"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

16 de junio de 2020

SANTIDAD EN MEDIO DEL MUNDO

— Llamada universal a la santidad.
— Ser santos allí donde nos encontramos. 
— Crecer en santidad en medio del mundo.

I. Toda la Sagrada Escritura es una llamada a la santidad, a la plenitud de la caridad, pero hoy nos dice Jesús explícitamente en el Evangelio de la Misa: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto1. Y no se dirige Cristo a los Apóstoles, o a unos pocos, sino a todos. San Mateo nos hace notar que, al terminar estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de sus enseñanzas2. No pide Jesús la santidad a un grupo reducido de discípulos que le acompañan a todas partes, sino a todo el que se le acerca, a las multitudes, entre las que había madres de familia, jornaleros y artesanos que se detendrían a oírle a la vuelta del trabajo, niños, publicanos, mendigo enfermos... El Señor llama en su seguimiento sin distinción de estado, raza o condición.

A nosotros, a cada uno en particular, a los vecinos, a los compañeros de trabajo o de Facultad, a estas personas que caminan por la calle..., Cristo nos dice: Sed perfectos..., y nos da las gracias convenientes. No es un consejo del Maestro, sino un exigente mandato. «En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que quienes son apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes, 4, 3)»3. «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»4. No existe en la doctrina de Cristo una llamada a la mediocridad, sino al heroísmo, al amor, al sacrificio alegre.

El amor se pone al alcance del niño, del enfermo que lleva meses en la cama del hospital, del empresario, del médico que apenas tiene un minuto libre..., porque la santidad es cuestión de amor, de empeño por llegar, con la ayuda de la gracia, hasta el Maestro. Se trata de dar un nuevo sentido a la vida, con las alegrías, trabajos y sinsabores que lleva consigo. La santidad implica exigencia, combatir el conformismo, la tibieza, el aburguesamiento, y nos pide ser heroicos, no en sucesos extraordinarios, que pocos o ninguno vamos a encontrar, sino en la continua fidelidad a los deberes de todos los días.

La liturgia acude hoy a las palabras de San Cipriano, que exhortaba así a los cristianos del siglo iii: «hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que Él se complazca en nosotros (...). Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios (...). Y como Él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto pedimos cada día»5. Hoy lo imploramos nosotros a Dios: Señor, danos un vivo deseo de santidad, de ser ejemplares en nuestros quehaceres, de amarte más cada día. Ayúdanos a difundir tu doctrina por todas partes...

II. No se contenta el Señor con una vida interior tibia y con una entrega a medias. A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto6. Por esto purifica el Maestro a los suyos, permitiendo pruebas y contradicciones. «Si el orfebre martillea repetidamente el oro, es para quitar de él la escoria; si el metal es frotado una y otra vez con la lima es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación»7. Todo dolor –físico o moral– que Dios permite, sirve para purificar el alma y para que demos mayor fruto. Así hemos de verlo siempre, como una gracia del Cielo.

Todas las épocas son buenas para meternos en caminos hondos de santidad, todas las circunstancias son oportunas para amar más a Dios, porque la vida interior se alimenta, con la ayuda constante del Espíritu Santo, de las incidencias que ocurren a nuestro alrededor, de modo parecido a como hacen las plantas. Ellas no escogen el lugar ni el medio, sino que el sembrador deja caer las semillas en un terreno, y allí se desarrollan, convirtiendo en sustancia propia, con la ayuda del agua que les llega del cielo, los elementos útiles que encuentran en la tierra. Así salen adelante y se fortalecen.

Con mucho más motivo saldremos nosotros fortalecidos, pues nuestro Padre Dios es quien ha escogido el terreno y nos da las gracias para que demos fruto. La tierra donde el Señor nos ha puesto es la familia concreta de la que somos parte, y no otra, con los caracteres, virtudes, defectos y formas de ser de las personas que la integran. La tierra es el trabajo, que debemos amar para que nos santifique, los compañeros de la misma empresa o de la misma clase, los vecinos... La tierra, donde hemos de dar frutos de santidad, es el país, la región, el sistema social o político imperante, nuestra propia manera de ser... y no otra. Es ahí, en ese ambiente, en medio del mundo, donde el Señor nos dice que podemos y debemos vivir todas las virtudes cristianas, sin recortarlas, con todas sus exigencias. Dios llama a la santidad en toda circunstancia: en la guerra y en la paz, en la enfermedad y en la salud, cuando nos parece haber triunfado y cuando se presenta el fracaso inesperado, cuando tenemos tiempo en abundancia y cuando casi no llegamos a realizar lo imprescindible. El Señor nos quiere santos en todos los momentos. Quienes no cuentan con la gracia y ven las cosas con una visión puramente humana, están diciendo constantemente: este de ahora no es tiempo de santidad.

No pensemos nosotros que en otro lugar y en otra situación seguiríamos más de cerca al Señor y realizaríamos un apostolado más fecundo. Dejemos a un lado la mística ojalatera. Los frutos de santidad que espera el Señor son los que produce la tierra donde estamos, aquí y ahora: cansancio, enfermedad, familia, trabajo, compañeros de trabajo o de estudio... «Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de esto que suelo llamar mística ojalatera -¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!...-, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor (...)»8. Ese es el ambiente en el que debe crecer y desarrollarse nuestro amor a Dios, utilizando precisamente esas oportunidades. No las dejemos pasar; ahí nos espera Jesús.

III. Contemplada la vida al modo humano, podría parecer que existen momentos y situaciones menos propicios para crecer en santidad o para realizar un apostolado fecundo: viajes, exámenes, exceso de trabajo, cansancio, falta de ánimos...; o bien: ambientes duros, cometidos profesionales delicados en un ambiente paganizado, campañas difamatorias... Sin embargo, esos son momentos de toda vida corriente: pequeños triunfos y pequeños trabajos, salud y enfermedad, alegrías y tristezas, y preocupaciones; momentos de desahogo económico y otros quizá de penuria... El Señor espera que sepamos convertir esas oportunidades en motivos de santidad y de apostolado.

En esos momentos pondremos más atención y empeño en la oración personal diaria (siempre sacaremos tiempo; el amor es ingenioso), en el trato con Jesús sacramentado, con la Virgen..., pues son incidencias en las que necesitamos más ayuda, y la obtenemos en la oración y en los sacramentos. Entonces, las virtudes se hacen fuertes, y toda la vida interior madura.

En el apostolado tampoco debemos esperar circunstancias especiales. Todos los días, cualquier momento es bueno. Si los primeros cristianos hubieran esperado una coyuntura más propicia, pocos conversos habrían llevado a la fe. Esta tarea siempre requerirá audacia y espíritu de sacrificio.

El labrador, para recibir los frutos, es menester que primero trabaje9. Es necesario el esfuerzo, poner en juego las virtudes humanas. De modo particular, el apostolado requiere constancia: Vosotros, hermanos -dice el Apóstol Santiago-, tened paciencia, hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia, hasta que recibe las lluvias temprana y tardía. Esperad, pues, también vosotros con paciencia y esforzad vuestros corazones10. Y con la constancia, la generosidad para sembrar mucho, a voleo, aunque no veamos los frutos.

Pidamos a la Santísima Virgen un efectivo afán de santidad en las circunstancias en las que ahora nos encontramos. No esperemos un tiempo más oportuno; este es el momento propicio para amar a Dios con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser...

