"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

13 de septiembre de 2025

HABLAMOS DE LO QUE TENEMOS EN EL CORAZON

 



Evangelio (Lc 6, 43-49)


Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca.


¿Por qué me llamáis: «Señor, Señor», y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién se parece. Se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada.


El que oye y no pone en práctica se parece a un hombre que edificó su casa sobre la tierra sin cimientos; rompió contra ella el río y enseguida se derrumbó, y fue tremenda la ruina de aquella casa.



PARA TU RATO DE ORACION 



MUCHAS DE LAS imágenes que Jesús emplea en su predicación están tomadas de experiencias comunes de la vida diaria, por lo que son muy expresivas y transmiten con fuerza su enseñanza. Las palabras del Maestro se quedaban así fácilmente grabadas en la memoria de quienes le escuchaban; al volver a sus casas probablemente las recordaban y, después, las repetían entre sus amigos. Hoy la Iglesia nos ofrece dos de esas imágenes: la del árbol que da frutos buenos o frutos malos, y la de la casa construida sobre roca o sobre arena.


«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas del zarzal» (Lc 6,43-44). Los frutos brotan de la interioridad del árbol, de las raíces, de la savia que riega el tronco y las ramas. Con aquella comparación, Jesús nos invita a mirar el interior de nuestro corazón para descubrir los verdaderos motivos de nuestras acciones. Es precisamente allí, en nuestras disposiciones profundas, donde podemos conocer mejor las razones de tal o cual reacción.


«Nuestro prójimo ve lo que nosotros hacemos, pero no ve por qué motivo lo hacemos. Solo Dios es testigo de ello (…). Yo no puedo leer en vuestro corazón –decía san Agustín–, pero Dios que escruta los corazones sabe lo que hay en el hombre»[1]. La nobleza de nuestro corazón es la clave para determinar el bien que existe en nuestra vida. Una mirada superficial o exterior, que se queda solamente en «hice esto» o «no hice aquello», no siempre da con lo que verdaderamente nos mueve. Necesitamos ahondar para descubrir las raíces del bien o del mal, con la tranquilidad de saber que Dios nos conoce perfectamente y él nos acompaña en esta tarea.


EN EL LENGUAJE de la Sagrada Escritura, el corazón es el lugar de las decisiones, es donde se forjan silenciosamente nuestras acciones. El corazón es sede de nuestra afectividad, allí cristalizan nuestros sentimientos; y, justamente por eso, es el lugar en donde converge lo exterior y lo interior. El corazón siente, pero precisamente como aquel sentimiento se refiere a algo externo, se abre a un proceso de conocimiento y de comprensión: es el núcleo más profundo de la persona. Por todo ello, dice Jesús: «El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo» (Lc 6,45).


A la luz de estas palabras de Cristo, le podemos pedir al Señor, como lo hacía san Josemaría, «que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas»[2], capaz de amar y de elegir el bien para nuestra vida y fomentarlo en la vida de quienes nos rodean. «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva en mi interior un espíritu firme», suplicamos con el salmista (Sal 51,12). Ese corazón nuevo, que es de carne y no de piedra (cfr. Ez 36,26), es sobre todo un regalo, un don de Dios. Pero, al mismo tiempo, necesitamos estar alerta para corregir el punto de mira cuando notamos que se desvía del bien, para enderezar con humildad las intenciones menos rectas.


Una manera concreta de examinarnos puede ser recordar los temas más frecuentes de nuestras conversaciones, porque, como añade Jesús, «de la abundancia del corazón habla su boca» (v. 45). ¡Qué sabiduría y qué retrato tan exacto de nuestra vida nos ofrece esta frase del Señor! Cuando nuestras palabras son habitualmente amables, es que el corazón está lleno de bondad y eso sale hacia fuera, dando luz y esperanza. En cambio, si asoma con facilidad la queja o el reproche, quizá nos falta alegría y libertad interior, o quizá se ha depositado en el corazón una cierta amargura. Nuestras conversaciones nos dan pistas para descubrir cómo está nuestro corazón: un posible modo práctico para examinarnos.


«TODO el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, os diré a quién se parece. Se parece a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río rompió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada» (Lc 6,47-48). En esta comparación, Jesús transmite quizás una experiencia que había visto o vivido en primera persona: que el futuro de un edificio depende de sus cimientos. La casa resistirá las inclemencias de la naturaleza solo si sus pilares se asientan sobre roca firme. En cambio, si por comodidad o por tener demasiada prisa la casa no se construyó sobre un suelo recio, a la mínima dificultad llegará la ruina.


