"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de noviembre de 2022

SABER PERDONAR



  • Coherencia con el Evangelio.
  • La predilección por los niños.
  • Perdón sin barreras.


MUCHOS PENSADORES clásicos reconocen que equivocarse es inevitable para el ser humano en esta tierra. También san Pablo nos dejó por escrito su experiencia personal cuando dijo a los cristianos de Roma: «No hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Rm 7,19). Constataba así la antigua sabiduría del pueblo de Israel: «El justo cae siete veces y otras tantas se levanta» (Pr 24,17). Junto a la experiencia del pecado, tenemos también la seguridad del perdón de Jesús. Cuando Pedro pregunta al Maestro cuántas veces debía perdonar, el Señor responde: «No siete sino setenta veces siete» (Mt 18,22). Sin embargo, esta actitud de misericordia puede contrastar con las palabras que Jesús pronuncia en otra ocasión: «Es imposible que no haya escándalos; pero ¡ay de quien los provoca!» (Lc 17,1).


En el lenguaje evangélico, la persona que escandaliza es aquella que, con su pecado, aparta del bien e inclina hacia el mal a los demás. Es lo que el Señor señala en varias ocasiones al hablar de algunos fariseos: «No obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (Mt 23,3). Eran hombres llamados a encarnar la Ley de Moisés, pero su estilo de vida era contrario a lo que predicaban. Esa incoherencia «es una de las armas más fáciles que tiene el diablo para debilitar al pueblo de Dios y para alejar al pueblo de Dios del Señor. Decir una cosa y hacer otra. Esa es la incoherencia que escandaliza, y debemos preguntarnos hoy: ¿cómo es mi coherencia de vida, mi coherencia con el Evangelio, mi coherencia con el Señor?»[1].


Al contrario, si Jesús denuncia públicamente la gravedad del pecado de escándalo, también elogia públicamente la coherencia de vida: «Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez» (Jn 1,47). El testimonio humilde de quien se deja amar por Dios es luz capaz de traer nuevo brillo a nuestro mundo y facilita que los demás puedan descubrir su rostro.


«AL QUE escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar» (Lc 17,2). Esta dura afirmación de Jesús evidencia el daño que se puede causar a quien está desvalido por su edad o por su situación de debilidad. No son pocas las ocasiones que vemos en el Evangelio la predilección que tenía el Señor por los más pequeños.


Y hoy Dios sigue ofreciendo a los niños ese mismo cariño a través de sus padres y de las personas que los cuidan. «Los niños, apenas nacidos, comienzan a recibir como don, junto a la comida y los cuidados, la confirmación de las cualidades espirituales del amor. Los actos de amor pasan a través del don del nombre personal, el lenguaje compartido, las intenciones de las miradas, las iluminaciones de las sonrisas. Aprenden así que la belleza del vínculo entre los seres humanos apunta a nuestra alma, busca nuestra libertad, acepta la diversidad del otro, lo reconoce y lo respeta como interlocutor (...). Y esto es amor, que trae una chispa del amor de Dios»[2].


Ese amor de Dios hacia los más débiles solo puede ser acogido con la sencillez de quien se sabe niño. San Josemaría decía que «todo lo enmarañado, lo complicado, las vueltas y revueltas en torno a uno mismo, construyen un muro que impide con frecuencia oír la voz del Señor»[3]: es el muro de la autosuficiencia. En cambio, la sencillez permite experimentar el amor. Podemos pedir a Dios esa infancia espiritual para sabernos mirados como esos niños a los que Jesús quería; también podemos rezar por las personas más débiles, que no cuentan con quien los proteja en su situación de vulnerabilidad.


«SI TU hermano te ofende, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: “Me arrepiento”, lo perdonarás» (Lc 17, 3). Jesús muestra sus entrañas de amor, de misericordia, y quiere, por nuestra propia felicidad, que nosotros también vivamos así. Sin embargo, sabemos por experiencia que no siempre es sencillo perdonar. Tal vez por eso, después de que Jesús hablara de la necesidad de perdonar y de evitar el escándalo, los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe» (Lc 17,5). Es necesaria a veces la fe, la confianza en Dios, para aceptar que entre nosotros siempre necesitamos el perdón.


Cuando perdonamos a alguien no negamos el error que haya podido cometer. De algún modo estamos participando «en la curación y el amor transformador de Dios que reconcilia»[4]; es decir, estamos imitando la actitud del Señor y colaborando con él en la salvación nuestra y de esa persona. Saber que Jesús siempre perdona nos llevará a vivir sin rencor y a no poner barreras a entregar nuestro perdón. «Dios a nadie aborrece y rechaza tanto como al hombre que se acuerda de la injuria, al corazón endurecido, al ánimo que conserva el enojo»[5], escribe san Juan Crisóstomo.