15 de junio de 2020

LA VIDA DE GRACIA

— Una vida nueva. Dignidad del cristiano.
— La gracia santificante, participación en la naturaleza divina.
— La gracia nos lleva a la identificación con Cristo

I. Los cristianos, desde el momento en que se nos infunde la gracia santificante en el Bautismo, tenemos una nueva vida sobrenatural, distinta de la existencia común de los hombres; es una vida particular y exclusiva de quienes creen en Cristo, de aquellos que nacen no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de querer de hombre, sino que nacen de Dios1. En el Bautismo, el cristiano comienza a vivir la misma vida de Cristo2. Entre Él y nosotros se ha establecido una comunión de vida distinta, superior y más fuerte e íntima que la de los miembros de la sociedad humana. La unión con el Señor es tan profunda que transforma radicalmente la existencia del cristiano, y hace posible que la vida de Dios se desarrolle como algo propio en el interior del alma. Nuestro Señor habla de la vid y los sarmientos3, San Pablo la compara a la unión entre el cuerpo y la cabeza4, pues una misma savia y una misma sangre recorren la cabeza y los miembros.

La primera consecuencia de esta realidad es la dicha incomparable de hacernos hijos de Dios; la filiación divina no es un mero título. Cuando alguien adopta a otro como hijo le da su apellido y sus bienes, le ofrece su cariño, pero no es capaz de comunicarle algo de su propia naturaleza ni de su propia vida. La adopción humana es algo externo: no cambia a la persona ni le añade perfecciones o cualidades que no sean meramente externas (mejores vestidos, más medios para aumentar su cultura...). En la adopción divina es distinto: se trata de un nuevo nacimiento, que produce una admirable mejora de la naturaleza de quien es adoptado. Carísimos -escribe San Juan-, nosotros somos ya ahora hijos de Dios5. No es una ficción, no es otorgar un título honorífico, porque el mismo Espíritu de Dios está dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios6. Es una realidad tan grande y tan alegre que le hace escribir a San Pablo: no sois extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios7.

¡Cuánto bien hará a nuestra alma considerar a menudo que Cristo es la fuente de la que mana a raudales esta nueva vida que se nos ha dado! Por Él -escribe San Pedro- Dios nos ha dado las grandes y preciosas gracias que había prometido, para hacernos partícipes por medio de estas mismas gracias de la naturaleza divina8.

Ante tal dignidad, la cabeza y el corazón se inclinan para dar continuas gracias al Señor, que ha querido poner en nosotros tanta riqueza, y nos decidimos a vivir conscientes de las joyas preciosas que hemos recibido. Los ángeles miran al alma en gracia llenos de respeto y de admiración. Y nosotros, ¿cómo vemos a nuestros hermanos los hombres, que han recibido o están llamados a recibir esa misma dignidad? ¿Cómo nos comportamos, llevando un tesoro de tan altísimo valor? ¿Sabemos de verdad lo que vale nuestra alma, y lo manifestamos en la conducta, en la delicadeza con que evitamos aun lo más pequeño que desdiga de la dignidad de nuestra condición de cristianos?

II. Al principio, después de la primera creación, la criatura era nueva, perfecta, según la había hecho Dios. Pero el pecado la envejeció y causó en ellas grandes estragos. Por eso, Dios hizo otra nueva creación9: la gracia santificante, una participación limitada de la naturaleza divina, por la que el hombre, sin dejar de ser criatura, es semejante a Dios, participa íntimamente en la vida divina.

Es una realidad interior que produce «una especie de resplandor y luz que limpia todas las manchas de nuestras almas y las torna hermosísimas y muy brillantes»10. Esta gracia es la que une nuestra alma con Dios en un estrechísimo lazo de amor11. ¡Cómo deberemos protegerla, convencidos de que es el mayor bien que tenemos! La Sagrada Escritura la compara a una prenda que Dios pone en los corazones de los fieles12, a una semilla que echa sus raíces en el interior del hombre13, a un manantial de aguas que manará sin cesar hasta la vida eterna14.

La gracia santificante no es un don pasajero y transitorio, como ocurre con esos impulsos y mociones para realizar u omitir alguna acción, a los que llamamos gracias actuales; es «un principio permanente de vida sobrenatural»15, una disposición estable radicada en la misma esencia del alma. Porque determina un modo de ser estable y permanente –aunque se puede perder por el pecado mortal–, se la llama también gracia habitual.

La gracia no violenta el orden natural, sino que lo supone, lo eleva y perfecciona, y ambos órdenes se prestan mutua ayuda, porque uno y otro de Dios proceden16. Por eso, el cristiano, lejos de renunciar a las obras de la vida terrena –al trabajo, a la familia...–, las desarrolla y las perfecciona, coordinándolas con la vida sobrenatural, hasta el punto de ennoblecer la misma vida natural17.

Con esta dignidad hemos de vivir y de comportarnos en todas nuestras acciones; en ningún momento del día debemos olvidar los dones con que hemos sido favorecidos. Nuestra existencia será bien diferente si en medio de los quehaceres diarios tenemos presente el honor que nos ha hecho nuestro Padre Dios: que –por la gracia– nos llamemos hijos suyos, y que de verdad lo seamos18.

III. La gracia santificante diviniza al cristiano y le convierte en hijo de Dios y en templo de la Trinidad Santísima. Esta semejanza en el ser debe reflejarse necesariamente en nuestro obrar: en pensamientos, acciones y deseos –a medida que progresamos en la lucha ascética–, de modo que la vida puramente humana vaya dejando paso a la vida de Cristo. Se ha de cumplir en nuestras almas aquel proceso interior que indican las palabras del Bautista: conviene que él crezca y yo mengüe19. Hemos de pedir al Señor que se haga cada vez más firme en nosotros esta aspiración: tener en el corazón los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo20; y desterrar el egoísmo, el pensar excesivamente en nosotros mismos, cualquier síntoma de aburguesamiento... Por esto, quienes se ufanan de llevar el nombre de cristianos, no solo han de contemplar al Maestro como un perfectísimo Modelo de todas las virtudes, sino que han de reproducir de tal manera en sus costumbres la doctrina y la vida de Jesucristo que sean semejantes a Él21, en el modo de tratar a los demás, en la compasión por el dolor ajeno, en la perfección del trabajo profesional, imitando los treinta años de vida oculta en Nazaret...

Así se repetirá la vida de Jesús en la nuestra, en una configuración creciente con Él que realiza de modo admirable el Espíritu Santo, y que tiene como término la plena semejanza y unión, que se consumará en el Cielo. Pero, considerémoslo serenamente en nuestra oración, para llegar a esa identificación con Cristo se precisa una orientación muy clara de toda nuestra vida: colaborar con el Señor en la tarea de la propia santificación, quitando obstáculos a la acción del Paráclito y procurando hacer en todo lo que más agrada a Dios, de tal manera que podamos decir, como Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y dar cumplimiento a su obra22. Esta correspondencia a la gracia –que se ha de hacer realidad día tras día, minuto a minuto– se podría resumir en tres puntos principales: ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, mantener en toda circunstancia la vida de oración, a través de las prácticas de devoción que hemos concretado en la dirección espiritual, y cultivar un constante espíritu de penitencia.

Docilidad, porque el Espíritu Santo «es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera»23 en nuestro personal crecimiento interior y en el abundante apostolado que hemos de ejercer entre nuestros amigos, parientes y colegas.

Vida de oración, «porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del amor y al amor se encaminan. Y el amor lleva al trato, a la conversación, a la amistad. La vida cristiana requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es a esa intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo»24.

Unión con la Cruz, «porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la Resurrección y a la Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida de cada cristiano»25, aceptando en primer lugar las contradicciones, grandes o pequeñas, que nos llegan, y ofreciendo al Señor cada día otras muchas pequeñas mortificaciones a través de las cuales nos unimos a la Cruz con sentido de corredención, purificamos nuestra vida y nos disponemos para un diálogo íntimo y profundo con Dios.

Examinemos hoy, al terminar nuestra oración, cómo es nuestra correspondencia a la gracia en estos tres puntos, porque de ella depende el desarrollo de la vida de la gracia en nosotros. Le decimos al Señor que no queremos contentarnos con el nivel alcanzado en la oración, en la presencia de Dios, en el sacrificio...; que, con su gracia y con la protección de Santa María, no nos detendremos hasta llegar a la meta que da sentido a nuestra vida: la plena identificación con Jesucristo.

