"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

18 de febrero de 2019

EL CULTO A DIOS DEBE SER EXCELSO

— Para Dios ha de ser lo mejor 
— Dignidad en los objetos del culto.
— Amor a Jesús en el Sagrario.
I. Relata el libro del Génesis1 que Abel presentaba a Yahvé las primicias y lo mejor de su ganado. Y le fue grata a Dios la ofrenda de Abel y no lo fue la de Caín, que no ofrecía lo mejor de lo que cosechaba.
Abel fue «justo», es decir, santo y piadoso. Lo que hace mejor la ofrenda de Abel no es su calidad objetiva, sino su entrega y generosidad. Por esto Dios miró con agrado sus víctimas y tal vez envió –según una antigua tradición judía– fuego para quemarlas en señal de aceptación2.
También en nuestra vida lo mejor ha de ser para Dios. Hemos de presentar la ofrenda de Abel y no la de Caín. Para Dios ha de ser lo mejor de nuestro tiempo, de nuestros bienes, de nuestra vida. No podemos darle lo peor, lo que sobra, lo que no cuesta sacrificio o aquello que no necesitamos. Para Dios toda la vida, pero incluyendo los años mejores. Para el Señor toda nuestra hacienda, pero, cuando queramos hacerle una ofrenda, escojamos lo más preciado, como haríamos con una criatura de la tierra a la que estimamos mucho. El hombre no es solo cuerpo ni solo alma; porque está compuesto de ambos, necesita también manifestar a través de actos externos, sensibles, su fe y su amor a Dios. Dan pena esas personas que parecen tener tiempo para todo, pero que difícilmente lo tienen para Dios: para hacer un rato de oración, o una Visita al Santísimo, que apenas dura unos minutos... O bien disponen de medios económicos para tantas cosas y son mezquinos con Dios y con los hombres. Dar agranda siempre el corazón y lo ennoblece. De la mezquindad acaba saliendo un alma envidiosa, como la de Caín: no soportaba la generosidad de Abel.
«Es preciso ofrecer al Señor el sacrificio de Abel. Un sacrificio de carne joven y hermosa, lo mejor del rebaño: de carne sana y santa; de corazones que solo tengan un amor: ¡Tú, Dios mío!; de inteligencias trabajadas por el estudio profundo, que se rendirán ante tu Sabiduría; de almas infantiles, que no pensarán más que en agradarte.
»—Recibe, desde ahora, Señor, este sacrificio en olor de suavidad»3. Para Ti, Señor, lo mejor de mi vida, de mi trabajo, de mis talentos, de mis bienes..., incluso de los que podría haber tenido. Para Ti, mi Dios, todo lo que me has dado en la vida, sin límites, sin condiciones... Enséñame a no negarte nada, a ofrecerte siempre lo mejor.
Pidamos al Señor saber ofrecerle en cada situación, en toda circunstancia, lo mejor que tengamos en ese momento; pidámosle que haya muchas ofrendas y sacrificios como el de Abel: hombres y mujeres que se entreguen a Dios desde su juventud. Corazones que –a cualquier edad– sepan darle todo lo que se les pide, sin regateos, sin mezquindades... ¡Recibe, Señor, este sacrificio gustoso y alegre!
II. «Es bello considerar que el primer testimonio de fe en favor de Dios fue dado ya por un hijo de Adán y Eva y por medio de un sacrificio. Se explica, por tanto, que los Padres de la Iglesia vieran en Abel una figura de Cristo: por ser pastor, por ofrecer un sacrificio agradable a Dios, por derramar su sangre, por ser “mártir de la fe”.
»La Liturgia, al renovar el Sacrificio de Cristo, pide a Dios que mire con mirada serena y bondadosa sobre las Ofrendas del Señor, así como miró sobre las ofrendas del “justo Abel” (Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I)»4. Debemos ser generosos y amar todo lo que se refiere al culto de Dios, porque siempre será poco e insuficiente para lo que merece la infinita excelencia y bondad divina. Los cristianos debemos tener en este campo una delicadeza extrema y evitar la inconsideración y la tacañería: no ofreceréis nada defectuoso, pues no sería aceptable5, nos advierte el Espíritu Santo.
Para Dios, lo mejor: un culto lleno de generosidad en los elementos sagrados que se utilicen, y con generosidad en el tiempo, el que sea preciso –no más–, pero sin prisas, sin recortar las ceremonias, o la acción de gracias privada después de acabada la Santa Misa, por ejemplo. El decoro, calidad y belleza de los ornamentos litúrgicos y de los vasos sagrados expresan que es para Dios lo mejor que tenemos, son signo del esplendor de la liturgia que la Iglesia triunfante tributa en el Cielo a la Trinidad, y son ayuda poderosa para reconocer la presencia divina entre nosotros. La tibieza, la fe endeble y desamorada tienden a no tratar santamente las cosas santas, perdiendo de vista la gloria, el honor y la majestad que corresponden a la Trinidad Beatísima.
«¿Recordáis aquella escena del Antiguo Testamento, cuando David desea levantar una casa para el Arca de la Alianza, que hasta ese momento era custodiada en una tienda? En aquel tabernáculo, Yahvé hacía notar su presencia de un modo misterioso, mediante una nube y otros fenómenos extraordinarios. Y todo esto no era más que una sombra, una figura. En cambio, el Señor se encuentra realmente presente en los tabernáculos donde está reservada la Santísima Eucaristía. Aquí tenemos a Jesucristo –¡cómo me enamora hacer un acto explícito de fe!– con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. En el tabernáculo, Jesús nos preside, nos ama, nos espera»6.
En la casa de Simón el fariseo, donde Jesús echó de menos las atenciones que era costumbre tener con los invitados, quedó patente la cuestión del dinero empleado en las cosas de Dios. Mientras Jesús está contento por las muestras de arrepentimiento que recibe de aquella mujer, Judas murmura y calcula el gasto –para él inútil– que se está realizando. Aquella misma tarde decidió traicionarle. Le vendió por una cantidad aproximada a lo que costaba el perfume derramado: treinta siclos de plata, unos trescientos denarios. «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.
»—Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.
»—Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” —una buena obra ha hecho conmigo»7.
También el Señor, ante la entrega de nuestra vida, ante la generosidad manifestada de mil modos (tiempo, bienes...), debe poder decir: una buena obra ha hecho conmigo, ha manifestado su amor en obras.
III. Cuando nace Jesús, no dispone siquiera de la cuna de un niño pobre. Con sus discípulos, no tiene en ocasiones dónde reclinar la cabeza. Morirá desprendido de todo ropaje, en la pobreza más absoluta; pero cuando su Cuerpo exánime es bajado de la Cruz y entregado a los que le quieren y le siguen de cerca, estos le tratan con veneración, respeto y amor. José de Arimatea se encargará de comprar un lienzo nuevo, donde será envuelto, y Nicodemo los aromas precisos. San Juan, quizá asombrado, nos ha dejado la gran cantidad de estos: como unas cien libras, más de treinta kilogramos. No le enterraron en el cementerio común, sino en un huerto, en una sepultura nueva, probablemente la que el mismo José había preparado para sí. Y las mujeres vieron el monumento y cómo fue depositado su cuerpo. A la vuelta a la ciudad prepararon nuevos aromas... Cuando el Cuerpo de Jesús queda en manos de los que le quieren, todos porfían por ver quién tiene más amor.
En nuestros Sagrarios está Jesús, ¡vivo!, como en Belén o en el Calvario. Se nos entrega para que nuestro amor lo cuide y lo atienda con lo mejor que podamos, y esto a costa de nuestro tiempo, de nuestro dinero, de nuestro esfuerzo: de nuestro amor.
La reverencia y el amor se han de manifestar en la generosidad con todo aquello que se refiere al culto. Ni siquiera con pretexto de caridad hacia el prójimo se puede faltar a la caridad con Dios, ni es de alabar una generosidad con los pobres, imágenes de Dios, si se hace a expensas del decoro en el culto a Dios mismo, y mucho menos si no va acompañada de sacrificio personal. Si amamos a Dios, crecerá nuestro amor al prójimo, con obras y de verdad. No es cuestión de mero precio, ni en materia así caben simples cálculos aritméticos; no se trata de defender la suntuosidad, sino la dignidad y el amor a Dios, que también se expresa materialmente8. ¿Tendría sentido que hubiera medios económicos para construir lugares de diversión y de recreo con buenos materiales, incluso lujosos, y que para el culto divino solo se encontraran lugares, no pobres, sino pobretones, fríos, desangelados? Entonces tendría razón el poeta, cuando dice que la desnudez de algunas iglesias es «la manifestación al exterior de nuestros pecados y defectos: debilidad, indigencia, timidez en la fe y en el sentimiento, sequedad del corazón, falta de gusto por lo sobrenatural...»9.
La Iglesia, velando por el honor de Dios, no rechaza soluciones distintas a las de otras épocas, bendice la pobreza limpia y acogedora –¡qué estupendas iglesias, sencillas pero muy dignas, hay en algunas aldeas de pocos medios económicos y de mucha fe!–; lo que no se admite es el descuido, el mal gusto, el poco amor a Dios que supone dedicar al culto ambientes u objetos que –si se pudiera– no se admitirían en el hogar de la propia familia.
Es lógico que los fieles corrientes ayuden, de mil maneras diferentes, para que se cuide y se conserve con esmero lo referente al culto divino. Los signos litúrgicos, y cuanto se refiere a la liturgia, entra por los ojos. Los fieles deben salir fortalecidos en su fe después de una ceremonia litúrgica, con más alegría y animados a amar más a Dios.
Pidamos a la Santísima Virgen que aprendamos a ser generosos con Dios como lo fue Ella, en lo grande y en lo pequeño, en la juventud y en la madurez..., que sepamos ofrecer, como Abel, lo mejor que tengamos en cada momento y en todas las circunstancias de la vida.

