"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

7 de julio de 2023

"Misericordia quiero y no sacrificios”

 



Evangelio (Mt 9, 9-13)


Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo:

—Sígueme.

Él se levantó y le siguió.

Ya en la casa, estando a la mesa, vinieron muchos publicanos y pecadores y se sentaron también con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: —¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?

Pero él lo oyó y dijo:

—No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.



PARA TU RATO DE ORACION 


MATEO DESCRIBE así su propia reacción ante la llamada del Maestro: «Se levantó y le siguió» (Mt 9,9). A partir de aquel momento, su vida será totalmente distinta a la que antes llevaba. Lo encuentra mientras está sentado recaudando impuestos. Quizá su propósito era principalmente el de disfrutar de las riquezas que ganaba. Con Jesús, sin embargo, las prioridades de su vida serán distintas. Cierto es que hasta ese momento no gozaba de gran fama entre sus paisanos, pero el dinero y la estima de las autoridades romanas compensaba el rechazo de muchas personas de su pueblo. Sin embargo, ante la mirada y las palabras de Jesús, Mateo decide abandonar esas seguridades y lanzarse a la aventura de seguir al Mesías.


«Él se levantó». Uno no se levanta ante cualquiera. Es un gesto que manifiesta el reconocimiento hacia una persona importante; significa interrumpir lo que uno tenía entre manos para dedicarle toda la atención. Cuando una persona está de pie significa que está alerta, en condiciones de partir hacia acá o hacia allá. Mateo se muestra dispuesto a hacer lo que sea por Jesús porque, gracias a Dios y a sus disposiciones personales, su escala de valores ha cambiado: lo más importante ya no son las riquezas o vivir de una manera acomodada, sino dedicar todas sus energías a Cristo.


Probablemente san Mateo era consciente de los riesgos que entrañaba esta decisión. Pero también deja atrás la actitud de quien se afana por hacer cálculos. La vida de todo discípulo consiste en abrirse a una aventura divina, muchas veces llena de sorpresas e incertidumbres. Seguir a Jesús es caminar pendiente de sus huellas, sin siempre saber exactamente hacia dónde le van a llevar, pero consciente de que la felicidad que él nos puede conseguir es mucho mayor que nuestras propias predicciones. «Es necesario confiar en él y dar un paso hacia su encuentro, y quitarnos el miedo de pensar que, si lo hacemos, perderemos muchas cosas buenas de la vida. La capacidad que tiene de sorprendernos es mucho mayor que cualquiera de nuestras expectativas»1.


LA RESPUESTA que san Mateo dio a Jesús no se centra en sí mismo. No se pone a pensar si está preparado o no, o si más adelante estará en mejores condiciones para tomar una decisión. Quizás estaba, de una manera misteriosa, esperando una llamada como la que le dirige el Maestro. Y para descubrirla en todo su brillo tuvo que mirarle y escucharle atentamente a él, más que a sí mismo. Siempre puede aparecer la tentación de dejar de seguir a Jesús y sentarse a calcular los gastos y beneficios, especialmente cuando las cosas se hacen más costosas, y puede parecer que no vale la pena el esfuerzo.


Esto es lo que le ocurrió a Pedro cuando caminó sobre las aguas. Mientras mantenía la mirada fija en Jesús era capaz de mantenerse en pie y avanzar. Pero en cuanto prestó atención a su fragilidad y a la fuerza del viento, entró en su corazón el miedo y la inseguridad, que casi terminan por hundirle. Ante su grito –«¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30)–, «Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”» (Mt 14,31).


Seguir una vocación tiene algo de caminar sobre las aguas; de ir más allá de nuestras propias capacidades, confiados en que es el Señor quien hace las cosas y quien lleva las cuentas. En este camino, como es lógico, es indispensable el acompañamiento espiritual de quien nos puede aconsejar o ayudar siempre en el discernimiento, y no solo en las primeras etapas del descubrimiento de una llamada. «Sirve a tu Dios con rectitud –escribe san Josemaría–, séle fiel... y no te preocupes de nada: porque es una gran verdad que “si buscas el reino de Dios y su justicia, él te dará lo demás –lo material, los medios– por añadidura”»2.


PARA CELEBRAR la respuesta a la llamada de Jesús, san Mateo decide preparar una comida en su casa. Allí están presentes algunos publicanos como él y otros que, a ojos del pueblo, también eran considerados pecadores públicos. De ahí que los fariseos, al ver al Señor comiendo con los amigos de Mateo, preguntaran a los discípulos: «¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?» (Mt 9,11). Pero Cristo, al oír estas palabras, respondió: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended qué sentido tiene: “Misericordia quiero y no sacrificios”; porque no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9, 12-13).


