"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de septiembre de 2015

LUNES de la 23a semana del tiempo ordinario

Lucas 6,6-11.

Otro sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. 
Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo. 
Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: 

"Levántate y quédate de pie delante de todos". 
El se levantó y permaneció de pie. 
Luego les dijo: 
"Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?". 
Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre:
 "Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada. 
Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús. 

SER SANTO...SE PUEDE


— El Señor no pide cosas imposibles: nos da la gracia para ser santos.
— Luchar en lo pequeño, en aquello que está a nuestro alcance, en lo que nos aconsejan en la dirección espiritual.
— Docilidad a lo que cada día nos pide el Señor.
I. Entró Jesús un sábado en la sinagoga, donde había un hombre que tenía una mano seca. San Lucas precisa que era la derecha1. Y le observaban los escribas y los fariseos para ver si curaba en sábado. La interpretación farisea de la Ley solo permitía aplicar remedios médicos en este día dedicado al Señor si había peligro inminente de muerte; y este no era el caso de aquel hombre, que ha acudido a la sinagoga con la esperanza puesta en Jesús.
El Señor, que conocía bien los pensamientos y las intrigas de aquellos que amaban más la letra de la Ley que al Señor de la Ley, le dijo al hombre de la mano enferma: Levántate y ponte en medio. Y levantándose se puso en medio. Y Jesús, mirando a su alrededor, fijando su vista en todos ellos, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y este hombre, a pesar de sus experiencias anteriores, se esforzó en lo que decía el Señor, y su mano quedó curada. Aquel enfermo sanó ante todo gracias a la fuerza divina de las palabras de Cristo, pero también por su docilidad en llevar a cabo el esfuerzo que se le pedía. Así son los milagros de la gracia: ante defectos que nos parecen insuperables, frente a metas apostólicas que se ven excesivamente altas o difíciles, el Señor pide esta misma actitud: confianza en Él, manifestada en el recurso a los medios sobrenaturales, y en poner por obra aquello que está a nuestro alcance y que el Maestro nos insinúa en la intimidad de la oración o a través de la dirección espiritual.
Algunos Padres de la Iglesia han visto en estas palabras del Señor, «extiende tu mano», la necesidad de ejercitar las virtudes. «Extiéndela muchas veces –comenta San Ambrosio–, favoreciendo a tu prójimo; defiende de cualquier injuria a quien veas sufrir bajo el peso de la calumnia, extiende también tu mano al pobre que te pide; extiéndela al Señor, pidiéndole el perdón de tus pecados: así es como se debe extender la mano, y así es como se cura»2, realizando pequeños actos de aquellas virtudes que deseamos adquirir, dando pequeños pasos hacia las metas a las que queremos llegar. Si nos empeñamos, la gracia realiza maravillas con estos esfuerzos que parecen poca cosa. Si aquel hombre, fiado más de su experiencia de otras veces que de las palabras del Señor, no hubiera puesto en práctica lo poco que se le pedía, quizá hubiera seguido el resto de su vida con una mano inútil. Las virtudes se forjan día a día, la santidad se labra siendo fieles en lo menudo, en lo corriente, en acciones que podrían parecer irrelevantes, si no estuvieran vivificadas por la gracia.
«Cada día un poco más –igual que al tallar una piedra o una madera–, hay que ir limando asperezas, quitando defectos de nuestra vida personal, con espíritu de penitencia, con pequeñas mortificaciones (...). Luego, Jesucristo va poniendo lo que falta»3. Él es el que realmente realiza la obra de la santidad y el que mueve las almas, pero quiere contar con nuestra colaboración, obedeciendo en aquello que nos indica, aunque parezca insignificante, como extender la mano. Esto nos lleva a una lucha ascética alegre y a no desanimarnos jamás. En lo pequeño está nuestro poder.
II. Extiende tu mano..., esfuérzate en esa trama de cosas menudas que componen un día. Muchas metas se quedan sin alcanzar porque no estamos firmemente convencidos de la ayuda de la gracia divina, que hace sobrenaturalmente eficaces los pequeños esfuerzos.