17 de febrero de 2019

HUMILDAD PERSONAL Y CONFIANZA EN DIOS

— Solo quien es humilde confia de verdad en el Señor.
— El gran obstáculo de la soberbia. Manifestaciones.
— Ejercitarse en la virtud de la humildad.

I. Sé la roca de mi refugio, Señor, un baluarte donde se me salve..., rezamos en la Antífona de entrada de la Misa1. Él es la fortaleza y la seguridad en medio de tanta debilidad como encontramos a nuestro alrededor y en nosotros mismos; Él es el agarradero firme en cada momento, a cualquier edad y en toda circunstancia. Bendito quien confía en el Señor y pone en Él su confianza, nos dice el profeta Jeremías en la Primera lectura, será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto2. Por el contrario, es maldito quien, apartando su corazón del Señor, confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza. Su vida será estéril, como un cardo en la estepa.

Sé la roca de mi refugio, Señor: la humildad personal y la confianza en Dios van siempre juntas. Solo el humilde busca su dicha y su fortaleza en el Señor. Uno de los motivos por los que los soberbios tratan de buscar alabanzas con avidez, de sobreestimarse a sí mismos y se resienten ante cualquier cosa que pueda rebajarles en su propia estima o en la de otros, es la falta de firmeza interior: no tienen más punto de apoyo ni más esperanzas de felicidad que ellos mismos. Por esto son, con mucha frecuencia, tan sensibles a la menor crítica, tan insistentes en salirse con la suya, tan deseosos de ser conocidos, tan ansiosos de consideraciones. Se afianzan en sí mismos como el náufrago se agarra a una débil tabla, que no puede sostenerlo. Y sea lo que fuere lo que hayan logrado en la vida, siempre se encuentran inseguros, insatisfechos, sin paz. Un hombre así, sin humildad, sin confiar en su Padre Dios que le tiende continuamente sus brazos, habitará en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita, como nos dice hoy la liturgia de la Misa. El soberbio se encuentra sin frutos, insatisfecho y sin la paz y felicidad verdaderas.

El cristiano tiene puesta en Dios su esperanza y, porque conoce y acepta su propia debilidad, no se fía mucho de lo propio. Sabe que en cualquier empresa deberá poner todos los medios humanos a su alcance, pero conoce bien que ante todo debe contar con su oración; y reconoce y acepta con alegría que todo lo que posee lo ha recibido de Dios. La humildad no consiste tanto en el propio desprecio –porque Dios no nos desprecia, somos obra salida de sus manos–, sino en el olvido de sí y en la preocupación sincera por los demás. Es la sencillez interior la que nos lleva a sentirnos hijos de Dios3. «Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Sal 42, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente»4. En medio de nuestra debilidad –cualquiera que sea la forma en la que se presente– nos sentimos junto a Dios con una firmeza indestructible.

