"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

12 de enero de 2019

JESUS CRECIA

—  Su Humanidad Santísima.
— Nuestro crecimiento sobrenatural. 
— La madurez humana y vida interior. Las virtudes humanas.
I. Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres1. En esta breve línea resume San Lucas los años de Jesús en Nazaret. Quiso el Señor, porque era hombre perfecto, que el paso de los años fuera acompañado de un progresivo crecimiento y manifestación de su sabiduría y de su gracia.
Según su naturaleza humana, Jesús crecía como uno de nosotros. El crecimiento en sabiduría ha de entenderse en cuanto a los conocimientos adquiridos a partir de las cosas que le rodeaban, de sus maestros, de la experiencia de la vida que tiene todo ser humano con el paso de los años. En la pequeña escuela de Nazaret aprendería la Sagrada Escritura, con los comentarios clásicos con que solía acompañarse siempre la explicación. Nos impresiona ver a Jesús leyendo el Antiguo Testamento y aprendiendo lo que se decía del Mesías; es decir, de Él mismo. Hemos de pensar que los comentaría con su Madre. José, el hombre de la casa, escucharía las conversaciones de ambos con una atención y un asombro incomparables, interviniendo él mismo en el diálogo.
Jesús aprendió de José muchísimas cosas, entre otras, el oficio con el que se ganó la vida y sostuvo luego la casa, cuando el Santo Patriarca abandonó este mundo. La Virgen debió dejar una profunda huella en su Hijo: en su forma de ser humana, en dichos y maneras de decir, en las mismas oraciones que todo judío aprendía de sus padres.
Además de esta ciencia experimental humana, que fue creciendo con la edad, había en Jesús otras dos clases de ciencia. En primer lugar la ciencia de los bienaventurados, la visión de la esencia divina en razón de la unión de la naturaleza humana de Cristo con la naturaleza divina en la única Persona del Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Esta ciencia, propia de Dios, no podía crecer: la tenía en plenitud.
Y también poseía Jesús la ciencia infusa, que perfeccionaba su inteligencia y por la que conocía todas las cosas, incluso las ocultas, como leer en los corazones de los hombres. Esta ciencia tampoco podía aumentar2.
En ocasiones, Jesús hacía preguntas: ¿Cómo te llamas?3. ¿Cuánto tiempo hace que sufres esa enfermedad?4. ¿Cuántos panes tenéis?5. Otras veces se sorprende y se admira6. Y es que, aunque Jesús poseía una ciencia divina con un conocimiento perfectísimo, quiso vivir una existencia plenamente humana. No finge cuando se admira o pregunta, porque estas son reacciones íntimas y profundas, propias del ser humano.
También nosotros debemos crecer en el conocimiento de Dios y de sus designios de salvación. No podemos quedarnos estancados en nuestra formación y en nuestros conocimientos de la doctrina. Al conocer mejor al Señor, también le sabremos tratar mejor, y de ese trato surgirá un amor cada vez más fecundo.
II. Dice San Cirilo, al tratar del crecimiento de Jesús, que lo dispuso la sabiduría divina para que el Redentor se asemejara en todo a nosotros7. Nuestra madurez en los años debe ir acompañada de un progresivo aumento de las virtudes humanas y de la vida sobrenatural.
El crecimiento que el Señor nos pide es del todo singular, pues en vez de ir dejando atrás nuestra juventud, como ocurre en la vida natural, la hace cada vez más fresca y lozana. En la vida física del hombre llega un momento en el que el «aún no» de la juventud deja paso al «ya no» de la vejez. En la vida sobrenatural ocurre el revés: la vida cristiana jamás se agosta; en todo momento podemos dirigirnos al Dios que alegra mi juventud8, aunque sea en la ancianidad. Dios vuelve joven a la persona que le ama.
Quizá hayamos conocido a personas santas, de largos años ya de vida con una gran juventud interior, nacida de su trato fiel con Cristo y manifestada en todo su actuar humano.
El crecimiento se obtiene por medio de la gracia, especialmente a través de los Sacramentos, y con el ejercicio de las virtudes. La gracia, que ha sido depositada en nuestros corazones como una simiente9, pugna por crecer y llevarnos a la plenitud10. El obstáculo es el pecado, el cual «es, en definitiva, una disminución del hombre mismo, que le impide alcanzar la propia plenitud»11.
El hombre espiritual se desarrolla por la acción del Espíritu12, mediante el ejercicio de las virtudes, y alcanza su plenitud bajo la influencia de los dones del Espíritu Santo, cuya misión es perfeccionar la vida sobrenatural incoada por las virtudes teologales. Esos dones se encuentran en toda alma en gracia.
La madurez, humana y sobrenatural, que hemos de alcanzar no es cosa de un momento. Es tarea de cada día, de muchos pequeños vencimientos, de corresponder a la gracia en lo pequeño. Hemos de poner empeño en ejercitar repetidamente las virtudes, mediante actos concretos. Con el ejercicio que supone cuidar los detalles en la práctica de las virtudes nos forjaremos un verdadero carácter, instrumento dócil a la acción del Espíritu Santo; una voluntad fija en las cosas de Dios, y de los demás por Dios.
III. Jesús crecía. Y Él ha querido que nuestro crecimiento sobrenatural vaya acompañado de una madurez también humana. Las virtudes naturales son cimiento de las sobrenaturales. No se concibe un buen cristiano sin que a la vez sea un buen padre, un buen ciudadano, un buen amigo. De hecho, la propia vocación humana se encuentra en cierto modo asumida en la vocación sobrenatural cristiana. «Cuando un alma se esfuerza por cultivar las virtudes humanas, su corazón está ya muy cerca de Cristo. Y el cristiano percibe que las virtudes teologales –la fe, la esperanza, la caridad–, y todas las otras que trae consigo la gracia de Dios, le impulsan a no descuidar nunca esas cualidades buenas que comparte con tantos hombres»13.
La gracia no actúa de espaldas a la propia naturaleza, a la realidad –física, psicológica y moral– sobre la que reposa. La vida interior sobrenatural adquiere normalmente su plenitud mientras la persona se desarrolla humanamente. El amor a Dios facilita y fortalece las mismas virtudes naturales.
La madurez humana «se manifiesta, sobre todo, en cierta estabilidad de ánimo, en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de juzgar los acontecimientos y los hombres»14.
El hombre adulto tiene de sí mismo una idea llena de realismo y de objetividad, distingue sus conquistas efectivas de lo que todavía es un proyecto o puro deseo, y acepta sus limitaciones. Esto le da un sentimiento de seguridad que le permite actuar de modo coherente, responsable y libre. Sabe adaptarse a las circunstancias, sin rigidez y sin debilidades, concediendo o exigiendo según sea preciso. La persona inmadura se engaña con frecuencia a sí misma en sus planes y proyectos, porque desconoce sus posibilidades reales; vive insegura, rehúye, mediante excusas, la responsabilidad de sus actos, y no acepta fácilmente sus derrotas y equivocaciones.
Son manifestaciones de inmadurez: el comportamiento altanero y arrogante, la tozudez, la petulancia, el no querer rectificar los propios errores, el intento de aparentar unas formas de comportamiento que no se corresponden con la edad, tener frecuentemente la imaginación puesta en sueños irreales y fantásticos.
El cristiano debe ser una persona serena, como lo fue el Señor, que no pierde su compostura en ninguna circunstancia, ni se deja llevar por arrebatos de malhumor o por reacciones intempestivas y desproporcionadas ante situaciones de las que se podía haber salido con una sonrisa o con un poco de paciencia.
El hombre con peso específico posee una prudente confianza en sí mismo, sin confiarse del todo porque conoce bien que sus «pies son de barro» y que puede fallar y equivocarse. Cuando el asunto lo requiera sabrá pedir el oportuno consejo, para luego decidir él mismo y cargar con la responsabilidad de sus actos.
Con la inmadurez se relacionan también muchas faltas de reciedumbre: la flojera, la incapacidad para sufrir un revés sin buscar el consuelo de la compasión ajena, el miedo al esfuerzo, las frecuentes quejas ante las contradicciones y molestias que se presentan en toda vida humana, la comodidad y el aburguesamiento, la falta de intensidad en el estudio o en el trabajo.
La madurez lleva consigo el ser realista y objetivo. «Un hombre soñador rara vez es un hombre luchador; es más cómodo y divertido refugiarse en un mundo fabricado por la imaginación a la propia medida y en el que siempre se es protagonista, que asirse a la realidad, comprenderla, y dominarla o sacarle partido. Por eso el soñador acaba siendo un abúlico»15, lo opuesto a un discípulo de Jesús.
La madurez exige tenacidad en las obras comenzadas para llevarlas a su fin, sin abandonos ante los obstáculos que, de un modo u otro, siempre se atravesarán en el camino.
Nuestra Madre Santa María, «modelo y escuela viva de todas las virtudes»16, también de las humanas, nos ayudará a llegar a la edad perfecta según Cristo17.