«Lo primero de todo que debemos hacer es reconocer esto: ninguno de nosotros, ninguno de los que estamos aquí, puede decir: “Yo no soy pecador”. Los fariseos sí que lo decían, y Jesús los condena»3. Aceptarnos como somos, con nuestras virtudes y defectos, nos atrae hacia el Señor. Él no viene junto a nosotros porque hayamos hecho las cosas bien, sino porque somos pecadores que necesitamos su misericordia. El primer paso para acoger al Señor es reconocer la necesidad que tenemos de él. De este modo, nos enfrentaremos a nuestras miserias personales de la mano de Cristo, sabiendo que la experiencia del pecado no nos hará dudar de nuestra misión. «El poder de Dios se manifiesta en nuestra flaqueza –dice san Josemaría–, y nos impulsa a luchar, a combatir contra nuestros defectos, aun sabiendo que no obtendremos jamás del todo la victoria durante el caminar terreno. La vida cristiana es un constante comenzar y recomenzar, un renovarse cada día»4.


María es madre de misericordia. Ella nos puede ayudar a reconocer nuestros pecados con una mirada materna que no condena. Y también nos alcanzará de su hijo la gracia para luchar con esperanza, sabiendo que Jesús se manifiesta a nosotros «en el esfuerzo por ser mejores, por realizar un amor que aspira a ser puro»5.

6 de julio de 2023

No se puede ser feliz sin amigos


 



Evangelio (Mt 9, 1-8)


Subió a una barca, cruzó de nuevo el mar y llegó a su ciudad. Entonces, le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.


Entonces algunos escribas dijeron para sus adentros: «Éste blasfema».


Conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: —¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, y anda»? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados —se dirigió entonces al paralítico—, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.


Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se atemorizó y glorificó a Dios por haber dado tal potestad a los hombres.


PARA TU RATO DE ORACION 


«LAS CIRCUNSTANCIAS actuales de la evangelización hacen aún más necesario, si cabe, dar prioridad al trato personal, a este aspecto relacional que está en el centro del modo de hacer apostolado que san Josemaría encontró en los relatos evangélicos»1, señala el prelado del Opus Dei. San Mateo nos ofrece, precisamente, un relato de auténtica amistad. Un grupo de amigos de un paralítico, movidos por el cariño que le tienen y por su gran fe, se empeñan en llevarle hasta Jesús para que sea curado. Al Maestro le conmueve este gesto. Por eso, no solo va a curar su cuerpo, sino que «viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: ¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2).


San Marcos, en su evangelio, nos cuenta también que había tanta gente en el lugar donde se encontraba Jesús que no podían acercarse a él. Pero esta circunstancia no los detuvo. Con determinación y audacia decidieron subir a lo alto de la casa y descolgaron la camilla con el paralítico, abriendo un boquete en el techo, justo delante de donde estaba Jesús. Podemos imaginarnos la sorpresa de la multitud. Asistirían atónitos al desprendimiento de materiales de la techumbre y al descenso de la camilla. Quizás no todos mirarían con buena cara esta operación, especialmente los dueños de la casa, o quienes habían conseguido entrar gracias a una larga espera. Pero la amistad era más fuerte. Obran con la seguridad y con la libertad de un amor que les mueve a actuar pensando en el bien de ese amigo necesitado, aunque no de la manera en que todos esperaban.


También el paralítico demuestra una gran capacidad de amistad al dejarse ayudar y ponerse en manos de sus amigos. Muy seguro tenía que estar de ellos para prestarse a semejante maniobra. Jesús queda impresionado por la fuerza de esa amistad y por la audacia de su fe. Por eso, a diferencia de otras veces en las que Jesús pide la fe del que va a ser curado, aquí pone el acento en la de los amigos. Esta curación muestra hasta qué punto la verdadera amistad es fuente de bendiciones divinas: «La amistad es uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura»2.


LA GRACIA puede potenciar mucho la amistad al abrir aquella relación entre amigos al ámbito de la fe, de la esperanza y de la caridad. Estas tres virtudes se ponen de manifiesto en la escena que estamos considerando. «La acción de Cristo es una respuesta directa a la fe de esas personas, a la esperanza que depositan en él, al amor que demuestran tener los unos por los otros»3. Jesús curó ayer y sigue curando hoy. Pero la gracia de Cristo «no sana simplemente la parálisis, sana todo, perdona los pecados, renueva la vida del paralítico y de sus amigos. Hace nacer de nuevo. (…) Imaginamos cómo esta amistad, y la fe de todos los presentes en esa casa, habrán crecido gracias al gesto de Jesús»4.


«Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano –el único que merece la pena–, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios»5, dice san Josemaría. La profunda amistad con Cristo habitualmente se manifiesta con naturalidad, sin darnos cuenta, mediante la alegría y un deseo de servir que se expresa en mil pequeños gestos. «Este modo de transmitir el Evangelio reviste una particular eficacia, también por responder a una realidad antropológica importante: el diálogo interpersonal, en el que se busca transmitir a otro el bien recibido. Este diálogo apostólico surge con naturalidad cuando existe amistad sincera. No se trata de una instrumentalización de la amistad, sino de hacer partícipes a los amigos del gran bien de la fe y de la amistad con Cristo»6.


