"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de diciembre de 2022

La paz de los hijos de Dios.



  • María, Reina de la paz.
  • Reconciliarse con el hermano.
  • La paz de los hijos de Dios.

JESÚS ha subido al cielo. Los apóstoles, a pesar de haber sido testigos de su resurrección, todavía sienten cierto temor a las autoridades. En esos momentos, vemos que perseveran «unánimes en la oración» (Hch 1,14). Necesitan apoyarse mutuamente. Y en esas reuniones María Inmaculada ocuparía un lugar especial. Ellos la habían acogido como madre. Ella los trata como hijos. En medio de un clima hostil, encontrarían en su presencia la misma seguridad que tiene un niño en brazos de su madre. Una paz que alcanzará una medida más plena con el envío del Espíritu Santo, que les permitirá dirigirse a Dios como Padre. Así lo escribe san Pablo en esa misma época: «Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”. De manera que ya no eres siervo, sino hijo» (Gal 4,6-7). Con el envío del Paráclito, los apóstoles podrían afrontar la violencia y la hostilidad con la paz que ven en María, la llena de gracia. Como a ella, se les podrán aplicar estas palabras de Jesús: «Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).


El Espíritu Santo da testimonio en nuestras almas de que, por la gracia, somos hijos de Dios en Cristo. Y «esa es nuestra fuerza y nuestra seguridad –comenta el prelado del Opus Dei–: sabernos amados por un Padre que todo lo sabe y todo lo puede»[1]. Con la Anunciación y la Encarnación de Jesús, la Trinidad hizo morada en el alma de María, quien pasó a ser hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa de Dios Espíritu Santo. Esa relación con las divinas Personas le permitió acoger con serenidad las dificultades de la vida, especialmente las que tendría que sufrir siendo la Madre de Jesucristo, que no serían otras que las de su mismo Hijo. Los apóstoles se refugian en ella porque María transmite la paz que proviene fruto de la íntima comunión con Dios. En este octavo día de la Novena a la Inmaculada podemos dirigirnos a ella, como los discípulos, invocándola como Reina de la paz. «Cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!”. Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad? Te sorprenderás de su inmediata eficacia»[2].


JESÚS realizó la paz con su propia vida. Con su sangre reconcilió dos realidades que desde el pecado de Adán estaban enfrentadas. Él unió el cielo y la tierra, Dios y el hombre. En definitiva, nos abrió las puertas de la vida eterna entregándose él mismo. Por eso el pacífico no es simplemente alguien que intenta poner de acuerdo a dos partes: él mismo, con su vida, crea la paz allá donde se encuentra.


Es de suponer que los apóstoles tendrían diferencias entre sí. En los evangelios comprobamos que cada uno tenía su propio modo de ser y de comprender la realidad. Y esto, como sucede en cualquier familia, provocaría algunas tensiones. Con el tiempo y la gracia de Dios, su corazón se iría transformando, hasta ser los santos que hoy veneramos. En este itinerario, los encuentros en torno a la Virgen María habrán fomentado esa santa comunión de corazones. De la unión de María con Jesús aprenderían el valor de preservar la paz con Dios y con los hermanos, incluso con los que parecen enemigos. En el ámbito más cercano, el familiar, recordarían lo que habían oído de labios del Maestro: «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24). Para Jesús era más importante estar en paz con un hermano que cualquier rito en el Templo, por solemne que fuese. En esas palabras comprendemos que Jesús no quiere que vivamos de treguas en nuestras relaciones, con fracturas no curadas con las que convivimos pacíficamente. Anhela para nosotros la verdadera paz, la que deja de lado las propias opiniones o modos de ver la vida para conseguir un bien más preciado: la comunión que lleva a sabernos hijos de Dios. «Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).


Esa paz, sin embargo, no es cuestión de aguantar simplemente los defectos o injurias más o menos serias de los demás, como si fuera algo inevitable. Quien trabaja por la paz, al empeñarse en ella, es el primer beneficiado de ese deseo. No solo porque disfruta de la comunión restaurada, cuando se logra, sino porque desarrolla una mirada y un corazón que genera más paz y comprensión ahí donde está, como fruto del Espíritu Santo. Incluso aquello que antes suponía quizá una pequeña guerra con un hermano, lo descubre ahora como un camino de unión, de purificación, de apertura a la gracia. «Son llamados hijos de Dios aquellos que han aprendido el arte de la paz y lo practican, saben que no hay reconciliación sin la donación de su vida, y que hay que buscar la paz siempre y en cualquier caso»[3]. Nadie mejor que una madre para reconciliar a dos hermanos. Como los apóstoles, en nuestra Madre Inmaculada encontramos la fuerza para sanar y para llenar de la paz de Dios las relaciones con nuestros hermanos

LA PAZ a la que hace referencia la bienaventuranza tampoco es solo una cuestión de armonía interior, de ausencia de dificultades. «Esta acepción de la palabra “paz” es incompleta y no debe ser absolutizada, porque en la vida la inquietud puede ser un momento importante de crecimiento. Muchas veces es el Señor mismo el que siembra en nosotros la inquietud para que salgamos en su búsqueda, para encontrarlo»[4]. De hecho el mismo Jesús es presentado como «signo de contradicción» (Lc 2,34) para que no sean nuestras propias seguridades las que nos aseguren la paz, sino la que él mismo nos da, diferente a la del mundo (cfr. Jn 14,27).


