"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

21 de junio de 2023

IR POR EL MUNDO SIN MIEDO

 





Evangelio (Mt 6,1-6.16-18)

»Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

»Por lo tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

»Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto.

»Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.


PARA TU RATO DE ORACION 


«EL SEÑOR iba a arrebatar a Elías a los cielos en un torbellino» (2 Re 2,1). Era cosa sabida, y allá donde iban, todos decían a Eliseo, que acompañaba al profeta: «¿Sabes que el Señor va a arrebatar hoy a tu amo por encima de tu cabeza?» (2 Re 2,3.5). «También yo lo sé. Guardad silencio» (ibid), respondía Eliseo, que no se separaba de su maestro. Un día que marcharon ellos dos solos, «se detuvieron junto al Jordán. Elías se quitó el manto, lo dobló y golpeó las aguas, que se separaron a un lado y a otro; y los dos pasaron por tierra seca. Cuando hubieron pasado dijo Elías a Eliseo: “Pide qué he de hacer por ti antes de que sea arrebatado de tu lado”» (2 Re 7-9).


La separación es inminente. Ahora que Eliseo sabe que el profeta está para marcharse, expresa humildemente el deseo de que aquella presencia no lo abandone completamente: «Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu» (2 Re 2,9). No se atreve a pedirlo todo. Eliseo no pretende ser como su maestro, pero no quiere dejar de contar con aquella fuerza de Dios. Se está bien al lado de los santos, porque de alguna manera nos hacen al Señor más cercano. «Toda la historia de la Iglesia está marcada por estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad, con su vida han sido faros para muchas generaciones, y lo son también para nosotros. Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado»1.


«No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios (...). Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante (...). La santidad es el rostro más bello de la Iglesia»2.


«HAS PEDIDO algo muy difícil –respondió Elías a la petición de Eliseo–. Si me ves cuando sea arrebatado de tu lado, se te concederá» (2 Re 2,10). Continuaron «andando y hablando y, de pronto, un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ambos, y Elías fue arrebatado a los cielos en un torbellino. Eliseo lo veía y gritaba: “¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!”. Y ya no lo vio más. Entonces agarró sus propias vestiduras y las rasgó en dos pedazos» (2 Re 2,11).


La sensación que experimentó Eliseo quizás fue similar a la que experimentaron los discípulos cuando Jesús subió al cielo el día de la Ascensión, y, salvando las distancias, a la de quienes han vivido junto a personas santas y las han visto partir. Conmueve ver cómo, por ejemplo, quienes conocieron a san Josemaría, han mantenido siempre vivo el dolor de la separación y el recuerdo agradecido de los momentos compartidos. El beato Álvaro, que convivió estrechamente con él tanto años, lo explicaba así: «Nuestro Padre nos había engendrado a la vida sobrenatural de la vocación divina, nos había alimentado con su espíritu, nos formó y nos confirmó en la fe, nos sostuvo con seguridad cuando todo se volvía duda en torno de nosotros, dirigió nuestros pasos, nos dio el calor de su corazón enamorado de Dios, nos consoló en las penas y llenó de alegría nuestro caminar, nos enseñó a querer, injertó nuestra debilidad en su fortaleza haciendo así posible nuestra lealtad. Por eso, porque de tal manera vivíamos de su misma vida y como a sus expensas, cuando el Señor le llamó a su definitiva presencia aquel 26 de junio, por un breve instante a más de uno pudo parecer que todo moría para nosotros»3. Solo un breve instante, lo que basta para darse cuenta de que Dios no abandona a los suyos.


Eliseo «recogió el manto de Elías, que se le había caído a este de encima. Volvió y se detuvo a la orilla del Jordán. Tomó el manto de Elías y golpeó las aguas diciendo: “¿Dónde está el Señor, Dios de Elías?” Entonces golpeó las aguas, que se retiraron a un lado y a otro, y Eliseo pasó. Cuando los discípulos de los profetas que estaban en frente, en Jericó, lo vieron, exclamaron: “El Espíritu de Elías reposa sobre Eliseo”» (2 Re 2, 13-15). Y Eliseo comenzó su actividad, en continuidad con aquella de su maestro.