11 de enero de 2019

LA OBEDIENCIA DE JESÚS

EJEMPLO DE OBEDIENCIA  Hermana Clare Crockett
— Jesús, modelo de obediencia.

— Frutos de la obediencia.

— Obediencia y libertad. Obediencia por amor.

I. Después del encuentro en el Templo, Jesús regresó a Galilea con María y José. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto1. El Espíritu Santo ha querido dejar consignado este hecho en el Evangelio. La fuente solo puede provenir de María, que vio una y otra vez la obediencia callada de su Hijo. Es una de las pocas noticias que nos han llegado de estos años de vida oculta: que Jesús les obedecía. «Cristo, a quien el universo está sujeto –comenta San Agustín–, estaba sujeto a los suyos»2. Por obediencia al Padre, se sometió Jesús a quienes en su vida terrena encontró investidos de autoridad; en primer lugar, a sus padres.

Nuestra Señora debió de reflexionar en muchas ocasiones acerca de la obediencia de Jesús, que fue extremadamente delicada y a la vez sencilla y llena de naturalidad. San Lucas nos dice inmediatamente que su madre guardaba todas estas cosas en su corazón3.

Toda la vida de Jesús fue un acto de obediencia a la voluntad del Padre: Yo hago siempre lo que es de su agrado4, nos afirmará más tarde. Y en otra ocasión dijo claramente a sus discípulos: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra5.

El alimento es lo que da energías para vivir. Y Jesús nos dice que la obediencia a la voluntad de Dios –manifestada de formas tan diversas– deberá ser lo que alimente y dé sentido a nuestras vidas. Sin obediencia no hay crecimiento en la vida interior, ni verdadero desarrollo de la persona humana; la obediencia, «lejos de menoscabar la dignidad humana, la lleva por la más amplia libertad de los hijos de Dios, a la madurez»6.

No hay ninguna situación en nuestra vida que sea indiferente para Dios. En cada momento espera de nosotros una respuesta: la que coincide con su gloria y con nuestra personal felicidad. Somos felices cuando obedecemos, porque hacemos lo que el Señor quiere para nosotros, que es lo que nos conviene, aunque en alguna ocasión nos cueste.

La voluntad de Dios se nos manifiesta a través de los mandamientos de su Iglesia, de acontecimientos que suceden, y también de personas a quienes debemos obediencia.

II. La obediencia es una virtud que nos hace muy gratos al Señor.

En la Sagrada Escritura se nos narra la desobediencia de Saúl a un mandato que había recibido de Yahvé. Y a pesar de su victoria sobre los amalecitas y de los sacrificios que después ofreció el propio rey, el Señor se arrepintió de haberlo hecho rey, y, por boca del profeta Samuel, le dijo: Mejor es la obediencia que las víctimas7. Y comenta San Gregorio: «Con razón se antepone la obediencia a las víctimas; porque mediante la obediencia se inmola la propia voluntad»8. En la obediencia manifestamos nuestra entrega al Señor.

En el Evangelio vemos cómo obedece nuestra Madre Santa María, que se llama a sí misma la esclava del Señor9, manifestando que no tiene otra voluntad que la de su Dios. Obedece San José, y siempre con presteza, las cosas que se le ordenan de parte del Señor10. Es la prontitud en hacer lo mandado, una de las cualidades de la verdadera obediencia.