Es difícil imaginar una vida sin complicaciones. Todos experimentamos con frecuencia situaciones que nos agitan. Ni siquiera a Santa María le fueron ahorrados el dolor, el cansancio o la incertidumbre. Por eso Jesús no promete una sencilla serenidad humana, pues es consciente de su fragilidad. La paz que él nos ofrece está marcada por la confianza que tienen los hijos de Dios con su Padre. «Aunque todo se hunda y se acabe –escribía san Josemaría–, aunque los acontecimientos sucedan al revés de lo previsto, con tremenda adversidad, nada se gana turbándose. Además, recuerda la oración confiada del profeta: “El Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, el Señor es nuestro Rey; él es quien nos ha de salvar”. Rézala devotamente, a diario, para acomodar tu conducta a los designios de la Providencia, que nos gobierna para nuestro bien»[5].


San Lucas nos hace notar la actitud de María cuando se presenta en su vida algo que la podía turbar porque no lo entendía: «Guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51). También nosotros, como los apóstoles en los primeros pasos de la naciente Iglesia, podemos dejar en manos de la Inmaculada nuestras preocupaciones. Ella intercederá como buena

6 de diciembre de 2022

San Nicolas patrono de la Obra

 


El 6 de diciembre se celebra la fiesta de san Nicolás de Bari. San Josemaría le encomendó la resolución de las dificultades económicas. Por eso hoy es un buen dia para ir de la mano de este Santo y ayudar a la Obra en sus necesidades.


Refiriéndose al mes de diciembre de 1934, san Josemaría Escrivá de Balaguer anotó en sus Apuntes íntimos: «El día de san Nicolás de Bari prometí al santo obispo, en el momento de subir yo al altar para decir la Misa, que, si se resuelve nuestra situación económica, en la Casa del Ángel Custodio, le nombraré administrador de la Obra de Dios». Inmediatamente —glosará Álvaro del Portillo—, «pensando que había sido poca generosidad la suya, añadió: “Aunque ahora no me oigas, serás el patrono de nuestra administración económica”»

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Este nombramiento de san Nicolás quedó reseñado en el Diario de la Academia-Residencia DYA: «S. Nicolás de Bari, Obispo. —Nos dijo el

Padre que por la mañana, al terminar de dar la S. Comunión, en su convento, viendo que el santo de hoy es S. Nicolás, se dirigió a él y le puso como abogado nuestro para la parte administrativa, para que por medio de él, salgamos adelante de este asunto9 . Se quedó en que en todas nuestras futuras casas habrá una imagen de S. Nicolás en la habitación del administrador o cuarto de administración. ¡A ver cómo se porta este abogado!»

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El 19 de enero de 1935, en carta dirigida a su amigo, el sacerdote Heliodoro Gil, le informaba: «¿Sabes que san Nicolás de Bari es... nada menos que el Administrador General de la Obra de Dios? ¡Menuda le ha caído encima!»


Junto a la fidelidad doctrinal, y en sintonía con esta universalidad, otro rasgo del Opus Dei es la plena libertad para todos sus miembros en todo lo opinable, en lo que la Iglesia ha dejado a la autónoma discusión de los fieles.


Libertad en las cuestiones teológicas, aunque siempre dentro de las coordenadas dogmáticas; pero quien las conoce de veras sabe que los márgenes no son estrechos. Lo que es «obligatorio» creer para llamarse católico y, por tanto, para estar en plena comunión con el Magisterio, es menos de lo que habitualmente se piensa.


Y libertad más plena aún en los asuntos sociales, políticos, económicos. Algo hemos anticipado en el capítulo dedicado a trazar el perfil del sacerdote según Escrivá. Con palabras suyas, que resumen su pensamiento: «No olvidéis que en los asuntos temporales no hay dogmas.


Nos hallamos en un punto neurálgico de nuestra investigación. Uno de esos puntos donde da toda la impresión de que la teoría y la praxis de la Obra desmienten rotundamente la «leyenda negra», que describe a la Obra como un ejército compacto que mueve a sus falanges de templarios -obedientes perinde ad cadavera- en defensa de intereses políticos («reaccionarios», naturalmente) y de tenebrosas «tramas financieras», que persiguen volver a meter a la humanidad bajo una capa religiosa, a mitad de camino entre la hipocresía y el fanatismo.


Lo sé, lo sé: no se me escapa que puedo aparecer como un ingenuo que ha sido engañado, o como un superficial que no ha sido capaz de ir más allá de las apariencias; o, peor aún, que me influye un prejuicio positivo, quizá debido a un empeño apologético.


