de que está de paso, como cada uno de nosotros; sabe que su felicidad está en poner en primer plano a Dios, así que no se siente imprescindible.

El Bautista no es «una caña sacudida por el viento», de naturaleza inestable, complaciente para quedar bien con todos; Juan es un mensajero de Dios que vive para su misión, aunque esta le obligue a hacer ciertos sacrificios personales. La lealtad a Dios y a la verdad le llevan incluso a derramar su sangre. Por eso, san Juan Pablo II pudo afirmar que la «fidelidad radical a Cristo resplandece en el martirio de san Juan Bautista»[4].


«TU ALIANZA la estableciste para siempre»[5]. Esta certeza estuvo presente durante toda la vida san Juan Bautista. La fidelidad de Dios no conoce ocaso. Dios es el de siempre. Al considerar esta intensidad de su amor, la criatura se siente empujada a devolver también un amor fiel, fruto de su libertad. Leemos hoy en la Antífona de la comunión los consejos que Pablo da a Tito: «Pues se ha manifestado la gracia de Dios (...). Vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tt 2,12-13). Esta fidelidad a Dios exige una intimidad auténtica con Jesús en la oración, porque en el coloquio con el Señor experimentamos su amor –dulce y exigente– y esto nos lleva a ser generosos.

El rostro de una vida santa y fiel está compuesto por tantos momentos que no brillan externamente, porque la mayoría de las veces son escondidos, pero siempre hechos por amor: una sonrisa, un detalle de orden, agradecer o pedir perdón cuando hemos ofendido a otra persona, una respuesta amable… Refiriéndose al beato Álvaro, san Josemaría comentó: «Querría que le imitarais en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. En este montón de años de su vocación, se le han presentado muchas ocasiones –humanamente hablando– de enfadarse, de molestarse, de ser desleal; y ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables. Por motivos sobrenaturales, no por virtud humana. Sería muy bueno que le imitaseis en esto»[6].

«La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor; de un amor coherente, verdadero y profundo»[7]. A lo largo de la vida, el amor auténtico se renueva muchas veces al día. Así crece cada vez más, está vivo; la fidelidad no es inercia o sencillamente dejar pasar el tiempo. Ser fieles no supone ser personas inflexibles; nada más lejos la fidelidad que el simple mantener una elección del pasado. La persona fiel es creativa, es capaz de renovarse y de soñar en grande dentro de los planes de Dios.

Y si, en algún momento, el camino se hace algo más duro, la reacción del hombre fiel es pedir ayuda para poner todo de su parte en seguir adelante. Al mirar a María, Virgen fiel, podemos poner en sus manos nuestros deseos de amar como ella.