Los Apóstoles, a pesar de sus limitaciones, saben obedecer. Y porque confían en el Señor echan la red a la derecha de la barca11, donde les ha dicho Jesús, y obtienen una pesca abundante, a pesar de no ser la hora oportuna y de tener experiencia de que aquel día parecía no haber un solo pez en todo el lago. La obediencia y la fe en la palabra del Señor hacen milagros.

Muchas gracias y frutos van unidos a la obediencia. Los diez leprosos son curados por la obediencia a las palabras del Señor: Id y mostraos a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios12. Y lo mismo le ocurrió a aquel ciego a quien el Señor le puso lodo en los ojos, y le dijo: anda, y lávate en la piscina de Siloé, que significa el Enviado. Fue, pues, el ciego y se lavó allí, y volvió con vista13. «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa. ¿Te conduces tú así con los mandatos de Dios, cuando muchas veces estás ciego, cuando en las preocupaciones de tu alma se oculta la luz? ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree, pone por obra el mandato de Dios y vuelve con los ojos llenos de claridad»14. ¡Cuántas veces vamos a encontrar la luz nosotros también en esa persona puesta por Dios para que nos guíe y nos cure si somos dóciles en la obediencia! Dios Padre otorga el Espíritu Santo a los que obedecen15, se lee en los Hechos de los Apóstoles.

El Evangelio nos muestra muchos ejemplos de personas que supieron obedecer: los sirvientes de Caná de Galilea16, los pastores de Belén17, los Magos18... Todos recibieron abundantes gracias de Dios.

«La obediencia hace meritorios nuestros actos y sufrimientos de tal modo que, de inútiles que estos últimos pudieran parecer, pueden llegar a ser muy fecundos. Una de las maravillas realizadas por nuestro Señor es haber hecho que fuera provechosa la cosa más inútil, como es el dolor. Él lo ha glorificado mediante la obediencia y el amor. La obediencia es grande y heroica cuando por cumplirla está uno dispuesto a la muerte y a la ignominia»19.

III. «Jesucristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos, nos reveló su misterio y realizó la redención con su obediencia»20. Y San Pablo nos dice que se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz21. En Getsemaní, la obediencia de Jesús alcanza su punto culminante, cuando renuncia completamente a su voluntad para aceptar la carga de todos los pecados del mundo y así redimirnos: Padre, dice (...), no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú22. No nos extrañe si al abrazar la obediencia nos encontramos con la cruz. La obediencia exige, por amor a Dios, la renuncia a nuestro yo, a nuestra más íntima voluntad. Sin embargo, Jesús ayuda y facilita el camino, si somos humildes. «Díjome una vez (el Señor) –cuenta Santa Teresa–, que no era obedecer sino estar determinada a padecer, que pusiese los ojos en lo que Él había padecido y todo se me haría fácil»23.

Cristo obedece por amor, ese es el sentido de la obediencia cristiana: la que se debe a Dios y a sus mandamientos, la que se debe a la Iglesia, a los padres –a sus mandatos y a la doctrina del Magisterio–, y la que afecta a aquellas cosas más íntimas de nuestra alma. En todos los casos, de forma más o menos directa, estamos obedeciendo a Dios a través de las autoridades. Y no quiere el Señor servidores de mala gana, sino hijos que desean cumplir su voluntad.

La obediencia, que siempre supone sujeción y entrega, no es falta de libertad ni de madurez. Hay vínculos que esclavizan y otros que liberan. La cuerda que une al alpinista con sus compañeros de escalada no es atadura que perturbe, sino vínculo que da seguridad y evita la caída al abismo. Y los ligamentos que unen las partes del cuerpo no son ataduras que impiden los movimientos, sino garantía de que estos se realicen con soltura, armonía y firmeza.

Por el contrario, la verdadera libertad se ve amenazada por la sensualidad desordenada, la estrechez de pensamiento originada en el egoísmo y en la voluntad individualista. Estos obstáculos son superados por la obediencia que eleva y ensancha la propia personalidad.

La obediencia, lleva también consigo la educación verdadera del carácter y una gran paz en el alma, frutos del sacrificio y de la entrega de la propia voluntad por un bien más alto. Sirviendo a Dios, a través de la obediencia, se adquiere la verdadera libertad: Deo servire, regnare est. Servir a Dios es reinar... Te pedimos, Señor, que quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo, vivamos eternamente con Él en el reino de los Cielos24.

Si nos ponemos muy cerca de la Virgen aprenderemos con facilidad a obedecer con prontitud, alegría y eficacia. «Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38)»25.