LA ACTIVIDAD de Eliseo, aunque no fue tan espectacular como la de Elías, supuso igualmente la manifestación de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Se caracterizó por sus tonos peculiares, como una particular cercanía, especialmente hacia los más necesitados. Aunque Eliseo había pedido dos partes del espíritu de Elías, en realidad sencillamente sucede que el espíritu se manifiesta de manera diferente en cada persona. Como dijo Juan Bautista: Dios «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). «Hay, sí, diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo (...), que distribuye a cada uno según quiere» (1 Cor 12,4.11).


«Tú tienes que descubrir quién eres y desarrollar tu forma propia de ser santo, más allá de lo que digan y opinen los demás. Llegar a ser santo es llegar a ser más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia. Tu vida debe ser un estímulo profético, que impulse a otros, que deje una marca en este mundo, esa marca única que sólo tú podrás dejar»4. El Señor nos empuja a asumir sin miedo nuestra personalísima misión en el mundo, impulsándonos en las vidas de los santos. «Se trata de una llamada a que cada uno de nosotros, con sus recursos espirituales e intelectuales, con sus competencias profesionales o su experiencia de vida, y también con sus límites y defectos, se esfuerce en ver los modos de colaborar más y mejor en la inmensa tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas»5.


Nosotros nos insertamos, por la misericordia de Dios, en esta cadena de gracia y generosidad que recorre la historia de la salvación. Podemos pedir, con san Josemaría, «que en cada uno esté el espíritu de María»6. Así iremos por el mundo sin miedo, viviendo nuestra personal aventura divina.




20 de junio de 2023

Aprender de la misericordia de Dios

 



Evangelio (Mt 5,43-48)


»Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.



PARA TU RATO DE ORACION 



«APENAS SUPO Ajab de la muerte de Nabot, se levantó para bajar a la viña y apropiarse de ella» (1 Re 21,16). Entonces Dios envió al profeta Elías, para que hiciese ver al rey la gravedad de su delito: «¡Has asesinado y además has robado! Esto dice el Señor: “En el lugar en el que los perros han lamido la sangre de Nabot, van a lamer también la tuya”. Ajab respondió a Elías: “Enemigo mío, me has descubierto”» (1 Re 21,19-20). En un primer momento, Ajab apenas reacciona, y considera la denuncia de aquel profeta como una cuestión personal. Pero Elías pone enseguida las cosas en su verdadero plano: «Te he descubierto porque te has vendido haciendo el mal a los ojos del Señor». Y ese mal que tú y tu mujer habéis cometido, traerá la desgracia sobre vosotros y sobre todos los de vuestra casa (cf. 1 Re 21, 21-24).


Ajab reconoció la voz del Señor en estas palabras del profeta, así que «rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco y andaba abatido» (1 Re 21,27). ¡Qué distinta esta tristeza, de aquella que, antes, le había llevado a hacer el mal! Es el suyo un dolor bueno, que manifiesta arrepentimiento, buena voluntad, que agrada a Dios y le permite volcar su misericordia: «¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días» (1 Re 21,29).


Conmueve ver la paciencia con la que Dios interviene en la vida de este rey, llena de encuentros y desencuentros. Vemos cómo Dios respeta la libertad de los hombres, y cómo nuestras acciones repercuten, para bien o para mal, en la manera en la cual moldeamos nuestra vida, en las personas que nos rodean y en el mundo. «El juicio de la conciencia lleva a asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en él testigo de la verdad universal del bien, así como de la malicia de su decisión particular. Pero el veredicto de la conciencia queda en el hombre incluso como un signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el mal cometido, recuerda también el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios»1.


«HABÉIS OÍDO que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,43-45). Jesús nos anima a aprender de la misericordia de Dios, que descubrimos en el episodio de la viña de Nabot y en tantos otros pasajes de la Escritura. Dios nunca se olvida del hombre, por grande que sea su culpa; busca siempre la conversión de quien yerra, que es la mejor manera de restablecer una justicia más alta. Además, nos anima a cooperar con él en esta tarea que, muchas veces, requiere un cambio de mentalidad por nuestra parte.


«Pienso en quienes están encerrados en la cárcel. Jesús no se ha olvidado de ellos. Poniendo la visita a los encarcelados entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos, ante todo, a no erigirnos jueces de nadie. Un cristiano está llamado a hacerse cargo de la otra persona, para que quien se haya equivocado comprenda el mal hecho y vuelva en sí mismo (...). Todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto caer por las mejillas de reclusos que quizás jamás habían llorado en su vida; y esto solo porque se sintieron acogidos y amados»2.