La tibieza paraliza el ejercicio de las virtudes, mientras que estas con el amor cobran alas. El amor ha sido el gran motor de la vida de los santos. La tibieza hace que parezcan irrealizables los más pequeños esfuerzos (una carta que hemos de escribir, una llamada, una visita, una conversación, la puntualidad en el plan de vida diario...); forma una montaña de un grano de arena, La persona tibia piensa que, aunque el Señor le pide que extienda su mano, ella no puede. Y, como consecuencia, no la extiende... y no se cura. Por el contrario, el amor hace que los pequeños actos de virtud que realizamos desde la mañana hasta la noche tengan una eficacia sobrenatural enorme: forjan las virtudes, liman los defectos y encienden en deseos de santidad. Como una gota de agua ablanda poco a poco la piedra y la perfora, como las gotas de agua fecundan la tierra sedienta, así las buenas obras repetidas crean el buen hábito, la virtud sólida, y la conservan y aumentan4. La caridad se afianza en actos que parecen de poco relieve: poner buena cara, sonreír, crear un clima amable a nuestro alrededor aunque estemos cansados, evitar esa palabra que puede molestar, no impacientarnos en medio del tráfico de la gran ciudad, ayudar a un compañero que aquel día va un poco más retrasado en su trabajo, prestar unos apuntes a quien estuvo enfermo...
Los defectos arraigados (pereza, egoísmo, envidia...) se vencen, tratando de vivir la escena evangélica y recordando el mandato de Cristo: Extiende tu mano. Se mejora si, con la ayuda del Señor, se lucha en lo poco: en levantarse a la hora prevista y no más tarde; en el cuidado del orden en la ropa, en los libros; si se busca servir, sin que apenas se note, a quienes conviven con nosotros; si procuramos pensar menos en la propia salud, en las preocupaciones personales; si sabernos elegir bien un programa de televisión o apagarla si resulta inconveniente... Él continuamente nos dice: extiende tu mano, haz esos pequeños esfuerzos que te sugiere el Espíritu Santo en tu alma y los que te aconsejan en la dirección espiritual para superar esa incapacidad, a pesar de haber fracasado en otras ocasiones.
Porque contamos con la gracia del Señor, la santidad depende en buena parte de nosotros, de nuestro empeño dócil y continuado. Se cuenta de Santo Tomás de Aquino, que tenía fama de ser hombre de pocas palabras. Un día le preguntó su hermana qué hacía falta para ser santos. Y casi sin detenerse, según iba andando, contestó el Santo:QUERER. Nosotros pedimos al Señor que de verdad queramos ir cada día a Él, obedeciendo en las metas que nos han indicado en la dirección espiritual.
III. Aquel hombre de la mano paralizada fue dócil a las palabras de Jesús: se puso en medio de todos, como le había pedido el Señor, y luego atendió a sus palabras cuando le dijo que extendiera aquella mano enferma. La dirección espiritual personal se engarza con la íntima acción del Espíritu Santo en el alma, que sugiere de continuo esos pequeños vencimientos que nos ayudan eficazmente a disponernos para nuevas gracias. Cuando un cristiano pone de su parte todo lo posible para que las virtudes se desarrollen en su alma –quitando los obstáculos, alejándose de las ocasiones de pecar, luchando decididamente en el comienzo de la tentación–, Dios se vuelca con nuevas ayudas para fortalecer esas virtudes incipientes y regala los dones del Espíritu Santo, que perfeccionan esos hábitos formados por la gracia.
El Señor nos quiere con deseos eficaces, concretos, de ser santos; en la vida interior no bastan las ideas generales. «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. —Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas...
»¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... —¡A fuerza de cosas pequeñas!»5.
Es frecuente que al hablar de santidad se hagan notar algunos aspectos llamativos: las grandes pruebas, las circunstancias extraordinarias, el martirio; como si la vida cristiana vivida con todas sus consecuencias consistiera forzosamente en esos hechos y fuera empresa de unos pocos, de gente excepcional; y como si el Señor se conformara, en la mayoría de las gentes, con una vida cristiana de segunda categoría. Por el contrario, hemos de meditar hondamente que el Señor nos llama a todos a la santidad: a la madre de familia atareada porque apenas tiene tiempo para sacar adelante la casa, al empresario, al estudiante, a la dependienta de unos grandes almacenes y a la que está al frente de un puesto de verduras. El Espíritu Santo nos dice a todos: esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación6. Y se trata de una voluntad eficaz, porque Dios cuenta con todas las circunstancias por las que va a pasar la vida y da las gracias necesarias para actuar santamente.
Para crecer en las virtudes, hemos de prestar atención a lo que nos dice el Señor, muchas veces por intermediarios, y llevarlo a la práctica. «Ejemplo sublime de esta docilidad es para todos nosotros la Virgen Santísima, María de Nazaret, que pronunció el “fiat” de su disponibilidad total a los designios de Dios, de modo que el Espíritu pudo comenzar en Ella la realización concreta del plan de salvación»7. A nuestra Madre Santa María le pedimos hoy que nos ayude a ser cada vez más dóciles al Espíritu Santo, a crecer en las virtudes, luchando en las pequeñas metas de este día.