«¿Qué quiere decir construir la casa sobre roca? Construir sobre roca quiere decir, ante todo, construir sobre Cristo y con Cristo (…). Quiere decir construir con Alguien que, conociéndonos mejor que nosotros mismos, nos dice: “Eres precioso a mis ojos, (...) eres estimado, y yo te amo” (Is 43,4). Quiere decir construir con Alguien que siempre es fiel, aunque nosotros fallemos en la fidelidad, porque él no puede negarse a sí mismo (cfr. 2 Tm 2,13). Quiere decir construir con Alguien que se inclina constantemente sobre el corazón herido del hombre, y dice: “Yo no te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (cf. Jn 8,11). Quiere decir construir con Alguien que desde lo alto de la cruz extiende los brazos para repetir por toda la eternidad: “Yo doy mi vida por ti, hombre, porque te amo”»[3].


Jesús nos plantea un itinerario en tres pasos: acudir a él, escucharle, y vivir de esas palabras. Podemos acudir a la ayuda de santa María en este camino: al igual que ella, queremos construir nuestra casa sobre roca, para que allí habite el Verbo encarnado; al igual que nuestra Madre, queremos conservar la Palabra de Dios en nuestro corazón para que empape toda nuestra vida, desde nuestros más profundas disposiciones hasta nuestras acciones externas.



12 de septiembre de 2025

Dulce nombre de María

 


Evangelio (Lc 1, 39-47)


Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:- Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, qué has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.


María exclamó:


- Proclama mi alma las grandezas del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador.


PARA TU RATO DE ORACION 


LA SORPRESA de santa Isabel debió de ser grande cuando, en medio de su embarazo, recibió la visita de su prima. «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre –dijo Isabel–. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?» (Lc 1,41-43). La cercanía de María hace que la esposa de Zacarías se sienta desbordada de alegría. Meses antes había recibido con gozo la noticia de que daría a luz; y ahora el Señor le da una nueva gracia, enviándole a su prima para que la acompañe en ese momento tan especial.

Este estupor de santa Isabel se repite en el corazón de los cristianos cuando descubren la cercanía de María en sus vidas y, por tanto, la del Señor. Jesucristo se introduce en el tiempo no de una manera extraña, sino en las entrañas de su Madre. Y precisamente ella es la primera que viene a nuestro encuentro, como lo hizo con su prima. La fiesta del Dulce Nombre de María nos recuerda que tenemos una madre cercana, a la que podemos llamar con la certeza de ser escuchados. «De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón»[1].

Nuestra fe y esperanza se encienden cuando pronunciamos el nombre de la Madre de Jesús. No es difícil dirigirse a ella: basta que la llamemos con la naturalidad de hijos. Como repetía san Josemaría: «La relación de cada uno de nosotros con nuestra propia madre puede servirnos de modelo y de pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre, María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con ese mismo corazón hemos de tratar a María»[2].


«EN CUANTO llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno» (Lc 1,44). Las palabras de María hacen que Juan se mueva en el seno de su madre. Detrás de la alegría de su hijo, santa Isabel percibe que la Virgen lleva consigo la esperanza de Israel. Por eso no se ahorra las alabanzas al dirigirse a ella: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. (…) Bienaventurada la que ha creído, porque se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor» (Lc 1,42.45).

Al igual que santa Isabel, también nosotros podemos alabar a nuestra Madre porque ha dejado obrar a Dios en su vida y, así, el mundo ha sido alcanzado por la paz. Esto nos puede llenar de esperanza en medio de nuestras luchas cotidianas. En efecto, muchos santos han aconsejado dirigirse a santa María en medio de las tribulaciones para encontrar optimismo y serenidad. «En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María –escribía san Bernardo–. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón»[3].

No importa que, en ocasiones, nuestra vida parezca un mar agitado por las debilidades: llamar a santa María nos llena de seguridad. «En la tradición occidental el nombre “María” se ha traducido como “Estrella del Mar”. Así se expresa precisamente esta experiencia: ¡cuántas veces la historia en la que vivimos aparece como un mar oscuro que azota amenazadoramente con sus olas la barca de nuestra vida! A veces la noche parece impenetrable. (…) A menudo entrevemos solo de lejos la gran Luz, Jesucristo, que ha vencido la muerte y el mal. Pero entonces contemplamos muy próxima la luz que se encendió cuando María dijo: “He aquí la sierva del Señor”. Vemos la clara luz de la bondad que emana de ella»[4].


LA VIRGEN recibe con sencillez las alabanzas de santa Isabel: «Engrandece mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46-47). La verdadera devoción hacia santa María nos hace dirigirnos espontáneamente hacia Dios, la fuente de todas las gracias. Si ella exclama que «desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48), es porque la potencia del Señor se ha hecho presente en su vida.

