"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de noviembre de 2015

SABADO de la 31a semana del tiempo ordinario

Lucas 16,9-15.

Jesús decía a sus discípulos: 
"Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. 
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. 
Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? 
Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? 
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero". 
Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús. 
El les dijo: 

"Ustedes aparentan rectitud ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para
Dios" 

UNIDAD DE VIDA


— Pertenecemos a Dios por entero.
— Unidad de vida.
— Rectificar la intención.
I. En la Antigüedad, el siervo se debía íntegramente a su señor. Su actividad llevaba consigo una dedicación tan total y absorbente que no cabía compartirla con otro trabajo u otro amo. Así se entienden mejor las palabras de Jesús, que leemos en el Evangelio de la Misa1Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro, o preferirá a uno y despreciará al otro. Y concluye el Señor: No podéis servir a Dios y al dinero.
Seguir a Cristo significa encaminar a Él todos nuestros actos. No tenemos un tiempo para Dios y otro para el estudio, para el trabajo, para los negocios: todo es de Dios y a Él debe ser orientado. Pertenecemos por entero al Señor y a Él dirigimos nuestra actividad, el descanso, los amores limpios... Tenemos una sola vida, que se ordena a Dios con todos los actos que la componen. «La espiritualidad no puede ser nunca entendida como un conjunto de prácticas piadosas y ascéticas yuxtapuestas de cualquier modo al conjunto de derechos y deberes determinados por la propia condición; por el contrario, las propias circunstancias, en cuanto respondan al querer de Dios, han de ser asumidas y vitalizadas sobrenaturalmente por un determinado modo de desarrollar la vida espiritual, desarrollo que ha de alcanzarse precisamente en y a través de aquellas circunstancias»2.
Como el hilo sujeta las cuentas de un collar, así el deseo de amar a Dios, la rectitud de intención, dan unidad a todo cuanto hacemos. Por el ofrecimiento de obras pertenecen al Señor todas nuestras actividades de la jornada, las alegrías y las penas. Nada queda fuera del amor. «En nuestra conducta ordinaria, necesitamos una virtud muy superior a la del legendario rey Midas: él convertía en oro cuanto tocaba.
»—Nosotros hemos de convertir –por amor– el trabajo humano de nuestra jornada habitual, en obra de Dios, con alcance eterno»3.
El quehacer de todos los días, el cuidado de los instrumentos que empleamos en el trabajo, el orden, la serenidad ante las contradicciones que se presentan, la puntualidad, el esfuerzo que supone el cumplimiento del deber... es la materia que debemos transformar en el oro del amor a Dios. Todo está dirigido al Señor, que es quien da un valor eterno a nuestras obras más pequeñas.
II. El empeño por vivir como hijos de Dios se realiza principalmente en el trabajo, que hemos de dirigir a Dios; en el hogar, llenándolo de paz y de espíritu de servicio; y en la amistad, camino para que los demás se acerquen más y más al Señor. Con todo, en cualquier momento del día o de la noche debemos mantener ese empeño por ser, con la ayuda de la gracia, hombres y mujeres de una pieza, que no se comportan según el viento que corre o que dejan el trato con el Señor para cuando están en la iglesia o recogidos en oración. En la calle, en el trabajo, en el deporte, en una reunión social, somos siempre los mismos: hijos de Dios, que reflejan con amabilidad su seguimiento a Cristo en situaciones bien diversas: ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios4, aconsejaba San Pablo a los primeros cristianos. «Cuando te sientes a la mesa –comenta San Basilio a propósito de este versículo–, ora. Cuando comas pan, hazlo dando gracias al que es generoso. Si bebes vino, acuérdate del que te lo ha concedido para alegría y alivio de enfermedades. Cuando te pongas la ropa, da gracias al que benignamente te la ha dado. Cuando contemples el cielo y la belleza de las estrellas, échate a los pies de Dios y adora al que con su Sabiduría dispuso todas estas cosas. Del mismo modo, cuando sale el sol y cuando se pone, mientras duermas y despierto, da gracias a Dios que creó y ordenó todas estas cosas para provecho tuyo, para que conozcas, ames y alabes al Creador»5. Todas las realidades nobles nos deben llevar a Él.