Porque puede suceder lo contrario, y cuando algo tan valioso como la amistad con un hijo o una hija de Dios es rebajado a un medio para conseguir una meta personal, por más elevada que esta sea, deja siempre un regusto amargo. Jesús admiraba la verdadera amistad porque él mismo la experimentó y la sigue experimentando. Por eso, una característica de la amistad es la gratuidad: uno es amigo de otro no porque puede conseguir algo, sino porque simplemente le quiere; cada uno es feliz con la existencia del otro y no quiere más que su bien.


LA AMISTAD es siempre un regalo. No es algo que se pueda programar o calcular, pero sí se puede fomentar. «Si uno manifiesta noblemente sus sentimientos y es leal, si sabe sacrificarse por los demás, al final ocurre lo que escribía san Juan de la Cruz: donde no hay amor, pon amor y sacarás amor. También podría decirse: donde no hay amistad, pon los sentimientos nobles de la amistad y sacarás amistad»7. También podemos crecer en disposiciones que nos hacen personas más amables y fiables; con nuestra actitud podemos preparar el terreno para crear una relación auténtica con nuestros amigos. «Ganar en afabilidad, alegría, paciencia, optimismo, delicadeza, y en todas las virtudes que hacen amable la convivencia es importante para que las personas puedan sentirse acogidas y ser felices: “Palabras dulces ganan muchos amigos, y el bien hablar multiplica las cortesías” (Eclo 6,5). La lucha por mejorar el propio carácter es condición necesaria para que surjan más fácilmente relaciones de amistad»8.


En la filosofía clásica se considera que no se puede ser feliz sin amigos, y santo Tomás comenta también que sin amigos no se puede alcanzar la plenitud de la felicidad. Un amigo es uno de los mayores tesoros que podemos tener, pero es un tesoro que requiere cuidado. Podemos pensar cómo habrán cuidado la amistad quienes acompañaban al paralítico del relato evangélico. Seguramente no habrá sido siempre fácil y cómodo, pero al final valió la pena porque les llevó cerca de Cristo. No basta solo con compartir momentos en común, sino que requiere hacerse uno con el otro: lo que preocupa o alegra a un amigo es importante, porque es también mío. Podemos acudir a santa María para que nos ayude a tener un corazón que, como el suyo, se haga uno con el de nuestros amigos.


5 de julio de 2023

UNA ORACION QUE TRANSFORMA




 Evangelio (Mt 8,28-34)

En aquel tiempo:

Al llegar a la orilla opuesta, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados, que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino. Y en esto, se pusieron a gritar diciendo:

— ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?

Había no lejos de ellos una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios le suplicaban:

— Si nos expulsas, envíanos a la piara de cerdos.

Les respondió:

— Id.

Y ellos salieron y entraron en los cerdos. Entonces toda la piara se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar y pereció en el agua. Los porqueros huyeron y, al llegar a la ciudad, contaron todas estas cosas, y lo sucedido a los endemoniados. Así que toda la ciudad vino al encuentro de Jesús y, cuando le vieron, le rogaron que se alejara de su región.


PARA TU RATO DE ORACION 


DESPUÉS de sortear una tormenta, Jesús y sus apóstoles llegan a la otra orilla del lago de Galilea, a la región de los gadarenos. Se trata de una zona pagana, alejada de la influencia judía y sin grandes expectativas de salvación. El Señor no se conforma con predicar el Reino de Dios entre sus paisanos, sino que quiere llevar la esperanza de la redención a todos los hombres: también los que habitan en regiones periféricas están llamados a encontrarse con el Hijo de Dios.


Mientras caminaban por la región, de pronto se les acercaron «dos endemoniados, que salían de los sepulcros, tan furiosos que nadie podía transitar por aquel camino» (Mt 8,28). Llama la atención la seguridad con la que Jesús recorre aquellos senderos que se han vuelto tan peligrosos. El Señor no evita los problemas, ni se deja llevar por la indiferencia ante las situaciones difíciles que encuentra. Su misión, por el contrario, consiste en hacer transitables todos los caminos de este mundo, en remover los obstáculos que nos impiden vivir con la alegría y la confianza de los hijos de Dios.


Cada rato de oración es una invitación para que Jesús camine por los senderos de nuestra vida y se introduzca también en aquellas cavernas en las que nosotros mismos no nos atrevemos a asomar nuestras cabezas. De la mano de Jesucristo, si lo invitamos a que resuelva los problemas que nos aquejan, podemos «vivir la propia vida como un continuo entrar en este espacio abierto: este es el sentido del ser bautizado, del ser cristiano»[1]. En vez de caer en el desánimo ante las propias miserias que vuelven estrecha nuestra mirada, podemos pedirle con más insistencia a Jesús que nos regale la anchura de un corazón valiente y enamorado.


«¿QUÉ TENEMOS que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?» (Mt 8,29). Con estas palabras enfrentan los demonios la presencia de Jesús: a pesar de que lo reconocen como Hijo de Dios, reaccionan con temor y odio. Esta actitud nos da una pista de cómo asumir nuestras propias tentaciones y debilidades diarias. Mientras los endemoniados prefieren esconderse en las tinieblas de una caverna y entorpecer el camino de quienes transitan por su alrededor, nosotros queremos ponernos ante la luz de Cristo, para que pueda iluminar nuestras heridas y sanarlas con su amor. «Todos estamos inmersos en los problemas de la vida y en muchas situaciones intrincadas, llamados a enfrentar momentos difíciles y elecciones que nos derriban. Pero, si no queremos ser aplastados, tenemos que levantar todo. Y esto es precisamente lo que hace la oración»[2].