María ocupa en la oración del cristiano «un lugar privilegiado, porque es la Madre de Jesús. Las Iglesias de Oriente la han representado a menudo como la Odighitria, aquella que “indica el camino”, es decir, el Hijo Jesucristo (…) En la iconografía cristiana su presencia está en todas partes, y a veces con gran protagonismo, pero siempre en relación al Hijo y en función de él. Sus manos, sus ojos, su actitud son un catecismo viviente y siempre apuntan al fundamento, el centro: Jesús. María está totalmente dirigida a él»[5].

Al celebrar el dulce nombre de María, podemos pedirle que nos siga indicando el camino hacia su Hijo. La oración que dirigimos a ella nos une espontáneamente hacia Jesús. En el avemaría la aclamamos como «bendita entre todas las mujeres», e inmediatamente después añadimos: «Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús». Cuando en ocasiones no sepamos cómo dirigirnos al Señor, nuestra Madre nos ofrece una ruta segura para llegar a él, pues «a Jesús siempre se va y se “vuelve” por María»[6].



10 de septiembre de 2025

LA HORA DEL AMOR

 



Evangelio (Lucas 6, 27-38)


Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Como queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo de igual manera con ellos.Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes les aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.


No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá.



PARA TU RATO DE ORACION 



EN EL DISCURSO del llano, san Lucas presenta un esbozo del discípulo de Cristo recogiendo las palabras del Señor: «A vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames» (Lc 6, 27-30). Se trata de un mensaje exigente. Como cristianos, estamos llamados a seguir los pasos del Maestro, que «pasó haciendo el bien porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38). Somos sal de la tierra y luz del mundo (cfr. Mt 5, 13-14), enviados a dar un testimonio de vida cristiana desde donde estamos «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8), metidos en las realidades del mundo como la sal y la levadura: no se ven, pero se notan.


Los primeros cristianos trataron de hacer suyas estas enseñanzas del Señor. «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres —escribió uno de ellos en el siglo II— ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres; no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto (…) Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble»[1].


Hoy, como entonces, «la espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19), el testimonio de nuestra vida cristiana, a un tiempo sencilla y admirable. Somos «hijos de Dios, portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna»[2].


EL MUNDO anhela el testimonio de los hijos de Dios porque en él se realiza la aspiración más íntima de todo ser humano. Jesús lo sabe, porque «ha penetrado, de modo único e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su corazón»[3]. Por eso puede afirmar que lo que nos pide no es, en realidad, algo extraordinario, pues responde a la vocación originaria del ser humano, manifestada en la voz de su conciencia. Así se entiende que Cristo sintetice todo aquel discurso tan exigente en una sencilla regla de oro: «Como queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo de igual manera con ellos» (Lc 6,31).


A fin de cuentas, se trata sencillamente de responder a la vocación al amor. Toda la ley se resume en el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo (cfr. Mt 22,37-40), y el mandamiento del Señor es que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado. Por el amor nos reconoce el mundo como discípulos del Maestro (cfr. Jn 13,34-35), pues eso fue precisamente lo que marcó su paso por la tierra: él nos amó hasta el extremo de dar su vida por cada uno de nosotros.


Para ilustrar las consecuencias prácticas de esta enseñanza, Jesús continúa su discurso: «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes les aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. (...) Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello» (Lc 6,33-35). Este es el testimonio auténtico de los hijos de Dios que el mundo está esperando, precisamente hoy, ahora: un amor que no entiende de barreras, que se abre a todas las personas que nos rodean. «¡Esta es la hora del amor! –proclamó León XIV en la Misa de inicio de su pontificado–. La caridad de Dios, que nos hace hermanos entre nosotros, es el corazón del Evangelio»[4].


¿ES POSIBLE amar como Jesús nos pide? Quizá experimentamos con frecuencia la dificultad de amar como él: con su paciencia infinita, con su misericordia sin límites… Lógicamente, si nos apoyáramos únicamente en nuestras fuerzas, tendríamos motivos más que de sobra para desanimarnos. Sin embargo, es él mismo quien nos ayuda: comparte generosamente su amor con nosotros, derramándolo en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cfr. Rm 5,5). «Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este “antes” de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta»[5].