Lo siento de veras, pero ¿qué puedo hacer? Lo que se desprende de las intenciones repetidas infinitas veces por el Fundador y por sus sucesores, de las disposiciones de sus estatutos y demás normas, y de la misma lógica interna que preside la institución, difiere sorprendentemente del mito consolidado.


Cierto que la Obra está muy unida; más aún, es compacta y homogénea. Pero sólo en lo que se refiere a sus fines religiosos y espirituales: la santificación del, en y a través del trabajo, y el apostolado en el propio ambiente, que son los únicos fines que se propone. En cambio, es intencionadamente pluralista al máximo, en todo lo demás. «Amando y respetando», dicen, «la variedad de todo lo humano, empezando por la Iglesia».


Creo que en esto pensaba Escrivá cuando definió a la Obra como «una organización desorganizada»: bien estructurada para sus objetivos religiosos; y carente de organización «para lo que no le corresponde». De ese modo, sus miembros «forman un mosaico variado y multicolor de todo tipo de actividades, infinitas como las posibilidades de la vida, de los caracteres, de los trabajos, de las trayectorias personales, de las culturas».


HOY

−San Nicolás de Bari fuel el primer santo nombrado intercesor del Opus Dei, por san Josemaría Escrivá de Balaguer, el 6 de diciembre de 1934, en un momento de particulares problemas económicos para desarrollar las tareas apostólicas de la Obra. A su intercesión se encomienda específicamente la solución de esas necesidades.

−Su nombramiento en la fecha indicada no constituyó, en absoluto, el primer recurso a san Nicolás. Desde tiempo atrás había san Josemaría

invocado al santo obispo, en la madrileña parroquia de El Salvador y San Nicolás, situada en la glorieta de Antón Martín, muy cerca del Real

Patronato de Santa Isabel.

−La devoción a san Nicolás siguió manifestándose en la vida de Josemaría Escrivá, que acudió frecuentemente a su protección, e incluso peregrinó a la basílica donde reposan los restos mortales del santo, en la ciudad italiana de

Bari. Aconsejó, asimismo, que también acudieran allí los miembros del Opus Dei residentes en esa localidad.


La Obra encomienda las soluciones de caracter economico a este Santo patrón del Opus Dei.





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5 de diciembre de 2022

Maria Madre de Misericordia

 




BIENAVENTURADOS los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). Una particularidad de esta bienaventuranza es su reciprocidad. Es decir, que aquello que damos a los demás a su vez se nos concederá a nosotros como un don de Dios. Y también sucede al revés: la misericordia divina que recibimos es la que nos impulsa a ser misericordiosos con otros. Esto es lo que observamos en la vida de María Inmaculada. En la escena de las bodas de Caná, por ejemplo, vemos cómo María se conmueve y alcanza la bendición de su Hijo en favor de los allí presentes.


Los invitados a la fiesta se encuentran celebrando a los novios. María, al mismo tiempo, está atenta al conjunto. Nota que falta algo y concluye: no hay vino. «En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, solo María advierte la falta de vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios»[1].


María se da cuenta del problema y su corazón le mueve a buscar una solución. Ella sabe que el corazón de su Hijo es aún más rico en misericordia, y que no se desinteresa de los problemas de los demás. Por eso se dirige a él: «No tienen vino» (Jn 2,3). Y no dice más. Ella misma ha experimentado en su propia vida que no hacen falta grandes discursos para mover el corazón misericordioso de su Hijo. Basta presentarse necesitado y, sin dejarnos de la mano, él hace el resto. «María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone “en medio”, o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede –más bien “tiene el derecho de”– hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres»[2]. Eso mismo hace ella en esta Novena si abandonamos en sus manos nuestras preocupaciones.


LA RESPUESTA de Jesús a las palabras de María podría parecer que refleja cierta indiferencia: «Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2,4). Es normal que esta forma de dirigirse a su Madre nos desconcierte. «Quisiéramos objetar: ¡tienes mucho con ella! Fue ella quien te dio la carne y la sangre, tu cuerpo; y no solo tu cuerpo: con su “sí”, que pronunció desde lo más hondo de su corazón, ella te engendró en su vientre; con amor maternal te dio la vida y te introdujo en la comunidad del pueblo de Israel»[3].


La tradición ha visto en estas palabras un paralelismo con la escena en el Calvario. Ambos momentos están marcados por la presencia de María. En Caná intercede cuando todavía no ha llegado «la hora» de su Hijo; en el Calvario, cuando se cumple ese momento, «Jesús le confía su Iglesia y toda la humanidad. A los pies de la cruz, cuando acepta a Juan como hijo; cuando, junto con Cristo, pide al Padre el perdón para los que no saben lo que hacen (cfr. Lc 23,34), María, con perfecta docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón y la capacita para abrazar a todo el género humano. De este modo, se nos entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros. Se convierte en la Madre que nos alcanza la misericordia divina»[4].