10 de enero de 2019

JESÚS, NUESTRO MAESTRO

— El Señor es el Maestro de todos los hombres. Es nuestro único Maestro.
— Aprender de Él. Meditar el Evangelio.
— Jesús nos enseña en la intimidad de nuestro corazón.
I. Al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles1.
Los rabinos solían comentar en el Templo la Sagrada Escritura. Para los forasteros de Jerusalén era esta la única ocasión de ver y oír a los maestros más relevantes de Israel. Los oyentes tomaban asiento sobre las esteras alrededor del maestro y podían intervenir, y también ser preguntados sobre el texto que se explicaba. Las preguntas y respuestas de Jesús, aunque de acuerdo con su edad, llamaron poderosamente la atención de todos: Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas.
Cuando comience su vida pública, el Evangelista nos dirá que las gentes se maravillaban de su doctrina, pues la enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas2. Oyéndole, las multitudes se olvidaban del hambre y del frío de la intemperie. Nunca se opuso a que el pueblo le llamase profeta o maestro3, y a sus discípulos les decía: Vosotros me llamáis maestro y señor, y hacéis bien, porque lo soy4.
Con frecuencia Jesús utiliza la expresión: Pero Yo os digo. Quiere indicarnos que su doctrina tiene una fuerza especial: es el Hijo de Dios quien habla. Y se oyó una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo muy amado. Escuchadle5. Desde entonces ya no hay otro a quien escuchar.
Moisés os dijo..., pero Yo os digo. Los antiguos profetas se presentaban como portavoces de Dios: Así habla Yahvé, declaraban después de sus discursos. Jesús habla en nombre propio (cosa que jamás había hecho ningún profeta), e imparte una enseñanza divina. Precisa el sentido y el alcance de los mandamientos de Dios recibidos por Moisés en el Sinaí, corrige falsas interpretaciones. Sus preceptos, siguiendo la misma revelación del Antiguo Testamento, son sin embargo absolutamente nuevos. Nadie como Él ha mostrado la soberanía de Dios y, al mismo tiempo, su cualidad de Padre amorosamente preocupado de las cosas del mundo y, sobre todo, de sus hijos, los hombres. Nadie como Él ha señalado la verdad fundamental del hombre: su libertad interior y su intocable dignidad.
La vida de Jesús fue una predicación incesante. Habló en las sinagogas6, a la orilla del lago7, en el Templo8, en los caminos9, en las casas, en todas partes. Su doctrina nos ha sido transmitida, fidelísima y sustancialmente completa, a través de los Evangelios. Mucho más hizo Jesús; si se escribiera todo, creo que las obras escritas no cabrían en el mundo entero10, nos dice San Juan al terminar su Evangelio. Pero todo lo esencial lo conocemos tal y como sucedió, tal y como lo enseñó el Maestro. Nuestro único Maestro. Junto a Él nos sentimos seguros. Siempre dice a cada uno lo que necesita oír. Leyendo el Evangelio unos minutos todos los días con corazón leal, meditándolo despacio, uno se siente empujado a repetir con San Pedro. Señor, solo Tú tienes palabras de vida eterna11. Solo Tú, Señor. Examinemos cómo y con qué atención leemos el Evangelio.
II. Uno solo es vuestro Maestro, Cristo12. Si después ha habido maestros y doctores en su Iglesia13 ha sido porque Él los constituyó14, subordinándolos a Él, repetidores y testigos, de lo que han visto y oído15. A través de la Iglesia, del Evangelio, tal como se lee en la Iglesia, nos llega como por un canal la Buena Nueva de Cristo.
Solo se verá privado de oír su palabra quien se cierra a ella voluntariamente. Todos pueden comprenderla. La doctrina más sublime se hace accesible a los espíritus más sencillos. Los humildes, quienes se hacen pequeños como los niños, captan sin esfuerzo la doctrina, mientras que a los «sabios» que se dejan llevar por su soberbia no les da la luz el Espíritu Santo, y se quedan a oscuras, sin entender nada o deformando la verdad salvadora: Porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeñuelos16.
Jesús es el Maestro de todos, nuestro Maestro. Y puede serlo porque sabe Él mismo lo que hay dentro de cada hombre17. No se engaña sobre nuestras miserias y flaquezas: conoce bien el abismo de maldad que puede anidar en cada corazón. Pero conoce también, mejor que nosotros mismos, las posibilidades de generosidad, de sacrificio, de grandeza que existen también en todo corazón, y Él puede despertarlas con su Palabra viva.
La enseñanza de Cristo afecta al hombre entero en lo más profundo de su ser. «Es Maestro de una ciencia que solo Él posee: la del amor sin límites a Dios y, en Dios, a todos los hombres. En la escuela de Cristo se aprende que nuestra existencia no nos pertenece...»18.
Tomar a Jesús como Maestro es tomarlo por guía, andar sobre sus huellas, buscar con afán su voluntad sobre nosotros, sin desalentarnos jamás por nuestras derrotas, de las que Él nos levanta y las convierte en victorias una y otra vez. Tomarle como Maestro es querer parecernos cada vez más a Él: que los demás, al ver nuestro trabajo, nuestro comportamiento con la familia, con los extraños, y sobre todo con los más necesitados, puedan reconocer a Jesús. De la misma manera que en el trato habitual con una persona a la que se quiere mucho y se admira mucho, se termina por adoptar no solo su manera de pensar, sino sus expresiones y gestos, tratándole diariamente en la oración y meditando el santo Evangelio, nos pareceremos a Él, casi sin darnos cuenta: «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte y al oírte hablar: este lee la vida de Jesucristo»19.
III. Nos dice San Pablo que la palabra de Dios es viva y eficaz (Cfr. Heb 4, 12). La doctrina de Jesús es siempre actual, nueva para cada hombre; es una enseñanza personal porque va destinada a cada uno de nosotros. No es difícil reconocernos en un determinado personaje de una parábola o comprender en lo más íntimo de nuestra alma que unas palabras de Jesús hace veinte siglos fueron pronunciadas para nosotros, como si hubiéramos sido los únicos destinatarios. Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres a través de los profetas; últimamente, en estos días, nos ha hablado por su Hijo (Cfr. Heb 1, 1). Estos días son también los nuestros. Jesucristo sigue enseñando. Sus palabras, por ser divinas y eternas, son siempre actuales.
Leer el Evangelio con fe es creer que todo lo que se dice en él está, de alguna manera, ocurriendo ahora. Es actual la marcha y la vuelta del hijo pródigo; la oveja que anda perdida y el Pastor que ha salido a buscarla; la necesidad de la levadura para transformar la masa y la luz que debe iluminar la gran oscuridad que, con demasiada frecuencia, se cierne sobre el mundo y sobre el hombre. «En los Libros sagrados, el Padre que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual»20. Pero debemos aprender a oír a Cristo en nuestra vida y en nuestra alma, en las muchas formas y circunstancias en las que Él nos habla.
Cierto día estaba el Señor en casa de un fariseo llamado Simón. Y le interpeló Jesús: Simón, una cosa tengo que decirte21.
Cristo tiene siempre algo que decirnos, a cada uno en particular, personalmente. Para oírle hemos de tener un corazón que sepa escuchar, un corazón atento para las cosas de Dios. Él es el Maestro de siempre. Era el Maestro ayer y lo será mañana: Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre22. Y se dirige a cada hombre singular, a cada hombre que quiera escucharle. Todo aquel que con sinceridad de corazón busque un Norte para su vida, lo encontrará: el Señor no niega su gracia a quien de verdad lo busca.
Cuando Salomón, que amaba a Yahvé, era todavía joven, se le apareció Yahvé durante la noche en sueños, y le dijo: Pídeme lo que quieras que te dé. Y Salomón no pidió riquezas, ni poder, ni una vida larga..., sino sabiduría para gobernar al pueblo de Dios. Esto fue muy grato al Señor y le concedió un corazón sabio e inteligente, un corazón capaz de entender23.
También nosotros debemos pedir ante todo un corazón capaz de escuchar y de entender esas mociones interiores del Paráclito en nuestra alma, ese lenguaje de Dios que nos habla a través del Magisterio de la Iglesia, esa doctrina que nos llega con suma claridad a través del Papa y de los obispos unidos a él, que requiere una respuesta práctica. Conviene que repasemos ahora en nuestra meditación qué empeño y qué medios ponemos para conocer bien la doctrina del Magisterio. Y no solo conocerla, sino vivirla personalmente y difundirla entre los católicos y entre los hombres de buena voluntad. El Maestro, Jesús, nos habla a través de esa doctrina.
Y, en otro orden de cosas, también hemos de saber entender el lenguaje de Dios que nos habla a través de acontecimientos y personas que nos rodean. Muy especialmente en esas sugerencias precisas que nos vienen por medio de la dirección espiritual.
Le pedimos a la Virgen un oído atento a la voz de Dios, que nos habla hoy como lo hizo hace veinte siglos, aunque a veces utilice intermediarios.