Estamos llamados a ver a Cristo también en quienes han sido considerados deudores según la justicia humana. San Josemaría, al considerar ese mandato del Señor de encontrarlo en los hambrientos, en los sedientos y en los encarcelados, comentaba que mientras eso no suceda «vives muy lejos de Dios con tu falsa piedad, aunque mucho reces»3. Alcanzar esa justicia más alta de Dios, que ansía la conversión de todos porque ama a todos, tiene su inicio en nuestra propia conversión. Es en nuestro interior en donde, empujados por la gracia, podemos dar inicio a esa gran reconciliación.


ESTE DESEAR, con nuestro Padre Dios, la conversión de quien yerra, no se opone al deseo de que se haga justicia. Queremos que desaparezca el mal, y que se anulen sus consecuencias, para que sea restablecida la justicia, pero sin destruir a la persona que lo ha cometido. Seguimos la lógica de Dios, que no quiere «la muerte del pecador, sino que se convierta de su camino y viva» (Ez 33,11). Movidos por este ejemplo, «hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien»4.


No es contrario a la misericordia el castigo del mal cometido, que favorece la conversión del que se equivoca. Lo que se opone propiamente a la misericordia es la envidia, esa tristeza por el bien ajeno que revela la mezquindad del corazón5. Dios quiere que nos alegremos por la conversión del pecador, como se alegra el pastor que encuentra la oveja perdida (cf. Lc 15,4-7), o el padre por el regreso del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31). ¡Qué maravilla compartir la alegría de Dios por cada pequeño gesto de conversión nuestro o de quienes nos rodean! «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse» (Lc 15, 31).


«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48), nos dice Jesús hoy en el evangelio. María, que es Espejo de justicia y Madre de misericordia, nos ayudará a tener siempre un corazón grande, capaz de compadecer y de curar, para que se asemeje cada vez más a la perfección del corazón de Dios.

19 de junio de 2023

EL CAMINO DE LA LIBERTAD

 




Evangelio (Mt 5,38-42)


»Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.



PARA TU RATO DE ORACION 



POR AQUEL TIEMPO, Ajab, rey de Israel, había salido victorioso de una campaña militar difícil, frente al rey de Siria. Dios, después de guiarlo a través de un profeta, le dio la victoria. Pero una vez obtenida, Ajab decidió actuar por su cuenta, sin contar con Dios. Después de ser recriminado por esta conducta, «el rey de Israel se marchó a casa triste y enfadado» (1 Re 20,43). No entiende que su desazón se debe a su vivir lejos de Dios, e intenta remediar su tristeza satisfaciendo sus antojos. Después de este episodio, la Sagrada Escritura nos cuenta también que «Nabot tenía una viña en Yizreel, situada junto al palacio de Ajab. Habló Ajab a Nabot proponiéndole: “Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata”» (1 Re 21, 1-2). Nabot se negó a entregar la heredad de sus padres, como exigía la Ley de Moisés, y, otra vez, «Ajab volvió a su casa triste y enfadado. Se acostó en su cama, ocultó el rostro y no probó alimento» (1 Re 21,4). Nuevamente, Ajab no entiende. Le parece incomprensible la conducta de Nabot, hombre recto, que se rige por unas convicciones más profundas, que no están a merced del vaivén de la utilidad o del placer superficiales.


«Nabot era feliz –dice san Ambrosio– porque, aunque pobre y débil frente a la prepotencia del rey, era tan rico en sus sentimientos y en su religiosidad que no aceptó el dinero del rey a cambio de la viña heredada de sus padres. En cambio Ajab era un mísero, incluso a su propio juicio»1. Nabot aparece como un hombre libre, entero; mientras Ajab, con todo su poder, nos pone delante de los ojos la imagen, que a veces puede ser la nuestra, del hombre que se deja llevar por las circunstancias, sin otro norte que el estado de ánimo o el capricho del momento. «La dignidad humana requiere que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por una convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa»2. Si era preciosa la viña de Nabot, más lo era su alma. Había cultivado bien su libertad, procurando unirse a Dios con todo su corazón y produciendo como frutos sabrosos las virtudes que hacen feliz al hombre.