En Caná, Jesús responde con esa aparente frialdad porque el regalo que tenía pensado era mucho mayor que el vino: su misma Madre, a través de la cual concedería su gracia con abundancia. El corazón de la Inmaculada, atento a las necesidades de esos esposos, estaba llamado a acoger a todos los hombres, para reunirlos en el amor infinito e incondicional que Dios nos tiene. Ella nos recuerda que su Hijo no ha venido a «llamar a los justos sino a los pecadores» (Mt 9,13). Por eso «ningún pecado del hombre puede cancelar la misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo: su misericordia para nosotros es redención»[5].


MARÍA no se contenta con la respuesta de su Hijo. Por eso se acerca a los sirvientes y les dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Jesús entonces ya no se resiste y obra el milagro. Les hace llenar de agua las tinajas y cuando el maestresala prueba su contenido se maravilla: «Todos sirven primero el mejor vino –le dice al esposo–, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora» (Jn 2,10).


La fiesta debió de seguir con normalidad. Durante la celebración, la mayoría de los presentes quizá no fueron conscientes del milagro que acababa de ocurrir. Ciertamente, disfrutarían del vino, pero sin saber su procedencia. Por eso, cuando más tarde Jesús invita a la gente a ser misericordiosos para recibir misericordia, nos está animando a conceder a los demás los dones más altos que conservamos en nuestro corazón, sin esperar a comprobar sus buenos méritos, pues así hace Dios con nosotros. Podemos incluso ofrecer nuestro amor cuando hemos sido injuriados, pues vivimos del don de Dios: «Cada uno debe recordar que necesita perdonar, que necesita perdón y que necesita paciencia; este es el secreto de la misericordia: perdonando se es perdonado»[6]. Dios nos precede perdonándonos a nosotros para que podamos ser misericordiosos con los demás.


En esta bienaventuranza Jesús quiere que reconozcamos esta realidad: hemos recibido más de lo que podemos dar. De algún modo, todos estamos «en deuda» con alguien. En primer lugar, con Dios, pero también con tantas otras personas que nos han dado mucho: padres, hermanos, amigos… Por eso necesitamos la misericordia, porque en muchas de esas relaciones nunca vamos a llegar a devolver lo mucho y bueno que hemos recibido. En este camino de preparación para la fiesta de la Inmaculada, María nos muestra que «solo seremos de verdad bienaventurados, felices, cuando entremos en la lógica divina del don, del amor gratuito; si descubrimos que Dios nos ha amado infinitamente para hacernos capaces de amar como él, sin medida»[7].



4 de diciembre de 2022

COLMAR LA SED DE DIOS

 




Evangelio (Mt 3,1-12)


En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea y diciendo:


—Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.


Éste es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo:


Voz del que clama en el desierto:


«Preparad el camino del Señor,


haced rectas sus sendas».


Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre.


Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Al ver que venían a su bautismo muchos fariseos y saduceos, les dijo:


—Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que va a venir? Dad, por tanto, un fruto digno de penitencia, y no os justifiquéis interiormente pensando: «Tenemos por padre a Abrahán». Porque os aseguro que Dios puede hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán. Ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego.


»Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. Él tiene en su mano el bieldo y limpiará su era, y recogerá su trigo en el granero; en cambio quemará la paja con un fuego que no se apaga.


«BIENAVENTURADOS los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Cuando Jesús pronunció esta bienaventuranza no se refería tanto a la necesidad física, sino a una más profunda. Tampoco se refería solamente a una adecuada distribución de bienes. Aquella necesidad es, más bien, la misma que describe el salmista cuando dice: «Tú eres mi Dios, al alba te busco, mi alma tiene sed de ti, por ti mi carne desfallece, en tierra desierta y seca, sin agua» (Sal 63,2). Se trata de un hambre que el alimento normal no puede saciar. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»[1], comentaba san Agustín.


Santa María Inmaculada experimentó está misma necesidad cuando volvía de celebrar la Pascua en Jerusalén. En mitad del viaje se dio cuenta de que Jesús no iba en la caravana de regreso. Ella y José «hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén» (Lc 2,44-45). Es de suponer la preocupación con que los dos vivieron la ausencia del Niño; una angustia que también podemos hacer nuestra cuando perdemos al único que puede saciar nuestros anhelos más profundos. «¿Dónde está Jesús? –Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. –Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. –José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo»[2].


En todos los hombres y mujeres hay un deseo de plenitud que es signo de la presencia de Dios en el alma. Es un hambre que nos indica quiénes somos y a dónde queremos ir. Por eso, no es algo que simplemente se satisface en el momento, sino que está llamado a dirigir toda nuestra vida. «Un deseo sincero sabe tocar en profundidad las cuerdas de nuestro ser, por eso no se apaga frente a las dificultades o a los contratiempos. Es como cuando tenemos sed: si no encontramos algo para beber, esto no significa que renunciemos, es más, la búsqueda ocupa cada vez más nuestros pensamientos y nuestras acciones, hasta que estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio para apaciguarlo, casi obsesionados. Obstáculos y fracasos no sofocan el deseo, no, al contrario, lo hacen todavía más vivo en nosotros»[3]. En esta escena, María sintió más que nunca la sed de su Hijo, pues había perdido momentáneamente a aquel que daba sentido a su vida.