14 de junio de 2020

MUERTE Y RESURRECCIÓN

- Progreso vs. muerte: ¿límite o punto de partida?
- Volver a las raíces
- La resurrección: el misterio de Dios en el mundo

I Es posible que hayamos visto alguna película, leído algún libro o incluso jugado a algún videojuego en que aparezca el elixir de la vida. Con esta expresión, acuñada hace siglos, se trataba de describir la búsqueda por parte de los alquimistas de un medicamento, también llamado "panacea", que permitiera al ser humano vivir para siempre. En nuestra época, existe una corriente de pensamiento –llamada Transhumanismo– que constituye una versión actualizada de esta pretensión, y que se caracteriza por el seguimiento de tres grandes objetivos para la aparición de una humanidad perfecta: la súper longevidad, el súper conocimiento y el súper bienestar; en otras palabras, la búsqueda de una vida en plenitud.

¿Por qué, después de tantos siglos de progreso, buscamos todavía unos fines que siguen sin ser alcanzados? Es evidente que el hombre es un ser insatisfecho. Es alguien que, aunque consiga un nivel de vida y de felicidad que se pueda considerar satisfactorio, nunca se siente del todo satisfecho: quiere conocer siempre más, vivir cada vez mejor y hacerlo para siempre. Con el desarrollo científico y tecnológico, los conocimientos se han ampliado notablemente, y también la capacidad de evitar el dolor o de combatirlo. Sin embargo, antes o después, la existencia terrena se topa con un obstáculo que hasta el momento ningún ser humano ha conseguido saltar: la muerte.

Esta se presenta como algo profundamente injusto, como aquello que nunca debiera ocurrir. Y, sin embargo, si algo sabemos con seguridad en esta vida, es que un día moriremos. Nuestro ser está abierto a una perfección que queda truncada con la muerte. Por eso, los pueblos de todo tiempo y cultura han desarrollado modos de enfrentarse con aquello que trasciende esta vida, desplegando el sentido religioso que está anclado en la naturaleza humana. Las representaciones sobre la existencia de un más allá son variadas en el panorama religioso de la humanidad, y dan testimonio de ese deseo humano de infinito; a la vez que ninguna de ellas logra demostrar que es la única realmente verdadera.

En este vasto horizonte, el cristianismo irrumpe con una fuerza inusitada: afirma que ha habido un hombre que ha superado la muerte como límite; que, venciendo a la muerte, ha obtenido una vida que dura para siempre. Ese hombre es Jesucristo. Pero no se queda ahí, sino que además afirma que Jesús ha prometido, a quienes vivan de él y sigan su ejemplo, el poder participar de esa nueva existencia que vence a la muerte.

Ante la muerte de una persona querida, con frecuencia se escucha una frase como esta: «su desaparición constituye una pérdida». La muerte de un ser humano es injusta, pues cada uno es un ejemplar irrepetible, y por tanto su desaparición del mundo supone un auténtico empobrecimiento. Si esto es así para nosotros, se puede decir que la muerte de Cristo fue el acontecimiento más injusto de la historia, pues su vida, según nos ha llegado a través de los testimonios de su época, muestra una ejemplaridad fuera de lo común, que ha sido reconocida incluso por aquellos que tienen del cristianismo una opinión negativa.
Algunas piezas literarias describen esta búsqueda humana como el intento de volver a un paraíso perdido, como sugiere el título de la famosa obra de John Milton. Con ello hacen referencia a diversas tradiciones que hablan de una idílica época inicial de la humanidad, que fue quebrada por algún acontecimiento que hizo perder al hombre su inmortalidad y su bondad. La historia de algunos personajes de la mitología griega, como Aquiles, sugiere que el precio que el hombre ha de pagar para ser él mismo y no un ser indiferenciado en el mundo divino es la aceptación de la propia mortalidad. En el pensamiento ilustrado, es frecuente encontrarse con la idea de que el ser humano, para poder ser él mismo, necesita emanciparse de su origen, de su dependencia de un Dios o de un entorno familiar que hasta entonces lo ha protegido. Valerse por sí mismo significa perder el miedo a enfrentarse a la muerte. Las promesas de vida después de la muerte serían, pues, una vuelta a los orígenes felices. Recuérdese que algunos clásicos literarios de muy diversas épocas, desde La odisea hasta El Señor de los anillos, se plantean como la vuelta del héroe a casa.

II Se ha hablado previamente de la búsqueda de una existencia duradera, de un bienestar y de un conocimiento supremo. Pues bien, en realidad, la fe cristiana dice que exactamente eso era lo que el ser humano tenía en sus orígenes remotos, cuando fue creado por Dios en un estado de inocencia, que la doctrina de la Iglesia llama «justicia original»[1]: además de la amistad con Dios, el hombre gozaba de los dones de integridad, conocimiento, impasibilidad e inmortalidad. Fue el pecado, la desobediencia a Dios (cfr. Gn 3,6), lo que provocó la expulsión del paraíso, y por consiguiente la pérdida del acceso al árbol de la vida (cfr. Gn 3,22-24). La Biblia precisa en seguida que la historia primordial no concluye así, de modo trágico, sino que Dios mismo se ocupa de los humanos cubriendo su desnudez con unos vestidos improvisados (cfr. Gn 3,21), y prometiéndoles un futuro redentor (cfr. Gn 3,15). En efecto, Jesucristo, que se presenta como «el último Adán» (1Cor 15,45), nuevo inicio de la humanidad, permaneciendo a la vez en su condición divina, toma sobre sí la condición humana (cfr. Flp 2,5-11), con esos efectos de mortalidad, sufrimiento y exposición a la tentación, y realiza en su vida el proyecto de Dios, en plena obediencia al Padre hasta la entrega de su propia vida. Y gracias a ese acto supremo de amor, vence la muerte con su resurrección, reabriendo las puertas del paraíso a los hombres, que ahora pueden acceder de nuevo al árbol de la vida: los sacramentos, cuya fuente y cima es el alimento eucarístico[2]. En Él, de alguna manera, el Cielo de Dios, el Paraíso, se une a la tierra que habitamos, mientras esperamos su prometida manifestación gloriosa al final de los tiempos[3].

III La fe cristiana habla, por tanto, de un más allá que se hace presente en nuestro más acá, de un Cielo que, siendo promesa de algo completamente nuevo, no asimilable a las categorías espacio temporales de nuestro mundo, a la vez será algo que responde a un deseo profundamente arraigado en nuestro ser. Es verdad que Jesús, después de su resurrección, ascendió a los Cielos, desde donde volverá; esos mismos Cielos que acogieron a María, que fue concebida sin pecado y por tanto participa de modo eminente del misterio de su Hijo; pero es también cierto, que esos Cielos no son otra cosa que el misterio de Dios que, a la vez que es trascendente a este mundo, está por completo dentro de él, de modo que, paradójicamente, ahora Jesús se encuentra más cerca de nosotros que cuando recorría los caminos de Palestina[4].

Con su resurrección y su promesa, Jesús ha introducido en el mundo de nuestra experiencia, muchas veces negativa por estar marcada por las consecuencias del pecado en nuestras vidas (ignorancia, dolor, muerte, etc.), una esperanza nueva, real, pues la existencia y resurrección de Jesús se han dado en nuestra historia y, a la vez, de algún modo la superan, porque la abren a lo que está más allá de ella, en la otra parte de la historia. Esa esperanza es creíble porque Jesús ha dado su vida, y no hay nada más creíble en este mundo que el ejemplo, que siendo de santidad –es decir, de caridad–, es simplemente incontestable. «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Por eso, el martirio, desde los inicios del cristianismo hasta hoy, constituye la mayor muestra de la credibilidad y veracidad de una fe por la que se es capaz de dar la vida.