De la misma manera que cuando se ama a una criatura de la tierra se la quiere las veinticuatro horas del día, el amor a Cristo constituye la esencia más íntima de nuestro ser y lo que configura nuestro actuar. Él es nuestro único Señor, al que procuramos servir en medio de los hombres, siendo ejemplares en el trabajo, en los negocios, a la hora de vivir la doctrina social de la Iglesia en los diversos ámbitos de nuestra actividad, en el cuidado de la naturaleza, que es parte de la Creación divina... No tendría sentido que una persona que tratara al Señor con intimidad no se esforzara a la vez, y como una consecuencia lógica, por ser cordial y optimista, por ser puntual en su trabajo, por aprovechar el tiempo, por no hacer chapuzas en su tarea...
El amor a Dios, si es auténtico, se refleja en todos los aspectos de la vida. De aquí que, aunque las cuestiones temporales tengan su propia autonomía y no exista una «solución católica» a los problemas sociales, políticos, etc., tampoco existan ámbitos de «neutralidad», donde el cristiano deje de serlo y de actuar como tal6. Por eso, el apostolado fluye espontáneo allí donde se encuentra un discípulo de Cristo, porque es consecuencia inmediata de su amor a Dios y a los hombres.
III. Los fariseos que escuchaban al Señor eran amantes del dinero y trataban de compaginar su amor a las riquezas y a Dios, al que pretendían servir. Por eso, se burlabande Jesús. También hoy los hombres tratan, en ocasiones, de ridiculizar el servicio total a Dios y el desprendimiento de los bienes materiales, porque –como los fariseos– no solo no están dispuestos a ponerlo en práctica, sino que ni siquiera conciben que otros puedan tener esa generosidad: piensan, quizá, que pueden existir ocultos intereses en quienes de verdad han escogido, en medio del mundo o fuera de él, a Cristo como único Señor7.
Jesús pone al descubierto la falsedad de aquella aparente bondad de los fariseos:Vosotros -les dice- os hacéis pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que parece excelso ante los hombres, es abominable delante de Dios. El Señor señala con una palabra fortísima –abominable– la conducta de aquellos hombres faltos de unidad de vida que, con la apariencia de ser fieles servidores de Dios, estaban muy lejos de Él, como se reflejaba en sus obras: gustan pasear vestidos con largas túnicas y anhelan los saludos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran las casas de las viudas con el pretexto de largas oraciones...8. En realidad, poco o nada amaban a Dios; se amaban a sí mismos.
Dios conoce vuestros corazones. Estas palabras del Señor nos deben llenar de consuelo, a la vez que nos llevarán a rectificar muchas veces la intención para rechazar los movimientos de vanidad y de vanagloria, de tal modo que nuestra vida entera esté orientada a la gloria de Dios. Agradar al Señor ha de ser el gran objetivo de todas nuestras acciones. El Papa Juan Pablo I, cuando aún era Patriarca de Venecia, escribía este pequeño cuento, lleno de enseñanzas. A la entrada de la cocina estaban echados los perros. Juan, el cocinero, mató un ternero y echó las vísceras al patio. Los perros las comieron, y dijeron: «Es un buen cocinero, guisa muy bien».
Poco tiempo después, Juan pelaba los guisantes y las cebollas, y arrojó las mondaduras al patio. Los perros se arrojaron sobre ellas, pero torciendo el hocico hacia el otro lado dijeron: «El cocinero se ha echado a perder, ya no vale nada».
Sin embargo, Juan no se conmovió lo más mínimo por este juicio, y dijo: «Es el amo quien tiene que comer y apreciar mis comidas, no los perros. Me basta con ser apreciado por mi amo»9. Si actuamos de cara a Dios, poco o nada nos debe importar que los hombres no lo entiendan o que lo critiquen. Es a Dios a quien queremos servir en primer lugar y sobre todas las cosas. Luego resulta que este amor con obras a Dios es, a la vez, la mayor tarea que podemos llevar a cabo en favor de nuestros hermanos los hombres.
Nuestra Madre Santa María nos enseñará a enderezar nuestros días y nuestras horas para que nuestra vida sea un verdadero servicio a Dios. «No me pierdas nunca de vista el punto de mira sobrenatural. -Rectifica la intención, como se rectifica el rumbo del barco en alta mar: mirando a la estrella, mirando a María. Y tendrás la seguridad de llegar siempre a puerto»10.