«AL CABO de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas» (Lc 2,46-47). María ve saciada su sed de Jesús. Sin embargo, a la alegría por haber recuperado a su Hijo, se une también la sorpresa. ¿Qué hacía aquel Niño enseñando a los sabios de Israel?


Jesús estaba, a su vez, saciando el hambre de Dios que tenían aquellas personas. Él había sido enviado precisamente para atender esa necesidad. Y, al contemplar a esos ancianos, vivió algo parecido a lo que diría más tarde antes de la multiplicación de los panes: «Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer» (Mt 15,32). El Señor comprende nuestros sufrimientos y, como en aquella ocasión, quiere que sus discípulos superen la indiferencia y se pongan manos a la obra: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37). «Queremos el bien –señalaba san Josemaría–, la felicidad y la alegría de las personas de nuestra casa; nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al término de sus días, no reciben una mirada de cariño ni un gesto de ayuda»[4].


Podemos suponer que, de algún modo, Jesús desarrolló una particular mirada de compasión gracias a su Madre. Son muchos los momentos en lo que vemos a María atenta a las necesidades de los demás: intuye que su prima Isabel agradecería sus cuidados, advierte que falta el vino en Caná, acompaña a los apóstoles en los primeros pasos de la Iglesia… Y también hoy sigue ayudando a todos sus hijos a colmar el hambre y la sed de Dios.


MARÍA y José se maravillaron al encontrar a su Hijo en esa situación en el Templo. Su madre se acercó y le dijo: «¿Por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». Pero la respuesta de Jesús, que son las primeras palabras que la Escritura recoge de él, puede resultar desconcertante: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,48-49).


Jesús habla en varias ocasiones de cuál es su alimento. Así ocurre, por ejemplo, cuando encuentra a la samaritana. Su sed, en realidad, no era tanto de agua, sino de hablarle a esa mujer sobre el reino de Dios. Por eso, cuando los apóstoles le insisten en que coma, él dice que tiene un alimento que ellos no conocen: «Hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Y la voluntad del Padre es, como vemos cuando enseña a los ancianos en el Templo, anunciar a todos la salvación: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt 4,4). Esta es «la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella, aunque no se dé cuenta»[5].


El evangelista hace notar que María y José no entendieron estas palabras de Jesús. Y señala, al mismo tiempo, que su madre guardaba todas estas cosas en su corazón inmaculado (cfr. Lc 2,51). Ella anticipa, en su propia vida, lo que su Hijo señalará como característica esencial de sus discípulos: «Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,50). María también hará suyo ese alimento con el que saciará su hambre y su sed de Dios.

3 de diciembre de 2022

Hambre y sed de Dios


Evangelio (Mt 9,35-38; 10,1.6-8)

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: — La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.

Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.

  • Hambre y sed de Dios.
  • Una mirada de compasión.
  • El alimento de Jesús.


«BIENAVENTURADOS los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Cuando Jesús pronunció esta bienaventuranza no se refería tanto a la necesidad física, sino a una más profunda. Tampoco se refería solamente a una adecuada distribución de bienes. Aquella necesidad es, más bien, la misma que describe el salmista cuando dice: «Tú eres mi Dios, al alba te busco, mi alma tiene sed de ti, por ti mi carne desfallece, en tierra desierta y seca, sin agua» (Sal 63,2). Se trata de un hambre que el alimento normal no puede saciar. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»[1], comentaba san Agustín.

Santa María Inmaculada experimentó está misma necesidad cuando volvía de celebrar la Pascua en Jerusalén. En mitad del viaje se dio cuenta de que Jesús no iba en la caravana de regreso. Ella y José «hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén» (Lc 2,44-45). Es de suponer la preocupación con que los dos vivieron la ausencia del Niño; una angustia que también podemos hacer nuestra cuando perdemos al único que puede saciar nuestros anhelos más profundos. «¿Dónde está Jesús? –Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. –Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. –José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo»[2].

En todos los hombres y mujeres hay un deseo de plenitud que es signo de la presencia de Dios en el alma. Es un hambre que nos indica quiénes somos y a dónde queremos ir. Por eso, no es algo que simplemente se satisface en el momento, sino que está llamado a dirigir toda nuestra vida. «Un deseo sincero sabe tocar en profundidad las cuerdas de nuestro ser, por eso no se apaga frente a las dificultades o a los contratiempos. Es como cuando tenemos sed: si no encontramos algo para beber, esto no significa que renunciemos, es más, la búsqueda ocupa cada vez más nuestros pensamientos y nuestras acciones, hasta que estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio para apaciguarlo, casi obsesionados. Obstáculos y fracasos no sofocan el deseo, no, al contrario, lo hacen todavía más vivo en nosotros»[3]. En esta escena, María sintió más que nunca la sed de su Hijo, pues había perdido momentáneamente a aquel que daba sentido a su vida.