9 de enero de 2019

ENCONTRAR A JESÚS

— Jesús perdido y hallado en el Templo. El dolor y la alegría de María y de José. 

— La realidad del pecado y el alejamiento de Cristo. La tibieza.

— Poner nosotros los medios para no perder a Jesús. Dónde podemos hallarlo.

I. Jesús creció en un clima de piedad y de cumplimiento de la Ley. Parte importante de esta eran las peregrinaciones al Templo. Tres veces al año celebraréis fiesta solemne en mi honor... Tres veces al año comparecerá todo varón ante Yahvé, su Dios1. Estas fiestas eran las de la Pascua, Pentecostés y la de los Tabernáculos, y, aunque no obligaban a ir al Templo a quienes vivían lejos, eran muchos los judíos de toda Palestina que se trasladaban a Jerusalén en alguna de esas fechas. La Sagrada Familia solía hacerlo en Pascua: Todos los años sus padres iban a Jerusalén por la fiesta de la pascua2. Aunque solo era obligatorio para los varones mayores de doce años, María, según se deduce del relato de San Lucas, acompañaba a José.

Nazaret dista de Jerusalén algo más de cien kilómetros por el camino más recto. Al llegar la Pascua solían reunirse varias familias para hacer el camino juntos, en cuatro o cinco jornadas.

Al ser ya el Niño de doce años cumplidos, subió a Jerusalén, según solían hacer en aquella fiesta3. Terminados los ritos pascuales, se inicia la vuelta a Nazaret. En estos viajes, las familias se dividían en dos grupos, uno de hombres y otro de mujeres. Los niños podían ir con cualquiera de los dos. Esto explica que pudiera pasar inadvertida la ausencia de Jesús hasta que terminó la primera jornada, momento en el que se reagrupaban todos para acampar.

¿Qué sintieron y pensaron entonces? Parece inútil describirlo. Creyeron haber perdido a Jesús, o que Jesús les había perdido a ellos, y andaba solo, Dios sabe por dónde. La aglomeración a la salida de la ciudad y por los caminos que a ella conducen era muy grande en esos días. Aquella noche debió ser terrible para María y para José. Por la mañana, muy temprano, comenzaron a desandar el camino y se dirigieron de nuevo a Jerusalén. Pasaron tres días, cansados, angustiados, preguntando a todo el mundo si habían visto a un niño como de doce años... Todo inútil.

María y José le perdieron sin culpa suya. Nosotros le perdemos por el pecado, por la tibieza, por la falta de espíritu de mortificación y de sacrificio. Entonces, nuestra vida sin Jesús se queda a oscuras.

Cuando nos encontremos en esa oscuridad hemos de reaccionar enseguida y buscarle, hemos de saber preguntar a quien puede y debe saberlo: «¿Dónde está el Señor?».

«La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su Hijo, perdido sin culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la alegría de abrazarnos de nuevo a Él, para decirle que no lo perderemos más.

»Madre de la ciencia es María, porque con Ella se aprende la lección que más importa: que nada vale la pena, si no estamos junto al Señor; que de nada sirven todas las maravillas de la tierra, todas las ambiciones colmadas, si en nuestro pecho no arde la llama de amor vivo, la luz de la santa esperanza que es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria»4.

II. María y José no perdieron a Jesús, fue Él quien se ausentó de su lado.

Con nosotros es distinto; Jesús jamás nos abandona. Somos nosotros los hombres quienes podemos echarlo de nuestro lado por el pecado, o al menos alejarlo por la tibieza. En todo encuentro entre el hombre y Cristo, la iniciativa siempre ha sido de Jesús; por el contrario, en toda situación de desunión, la iniciativa la llevamos siempre nosotros. Él no nos deja jamás.

Cuando el hombre peca gravemente se pierde para sí mismo y para Cristo. El hombre anda entonces sin sentido y sin dirección, pues el pecado desorienta esencialmente. El pecado es la mayor tragedia que puede sucederle a un cristiano. En unos pocos momentos se aparta radicalmente de Dios por la pérdida de la gracia santificante, pierde los méritos adquiridos a lo largo de toda su vida, queda sujeto de algún modo a la esclavitud del demonio y disminuye en él la inclinación a la virtud. El alejamiento de Dios «lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza»5.

Por desgracia, lo peor de todo es que para muchos esto apenas tiene importancia. Es la tibieza, el desamor, el que lleva a valorar poco o nada la compañía de Jesús, Él sí que valora estar con nosotros: murió en una cruz para rescatarnos del demonio y del pecado, y para estar siempre con cada uno de nosotros en este mundo y en el otro.

María y José amaban a Jesús entrañablemente; por eso le buscaron sin descanso, por eso sufrieron de una manera que nosotros no podemos comprender, por eso se alegraron tanto cuando de nuevo le encontraron. «Hoy no parece que haya mucha gente que sufra por su ausencia; cristianos hay para quienes la presencia o ausencia de Cristo en sus almas no significa prácticamente nada. Pasan de la gracia al pecado y no experimentan sufrimiento ni dolor, aflicción ni angustia. Pasan del pecado a la gracia y no dan la impresión de hombres que han vuelto del infierno, que han pasado de la muerte a la vida: no se les ve el alivio, el gozo, la paz y el sosiego de quien ha recuperado a Jesús»6.