6 de septiembre de 2015

DOMINGO semana 23a tiempo ordinario

Marcos 7,31-37.

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. 
Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. 
Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua.
Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá", que significa: "Abrete". 
Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. 
Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban 
y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos". 

OÍR A DIOS

— El milagro de la curación de un sordomudo.
— No debemos permanecer mudos ante la ignorancia religiosa.
— Hablar con claridad y sencillez; también en la dirección espiritual.
I. La liturgia de la Misa de este domingo es una llamada a la esperanza, a confiar plenamente en el Señor. En un momento de oscuridad, se levanta el Profeta Isaías para reconfortar al pueblo elegido que vive en el destierro1. Anuncia el alegre retorno a la patria. Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Y el Profeta vaticina prodigios que tendrán su pleno cumplimiento con la llegada del Mesías: Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial. Con Cristo, todo el hombre es sanado, y las fuentes de la gracia, siempre inagotables, convierten el mundo en una nueva creación. El Señor lo ha transformado todo, pero las almas de modo muy particular.
El Evangelio de la Misa2 narra la curación de un sordomudo. El Señor lo llevó aparte, metió los dedos en sus orejas y con saliva tocó su lengua. Después, Jesús miró al cielo y le dijo: Effethá, que significa: ábrete. Al instante se le abrieron sus oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y hablaba correctamente.
Los dedos significan una acción divina poderosa3, y a la saliva se le atribuía cierta eficacia para aliviar las heridas. Aunque son las palabras de Cristo las que curan, quiso, como en otras ocasiones, utilizar elementos materiales visibles que de alguna manera expresaran la acción más profunda que los sacramentos iban a efectuar en las almas4. Ya en los primeros siglos y durante muchas generaciones5, la Iglesia empleó en el momento del Bautismo estos mismos gestos del Señor, mientras oraba sobre quien iba a ser bautizado: El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda a su tiempo escuchar su Palabra y proclamar la fe6.
En esta curación que realiza el Señor podemos ver una imagen de su actuación en las almas: libra al hombre del pecado, abre su oído para escuchar la Palabra de Dios y suelta su lengua para alabar y proclamar las maravillas divinas. En el momento del Bautismo, el Espíritu Santo, Digitus paternae dexterae7, el dedo de la diestra de Dios Padre, como lo llama la liturgia, nos dejó libre el oído para escuchar la Palabra de Dios, y nos dejó expedita la lengua para anunciarla por todas partes; y esta acción se prolonga a lo largo de nuestra vida. San Agustín, al comentar este pasaje del Evangelio, dice que la lengua de quien está unido a Dios «hablará del bien, pondrá de acuerdo a quienes no lo están, consolará a los que lloran... Dios será alabado, Cristo será anunciado»8. Esto haremos nosotros si tenemos el oído atento a las continuas mociones del Espíritu Santo y si tenemos la lengua dispuesta para hablar de Dios sin respetos humanos.
II. Existe una sordera del alma peor que la del cuerpo, pues no hay peor sordo que el que no quiere oír. Son muchos los que tienen los oídos cerrados a la Palabra de Dios, y muchos también quienes se van endureciendo más y más ante las innumerables llamadas de la gracia. El apostolado paciente, tenaz, lleno de comprensión, acompañado de la oración, hará que muchos amigos nuestros oigan la voz de Dios y se conviertan en nuevos apóstoles que la pregonen por todas partes. Esta es una de las misiones que recibimos en el Bautismo9.
No debemos los cristianos permanecer mudos cuando debemos hablar de Dios y de su mensaje sin trabas de ninguna clase: los padres a sus hijos, enseñándoles desde pequeños las oraciones y los primeros fundamentos de la fe; el amigo al amigo, cuando se presenta la ocasión oportuna, y provocándola cuando es necesario; el compañero de oficina a quienes le rodean en medio de su trabajo, con la palabra y con su comportamiento ejemplar y alegre; el estudiante en la Universidad, con quienes tantas horas ha pasado juntos... No podemos permanecer callados ante las muchas oportunidades que el Señor nos pone delante para que mostremos a todos el camino de la santidad en medio del mundo. Hay momentos en los que incluso resultaría poco natural para un buen cristiano el no hacer una referencia sobrenatural: en la muerte de un ser querido, en la visita a un enfermo (¡qué horizontes podemos abrir a quien sufre al pedirle, como un tesoro, que ofrezca su dolor por una intención, por la Iglesia, por el Papa!) cuando se comenta una noticia calumniosa... ¡Qué ocasiones para dar buena doctrina! Los demás la esperan, y les defraudamos si permanecemos callados.