«AL CABO de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas» (Lc 2,46-47). María ve saciada su sed de Jesús. Sin embargo, a la alegría por haber recuperado a su Hijo, se une también la sorpresa. ¿Qué hacía aquel Niño enseñando a los sabios de Israel?

Jesús estaba, a su vez, saciando el hambre de Dios que tenían aquellas personas. Él había sido enviado precisamente para atender esa necesidad. Y, al contemplar a esos ancianos, vivió algo parecido a lo que diría más tarde antes de la multiplicación de los panes: «Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer» (Mt 15,32). El Señor comprende nuestros sufrimientos y, como en aquella ocasión, quiere que sus discípulos superen la indiferencia y se pongan manos a la obra: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37). «Queremos el bien –señalaba san Josemaría–, la felicidad y la alegría de las personas de nuestra casa; nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al término de sus días, no reciben una mirada de cariño ni un gesto de ayuda»[4].

Podemos suponer que, de algún modo, Jesús desarrolló una particular mirada de compasión gracias a su Madre. Son muchos los momentos en lo que vemos a María atenta a las necesidades de los demás: intuye que su prima Isabel agradecería sus cuidados, advierte que falta el vino en Caná, acompaña a los apóstoles en los primeros pasos de la Iglesia… Y también hoy sigue ayudando a todos sus hijos a colmar el hambre y la sed de Dios. que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Cuando Jesús pronunció esta bienaventuranza no se refería tanto a la necesidad física, sino a una más profunda. Tampoco se refería solamente a una adecuada distribución de bienes. Aquella necesidad es, más bien, la misma que describe el salmista cuando dice: «Tú eres mi Dios, al alba te busco, mi alma tiene sed de ti, por ti mi carne desfallece, en tierra desierta y seca, sin agua» (Sal 63,2). Se trata de un hambre que el alimento normal no puede saciar. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»[1], comentaba san Agustín.


Santa María Inmaculada experimentó está misma necesidad cuando volvía de celebrar la Pascua en Jerusalén. En mitad del viaje se dio cuenta de que Jesús no iba en la caravana de regreso. Ella y José «hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén» (Lc 2,44-45). Es de suponer la preocupación con que los dos vivieron la ausencia del Niño; una angustia que también podemos hacer nuestra cuando perdemos al único que puede saciar nuestros anhelos más profundos. «¿Dónde está Jesús? –Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. –Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. –José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo»[2].


En todos los hombres y mujeres hay un deseo de plenitud que es signo de la presencia de Dios en el alma. Es un hambre que nos indica quiénes somos y a dónde queremos ir. Por eso, no es algo que simplemente se satisface en el momento, sino que está llamado a dirigir toda nuestra vida. «Un deseo sincero sabe tocar en profundidad las cuerdas de nuestro ser, por eso no se apaga frente a las dificultades o a los contratiempos. Es como cuando tenemos sed: si no encontramos algo para beber, esto no significa que renunciemos, es más, la búsqueda ocupa cada vez más nuestros pensamientos y nuestras acciones, hasta que estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio para apaciguarlo, casi obsesionados. Obstáculos y fracasos no sofocan el deseo, no, al contrario, lo hacen todavía más vivo en nosotros»[3]. En esta escena, María sintió más que nunca la sed de su Hijo, pues había perdido momentáneamente a aquel que daba sentido a su vida.


MARÍA y José se maravillaron al encontrar a su Hijo en esa situación en el Templo. Su madre se acercó y le dijo: «¿Por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». Pero la respuesta de Jesús, que son las primeras palabras que la Escritura recoge de él, puede resultar desconcertante: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,48-49).


Jesús habla en varias ocasiones de cuál es su alimento. Así ocurre, por ejemplo, cuando encuentra a la samaritana. Su sed, en realidad, no era tanto de agua, sino de hablarle a esa mujer sobre el reino de Dios. Por eso, cuando los apóstoles le insisten en que coma, él dice que tiene un alimento que ellos no conocen: «Hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Y la voluntad del Padre es, como vemos cuando enseña a los ancianos en el Templo, anunciar a todos la salvación: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt 4,4). Esta es «la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella, aunque no se dé cuenta»[5].


El evangelista hace notar que María y José no entendieron estas palabras de Jesús. Y señala, al mismo tiempo, que su madre guardaba todas estas cosas en su corazón inmaculado (cfr. Lc 2,51). Ella anticipa, en su propia vida, lo que su Hijo señalará como característica esencial de sus discípulos: «Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,50). María también hará suyo ese alimento con el que saciará su hambre y su sed de Dios.