Por eso, cuando notamos que nuestro corazón se resiste a amar como el Señor nos pide, podemos vivir con la confianza de que él es el primero en amarnos: «Su amor nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestros pecados»[6]. Es muy liberador vivir abandonados en el amor de Dios, recibiendo su amor infinito y dándolo a manos llenas. Saber que no tenemos que preocuparnos por juzgar, porque quien juzga es el Señor (cfr. 1 Cor 4,4); que tenemos siempre la posibilidad de perdonar «con la plena libertad del amor»[7]; que podemos estar siempre alegres y hacer con alegría incluso lo que no nos gusta, porque todo podemos hacerlo por amor...


Vivir así, además, nos llena de una segura esperanza: «No juzguéis –nos dice Jesús– y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida con que midáis se os medirá» (Lc 6, 37-38). Es decir, si a lo largo de nuestra vida ha sido el amor, la misericordia y la generosidad lo que ha marcado las relaciones con los demás, el Señor nos juzgará de la misma manera. Podemos pedir a la Virgen María que nos obtenga un amor grande y nos ayude a imitar a Jesús, para dar en el mundo el testimonio de los hijos de Dios



ALEGRIAS Y PENAS DE UN CRISTIANO

 


Evangelio (Lc 6, 20-26)

Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, comenzó a decir:

­­– Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

» Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

» Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.

» Bienaventurados cuando los hombres os odien, cuando os expulsen os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas.

» Pero ¡ay de vosotros ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!

» ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre!

» ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!

» ¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!


PARA TU RATO DE ORACIÓN 


«EN LAS bienaventuranzas, Jesucristo nos ofrece las llaves que nos abren las puertas del cielo… y de la felicidad en esta tierra»[1]. Sin embargo, a nuestro corazón le cuesta creer que encontrará gozo en la pobreza, en el hambre, en el llanto o en la persecución. El Señor insiste al emplear dos verbos muy expresivos para indicar la meta de ese trayecto: «alegraos» y «regocijaos» (Lc 6,23).


Estas aparentes contradicciones nos invitan «a reflexionar sobre el profundo significado de tener fe, que consiste en fiarnos totalmente del Señor. Se trata de derribar los ídolos mundanos para abrir el corazón al Dios vivo y verdadero; solo él puede dar a nuestra existencia esa plenitud tan deseada y sin embargo tan difícil de alcanzar. Hay muchos, también en nuestros días, que se presentan como dispensadores de felicidad (...). Y aquí es fácil caer sin darse cuenta en el pecado contra el primer mandamiento, la idolatría, reemplazando a Dios con un ídolo. ¡La idolatría y los ídolos parecen cosas de otros tiempos, pero en realidad son de todos los tiempos!»[2].


«Dios quiere abrirnos –comenta el prelado del Opus Dei– un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos. Es necesario confiar en él, dar un paso hacia su encuentro, y quitarnos el miedo de pensar que, si lo hacemos, perderemos muchas cosas buenas de la vida. La capacidad que tiene de sorprendernos es mucho mayor que cualquiera de nuestras expectativas»[3]. Esto no quiere decir que la vida cristiana consista en acumular sufrimiento en la tierra para poder gozar después del cielo; Jesús nos quiere felices también aquí, pero no desea que nuestra felicidad dependa de lo efímero, de lo que rápidamente pasa, sino de lo realmente verdadero, de lo único que es capaz de saciar nuestra sed de infinito.


SI RECORDAMOS el anuncio del arcángel Gabriel a María, «podemos decir que la primera palabra del Nuevo Testamento es una invitación a la alegría: “alégrate”, “regocíjate”. El Nuevo Testamento es realmente “Evangelio”, “buena noticia” que nos trae alegría. Dios no está lejos de nosotros, no es desconocido, enigmático, tal vez peligroso. Dios está cerca de nosotros»[4]. Esta irrupción de una nueva alegría en el mundo recorre todo el Evangelio y encuentra un punto revelador en las Bienaventuranzas. Jesús es quien mejor comprende la novedad de lo que está diciendo. Por eso, si hacemos memoria de los momentos que nos han hecho felices de verdad, quizás podremos descubrir que no siempre están fundados en la riqueza, el placer o la comodidad.


«La alegría no es la emoción de un momento: ¡es otra cosa! La verdadera alegría no viene de las cosas, de tener, nace del encuentro, de la relación con los demás; nace de sentirse aceptados, comprendidos, amados y de aceptar, comprender y amar»[5]. Es lógico que a veces identifiquemos aquella alegría que nos promete Jesús como algo que sucederá en el futuro. Sin embargo, sus palabras son eficaces también en el hoy de nuestra vida cotidiana. Quien se fía de Dios está más preparado para dejarse querer. Quien se fía de Dios está mejor dispuesto a que las contrariedades sean un continuo recuerdo de que la verdadera felicidad solo la encontramos en la compañía divina.