Muchos son los motivos para hablar de la belleza de la fe, de la alegría incomparable de tener a Cristo. Y, entre otros, la responsabilidad recibida en el Bautismo de no dejar que nadie pierda la fe ante la avalancha de ideas y de errores doctrinales y morales ante los cuales muchos se sienten como indefensos. «Los enemigos de Dios y de su Iglesia, manejados por el odio imperecedero de satanás, se mueven y se organizan sin tregua.
»Con una constancia “ejemplar”, preparan sus cuadros, mantienen escuelas, directivos y agitadores y, con una acción disimulada –pero eficaz–, propagan sus ideas, y llevan –a los hogares y a los lugares de trabajo– su semilla destructora de toda ideología religiosa.
»—¿Qué no habremos de hacer los cristianos por servir al Dios nuestro, siempre con la verdad?»10. ¿Acaso vamos a permanecer impasibles? La misión que recibimos un día en el Bautismo hemos de ponerla en práctica durante toda la vida, en toda circunstancia.
III. Como anuncia el Profeta Isaías en la Primera lectura, llega el tiempo en que se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará... Estos prodigios se realizan en nuestros días con una hondura inmensamente mayor que aquella que el Profeta había previsto; tienen lugar en el alma de quien es dócil al Espíritu Santo, que el Señor nos ha enviado. Pidamos fe y audacia para anunciar con claridad y sencillez las magnalia Dei11, las maravillas de Dios que hemos visto cerca de nosotros, como hicieron los Apóstoles después de Pentecostés. San Agustín nos aconseja: «si amáis a Dios, atraed para que le amen a todos los que se juntan con vosotros y a todos los que viven en vuestra casa. Si amáis el Cuerpo de Cristo, que es la unidad de la Iglesia, impeled a todos para que gocen de Dios y decidles con David: Engrandeced conmigo al Señor y alabemos todos a una su santo nombre (Prov 21, 28); y en esto no seáis cortos ni encogidos, sino ganad para Dios a cuantos pudiereis con todos los medios posibles, según vuestra capacidad, exhortándolos, sobrellevándolos, rogándolos, disputando con ellos y dándoles razón de las cosas que pertenecen a la fe con toda mansedumbre y suavidad»12. No quedemos callados cuando es tanto lo que Dios quiere decir a través de nuestras palabras.
San Marcos nos ha conservado la palabra aramea que utilizó Jesús, effethá, ¡ábrete! Muchas veces, el Espíritu Santo nos ha hecho llegar de distintas maneras, en la intimidad del alma, este mismo consejo imperativo. La boca se ha de abrir y la lengua se ha de soltar también para hablar con claridad del estado del alma en la dirección espiritual, siendo muy sinceros, exponiendo con sencillez lo que nos pasa, los deseos de santidad y las tentaciones del enemigo, las pequeñas victorias y los desánimos, si los hubiera. El oído ha de estar libre para escuchar atentamente las muchas enseñanzas y sugerencias que nos quiera hacer llegar el Maestro a través de la dirección espiritual13.
Con sinceridad y docilidad la batalla está siempre ganada, por muy difícil que se presente; con la doblez, el aislamiento y la soberbia del propio criterio, está siempre perdida. Es el Señor quien cura y utiliza los medios que quiere, siempre desproporcionados. San Vicente Ferrer afirmaba que Dios «no concede nunca su gracia a aquel que, teniendo a su disposición a una persona capaz de instruirle y dirigirle, desprecia este eficacísimo medio de santificación, creyendo que se basta a sí mismo y que por sus solas fuerzas puede buscar y encontrar lo necesario para su salvación... Aquel que tuviere un director y le obedeciere sin reservas y en todas las cosas –enseña el santo–, llegará a la meta más fácilmente que si estuviera solo, aunque poseyere muy aguda inteligencia y muy sabios libros de cosas espirituales...»14.
En la Santísima Virgen tenemos el modelo acabado de ese escuchar con oído atento lo que Dios nos pide, para ponerlo por obra con una disponibilidad total. «En efecto, en la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando “la obediencia de la fe” a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando “el homenaje del entendimiento y de la voluntad” (Const. Dei Verbum, 5)»15. A Ella acudimos, al terminar nuestra oración, pidiéndole que nos enseñe a oír atentamente todo lo que se nos dice de parte de Dios, y a ponerlo en práctica.