De este modo, se entiende que la vida eterna prometida por Jesús, de una parte ya ha comenzado en este mundo para el que cree y, a la vez, recibirá una plenitud transfiguradora que no podemos todavía soñar. «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman» (1Cor 2,9). Si la imaginamos con las categorías de este mundo, nos podría entrar la sospecha del aburrimiento de una vida que consistiría en «un continuo sucederse de días del calendario»[5]. Pero no se trata de un reduplicado de esta vida sino, más bien, de un don sorprendente, por el que vale la pena dejarse la vida, pues amamos y nos fiamos de quien dice que nos hará felices: «Muy bien, siervo bueno y fiel, […] entra en la alegría de tu Señor» (Mt 25,21.23). Cuando dos personas forman un proyecto común de vida, se dicen mutuamente que se harán felices, no porque piensen que la otra persona será un medio para alcanzar la felicidad, sino porque ocuparse de su felicidad será lo que les haga felices. Ciertamente, Dios es ya feliz en cuanto comunión trinitaria de Personas; pero, a la vez, quiere hacernos participar de su felicidad de la que, ya esta existencia terrena, vivida por amor, es un anticipo. Por eso, decía san Agustín que «amando al prójimo purgas el ojo para ver a Dios»[6].

Un cielo nuevo y una tierra nueva

Ver a Dios requiere seguir siendo criaturas de alma y cuerpo, y por tanto, que haya una resurrección final, que consiste en que, siendo Dios creador de todo, también la materia, el cosmos y nuestros cuerpos, transfigurados, puedan participar de la gloria divina, como de hecho participa ya la humanidad de Jesucristo, que existe para siempre en Dios. Se trata de algo muy importante para una correcta interpretación de las implicaciones del cristianismo en la sociedad, en la historia y en la cultura: el «cielo nuevo y la tierra nueva» (Ap 21,1) no serán algo completamente diferente, sino que, de alguna manera, el empeño por construir un mundo mejor acompañará al hombre en la eternidad.

Por tanto, el hombre es padre de sí mismo[7], pues sus decisiones le configuran, y eso quiere decir que se construye la eternidad con su actuar en este mundo, pues sus acciones le conforman. Por eso, resucitará no solo un cuerpo en un sentido puramente material, sino todo su ser con el bagaje de toda su historia[8]. De ahí que resulte tan certera la invitación a «vivir cada instante con vibración de eternidad»[9].

Ninguna otra doctrina como la de la resurrección suscitó las ironías de los paganos en los primeros siglos, como ya le ocurriera a san Pablo: «te escucharemos sobre eso en otra ocasión»; «las muchas letras te han hecho perder el juicio» (Hch 17,32; 26,24). Sin embargo, el dualismo entre materia y espíritu, que caracterizaba la cosmovisión griega, no ofrecía perspectivas de salvación de la dimensión material, considerada como fuente del mal. Tampoco las teorías, antiguas y nuevas, que prometen una reencarnación satisfacen, pues aunque parecen valorar la necesidad de que la materia esté presente en el destino del hombre, no parecen respetar la identidad real del hombre en la indisoluble unión de cuerpo y alma.

Mirando a Cristo se puede comprender que es razonable la promesa de la resurrección, si bien no está en la mano del Hombre alcanzarla, pues se trata de un puro don. Por eso, el cristianismo es una propuesta de sentido que, sin resolver del todo en esta vida los enigmas que rodean la existencia, ofrece una esperanza razonable de una vida imperecedera, por la que vale la pena seguir a Jesucristo y dar la vida por él.

13 de junio de 2020

EL VALOR DE LA PALABRA

— El Señor realza el valor de la palabra dada.
— Amor a la verdad en toda ocasión y circunstancia.
— Fidelidad y lealtad a nuestros compromisos.

I. En tiempos de Jesús, la práctica del juramento había caído en el abuso por su frecuencia, por la ligereza con que se hacía, y por la casuística que se había originado para legitimizar su incumplimiento. Jesús sale al paso de esta costumbre, y con la fórmula pero yo os digo, que emplea con frecuencia para señalar la autoridad divina de sus palabras, prohíbe poner a Dios por testigo, no solo de cosas falsas, sino también de aquellos asuntos en los que la palabra del hombre debe bastar. Así lo recoge San Mateo en el Evangelio de la Misa1: A vosotros os debe bastar decir sí o no. El Señor quiere realzar y devolver su valor y fuerza a la palabra del hombre de bien que se siente comprometido por lo que dice.

Jurar, es decir, poner a Dios por testigo de algo que se asegura o se promete, es lícito, y en ocasiones necesario, cuando se hace con las debidas condiciones y circunstancias. Es entonces un acto de la virtud de la religión y redunda en honor del nombre de Dios. El Profeta Jeremías ya había señalado que el juramento grato a Dios debía ser realizado en verdad, en juicio y en justicia2; es decir, la afirmación ha de ser verdadera, formulada con prudencia –ni ligera ni temerariamente– y referida a una cosa o necesidad justa y buena.

Si no lo exige la necesidad, nuestra palabra de cristianos y de hombres honrados debe bastar, porque nos han de conocer como personas que buscan en todo la verdad y que dan un gran valor a la palabra empeñada, en lo que se fundamenta toda lealtad y toda fidelidad: a Cristo, a nuestros compromisos libremente adquiridos, a la familia, a los amigos, a la empresa en la que trabajamos.

En las situaciones normales de la vida corriente, bastará nuestra palabra para dar toda la consistencia necesaria a lo que afirmamos o prometemos; pero la fuerza de la palabra empeñada ha de ganarse día a día, siendo veraces en lo pequeño, rectificando con valentía cuando nos hemos equivocado, cumpliendo nuestros compromisos. ¿Nos conocen así en el lugar donde trabajamos, en la familia, aquellos que nos tratan? ¿Saben que procuramos no mentir jamás, ni siquiera por diversión, o por conseguir un bien, o por evitar un mal mayor?

II. En las enseñanzas de Cristo, la hipocresía y la falsedad son vicios muy combatidos3, mientras que la veracidad es una de las virtudes más gratas a Nuestro Señor: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez4, dirá de Natanael cuando se le acerca acompañado de Felipe. Jesucristo mismo es la Verdad5; por el contrario, el demonio es el padre de la mentira6. Quienes sigan al Maestro han de ser hombres honrados y sinceros que huyen siempre del engaño y basan sus relaciones –humanas y divinas– en la veracidad.

La verdad se transmite a través del testimonio del ejemplo y de la palabra: Cristo es el testigo del Padre7; los Apóstoles8, los primeros cristianos, nosotros ahora, somos testigos de Cristo delante de un mundo que necesita testimonios vivos. Y ¿cómo creerían nuestros amigos y colegas en la doctrina que queremos transmitirles, si nuestra propia vida no estuviera basada en un gran amor a la verdad? Los cristianos debemos poder decir, como Jesucristo, que hemos venido al mundo para atestiguar sobre la verdad9, en un momento en que muchos utilizan la mentira y el engaño como una herramienta más para escalar puestos, para alcanzar un mayor bienestar material o evitarse compromisos y sacrificios; o simplemente por cobardía, por falta de virtudes humanas. El mismo Jesús señaló el amor a la verdad como una cualidad necesaria en sus discípulos, que lleva consigo la paz del alma, porque la verdad os hará libres10.

Hemos de ser ejemplares, estando dispuestos a construir nuestra vida, nuestra hacienda, nuestra profesión, sobre un gran amor a la verdad. No nos sentimos tranquilos cuando hay por medio una mentira. Debemos amar la verdad y poner empeño en encontrarla, pues en ocasiones está tan oscurecida por el pecado, las pasiones, la soberbia, el materialismo..., que de no amarla no sería posible reconocerla. ¡Es tan fácil aceptar la mentira cuando llega –disimulada o con claridad– en ayuda del falso prestigio, de mayores ganancias en la profesión...!; pero ante la tentación, tantas veces disfrazada con variados argumentos, hemos de recordar, clara, diáfana, la doctrina de Jesús: sea vuestra palabra: «Sí, sí»; «No, no»11.