¡QUÉ DISTINTAS aparecen las virtudes del hombre justo, especialmente la prudencia, cuando las comparamos con la determinación y la astucia de Jezabel, mujer de Ajab! También ella se avergüenza de la falta de carácter de su marido, así que despliega sus talentos para hacerle alcanzar la viña de Nabot. «Escribió las cartas en nombre de Ajab, las selló con su sello y las envió a los ancianos y a los notables de la ciudad que vivían cerca de Nabot. En las cartas escribió lo siguiente: “Proclamad ayuno y haced sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Haced sentar contra él a dos hombres, hijos de Belial, para que testimonien diciendo: ‘Has maldecido a Dios y al rey’. Entonces sacadlo, apedreadlo y que muera”» (1 Re 21, 8-10). Cuando hubieron cumplido sus órdenes, Jezabel «dijo a Ajab: “Levántate, aprópiate de la viña de Nabot, el yizreelita, la que él se negó a darte por dinero, pues Nabot ya no vive; ha muerto”» (1 Re 21, 15).


Llama la atención el carácter de esta mujer que mandó eliminar a los profetas de Israel, hizo temer y puso en fuga al mismo Elías, arrastró a su marido y a todo el pueblo al culto de Baal. Jezabel se mueve con precisión y sangre fría entre los entresijos de la ley, teje una limpia estratagema que le permite perpetrar aquel crimen sin manchar sus manos ni las de su marido. Pero esta injusticia nos enseña que ni su astucia es prudencia, ni su determinación es fortaleza, ni su autodominio es templanza. Cerrada a la verdad de Dios, Jezabel se desentiende de la justicia, y pone sus cualidades al servicio de sus propios caprichos, causando la infelicidad propia y la de quienes la rodean.


Esta prudencia que se desentiende de Dios suele ser conocida como la «prudencia de la carne». Al contrario, «la verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación (...). Por la prudencia el hombre es audaz, sin insensatez; no excusa, por ocultas razones de comodidad, el esfuerzo necesario para vivir plenamente según los designios de Dios. La templanza del prudente no es insensibilidad ni misantropía; su justicia no es dureza; su paciencia no es servilismo»3.


ANTE UNA conducta como la de Ajab y Jezabel con Nabot, podemos experimentar indignación y desear que se haga justicia. Por eso, nos pueden sorprender las palabras de Jesús en el Evangelio: «No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te pida, dale; y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado» (Mt 5, 39-40.42).


No es necesario suavizar las palabras del Señor. En efecto, Jesús nos anima a vivir con una libertad inmensa, propia de quien tiene en Dios su tesoro, y con él, posee todo. Una persona así está dispuesta a ceder cualquier cosa por el bien de los demás. Y esto no es incompatible con la justicia, esa virtud que se caracteriza, precisamente, por procurar el bien del otro. Nada más lejos de la justicia que esa caricatura que la pinta como una virtud egoísta, preocupada solo por proteger y reivindicar lo propio. La primera palabra de la justicia no es mío, sino tuyo. Santo Tomás de Aquino asegura que es la virtud que nos abre al prójimo y nos hace descubrir en él a una persona, empujándonos a procurar su bien activamente.


Nabot era justo porque amaba la ley de Dios, fuente de la más elevada justicia, y la heredad de sus padres, que debía conservar para sus hijos; y las defendió del capricho ilegítimo de un rey. Al final, aunque no parezca a primera vista, salió ganando, «porque es mejor padecer por hacer el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal» (1 Pe 3,13-17). Así exhortaba repetidas veces el apóstol Pedro a los primeros cristianos, poniéndoles siempre como modelo a Jesús, que dio su vida por nosotros. En la muerte de Cristo cobran su pleno sentido la muerte de Nabot y toda injusticia. Santa María, que se formó en la mejor tradición del pueblo de Israel, nos ayudará a tener un corazón sabio, que encuentre en la adhesión a Dios su delicia, y se desborde con los demás en obras de justicia llenas de caridad.



18 de junio de 2023

La alegría del Evangelio.

 



Evangelio (Mt 9, 36 - 10,8)


Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.


Entonces les dijo a sus discípulos:


—La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.


Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones:


—No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.


PARA TU RATO DE ORACION 


CUANDO los israelitas acamparon frente al Sinaí, Moisés comenzó a subir el monte para hablar con Dios. El Señor, que había sido testigo de las dudas y de las dificultades que atravesó Israel tras huir de Egipto, le confirmó la alianza que había establecido con su gente: «Seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa». Y como muestra de la predilección que sentía por ellos, recordó lo que habían vivido recientemente: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (Ex 19, 2-6a).