Nosotros hemos de pedir hoy a María y a José que sepamos apreciar la compañía de Jesús, que estemos dispuestos a todo antes que perderle. ¡Qué oscuro estaría el mundo, y nuestro mundo, sin Jesús! ¡Qué gracia tan grande darnos cuenta de esto! «Jesús: que nunca más te pierda...»7. Pondremos todos los medios, sobrenaturales y humanos, para no caer en el pecado mortal y ni siquiera en el pecado venial deliberado. Si no ponemos empeño en aborrecer el pecado venial, sin la falsa excusa de que no es «grave», no llegaremos a un trato de intimidad con el Señor.

III. El Templo de Jerusalén tenía una serie de dependencias destinadas al culto y a la enseñanza de las Escrituras. En una de estas dependencias entraron María y José. Probablemente se trataba del atrio del Templo, donde se escuchaban las explicaciones de los doctores y se podía intervenir con preguntas y respuestas. Allí se encontraba Jesús; sus preguntas llamaban la atención de los doctores por su sabiduría y ciencia. Está como uno de tantos oyentes, sentado en el suelo, y también interviene como harían otros, pero las preguntas descubren su maravillosa sabiduría. Con todo era un modo de enseñar acomodado a su edad.

María y José están maravillados contemplando toda esta escena. María se dirige a Él llena de alegría por haberle encontrado. En sus palabras encuentra San Agustín una muestra de humildad y de deferencia hacia San José. «Pues, aun con haber merecido alumbrar al Hijo del Altísimo, era Ella humildísima, y al nombrarse no se antepone a su esposo, diciendo Yo y tu padre, sino: Tu padre y yo. No tuvo en cuenta la dignidad de su seno, sino la jerarquía conyugal. La humildad de Cristo, en efecto, no había de ser para su madre una escuela de soberbia»8.

La pérdida de Jesús no fue involuntaria por su parte. Teniendo plena conciencia de quién era y de la misión que traía, quiso comenzar de algún modo a cumplirla. Igual que hará después, busca ahora cumplir la voluntad del Padre celestial sin que sea un obstáculo la de sus padres terrenos. Para ellos debió de ser una dolorosa prueba; pero también un rayo de luz, que les va descubriendo el misterio de la vida de Jesús. Fue un episodio de la vida de Jesús que jamás olvidarían.

Para todos queda claro la conciencia que Jesús tiene de su misión y de ser el Hijo de Dios. Para penetrar un poco más en la respuesta habría que haber oído la entonación de la voz de Jesús mientras se dirige a sus padres. De todas formas, nos hace ver que los planes de Dios están siempre por encima de los planes terrenos, y si alguna vez se presenta conflicto entre ambos, es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres9.

Si alguna vez perdemos a Jesús, acordémonos de aquel consejo del mismo Señor: Buscad y encontraréis10. Le encontramos siempre en el Sagrario, en aquellas personas que Dios mismo ha dispuesto para señalarnos el camino; y si le hubiéramos ofendido gravemente, siempre nos está esperando en el sacramento de la Penitencia. En este sacramento nos disponemos a purificar nuestros ojos manchados por las faltas de amor y por los pecados veniales.

Quizá hoy nos puede hacer mucho bien, especialmente cuando estemos delante del Sagrario o cuando veamos los muros de una iglesia, decir como jaculatoria, repetir en la intimidad de nuestro corazón: «Jesús: que nunca más te pierda...»11. María y José serán nuestras ayudas para no perder de vista a Jesús a lo largo del día, y de toda nuestra vida.