Como hijos de Dios, creados a su imagen, no aspiramos a una felicidad finita, sino a participar de la misma felicidad de nuestro Padre del cielo. Jesús nos ha prometido que su único interés es que su alegría esté en nosotros para que nuestra alegría sea completa (cfr. Jn 15,11). Por eso, el primero que está empeñado en nuestra propia felicidad es el mismo Dios, y eso nos llena de consuelo.


¿CUÁL ES el principal obstáculo de nuestra alegría? Con la fe podemos afirmar que el único mal que nos puede llevar a la tristeza es el pecado. Las demás desdichas lo son en la medida en que todavía no juzgamos las cosas desde el punto de vista de Dios. «El Señor nos quiere felices –decía san Josemaría–. Yo veo a mis hijos siempre alegres, con una alegría sobrenatural, con algo tan íntimo que es compatible con los dolores y con las contradicciones de esta vida nuestra en la tierra»[6]. Como señala también san Juan Crisóstomo: «En la tierra hasta la alegría suele parar en tristeza; pero para quien vive según Cristo, incluso las penas se truecan en gozo»[7].


Quizá podríamos pensar alguna vez que merecemos algo de tristeza, por nuestra falta de correspondencia. No obstante, este planteamiento asume que solo podemos ser felices si hemos cumplido a la perfección todo lo que nos hemos propuesto. Mientras estamos en camino de identificarnos con Jesucristo, la alegría a la que nos llama el Señor «no se apoya en nuestras virtudes: no es vana satisfacción personal, sino que se edifica sobre la misma flaqueza y debilidad humana. Conocer la propia debilidad, experimentar la presencia de la adversidad dentro de nosotros mismos, puede y debe dar paso a la alegría»[8]. Como repetía el fundador del Opus Dei: «Estad seguros: Dios no quiere nuestras miserias, pero no las desconoce, y cuenta precisamente con esas debilidades para que nos hagamos santos»[9].


La alegría verdadera solo puede encontrarse en el amor infinito e inmerecido que Dios nos ofrece. Y nuestra madre María acogió incondicionalmente en su seno al Señor. Por eso, es capaz de afirmar, llena de humildad, que la «llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48). A ella le podemos pedir que nos haga percibir y disfrutar de esa misma alegría.


8 de septiembre de 2025

LA ORACION LA LLAVE

 


Evangelio (Lc 6, 12-19)


Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.


A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.


Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.


PARA TU RATO DE ORACION 


SAN LUCAS nos narra que Jesús pasó la noche entera en oración antes de elegir a sus apóstoles. En los momentos previos a varios sucesos importantes, vemos al Señor acudir a ese diálogo personal con su Padre. Lo hará también, por ejemplo, años después, en el huerto de los olivos: ante la inminencia de la Pasión, Jesús pide fuerza para cumplir siempre la voluntad de Dios.


Evidentemente, es difícil que, de ordinario, sea posible pasar noches enteras velando. Pero la actitud del Señor nos muestra la necesidad que tuvo el mismo Cristo de sintonizar intensamente con su Padre Dios, sobre todo ante una situación importante en la que es preciso mucha luz, consuelo e impulso. Como decía san Josemaría, gracias a la oración podemos convertir toda nuestra jornada en «una sola íntima y confiada conversación. Lo he afirmado y lo he escrito tantas veces, pero no me importa repetirlo, porque nuestro Señor nos hace ver –con su ejemplo– que ese es el comportamiento certero: oración constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones!»[1].


A un padre le interesan hasta las cosas más pequeñas de la vida de su hijo. Y, aunque las haya escuchado cientos de veces, es capaz de mostrar un afecto y una ilusión siempre nuevas. Por eso, podemos tener esta misma actitud con nuestro Padre del cielo. Cuando le ofrecemos hasta las cosas más pequeñas de nuestro día, él las hace suyas, y entonces adquieren el valor infinito que tiene el sacrificio de su Hijo. «Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus palabras en la cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros»[2].


NO SABEMOS con exactitud el contenido de esa noche de oración de Jesús. Pero es fácil suponer que pensaría en cada uno de los apóstoles que iba a elegir al día siguiente. Los contemplaría con sus virtudes y defectos, sería grande el deseo de que fueran muy fecundos y felices al propagar la buena noticia de la salvación. «La elección de los discípulos es un acontecimiento de oración; ellos son, por así decirlo, engendrados en la oración, en la familiaridad con el Padre. (...) También se debe partir de ahí para entender las palabras de Jesús: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9,38): a quienes trabajan en la cosecha de Dios no se les puede escoger simplemente como un patrón busca a sus obreros; siempre deben ser pedidos a Dios y elegidos por él mismo para este servicio»[3].