6 de noviembre de 2015

VIERNES de la 31a semana del tiempo ordinario

Lucas 16,1-8.

Jesús decía a sus discípulos: 
"Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. 
Lo llamó y le dijo: '¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto'. 
El administrador pensó entonces: '¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. 
¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!'. 
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: '¿Cuánto debes a mi señor?'. 
'Veinte barriles de aceite', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez'. 
Después preguntó a otro: 'Y tú, ¿cuánto debes?'. 'Cuatrocientos quintales de trigo', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo y anota trescientos'. 
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz." 

REZAR POR LOS DIFUNTOS

— La ayuda a las almas del Purgatorio, una verdad vivida en la Iglesia desde los primeros tiempos.
— Acortar su espera para entrar en el Cielo con nuestra oración y buenas obras.
— Las indulgencias.
I. En este mes de noviembre la Iglesia, como buena Madre, multiplica los sufragios por las almas del Purgatorio y nos invita a meditar sobre el sentido de la vida a la luz de nuestro fin último: la vida eterna, a la que nos encaminamos deprisa.
La liturgia nos recuerda que a las almas que se purifican en el Purgatorio llega el amor de sus hermanos de la tierra, que se puede merecer por ellas y acortar esa espera del Cielo. La muerte no destruye la comunidad fundada por el Señor, sino que la perfecciona. La unión en Cristo es más fuerte que la separación corporal, porque el Espíritu Santo es un poderoso vínculo de unión entre los cristianos. Hasta ellos fluye el amor y la fidelidad de los que peregrinan por la tierra llevándoles alegría y acortando ese poco espacio que todavía les separa de la bienaventuranza eterna; y esto, aunque no se intente expresamente. Si se quiere conscientemente, esa corriente de amor y alegría hacia ellos es mayor aún1.
En la Liturgia de las Horas2 leemos hoy la narración de una batalla que los israelitas ganaron con la ayuda divina. Al día siguiente de la victoria, cuando Judas Macabeo mandó recoger los cuerpos de los soldados caídos en la lucha, se descubrió que habían muerto aquellos que entre sus ropas llevaban objetos consagrados a los ídolos de los pueblos vecinos. Al ver esto, todos bendijeron al Señor, justo Juez, que descubre las cosas ocultas. Judas Macabeo mandó entonces hacer una colecta, y recogieron dos mil dracmas, que envió a Jerusalén para ofrecer sacrificios por el pecado. Porque –concluye el autor sagrado– obra santa y piadosa es orar por los difuntos para que sean absueltos de sus pecados.
Innumerables epitafios y muchos textos atestiguan que la Iglesia, desde los primeros tiempos, «conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos y ofreció sufragios por ellos»3, con el pleno convencimiento de que podía aliviar las penas de las almas del Purgatorio. Pues «si los hombres de Matatías expiaron con oblaciones los crímenes de aquellos que cayeron en el combate después de haber obrado impíamente –comenta San Efrén–, ¡cuánto más los sacerdotes del Hijo expían, con santas ofrendas y la oración de su boca, los pecados de los difuntos!»4.
Tanto arraigó entre los primeros cristianos la costumbre de pedir por los difuntos que muy pronto se estableció un lugar fijo dentro de la Misa para recomendarlos a Dios, incluso por sus nombres: acuérdate, Señor, de tus hijos N. y N., que nos han precedido en el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, te rogamos les concedas el lugar del consuelo, de la luz y de la paz. En otra Plegaria Eucarística podemos leer: Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron con la esperanza de la resurrección y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro5. Estos términos empleados en la liturgia de la Misa provienen muy probablemente de los epitafios de los sepulcros de las catacumbas: «con el signo de la fe», «con el sueño de los justos», «lugar de refrigerio», son fórmulas que se encuentran en los cementerios romanos de los primeros siglos y en las Actas de los Mártires6.
Esta verdad –la de poder interceder por quienes nos precedieron–, admitida desde siempre por el pueblo cristiano, fue declarada solemnemente como verdad de fe7.
Nosotros, mientras hacemos este rato de meditación, podemos recordar a esas personas que ya han muerto y que siguen estando unidas a nosotros por fuertes vínculos. Examinemos hoy cómo es nuestra oración por ellos. No olvidemos que se trata de una gran obra de misericordia muy grata al Señor.
II. ¡Oh Dios!, Tú eres mi Dios, yo te busco desde el amanecer; mi alma tiene sed de Ti, mi carne languidece junto a Ti, como tierra árida y seca, sin agua8Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo iré y compareceré ante la faz de Dios?9. A las almas del Purgatorio se les puede aplicar con especial fuerza esta necesidad y deseo del autor sagrado.