Ser veraces es un deber de justicia, una obligación de caridad y de respeto al prójimo. Y esta misma consideración por quienes nos escuchan nos llevará en ocasiones a no manifestar, indiscretamente, nuestros conocimientos y opiniones, sino de acuerdo con la formación, edad, etc., de los oyentes. El amor a la verdad que nos han confiado nos llevará a mantener firmes otras exigencias morales, como la reserva o el secreto profesional, el derecho a la intimidad, etc., pidiendo, si es preciso, consejo sobre el modo de actuar en casos difíciles para defender una determinada verdad ante quien quiere acceder a ella injustamente.

III. Al dar nuestra palabra, en cierto modo nos damos nosotros mismos, nos comprometemos en lo más íntimo de nuestro ser. Un cristiano, un verdadero discípulo de Jesucristo, a pesar de sus errores y defectos, ha de ser leal, honesto, un hombre de palabra; alguien que es fiel a su palabra. En la Iglesia los cristianos nos llamamos fieles, para expresar la condición de miembros del Pueblo de Dios adquirida por el Bautismo12. Pero también fiel es la persona que inspira confianza, de la que nos podemos fiar, aquella cuyo comportamiento corresponde a la confianza puesta en ella o a lo que exigen de ella el amor, la amistad, el deber, y que es fiel a una promesa, a la palabra dada...13. En la Sagrada Escritura el calificativo fiel es atribuido a Dios mismo, porque nadie como Él, de modo eminente, es digno de confianza: es siempre fiel a sus promesas, no nos falla jamás. Fiel es Dios –dice San Pablo a los Corintios–, que no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas...14.

Es fiel quien es leal a su palabra. Es leal el que cumple sus compromisos: con Dios y con los hombres. Pero la sociedad muestra con frecuencia duda y relativismo, ambiente de infidelidad; muchas gentes, de todas las edades, parecen ignorar la cabal obligación de ser fieles a la palabra dada, de llevar adelante los compromisos que se adquirieron con total libertad, de mantener una conducta coherente con las decisiones que han tomado ante Dios o ante los hombres: en la vida religiosa y en la vida civil. Podrán presentarse dificultades, pero en cualquier caso la fe y la doctrina de la Iglesia, el ejemplo de los santos, nos enseñan que es posible vivir las virtudes: a quien hace lo que está de su parte, Dios no le niega su gracia.

Hemos de estar firmemente persuadidos, y ayudar a los demás a estarlo, de que se pueden vivir las virtudes con todas sus exigencias, pues se ha extendido ampliamente una idea –a veces un sentimiento difuso– de que las virtudes, los compromisos, son una especie de «ideales», unas metas a las que hay que tender, pero que son inalcanzables. Pidamos fervientemente al Señor que no nos inficcionemos nunca de ese error.

El cristiano, ejercitándose en la lealtad, no cederá cuando las exigencias morales sean o parezcan más fuertes. Hemos de pedir a Dios esa rectitud de conciencia: quien cede, teóricamente «desearía» vivir las virtudes, «desearía» no pecar, pero considera que si la tentación es fuerte o las dificultades grandes, está poco menos que justificado ceder. Esto puede ocurrir ante los compromisos en el trabajo, frente a la necesidad de rechazar con energía un clima de sensualidad, al ser necesarios unos medios costosos para sacar adelante la educación de los hijos, o el propio matrimonio, o el camino vocacional. Recordemos hoy en nuestra oración aquella advertencia de Jesús: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca15. La roca es Cristo, que nos brinda siempre su fortaleza.

Fieles a Cristo: esta es la mayor alabanza que nos pueden hacer; que Jesucristo pueda contar con nosotros sin limitaciones de circunstancias o de futuro, y que nuestros amigos sepan que no les fallaremos, que la sociedad a la que pertenecemos se pueda apoyar, como en cimiento firme, en los pactos que hemos suscrito, en la palabra empeñada de modo libre y responsable. «Cuando viajáis de noche en ferrocarril, ¿no habéis pensado nunca de pronto que la vida de varios centenares de personas está en manos de un maquinista, de un guardagujas que, sin cuidarse del frío y del cansancio, están en su puesto? La vida de todo un país, la vida del mundo, dependen de la fidelidad de los hombres en el cumplimiento de su deber profesional, de su función social, de que cumplan fielmente sus contratos, que sostengan la palabra dada»16, sin necesidad de poner a Dios por testigo, como hombres cabales.

A vosotros os debe bastar decir sí o no. Hombres de palabra, leales en el cumplimiento de los pequeños deberes diarios, sin mentiras ni engaños en el ejercicio de nuestra profesión, sencillos y prudentes, huyendo de lo que no es claro: honradez sin fisuras, diáfana. Si vivimos esta lealtad en lo humano, con la ayuda de la gracia seremos leales con Cristo, que en definitiva es lo que importa, pues quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho17; no podríamos construir la integridad de nuestra fidelidad a Cristo sobre una lealtad que se cuarteara cada día en las relaciones humanas.

Qué alegría recibimos cuando en medio de una dificultad llega un amigo y nos dice: «¡Puedes contar conmigo!». También agradará al Señor que le digamos hoy en nuestra oración, con la sencillez de quien conoce su debilidad: Señor, ¡puedes contar conmigo! Nos puede servir también como una jaculatoria que repitamos a lo largo del día.

Pidamos a María Santísima, Virgo fidelis, Virgen fiel, que nos ayude a ser leales y fieles en nuestra conducta diaria, en el cumplimiento de nuestros deberes y compromisos.

12 de junio de 2020

PUREZA DE CORAZON

— El Noveno Mandamiento y la pureza del alma.
— La guarda del corazón y la fidelidad.
— Afectividad y de los sentidos internos.

I. El Señor señala en diversas ocasiones cómo la fuente de los actos humanos está en el corazón, en el interior del hombre, en el fondo de su espíritu; y esta interioridad ha de mantenerse pura y limpia de afectos desordenados, de rencores, de envidias... En el corazón se origina todo lo bueno que luego se hace realidad en la conducta externa de la persona. En él se consolidan, con la gracia, una piedad sincera para tratar a Dios, y el amor limpio, la comprensión y la cordialidad en las relaciones con el prójimo. La pureza del corazón agranda su capacidad de amar, mientras el aburguesamiento, el egoísmo, la ceguera espiritual son consecuencia de una interioridad manchada. Porque del corazón provienen también los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias...1. Por eso advierte el Libro de los Proverbios: Guarda tu corazón más que toda otra cosa, porque de él brotan los manantiales de la vida2. El corazón es el símbolo de lo más íntimo del hombre.

El Señor nos señala hoy en el Evangelio de la Misa3: Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Jesucristo declara en su sentido más auténtico la esencia del Noveno Mandamiento, que prohíbe los actos internos (pensamientos, deseos, imaginaciones) contra la virtud de la castidad; también supone una transgresión de este precepto todo afecto desordenado, aunque aparentemente parezca limpio y desinteresado, si no está de acuerdo con la voluntad de Dios en las circunstancias de cada uno.