II. Los mayores obstáculos que el alma encuentra para seguir a Cristo y para ayudar a otros tienen su origen en el desordenado amor de sí mismo, que lleva unas veces a sobrevalorar las propias fuerzas y, otras, al desánimo y al desaliento, al ver los propios fallos y defectos. La soberbia se manifiesta frecuentemente en un monólogo interior, en el que los propios intereses se agrandan o desorbitan; el yo sale siempre enaltecido. En la conversación, el orgullo conduce al hombre a hablar de sí mismo y de sus propios asuntos y a buscar la estimación a toda costa. Algunos se empeñan en mantener su propia opinión, con razón y sin ella; no dejan pasar cualquier descuido ajeno sin corregirlo, y hacen difícil la convivencia. La forma más vil de resaltar la propia valía es aquella en la que se busca desacreditar a otros; a los orgullosos no les gusta escuchar alabanzas de los demás y están prontos a descubrir las deficiencias de quienes sobresalen. Tal vez su nota más característica estriba en que no pueden sufrir la contradicción o la corrección5.

Quien está lleno de orgullo parece no necesitar mucho de Dios en sus trabajos, en sus quehaceres, incluso en su misma lucha ascética por mejorar; exagera sus cualidades personales, cerrando los ojos para no ver sus defectos, y termina por considerar como una gran cualidad lo que en realidad es una desviación del buen criterio: se persuade, por ejemplo, de tener un espíritu amplio y generoso porque hace poco caso de las menudas obligaciones de cada día, y se olvida de que para ser fiel en lo mucho es necesario serlo en lo poco. Y llega por ese camino a creerse superior, rebajando injustamente las cualidades de otros que le superan en muchas virtudes6.

San Bernardo señala diferentes manifestaciones progresivas de la soberbia7: curiosidad –querer saberlo todo de todos–; frivolidad de espíritu, por falta de hondura en su oración y en su vida; alegría necia y fuera de lugar, que se alimenta frecuentemente de los defectos de otros, que ridiculiza; jactancia; afán de singularidad; arrogancia; presunción; no reconocer los propios fallos, aunque sean notorios; disimular las faltas en la Confesión...

El soberbio es poco amigo de conocer la auténtica realidad que anida en su corazón. Examinemos hoy en la oración si valoramos mucho la virtud de la humildad, si la pedimos al Señor con frecuencia, si nos sentimos constantemente necesitados de la ayuda de nuestro Padre Dios, en lo grande y en lo pequeño. Oh Dios -le decimos con el Salmista-, Tú eres mi Dios, te busco ansioso, en pos de Ti mi carne desfallece, tiene mi alma sed de Ti, como tierra seca, sedienta, sin agua8. Puede servirnos de jaculatoria para repetir a lo largo de este día.

III. El olvido de sí es una condición indispensable para la santidad: solo entonces podemos mirar a Dios como a nuestro Bien absoluto, y tenemos capacidad para preocuparnos de los demás. Junto a la oración, que es el primer medio que debemos poner siempre, hemos de ejercitarnos en esta virtud de la humildad; y esto en nuestros quehaceres, en la vida familiar, cuando estamos solos..., siempre. Procuremos no estar excesivamente pendientes de las cosas personales: la salud, el descanso, si nos estiman y aprecian, si nos tienen en cuenta... Procuremos hablar tan poco como sea posible de nosotros mismos, de los propios asuntos, de aquello que nos dejaría en buen lugar; evitemos la curiosidad, el afán de conocerlo todo y mostrar que se conoce; aceptemos la contradicción sin impaciencia, sin malhumor, ofreciéndola con alegría al Señor; procuremos no insistir sobre la propia opinión a no ser que la verdad o la justicia lo requieran, y entonces empleemos la moderación, pero también la firmeza; pasemos por alto los errores de otros, disculpándolos, y ayudémosles con caridad delicada a superarlos; aceptemos la corrección, aunque nos parezca injusta; cedamos en ocasiones a la voluntad de otros cuando no esté implicado el deber o la caridad; procuremos evitar siempre la ostentación de cualidades, bienes materiales, conocimientos...; aceptemos ser menospreciados, olvidados, no consultados en aquella materia en la que nos consideramos con más ciencia o con más experiencia; no busquemos ser estimados y admirados, rectificando la intención ante las alabanzas y los elogios. Sí debemos buscar mayor prestigio profesional, pero por Dios, no por orgullo ni por sobresalir.

Creceremos sobre todo en esta virtud cuando nos humillen y lo llevemos con alegría por Cristo9, nos alegremos en el desprecio, seamos pacientes con los propios defectos, nos esforcemos en gloriarnos de las flaquezas junto al Sagrario, donde iremos a pedirle al Señor que nos dé su gracia y no nos abandone, y reconozcamos una vez más que no hay nada bueno en nosotros que no venga de Él, que lo personal es precisamente el obstáculo, lo que estorba para que el Espíritu Santo nos llene con sus dones. Aprenderemos a ser humildes frecuentando el trato con Jesús y con María. La meditación frecuente de la Pasión nos llevará a contemplar la figura de Cristo humillado y maltratado hasta el extremo por nosotros; ahí se encenderá nuestro amor y un vivo deseo de imitarle.

El ejemplo de nuestra Madre Santa María, Ancilla Domini, Esclava del Señor, nos moverá a vivir la virtud de la humildad. A Ella acudimos al terminar nuestra oración, pues «es, al mismo tiempo, una madre de misericordia y de ternura, a la que nadie ha recurrido en vano; abandónate lleno de confianza en el seno materno; pídele que te alcance esta virtud que tanto apreció; no tengas miedo de no ser atendido, María la pedirá para ti de ese Dios que ensalza a los humildes y reduce a la nada a los soberbios; y como María es omnipotente cerca de su Hijo, será con toda seguridad oída»10.