Los pecados llevan consigo un doble desorden. En primer lugar, está la ofensa a Dios, que acarrea para el alma lo que los teólogos llaman reato de culpa, la enemistad y alejamiento de Dios que, si se trata de un pecado mortal, supone una desviación radical del alma respecto al fin para el que ha sido creada, y se hace merecedora de la privación eterna de Dios. Esa culpa, en el caso de los pecados cometidos después del Bautismo, se perdona en la Confesión sacramental.
Además, y en la medida en que el pecado significa una conversión hacia las criaturas, provoca un desorden que alcanza al propio pecador, que trunca su propia realización personal, y a los otros fieles, a los que está unido íntimamente por la Comunión de los Santos, y a los que perjudica y ofende, pues, ciertamente, «el pecado merma al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud»10; pero además, «el alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero»11. Estas consecuencias del pecado personal es lo que se llama reato, o resto, de pena, que subsiste ordinariamente incluso después de la absolución sacramental, y que ha de repararse en esta vida con el cumplimiento de la penitencia impuesta en la Confesión, de otras buenas obras, o mediante las indulgencias concedidas por la Iglesia. El alma que sale de este mundo sin la suficiente reparación, o con pecados veniales y faltas de amor a Dios, deberá purificarse en el Purgatorio12, pues en el Cielo no puede entrar nada sucio13. Allí satisfacen por sus culpas y manchas, sin merecimiento alguno –con la muerte termina el tiempo de merecer–, sin aumento de su amor a Dios.
En el Purgatorio, junto a un dolor inimaginable, existe también una gran alegría, porque las almas allí detenidas se saben confirmadas en gracia y, por tanto, destinadas a la felicidad eterna. Nosotros podemos merecer y ayudar a las almas que se preparan para entrar en el Cielo, principalmente con la Santa Misa, lo más grande que –unidos a Cristo– podemos ofrecer a Dios Padre en este mundo. La Iglesia, al conmemorar cada año a todos los fieles difuntos, se acuerda, especialmente a lo largo de este mes de noviembre, de esos hijos suyos que aún no pueden participar plenamente de la bienaventuranza eterna, y alienta al frecuente ofrecimiento del Santo Sacrificio por ellos, concede especiales indulgencias aplicables a estas almas y mueve a todos a que colaboren en una obra de misericordia que da sus frutos más allá del mundo terreno. El Señor ha querido que cualquier obra buena realizada en estado de gracia pueda ayudar a los difuntos y alcanzar un premio ante Él; y estos méritos pueden ser aplicados por los difuntos del Purgatorio, a modo de sufragio, de ayuda. Así, la recepción de los sacramentos, especialmente de la Comunión, el Santo Rosario, el ofrecimiento de la enfermedad, del dolor, de las contrariedades de cada día. Entre estas obras disponemos cada jornada de un gran instrumento de ayuda a nuestros hermanos difuntos: el trabajo o el estudio, hechos a conciencia, con perfección humana y sentido sobrenatural.
III. Particular importancia en la ayuda que podemos prestar a las almas del Purgatorio tienen las indulgencias, plenarias o parciales, que pueden aplicarse como un sufragio; incluso algunas están previstas exclusivamente en favor de los difuntos. La Iglesia concede indulgencia parcial por muchas obras de piedad (por la oración mental, el rezo del Ángeluso del Regina Coeli; el uso de un objeto piadoso –crucifijo, cruz, rosario, escapulario, medalla– bendecido por un sacerdote, y si está bendecido por el Romano Pontífice o por un prelado se gana indulgencia plenaria en la fiesta de San Pedro y San Pablo realizando un acto de fe; lectura de la Sagrada Escritura; rezo del Acordaos; Comunión espiritual, con cualquier fórmula; todas las letanías; rezo del Adoro te devote; Salve; oración por el Papa; retiro espiritual...), y algunas las enriquece aún más, otorgándoles –con las condiciones habituales: Confesión, Comunión, oración por el Romano Pontífice– el beneficio de laindulgencia plenaria, que remite toda la pena temporal debida por los pecados. Es lo que sucede, por ejemplo, con el rezo del Rosario en familia, la práctica del Viacrucis, la media hora de oración ante el Santísimo Sacramento, la piadosa visita a un cementerio en estos primeros ocho días del mes de noviembre...
Según enseñan Santo Tomás de Aquino14 y otros muchos teólogos, las almas del Purgatorio pueden acordarse de las personas queridas que han dejado en la tierra y pedir por ellas, aunque ignoren –a no ser que Dios se lo quiera manifestar– las necesidades concretas de quienes aún viven en la tierra. Interceden por sus seres queridos que dejaron aquí, como nosotros rezamos por ellos aun sin saber con certeza si están en el Purgatorio o gozan ya de Dios en el Cielo. Ellas no pueden merecer, pero sí interceder, poniendo delante del Señor los méritos adquiridos aquí en la tierra; nos ayudan en muchas de las necesidades diarias, «y especialmente a los que estuvieron unidos a ellos durante esta vida»15, a quienes más les ayudaron a alcanzar la salvación, a quienes tenían especialmente encomendados. No dejemos de acudir a ellas..., y seamos generosos en los sufragios a los que la liturgia nos mueve en este mes de modo muy particular.