En el diálogo íntimo con Cristo descubrimos ante él nuestro rostro. También nosotros podemos preguntarle al Señor: «¿Qué tengo que ver contigo? ¿Qué aspectos de mi vida puedo airear en tu presencia?». De esta forma, al dirigirnos hacia Jesús con mayor apertura, nos situamos ante su mirada, que no es solo de aceptación, sino también transformadora. Como esos pobres hombres, todos llevamos inscrito en nuestro corazón el profundo deseo de que la palabra de Cristo nos libere.


De ahí que la apertura y la sinceridad en la oración sea un requisito tan importante para su eficacia. Jesús siempre respeta nuestra libertad: él no quiere imponerse con fuerza. Pero basta que le insinuemos un problema, que le manifestemos alguna debilidad que no conseguimos erradicar, para que comience a entrar su luz en nuestros corazones, y con ella también la paz: así regala esa santidad que necesitamos para renovar con su amor todas las calles de este mundo. «Dios Nuestro Señor te quiere santo, para que santifiques a los demás. –Y para esto, es preciso que tú –con valentía y sinceridad– te mires a ti mismo, que mires al Señor Dios Nuestro..., y luego, solo luego, que mires al mundo»[3].


«SI NOS expulsas, envíanos a la piara de cerdos» (Mt 8,31), le gritan los endemoniados a Jesús. Y él, con todo su poder divino, pronuncia una sola palabra que cambia por completo sus vidas: «Id» (Mt 8,32). En la oración no solo vamos a encontrarnos con Jesús y transmitirle lo que llevamos en el corazón, sino que también esperamos su palabra salvadora. Sabemos que el Señor no es amigo de razonamientos complejos, ni esconde su sabiduría en grandes discursos. Si somos delicados para escucharlo, y vamos a nuestra oración con una disposición abierta, Cristo puede realizar en nuestra biografía milagros tan grandes como la expulsión de esos demonios.


Para que el Señor pueda actuar en nuestras vidas y volver transitables los caminos de nuestro mundo interior, necesitamos la perseverancia. La huella que va dejando la oración no es la de una lluvia pasajera, sino más bien la de un torrente que fluye sereno y constante. Cada día acudimos a la oración para confrontar nuestros deseos cotidianos con la voluntad de Dios. Precisamente en esa combinación de nuestra libertad con la gracia divina, de nuestra sinceridad con su palabra, acogemos la semilla que Jesús quiere sembrar en nosotros y que poco a poco llegará a ser un árbol bien arraigado, fuerte y frondoso. «Ciertamente, la oración es un don, que pide, sin embargo, ser acogido; es obra de Dios, pero exige compromiso y continuidad de nuestra parte; sobre todo son importantes la continuidad y la constancia»[4].


La Virgen María nos enseña a pasar todos los momentos de nuestra vida por la oración, especialmente las dificultades y las contradicciones. Después de haber encontrado al niño Jesús en el templo y de haber escuchado su explicación, el evangelista nos dice que sus padres no comprendieron lo que les había dicho. Todavía tenían el sufrimiento de la pérdida demasiado presente. Pero María, en vez de rebelarse ante los planes de Dios, guarda las palabras de su Hijo como un tesoro en su corazón. Fue así como se preparó para el duro momento de la cruz.



4 de julio de 2023

Tenemos un timón

 


Evangelio (Mt 8, 23-27)


Se subió después a una barca, y le siguieron sus discípulos. De repente se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Se le acercaron para despertarle diciendo:


—¡Señor, sálvanos, que perecemos!


Jesús les respondió:

—¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe?


Entonces, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma. Los hombres se asombraron y dijeron:


—¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?


PARA TU RATO DE ORACION 


«EN AQUEL TIEMPO, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De repente se produjo una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía» (Mt 8,23-24). Quizás hasta ese momento los apóstoles siempre se habían sentido seguros en compañía de Jesús; desde que los había llamado a seguirlo, aprendieron a confiar cada vez más en su palabra y en su poder. Habían sido testigos de curaciones milagrosas, de expulsiones de demonios y de unas enseñanzas que les llenaban el corazón con una paz distinta a la del mundo. Incluso tal vez en algún momento llegaron a pensar que estar cerca de Cristo les ahorraría muchos problemas de la vida cotidiana.