16 de febrero de 2019

MADRE DE MISERICORDIA

— María participa de la misericordia divina.
— Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores.
— Consuelo de los afligidos, Auxilio de los cristianos.
I. Una gran multitud seguía a Jesús, y van tan pendientes de su doctrina que se han ido alejando de las ciudades y aldeas, sin tener nada que comer. El Señor llamó entonces a sus discípulos, y les dijo: Siento profunda compasión por la muchedumbre, porque ya hace tres días que permanecen junto a mí y no tienen qué comer; y si los despido en ayunas a sus casas desfallecerán en el camino, pues algunos han venido de lejos1. La compasión misericordiosa es, una vez más, lo que lleva a Jesús a realizar el extraordinario milagro de la multiplicación de los panes y de los peces.
Nosotros debemos recurrir frecuentemente a la misericordia divina, porque en su compasión por nosotros está nuestra salvación y seguridad, y también debemos aprender a ser misericordiosos con los demás: este es el camino para atraer con más prontitud el favor de Dios. Nuestra Madre Santa María nos alcanza continuamente la compasión de su Hijo y nos enseña el modo de comportarnos ante las necesidades de los hombres: Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia..., le hemos dicho tantas veces. Quizá, como muchos cristianos, un día a la semana como hoy sábado, acudimos a Ella de modo particular, cantándole o rezándole esa antiquísima oración. María «es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos Madre de la misericordia: Virgen de la Misericordia o Madre de la divina Misericordia; en cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que nos hacemos partícipes por todas las generaciones (Lc 1, 50), según el eterno designio de la Santísima Trinidad»2.
Enseña San Agustín que la misericordia nace del corazón y se apiada de la miseria ajena, corporal o espiritual, de tal manera que le duele y entristece como si fuera propia, llevando a poner –si es posible– los remedios oportunos para intentar sanarla3. Se derrama sobre otros y toma los defectos y miserias ajenos como propios e intenta librarles de ellos. Por esto, dice la Sagrada Escritura que Dios es rico en misericordia4; y «es más glorioso para Él sacar bien del mal que crear algo nuevo de la nada; es más grande convertir a un pecador dándole la vida de la gracia, que crear de la nada todo el universo físico, el cielo y la tierra»5.
En Jesucristo, Dios hecho hombre, encontramos plenamente la expresión de esta misericordia divina, manifestada de muchas maneras a lo largo de la historia de la salvación. Se entregó en la Cruz, en acto supremo de Amor misericordioso, y ahora la ejerce desde el Cielo y en el Sagrario, donde nos espera, para que vayamos a exponerle las necesidades propias y las ajenas. No es tal nuestro Pontífice, que sea incapaz de compadecerse de nuestras miserias (...). Lleguémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia para ser socorridos al tiempo oportuno6. ¡Qué frutos de santidad produce en el alma la meditación frecuente de esa divina invitación!
María participa en grado eminente de esta perfección divina, y en Ella la misericordia se une a la piedad de madre; Ella nos conduce siempre al trono de la gracia. El título de Madre de la Misericordia, ganado con su fiat en Nazaret y en el Calvario, es uno de los mayores y más bellos nombres de María. Es nuestro consuelo y nuestra seguridad: «Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora»7. Ni un solo día ha dejado de ayudarnos, de protegernos, de interceder por nuestras necesidades.
II. El título de Madre de Misericordia se ha expresado tradicionalmente a través de estas advocaciones: Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos, Auxilio de los cristianos. «Esta gradación de las letanías es bellísima. Muestra cómo María ejerce su misericordia sobre aquellos que sufren en el cuerpo para curar su alma, y cómo seguidamente les consuela en sus aflicciones y les hace fuertes en medio de todas las dificultades que tienen que sobrellevar»8.
Santa María nos espera como Salud de los enfermos, porque obtiene la curación del cuerpo, sobre todo cuando está ordenada a la del alma. Otras veces, nos concede algo más importante que la salud corporal: la gracia de entender que el dolor, el mal físico, es instrumento de Dios. Él espera que –al aceptarlo con amor– lo convirtamos en un gran bien, que nos purifique y nos permita obtener innumerables dones para toda la Iglesia. A través de la enfermedad, llevada con paciencia y visión sobrenatural, conseguimos una buena parte del tesoro que vamos a encontrar en el Cielo y abundantes frutos apostólicos: decisiones de entrega a Dios y la salvación de personas que, sin aquellas gracias, no hubieran encontrado la puerta del Cielo. La Virgen nos remedia también de las heridas que el pecado original dejó en el alma y que han agravado los pecados personales: la concupiscencia desordenada, la debilidad para realizar el bien. Fortalece a los que vacilan, levanta a los caídos, ayuda a disipar las tinieblas de la ignorancia y la oscuridad del error.
La Virgen misericordiosa se nos muestra como Refugio de los pecadores. En Ella encontramos amparo seguro. Nadie después de su Hijo ha detestado más el pecado que Santa María, pero, lejos de rechazar a los pecadores, los acoge, los mueve al arrepentimiento: ¡en cuántas Confesiones ha intervenido Ella con un auxilio particular! Incluso a quienes están más alejados les envía gracias de luz y de arrepentimiento, y si no se resistiesen serían conducidos de gracia en gracia hasta alcanzar la conversión. «¿Quién podrá investigar, pues, ¡oh Virgen bendita!, la longitud y latitud, la sublimidad y profundidad de tu misericordia? Porque su longitud alcanza hasta su última hora a los que la invocan. Su latitud llena el orbe para que toda la tierra se llene de su misericordia»9. A Ella acudimos hoy, y le pedimos que tenga piedad de nuestra vida. Le decimos que somos pecadores, pero que queremos amar cada vez más a su Hijo Jesucristo; que tenga compasión de nuestras flaquezas y que nos ayude a superarlas. Ella es Refugio de los pecadores y, por tanto, nuestro resguardo, el puerto seguro donde fondeamos después de las olas y de los vientos contrarios, donde reparamos los posibles daños causados por la tentación y nuestra debilidad. Su misericordia es nuestro amparo y nuestra paz: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores...
III. La Virgen, Nuestra Madre, fue durante toda su vida consuelo de aquellos que andaban afligidos por un peso demasiado grande para llevarlo ellos solos: dio ánimos a San José aquella noche en Belén, cuando, después de explicar en una puerta y otra la necesidad de alojamiento, no encontró ninguna casa abierta. Le bastó una sonrisa de María para recuperar fuerzas y acondicionar lo que encontró: un establo a las afueras del pueblo. Y le ayudó a salir adelante en la fuga a Egipto, y a establecerse en aquel país... Y a José, a pesar de ser un hombre lleno de fortaleza, se le hizo más fácil el cumplimiento de la voluntad de Dios con el consuelo de María. Y las vecinas de Nazaret encontraron siempre apoyo y comprensión en unas palabras de la Virgen... Los Apóstoles hallaron amparo en María cuando todo se les volvió negro y sin sentido después que Cristo expiró en la cruz. Cuando volvieron de sepultar el Cuerpo de Jesús y las gentes de Jerusalén se preparaban para celebrar en familia la fiesta de la Pascua, los Apóstoles, que no habían estado presentes, andaban perdidos, y casi sin darse cuenta se encontraron en casa de María.
Desde entonces no ha dejado un momento de dar consuelo a quien se siente oprimido por el peso de la tristeza, de la soledad, de un gran dolor. «Ha cobijado a muchos cristianos en las persecuciones, liberado a muchos poseídos y almas tentadas, salvado de la angustia a muchos náufragos; ha asistido y fortalecido a muchos agonizantes recordándoles los méritos infinitos de su Hijo»10. Si alguna vez nos pesan las cosas, la vida, la enfermedad, el empeño en la tarea apostólica, el esfuerzo por sacar la familia adelante, los obstáculos que se juntan y amontonan, acudamos a Ella, en la que siempre encontraremos consuelo, aliento y fuerza para cumplir en todo la voluntad amable de su Hijo. Le repetiremos despacio: Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra... En Ella aprenderemos a consolar y alentar, a ejercer la misericordia con quienes veamos que necesitan esa ayuda grande o pequeña –una palabra de estímulo, de condolencia...– que tan grata es al Señor.
La Virgen es auxilio de los cristianos, porque se favorece principalmente a quienes se ama, y nadie amó más a quienes formamos parte de la familia de su Hijo. En Ella encontramos todas las gracias para vencer en las tentaciones, en el apostolado, en el trabajo... En el Rosario encontramos un «arma poderosa»11 para superar tantos obstáculos con los que nos vamos a encontrar. Muchos son los cristianos en el mundo que, siguiendo la enseñanza ininterrumpida de los Romanos Pontífices, han introducido en su vida de piedad la costumbre de rezarlo a diario: en sus familias, en las iglesias, por la calle o en los medios de transporte.
«En mí se encuentra toda gracia de doctrina y de verdad, toda esperanza de vida y de virtud(Eclo 24, 25). ¡Con cuánta sabiduría la Iglesia ha puesto esas palabras en boca de nuestra Madre, para que los cristianos no las olvidemos! Ella es la seguridad, el Amor que nunca abandona, el refugio constantemente abierto, la mano que acaricia y consuela siempre»12.