Cuando recibimos el perdón de Dios percibimos la bondad y la belleza del amor divino. Adquirimos un nuevo conocimiento, que amplía el campo de nuestra razón, nos libera del engreimiento y nos ayuda a ver el mundo con los ojos del Señor. Podemos pedir a María, modelo de fe, que nos alcance esa manera de mirarnos a nosotros mismos y a nuestros hermanos.

6 de noviembre de 2022

DIOS DE VIVOS


 


Dios de vivos.
– Un horizonte trascendente
– Amar lo que hemos amado.



«DIOS no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos» (Lc 20,38). Con estas palabras Jesús responde a los judíos que le preguntan por el misterio de la resurrección. Se trata de una de las verdades fundamentales de nuestra fe, que proclamamos cada domingo cuando rezamos el credo: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».



La esperanza en la vida futura es una realidad consoladora, pues nos recuerda que hemos sido creados «por Dios para un destino feliz situado más allá de lasfronteras de la miseria terrestre»[1]. Quien está realmente unido al Señor no permanece ni en la muerte corporal, ni quedará atado al pecado: Cristo resucitado «ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte»[2]. Esta ya no tiene la última palabra, pues también le pertenece a Dios. El Señor, creador de todo, nos llama a una vida de intimidad y fecundidad eterna junto a él.


Después de nuestro caminar terreno se abre un futuro gozo sin fin. Pero esta convicción no se basa solamente en un deseo del hombre. Su fundamento es «la fidelidad misma de Dios, que no es Dios de muertos, sino de vivos, y comunica a cuantos confían en él la misma vida que posee plenamente»[3].


EN UNA sociedad en la que los sucesos pasan muy rápido, frecuentemente damos más importancia a lo inmediato. Este ritmo frenético marca nuestro día a día y puede hacernos olvidar el horizonte trascendente de nuestra existencia. Por eso, acercándonos al tramo final del año litúrgico, la Iglesia nos anima a meditar sobre nuestro destino eterno: estamos llamados a gozar eternamente con Dios en la gloria del cielo.


«Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor» (Sal 16). Estas palabras nos proyectan hacia la meta de nuestro camino en la tierra. Nos dicen que en la vida eterna alcanzaremos la plenitud que siempre hemos anhelado. Si el paso del tiempo ha podido desgastar ilusiones, proyectos y relaciones, o incluso si nos pudiéramos sentir buenamente satisfechos de cómo el Señor ha bendecido nuestra existencia, la esperanza cristiana nos recuerda que lo mejor está por llegar. Para muchos, «el camino del hombre va de la vida hacia la muerte»; el cristiano, en cambio, vive con la seguridad de que «nuestra peregrinación va de la muerte a la vida: la vida plena»[4], una existencia más auténtica y más fecunda que la actual.


Esta fe en la vida eterna tiene repercusiones concretas para nuestra vida presente. Por un lado, ilumina y da esperanza a nuestros deseos y esfuerzos por hacer el bien, por vivir con fidelidad nuestra vocación. Y, por otro, nos ayuda a relativizar el valor de las cosas de este mundo. «Estás intranquilo –escribía san Josemaría–. Mira: pase lo que pase en tu vida interior o en el mundo que te rodea nunca olvides que la importancia de los sucesos o de las personas es muy relativa. Calma: deja que corra el tiempo; y, después, viendo de lejos y sin pasión los acontecimientos y las gentes adquirirás la perspectiva, pondrás cada cosa en su lugar y con su verdadero tamaño»[5].


LOS SADUCEOS plantean al Señor un caso hipotético: una mujer se ha casado sucesivamente con siete hermanos, que han ido muriendo uno detrás de otro. «Entonces, en la resurrección, la mujer ¿de cuál de ellos será esposa?». Y Jesús responde: «Los que son dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos, no se casan, ni ellas ni ellos. Porque ya no pueden morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios» (Lc 20,33-36).


Las palabras del Señor pueden sorprender. ¿Cómo no querer a quien en la tierra ha llegado a ser parte esencial de la propia vida? El hecho de que en el cielo las personas no se casen no quiere decir que olvidaremos las relaciones que nos han hecho felices en la tierra. En el paraíso contemplaremos y gozaremos todo aquello que hemos amado en nuestra vida, especialmente a nuestros seres queridos. «No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra»[6]. Y ese gozo del cielo encontrará su culminación plena con la resurrección de los muertos.