Echando una mirada atrás en nuestra vida, podemos recordar algunos momentos en los que hemos notado especialmente la presencia de Dios; circunstancias en las que su cercanía se nos ha hecho más patente y que quizá nos han llenado de una felicidad inigualable. Esos recuerdos tal vez contrastan con situaciones recientes o actuales. Como el pueblo de Israel, también atravesamos temporadas de desiertos: acontecimientos que nos han cansado o contrariedades que nos han robado la esperanza.


Dios, que conoce esas dificultades, nos invita a dirigir nuestra mirada a su acción salvadora, para confiar en los muchos milagros que ya ha hecho en favor de nosotros, así como en las veces que nos ha liberado, como a Israel, de la esclavitud. «Nos pide que revivamos ese momento, esa situación, esa experiencia en la que encontramos al Señor, sentimos su amor y recibimos una mirada nueva y luminosa sobre nosotros mismos, sobre la realidad, sobre el misterio de la vida»[1] . Como el pueblo elegido, necesitamos alimentar nuestra esperanza con la memoria y el recuerdo de la acción de Jesús en nuestra alma. «Si recuperas el primer amor, el asombro y la alegría del encuentro con Dios, irás hacia adelante»[2].


JESÚS vino a la tierra para salvar a todos los hombres. Por eso, no puede evitar compadecerse cuando ve que la gente se encuentra extenuada o abandonada, pues no tiene a nadie a quien acudir. Al Señor le gustaría llegar a cada una de las personas que lo buscan. Con este fin, quiere contar con la mediación de otros pastores que, como él, tengan el deseo de cuidar de las ovejas que se hallan dispersas por todo el mundo. De ahí que se dirija a sus discípulos y les diga: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38).


El Señor cuenta con cada uno de nosotros para saciar la sed de Dios de las almas, para anunciar la Buena Nueva de la salvación. Y es esta una misión que requiere una mirada de compasión, como la que tuvo Jesús: una mirada que no excluye a nadie y que lleva a entregarse con valentía y sin reservas. Cada día podemos transmitir el Evangelio a los demás, principalmente a través de nuestra vida auténtica llena de alegría, de interés, de caridad que acoge la realidad del prójimo. «Desgarra el corazón aquel clamor –¡siempre actual!– del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos. –Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?»[3].


CUANDO Cristo envió a los apóstoles para proclamar la llegada del reino de los cielos y realizar curaciones, les dijo: «No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,5-6). Ciertamente, esto no significaba que solo los judíos pudiesen acoger la Buena Nueva. Más adelante Jesús predicará en Samaría y los gentiles recibirán la fe. Pero el Señor quiso que, en primer lugar, el anuncio de salvación llegara a su pueblo en virtud de la alianza que estableció con él. De este modo, el Israel renovado sería el germen del nuevo pueblo de Dios.


Cristo también nos llama a anunciar el Evangelio en primer lugar a las personas que nos están más cerca: nuestra familia, nuestros amigos y compañeros de trabajo... Dios ha querido que nos santifiquemos y nos salvemos «no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente»[4]. Por eso vivimos según el Evangelio cuando procuramos que las personas que nos acompañan en nuestra vida puedan conocer la alegría del mensaje cristiano. «Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana»[5].


Las madres ocupan un lugar especial en toda familia. Ellas no dudan en hacer lo que sea necesario por el bien de sus hijos. La Iglesia es un pueblo que también cuenta con una madre: María. Ella nos ayudará a vivir sin cálculos nuestra misión de apóstoles, sabiendo testimoniar con nuestra propia vida la alegría del Evangelio.

17 de junio de 2023

INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA




Evangelio (Lc 2,41-51)


Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.


 PARA TU RATO DE ORACION 


«REBOSO de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación» (Is 61,10). La Iglesia proyecta estas palabras de la Escritura sobre la figura de María. Después de haber considerado la anchura y profundidad del corazón de Jesús, dirigimos la mirada hacia el corazón de su Madre. Con el objetivo de preparar «una digna morada del Espíritu Santo»1, el Señor colmó el corazón de santa María con gracias innumerables y lo revistió de pureza.