15 de febrero de 2019

TODO LO HIZO BIEN

—Jesús, trabajo con perfección humana.
—Laboriosidad,competencia profesional.
—Las cosas pequeñas 

I. Con frecuencia los Evangelios recogen los sentimientos y las palabras de admiración que provocó el Señor en sus años aquí en la tierra: las gentes estaban maravilladas, todos estaban admirados por los prodigios que hacía... Y «entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit (Mc 7, 37), todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Quicumque), perfecto Dios y hombre perfecto»1.

El Evangelio de la Misa2 nos invita a considerar este pasaje en el que quienes seguían al Señor no pueden dejar de exclamar: Todo lo ha hecho bien. Cristo se nos presenta como Modelo para nuestra vida corriente, y nos puede servir para examinar si de nosotros se podría decir que tratamos de hacer bien todas las cosas, las grandes y las que parecen sin importancia, porque queremos imitar a Cristo.

La mayor parte de la existencia humana de Jesús fue una vida corriente de trabajo en un pueblo hasta entonces desconocido. Y allí, en Nazaret, también el Señor lo hizo todo acabadamente, con perfección humana. En Nazaret se diría de Jesús que era un buen carpintero, el mejor que habían conocido.

Una buena parte de la vida de cada hombre y de cada mujer se encuentra configurada por la realidad del trabajo, y difícilmente encontraremos a una persona responsable que –por propia voluntad– esté sin ocupación o empleo. Muchos se sienten movidos a trabajar por fines humanos nobles: mantener a la familia, labrarse un mejor futuro..., también hay quienes se dedican a una tarea por el afán de poner en práctica y desarrollar una particular habilidad o afición, o por contribuir al bien de la sociedad, porque sienten la responsabilidad de hacer algo por los demás. Otros muchos trabajan por fines menos nobles: riqueza, ambición, poder, afirmar la propia valía, obtener lo necesario para dar satisfacción a sus pasiones. Conocemos a gentes competentes, que trabajan muchas horas a conciencia por fines exclusivamente humanos. El Señor quiere que quienes le siguen en medio del mundo sean personas que trabajan bien, con prestigio, competentes en su profesión o en su oficio, sin chapuzas; gentes muy distintas, que se mueven por fines humanos nobles y porque el trabajo –sea el que sea– es el medio donde debemos ejercitar las virtudes humanas y las sobrenaturales..., pues «sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente laborando con sus propias manos en Nazaret»3.

Nosotros le decimos al Señor que queremos realizar ejemplarmente nuestros quehaceres –de modo particular nuestro trabajo– porque deseamos vivamente que sean una ofrenda diaria que llegue hasta Él, y porque estamos decididos a imitarle en aquellos años de vida oculta en Nazaret.

II. Cuando Jesús busca a quienes han de seguirle, lo hace entre hombres acostumbrados al trabajo. Maestro, toda la noche hemos estado trabajando...4, le dicen aquellos que serían sus primeros discípulos. Toda la noche, en un trabajo duro, porque les es necesario para vivir, porque son pescadores. San Pablo nos ha dejado su propio ejemplo y el de los que le acompañaban: nos afanamos con nuestras propias manos5. Y a los primeros cristianos de Tesalónica, les escribe: ni comimos el pan de balde a costa de otro, sino con trabajo y fatiga, trabajando noche y día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros6. No se dedicaba San Pablo al trabajo por simple recreo y distracción –comenta San Juan Crisóstomo–, sino que realizaba un esfuerzo tal que podía subvenir a sus necesidades y a las de los otros. Un hombre que imperaba a los demonios, que era maestro de todo el universo, a quien se le confiaron los habitantes de pueblos, naciones y ciudades, a quienes cuidaba con toda solicitud; ese hombre trabajaba día y noche. Nosotros –sigue el santo–, que no tenemos una mínima parte de sus preocupaciones, ¿qué excusas tendremos?7. No tenemos excusas para no trabajar con intensidad, con perfección, sin chapuzas.

Para trabajar bien, primero es necesario trabajar con laboriosidad, aprovechando bien las horas, pues es difícil, quizá imposible, que quien no aproveche bien el tiempo pueda acostumbrarse al sacrificio y que mantenga despierto su espíritu, que pueda vivir las virtudes humanas más elementales. Una vida sin trabajo se corrompe, y con frecuencia corrompe lo que hay a su alrededor. «El hierro que yace ocioso, consumido por la herrumbre, se torna blando e inútil; pero si se lo emplea en el trabajo, es mucho más útil y hermoso y apenas si le va en zaga a la misma plata. La tierra que se deja baldía no produce nada sano, sino malas hierbas, cardos y espinas y plantas infructuosas; mas la que se cultiva, se llena de suaves frutos. Y, para decirlo en una palabra, todo ser se corrompe por la ociosidad y se mejora por la actividad que le es propia»8. Y eso sirve igualmente para la madre de familia que debe dedicar muchas horas a su hogar y a la educación de sus hijos, para el que trabaja por cuenta propia, o para el estudiante, el jefe de la empresa y el obrero que ocupa el último lugar en una cadena de producción.