5 de septiembre de 2015

SABADO de la 22a semana del tiempo ordinario

Lucas 6,1-5.

Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían. 
Algunos fariseos les dijeron: "¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?". 
Jesús les respondió: 

"¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, 
cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?". 
Después les dijo: 

"El hijo del hombre es dueño del sábado". 

LA FE DE MARIA

— El sábado, un día dedicado a la Virgen. Honrarla especialmente y meditar sus virtudes.
— La obediencia de la fe.
— Vida de fe de Santa María.
I. Hoy, sábado, es un día apropiado para que meditemos la vida de fe de la Virgen y le pidamos su ayuda para crecer más y más en esta virtud teologal. Desde los primeros siglos, los cristianos han dedicado este día de la semana a honrar de modo muy particular a Nuestra Señora. Algunos teólogos, antiguos y recientes, señalan razones de conveniencia para honrar en este día a nuestra Madre del Cielo. Entre otras, porque el sábado fue para Dios el día de descanso, y la Virgen fue aquella en la que –como escribe San Pedro Damián– «por el misterio de la Encarnación, Dios descansó como en un lecho sacratísimo»1; el sábado es también preparación y camino del domingo, símbolo y signo de la fiesta del Cielo, y la Virgen Santísima es la preparación y el camino hacia Cristo, puerta de la felicidad eterna2. Santo Tomás señala que dedicamos el sábado a nuestra Madre porque «conservó en ese día la fe en el misterio de Cristo mientras Él estaba muerto»3. Y además está el argumento de amor: los cristianos necesitamos un día particular para honrar a Santa María.
Desde muy antiguo, en iglesias, capillas, ermitas y oratorios se reza o se canta la Salve, u otras preces marianas, en la tarde del sábado. Y muchos cristianos procuran esmerarse este día en honrar a la Reina del Cielo: escogen una jaculatoria para repetírsela muchas veces en el día, hacen una visita a alguna persona enferma o sola o necesitada, ofrecen una mortificación que marca ese día mariano, acuden a rezar a alguna ermita o iglesia dedicada a la Virgen, ponen más atención en las oraciones que le dirigen: Santo Rosario, Ángelus o Regina Coeli, la Salve...
Existen muchas devociones marianas, y el cristiano no tiene por qué vivirlas todas, pero «no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María.
»Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia»4.
«Si buscas a María, encontrarás “necesariamente” a Jesús, y aprenderás –siempre con mayor profundidad– lo que hay en el Corazón de Dios»5. Consideremos cómo vivimos el sábado habitualmente, y si tenemos específicos detalles de cariño hacia la Virgen.
II. Busquemos hoy a Nuestra Señora meditando su fe grande, mayor que la de cualquier otra criatura. Antes de que el Ángel anunciara a la Virgen que había sido elegida para ser la Madre de Dios, Ella meditaba la Sagrada Escritura y profundizaba en su conocimiento como nunca lo hizo otra inteligencia humana. Su entendimiento, que nunca había estado afectado por los daños del pecado, y además esclarecido por la fe y los dones del Espíritu Santo, meditaría con hondura las profecías referentes al Mesías. Esta luz divina, y su amor sin límites a Dios y a los hombres, le hacían anhelar y clamar por la venida del Salvador con mayor vehemencia que los Patriarcas y todos los justos que la habían precedido. Y el Señor se complacía en esa oración llena de fe y de esperanza. Ella, con esa oración, daba más gloria a Dios que el universo entero con todas las demás criaturas.