San Efrén comenta que «María fue hecha cielo en favor nuestro al llevar la divinidad que Cristo, sin dejar la gloria del Padre, encerró en los angostos límites de un seno, para conducir a los hombres a una dignidad mayor»2. Al dejarse inundar por la gracia, María, en cierto modo, se convierte en cielo, en luz y gloria de Dios. Por eso nuestra Madre es alegre y serena, pues el amor divino lo abraza todo. Santa María contiene una grandeza que la hace estallar de gozo: «Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador (…); desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,46-48).


Nos podemos unir a ese coro de generaciones que se alegran al ver lo que la gracia ha obrado en el corazón de María. Al mismo tiempo, puede surgir en nosotros el deseo de compartir esa felicidad de nuestra Madre. Nos gustaría cantar también nuestro Magníficat al recordar cómo Dios ha obrado en nuestra vida, porque Dios quiere entrar también en nuestro corazón con su gloria. Nos podemos unir a la oración que la Iglesia, en la Oración colecta, dirige al Padre: «Haz que nosotros, por intercesión de la Virgen, lleguemos a ser templos dignos de tu gloria»3.


«BIENAVENTURADOS los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,8), dirá el hijo de María durante su predicación. La Virgen recibió el don de ver a Dios hecho hombre desde su más tierna infancia. Su mirada limpia era capaz de comprender la mirada de Jesús, incluso para adivinar muchos de sus sentimientos e intenciones. En Caná, por ejemplo, detrás de una respuesta negativa, María sabe percibir la disponibilidad de su hijo para adelantar su manifestación como Mesías; también en la cruz, descubre en la mirada de su Hijo la dulce petición de que no se apartara en aquellos momentos.


La mirada sencilla de santa María le lleva a descubrir la mano de Dios detrás de todos los grandes o pequeños acontecimientos de su existencia; esa era la fuente de su alegría constante. La pureza de corazón nos permite tener una mirada transparente, capaz de penetrar la realidad íntima de las cosas, porque entiende que todo tiene su origen y su fin en Dios. En cambio, cuando falta inocencia en la mirada, cuando no nos abrimos a ese don de Dios, nos podemos quedar atrapados en las apariencias y en lo superficial.


Un corazón puro comprende a las personas, procura no clasificar ni poner etiquetas, tiene facilidad para amarlas con sinceridad. La pureza no aleja a las personas; todo lo contrario: mira a todos como hijas e hijos de Dios que merecen un trato acorde a aquella tan grande dignidad. Nos lleva a amar mucho más y mejor a quienes tenemos a nuestro lado. Un amor como el de la Madre de Jesús descubre maneras de demostrar cariño incluso en las situaciones más precarias: «María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura»4.


«PERO, fijaos: si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe»5. En el episodio de Jesús niño perdido en el Templo hallamos uno de esos momentos de claroscuro. A la angustia por no saber dónde se encontraba se le unió después el desconcierto ante las palabras de su hijo: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49).


No podemos pretender abarcar todos los designios del corazón de Jesús. En la vida de quienes le seguimos, incluso en la de su propia Madre, hay momentos en los que Dios nos sorprende, como si quisiera recordarnos que siempre tiene algo que es más amplio que nuestros planes. Es consolador pensar que santa María también pasó por ese tipo de experiencias. La Sagrada Escritura no tiene reparos en decir que María y José no entendieron la respuesta de Jesús. Sin embargo, añade: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51).


Saber que la mano de Dios está detrás de todo, no implica que comprendamos inmediatamente y en toda su extensión cada uno de sus planes. En la vida de oración también hay momentos de oscuridad en los que el Señor nos pide confianza, aquella fe madura que ilumina los momentos de la prueba. María sabía que el Espíritu Santo habitaba en su corazón: ese era el lugar indicado para amar, junto a Dios y a veces con dolor, también aquellas circunstancias que con el tiempo iría comprendiendo mejor. Y nosotros, a ejemplo y con ayuda de nuestra Madre, podemos hacer lo mismo.

16 de junio de 2023

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 



Evangelio San Mateo 11, 25-30


En aquel tiempo, exclamó Jesús:


—«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.


Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».