El Señor nos pide un trabajo humano bien realizado, en el que se pone intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección; una tarea que no tiene rincones sin terminar, sin tacha ni errores. Trabajo serio, que no solo parezca bueno, sino que lo sea realmente. No importa que sea manual o intelectual, de ejecución o de organización, que lo presencien otras personas de más responsabilidad o ninguna. El cristiano añade algo nuevo al trabajo: además de lo anterior, lo hace por Dios, a quien cada día lo presenta como una ofrenda que permanecerá en la eternidad; pero el modo –responsable, competente, intenso...– es el normal de todo trabajo honrado. Una tarea realizada de esta manera dignifica al que la realiza y da gloria a su Creador; se hacen rendir los dones naturales y se convierte en una continua alabanza a Dios.

Porque queremos seguir de cerca a Cristo y tratamos de imitarle, hemos de añadir a nuestros quehaceres una mayor perfección, porque en todo momento tenemos presente al Maestro, que todo lo hizo bien. Examinemos hoy en la oración la calidad humana de nuestras tareas, del estudio, y veamos junto al Señor aquellas facetas en las que pueden mejorar: intensidad, puntualidad, acabar bien lo que comenzamos con ilusión, orden, cuidado de los instrumentos de trabajo...

III. El cristiano descubre en el trabajo nuevas riquezas, «pues todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo»9, como solía decir de muchos modos diferentes San Josemaría Escrivá, quien predicó toda su vida que «la santidad no es cosa de privilegiados»10. Rememoraba un hecho de experiencia que le había servido para enseñar de modo gráfico a quienes se acercaban a su apostolado cómo ha de ser el trabajo hecho de cara a Dios: «Recuerdo también la temporada de mi estancia en Burgos (...). A veces, nuestras caminatas llegaban al monasterio de Las Huelgas, y en otras ocasiones nos escapábamos a la Catedral.

»Me gustaba subir a una torre, para que contemplaran de cerca la crestería, un auténtico encaje de piedra, fruto de una labor paciente, costosa. En esas charlas les hacía notar que aquella maravilla no se veía desde abajo. Y, para materializar lo que con repetida frecuencia les había explicado, les comentaba: ¡esto es el trabajo de Dios, la obra de Dios!: acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra. Comprendían, ante esa realidad que entraba por los ojos, que todo eso era oración, un diálogo hermoso con el Señor. Los que gastaron sus energías en esa tarea, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad nadie apreciaría su esfuerzo: era solo para Dios. ¿Entiendes ahora cómo puede acercar al Señor la vocación profesional? Haz tú lo mismo que aquellos canteros, y tu trabajo será también operatio Dei, una labor humana con entrañas y perfiles divinos»11, aunque nadie lo vea, aunque ninguna persona lo valore. Dios sí lo ve y lo aprecia; esto es suficiente para poner empeño en acabar las tareas con perfección, con amor.

Acabar bien lo que realizamos significa en muchos casos estar pendientes de lo pequeño. Eso exige esfuerzo y sacrificio, y al ofrecerlo se convierte en algo grato a Dios. El estar en los detalles por amor a Dios no empequeñece el alma, sino que la agranda porque se perfecciona la obra que realizamos y, ofreciéndola por intenciones concretas, nos abrimos a las necesidades de toda la Iglesia; así, nuestra tarea adquiere una dimensión sobrenatural que antes no tenía. En el quehacer profesional –lo mismo que en los otros aspectos de una vida corriente: la vida familiar y social, el descanso...– se nos ofrece siempre esa doble oportunidad: el descuido y la chapuza, que empobrecen el alma, o la pequeña obra de arte ofrecida al Señor, expresión de un alma con vida interior.

Quizá quiera el Señor hacernos ver, en este rato de oración, detalles que exigen un cambio de orientación o de ritmo en nuestro modo de trabajar. ¿Vivo el orden, que lleva a abordar las tareas según su verdadera importancia, y no guiado por el capricho o la comodidad? ¿Retraso sin motivo, solo por falta de intensidad o de puntualidad, la terminación de mi trabajo? ¿Interrumpo por cualquier excusa la tarea que tengo entre manos, haciendo quizá perder el tiempo también a los demás?

Con la ayuda de la Virgen María, terminemos este rato de meditación con un propósito concreto, que nos moverá a realizar nuestro quehacer con más perfección, y que nos facilitará acordarnos con más frecuencia del Señor: «Ahí, desde ese lugar de trabajo, haz que tu corazón se escape al Señor, junto al Sagrario, para decirle, sin hacer cosas raras: Jesús mío, te amo»12.

14 de febrero de 2019

UT OMNES SINT

Hoy 14 de Febrero es el aniversario de la fundación por San Jose-Maria de la sección de mujeres del Opus Dei y de los sacerdotes. Por eso les dejamos para hacer la oración este mensaje del Prelado Fernando Ocariz

Queridísimos, ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
En mi reciente viaje en varios países de Centroamérica, he podido experimentar, otra vez, la bendita unidad de la Obra. No dejemos de sorprendernos por esta misericordia que tiene Dios con nosotros. Nuestro Padre, refiriéndose al 14 de febrero de 1930 y al 14 de febrero de 1943, comentó en una ocasión: «No en vano ha querido el Señor que coincidan estas dos manifestaciones de su bondad en una misma fecha. (...) Pedid al Señor que os enseñe a amar la unidad de la Obra como Él la quiso desde el primer momento» (14-II-1958).
El Señor, durante la Última Cena, rezó por la unidad de quienes serían sus discípulos: «Ut omnes unum sint» (Jn 17,21); que todos seamos uno. No se trata solo de la unidad de una organización humanamente bien estructurada, sino de la unidad que da el Amor: «como Tú, Padre, en mí y yo en Ti» (Ibíd.). En este sentido, los primeros cristianos son un claro ejemplo: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).
Precisamente por ser consecuencia del amor, esta unidad no es uniformidad, sino comunión. Se trata de unidad en la diversidad, manifestada en la alegría de convivir con las diferencias, aprender a enriquecernos con los demás, fomentar a nuestro alrededor un ambiente de afecto. Jesús señaló que esta unidad es condición de eficacia en la transmisión del Evangelio: «Para que el mundo crea» (Jn 17,21). Unidad, por tanto, que no nos encierra en un grupo, sino que – como parte de la Iglesia – nos abre a ofrecer nuestra amistad a todas las personas en esta magnífica misión evangelizadora.
Esforcémonos con un renovado empeño por vivir la unidad: empezando con quienes tenemos más cerca. Entonces, con la gracia de Dios, fuente de esa unidad, podremos superar los obstáculos que se nos presenten en el camino.
Con todo cariño os bendice,
vuestro Padre
Roma, 14 de febrero de 2019
ESPÍRITU DEL OPUS DEI
El Opus Dei está presente en la Iglesia para fomentar la búsqueda de la santidad en medio del mundo. Se exponen a continuación cuatro rasgos de su espiritualidad, estrechamente unidos entre sí: la filiación divina, la unidad de vida, la santificación del trabajo y la piedad doctrinal.
En el Opus Dei no se distingue entre fieles laicos y ordenados, porque, como explica san Josemaría, “en la Obra no hay dos clases de socios, clérigos y laicos: todos son y se sientes iguales, y todos viven el mismo espíritu: la santificación en el propio estado” (Conversaciones, n. 69).