Para vivir con delicadeza este Mandamiento –condición de todo amor verdadero– es necesario, en primer lugar, tratar a Dios, para que su amor acabe por llenar nuestro corazón. Además, es necesario evitar los motivos de tentaciones internas contra la castidad. Éstas pueden tener lugar cuando falta la prudencia para guardar los sentidos, cuando no se mortifica la imaginación y se la deja vagar en fantasías que alejan de la realidad y del cumplimiento del deber, o en busca de compensaciones afectivas, de vanidad..., o revolviendo recuerdos. Si, una vez advertidas esas tentaciones internas, no se rechazan con prontitud y no se ponen los medios para alejarlas netamente, entre los que está en primer lugar la oración humilde y confiada, se mantiene un clima interior confuso, con falta de correspondencia a la gracia, y el alma se acostumbra a no ser generosa con el Señor; y, si se empeña en estar en ese límite dudoso del consentimiento, es fácil que la falta de mortificación interior llegue a constituir verdaderos pecados internos contra la santa pureza. Con esa actitud se hace difícil, quizá imposible, avanzar en el camino del verdadero progreso espiritual. Por el contrario, cuando el alma está decidida a mantenerse limpia, con la ayuda de la gracia, o rectifica con prontitud si ha tenido un descuido, aunque sea pequeño, entonces el Espíritu Santo, dulce Huésped del alma, da más y más gracias. Y de ese modo se va afianzando en ella la alegría, que es uno de los frutos del Paráclito en quienes le prefieren a Él y renuncian a ridículas compensaciones que suelen dejar en el alma un poso de tristeza y de soledad.

II. No solo pide el Señor en este Mandamiento que evitemos lo que claramente es impuro en pensamientos y deseos contra la castidad, sino también que guardemos el corazón, defendiéndolo de aquello que puede incapacitarlo para amar. Conservar el alma limpia significa cuidar la intimidad, los afectos, ser prudentes para que la ternura no se desborde donde y cuando no debe, ser consecuentes en todo momento con la propia vocación y estado4. Quienes han sido llamados por el camino del matrimonio deben guardar su corazón para conservarlo siempre entregado a la persona con quien se casaron; y esto en los comienzos y cuando pasen los años. Y para ello es necesario encauzar el corazón con perseverancia, vigilarlo para no dejar que se enrede en compensaciones reales o imaginarias. Los esposos no deben olvidar «que el secreto de la felicidad conyugal está en lo cotidiano, no en ensueños (...). Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio –que es un sacramento, un ideal y una vocación–, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo»5.

Aquellos a quienes el Señor pidió un día su corazón por entero, sin compartirlo con otra criatura, tienen además motivos más altos para conservar su alma limpia y libre de ataduras. Sería un lamentable engaño dejar el corazón enredado en unas pequeñeces que ahogarían –como el tallo frágil entre espinas– el amor infinito de Dios, al cual fue llamado desde la eternidad. «¿Tú crees –pregunta San Jerónimo– que has llegado a la cumbre de las virtudes, porque has ofrecido una parte del todo? A ti mismo te quiere el Señor como hostia viva y grata a Dios»6. El Señor da siempre su gracia para conservar el corazón intacto para Él y para las almas todas por Él: sin compensaciones, sin hilillos o cadenas que le impidan alcanzar las alturas a las que fue llamado, con generosidad, con fortaleza para cortar una atadura o rectificar un afecto.

Para la guarda del corazón es preciso primero cuidar el amor, pues una persona desamorada en lo humano, tibia en el trato con Dios, difícilmente podrá impedir que penetren en su alma deseos y afán de compensaciones, pues el corazón fue hecho para amar y no se resigna a la sequedad y al hastío.

Examinemos en nuestra oración cómo cuidamos esos momentos de nuestro plan de vida más particularmente dedicados al Señor: la Comunión, la Visita al Santísimo, el rato de oración, el recogimiento en las horas de la noche... Miremos hoy si nuestro trato con Jesús es un trato personal, como el de un Amigo, si huimos de la rutina y de la mediocridad. Veamos si los afectos de nuestro corazón están ordenados según el querer de Dios, si rechazamos con prontitud cualquier pensamiento que los enturbien o distorsionen.

III. La guarda del corazón comenzará en muchas ocasiones por la guarda de la vista. Entonces, el sentido común y el sentido sobrenatural ponen como un filtro delante de los ojos, para no fijarse en lo que no se debe mirar. Y esto con naturalidad y sencillez, sin hacer cosas raras, pero con reciedumbre, sabiendo bien lo que se guarda; por la calle, en el trabajo, en las relaciones sociales.

Para conocer y querer es necesario el trato. Y para evitar que el corazón se quede apegado a lo que no deba será necesario mantener una prudente distancia con aquellas personas «con las que es más fácil que esto suceda» y «Dios no quiere que suceda». Se trata de esa distancia moral, espiritual, afectiva, que se manifiesta en evitar confidencias indebidas, manifestaciones y desahogos de penas o disgustos... Suele haber circunstancias en las que la prudencia aconseje incluso poner por medio una distancia física... Si hay rectitud en la conciencia, el examen atento y sincero descubrirá una intención menos recta en esa compañía o en esos desahogos: lo que parece quererse y lo que en realidad se busca.

Para evitar que se desborde la afectividad no es necesario suprimirla (no sería posible, ni quizá humano), sino ordenarla y encauzarla según el querer de Dios: llenar el corazón de un amor fuerte y limpio que lo defienda de afectos no gratos a Dios.

Con la guarda del corazón está relacionado el control de la memoria, para rechazar escenas, diálogos, imágenes que pueden encender los rescoldos de una afectividad que impide tener el corazón donde se debe. De modo parecido, el refugio en una imaginación desbordada, en unos sueños fantásticos, impide estar abiertos a la realidad cotidiana. Cuando se cede con alguna frecuencia a esta tentación –que quizá se agudiza en momentos de cansancio, de aridez interior, o como compensación a los pequeños fracasos de la vida normal–, se va produciendo una falta de unidad de vida entre ese mundo interior en el que la vanidad sale siempre triunfante, y la vida real, austera, que es la única válida para llevar a cabo la santificación personal, para hacer el bien que Dios espera de cada hombre, de cada mujer. Un alma descontenta de su situación y dada a evadirse en esa interioridad irreal y fantástica difícilmente afrontará con generosidad y realismo lo que le corresponde hacer en cada momento para crecer en las virtudes. ¿Cómo es posible vivir de fantasías sin descuidar los propios deberes? ¿Cómo luchará contra sus defectos quien, en vez de afrontarlos con humildad y esperanza, los rehúye y los vence solo en su imaginación? ¿Qué alegría se puede poner en aquello que exige sacrificio cuando existe el hábito de refugiarse en el reducto de la fantasía llena de sueños y de irrealidad? También es posible tener el corazón apegado –atado– a personajes sacados de una película, de una novela o de la vida real, pero con los que no se tiene trato alguno. Y el corazón así atado, y quizá manchado, no puede subir hasta el Señor.

Examinemos hoy dónde tenemos puesto el corazón a lo largo del día, en quién pensamos, quién es el personaje central de nuestro mundo interior. Pidámosle a Nuestra Señora que Jesús sea el centro real de nuestro vivir y, junto a Él, el querer noble y limpio real, sacrificado, que Él también desea para cada hombre y para cada mujer, según la propia vocación.

«Permíteme un consejo, para que lo pongas en práctica a diario. Cuando el corazón te haga notar sus bajas tendencias, reza despacio a la Virgen Inmaculada: ¡mírame con compasión, no me dejes, Madre mía! —Y aconséjalo a otros»7. ¡No me dejes... no les dejes, no le dejes, Madre mía!