PARA TU RATO DE ORACION 


La paz de Cristo (Fracmento de una Homilía de San Josemaría)

Pero he de proponeros además otra consideración: que hemos de luchar sin desmayo por obrar el bien, precisamente porque sabemos que es difícil que los hombres nos decidamos seriamente a ejercitar la justicia, y es mucho lo que falta para que la convivencia terrena esté inspirada por el amor, y no por el odio o la indiferencia. No se nos oculta tampoco que, aunque consigamos llegar a una razonable distribución de los bienes y a una armoniosa organización de la sociedad, no desaparecerá el dolor de la enfermedad, el de la incomprensión o el de la soledad, el de la muerte de las personas que amamos, el de la experiencia de la propia limitación.


Ante esas pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo tolera porque —después del pecado original— forma parte de la condición humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia.


La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana. No os puedo ocultar —con alegría, porque siempre he predicado y he procurado vivir que, donde está la Cruz, está Cristo, el Amor— que el dolor ha aparecido frecuentemente en mi vida; y más de una vez he tenido ganas de llorar. En otras ocasiones, he sentido que crecía mi disgusto ante la injusticia y el mal. Y he paladeado la desazón de ver que no podía hacer nada, que —a pesar de mis deseos y de mis esfuerzos— no conseguía mejorar aquellas inicuas situaciones.


Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si —ante la realidad del sufrimiento— sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.


Porque las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que el es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.


El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.


Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.


Evocábamos antes los sucesos de Naím. Podríamos citar ahora otros, porque los Evangelios están llenos de escenas semejantes. Esos relatos han removido y seguirán removiendo siempre los corazones de las criaturas: ya que no entrañan sólo el gesto sincero de un hombre que se compadece de sus semejantes, porque presentan esencialmente la revelación de la caridad inmensa del Señor. El Corazón de Jesús es el Corazón de Dios encarnado, del Emmanuel, Dios con nosotros.


La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¡Cómo no recordar aquí, aunque sea de pasada, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas —la ayuda del Espíritu Santo— que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.


El fundamento de la entrega que el Señor nos pide, no se concreta sólo en nuestros deseos ni en nuestras fuerzas, tantas veces cortos o impotentes: primeramente se apoya en las gracias que nos ha logrado el Amor del Corazón de Dios hecho Hombre. Por eso podemos y debemos perseverar en nuestra vida interior de hijos del Padre Nuestro que está en los cielos, sin dar cabida al desánimo ni al desaliento. Me gusta hacer considerar cómo el cristiano, en su existencia ordinaria y corriente, en los detalles más sencillos, en las circunstancias normales de su jornada habitual, pone en ejercicio la fe, la esperanza y la caridad, porque allí reposa la esencia de la conducta de un alma que cuenta con el auxilio divino; y que, en la práctica de esas virtudes teologales, encuentra la alegría, la fuerza y la serenidad.


Estos son los frutos de la paz de Cristo, de la paz que nos trae su Corazón Sacratísimo. Porque —digámoslo una vez más— el amor de Jesús a los hombres es un aspecto insondable del misterio divino, del amor del Hijo al Padre y al Espíritu Santo. El Espíritu Santo, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo, encuentra en el Verbo un Corazón humano.


No es posible hablar de estas realidades centrales de nuestra fe, sin advertir la limitación de nuestra inteligencia y las grandezas de la Revelación. Pero, aunque no podamos abarcar esas verdades, aunque nuestra razón se pasme ante ellas, humilde y firmemente las creemos: sabemos, apoyados en el testimonio de Cristo, que son así. Que el Amor, en el seno de la Trinidad, se derrama sobre todos los hombres por el amor del Corazón de Jesús.


Vivir en el Corazón de Jesús, unirse a él estrechamente es, por tanto, convertirnos en morada de Dios. El que me ama será amado por mi Padre, nos anunció el Señor. Y Cristo y el Padre, en el Espíritu Santo, vienen al alma y hacen en ella su morada.


Cuando —aunque sea sólo un poco— comprendemos esos fundamentos, nuestra manera de ser cambia. Tenemos hambre de Dios, y hacemos nuestras las palabras del Salmo: Dios mío, te busco solícito, sedienta de ti está mi alma, mi carne te desea, como tierra árida, sin agua. Y Jesús, que ha fomentado nuestras ansias, sale a nuestro encuentro y nos dice: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Nos ofrece su Corazón, para que encontremos allí nuestro descanso y nuestra fortaleza. Si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus palabras son verdaderas: y aumentará nuestra hambre y nuestra sed, hasta desear que Dios establezca en nuestro corazón el lugar de su reposo, y que no aparte de nosotros su calor y su luz.


Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?, fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?. Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad. Un cristiano que viva unido al Corazón de Jesús no puede tener otras metas: la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma, la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino.


María, Regina pacis, reina de la paz, porque tuviste fe y creíste que se cumpliría el anuncio del Ángel, ayúdanos a crecer en la fe, a ser firmes en la esperanza, a profundizar en el Amor. Porque eso es lo que quiere hoy de nosotros tu Hijo, al mostrarnos su Sacratísimo Corazón.

15 de junio de 2023

Aceptar nuestra propia debilidad

 



Evangelio (Mt 5, 20-26)


Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.


Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno.


Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.


PARA TU RATO DE ORACION 


«SI AL LLEVAR tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24). La Eucaristía, el sacramento del altar, tiene el poder de transformar nuestras relaciones con los demás; Jesús nos pide que amemos como él, y se queda bajo las formas de pan y de vino para que ese amor sea posible. La nueva alianza sellada con la sangre de Cristo nos puede hacer capaces de reconciliarnos con quienes nos hemos alejado.

«Este cariño que os tengo, hijos, no es caridad oficial, seca –decía san Josemaría–; es caridad verdadera y cariño humano sensible porque sois mi tesoro»1. Hay en estas palabras un eco de aquellas de san Pablo: «No ceso de dar gracias por vosotros, al recordaros en mis oraciones» (Ef 1,16). «Cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida»2.

Por el contrario, mantener rencillas con otras personas nos aleja también de Dios, no damos espacio para que nos inunde su paz. Podemos pedir al Señor la disposición de los santos para reconocer la imagen divina en nuestros hermanos y, así, unirnos cada vez más a Dios en la santa Misa.


«TODO EL que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio» (Mt 5,22). El Señor nos muestra la fuente de casi todos los conflictos: nuestra poca capacidad para comprender las debilidades propias y ajenas. Detrás de un juicio demasiado severo con los demás, no es raro encontrarnos con errores personales no descubiertos del todo. «El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad»3.

El Catecismo de la Iglesia nos recomienda un camino seguro: «Interpretar, en cuanto sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones del prójimo»4. El pecado, al ser un alejamiento de Dios y de los demás, lleva una pena en sí mismo. Con sus palabras, Jesús nos pone delante de las consecuencias intrínsecas de la incomprensión hacia los demás: nosotros mismos quedamos atrapados por los juicios que hacemos.

Muy diferente es la mirada divina que queremos desarrollar nosotros también. Con la ayuda de la Eucaristía, podemos alcanzar el perdón nuestro y de los demás. Jesús asume los errores de todos, nuestras faltas y pecados. Cuando ayudamos a los demás en lugar de juzgarlos, somos receptores de la caridad infinita que se aplicará a sus heridas, del ungüento divino que es capaz de curar cualquier dolor y sufrimiento.


«PUESTOS en camino nos chocamos, indefectiblemente, con el hombre herido»5. Es imposible que no encontremos fragilidad en nuestra vida. Sin embargo, esas heridas pueden ser un momento de gracia si aprendemos a descubrir cómo es la reacción divina ante ese dolor y ese sufrimiento: «Siguiendo el ejemplo del Señor, comprended a vuestros hermanos con un corazón muy grande, que de nada se asuste, y queredlos de verdad. Yo os quiero como os quieren vuestras madres (...). Al ser muy humanos, sabréis pasar por encima de pequeños defectos y ver siempre, con comprensión maternal, el lado bueno de las cosas»6.

«La lengua ha de ser también transformada, purificada. La lengua da sonido a la música que suena en el corazón»7. Si no hemos logrado hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús, no es extraño que, al final del día, acumulemos algunos juicios críticos hacia los demás. Por eso, el mejor lugar para albergar a quienes nos rodean no es solo nuestra cabeza, sino también en el corazón; es en la oración y en el examen de conciencia donde podemos pedir a Dios que transforme cualquier crítica o queja, en deseos de comprender y querer a nuestros hermanos tal como ellos son, y no como nos gustaría que fuesen.

Una madre es incapaz de pensar mal de un hijo suyo, siempre encuentra una excusa que lo justifica. María tiene esa misma actitud con cada uno de nosotros. Podemos acudir a ella para que nos ayude a tener esa mirada con las personas que están cerca de nosotros.