Filiación divina

«La filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei», afirmaba san Josemaría (Es Cristo que pasa, n. 64). El bautismo nos hace hijos de Dios en Cristo, e inaugura una relación basada en la confianza en Dios, la sencillez en el trato con Él y con los demás, un profundo sentido de la dignidad de la persona y de la fraternidad entre los hombres, un verdadero amor cristiano al mundo y a las realidades creadas por Dios, la serenidad y el optimismo.
La formación que proporciona el Opus Dei fortalece en los fieles cristianos un vivo sentido de su condición de hijos de Dios, que impregna cada una de sus acciones y les ayuda a conducirse de acuerdo con la excelsa vocación con que han sido llamados (cfr. Ef 4, 1).
San Josemaría sintetizó este sentido de la filiación divina como un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios; filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia, y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad.

Unidad de vida o Coherencia de vida

“Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4, 5), dice san Pablo para describir la realidad de la vida cristiana: la vida de los seguidores de Cristo es, y debe ser, una sola vida, única, unitaria. Se trata de “una condición esencial, para los que intentan santificarse en medio de las circunstancias ordinarias de su trabajo, de sus relaciones familiares y sociales” (Amigos de Dios, n.165).
Para no disociar la relación con Dios de su comportamiento en el trabajo, la familia y las relaciones sociales –error que señaló la Constitución Gaudium et spes (n. 43)–, san Josemaría predicaba con fuerza: “no hay –no existe– una contraposición entre el servicio a Dios y el servicio a los hombres; entre el ejercicio de nuestros deberes y derechos cívicos, y los religiosos; entre el empeño por construir y mejorar la ciudad temporal, y el convencimiento de que pasamos por este mundo como camino que nos lleva a la patria celeste” (Amigos de Dios, n.165).
La formación que se imparte en la Obra conduce a orientar a Dios, a través del cumplimiento de los propios deberes, las estructuras de la sociedad; a luchar por mantener siempre “una unidad de vida, sencilla y fuerte, en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones” (San Josemaría).
La confianza en el Señor y la sinceridad –con la ayuda del examen de conciencia y la dirección espiritual personal– ayudan a crecer en esta coherencia de vida. Así es posible superar las discrepancias entre lo que Dios pide y el propio querer y obrar.

Santificación del trabajo

«La santificación del trabajo ordinario es el eje de la santificación en medio del mundo. San Josemaría recordaba que santificar la propia tarea es la condición previa para el apostolado según el espíritu del Opus Dei: un trabajo llevado a cabo con perfección humana y cristiana.
»Dios quiere que trabajemos bien para ocuparnos del mundo que Él mismo creó (cfr. Gn 1, 27 y 2, 15) y dirigirlo hacia Él (cfr. Jn 13, 32), por medio de una labor llevada a cabo con orden, intensidad, constancia, idoneidad, espíritu de servicio y colaboración con los demás. Trabajar por amor a Dios y deseo de servir a todos los hombres, poniendo en juego las virtudes y, especialmente, la caridad: en definitiva, un trabajo santificado y santificador.
»Fruto directo de la coherencia de vida y del trabajo santificado será el apostolado. “Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional” (Es Cristo que pasa, n. 122)».

Piedad que se alimenta de la doctrina

San Josemaría enseñaba que la piedad es el remedio de los remedios: una piedad honda, “doctrinal”, pues sin doctrina la vida de intimidad con Jesucristo se vuelve superficial y sentimental.
Doctrina y piedad no pueden existir separadamente: se necesita doctrina para alimentar la piedad, y piedad para vivificar la doctrina. De esta manera, el cristiano inmerso en las actividades temporales cuenta con un bagaje suficiente para alimentar su vida de oración, y a la vez para responder a quien le pida razón de su esperanza (cfr. 1 Pe 3, 15), en los distintos desafíos de la vida social y profesional. “Cuídame, aunque te caigas de viejo –concluye san Josemaría– el afán de formarte más” (Surco, n. 538).

13 de febrero de 2019

SANTIFICAR EL TRABAJO

— El cansancio y la fatiga nos deben ayudar a ser corredentores con Cristo.
— Prestigio profesional. La pereza, el gran enemigo del trabajo.
— Virtudes del trabajo bien realizado.

I. Después de haber creado Dios la tierra y de haberla enriquecido con toda suerte de bienes, tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén, para que lo guardara y lo cultivara1, es decir, para que lo trabajase. El Señor, que había hecho al hombre a su imagen y semejanza2, quiso también que participase en su poder creador, transformando la materia, descubriendo los tesoros que encerraba, y que plasmase la belleza en obras de sus manos. De ninguna manera fue el trabajo un castigo sino, por el contrario, «dignidad de vida y un deber impuesto por el Creador, ya que el hombre fue creado ut operaretur. El trabajo es un medio por el que el hombre se hace participante de la creación y, por tanto, no solo es digno, sea el que sea, sino que es un instrumento para conseguir la perfección humana –terrena– y la perfección sobrenatural»3.

Este mandato divino existía ya antes de que nuestros primeros padres pecasen. El pecado original añadió al trabajo la fatiga y el cansancio, pero el trabajo en sí mismo sigue siendo noble, digno, por ser participación en el poder creador de Dios, aunque «ahora va acompañado de penalidades y de sufrimientos, de infertilidad y cansancio. Sigue siendo un don divino y una tarea que ha de ser realizada bajo condiciones penosas, lo mismo que el mundo sigue siendo el mundo de Dios, pero un mundo en el cual ya no se percibe con claridad la voz divina»4.