«La vida que Dios nos prepara no es un sencillo embellecimiento de esta vida actual: ella supera nuestra imaginación, porque Dios nos sorprende continuamente con su amor y con su misericordia»[7]. No sabemos con exactitud en qué consistirá el cielo. Pero de lo que sí estamos seguros es de que ahí nos encontraremos cara a cara con Dios. Y junto a él hallaremos a su Madre y también a quienes hemos amado en la tierra.

5 de noviembre de 2022

La libertad de no apegarse a los bienes terrenos.


  • No apegarse a los bienes terrenos
  • El desprendimiento nos recuerda que todo es de Dios.
  • Agradecer lo que tenemos.

«NINGÚN CRIADO puede servir a dos señores» (Lc 9,13), nos dice hoy Jesús en el Evangelio. Son palabras claras y precisas. No parece que quepan las medias tintas. Quien desea ser discípulo de Cristo busca que los bienes terrenos no le alejen de lo que quiere que sea el centro de su vida. «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Lc 9,13), continúa Cristo. Queremos pedir al Espíritu Santo que nos ayude a descubrir la invitación que nos está dirigiendo. El reinado de Dios y el del dinero son muy diferentes. El uno lo recibimos y nos abre a los demás; el otro se sirve de múltiples engaños –la avaricia, el deseo desmesurado de poseer, la sola confianza en los bienes, etc.– para encerrarnos en nosotros mismos.


El efecto inmediato, pero efímero, del apegamiento de nuestro corazón a los bienes terrenos es la suficiencia. Una vez hemos conseguido lo que deseábamos, gozamos de unos instantes de gloria superficial, pero muy aparente, quizá ruidosa a nivel afectivo. Sin embargo, ese refugio poco a poco nos aprisiona. Aquellos bienes no son capaces de penetrar en nuestro corazón, no pueden alimentarlo. A lo mejor consiguen anestesiarlo pero, tarde o temprano, despertamos a la soledad. Probablemente no son malos en sí mismos, pero si los convertimos en pequeños ídolos, fácilmente toman el mando en nuestra vida. Seguir a Jesús implica disfrutar de la virtud del desprendimiento, disfrutar de una armoniosa utilización de las cosas que nos rodean: «Convertirnos en sus discípulos implica la opción de no acumular tesoros en la tierra, que dan la ilusión de una seguridad en realidad frágil y efímera. Por el contrario, requiere la disponibilidad para liberarse de todo vínculo que impida alcanzar la verdadera felicidad y bienaventuranza, para reconocer lo que es duradero y que no puede ser destruido por nada ni por nadie (cf. Mt 6,19-20)»[1].


El alma que vive sin apegarse a las cosas, sin entregar a ellas su felicidad, se llena de la riqueza de Dios, de su amor y de su paz. No necesita nada porque lo tiene todo, y cuando usa los bienes materiales, el tiempo o sus talentos, los agradece como regalos que son, dispone de aquello que necesita, pues en Dios todo nos pertenece. No se los apropia, ni los retiene. Y por eso, los disfruta como nadie.


A JESÚS podemos pedirle que nos enseñe este arte: el de arriesgarnos a vivir abandonados a sus cuidados. En otro momento de su predicación, dirigió la atención de quienes le escuchaban hacia los lirios y los pájaros: a ellos nunca les falta el alimento ni el vestido porque, a su manera, viven de Dios (cfr. Mt 6,25-33). De nosotros espera solamente «un poco de amor para derramar copiosamente su gracia sobre el alma»[2]. Le basta una pizca de cariño para entregarnos su fortuna. En este negocio divino se cumplen a la perfección las palabras de santa Teresa de Jesús: «Tened en muy poco lo que habéis dado, pues tanto habéis de recibir»[3].


Jesús nos regala a todos la posibilidad de disfrutar de la virtud del desprendimiento, con la que recordamos que todo es de Dios. Cada uno la vivirá en sus circunstancias, de mayor o menor abundancia, de mayor o menor escasez. La situación concreta de cada uno es la óptima para confiar en Dios. Cuando nos inquiete la incertidumbre, la duda o el miedo, podemos pedirle que nos convenza de que la alegría no depende de lo mucho o de lo poco; que interioricemos que «lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[4].


«Los proyectos de Dios no coinciden con los del hombre; son infinitamente mejores, pero a menudo resultan incomprensibles para la mente humana (...). Desde luego, no debemos esperar pasivamente lo que nos manda, sino colaborar con él, para que lleve a cumplimiento lo que ha comenzado a realizar en nosotros. Debemos ser solícitos sobre todo en la búsqueda de los bienes celestiales. Éstos deben ocupar el primer lugar, como nos pide Jesús: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33). Los demás bienes no deben ser objeto de preocupaciones excesivas, porque nuestro Padre celestial conoce cuáles son nuestras necesidades»[5].