11 de junio de 2020

CORPUS CHRISTI

Al Salvador alabemos,
que es nuestro pastor y guía.
Alabémoslo con himnos
y canciones de alegría.
Alabémoslo sin límites
y con nuestras fuerzas todas;
pues tan grande es el Señor,
que nuestra alabanza es poca.
Gustosos hoy aclamamos
a Cristo, que es nuestro pan,
pues él es el pan de vida,
que nos da vida inmortal.
Doce eran los que cenaban
y les dio pan a los doce.
Doce entonces lo comieron,
y, después, todos los hombres.
Sea plena la alabanza
y llena de alegres cantos;
que nuestra alma se desborde
en todo un concierto santo.
Hoy celebramos con gozo
la gloriosa institución
de este banquete divino,
el banquete del Señor.
Ésta es la nueva Pascua,
Pascua del único Rey,
que termina con la alianza
tan pesada de la ley.
Esto nuevo, siempre nuevo,
es la luz de la verdad,
que sustituye a lo viejo
con reciente claridad.
En aquella última cena
Cristo hizo la maravilla
de dejar a sus amigos
el memorial de su vida.
Enseñados por la Iglesia,
consagramos pan y vino,
que a los hombres nos redimen,
y dan fuerza en el camino.
Es un dogma del cristiano
que el pan se convierte en carne,
y lo que antes era vino
queda convertido en sangre.
Hay cosas que no entendemos,
pues no alcanza la razón;
mas si las vemos con fe,
entrarán al corazón.
Bajo símbolos diversos
y en diferentes figuras,
se esconden ciertas verdades
maravillosas, profundas.
Su sangre es nuestra bebida;
su carne, nuestro alimento;
pero en el pan o en el vino
Cristo está todo completo.
Quien lo come, no lo rompe,
no lo parte ni divide;
él es el todo y la parte;
vivo está en quien lo recibe.
Puede ser tan sólo uno
el que se acerca al altar,
o pueden ser multitudes:
Cristo no se acabará.
Lo comen buenos y malos,
con provecho diferente;
no es lo mismo tener vida
que ser condenado a muerte.
A los malos les da muerte
y a los buenos les da vida.
¡Qué efecto tan diferente
tiene la misma comida!
Si lo parten, no te apures;
sólo parten lo exterior;
en el mínimo fragmento
entero late el Señor.
Cuando parten lo exterior,
sólo parten lo que has visto;
no es una disminución
de la persona de Cristo.
El pan que del cielo baja
es comida de viajeros.
Es un pan para los hijos.
¡No hay que tirarlo a los perros!
Isaac, el inocente,
es figura de este pan,
con el cordero de Pascua
y el misterioso maná.
Ten compasión de nosotros,
buen pastor, pan verdadero.
Apaciéntanos y cuídanos
y condúcenos al cielo.
Todo lo puedes y sabes,
pastor de ovejas, divino.
Concédenos en el cielo
gozar la herencia contigo. Amén.

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo


-La presencia real eucarística
-El culto a la Eucaristía
-Efectos de la Sagrada Comunión


*Para hacer la oración en el día de hoy os dejamos estas preguntas y respuestas sobre la Eucaristía 

En la celebración de la Eucaristía se hace presente la Persona de Cristo —el Verbo encarnado, que fue crucificado, murió y ha resucitado por la salvación del mundo—, con una modalidad de presencia mistérica, sobrenatural, única. El fundamento de esta doctrina lo encontramos en la misma institución de la Eucaristía, cuando Jesús identificó los dones que ofrecía, con su Cuerpo y con su Sangre («esto es mi Cuerpo … esta es mi Sangre…»), es decir, con su corporeidad inseparablemente unida al Verbo y, por tanto, con su entera Persona.

Ciertamente, Cristo Jesús está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de los fieles (cfr. Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los encarcelados (cfr. Mt 25,31-46), en los sacramentos y especialmente en la persona del ministro sacerdote. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (cfr. Catecismo, 1373).

La singularidad de la presencia eucarística de Cristo está en el hecho de que el Santísimo Sacramento contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios verdadero y Hombre perfecto, el mismo que nació de la Virgen, murió en la Cruz y ahora está sentado en los cielos a la diestra del Padre. «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si los otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial , y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente» (Catecismo, 1374).

El término substancial trata de indicar la consistencia de la presencia personal de Cristo en la Eucaristía: ésta no es simplemente una “figura”, capaz de “significar” y de estimular a la mente a pensar en Cristo, presente en realidad en otro lugar, en el Cielo; ni es un simple “signo”, a través del cual se nos ofrece la “virtud salvadora” —la gracia—, que proviene de Cristo. La Eucaristía es, en cambio, presencia objetiva, del ser-en-sí (la substancia) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, de su entera Humanidad —inseparablemente unida a la Divinidad por la unión hipostática—, aunque velada por las “especies” o apariencias del pan y del vino.

Por tanto, la presencia del verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento «no se conoce por los sentidos, sino sólo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios» (Catecismo, 1381). Esto lo expresa muy bien la siguiente estrofa del Adoro te devote: Visus, tactus, gustus, in te fallitur / Sed auditu solo tuto creditur / Credo quidquid dixit Dei Filius: / Nil hoc verbo Veritatis verius (Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto / pero basta con el oído para creer con firmeza / creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios / nada es más verdadero que esta palabra de verdad).

2. La transubstanciación

La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía supone una conversión extraordinaria, sobrenatural, única. Tal conversión tiene su fundamento en las mismas palabras del Señor: «Tomad y comed: esto es mi Cuerpo… bebed todos de él, porque ésta es mi Sangre de la nueva alianza…» (Mt 26,26-28). En efecto, estas palabras se hacen realidad sólo si el pan y el vino cesan de ser pan y vino y se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, porque es imposible que una misma cosa pueda ser simultáneamente dos seres diversos: pan y Cuerpo de Cristo; vino y Sangre de Cristo.

Sobre este punto el Catecismo de la Iglesia Católica recuerda: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia Católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”» (Catecismo, 1376). Sin embargo permanecen inalteradas las apariencias del pan y del vino, es decir, las “especies eucarísticas”.

Aunque los sentidos capten verdaderamente las apariencias del pan y del vino, la luz de la fe nos da a conocer que lo que realmente se contiene bajo el velo de las especies eucarísticas es la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Gracias a la permanencia de las especies sacramentales del pan, podemos afirmar que el Cuerpo de Cristo —su entera Persona— está realmente presente en el altar, o en el copón, o en el Sagrario.

3. Propiedades de la presencia eucarística

El modo de la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio admirable. Según la fe católica Jesucristo está presente todo entero, con su corporeidad glorificada, bajo cada una de las especies eucarísticas, y todo entero en cada una de las partes resultantes de la división de las especies, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cfr. Catecismo, 1377) [1]. Se trata de una modalidad de presencia singular, porque es invisible e intangible, y, además, es permanente, en el sentido de que, una vez realizada la consagración, dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas.

4. El culto a la Eucaristía

La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ha llevado a la Iglesia a tributar culto de latría (es decir, de adoración), al Santísimo Sacramento, tanto durante la liturgia de la Misa (por esto ha indicado que nos arrodillemos o nos inclinemos profundamente ante las especies consagradas), como fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas en el Sagrario (o Tabernáculo), presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión, etc. (cfr. Catecismo, 1378).

Se conserva la Sagrada Eucaristía en el Sagrario [2]:

— principalmente para poder dar la Sagrada Comunión a los enfermos y a otros fieles imposibilitados de participar en la Santa Misa;

— además, para que la Iglesia pueda dar culto de adoración a Dios Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento (de modo especial durante Exposición de la Santísima Eucaristía, en la Bendición con el Santísimo; en la Procesión con el Santísimo Sacramento en la Solemnidad de Cuerpo y Sangre de Cristo, etc.);

— y para que los fieles puedan siempre adorar al Señor Sacramentado con frecuentes visitas. En este sentido afirma Juan Pablo II: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No ahorremos nuestro tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y pronta a reparar las grandes culpas y delitos del mundo. No cese jamás nuestra adoración» [3];

Hay dos grandes fiestas (solemnidades) litúrgicas en las que se celebra de modo especial este Sagrado Misterio: el Jueves Santo (se conmemora la institución de la Eucaristía y del Orden Sagrado) y la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (destinada especialmente a la adoración y a la contemplación del Señor en la Eucaristía).

5. La Eucaristía, Banquete Pascual de la Iglesia

5.1. ¿Por qué la Eucaristía es el Banquete Pascual de la Iglesia?