La vida de una persona nunca es aislada, sino que necesita de las relaciones con los demás. Por eso, es lógico que también en la oración surjan nombres y rostros, principalmente de los más cercanos, de personas que forman parte de nuestro día a día y a las que queremos felices. De este modo, las relaciones sabrán abrirse a la acción divina, Dios estará invitado a habitar más claramente en medio de esos lazos. Se experimenta así una alegría que no es «casual ni fortuita», sino «fruto de la armonía profunda entre las personas, que hace gustar la belleza de estar juntos, de sostenernos mutuamente en el camino de la vida»[4].


Es normal que con algunas personas tengamos más facilidad en la relación, ya sea por compartir un carácter similar o por coincidir en aficiones y gustos. Pero sabernos hijos de un mismo Padre «nos llevará a profundizar en las relaciones con nuestros hermanos; a no dejarnos llevar solo por las cosas en común y a superar también las posibles barreras humanas que podamos tener, sabiendo ver en cada uno al mismo Cristo»[5].


CUANDO RECIBIMOS a Jesús en la comunión eucarística, nos situamos en la mejor posición para interceder por cualquier intención ante Dios, en nombre de su Hijo. Podemos experimentar, en primera persona, lo que narra san Lucas: «Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6,19). Ese puede ser un momento para recordar, como hacía Jesús, a las personas a quienes deseamos ayudar; también para que se nos llene el corazón de acciones de gracias porque ha querido contar con nosotros, e incluso por el mismo hecho de poder estar orando: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado» (Jn 11,41). Es posible también que experimentemos nuestra indignidad o el límite de nuestras posibilidades, del mismo modo en que lo hizo aquel centurión que deseaba curar a su criado: «Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8).


Cuando vamos a ser recibidos por alguien importante, generalmente preparamos lo que vamos a decir para, quizás por la emoción, no olvidarlo en ese momento. De la misma manera, podemos procurar hacer algo similar cuando nos disponemos a recibir al Señor en la Eucaristía, podemos ir recogiendo intenciones a lo largo del día. «¿Has pensado alguna vez cómo te prepararías para recibirle si se pudiera comulgar solo una vez en la vida?»[6], preguntaba san Josemaría. Y en otro momento, añadía: «Hemos de recibirle como a los grandes de la tierra: con adornos, luces, trajes nuevos. Y si preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma»[7].


Santa María fue la primera en recibir a Jesús. A ella le podemos pedir que nos alcance la gracia de acoger el amor de su hijo con la misma pureza, humildad y devoción con que ella lo hizo.


LA NATIVIDAD DE MARIA

 


Evangelio (Mt 1,18-23)


La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.


José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:


—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.


Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:


Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros.


PARA TU RATO DE ORACION 


«CELEBREMOS con alegría el Nacimiento de la bienaventurada Virgen María: de ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios»[1]. Con estas palabras comienza la celebración eucarística de esta fiesta. Así como la aurora anuncia en cada amanecer la llegada de un nuevo día, así el nacimiento de la Madre de Dios es «esperanza y aurora de salvación»[2]. Con el nacimiento de María la redención es ya inminente. Generación tras generación, los piadosos israelitas esperaron la llegada de la Madre del Mesías; esperaron, como profetizó Miqueas, «el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz» (Mi 5,2).


«Quizá se logre entender mejor lo que representa el nacimiento de la Virgen para la humanidad si se tiene en cuenta la condición de un encarcelado. Los días del encarcelado son largos, interminables… Cuenta los minutos de la última noche que transcurre en la cárcel. Después, finalmente, las puertas se abren: ¡ha llegado la hora tan esperada de la libertad! Esos minutos interminables, contados uno a uno, nos recuerdan las páginas evangélicas de la genealogía de Jesús. Unos nombres se suceden a otros con monotonía (...). Hasta que suena, finalmente, la hora querida por Dios: es la plenitud de los tiempos, el inicio de la luz, la aurora de la salvación: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, el llamado Cristo” (Mt 1,16)»[3].


Esta fiesta mariana es una invitación a la alegría. Como dice el salmista: «Desbordo de gozo con el Señor» (Sal 12,6). Al conmemorar el cumpleaños de María, exclama un Padre de la Iglesia: «Que toda la creación, pues, rebose de contento (…) y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo. Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor»[4].