UN CAMINO QUE nos lleva al desprendimiento cristiano –que es, a la vez, un «prendimiento» hacia lo que verdaderamente queremos– es el agradecimiento. Cuando no damos por supuesto el amor que queremos recibir, aprendemos a abrirnos a cualquier forma que tome. Del mismo modo, abandonamos las pobres seguridades que nos ofrecen los bienes, e incluso las criaturas, y descubrimos mil modos en que los demás nos estaban manifestando su amor sencillo.


El 28 de febrero de 1964, san Josemaría entró en su habitación y se sorprendió al ver que había una colcha que cubría su cama, habitualmente desnuda. Al cabo de dos días llamó por teléfono a una hija suya para agradecérselo: «Gracias, hija mía, ¡que Dios te bendiga! Qué sorpresa me llevé el otro día al entrar en mi cuarto. Pensé que me había equivocado y me dije: Josemaría, ¡si te has vuelto rico! En 36 años es la primera vez que tengo colcha. Ya has visto que durante estos años yo os he insistido en que quería ser el último»[6].


«Una actitud de agradecimiento debe distinguir la vida de cada hombre, de cada cristiano en particular (...). Es una actitud “eucarística”, que os da paz y seguridad en las fatigas, os libera de toda afección egoísta e individualista, os hace dóciles a la voluntad del Altísimo, incluso en las exigencias morales más difíciles (...). Agradecer significa creer, amar, dar... ¡y con alegría y generosidad!»[7]. A la Virgen María, que recibió con agradecimiento pleno todos los dones con los que Dios la colmó, le pedimos la valentía de no apegarnos a las cosas de esta tierra, sino confiar sobre todo en nuestro Padre del cielo.


4 de noviembre de 2022

IMPLICARSE



  • Implicarse personalmente en las cosas de Dios
  • La astucia del buen ladrón
  • Tratar a Dios con una ambición de niños


EN LA PARÁBOLA que cuenta hoy el Señor en el Evangelio, el administrador infiel aprovecha su despido inminente para renegociar las deudas y, así, ser admitido después en otros negocios. «Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta» (Lc 16,6), dice a sus deudores. La persona sagaz prevé y previene las cosas. Jesús, en esta parábola, alaba a ese siervo que se ha adelantado; nos anima a tener con las cosas de su Padre, al menos, la misma sagacidad de quienes solo miran por sus negocios. El administrador infiel ha sido astuto y ha calculado minuciosamente qué era lo que más le convenía. Ha sabido prever lo que podía faltarle en el futuro. «Ante tal astucia mundana nosotros estamos llamados a responder con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo»[1]. A él queremos pedirle que infunda en nuestras inteligencias la creatividad y la decisión para hacer reales estos deseos del Señor.


San Agustín, al comentar este pasaje, se pregunta: «¿Mirando a qué vida tomó precauciones aquel mayordomo? Y si él se preocupó por la vida que tiene un fin, ¿tú no te preocuparás por tu vida eterna?»[2]. Lógicamente, Jesús no espera de sus discípulos la deslealtad de este administrador; desea que nuestra implicación y compromiso con su misión divina sean inteligentes, que pongamos en juego todos nuestros dones y talentos. No quiere que su Reino en nosotros sea algo impuesto desde fuera, sino que verdaderamente lo queramos, que descubramos que allí está nuestra felicidad. Nos gustaría que todo lo que es de Dios sea, a la vez, nuestro; queremos parecernos mucho más a su hijo, que al administrador de la parábola: «Amar es... no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada –decía san Josemaría–. No pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena... y a la vez propia»[3].


EN LA CIMA del Calvario hay un pobre ladrón que ha visto cómo el saco donde guardaba todos sus botines ha terminado por romperse. Se conforma con su suerte y se lo hace ver a su compañero, que no para de quejarse: «Nosotros estamos aquí justamente, porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho» (Lc 23,41). Sin embargo, su profesión también le ha hecho astuto e intenta un último recurso. Mira a Jesús y le pide algo sorprendente: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42). No se siente con fuerzas para exigir nada. Le basta un recuerdo. Quizá intuye que, si lo consigue, no estará solo allá donde la muerte le lleve. Jesús le responde : «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).