Por eso, la precaria situación de la barca en medio de la tempestad quizá los encuentra desprevenidos. Probablemente, la mayoría de ellos estaban acostumbrados a soportar las tormentas del lago y el bramido de las olas: varios eran pescadores y de algún modo se sentirían tan cómodos entre el movimiento del agua como en la estabilidad de la tierra firme. No obstante, también serían conscientes desde hacía mucho tiempo de que su trabajo no podría librarse del peligro de muerte que se esconde detrás de una tormenta. Pero esta vez el miedo tenía una dimensión distinta. Y lo que no conseguían comprender era que, mientras el agua entraba en la barca amenazando con hundirla, Jesús durmiera. Su mejor amigo, aquel que había demostrado en otras ocasiones su poder sobre la naturaleza y una compasión sin fronteras, parecía indiferente ante su situación.


«Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre»1. Las tormentas forman parte de todas las biografías. La barca de nuestra vida pasa, tarde o temprano, por momentos de mayor movimiento e inseguridad. Pero precisamente esas situaciones que parecen escaparse a nuestro control pueden ser un sendero que nos conduce a una fe más profunda, a un abandono de hijo de Dios, imitando el de Jesús en su Padre, que nunca es indiferente frente a nosotros.


«¡SEÑOR, sálvanos, que perecemos» (Mt 8,25). Es comprensible la reacción de los discípulos. Temerosos y sorprendidos ante la actitud de Jesús, se acercan a su lado para despertarlo y pedirle ayuda. En el fondo, se trata de una reacción llena de fe: saben que él puede cambiar la situación en la que se encuentran, de modo que brille nuevamente el sol en aquella tormenta. Se puede entender bien que, ante un problema de tal envergadura, su primera medida haya sido acudir a Jesús. Los apóstoles nos enseñan, una vez más, que siempre podemos contar con la ayuda del Señor, en cualquier momento de nuestra jornada.


Sin embargo, la respuesta del Maestro los habrá sorprendido casi aún más que su sueño. En vez de consolarlos, o de detener de inmediato la tormenta, les dirige unas palabras que tienen un tono de reproche: «¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe» (Mt 8,26). A primera vista podría parecer que Jesús no se hace cargo de la situación de los discípulos: su miedo era un sentimiento natural ante el peligro de muerte. Pero, al parecer, esta vez el Señor quería enseñarles una verdad más profunda y sobrenatural: que la confianza en él es distinta al sentimiento de seguridad personal, que la seguridad en Dios en realidad conduce a una apertura hacia la voluntad del Padre, incluso cuando a veces se nos presenta como difícil de comprender.


«Detrás de los grandes interrogantes, Dios quiere abrirnos un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos»2. Son los momentos de tormenta, cuando en nuestra vida ordinaria ocurren hechos que nos cuesta comprender, las ocasiones en las que Jesús nos invita a seguir confiando en él. Si él viaja en nuestra barca, aunque aparentemente duerma, estamos seguros de que llegaremos a la orilla. En aquellos momentos de dificultad podemos pedir a Dios que nos conceda la gracia de convertirlos en una escuela de fe, que nos dé la posibilidad de experimentar con mayor claridad que solo Dios es nuestra seguridad.


«ENTONCES, puesto en pie, increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran calma» (Mt Mc 8,26). La compañía de Jesús en nuestra vida es la mejor garantía de que recuperaremos la calma tan ansiada. Como los apóstoles, en nuestra oración tendremos muchas ocasiones para maravillarnos ante el poder del Señor en nuestras vidas: «¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mc 8,27). Pero no queremos confundir la paz y la alegría cristianas con la comodidad ni con un estado de apatía ante los problemas propios o ajenos. La paz de Cristo es uno de los frutos más preciosos de la cruz: es la manifestación de un amor que hizo suyo el miedo ante la muerte y el dolor. También Jesús pasó por una terrible tormenta, y con ello nos mostró que la gloria del Padre disipa toda oscuridad.


«Tenemos un ancla: en su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor»3. Cuando sentimos que las olas interiores o del mundo amenazan con hundir nuestra barca, podemos pensar en la cruz de Jesús y buscar en ella nuestro refugio. Al contemplar que Cristo entrega su vida por nosotros, nos damos cuenta de que, en realidad, no duerme; está más bien clavado en un madero, consolando con su sufrimiento y con su amor las tempestades de todos los hombres.


«Santa María es –así la invoca la Iglesia– la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!”. Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad? Te sorprenderás de su inmediata eficacia»4.

3 de julio de 2023

Aceptar nuestra vida tal y como Dios la quiere




Evangelio (Juan 20,24-29)


Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:

—¡Hemos visto al Señor!


Pero él les respondió:

—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.


A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:

—La paz esté con vosotros.


Después le dijo a Tomás:

—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.


Respondió Tomás y le dijo:

—¡Señor mío y Dios mío!


Jesús contestó:

—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.



PARA TU RATO DE ORACION 


JESÚS acaba de realizar varias curaciones de enfermos y endemoniados. Se cumplía así la profecía de Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (Is 53,4). La multitud se encuentra entusiasmada al presenciar semejantes prodigios, pero el Señor considera que por el momento su actividad en aquella tierra ha sido suficiente. Por eso, se dispone a tomar la barca para dirigirse a la orilla opuesta. Sin embargo, antes de que pudiera partir, se acerca un escriba y le dice: «Maestro, te seguiré adonde vayas» (Mt 8,19).