MARÍA nace para convertirse, a través de su fiat generoso, en la Madre del Redentor. Ella era una pieza clave en el plan que Dios había trazado para rescatar a la humanidad. El Señor preparó con delicadeza, siglo tras siglo, a los hombres y a las mujeres de su estirpe. Desde el primer momento de su concepción, a ella la santificó de manera admirable haciéndola «llena de gracia» (Lc 1,28); nace inmaculada por privilegio divino para ser la madre del Hijo de Dios. Aunque ninguno de sus conciudadanos se diera cuenta, «esta niña, todavía pequeña y frágil, es la “mujer” del primer anuncio de la redención futura, contrapuesta por Dios a la serpiente tentadora (cfr. Gn 3,15)»[5].


Por eso, como han repetido los santos a través de los tiempos, podemos decir, sin temor a exagerar, que esta «niña» es la obra maestra de la creación, la más hermosa de todas las criaturas. San Juan Damasceno, por ejemplo, señala que «hoy, en la tierra, aquel que en un tiempo separó el firmamento de las aguas y lo elevó a lo alto, ha creado un cielo de la naturaleza terrena, y este cielo es con mucho divinamente más espléndido que el primero»[6].


La Virgen es la criatura más amada por Dios, la puerta a través de la cual él hace su entrada en esta tierra. Sin embargo, aunque predestinada por la Trinidad a una misión altísima, Dios quiso esperar la respuesta libre de María. «Considerad ahora el momento sublime en el que el Arcángel San Gabriel anuncia a Santa María el designio del Altísimo –escribe san Josemaría–. Nuestra Madre escucha, y pregunta para comprender mejor lo que el Señor le pide; luego, la respuesta firme: fiat! —¡hágase en mí según tu palabra!—, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios»[7].


JUNTO a la alegría por la noticia de su nacimiento, la liturgia subraya la providencia del Señor con nosotros. Él nos ofrece sus cuidados a lo largo de toda nuestra historia personal y como pueblo de Dios. No nos abandona a nuestra suerte. «Esta fiesta nos recuerda que Dios es fiel a sus promesas y que, a través de María Santísima, ha querido habitar entre nosotros»[8]. La genealogía de Jesucristo que se lee en el Evangelio no es una simple lista de nombres que, partiendo desde Abrahán, llega hasta Jesús, sino que entraña un significado más profundo. En esta relación destacan figuras luminosas, como los patriarcas, que fueron fieles a la voz de Dios; pero también encontramos entre esos nombres historias oscuras, personas que se comportaron de manera mezquina.


De este pasaje brota una vez más la evidencia de que, en palabras de san Josemaría, «así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es él el que escribe: eso es lo increíble, eso es lo maravilloso»[9]. Para Dios no existen callejones sin salida. Aunque respeta siempre nuestra libertad, el Señor «sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia Él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo»[10].


Contemplar a María es mirarnos en el modelo que Dios mismo nos ha dado. En las letanías del rosario la invocamos con el título de «Virgen fiel» y «Causa de nuestra alegría»: le podemos pedir en su cumpleaños que nos ayude a ser felices siendo fieles cada día a los planes de Dios, siempre nuevos.

7 de septiembre de 2025

ESPIRITU DE EXAMEN

 


Evangelio (Lc 14,25-33)


Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo:


— Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo.


Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo.


PARA TU RATO DE ORACION 



MUCHOS habían decidido seguir a Jesús. Movidos por sus enseñanzas y milagros, recorrían junto a él los lugares a los que se dirigía. No podemos conocer los motivos personales que movían a cada uno. Algunos, probablemente, habían experimentado tal alegría en su presencia que no querían separarse de él. Otros, quizá, lo seguían por simple curiosidad. E incluso es posible que algunos trataran de aprovechar el poder de Jesús en beneficio propio con intención menos recta. En cualquier caso, Jesús hace un alto en el camino para explicar a las gentes lo que supone seguirle: «Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,26). Y a continuación añade: «Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo» (Lc 14,33).


Ciertamente, Cristo no pretende que despreciemos nuestras relaciones familiares ni tampoco los bienes materiales, ya que Dios mismo nos lo ha dado todo. De hecho, Jesús pasó la mayor parte de su existencia en el hogar familiar y, al haber asumido la naturaleza humana, tuvo la necesidad y el gozo de emplear los bienes terrenos. Más bien, con lenguaje fuerte, Cristo nos invita a que le pongamos a él en el centro de nuestra vida por encima de todas las cosas. Acercarnos adecuadamente a las realidades terrenas, de modo que no sean el punto de referencia de nuestra vida, es un modo de recordar que nuestra seguridad y nuestra plena felicidad están en Jesús. Cuando nos disponemos a ser sus discípulos, también las relaciones familiares y los bienes terrenos adquieren una nueva luz: el brillo sobrenatural.