2 de diciembre de 2022

QUÉ ES MAS FUERTE QUE LA VIOLENCIA?



  • Los magos descubren la mansedumbre.
  • La ira de Herodes.
  • La tierra de los mansos.

«BIENAVENTURADOS los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,4). Los Reyes Magos vieron cumplida esta bienaventuranza en Belén, muchos años antes del día en que la pronunciara Cristo. Es probable que, al llegar al portal, se sorprendieran al ver el ambiente que rodeaba a quien pretendían adorar. Quizá imaginaban encontrar a otros grandes monarcas de la época, impacientes por conocer a aquel salvador esperado desde hacía tantos años. En cambio, lo único que contemplan es a un niño recostado en un pesebre junto a sus padres. Solamente unos pastores se han acercado a ofrecer los pocos dones que tenían. Este era el cortejo que acompañaba al Mesías.


Los magos habían dejado atrás muchas cosas, al menos por un tiempo, para recorrer el camino que les llevaba hasta Cristo: comodidades, bienes terrenos, proyectos personales… Ahora se dan cuenta de que para descubrir al Niño Rey tienen que desprenderse también de algo mucho más profundo: su modo de entender el ejercicio del poder y de la realeza. Buscaban a alguien poderoso, y encuentran a un pequeño indefenso. Comprenden que aquel rey en el pesebre no se impone con la fuerza, sino con la mansedumbre. No domina, sino que asume la fragilidad de la naturaleza humana para acercarnos hacia él.


«No son los violentos los que heredan la tierra, al final corresponde a los mansos: ellos tienen la gran promesa, y así nosotros debemos estar seguros de la promesa de Dios, de que la mansedumbre es más fuerte que la violencia»[1]. Aquella escena en el portal probablemente cambió los esquemas que regían la vida de los magos. Quién sabe si desde entonces ejercerían su realeza de otro modo, a partir de lo que vieron en Belén. Quizás se quedarían también maravillados por la actitud de la Virgen María. «Si alguien se merece ser importante, tendría que ser ella», podrían haber concluido. Y en cambio verían la familiaridad de la Madre con el hijo. Ella, precisamente por su mansedumbre, acogió con fe la promesa divina y se dejó transformar por Dios. Le podemos pedir que, en este tercer día de la Novena por su Inmaculada Concepción, nos consiga de Dios esa misma actitud mansa y humilde

EN CUANTO José supo por el ángel que buscaban a Jesús para matarlo, «tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto» (Mt 2,14). Esta situación parece contradecir la bienaventuranza que proclamaría más tarde el Señor sobre quiénes serán los herederos de la tierra. Esta vez, los mansos se han visto obligados a dejar su lugar, mientras que la ira de Herodes se ha extendido en todo su territorio. A primera vista parece que ha vencido el más fuerte, el que se quiere imponer por la violencia.


Pero la bienaventuranza no se refiere tanto a un lugar físico, sino a algo mucho más valioso. «El manso es aquel que “hereda” el más sublime de los territorios. No es un cobarde, un “perezoso” que se encuentra una moral cómoda para no meterse en problemas. ¡Nada de eso! Es una persona que ha recibido una herencia y no quiere dispersarla. El manso no es una persona complaciente, sino el discípulo de Cristo que ha aprendido a defender otra tierra bien distinta. Defiende su paz, defiende su relación con Dios, defiende sus dones»[4]. Como dice el salmista: «Señor, tú eres el lote de mi heredad y de mi copa: tú sostienes mi parte. Me ha tocado en suerte un lote hermoso; me agrada mi heredad» (Sal 16,5-6). Este es el territorio que, a fin de cuentas, llegará a poseer el manso: Dios mismo.


La Virgen María supo vivir ese momento de peligro con mansedumbre porque confiaba en el Señor. Lógicamente, experimentaría cansancio e incertidumbre, pero acogió esas dificultades con serenidad, sin perder la paz: sabía que nada escapaba del plan de Dios. Seguramente Jesús pudo ser testigo de esa mansedumbre de su madre en muchas circunstancias ordinarias. Por eso, cuando más adelante diría «soy manso y humilde de corazón», podemos suponer que, en parte, lo habría aprendido de María. Eso fue lo que atrajo «la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra»[5].

1 de diciembre de 2022

EL VALOR DE CADA PERSONA

 



EN EL CAMINO de la Bienaventuranzas, que recorremos en esta Novena a la Inmaculada, hoy podemos considerar por qué la Virgen fue feliz en medio de la pobreza. «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). Jesús fue pobre desde su nacimiento. Dios podía haberse hecho hombre dentro de una familia rodeada de comodidades y en una ciudad importante. Sin embargo, lo hizo en el seno de una mujer sencilla, la Inmaculada Virgen María, en un pequeño pueblo de Israel. Su nacimiento no tuvo mucho brillo humano. San Lucas lo describe así: una mujer «dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento» (Lc 2,6-7). Solamente unos pastores cansados y llenos de asombro fueron testigos de lo que acababa de ocurrir. Cristo «no quiso ninguna cosa especial, ningún privilegio. Todo se desarrolla con naturalidad extrema: desde la concepción hasta su nacimiento. (...) El Señor sabía lo áspera que había de ser su carrera. Pero tenía hambre de venir a la tierra para salvar a todas las almas»[1].