8 de enero de 2019

SANTIFICAR el TARABAJO

— El Señor, que trabajó en el taller de San José, es nuestro modelo en el trabajo.
— Cómo fue el trabajo de Jesús. Cómo debe ser el nuestro.
—  Mortificaciones, detalles de caridad, competencia profesional en nuestra tarea.
I. Cuando meditamos la vida de Jesús, nos damos cuenta de que la mayor parte de su existencia la pasó en la oscuridad de un pueblo, apenas conocido dentro de su misma patria. Comprendemos que algunos de sus vecinos le dijeran: Sal de aquí para que vean las obras que haces, pues nadie hace las cosas en secreto si pretende darse a conocer1. El valor de las obras del Señor fue siempre infinito, y daba a su Padre la misma gloria cuando aserraba la madera, cuando resucitaba a un muerto y cuando le seguían las multitudes alabando a Dios.
Muchos acontecimientos tuvieron lugar en el mundo durante aquellos treinta años de Jesús en Nazaret. La paz de Augusto había terminado y las legiones romanas se disponían a contener el empuje de los invasores bárbaros... En Judea, Arquelao era desterrado por sus innumerables desórdenes... En Roma, el Senado había divinizado a Octavio Augusto... Pero el Hijo de Dios se hallaba entonces en un pequeño pueblo, a 40 kilómetros de Jerusalén. Vivía en una casa modesta, quizá hecha de adobes como las demás, con su Madre, María, pues José debió fallecer ya en ese tiempo. ¿Qué hacía allí Dios Hombre? Trabajaba, como los demás hombres del pueblo. En nada llamativo se diferenciaba de ellos, pues también era uno de ellos. Era perfecto Dios y hombre perfecto. Y nosotros no podemos olvidar que, tanto su vida oculta, como su vida apostólica, son la existencia temporal del Hijo de Dios.
Cuando Jesús vuelve más tarde a Nazaret, sus paisanos se extrañan de su sabiduría y de los hechos prodigiosos que de Él se cuentan; le conocen por su oficio y por ser el Hijo de María: ¿Qué sabiduría es la que se le ha dado?... ¿No es éste el artesano, el hijo de María?...2. San Mateo nos dirá también, en otro lugar, lo que opinan de Cristo en su tierra: ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre?...3. Durante muchos años le vieron trabajar, día a día. Por eso sacan a relucir su oficio.
Además, en la predicación del Señor se puede notar que conoce bien el mundo del trabajo; lo conoce como alguien que lo ha tocado muy de cerca, y por eso puso muchos ejemplos de gente que trabaja.
Jesús, en estos años de vida oculta en Nazaret, nos está enseñando el valor de la vida ordinaria como medio de santificación. «Porque no es la vida corriente y ordinaria, lo que vivimos entre los demás conciudadanos, nuestros iguales, algo chato y sin relieve. Es, precisamente en esas circunstancias, donde el Señor quiere que se santifique la inmensa mayoría de sus hijos»4.
Nuestros días pueden quedar santificados si se asemejan a los de Jesús en esos años de vida oculta y sencilla en Nazaret: si trabajamos a conciencia y mantenemos la presencia de Dios en la tarea, si vivimos la caridad con quienes están a nuestro alrededor, si sabemos aceptar las contradicciones evitando la queja, si las relaciones profesionales y sociales son motivo para ayudar a los demás y para acercarlos a Dios.
II. Si contemplamos la vida de Jesús durante estos años sin relieve externo lo veremos trabajar bien, sin chapuzas, llenando las horas de trabajo intenso. Nos imaginamos al Señor recogiendo los instrumentos de trabajo, dejando las cosas ordenadas, recibiendo afablemente al vecino que va a encargarle alguna cosa..., también al menos simpático, y al de conversación poco amena. Tendría Jesús el prestigio de hacer las cosas bien, pues todo lo hizo bien: Mc 7, 37, también las cosas materiales.
Y todos los que le trataron se sintieron movidos a ser mejores, y recibieron los beneficios de la oración callada de Cristo.
El oficio del Señor no fue brillante; tampoco cómodo, ni de grandes perspectivas humanas. Pero Jesús amó su labor diaria, y nos enseñó a amar la nuestra, sin lo cual es imposible santificarla, «pues cuando no se ama el trabajo es imposible encontrar en él ninguna clase de satisfacción, por muchas veces que se cambie de tarea»5.
El Señor conoció también el cansancio y la fatiga de la faena diaria, y experimentó la monotonía de los días sin relieve y sin historia aparente. Esta consideración es también un gran beneficio para nosotros, pues «el sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor a la obra que Cristo ha venido a realizar. Esta obra de salvación se ha realizado precisamente a través del sufrimiento y de la muerte en la cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús, llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar»6.
Jesús, durante estos treinta años de vida oculta, es el modelo que debemos imitar en nuestra vida de hombres corrientes que trabajan cada día. Contemplando la figura del Señor comprendemos con mayor hondura la obligación que tenemos de trabajar bien: no podemos pretender santificar un trabajo mal hecho. Hemos de aprender a encontrar a Dios en nuestras ocupaciones humanas, a ayudar a nuestros conciudadanos y a contribuir a elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación7. Un mal profesional, un estudiante que no estudia, un mal zapatero... si no cambia y mejora no puede alcanzar la santidad en medio del mundo.
III. Con el trabajo habitual tenemos que ganarnos el Cielo. Para eso debemos tratar de imitar a Jesús, «quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente, trabajando con sus propias manos»8.
Para santificar nuestras tareas hemos de tener presente que «todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios...»9.
En el trabajo santificado –como el de Jesús– encontraremos un campo abundante de pequeñas mortificaciones que se traducen en la atención en lo que estamos haciendo, en el cuidado y en el orden de los instrumentos que manejamos, en la puntualidad, en la manera como tratamos a los demás, en el cansancio ofrecido, en las contrariedades que, sin quejas estériles, procuramos llevar de la mejor manera posible.
En nuestros deberes profesionales encontraremos muchas ocasiones de rectificar la intención para que realmente sea una obra ofrecida a Dios y no una ocasión más de buscarnos a nosotros mismos. De esta manera, ni los fracasos nos llenarán de pesimismo, ni los éxitos nos separarán de Dios. La rectitud de intención –el trabajar de cara a Dios– nos dará esa estabilidad de ánimo propia de las personas que están habitualmente cerca del Señor.
Nos podemos preguntar hoy en nuestra oración personal si tratamos de imitar en nuestro trabajo los años de vida oculta de Jesús: ¿Tengo prestigio profesional y soy competente entre los de mi profesión? ¿Ejercito las virtudes humanas y las sobrenaturales en mi tarea diaria? ¿Sirve mi trabajo para que mis amigos se acerquen más a Dios? ¿Les hablo de la doctrina de la Iglesia en aquellas verdades sobre las que existe más ignorancia o más confusión en el momento actual? ¿Cumplo acabadamente mis deberes profesionales?
Miramos el trabajo de Jesús a la vez que examinamos el nuestro. Y le pedimos: «Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José (...), dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor diaria, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor»10.

7 de enero de 2019

LA SAGRADA FAMILIA A EGIPTO


— Un viaje duro y difícil. Obediencia y fortaleza de José. Confianza en Dios.


— En Egipto. Otras virtudes que hemos de imitar del Santo Patriarca.

— Fortaleza en nuestra vida ordinaria.

I. Los Magos se habían marchado. La Virgen y San José comentarían gozosos los acontecimientos de aquella jornada. Después, en medio de la noche, se despertó María a la llamada de José. Este le comunicó la orden del Ángel: Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo1. Era la señal de la Cruz al término de un día repleto de felicidad.

María y José salieron de Belén apresuradamente, abandonando muchas cosas necesarias que no podían llevar consigo en un largo y difícil viaje, con el sobresalto además de una huida ante la amenaza de muerte. Es un profundo misterio, asombrosamente real, que el Hijo de Dios hecho hombre buscó refugio, lloró y durmió en brazos de María y de José.

No pudo ser cómodo el viaje: varias jornadas de andadura por caminos inhóspitos, con el temor de ser alcanzados en la fuga, y el cansancio y la sed. La frontera de Egipto, tras la cual Herodes ya nada podía hacer, estaba aproximadamente a una semana de distancia al paso que ellos podían avanzar, sobre todo si siguieron, como es lo más seguro, los caminos menos frecuentados. Fue un viaje extenuante, a través de regiones desérticas. Dios Padre no quiso ahorrar fatigas a los seres que más quería. Quizá, para que también nosotros entendiéramos que de las dificultades podemos sacar mucho bien. Y para que supiéramos que estar cerca de Dios no significa ausencia de dolor y de dificultades. Dios solo nos ha prometido serenidad y fortaleza para afrontarlas.

Con prisa siguieron el camino que el Ángel les había indicado, cumpliendo en todas las circunstancias la voluntad de Dios. «José no se escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y sufrir un largo desplazamiento: eso es contrario a tu promesa. José no discurre de este modo, porque es un varón fiel»2.