La decisión que había tomado este escriba era definitiva: estaba dispuesto a dejarlo todo con tal de permanecer junto a Jesús. En el poco tiempo transcurrido con él, había descubierto una felicidad nueva. Pero lo que había experimentado era el primer fogonazo, porque conocer a Cristo «es una aventura que lleva toda la vida, porque el amor de Jesús no tiene límites»1. Sin embargo, el escriba sentía que ya no era suficiente haber compartido con Jesús unas pocas horas: quería que toda su existencia girase en torno a él.


La vida de todo cristiano es una constante búsqueda de Jesús. Más todavía: la vida de todas las personas es la constante búsqueda de una felicidad que no podrá ser saciada sino en Dios. En ocasiones experimentamos intensamente su cercanía, y en otras quizás tenemos la impresión de que no nos escucha. Pero esta es la fidelidad que nos pide: la fidelidad de la búsqueda, la fidelidad a ese anhelo de Dios. «Esta lucha del hijo de Dios no va unida a tristes renuncias, a oscuras resignaciones, a privaciones de alegría –escribe san Josemaría–: es la reacción del enamorado, que mientras trabaja y mientras descansa, mientras goza y mientras padece, pone su pensamiento en la persona amada»2.


LA RESPUESTA del Señor a las intenciones del escriba está envuelta en cierto misterio: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Parecería que esta reacción tiene poco que ver con lo que acaba de escuchar. Sin embargo, estas palabras reflejan el estilo de vida de Jesús y de quien, como el escriba, quiere seguirle. «Él nos aparta del recrearnos sin complicaciones en las cómodas llanuras de la vida, del ir tirando ociosamente en medio de las pequeñas satisfacciones cotidianas»3.


El escriba estaba dispuesto a dejar su existencia tranquila y predecible para seguir a Jesús. Lo mismo habían realizado los apóstoles anteriormente: habían dejado atrás las propias seguridades y se habían lanzado a una aventura impredecible, con la confianza puesta en su cercanía al Señor. «Si estamos en las manos de Cristo –dice san Josemaría–, debemos impregnarnos de su Sangre redentora, dejarnos lanzar a voleo, aceptar nuestra vida tal y como Dios la quiere»4.


La felicidad no es algo que podemos conseguir con nuestro simple empeño individual, mediante esfuerzos y planificaciones personales. La felicidad de Dios nos espera, en gran parte, en las relaciones con las personas que tenemos cerca: esa es la vida «tal y como Dios la quiere». La persona amada, el amigo o el hermano, nos pueden dar aquello que nosotros solos no podemos: sentirnos amados, acogidos, comprendidos en nuestra búsqueda. En aquella aventura «intranquila e impredecible» de quien sigue a Jesucristo, contamos con las personas que Dios ha puesto a nuestro lado. Ellas, y sobre todo Cristo mismo, son el mejor lugar donde siempre podremos «reclinar la cabeza».


DESPUÉS del escriba, se acerca al Señor un discípulo y le dice: «Permíteme ir primero a enterrar a mi padre» (Mt 8,21). Jesús replica: «Sígueme y deja a los muertos enterrar a sus muertos» (Mt 8,22). «Si Jesús se lo prohibió, no es porque nos mande descuidar el honor debido a quienes nos engendraron –explica san Juan Crisóstomo–, sino para darnos a entender que nada ha de haber en nosotros más necesario que entender en las cosas del cielo, que a ellas nos hemos de entregar con todo fervor»5.


«El Señor –Maestro de Amor– es un amante celoso que pide todo lo nuestro, todo nuestro querer»6. El verdadero amor exige dar y recibir por completo. Es lo que ha hecho Dios con cada uno de nosotros al hacerse hombre, morir, resucitar y al quedarse en la Eucaristía. Seguir esta lógica divina del amor a Dios y a los demás es lo que nos da una felicidad que el mundo no alcanza a dar. «El Señor colma de alegría a los que, dedicándole la vida desde esta perspectiva, responden a su invitación a dejar todo para quedarse con él y dedicarse con todo el corazón al servicio de los demás. Del mismo modo, es grande la alegría que él regala al hombre y a la mujer que se donan totalmente el uno al otro en el matrimonio para formar una familia y convertirse en signo del amor de Cristo por su Iglesia»7.


No sabemos cuál fue la reacción del discípulo ante las palabras del Maestro; desconocemos si efectivamente se marchó o bien decidió acompañarle. Lo que sí sabemos es que Jesús quiere que le amemos sin reservas, pero con libertad. No obliga ni al escriba ni al discípulo: deja que ellos tomen sus decisiones. Cristo «no se impone dominando: mendiga un poco de amor»8. Podemos pedir a María que sepamos seguir a su hijo con el mismo amor y con la misma libertad que marcó también su vida.





2 de julio de 2023

Quien pierda por mí su vida, la encontrará

 



Evangelio (Mt 10,37-42)


Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará.


Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.