5 de noviembre de 2015

JUEVES de la 31a semana del tiempo ordinario

Lucas 15,1-10.

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. 
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". 
Jesús les dijo entonces esta parábola: 
"Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? 
Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, 
y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido". 
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse". 
Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? 
Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido". 
Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte". 

CARTA DEL PRELADO DEL MES DE NOVIEMBRE


Opus Dei - Carta del Prelado (noviembre de 2015)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Grande es mi dicha por la ordenación diaconal de un grupo de hermanos vuestros, que tuvo lugar ayer en la Basílica de San Eugenio. Dedicándose a las actividades apostólicas de la Prelatura, que es una parte viva del Cuerpo místico de Cristo, estos hijos míos servirán con toda su alma a la Iglesia, tan necesitada de ministros sagrados que luchen por ser santos, doctos, alegres y deportistas en la vida espiritual, como deseaba san Josemaría. Roguemos a Dios con insistencia que nunca falte este don en el mundo entero, con seminaristas y sacerdotes santos en las diócesis.
El comienzo de este mes trae a nuestra mente la verdad tan consoladora de la Comunión de los santos. Hoy recordamos especialmente a los fieles que ya gozan de la Santísima Trinidad en el Cielo, y mañana estarán muy presentes en nuestras oraciones los fieles difuntos, que aún se purifican en el Purgatorio, con quienes hemos de trabar una honda amistad.
Recuerdo la devoción con que nuestro Padre transcurría esta jornada, deseando que —gracias también a los sufragios que ofrece la Iglesia— las benditas ánimas recibiesen la remisión total de las penas temporales debidas por los pecados, y así poder llegar a la presencia beatificante de Dios. Tanto le urgía esta manifestación de misericordia, de caridad, que dispuso que en el Opus Dei se aplicara frecuentemente la celebración de la Santa Misa, la Sagrada Comunión y el rezo del Rosario por el descanso eterno de sus hijas y de sus hijos, de nuestros padres y hermanos, de los Cooperadores difuntos, y por todos los que han dejado este mundo. Seamos generosos en la aplicación de esos sufragios y añadamos de nuestra parte lo que nos parezca oportuno; sobre todo el ofrecimiento de un trabajo acabado con perfección, con espíritu alegre de oración y de penitencia.
Muy pertinente resulta la recomendación de san Pablo: cotídie mórior[1], cada día muero al pecado, para resucitar con Cristo Jesús. San Josemaría, al asumir el consejo del Apóstol, nos invitaba a meditar frecuentemente en el final de la vida terrena, con el afán de prepararnos lo mejor posible para el encuentro con Dios. La muerte es una realidad que afecta a todos, sin excepción; muchos la temen y hacen lo posible por olvidarla. No debería ser así para un cristiano consecuente con su fe. A los "otros", la muerte les para y sobrecoge. —A nosotros, la muerte —la Vida— nos anima y nos impulsa. Para ellos es el fin: para nosotros, el principio[2].
Sin embargo, ese paso se nos presenta a veces con contornos dramáticos, especialmente cuando aparece de modo imprevisto, o cuando afecta a personas aún jóvenes, ante las que se abría un futuro lleno de posibilidades. El Santo Padre comenta que en estos casos, para muchas personas, la muerte es como un agujero negro que se abre en la vida de las familias y al cual no sabemos dar explicación alguna[3].
Pero no cabe olvidar que, como afirma la Sagrada Escritura, Dios no hizo la muerte, ni se goza con la pérdida de los vivientes[4]. El hombre fue creado con una naturaleza mortal, pero la sabiduría y la omnipotencia divinas le habían destinado a no morir, si nuestros primeros padres amaban y obedecían fielmente los mandatos divinos. Ellos se dejaron engañar por el tentador, y el resultado está a la vista: así como por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte (...), de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron[5].