Obedeció sin más, con fortaleza para hacerse cargo de la situación y para poner los medios a su alcance, confiando plenamente en que Dios no le dejaría solo. Así hemos de hacer nosotros en situaciones difíciles, quizá extremas, cuando nos cueste ver la mano providente de Dios Padre en nuestra vida o en la de quienes más apreciamos. O se nos pide algo que pensamos que no somos capaces de dar. Al día siguiente de su elección como Papa, decía Juan Pablo I: «Ayer por la mañana yo fui a la Sixtina a votar tranquilamente. Jamás hubiera imaginado lo que iba a suceder. Apenas había comenzado el peligro para mí, los dos colegas que estaban a mi lado me susurraron palabras de aliento. Uno dijo: “¡Animo!, si el Señor da un peso, da también la ayuda para llevarlo”»3.

II. Tras una larga y penosa travesía llegaron María y José con el Niño a su nuevo país. Por aquel tiempo residían en Egipto muchos israelitas, formando pequeñas comunidades; se dedicaban principalmente al comercio. Es de suponer que José se incorporó con su Familia a una de estas comunidades, dispuesto a rehacer una vez más su vida con lo poco que había podido traer desde Belén. Con todo, llevaba consigo lo más importante: a Jesús, a María, y su laboriosidad y empeño por sacarles adelante a costa de todos los sacrificios del mundo. Aunque aquellos judíos fueran de su patria, nunca llegaron a saber la inmensa suerte que habían tenido. Estaba con ellos el soberano de la casa de Israel, el verdadero Redentor, que libertaba no solo de la esclavitud de Egipto, sino también de algo inmensamente peor que toda esclavitud humana: el pecado. En Él confluía toda la historia de su pueblo.

San José es para nosotros ejemplo de muchas virtudes: de obediencia inteligente y rápida, de fe, de esperanza, de laboriosidad... También de fortaleza, tanto en medio de grandes dificultades como en situaciones ordinarias por las que pasa un buen padre de familia. En Egipto comenzó como pudo, pasando estrecheces, realizando al principio todo tipo de trabajos, procurando a María y a Jesús un hogar y sosteniéndolos, como siempre, con el trabajo de sus manos, con una laboriosidad incansable.

Ante las contrariedades que podamos padecer, si el Señor las permite, hemos de contemplar la figura llena de fortaleza de San José y encomendarnos a Él como han hecho muchos santos. De su intercesión eficaz dice Santa Teresa: «No me acuerdo hasta ahora haberle encomendado cosa alguna que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, ansí de cuerpo como de alma; que a otros santos parece le dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que ansí como le fue sujeto en tierra –que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar– ansí en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas –a quien yo decía se encomendasen a él– también por experiencia, y ansí muchas que le son devotas, de nuevo han experimentado esta verdad»4.

III. Después de un tiempo, pasado el peligro, nada retenía ya a José en aquella tierra extraña, pero allí permaneció todo el tiempo sin otra razón que el cumplimiento fiel del mandato del Ángel: Estate allí hasta que yo te diga5. Y en Egipto permaneció sin disgusto ni protestas, paciente, realizando su trabajo como si jamás hubiera de salir de aquel lugar. ¡Qué importante es saber estar, permanecer donde se debe, ocupado en lo que a cada uno le compete, sin ceder a la tentación de cambiar continuamente de sitio! Para esto también se requiere fortaleza, que «nos conduce a saborear esa virtud humana y divina de la paciencia»6. «Es fuerte el que persevera en el cumplimiento de lo que entiende que debe hacer, según su conciencia; el que no mide el valor de una tarea exclusivamente por los beneficios que recibe, sino por el servicio que presta a los demás»7.

Hemos de pedir a San José que nos enseñe a ser fuertes no solo en casos extraordinarios y difíciles, como son la persecución, el martirio, o una gravísima y dolorosa enfermedad, sino también en los asuntos ordinarios de cada día: en la constancia en el trabajo, al sonreír cuando estamos serios, o en tener una palabra amable y cordial para todos. Necesitamos echar mano de la fortaleza para no ceder ante el cansancio, o la comodidad o la tranquilidad, para vencer el miedo a cumplir deberes que cuestan, etcétera.

«El hombre por naturaleza teme el peligro, las molestias, el sufrimiento. Por ello es necesario buscar hombres valientes no solamente en los campos de batalla, sino también en los pasillos de los hospitales o junto al lecho del dolor»8, en la tarea de cada día.

Un aspecto importante de esta virtud de la fortaleza es la firmeza interior para superar obstáculos más sutiles, como son la vanidad, la impaciencia, la timidez y los respetos humanos. También son manifestaciones de fortaleza: el olvido de sí, el no dar excesivas vueltas a los problemas personales para no desorbitarlos, el pasar ocultos y el servir a los demás sin hacerse notar.

En el apostolado esta virtud tiene muchas manifestaciones: hablar de Dios sin miedo al qué dirán, a cómo quedaré ante esas personas; comportarse siempre de modo cristiano, aunque choque con un ambiente paganizado; correr el riesgo de tener iniciativas para llegar a más gente, y esforzarse por llevarlas a la práctica.

Las madres de familia deberán ejercitar con frecuencia esta fortaleza de modo discreto y ordinariamente amable y paciente. Serán entonces la verdadera roca firme en la que se apoya toda la casa. «La Biblia no alaba a la mujer débil, sino a la mujer fuerte, cuando dice en el libro de los Proverbios: La ley de la dulzura está en su lengua (31, 6). Porque la dulzura es el punto más alto de la fortaleza.

»La mujer maternal tiene por privilegio esta función discreta y capital: saber atender, saber callarse, ser capaz, ante una injusticia o una debilidad, de cerrar los ojos, de excusar, de cubrir –obra de misericordia no menos bienhechora que cubrir la desnudez del cuerpo– (...)»9.

Aprendamos hoy de San José a sacar adelante, con reciedumbre y fortaleza, todo lo que, de modo ordinario, el Señor nos encomienda: familia, trabajo, apostolado, etc., contando con que lo habitual será que encontremos obstáculos, superables siempre con la ayuda de la gracia.