PARA TU RATO DE ORACION 


UN DÍA el profeta Eliseo se encontraba en la ciudad de Sunem. Una mujer importante le pidió que fuera a comer a su casa. Y así, cada vez que Eliseo pasaba por ahí, se quedaba a comer. La mujer se dio cuenta de que era un hombre de Dios, y hablando con su marido decidieron preparar una zona de su casa para él: «Hagamos una pequeña habitación en la parte de arriba y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelabro, y así, cuando venga a nosotros, se instalará ahí» (2Re 4,10). Cuando Eliseo llegó y se instaló en el cuarto, quiso averiguar cómo podía devolver tanta hospitalidad. Ante las negativas de la sunamita por recibir nada, Eliseo se enteró de que aquel matrimonio no había podido tener hijos, por lo que dijo a la mujer: «El año próximo, por este tiempo, tú abrazarás un hijo» (2Re 4,16). Y ella, en el tiempo señalado, dio a luz un hijo.


Dios sabe apreciar los gestos de caridad que dirigimos a nuestros hermanos, especialmente si, como Eliseo, han sido llamados por él para una misión. «Quien a vosotros os recibe –dijo Jesús a los apóstoles cuando se disponían a anunciar la llegada del Reino–, a mí me recibe» (Mt 10,40). De hecho, el Señor aseguró que ni siquiera un vaso de agua fresca que alguien dé a sus discípulos quedará sin recompensa (cfr. Mt 10,42). El mismo Cristo, además, recibía cobijo por parte de amigos o conocidos, pues no tenía dónde reclinar la cabeza, y sabía reconocer las atenciones que le prestaban. Se podría decir que Dios cuenta con las relaciones humanas para fortalecer a los pastores de su pueblo. En primer lugar, con la oración por ellos, para que «sean siempre ministros de la alegría del Evangelio para todas las gentes»[1]; pero también con la cercanía y la ayuda material, para recordarles que no están solos y para sostenerles en su trabajo sacerdotal.


EN SU discurso a los apóstoles, el Señor comentó también una exigencia a la hora de seguir el Evangelio: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37). Ciertamente, esto no significa que sus discípulos tengan que desprenderse de todo vínculo familiar. De hecho, en otra ocasión Jesús reprenderá a los doctores de la Ley por privar de lo necesario a sus padres con la excusa de dárselo al altar (cfr. Mc 7,8-13). El cariño animado y purificado por el amor del Señor «se hace plenamente fecundo y produce frutos de bien en la propia familia y mucho más allá de ella»[2]. Por eso Jesús quiere subrayar que en primer lugar se encuentra el amor a Dios, pues si es auténtico se traducirá en amor a los padres y a los hijos.


San Josemaría solía decir que las personas de la Obra debían el noventa por ciento de la vocación a sus padres: si han sabido ser generosos a la llamada divina ha sido porque han visto esa generosidad en el hogar familiar. Y esto, en la mayoría de los casos, se podría extender a todas las vocaciones en la Iglesia. Por eso, consideraba que no es un sacrificio para los padres que Dios llame a sus hijos. «Es, por el contrario, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo»[3], pues es como si el Señor reconociera el buen trabajo que han realizado con ellos: han puesto en sus almas la semilla del amor de Dios. Y el propio hijo la ha sabido hacer crecer con su libertad, gracias a la oración y el ejemplo que ha visto en sus padres.


JESÚS también advierte a sus apóstoles de que, en la misión que van a emprender, no faltarán las dificultades. «Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará» (Mt 10,38-39). Al mismo tiempo, les anima a que no tengan miedo, pues quien está en las manos de Dios «sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo»[4].


Todas las personas tienen dificultades: una enfermedad, problemas familiares, complicaciones laborales… A veces, la cruz se manifestará también en detalles de nuestro modo de ser o de los demás que no soportamos, o bien en defectos o derrotas en la lucha que nos avergüenzan. Jesús busca el modo de que rechacemos la impresión de estar solos o de sentirnos atrapados en las dificultades. Es cierto que, de modo habitual, no podremos vivir ajenos a todo eso, como si no existiera el mal que procede del diablo y del pecado original, o deseando a cualquier precio una existencia tranquila o sin sobresaltos. El Señor nos toma del brazo y nos ayuda a que abracemos ese problema, ese defecto, del mismo modo en que él abrazó la cruz junto a Simón de Cirene.


«En la Pasión, la cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección»[5]. Ni siquiera a la Madre de Dios se le ahorró el compartir el peso de la cruz. Podemos acudir a ella para que sepamos llevar la nuestra con sentido de hijos de Dios y con visión sobrenatural.

1 de julio de 2023

UNA FE MUY GRANDE

 



Evangelio Mt 8, 5-17


Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión que le rogó:

—Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes.

Jesús le dijo:

—Yo iré y le curaré.

Pero el centurión le respondió:

—Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre que se encuentra bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes. Le digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi siervo: «Haz esto», y lo hace.

Al oírlo Jesús se admiró y les dijo a los que le seguían:

—En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes.

Y le dijo Jesús al centurión:

—Vete y que se haga conforme has creído.

Y en aquel momento quedó sano el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. La tomó de la mano y le desapareció la fiebre; entonces ella se levantó y se puso a servirle.

Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; expulsó a los espíritus con su palabra y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:

Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.



PARA TU RATO DE ORACION 


AL POCO de entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión a Jesús y le rogó: «Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes» (Mt 8,6). Probablemente la súplica sorprendió a la gente que presenció la escena. Sería inaudito que un hombre importante del imperio romano se acercase a un judío con esta actitud: llamándole «señor» y presentándose necesitado, débil y casi desesperado. Quizá era consciente de que una humillación así le haría perder autoridad entre los habitantes de Cafarnaún, pero su prestigio era lo de menos: su prioridad era encontrar una solución que arreglara la situación de su criado. A Jesús le conmovió la humildad de este centurión, y antes incluso de que le hiciera una petición concreta le contestó: «Yo iré y le curaré» (Mt 8,7).


Seguramente las palabras de Jesús volvieron a extrañar a los allí presentes, pues manifestaba la intención de ir a su casa. Cuando un judío entraba en el hogar de un gentil contraía impureza legal, lo que suponía un alejamiento de la presencia de Dios según la Ley. De hecho, el centurión conocía esa costumbre, de ahí que dijera: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8). «Cuando nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra en nosotros, es Él el que vuelve a hacer todo de nuevo, porque esta es la venida, lo que significa cuando viene Cristo: volver a hacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza y el camino»[1].


Jesús desea entrar en el corazón de aquel hombre sencillo y necesitado para manifestarle su amor concreto. También nosotros podemos sentirnos indignos de estar con el Señor, pero Dios precisamente viene en busca del más débil, también del que se siente medio roto, del que ha perdido la autoestima, del que considera que su petición es molesta. Dios ha venido a curar. Y solo espera que, como el centurión, se lo pidamos con humildad y nos acerquemos a Él.


EL CENTURIÓN se fía tanto de Jesús que se conforma con una palabra suya para lograr la curación del criado. En el fondo, ha aplicado un razonamiento que conoce bien. Él mismo tiene una autoridad humana por la que los soldados obedecen inmediatamente a sus órdenes: «Le digo a uno: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene» (Mt 8,9). Por eso a Jesús, que tiene una autoridad divina, le podría bastar una sencilla orden para que la enfermedad desaparezca del cuerpo de su criado. Este planteamiento causó la admiración del Señor y de la muchedumbre: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Os digo que muchos de oriente y occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos» (Mt 810-11). Y podemos considerar: ¿no es así como a veces responden los niños y también las personas que en la vida espiritual tratan de explorar un camino de infancia?


Jesús elogia la fe de un hombre que, con ojos de la época, pocos dirían que pudiera tener fe. Aparentemente, no era la persona más apropiada para recibir una alabanza de este tipo, pues Dios no se había revelado a su pueblo como lo había hecho con Israel. Cristo anuncia de este modo que el nuevo pueblo de Dios no está circunscrito a una nación, sino que ofrece la salvación a todas las gentes. «A los hijos del extranjero que se adhieran al Señor para servirlo –había profetizado Isaías–, (...) les haré entrar en mi monte santo» (Is 56,6-7). Tener una visión esperanzada del mundo, como Jesús, nos lleva a descubrir lo bueno que tienen todas las personas, incluso aquellas que, a simple vista, puedan estar más lejos del Señor. En muchas de ellas, como el centurión, late el deseo de encontrar a un «Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto»[2].


ANTES de recibir la Comunión en la santa Misa, la liturgia nos propone repetir el acto de fe del centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8). Con esta expresión manifestamos la necesidad que tenemos de ser curados por Cristo: él viene a nuestra alma precisamente para sanar nuestras heridas. «La Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles»[3].


A lo largo del día podemos alimentar el deseo de que Jesús venga a nuestra casa a través de la comunión espiritual. «Practícala frecuentemente y tendrás más presencia de Dios y más unión con él en las obras»[4], sugería san Josemaría. Quizá todos tenemos la experiencia de esperar, durante un tiempo, algo que nos hace especial ilusión: una fiesta, unas vacaciones, la llegada de un ser querido… Tal vez los días anteriores están llenos de preparativos y con nuestra imaginación empezamos a suponer cómo transcurrirá ese momento. Y cuando finalmente se hace presente, afrontamos esa jornada con una ilusión casi proporcional al tiempo de espera.


Con la comunión espiritual no solo nos preparamos para recibir al Señor en la Eucaristía, sino que renovamos nuestro deseo de que venga para curarnos. Cuentan que el mismo Jesús en persona confió a santa Faustina Kowalska que si rezamos la comunión espiritual varias veces al día, en tan solo un mes veremos nuestros corazones completamente cambiados. Por eso, le podemos pedir al Señor la fe de los santos, para ser transformados con esa oración. También san José se alimentó de comuniones espirituales durante nueve meses. Soñaba cómo sería el Niño y seguramente hablaría con María acerca de su llegada. Y cuando finalmente nació, sus expectativas quedarían desbordadas: se consideraría el hombre más feliz del mundo al tener entre sus brazos al mismo Dios.