«Corazones generosos, con desprendimiento verdadero, pide el Señor –dice san Josemaría–. Lo conseguiremos, si soltamos con entereza las amarras o los hilos sutiles que nos atan a nuestro yo. No os oculto que esta determinación exige una lucha constante, un saltar por encima del propio entendimiento y de la propia voluntad, una renuncia»[1]. Entonces conseguiremos disfrutar genuinamente de los afectos y de los bienes materiales.


«EL QUE NO CARGA con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,27). A lo largo de su vida, Jesús fue revelando progresivamente su identidad, así como la identidad de quien quisiera ser su discípulo. La liberación que iba a ofrecer a los hombres no consistía, como muchos pensaban, en una rebelión contra las autoridades políticas del momento. El camino que siguió fue más bien el contrario: entregarse a una muerte de cruz. El hecho de asociar la cruz a ser su discípulo debió de sorprender a los oyentes, pues se trataba de la condena más atroz que reservaba el imperio romano para los proscritos. Posiblemente consideraban que liberación y cruz eran dos términos opuestos. «¿Cómo pueden ser compatibles la victoria y la muerte?», se preguntarían. Lo cierto es que «no se puede entender a Jesucristo Redentor sin la cruz. Podemos incluso llegar a pensar que es un gran profeta, que hace cosas buenas, que es un santo. Pero a Cristo Redentor sin la cruz no se le puede entender»[2].


Por eso, paso a paso, Jesús iría disponiendo el corazón de la muchedumbre para que su muerte en la cruz no fuera considerada una derrota, sino un triunfo; para que, pasados los años, incluso los decenios y los siglos, las dificultades de la vida no fueran vistas como desgracias inevitables, sino como realidades que pueden llevar la identificación con Dios hecho hombre. Cristo advierte a sus discípulos que sufrirán persecuciones y calamidades, «pero con la esperanza perseverante en la victoria de la cruz, el corazón humano encontrará siempre un suelo firme, la auténtica paz, en la presencia constante del Señor, verdadero fin de todas las cosas, y cuya ayuda nunca nos abandona»[3].


A través de esas contrariedades, Jesús «nos prepara para acompañarlo con nuestras cruces por su camino hacia la redención. Nos prepara para ser cireneos y ayudarle a llevar la cruz. Nuestra vida cristiana, sin eso, no es cristiana»[4]. Como escribía san Josemaría: «¿La cruz sobre tu pecho?... —Bien. Pero... la cruz sobre tus hombros, la cruz en tu carne, la cruz en tu inteligencia. —Así vivirás por Cristo, con Cristo y en Cristo: solamente así serás apóstol»[5]. Como en la cruz estaba ya el germen de la resurrección y de la nueva vida, así sucede también en los momentos de nuestro caminar que quizás son más oscuros: podemos pedirle al Señor su luz que disipa las tinieblas y que anticipa, como la aurora, el resplandor del día sereno.


«¿QUIÉN de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla?» (Lc 14,28). Estas palabras de Jesús están llenas de sentido común. A la hora de lanzarse a un proyecto, lo lógico es pararse antes y analizar la situación: ¿Con qué medios cuento para llevar a cabo esta empresa? ¿Qué es lo que la dificulta? El Señor anima a sus oyentes, especialmente a quienes quieren seguirle, a plantearse estas mismas cuestiones. Después de haber señalado dos características de un discípulo –el desprendimiento y el amor a la cruz–, Jesús quiere que consideremos personalmente si estamos dispuestos a recorrer este camino. El Señor desea que, antes de tomar una resolución, tengamos claro en qué podemos confiar, y en dónde no debemos situar nuestras seguridades: se trata de lo que san Juan de la Cruz considera «el primer paso que tiene que dar el alma para llegar al conocimiento de Dios»[6].


En el examen de conciencia confrontamos nuestra vida con la del Señor, lo que somos con lo que nos gustaría ser, cómo observamos a la realidad y de qué la observa el Señor, que siempre lo hace desde su infinita misericordia, deseoso de concedernos su amor y su ayuda. Su objetivo no es que seamos personas sin errores, sino más bien «encendernos más en el amor a Dios con realidades –obras– de entrega»[7]. Dios nos ofrece continuamente su perdón y nos permite recomenzar de nuevo en la edificación de esa torre que construimos junto al Espíritu Santo: la santidad. Esta torre, a diferencia de las construcciones humanas, cuenta con esta peculiaridad: no depende únicamente de nuestros propios medios. Además, tenemos muchísimos aliados que, desde el cielo, nos ayudan siempre. «Antes, solo, no podías... Ahora, has acudido a la Señora, y, con ella, ¡qué fácil!»[8].