Cuando llegó la plenitud de los tiempos, bajo la mirada amorosa de la Santísima Trinidad, ante la expectación de los ángeles del Cielo, la Virgen recibe la embajada del Ángel: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres6. Narra San Lucas que la Virgen se turbó al escuchar el mensaje del Ángel, y se puso a considerar qué significaría tal salutación7. En su alma nada se resiste, nada se opone, todo está abierto a la acción directa de Dios. En Ella no hay limitación alguna al querer divino. Dios había preparado su corazón llenándola de gracia, y su libre cooperación a estos dones la convierte en buena tierra para recibir la semilla divina. Inmediatamente prestó su asentimiento pleno, abandonada en el Señor: fiat mihi secundum verbum tuum, hágase en mí según tu palabra.
«En la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando “la obediencia de la fe” a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando “el homenaje del entendimiento y de la voluntad” (Const. Dei Verbum, 5). Ha respondido, por tanto, con todo su “yo” humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con “la gracia de Dios que previene y socorre” y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo, que “perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones” (Ibídem, 5; cfr. Const. Lumen gentium, 56)»8. En la Anunciación tiene lugar el momento culminante de la fe de María: tiene realidad lo que tantas veces había meditado en la intimidad de su corazón; «pero es además el punto de partida, de donde inicia todo su “camino hacia Dios”, todo su camino de fe»9.
Esta es la primera consecuencia de la fe de Santa María en su vida: una plena obediencia a los planes de Dios, que Ella ve con especial hondura. Mirando a nuestra Madre del Cielo vemos nosotros si la fe nos mueve a llevar a cabo la voluntad de Dios, sin poner límites; a querer lo que Él quiere, cuando quiera y del modo que quiera. Examinemos cómo aceptamos las contrariedades normales de la jornada, cómo amamos la enfermedad, el dolor, los planes que hemos de cambiar por circunstancias imprevistas, el fracaso, todo aquello que es contrario a los propios planes o modos de actuar... Pensemos si realmente los resultados positivos y también estas realidades penosas o difíciles de llevar nos santifican, o si, por el contrario, nos alejan del Señor.
III. La vida de Nuestra Señora no fue fácil. No le fueron ahorradas pruebas y dificultades, pero su fe saldrá siempre victoriosa y fortalecida, convirtiéndose en modelo para todos nosotros. «Como Madre, enseña; y, también como Madre, sus lecciones no son ruidosas. Es preciso tener en el alma una base de finura, un toque de delicadeza, para comprender lo que nos manifiesta, más que con promesas, con obras.
»Maestra de fe. ¡Bienaventurada tú, que has creído! (Lc 1, 45), así la saluda Isabel, su prima, cuando Nuestra Señora sube a la montaña para visitarla. Había sido maravilloso aquel acto de fe de Santa María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). En el Nacimiento de su Hijo contempla las grandezas de Dios en la tierra: hay un coro de ángeles, y tanto los pastores como los poderosos de la tierra vienen a adorar al Niño. Pero después la Sagrada Familia ha de huir a Egipto, para escapar de los intentos criminales de Herodes. Luego, el silencio: treinta largos años de vida sencilla, ordinaria, como la de un hogar más de un pequeño pueblo de Galilea»10.