De alguna manera, este buen ladrón hace lo contrario que el administrador infiel. Ha errado muchas veces el camino, pero no está dispuesto a fallar de nuevo, solo le queda una oportunidad. Jesús conoce lo más profundo de sus deseos y los cumple con creces. Con Jesús es mejor ir de frente y sin rodeos. «Un aspecto de la luz que nos guía en el camino de la fe es también la santa "astucia" (...). Se trata de esa sagacidad espiritual que nos permite reconocer los peligros y evitarlos. Los Magos supieron usar esta luz de "astucia" cuando, de regreso a su tierra, decidieron no pasar por el palacio tenebroso de Herodes, sino marchar por otro camino»[4].


No queremos ser ingenuos y pensar que no existen peligros, que somos inexpugnables. Sabemos del atractivo de palacios como el de Herodes. Intuimos que el ladrón habrá sufrido una dolorosa conversión interior. Sin embargo, la sagacidad nos ayuda a buscar refugio donde nada puede alejarnos de nuestro amor, nos impulsa a no quedarnos en silencio ante Jesús, sino a manifestarle sin rodeos lo que tenemos en el fondo del alma.


EN NUESTRA relación con Dios, no podemos olvidar el consejo de San Pablo: «No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque lo que uno siembra, eso recogerá: el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; y el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará la vida eterna» (Gal 6,7-8). Con Dios siempre merece la pena la sinceridad plena y la sencillez total, pues conoce lo más íntimo de nosotros mismos. Estas virtudes no son fáciles ya que en ocasiones suponen reconocernos vulnerables o equivocados.


Sin embargo, los frutos de este sano realismo, de esa franqueza con Dios, son inmediatos: «Al considerar ahora mismo mis miserias, Jesús, te he dicho: déjate engañar por tu hijo, como esos padres buenos –padrazos– que ponen en las manos de su niño el don que de ellos quieren recibir... porque muy bien saben que los niños nada tienen. Y, ¡qué alborozo el del padre y el del hijo, aunque los dos estén en el secreto!»[5]. Quien se acerca así no pide lo que merece, sino que ha abandonado esa lógica y no tiene reparos en pedir con una ambición santa. San Josemaría afirmaba que podemos aprender de los niños a tratar así a Dios: «Cuando trabajaba con niños, aprendí de ellos lo que he llamado vida de infancia (...). Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!»[6].


«Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño»[7]. Queremos tener una sana astucia de niños para querer recibirlo todo de Dios, para apoyarnos más en su fuerza y menos en la nuestra. En esta tarea nos acompaña María, que nos muestra el buen camino para recorrerlo con sagacidad.


3 de noviembre de 2022

EL MISTERIO DE LA MISERICORDIA DE DIOS



  • El misterio de que Dios es misericordia.
  • A Dios le alegra perdonarnos.
  • El perdón que encontramos en la confesión.

«¿QUIÉN DE vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que se perdió hasta encontrarla?» (Lc 15,4). Al escuchar hoy estas palabras, es posible que nos llenemos de agradecimiento a Dios por el recuerdo de tantas veces en las que hemos sentido la constancia divina para buscarnos cuando estábamos perdidos. «Os digo que –continúa Jesús–, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión» (Lc 15,7). Queremos comprender esta «mayor alegría del cielo» de la que habla Cristo. ¿Qué misterios encierra? ¿Por qué a Dios le alegra tanto un pecador que se arrepiente? ¿No le importan más nuestras buenas acciones o nuestra lucha por cumplir sus mandamientos?


San Josemaría procuraba meterse en estas escenas y saborearlas: «¿No le habéis oído tratar también de ovejas y de rebaños? ¡Y con qué ternura! ¡Cómo goza al describir la figura del Buen Pastor!»[1]. Él mismo tenía experiencia de haber contemplado escenas parecidas en el campo: «Si alguna se había descalabrado –como dicen allí–, si alguna se había roto una pata, se reproducía la vieja estampa: la llevaban sobre sus hombros. También he visto cómo el pastor –pastores toscos, que parece que no reúnen condiciones para la ternura– lleva entre sus brazos amorosamente un cordero recién nacido»[2].


En realidad, esta «alegría del cielo» por encontrar una oveja perdida nos revela el verdadero rostro de Dios Padre, que «lo perdona todo y perdona siempre. Cuando Jesús dibuja ante sus discípulos el rostro de Dios, lo describe con expresiones de tierna misericordia. Él dice que hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por una multitud de justos que no necesitan conversión. Nada en los evangelios sugiere que Dios no perdona los pecados de quienes están bien dispuestos»[3]. Quizá el desafío es comprender que somos nosotros los primeros que necesitamos de la misericordia de Dios; que somos nosotros quienes, volviendo una y otra vez hacia el pastor, podemos alegrar al cielo entero.