La pobreza que rodea la escena del pesebre contrasta con la alegría de sus protagonistas. Podría parecer que, en semejantes condiciones, resultaría difícil lograr una cierta felicidad. Pero la dicha de María y José no depende de las circunstancias externas o de los bienes que poseen. Han descubierto un gozo profundo que no se basa tanto en las realidades pasajeras, sino en la conciencia de vivir en la presencia de Dios. Ellos son capaces de ver su amor divino detrás de todo lo que ha ocurrido en esas jornadas: el viaje improvisado a Belén, la falta de sitio en la posada, la incomodidad del pesebre… María y José pueden decir, en definitiva, lo que san Pablo escribiría más tarde a los filipenses: «He aprendido a contentarme con lo que tengo: he aprendido a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp, 4,11-13).


EN BELÉN, María sabe que su vida, desde las cosas más prácticas hasta la felicidad más profunda, depende de José y de Jesús. Todas las generaciones podrán llamarle bienaventurada no tanto por lo que ella ha hecho, sino, sobre todo, por lo que Dios va obrando en su corazón. No ha sido la madre del Salvador por méritos propios, sino que es el Señor quien la ha elegido, y ella ha respondido que sí. Ahora ha podido dar a luz a Jesús en aquel establo gracias a las atenciones de José. Sus cuidados le permiten recuperar fuerzas, con la seguridad de quien tiene a alguien en quien apoyarse. Esta es la riqueza que María posee en estos momentos: el reconocimiento de que necesita a los demás.


Dios cuenta con las personas que nos rodean para hacernos llegar su ayuda, para sostenernos en los momentos en que podamos sentirnos más débiles. En una ocasión, el prelado del Opus Dei animaba a «ver la vida como un camino de colaboración en el que nos sostenemos unos a otros. Los momentos de contrariedad pueden acabar siendo ocasiones favorables de crecimiento interior, de mejora personal y social: nos obligan a salir de nosotros mismos, a abrirnos a los demás»[2]. María se sentía sostenida en todo momento por Jesús y José. Al mismo tiempo, ellos también se sentían sostenidos por ella. Así ocurre en la vida de cualquier persona. Por grande que sea la incertidumbre humana, siempre podemos transmitir cariño y serenidad a los demás, y también al revés: podemos encontrar consuelo en las personas que nos quieren.


Esa dependencia que tenemos de las relaciones no es una limitación, más bien lo contrario. Allí reside una de las fuentes de felicidad en esta tierra, pues «la alegría no es la emoción de un momento: ¡es otra cosa! La verdadera alegría no viene de las cosas, de tener, ¡no! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace del sentirse aceptados, comprendidos, amados y del aceptar, del comprender y del amar; y esto no por un momento, sino porque el otro, la otra, es una persona»[3]. En Jesús y en su Madre Inmaculada podremos encontrar siempre un amor que nos acepta y nos comprende.


NO HACEN falta muchas cosas para ser feliz en Belén. Jesús, María y José se sostienen mutuamente. Es cierto que las circunstancias externas del lugar quizá no invitan a amar esa situación, pero la Sagrada Familia abraza esa realidad que tienen entre manos. También en la vida de cada persona, Dios nos invita a acoger con serenidad y alegría lo que nos ocurre, porque él siempre nos acompaña. Y, en primer lugar, nos invita a acoger a aquellos que él ha puesto a nuestro lado.


La pobreza de espíritu lleva a descubrir la riqueza de cada persona, aún cuando haya muchos aspectos que difieren de nuestro modo de ser y de vivir. El valor de cada uno no depende de las cualidades o de las afinidades que podamos tener, sino del hecho de que esa persona ha sido amada por Dios y de algún modo ha sido confiada a nuestra compañía. «El secreto de la vida se nos ha revelado por cómo la trató el Hijo de Dios, que se convirtió en hombre, hasta asumir, en la cruz, el rechazo, la debilidad, la pobreza y el dolor. En cada niño enfermo, en cada anciano débil, en cada migrante desesperado, en cada vida frágil y amenazada, Cristo nos está buscando, está buscando nuestro corazón para revelarnos la alegría del amor»[4].


Cuando acogemos a una persona tal como es, con sus virtudes y defectos, estamos acogiendo a Cristo. Esto mismo es lo que realiza María Inmaculada con cada uno de nosotros. Al vernos, reconoce el rostro de Jesús, pues con su muerte él nos ha rescatado del pecado. Ella, como buena Madre, es la primera que nos acoge; sabe reconocer que «cada alma es un tesoro maravilloso; cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo»[5].