En los años de Nazaret brilla en silencio la fe de la Virgen. El Hijo que Dios le ha dado es un niño que crece y se desarrolla como el resto de los seres humanos, que aprende a hablar, a caminar y a trabajar como los demás. Pero sabe que aquel niño es el Hijo de Dios, el Mesías esperado durante siglos. Cuando lo contempla inerme en sus brazos, sabe que es el Omnipotente. Sus relaciones con Él están llenas de amor, porque es su hijo, y de respeto, porque es su Dios. Cuando salen de su boca las primeras palabras entrecortadas, lo mira como a la Sabiduría infinita; cuando lo ve entretenido en sus juegos de niño, o fatigado –después de una jornada de trabajo junto a José, cuando ya es un adolescente–, reconoce en Él al Creador del cielo y de la tierra.
La Virgen actualizaba su fe en los pequeños sucesos de los días normales; se encendía en el trato íntimo con Jesús, y fue creciendo de día en día con esa oración continua que era la relación permanente con su Hijo, enfocando con visión sobrenatural los pequeños y grandes acontecimientos de su vida, santificando «lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad»11.
La fe de Santa María alcanzó su punto culminante iuxta crucem Iesu. Sin palabras, con su sola presencia en el Calvario por designio divino12, manifiesta que la luz de la fe alumbra con esplendor incomparable en su corazón.
Toda la vida de María fue una obediencia a la fe. Contemplándola se comprende que «creer quiere decir “abandonarse” en la verdad misma de la palabra de Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente “¡cuán insondables son sus designios einescrutables sus caminos!” (Rom 11, 33). María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos “inescrutables caminos” y de los “insondables designios” de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino»13.
«Nos falta fe. El día en que vivamos esta virtud –confiando en Dios y en su Madre–, seremos valientes y leales. Dios, que es el Dios de siempre, obrará milagros por nuestras manos.
»—¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea!»14, que sepa enfocar y dirigir todos los acontecimientos con una fe serena e inconmovible.

4 de septiembre de 2015

VIERNES de la 22a semana del tiempo ordinario

Lucas 5,33-39.

En aquel tiempo, los escribas y los fariseos dijeron a Jesús: 
"Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oración, lo mismo que los discípulos de los fariseos; en cambio, los tuyos comen y beben". 
Jesús les contestó: 

"¿Ustedes pretenden hacer ayunar a los amigos del esposo mientras él está con ellos? 
Llegará el momento en que el esposo les será quitado; entonces tendrán que ayunar". 
Les hizo además esta comparación: 

"Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque se romperá el nuevo, y el pedazo sacado a este no quedará bien en el vestido viejo. 
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres; entonces el vino se derramará y los odres ya no servirán más. 
¡A vino nuevo, odres nuevos! 
Nadie, después de haber gustado el vino viejo, quiere vino nuevo, porque dice: El añejo es mejor".