«ALEGRAOS CONMIGO, porque he encontrado la oveja que se me perdió» (Lc 15,6). La alegría de Dios es contagiosa. Reúne a todos y les pide que compartan su alegría. No es posible para nosotros imaginar el grado de felicidad que experimenta Dios en su intimidad, pero podemos acercarnos a ese misterio al menos con el deseo de profundizar en él. ¿Por qué Dios es tan feliz cuando nos perdona? Una de las razones es que, con el perdón, no nos perdemos la maravilla del amor de Dios. De hecho, la palabra «perdonar» significa donar completamente, otorgar una ofrenda perfecta. «¿Qué te he hecho, Jesús, para que así me quieras? –se preguntaba san Josemaría–. Ofenderte... y amarte. Amarte: a esto va a reducirse mi vida»[4].


Por otro lado, cuando uno pide perdón está manifestando, aunque sea implícitamente, muchas cosas a la persona ofendida. Los mensajes que se suelen transmitir son por ejemplo: “me gustaría no haberlo hecho” o “me encantaría restablecer el afecto que nos teníamos”. Un hijo que pide perdón es un hijo que ama a su padre, se fía de él, lo quiere. Le duele haberle hecho sufrir. Con la petición de perdón deseamos poner fin a la situación que causa el pecado, que es precisamente el rechazo del amor de Dios por nosotros. La alegría que nosotros experimentamos al ser perdonados, siendo ya grande, es un pálido reflejo de la que siente Dios cuando nos recobra vivos.


«El orante del Salmo 27, rodeado de enemigos (...), puede dar su testimonio lleno de fe afirmando: “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá”. Dios es un Padre que no abandona jamás a sus hijos, un Padre amoroso que sostiene, ayuda, acoge, perdona, salva, con una fidelidad que sobrepasa inmensamente la de los hombres, para abrirse a dimensiones de eternidad»[5]. Y no se queda ahí. Además, nos dice que perdonarnos es su gran alegría.


EN LA CONFESIÓN podemos profundizar en ese misterio de la alegría y el gozo divinos. «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero» (Jn 21,17). Con esta frase, o con alguna similar, le decimos a Jesús que, aunque a veces nuestras obras lo escondan un poco, en el fondo le amamos. Es verdad que vamos a confesar nuestros pecados, pero sobre todo confesamos su bondad, su cariño y su misericordia. No merecemos nada y, sin embargo, nos atrevemos a pedir perdón. Aunque tal vez nos hayamos acostumbrado, en realidad al confesar nuestros pecados desafiamos la lógica humana y somos introducidos de lleno en la divina. Abandonamos el juicio que instintivamente hacemos sobre nuestra vida para dejarle a Dios que tenga la última palabra.


Y la sentencia es contundente: «Yo te declaro inocente». En el mismo proceso vemos cómo Cristo asume nuestras culpas, nuestros pecados y la responsabilidad que nos corresponde. Carga con nuestros pecados para librarnos de ellos: «El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5). «El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado»[6]. Y, por si fuera poco, nos dice que eso le llena de alegría. ¿Dónde se ha visto algo similar?


Transmitir a los demás, cuando sea oportuno, la existencia de este regalo, es señal de que lo valoramos y lo agradecemos sinceramente. A la Virgen María podemos pedirle que seamos apóstoles de la Confesión, para acercar a nuestros amigos al abrazo del perdón divino.

2 de noviembre de 2022

Día de los Fieles Difuntos

 



  • Jesús nos promete una morada en el cielo
  • Las almas del purgatorio y nuestra intercesión por ellas
  • Ayuda mutua con las almas del purgatorio

«NO SE TURBE vuestro corazón –nos dice hoy Jesús–. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas» (Jn 14,1-2). La memoria de todos los fieles difuntos nos ofrece la oportunidad de volver a considerar la realidad de la vida eterna, de mover nuestros afectos hacia la esperanza del encuentro definitivo con el amor verdadero y para siempre. Ninguno de nosotros ha traspasado el umbral de la muerte, así que no sabemos cómo va a ser ese momento. Dios ha querido, en su Hijo, revelarnos lo que nos aguarda en sus moradas.


«Entre ayer y hoy muchos visitan el cementerio, que, como dice esta misma palabra, es el “lugar del descanso” en espera del despertar final. Es hermoso pensar que será Jesús mismo quien nos despierte. Jesús mismo reveló que la muerte del cuerpo es como un sueño del cual él nos despierta. Con esta fe nos detenemos –también espiritualmente– ante las tumbas de nuestros seres queridos, de cuantos nos quisieron y nos hicieron bien. Pero hoy estamos llamados a recordar a todos, incluso a aquellos a quien nadie recuerda»[1].


«Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí –continúa diciendo Jesús–, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jn 14,3). «El hombre necesita eternidad, y para él cualquier otra esperanza es demasiado breve, es demasiado limitada. El hombre se explica sólo si existe un amor que supera todo aislamiento, incluso el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo»[2].


«SEÑOR, DALES el descanso eterno y brille sobre ellos la luz eterna»[3], pedimos hoy al inicio de la Misa. La situación de los fieles difuntos que todavía no han llegado al cielo es de sufrimiento y gozo al mismo tiempo. Dolor y felicidad se entretejen misteriosamente en el purgatorio. La razón de ese gozo es la certeza de que verán a Dios: han ganado la batalla, han decidido ser felices en la tierra y en el cielo. Están a un paso de la gloria y por eso la tradición cristiana les llama «benditas almas del Purgatorio».


Incluso las penas son allí fuente de alegría, porque las almas aceptan ese sufrimiento, plenamente entregadas a la voluntad divina. Con amor encendido, aunque todavía imperfecto, adoran el misterio de la santidad de Dios. Santa Catalina de Génova, conocida especialmente por su visión sobre el purgatorio, «no lo presenta como un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra: no es un fuego exterior, sino interior. Esto es el purgatorio, un fuego interior. La santa habla del camino de purificación del alma hacia la comunión plena con Dios, partiendo de su experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos, frente al infinito amor de Dios»[4].


El sacerdote, en una de las plegarias eucarísticas que nos ofrece el Misal, pide a Dios en nombre de todos: «Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro»[5]. De todos los sufragios que podemos ofrecer, el más valioso es el Santo Sacrificio del Altar. La santa Misa puede celebrarse por los difuntos. La Iglesia, deseosa de que lleguen cuanto antes al cielo, permite hoy a todos los sacerdotes celebrar tres veces la santa Misa. También nos anima a rezar por nuestros hermanos que «duermen ya el sueño de la paz». La devoción del pueblo cristiano, además de la Eucaristía, encuentra en prácticas piadosas como el santo rosario, los responsos y las obras de penitencia, un verdadero camino de oración para interceder por los difuntos.


LA COMUNIÓN con toda la Iglesia, y en este caso con los difuntos, hace que «nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor»[6]. Los santos han sido grandes devotos de esta ayuda mutua. San Alfonso María de Ligorio afirma que podemos creer que a las almas del purgatorio «el Señor les da a conocer nuestras plegarias, y si es así, puesto que están tan llenas de caridad, por seguro podemos tener que interceden por nosotros»[7]. Santa Teresa del Niño Jesús, acudía con frecuencia a la ayuda de ellas y, tras recibirla, se sentía en deuda: «Dios mío, te suplico que pagues tú la deuda que tengo contraída con las almas del purgatorio»[8]. También san Josemaría confesaba su complicidad con ellas: «Al principio sentía muy fuerte la compañía de las almas del purgatorio. Las sentía como si me tiraran de la sotana, para que rezara por ellas y para que me encomendara a su intercesión. Desde entonces, por los servicios enormes que me prestaban, me ha gustado decir, predicar y meter en las almas esta realidad: mis buenas amigas las ánimas del purgatorio»[9].


Esta experiencia de los santos nos muestra que el amor por quienes queremos puede ir más allá de la muerte. «Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago (...). Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal»[10].


«Nos dirigimos ahora a la Virgen, que padeció al pie de la cruz el drama de la muerte de Cristo y después participó en la alegría de su resurrección. Que ella, “puerta del cielo”, nos ayude a comprender cada vez más el valor de la oración de sufragio por los difuntos. Ellos están cerca de nosotros. Que nos sostenga en la peregrinación diaria en la tierra y nos ayude a no perder jamás de vista la meta última de la vida, que es el paraíso»[11].


1 de noviembre de 2022

Solemnidad de TODOS LOS SANTOS

 



- Vivir las Bienaventuranzas que predicó Jesús 

- La santidad es dejar obrar a Dios

- Nos apoyamos a través de la comunión de los santos


«ESTA ES la estirpe de quienes buscan tu rostro, Señor» (Sal 24,6). Así reza la Iglesia entera en el salmo de la Misa de esta solemnidad de todos los santos. Y así, buscando el rostro de Dios, queremos pasar este día de fiesta. «Los santos y los beatos son los testigos más autorizados de la esperanza cristiana, porque la han vivido plenamente en su existencia, entre alegrías y sufrimientos, poniendo en práctica las Bienaventuranzas que Jesús predicó y que hoy resuenan en la liturgia. Las Bienaventuranzas evangélicas son, en efecto, el camino de la santidad»1.