El trabajo es una bendición, un bien que corresponde a la dignidad del hombre y la aumenta5. «La Iglesia halla en las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de su convicción según la cual el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana sobre la tierra»6.

El trabajo adquirió con Cristo, en sus años de vida oculta en Nazaret y en los tres años de ministerio público, un valor redentor. Con la Redención, los aspectos penosos del trabajo asumieron un valor santificador para quien lo ejerce y para toda la humanidad. El sudor y la fatiga, ofrecidos con amor, se vuelven tesoros de santidad, pues el trabajo hecho por amor a Dios es la participación humana, no solo en la obra de la Creación, sino también en la de la Redención. Toda labor comporta una parte de fatiga y de agobio que podemos ofrecer al Señor como expiación de las culpas humanas. Aceptar con humildad esa parte de esfuerzo, que incluso la mejor organización laboral no logra eliminar, significa colaborar en la purificación de nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros sentimientos7. Examinemos hoy en la oración si nos quejamos con frecuencia en el trabajo: en la oficina, en el taller, en las tareas de la casa, en el estudio; veamos junto al Señor si ofrecemos la fatiga y el cansancio por fines noblemente ambiciosos; averigüemos si en estos aspectos menos agradables de todo trabajo encontramos la mortificación cristiana que nos purifica y que podemos ofrecer por otros.

II. El trabajo es un talento que recibe el hombre para hacerlo fructificar, y «es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad»8. Para el cristiano, además, el trabajo bien acabado es ocasión de un encuentro personal con Jesucristo, y medio para que todas las realidades de este mundo estén informadas por el espíritu del Evangelio.

Para que «el hombre se haga más hombre»9 con el trabajo, para que sea medio y ocasión de amar a Cristo y de darle a conocer, son necesarias una serie de condiciones humanas: la diligencia en su cumplimiento, la constancia, la puntualidad..., el prestigio y la competencia profesional. Por el contrario, el escaso interés en lo que se realiza, la incompetencia, el absentismo laboral... son incompatibles con el sentido auténticamente cristiano de la vida. El trabajador negligente o desinteresado, en cualquier puesto que ocupe en la sociedad, ofende en primer lugar la propia dignidad de su persona y la de aquellos a quienes se destinan los frutos de esa tarea mal realizada. Ofende a la sociedad en la que vive, pues de algún modo repercute en ella todo el mal y todo el bien de los individuos. El trabajo mal hecho, el realizado con desidia, con retraso y chapuzas, no solo es una falta o un pecado contra la virtud de la justicia, sino también contra la caridad, por el mal ejemplo y por las consecuencias que de esta actitud se derivan.

El gran enemigo del trabajo es la pereza, que se manifiesta de muchas maneras. No solo es perezoso el que deja pasar el tiempo sin hacer nada, sino también el que realiza muchas cosas pero rehúsa llevar a cabo su obligación concreta: escoge sus ocupaciones según el capricho del momento, las realiza sin energía, y las pequeñas dificultades son suficientes para que cambie de tarea. El perezoso suele ser amigo de «comienzos», pero su repugnancia ante el sacrificio que supone un trabajo continuo y profundo le impide poner las «últimas piedras», acabar bien lo que comenzó.

Quienes queremos imitar a Cristo debemos esforzarnos por adquirir una adecuada preparación profesional, que luego continuamos en los años de ejercicio de nuestra profesión u oficio. La madre de familia que se dedica a sus hijos debe saber llevar una casa, ser buena administradora de los recursos y de los bienes domésticos; tener la casa agradable, arreglada con gusto más que con lujo, para que toda la familia se encuentre bien; conocer el carácter de sus hijos y de su marido y saber, cuando llegue el caso, cómo plantearles aquellas cuestiones difíciles en las que pueden mejorar; ha de ser fuerte y, a la vez, dulce y sencilla. Deberá sacar adelante esa tarea con mentalidad profesional, ateniéndose a un horario fijo, no perdiendo el tiempo en conversaciones interminables, evitando encender la televisión a horas intempestivas... El estudiante, si quiere ser buen cristiano, ha de ser buen estudiante: asistiendo a clase, llevando las asignaturas al día, teniendo en orden los apuntes, aprendiendo a distribuir el tiempo que dedica a cada materia. Igualmente competentes han de ser el arquitecto, la secretaria, la modista, el empresario... «El cristiano que falta a sus obligaciones temporales –enseña el Concilio Vaticano II–, falta a sus deberes con el prójimo, falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación»10; ha equivocado el camino en una materia esencial y se encuentra imposibilitado, si no cambia, para encontrar al Señor.

Miremos a Jesús mientras realiza su trabajo en el taller de José y preguntémonos hoy si se nos conoce en nuestro ambiente por el trabajo bien hecho que realizamos.

III. El prestigio profesional se gana día a día, en un trabajo silencioso, cuidado hasta el detalle, hecho a conciencia, en la presencia de Dios, sin dar demasiada importancia a que sea visto o no por los hombres. Este prestigio en la propia profesión u oficio, en el estudio los estudiantes, tiene repercusiones inmediatas en los colegas y amigos: nuestra palabra que trata de acercarles a Dios tendrá peso y autoridad, y el ejemplo de trabajo competente les ayudará a mejorar en sus tareas profesionales. Se convierte la profesión en pedestal de Cristo, donde se le ve incluso de lejos.

Junto al prestigio profesional, el Señor nos pide otras virtudes: el espíritu de servicio amable y sacrificado, la sencillez y la humildad para enseñar sin darse importancia, la serenidad –para que la actividad intensa no se convierta en activismo–, el dejar la tarea y sus preocupaciones a un lado cuando ha llegado el momento de hacer un rato de oración o atender a la familia y escuchar a la mujer, al marido, a los hijos, a los padres, a los amigos...

El trabajo no debe llenar el día de tal manera que ocupe ese tiempo dedicado a Dios, a la familia, a los amigos... Sería un síntoma claro de que ya no nos estamos santificando, sino que nos estamos buscando en él a nosotros mismos. Sería otra forma de corrupción de ese «don divino». Esta deformación es quizá más peligrosa en nuestro tiempo, por las mismas exigencias desenfocadas en las que están fundamentados muchos trabajos. Nosotros, cristianos corrientes y sencillos en medio del mundo, no podemos olvidar nunca que debemos encontrar a Cristo cada día en medio y a través de nuestros quehaceres, cualesquiera que estos sean.

Acudamos a San José para que nos enseñe las virtudes fundamentales que debemos vivir en el ejercicio de nuestra profesión. «José sacaba de apuros a muchos, sin duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas»11. Cerca de José encontraremos a María.