Ayudan y consuelan mucho en este tema tantas consideraciones de nuestro Padre, que entre otros textos escribió: la muerte llegará inexorable. Por lo tanto, ¡qué hueca vanidad centrar la existencia en esta vida! Mira cómo padecen tantas y tantos. A unos, porque se acaba, les duele dejarla; a otros, porque dura, les aburre... No cabe, en ningún caso, el errado sentido de justificar nuestro paso por la tierra como un fin.
Hay que salirse de esa lógica, y anclarse en la otra: en la eterna. Se necesita un cambio total: un vaciarse de sí mismo, de los motivos egocéntricos, que son caducos, para renacer en Cristo, que es eterno[6].
Sólo una mirada de fe a Jesucristo crucificado nos permite atisbar este misterio, que tiene más de consuelo que de tristeza. Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que, «gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. "Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp 1, 21). "Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él" (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor»[7]. Aunque no sea totalmente correcta, sí que guarda un poso de verdad la respuesta de la madre de un hermano nuestro, que comentaba con fe, en punto de muerte: ¿cómo no me va a recibir el Señor, si yo he estado recibiéndole años y años en la Comunión cada día?
La certeza de la fe, unida a la esperanza y a la caridad, posee la capacidad de anular el velo de tristeza y de temor con que no pocas veces se considera el paso final de la existencia terrena; más aún, como muestra con especial claridad la marcha de esta tierra de los santos, con la fe es posible acoger la muerte con paz, porque se va al encuentro del Señor. No tengas miedo a la muerte. —Acéptala, desde ahora, generosamente..., cuando Dios quiera..., como Dios quiera..., donde Dios quiera. —No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga..., enviada por tu Padre-Dios. —¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte![8].
Estas reflexiones son tradicionales en la doctrina y en la conducta cristianas. No suponen algo negativo, ni pretenden fomentar inquietudes irracionales, sino un santo temor filial, lleno de confianza en Dios. Encierran un realismo sobrenatural y humano, con claras señales de que la sabiduría cristiana, desde la fe, confiere tranquilidad y confianza al alma.
Nuestro Padre nos enseñó a sacar consecuencias prácticas de la meditación sobre este momento y, en general, sobre los novísimosNo veamos muy en frío, por lo tanto, estas cosas, predicaba en una ocasión a un grupo de hijos suyos jóvenes. Yo no deseo que muera ninguno de vosotros. ¡Déjalos, Señor, no te los lleves todavía!, ¡que son jóvenes, y aquí abajo tienes pocos instrumentos! Espero que el Señor me escuchará... Pero puede venir en cualquier momento[9]. Y concluía: ¡Qué conciencia tan objetiva da la consideración de la muerte! ¡Qué buen remedio, para dominar las rebeldías de la voluntad y la soberbia de la inteligencia! Ámala, y dile al Señor con confianza: como Tú quieras, cuando Tú quieras, donde Tú quieras[10].
Suele resultar más duro, evidentemente, el hecho de la muerte, cuando afecta a las personas más queridas: padres, hijos, esposos, hermanos... Sin embargo, con la gracia de Dios, en la luz de la Resurrección del Señor, que no abandona a ninguno de los que el Padre le ha confiado, nosotros podemos quitar a la muerte su "aguijón", como decía el apóstol Pablo (cfr. 1 Cor 15, 55); podemos impedir que envenene nuestra vida, que haga vanos nuestros afectos, que nos haga caer en el vacío más oscuro[11]. Nada más cierto que el Señor nos quiere a su lado, para gozar de su santa visión y presencia. ¿Fomentamos a diario esta esperanza? ¿Rezamos con piedad —como nuestro Padre— el vultum tuum, Dómine, requíram[12], buscaré, Señor, tu rostro?