«La Eucaristía es el Banquete Pascual porque Cristo, realizando sacramentalmente su Pascua [el paso de este mundo al Padre a través de su pasión, muerte, resurrección y ascensión gloriosa [4]], nos entrega su Cuerpo y su Sangre, ofrecidos como comida y bebida, y nos une con Él y entre nosotros en su sacrificio» (Compendio, 287).

5.2. Celebración de la Eucaristía y Comunión con Cristo

«La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros» (Catecismo, 1382).

La Santa Comunión, ordenada por Cristo («tomad y comed… bebed todos de él…»: Mt 26,26-28; cfr. Mc 14,22-24; Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), forma parte de la estructura fundamental de la celebración de la Eucaristía. Sólo cuando Cristo es recibido por los fieles como alimento de vida eterna alcanza plenitud de sentido su hacerse alimento para los hombres, y se cumple el memorial por Él instituido [5]. Por esto la Iglesia recomienda vivamente la comunión sacramental a todos aquellos que participen en la celebración eucarística y posean las debidas disposiciones para recibir dignamente el Santísimo Sacramento [6].

5.3. Necesidad de la Sagrada Comunión

Cuando Jesús prometió la Eucaristía afirmó que este alimento no es sólo útil, sino necesario: es una condición de vida para sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53).

Comer es una necesidad para el hombre. Y, como el alimento natural mantiene al hombre en vida y le da fuerzas para caminar en este mundo, de modo semejante la Eucaristía mantiene en el cristiano la vida en Cristo, recibida con el bautismo, y le da fuerzas para ser fiel al Señor en esta tierra, hasta la llegada a la Casa del Padre. Los Padres de la Iglesia han entendido el pan y el agua que el Ángel ofreció al profeta Elías como tipo de la Eucaristía (cfr. 1 Re 19, 1-8): después de recibir el don, el que estaba agotado recupera su vigor y es capaz de cumplir la misión de Dios.

La Comunión, por tanto, no es un elemento que puede ser añadido arbitrariamente a la vida cristiana; no es necesaria sólo para algunos fieles especialmente comprometidos en la misión de la Iglesia, sino que es una necesidad vital para todos: puede vivir en Cristo y difundir su Evangelio sólo quien se nutre de la vida misma de Cristo.

El deseo de recibir la Santa Comunión debería estar siempre presente en los cristianos, como permanente debe ser la voluntad de alcanzar el fin último de nuestra vida. Este deseo de recibir la Comunión, explícito o al menos implícito, es necesario para alcanzar la salvación.

Además, la recepción de hecho de la Comunión es necesaria, con necesidad de precepto eclesiástico, para todos los cristianos que tienen uso de razón: «La Iglesia obliga a los fieles (…) a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual preparados por el sacramento de la Reconciliación» (Catecismo, 1389). Este precepto eclesiástico no es más que un mínimo, que no siempre será suficiente para desarrollar una auténtica vida cristiana. Por eso la misma Iglesia «recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo, 1389).

5.4. Ministro de la Sagrada Comunión

El ministro ordinario de la Santa Comunión es el obispo, el presbítero y el diacono [7]. Ministro extraordinario permanente es el acólito [8]. Pueden ser ministros extraordinarios de la comunión otros fieles a los que el Ordinario del lugar haya dado la facultad de distribuir la Eucaristía, cuando se juzgue necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no estén presentes un sacerdote, un diácono o un acólito disponibles [9].

«No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado “por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano”» [10]. A propósito de esta norma es oportuno considerar que la Comunión tiene valor de signo sagrado; este signo debe manifestar que la Eucaristía es un don de Dios al hombre; por esto, en condiciones normales, se deberá distinguir, en la distribución de la Eucaristía, entre el ministro que dispensa el Don, ofrecido por el mismo Cristo, y el sujeto que lo acoge con gratitud, en la fe y en el amor.

5.5. Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión

Disposiciones del alma

Para comulgar dignamente es necesario estar en gracia de Dios. «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente —proclama san Pablo—, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues el hombre a sí mismo; y entonces coma del Pan y beba del Cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el Cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). Por tanto, nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (cfr. Catecismo, 1385).

Para comulgar fructuosamente se requiere, además de estar en gracia de Dios, un serio empeño por recibir al Señor con la mayor devoción actual posible: preparación (remota y próxima); recogimiento; actos de amor y de reparación, de adoración, de humildad, de acción de gracias, etc.

Disposiciones del cuerpo

La reverencia interior ante la Sagrada Eucaristía se debe reflejar también en las disposiciones del cuerpo. La Iglesia prescribe el ayuno. Para los fieles de rito latino el ayuno consiste en abstenerse de todo alimento o bebida (excepto el agua o medicinas) una hora antes de comulgar [11]. También se debe procurar la limpieza del cuerpo, el modo de vestir adecuado, los gestos de veneración que manifiestan el respeto y el amor al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, etc. (cfr. Catecismo, 1387).

El modo tradicional de recibir la Sagrada Comunión en el rito latino —fruto de la fe, del amor y de la piedad plurisecular de la Iglesia— es de rodillas y en la boca. Los motivos que dieron lugar a esta piadosa y antiquísima costumbre, siguen siendo plenamente válidos. También se puede comulgar de pie y, en algunas diócesis del mundo, está permitido — nunca impuesto— recibir la comunión en la mano [12].

5.6. Edad y preparación para recibir la primera Comunión

El precepto de la comunión sacramental obliga a partir del uso de razón. Conviene preparar muy bien y no retrasar la Primera Comunión de los niños: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios» (Mc 10,14) [13].

Para poder recibir la primera Comunión, se requiere que el niño tenga conocimiento, según su capacidad, de los principales misterios de la fe, y que sepa distinguir el Pan eucarístico del pan común. «Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino» [14].

5.7. Efectos de la Sagrada Comunión

Lo que el alimento produce en el cuerpo para el bien de la vida física, lo produce en el alma la Eucaristía, de un modo infinitamente más sublime, en bien de la vida espiritual. Pero mientras el alimento se convierte en nuestra substancia corporal, al recibir la Sagrada Comunión, somos nosotros los que nos convertimos en Cristo: «No me convertirás tú en ti, como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en Mí» [15]. Mediante la Eucaristía la nueva vida en Cristo, iniciada en el creyente con el bautismo (cfr. Rm 6,3-4; Gal 3,27-28), puede consolidarse y desarrollarse hasta alcanzar su plenitud (cfr. Ef 4,13), permitiendo al cristiano llevar a término el ideal enunciado por san Pablo: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20) [16].

Por tanto, la Eucaristía nos configura con Cristo, nos hace partícipes del ser y de la misión del Hijo, nos identifica con sus intenciones y sentimientos, nos da la fuerza para amar como Cristo nos pide (cfr. Jn 13,34-35), para encender a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo con el fuego del amor divino que Él vino a traer a la tierra (cfr. Lc 12,49). Todo esto debe manifestarse efectivamente en nuestra vida: «Si hemos sido renovados con la recepción del cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Co 2,15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir» [17].

Dios, por la Sagrada Comunión, acrecienta la gracia y las virtudes, perdona los pecados veniales y la pena temporal, preserva de los pecados mortales y concede perseverancia en el bien: en una palabra, estrecha los lazos de unión con Él (cfr. Catecismo, 1394-1395). Pero la Eucaristía no ha sido instituida para el perdón de los pecados mortales; esto es lo propio del sacramento de la Confesión (cfr. Catecismo, 1395).

La Eucaristía causa la unidad de todos los fieles cristianos en el Señor, es decir, la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Catecismo, 1396).

La Eucaristía es prenda o garantía de la gloria futura, es decir, de la resurrección y de la vida eterna y feliz junto a Dios, Uno y Trino, a los Ángeles y a todos los santos: «Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la Vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos» (Catecismo, 1419).