Sin embargo, a primera vista, si recordamos las palabras de Jesús sobre los bienaventurados, nos puede parecer un panorama no muy alentador. Lo que se nos propone es lo que instintivamente rechazamos: sufrimientos, persecución, lucha, lágrimas... Sin embargo, san Josemaría señalaba que estas virtudes son las que Jesús bendijo «en aquel Sermón de la Montaña, las que hacen verdaderamente felices, santos, beati!... Todas esas virtudes que Jesús nos enseñó con su propia vida, las deseo para todos mis hijos y para mí»2. De este modo se comprende que «la santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya»3. Necesitamos, por tanto, recuperar la libertad que surge de comprender que todo puede hacerse desde el amor de Jesucirsto.


Hoy, todos los santos nos impulsan a «que emprendamos el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir todos los días este camino que nos lleva al cielo, nos lleva a la familia, nos lleva a casa. Así que hoy vislumbramos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: nacimos para no morir nunca más, nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios. El Señor nos anima y quienquiera que tome el camino de las Bienaventuranzas dice: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5, 12)»4.


«¿QUIÉN PUEDE subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón» (Sal 24,3-4). Sabemos que esta inocencia no consiste en no cometer nunca pecados ni faltas, o en estar libre de errores. Esta pureza se refiere, sobre todo, al corazón de quien se deja querer por Dios y no pone su esperanza en otros ídolos: seguridades, control, independencia, placeres, posesiones... «La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz»5.


Estamos convencidos de que cuando Dios nos pide algo, en realidad nos está ofreciendo su vida, su cariño. Así lo comprendió san Josemaría: «Mi felicidad terrena está unida a mi salvación, a mi felicidad eterna: feliz aquí y feliz allí»6. Comprender este modo de actuar de Dios, que se esconde donde a veces no pensamos encontrarle, es comprender que él nunca quiere nuestra infelicidad, tampoco aquí en la tierra. «Cada vez estoy más persuadido –decía también el fundador del Opus Dei–: la felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra»7.


¡Qué alegría da pensar en todos los santos del cielo! Fueron como nosotros: con los mismos problemas y dificultades, con idénticas esperanzas y similares flaquezas. Si dejamos hacer a Dios en nuestras vidas como ellos, si somos fieles, podremos escuchar al final de nuestra vida, de labios del Señor, estas consoladoras palabras: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). A veces podemos imaginar que son pocos los que forman parte de ese Reino. Sin embargo, una de las lecturas de hoy nos recuerda una de las visiones que tuvo san Juan. Allí aparecía «una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos» (Ap 7,9). En esta incontable muchedumbre la Iglesia celebra a hombres y mujeres, de toda edad y condición, que gozan de la felicidad sin cuento en el cielo y que en la tierra supieron permanecer en el amor de Dios.


ESTA FIESTA es particularmente bonita para los que peregrinamos en la tierra, porque en aquella multitud que alaba sin cesar al Señor están presentes muchos hermanos nuestros, muchos amigos y parientes, gente corriente y ordinaria, dispuesta a interceder por nosotros. A varios incluso los habremos conocido personalmente. No estamos solos en nuestro camino de santidad: nos encontramos unidos a todos los cristianos –a los que triunfan ya en el cielo, a los que se purifican en el purgatorio y a los que peregrinan en la tierra– por una corriente de caridad que nos da vida: la comunión de los santos.


Durante la guerra que sacudió España en los años 30 del siglo pasado, san Josemaría escribía con frecuencia a sus hijos. Y en una de esas cartas les aseguraba: «Solo me faltáis vosotros, pero, ¡si supierais cuánta compañía os hago, a cada uno, durante el día y durante la noche! Es mi misión: que seáis felices después, con Él, y ahora, en la tierra, dándole gloria»8. La comunión de los santos es la oración de unos por otros, para que la gracia acuda a sanar las heridas o a fortalecer al que más lo necesite. Se repetirá así, muchas veces, esa experiencia que narraba él mismo: «Hijo: ¡qué bien viviste la Comunión de los Santos, cuando me escribías: "ayer sentí que pedía usted por mí!"»9.


«Piensa que Dios te quiere contento y que, si tú pones de tu parte lo que puedes, serás feliz, muy feliz, felicísimo»10. La Virgen Santa nos alcanzará la gracia de reflejar la belleza del rostro de Cristo y, así, formar el gran mosaico de santidad que Dios quiere para nuestro mundo.