Esos momentos, que están acompañados del dolor, si en la familia cristiana ha echado profundas raíces la fe, se convierten —y de hecho así sucede muchas veces— en ocasión para reforzar los lazos que unen entre sí a los diversos miembros. En esta fe, podemos consolarnos unos a otros, sabiendo que el Señor venció la muerte una vez para siempre. Nuestros seres queridos no han desaparecido en la oscuridad de la nada: la esperanza nos asegura que ellos están en las manos buenas y fuertes de Dios. El amor es más fuerte que la muerte. Por eso el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido, y el amor nos custodiará hasta el día en que cada lágrima será enjugada, cuando ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor (Ap 21, 4)[13].
Esta visión cristiana ofrece el verdadero antídoto contra el temor que suele acometer a los hombres al comprobar la caducidad de la existencia terrena. A la vez, nada más lógico —como ya he señalado— que nos duela la muerte de los seres queridos, y que lloremos su partida. También Jesucristo lloró por la muerte de Lázaro, el amigo tan querido, antes de resucitarlo. Pero sin exageraciones, porque para un cristiano consecuente morir es ir de bodas. Así se expresaba san Josemaría, que comentaba:cuando se nos diga: ecce spónsus venit, exíte óbviam ei (Mt 25, 6)—sal, que viene el esposo, que viene Él a buscarte—, pediremos la intercesión de la Virgen. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora... ¡y verás a la hora de la muerte! ¡Qué sonrisa tendrás a la hora de la muerte! No habrá un rictus de miedo, porque estarán los brazos de María para recogerte[14].
Nuestro Padre, cuando el Señor llamaba a su presencia a alguna hija o a algún hijo suyo en edad juvenil, protestaba filialmente y experimentaba un profundo dolor; aunque, enseguida, aceptaba la Voluntad divina, que sabe lo que realmente nos conviene. Fiat, adimpleátur..., rezaba. ¡Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas! Amén. Amén[15]. Y alcanzaba la paz.
Todos estos pensamientos han de estar unidos siempre a la consideración de que la omnipotencia divina nos devolverá a la vida: vita mutátur, non tóllitur[16], la vida se cambia, no se pierde. La seguridad de sabernos cerca de Dios, con todas las ayudas que en esos momentos finales nos dispensa nuestra Madre la Iglesia, nos llevará a razonar así: Señor, creo que resucitaré; creo que mi cuerpo volverá a unirse con mi alma, para reinar eternamente contigo: por tus méritos infinitos, por la intercesión de tu Madre, por la predilección que has tenido conmigo[17].
Hijas e hijos míos, esforcémonos por transmitir esta alegría y esta seguridad de la fe. Recemos cada día por las personas que rendirán el alma al Señor, para que se abran a la abundantísima gracia que Dios, por intercesión de su Santísima Madre, conceden esos momentos. Y sigamos orando por la santidad de todos los hogares de la tierra, para que las conclusiones del reciente Sínodo impulsen a seguir con completa fidelidad los designios de salvación que el Señor ha inscrito en el núcleo mismo del matrimonio de la y familia.
Querría que os detuvierais en la sabiduría de la Iglesia santa, que ha unido la solemnidad de Todos los Santos al día dedicado, en la fecha inmediata, a la conmemoración de todos los fieles difuntos: saboread el gozo celestial que empapa la liturgia de este mes, y de todo el año.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier

4 de noviembre de 2015

MIERCOLES de la 31a semana del tiempo ordinario


Lucas 14,25-33.


Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: 
"Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. 
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. 
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? 
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: 
'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'. 
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? 
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. 
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo."