"Hago todos los días mi "ratito" de oración: ¡si no fuera por eso!" (Camino, 106)

8 de junio de 2021

SER SAL DEL MUNDO

 


Evangelio (Mt 5, 13-16)


Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.


Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.


Comentario


“Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo”.


Jesús se dirige a las personas que le escuchan de modo que le entiendan. Utiliza imágenes que les son muy familiares: la sal y la luz.


La sal preserva de la corrupción los alimentos. El Señor manifiesta que sus discípulos han de dar testimonio de Dios en este mundo reflejándolo en su vida. Haciendo presente el Amor de Dios entre los hombres con sus buenas obras.


La luz es necesaria para vivir, para todo. La luz se pone en un candelero para que ilumine a todos los de la casa. Así el discípulo de Jesús debe ser luz que señale a los demás el buen camino con su comportamiento.


Dice san Josemaría: “Como quiere el Maestro, tú has de ser —bien metido en este mundo, en el que nos toca vivir, y en todas las actividades de los hombres— sal y luz. —Luz, que ilumina las inteligencias y los corazones; sal, que da sabor y preserva de la corrupción. Por eso, si te falta afán apostólico, te harás insípido e inútil, defraudarás a los demás y tu vida será un absurdo”[1].


Ser sal y luz para que los hombres vean “vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. Dios quiere hacerse presente en el mundo a través de los cristianos: que sean otros Cristos en los lugares en los que desarrollan su vida familiar, su vida profesional, etc. Que su modo de comportarse sea tal que ocurra lo que escribió san Josemaría en Camino: “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo”[2].


Alta es la meta que el Señor nos propone. Mucho es lo que el Señor espera de los cristianos, pero mayor es la gracia que el Resucitado nos da para que podamos corresponder. El Resucitado nos concede que podamos ser sal y luz por medio de la oración y de los sacramentos. De este modo, con la sal y luz de Cristo vivo, empujamos hacia el cielo a muchas almas.


TEXTO PARA HACER UN RATO DE ORACION

SAL, LUZ Y FERMENTO. La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia

El encargo que recibió un puñado de hombres en el Monte de los Olivos, cercano a Jerusalén, durante una mañana primaveral allá por el año 30 de nuestra era, tenía todas las características de una "misión imposible".


"Recibiréis el poder del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra" (Act 1, 8). Las últimas palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensión parecían una locura. Desde un rincón perdido del Imperio romano, unos hombres sencillos - ni ricos, ni sabios, ni influyentes - tendrían que llevar a todo el mundo el mensaje de un ajusticiado.

Menos de trescientos años después, una gran parte del mundo romano se había convertido al cristianismo. La doctrina del crucificado había vencido las persecuciones del poder, el desprecio de los sabios, la resistencia a unas exigencias morales que contrariaban las pasiones. Y, a pesar de los vaivenes de la historia, todavía hoy el cristianismo sigue siendo la mayor fuerza espiritual de la humanidad. Sólo la gracia de Dios puede explicar esto. Pero la gracia ha actuado a través de hombres que se sabían investidos de una misión y la cumplieron.


Cristo no presentó a sus discípulos esta tarea como una posibilidad, sino como un mandato imperativo. Así leemos en San Marcos: "Andad a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; mas el que no crea, se condenará" (Mc 16, 15-16). Y San Mateo recoge las siguientes palabras de Cristo: "Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20).


Son palabras que traen a nuestra memoria las pronunciadas por Jesús en la Última Cena - "como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado Yo al mundo" (Jn 17, 18) -, de las que el Concilio Vaticano II ha hecho el siguiente comentario: "Este mandato solemne de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo ha recibido de los Apóstoles con el encargo de llevarlo hasta el fin de la tierra" (1).


Tarea de todos


Cuando se habla de la misión de la Iglesia, se corre el riesgo de pensar que es algo que corresponde a quienes hablan desde el altar. Pero la misión que Cristo encomienda a sus discípulos ha de ser llevada a cumplimiento por todos los que constituyen la Iglesia.


Todos, cada uno según su propia condición, han de cooperar de modo unánime en la común tarea (2). "La vocación cristiana - precisa el Concilio Vaticano II - es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (...). Hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero una única misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió Cristo el ministerio de enseñar, de santificar y de gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero los laicos, al participar de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en el mundo su función específica dentro de la misión de todo el pueblo de Dios" (3).


Todo cristiano es asimilado a Cristo por el Bautismo y participa de su misión redentora; es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús.


La dimensión apostólica de la vocación cristiana ha estado siempre presente en la vida de la Iglesia; pero ha habido una larga época en la que la realización de su misión salvadora parecía estar encomendada a unos pocos cristianos; el resto era tan sólo sujeto pasivo de la misma.




El Concilio Vaticano II ha supuesto en este campo un retorno a los principios, al poner repetidamente de manifiesto la universalidad de esa llamada al apostolado, que constituye no sólo una posibilidad entre otras, sino un auténtico deber: "Les ha sido impuesta, por tanto, a todos los fieles la gloriosa tarea de esforzarse para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra" (4).


Donde sólo llegan los laicos


Pero ¿corresponde a los laicos alguna parcela concreta dentro de esa misión? El Concilio Vaticano II había dado ya algunas orientaciones precisas. Los fieles corrientes - se lee en la Constitución Lumen gentium - "son llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificación del mundo, mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad"(5).


Y más adelante: "Los laicos están particularmente llamados a hacer presente y operante la Iglesia en los lugares y condiciones donde no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos"(6). Es decir, en un hospital la Iglesia no está sólo presente por el capellán: también actúa a través de los fieles que, como médicos o enfermeros, procuran prestar un buen servicio profesional y una delicada atención humana a los pacientes. En un barrio, el templo será siempre un punto de referencia indispensable: pero el único modo de llegar a los que no lo frecuentan será a través de otras familias.


La Exhortación Apostólica Christifideles laici, recogiendo el trabajo realizado en el sínodo de 1987, ha profundizado en esta doctrina. Refiriéndose a la función de los laicos, el Papa recordaba dos peligros que podían presentarse al intentar definirla: "la tentación de reservar un interés tan fuerte a los servicios y tareas eclesiales, de llegar con frecuencia a un práctico olvido de su específica responsabilidad en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre la fe y la vida, entre la recepción del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas" (7).


Frente a estos dos extremos, el Papa advertía que lo que distingue a los laicos es "la índole secular", pues Dios les ha llamado a que "se santifiquen a sí mismos en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las varias actividades sociales" (8).


De este modo, el Sínodo trató de evitar ese doble riesgo señalado por el Papa: al estimular la tarea de los laicos en los asuntos temporales, soslaya la tentación de un repliegue en las estructuras de la Iglesia, frente a una sociedad hostil o indiferente; y al pedir una fuerte coherencia entre fe y vida, quiere impedir una disolución de la identidad cristiana. Pues, para ser sal de la tierra, hace falta estar en el mundo, pero también no volverse insípido.




La misión específica de los laicos queda así claramente descrita: se trata de llevar el mensaje de Cristo a todas las realidades terrenas - la familia, la profesión, las actividades sociales... - y, con la ayuda de la gracia, convertirlas en ocasiones de encuentro de Dios con los hombres.


Los primeros cristianos


Sin embargo, no respondería a la realidad considerar todo lo hasta ahora expuesto como una novedad posterior al Concilio Vaticano II. Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misión. Su conversión les llevaba a un mayor empeño por cumplir los deberes correspondientes a su posición en el mundo. Tertuliano, por ejemplo, escribe: "Vivimos como los demás hombres; no nos pasamos sin la plaza, la carnicería, los baños, las tabernas, los talleres, los mesones, las ferias y los demás comercios. Con vosotros también navegamos, con vosotros somos soldados, labramos el campo, comerciamos, entendemos de oficios y exponemos nuestras obras para vuestro uso" (9).


Y en un venerable documento de la antigüedad cristiana leemos: "Los cristianos no se distinguen de los demás hombres por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres: porque no habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida distinto de los demás (...). Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres del país, dan muestra de un tenor peculiar de conducta que es admirable y, según confesión de todos, sorprendente" (10).


Lo que poco más adelante se escribe en el mismo documento, nos hará comprender que, permaneciendo en su sitio, los primeros cristianos habían cambiado notablemente de conducta. "Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no abandonan a los que nacen (...), están en la carne, pero no viven según la carne, pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida superan las leyes (...). Para decirlo brevemente, lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo" (11).


Como consecuencia de esa actitud y de su celosa actividad apostólica, el cristianismo se extendió en poco tiempo de una manera asombrosa: indudablemente, aquellos hermanos nuestros contaban con la gracia de Dios, pero, junto a eso, sabemos que su respuesta fue siempre heroica: no sólo frente al tormento, sino también en todos los momentos de su vida.


No extraña, por tanto, que el mismo Tertuliano pudiera escribir: "Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todas vuestras cosas: las ciudades, las islas, los poblados, las villas, las aldeas, el ejército, el palacio, el senado, el foro. A vosotros os hemos dejado sólo los templos" (12).


El espíritu del Opus Dei


Permitidme ahora una digresión que me parece de justicia. La llamada universal a la santidad y al apostolado, tan clara en los primeros cristianos y recordada por el último Concilio(13), es una de las realidades que están en la base del espíritu de la Prelatura del Opus Dei.


Desde 1928 su fundador, Josemaría Escrivá, no cesó de repetir que la santidad y el apostolado eran derecho y deber de todo bautizado. Así, por ejemplo, escribía en 1934: "Tienes obligación de santificarte. - Tú también. - ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto" (14).


Y, refiriéndose al apostolado, escribe: "Aún resuena en el mundo aquel grito divino: "Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?" - Y ya ves: casi todo está apagado... ¿No te animas a propagar el incendio?" (15).


Justamente, pues, puede considerarse a Josemaría Escrivá como un pionero de las enseñanzas del Concilio Vaticano II en este campo. Lo afirmaba claramente el Cardenal Poletti en el Decreto de Introducción de la Causa de beatificación del fundador del Opus Dei con las siguientes palabras: "Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio, precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia" (16).


Con el ejemplo y la palabra


En un mundo cada vez más materializado, la labor del cristiano del siglo XX se asemeja a la que hubieron de realizar los primeros discípulos de Cristo. Como ellos, tendrá que transmitir la Buena Nueva con su ejemplo y con su palabra.


Nunca podremos conocer completamente en esta vida los efectos de nuestra actuación - el buen ejemplo o el escándalo causado - en las personas que han estado a nuestro alrededor. Hay una primera y esencial obligación para cualquier cristiano: actuar de acuerdo con su fe, ser coherente con la doctrina que profesa. "Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que hay en la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 14-16).


Sin embargo, no basta con el ejemplo. "Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a un mayor fervor de vida" (17).


Esto no es una cuestión de "especialistas". El Concilio Vaticano II ha recordado la obligación que cada uno de los laicos tiene de hacer apostolado individualmente: "El apostolado que las personas singulares deben realizar, brotando abundantemente de la fuente de una verdadera vida cristiana, es la primera forma y la condición de todo apostolado de los laicos, incluso del asociado, y es insustituible. A tal apostolado, siempre y en todas partes fructífero, pero en ciertas circunstancias el único adecuado y posible, son llamados y obligados todos los laicos de cualquier condición, incluso si les falta la ocasión o la posibilidad de colaborar en las asociaciones" (18).


Las ocasiones en que ese apostolado puede realizarse son innumerables: en realidad, toda la vida ha de ser un continuo apostolado. Me gustaría sin embargo centrarme en dos de las circunstancias que constituyen los ejes en la vida de la mayoría de las personas: el trabajo y la familia.


A través del trabajo profesional


Entre los diversos motivos que hacen a los hombres tratarse, entablar una amistad, se encuentra sin lugar a dudas el ejercicio de la propia profesión. Podría parecer que el ámbito de apostolado es reducido, pero no se debe olvidar que, normalmente, es ahí donde se establecerán relaciones profundas de confianza, que - en muchas ocasiones - permiten ayudar de forma decisiva a las personas con las que uno se relaciona.


Algunos trabajos - pienso, por ejemplo, en los relacionados con la docencia o con los medios de comunicación social - constituyen una oportunidad de transmitir ideas a centenares o millares de personas.


Pero sería un error pensar que sólo esas profesiones pueden ser ocasión de apostolado; en cualquier ocupación, en cualquier circunstancia, el cristiano debe ayudar a que los demás den un sentido cristiano a su vida.


Ordinariamente, no será necesario hacer grandes discursos, sino llevar a cabo lo que el fundador del Opus Dei llamaba "apostolado de amistad y confidencia" y que describía en los siguientes términos: "Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es apostolado de la confidencia" (19).


Este empeño se convierte en interés real por cada persona y se encauza normalmente en la conversación personal de dos amigos. "El apostolado cristiano - y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales - es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina" (20).


Un empeño apostólico que, a través de la iniciativa libre y responsable de los cristianos, se manifestará también en el esfuerzo por lograr que las estructuras sociales faciliten a los demás el acercamiento a Dios.


Se realizará de esa manera la animación cristiana del orden temporal que, como hemos visto, el Concilio considera misión característica de los laicos. En este contexto, pueden entenderse las llamadas que en la Exhortación Apostólica Christifideles laici el Papa ha dirigido a los laicos empeñados en la ciencia y la técnica, en la medicina, en la política, en la economía y en la cultura (21), para que no abdiquen de su responsabilidad en hacer un mundo más humano y, por tanto, más cristiano.


Para eso cuentan con las inspiraciones y principios que presenta la doctrina social de la Iglesia. Pero esa doctrina sólo se hará vida a través de los hombres y mujeres que, en Wall Street o en un pequeño comercio del barrio, conciban su trabajo como algo más que una fuente de ganancias o un medio de escalar puestos: a través de ciudadanos que, en la alcaldía o en la asociación de vecinos, se preocupen por hacer más acogedora lo sociedad; a través de intelectuales que, en la Universidad y en la escuela, creen cultura con sentido cristiano.


Empezar por la familia


Junto a toda esa labor apostólica en torno al trabajo - a la profesión de cada uno -, ocupa un lagar fundamental la que se realiza a través de la familia. En el caso de los padres, es ése su primer campo de apostolado, el lugar en que han sido puestos por Dios para realizar una tarea insustituible: la educación de los hijos.


La familia es "la célula primera y vital de la sociedad" (22), y de su salud o enfermedad dependerá la salud o enfermedad del entero cuerpo social. La sociedad será más fraterna, si los hombres aprenden en la familia a sacrificarse unos por otros. Habrá más tolerancia y respeto en las relaciones humanas, en la medida en que se comprendan los padres y los hijos. La lealtad ganará terreno en la vida social, si se valora también la fidelidad entre los cónyuges. Y el materialismo estará en retirada, cuando el norte de la felicidad familiar no sea el creciente consumo.


En cuanto a la atención de los propios hijos, importa recordar de nuevo el papel primordial del ejemplo. Juan Pablo II, en una de las contadas ocasiones en que ha hablado de sí mismo, comentaba refiriéndose a su padre: "Mi padre fue una persona admirable y casi todos mis recuerdos de infancia y adolescencia se refieren a él (...). El simple hecho de verle arrodillarse ha tenido una influencia decisiva en mis años de juventud. Era tan severo consigo mismo, que no necesitaba serlo con su hijo: bastaba su ejemplo para enseñar la disciplina y el sentido del deber" (23).


Y el Card. Luciani - luego, Juan Pablo I - escribía: "El primer libro de religión que los hijos leen son sus padres. Es bueno que un padre le diga a su hijo: "Ahora hay en la iglesia un confesor; ¿no crees que podrías aprovechar la oportunidad?". Pero es mucho mejor si le habla de este modo: Voy a la iglesia a confesarme, ¿quieres venir conmigo?" (24).


El ejemplo ofrecido en las más diversas facetas de la vida - de lealtad a los amigos, de laboriosidad, de sobriedad y templanza, de alegría ante las contrariedades, de preocupación por los demás, de generosidad... - quedará grabado de forma indeleble en las almas de los hijos.


Y, junto al ejemplo, la atención generosa a su educación. "El negocio que más habéis de cuidar - solía decir el fundador del Opus Dei a los hombres de empresa - es la formación de vuestros hijos". Una educación que será eficaz si los padres saben hacerse amigos de sus hijos; si, desde que son pequeños, éstos se acostumbran a confiar en ellos, a abrirles su corazón cuando tienen alguna dificultad.


Escribía Santo Tomás Moro: "Una vez vuelto a casa, hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los criados. Todo ello forma parte de mi vida cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser un extraño en tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compañeros" (25).


El ritmo de la vida moderna parece no favorecer esta dedicación. Cada vez tenemos más de todo, excepto tiempo. Y se corre el riesgo de que los padres queden absorbidos por el trabajo, aun con el noble deseo de asegurar lo mejor posible el porvenir de los hijos.


Pero este porvenir dependerá más del tiempo que se les ha dedicado personalmente que del confort que se les ha ofrecido. Y así, cuando los hijos se quejan, no es por lo que sus padres no les han dado, sino porque no han sabido darse a sí mismos.


Familia abierta a los demás


Esto ya es mucho, pero no es todo. Un cristiano consciente de su misión de levadura en la masa, no puede conformarse con la atención a los suyos. Ciertamente, en un mundo competitivo y duro, es normal el deseo de buscar en la propia familia el afecto y la seguridad que muchas veces falta fuera. Como también es comprensible que, ante los diversos tipos de familia que hoy existen en la sociedad, unos padres cristianos traten de proteger y cultivar el suyo. Pero la familia cristiana es una familia "abierta".


"La familia - decía Pablo VI -, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia (...). Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive" (26).


El ejemplo de una familia cristiana que, con sus limitaciones y dificultades, intenta vivir su ideal, es siempre atractivo, incluso humanamente. Sobre todo si esa familia está abierta a la amistad con otras - de parientes, de colegas, de vecinos, de los amigos de sus hijos -, animada con un espíritu apostólico.


De este modo, se hará realidad el ideal que señalaba Juan Pablo II al decir que la "Iglesia doméstica [la familia] está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los "alejados", para las familias que no creen todavía y para las familias cristianas que no viven coherentemente con la fe recibida" (27).


Por otra parte, toda familia está sujeta a las influencias exteriores, que provienen de las leyes, de la escuela o la opinión pública. De ahí que, tanto para proteger la propia familia como para ayudar a los demás, un cristiano deba preocuparse por que en la sociedad exista un clima favorable a la institución familiar.


"Las familias - se lee en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio - deben ser las primeras en procurar que las leyes e instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia de ser "protagonistas" de la llamada "política familiar", y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad" (28).


Ante una nueva evangelización


Los primeros cristianos supieron cambiar su sociedad, poniendo todo su esfuerzo al servicio del mandato de Cristo: "Entonces, ellos partieron y predicaron por todas partes, mientras el Señor estaba con ellos y confirmaba la palabra con los prodigios que la acompañaban" (Mc 16, 20).


A las puertas del tercer milenio, ante una sociedad que parece huir alocadamente de Dios, los cristianos de este siglo hemos sido llamados a realizar una nueva evangelización "en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir" (29).


Y, con palabras de Juan Pablo II, "esto sólo será posible si los fieles laicos saben superar en sí mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su cotidiana actividad en la familia, en el trabajo y en la sociedad la unidad de vida que encuentra en el Evangelio inspiración y fuerza para realizarse en plenitud" (30).


El mundo espera cristianos sin fisuras, cristianos de una pieza. Con fallos, con errores, pero con la firme voluntad de rectificar cuanta voces sea preciso y seguir adelante en el camino que, de la mano de la Virgen, nos lleva al Padre a través de Cristo, Camino, Verdad y Vida.

7 de junio de 2021

BIENAVENTURANZAS

 


Evangelio (Mt 5, 1-12)


Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.


Comentario


Las bienaventuranzas es un pasaje de una gran belleza que forma el maravilloso pórtico del sermón de la montaña.

Jesús se sienta, como maestro, para enseñar al pueblo la Palabra divina que trae de parte del Padre. Comienza diciéndoles: “bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Es necesario fijarse y asombrarse una y otra vez en la que la primera palabra que nos trae Jesús es bienaventurado, que significa feliz.

Jesús nos trae la Palabra de Dios y nos enseña que nos quiere felices, dichosos, con una vida llena. Que el camino que lleva a Dios es un camino de alegría. Y, con su Palabra, nos describe cuál es el camino que hemos de recorrer. Lo que hemos de vivir para encontrar la felicidad verdadera.

Al leer las bienaventuranzas descubrimos que es un camino paradójico. Jesús nos muestra el camino de la felicidad por donde parecería que no lo fuéramos a encontrar.

Detrás de cada bienaventuranza hay un camino de amor y de cruz. Jesús nos enseña que esta tierra el amor y la cruz se identifican. O dicho de otro modo, que si queremos amar de verdad, nos hemos de identificar con la Cruz.


Jesús llama bienaventurados a los que son pobres de espíritu es decir a los que viven en la confianza en Dios; a los que lloran es decir a quienes saben reconocer y se arrepienten de sus pecados; a los mansos es decir a los que saben llevar con paciencia los defectos de los demás; a los que sienten hambre y sed de justicia es decir a los que crecen en afán de santidad; a los misericordiosos es decir a los que acogen a los demás en su fragilidad sin juzgarles; a los limpios de corazón es decir a quienes se esfuerzan en que nada empañe su capacidad de amar; a los pacíficos es decir a los que luchan por sembrar la paz y la alegría y a los que padecen persecución por la justicia es decir aquellos que viven en la verdad y no transigen con ella.

En las bienaventuranzas descubrimos el rostro de Jesús y debemos descubrir el propio. Ayuda mucho en la vida cristiana confrontar la propia vida con las bienaventuranzas. Preguntarse: ¿Soy pobre?, ¿lloro?, etc.


PARA HACER UN RATO DE ORACIÓN.

Textos de San Josemaría sobre la Bienaventuranzas 

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu… (Mt, 5, 1 ss).


Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña están en el centro de la predicación de Jesús, y en ellas Dios nos llama a su propia bienaventuranza.


La predicación de san Josemaría Escrivá, que bebe directamente en las páginas del Evangelio, se detiene con frecuencia en las bienaventuranzas, proponiéndolas como un ideal asequible para todos. Son un ideal realizable —recuerda—, no una utopía; constituyen un apasionante programa de vida que todos podemos llevar a cabo en nuestra existencia, luchando cada día con propósitos concretos de conversión y mejora.


1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.


“Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta[i]. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras”.


Amigos de Dios, n. 123


2. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.


“Gozas de una alegría interior y de una paz, que no cambias por nada. Dios está aquí: no hay cosa mejor que contarle a El las penas, para que dejen de ser penas”.


Forja, n. 54


3. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.


“Me hizo pensar la frase dura, pero cierta, de aquel varón de Dios, al contemplar la altanería de aquella criatura: "se viste con la misma piel del diablo, la soberbia".


Y vino a mi alma, por contraste, el deseo sincero de revestirme con la virtud que predicó Jesucristo, “quia mitis sum et humilis corde”, –soy manso y humilde de corazón–; y que ha atraído la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra: la humildad, el sabernos y sentirnos nada”.


Surco, n. 726


4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.


“Grabémoslo bien en nuestra alma, para que se note en la conducta: primero, justicia con Dios. Esa es la piedra de toque de la verdadera hambre y sed de justicia[ii], que la distingue del griterío de los envidiosos, de los resentidos, de los egoístas y codiciosos... Porque negar a Nuestro Creador y Redentor el reconocimiento de los abundantes e inefables bienes que nos concede, encierra la más tremenda e ingrata de las injusticias. Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis frecuentemente vuestra dependencia de Dios —porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido?[iii]—, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la locura”.


Amigos de Dios, n. 167


5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.


“Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia[iv]. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso[v]. Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím (...). ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!”.


Es Cristo que pasa, 7


6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios


“Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros.(...)


La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa”.


Es Cristo que pasa, n. 5


7. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.


“Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.


—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad”.


Surco, n. 864


8. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.


“El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos”.


Camino, n. 959


9. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo.


“Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, “cum gaudio et pace” —con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.


—Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, "que digan", siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: “beati estis cum... dixerint omne malum adversus vos mentientes propter me” —bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa” .


Forja, n. 795


¿Quieres ser santo? Muchas personas pueden dudar antes de responder a esta pregunta. Imaginan una existencia gris y llena sólo de sacrificios, una vida sin sueños en la que Dios impone a la fuerza Su voluntad.


¿Quieres ser feliz? En este caso, en cambio, la respuesta es clara: sí, todos queremos ser felices, todos queremos lograr una vida plena, mirar atrás al final de nuestros días y poder decir: ha valido la pena que yo existiera, no he resultado indiferente, he sido útil, he dejado poso...


El secreto que aprende quien se acerca a Jesucristo es que lo que nos hace felices también nos hace santos. Con razón dice san Josemaría que «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»[1], porque nuestros sueños son los del Señor: Él no desea otra cosa que ayudarnos a cumplir nuestras aspiraciones más altas, colmar e incluso superar los deseos de infinito que cada uno llevamos dentro.


EL SECRETO QUE APRENDE QUIEN SE ACERCA A JESUCRISTO ES QUE LO QUE NOS HACE FELICES TAMBIÉN NOS HACE SANTOS.

Cuentan que un sabio dijo un día a sus seguidores: «Cuando llegaréis a las puertas del Cielo, os harán una sola pregunta, ¡una sola!». Quienes le rodeaban, intentaban adivinar la cuestión: «¿Has cumplido los mandamientos?», le preguntaba uno; «¿Has ayudado a los pobres?», decía otro; «¿Has rezado mucho?, ¿ibas a la iglesia?, ¿has amado al prójimo?...». El sabio, sonriendo, señaló: «La única pregunta será, sencillamente, ésta: ‘¿Has sido feliz?’ Quien responda afirmativamente, tendrá un sitio ante Dios».


¿Has sido feliz? Es una cuestión que podemos anticipar ahora: tal y como he planteado mi vida, ¿seré feliz? Enseguida comprendemos que no es sencillo responder con un sí rotundo. El futuro no está completamente en nuestras manos y son muchas las elecciones que tendremos que tomar a lo largo de los años: ¿Acertaré con mi orientación profesional?, ¿seguiré la vocación que Dios quiere para mí?, ¿encontraré a una persona que me ame y que pueda amar?, ¿escogeré bien las amistades?, ¿y si llega la enfermedad?


El futuro de cada persona está abierto: no somos capaces de ver más allá de nuestro presente. Sin embargo, Dios –respetando nuestra libertad– conoce bien cuáles serán nuestros pasos. Por eso, en algunos momentos de la vida podremos orar así: Señor, no sé aún qué quieres de mi, ni qué retos voy a enfrentar. A veces dudo sobre el camino que debo emprender, pero sé que Tú tienes un plan para mí: conoces tan bien las dificultades que encontraré como los talentos que me has dado para superarlas. Por eso, ayúdame a vivir cerca de Ti y así, haga lo que haga, ocurra lo que ocurra, estaré caminando por el buen camino.


Fiarse, soñar


En efecto, confiar en Dios nos permitirá soñar con ambición y nos liberará del freno más fuerte: el miedo a fracasar. Pero, para ser verdaderamente libres, es necesario hacer las dos cosas: fiarse y soñar. Así lo confirma el Papa: «En Cristo, queridos jóvenes, encontrarán el pleno cumplimiento de sus sueños. Sólo Él puede satisfacer sus expectativas, muchas veces frustradas por falsas promesas mundanas»[2].


Como sugiere Francisco, basta echar la vista atrás para distinguir los momentos de verdadera plenitud de aquellos que, aun siendo agradables, pasaron por nuestra vida sin pena ni gloria. Una fiesta que esperábamos con gran deseo, ratos de diversión con los videojuegos o ante la televisión, un viaje con los amigos o una tarde de compras con las amigas son actividades que indudablemente pueden dejar un buen recuerdo, pero no una huella imborrable. No permanecerán en nuestro corazón para siempre porque, aun siendo positivas, no están proyectadas para la eternidad.


En una sociedad desencantada, que ha olvidado soñar, existe el peligro de conformarnos con esos sucedáneos de felicidad, es decir, con imitaciones baratas de nuestros deseos más profundos, que nos dan una recompensa inmediata, obtenida con poco esfuerzo y normalmente a un cierto precio (de dinero o tiempo). Entusiasmarnos con estar a la última en ropa o tecnología, arrastrarnos hasta el fin de semana, buscar la compañía de amigos a cualquier costo o concedernos compensaciones en esos ratos libres que reservamos para nosotros solos son actitudes que pueden ayudarnos a ir tirando en la vida, incluso durante años.


INTUIMOS QUE LA VERDADERA FELICIDAD ESTÁ AL FINAL DE UN LARGO CAMINO, EN EL QUE NO HAY ATAJOS. POR ESO, ES NECESARIO LLENAR LA VIDA DE IDEALES.

Pero no es eso a lo que estamos llamados: «Queridos jóvenes –ha dicho Papa Francisco–, ¡no enterréis vuestros talentos, los dones que Dios os ha regalado! ¡No tengáis miedo de soñar cosas grandes!». Cuando nos enamoramos, participamos en una actividad solidaria o prestamos un servicio valioso a un amigo, percibimos que son momentos que sacan a la luz un poco de la grandeza de la que somos capaces. Intuimos que la verdadera felicidad está al final de un largo camino, en el que no hay atajos. Por eso, es necesario llenar la vida de ideales, entusiasmarnos con objetivos que nos obliguen a estirarnos para dar más, a crecer con empeño para sacar lo mejor de nosotros mismos.


Puede ocurrir que verdaderamente queramos hacer cosas grandes y luchar por ellas, pero aún no hayamos encontrado un motivo o una persona a la altura de nuestros deseos. Es necesario buscar. Al contrario de aquellas marcas comerciales, filosofías baratas o personalidades públicas que nos indican claramente qué debemos hacer para vivir una vida satisfecha, la fe no nos da respuestas hechas ni fórmulas cerradas o paquetes de felicidad, sino que nos abre siempre nuevos interrogantes: «¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?» «¿Quién decís que soy Yo?» «¿Quién es mi prójimo?» «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si después se pierde a sí mismo?»[3] En esas y otras preguntas que surgen de la lectura del Evangelio, la fe nos propone el reto más grande y radical: «Tomar el timón de nuestra vida y hacer de ella una obra maestra»[4].


Por eso, si nos faltan ideales que den sentido a una vida, ¿quién hay mejor que Dios para poder orientarnos? La fe nos abrirá esas inquietudes a las que el corazón necesita encontrar respuesta. Ante el Sagrario y con el alma en Gracia será fácil sintonizar con Dios: sólo ante Él obtendremos luz para seguir buscando y comprenderemos que «lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[5].


En el monte de las bienaventuranzas


Cuenta el Evangelio que una mañana Jesús subió una colina situada cerca del lago de Galilea. Caminaba solo, pero a pocos metros le seguía una multitud de personas. «Le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán»[6]. Ellos, como nosotros veintiún siglos más tarde, buscaban en el Señor a alguien que les orientase, que les ayudase a volar alto, a superar sus miserias y colmar sus deseos.


«Viendo la multitud, subió al monte y sentándose, vinieron a él sus discípulos»[7]. En lo alto de algunos montes, el Señor realiza acciones importantes: elige a los Apóstoles, se transfigura, revela las bienaventuranzas, muere en una cruz, asciende al Cielo... Subir hasta arriba le costaría esfuerzo, pero en las cimas el Señor nos muestra mejor su intimidad con Dios Padre. También a nosotros puede costarnos esfuerzo pararnos a meditar, sacar unos minutos de nuestro día para hablar con Dios, apagar el teléfono y buscar la soledad. Pero una vez lograda la calma interior –con empeño–, nos elevaremos por encima del ajetreo diario, y –como desde lo alto de una montaña– podremos ver más lejos, más profundamente. En efecto, necesitamos la soledad, porque Dios habla en voz baja. Bien saben los enamorados que las frases más importantes se dicen así, para que lleguen al corazón.


«Sentándose, vinieron a él sus discípulos»[8]. El Señor se sentó en el suelo y la gente le imitó. Cuando un rabino –un maestro de la ley judía– se sentaba, quería indicar que estaba a punto de enseñar algo muy importante. Sus discípulos más cercanos, a quienes poco tiempo antes había elegido llamándolos por su nombre propio, se aproximaron para no perder ni una palabra de sus enseñanzas.


LAS BIENAVENTURANZAS «SON EL PLAN DE JESÚS PARA NOSOTROS. LÉANLAS Y MEDÍTENLAS, QUE LES VA A HACER BIEN» (PAPA FRANCISCO).

Aunque el Señor tendría una voz fuerte, sólo quienes le rodeaban podrían capturar cada gesto, cada sonrisa, cada entonación con las que Jesús llenaba su discurso. Así nosotros, tenemos la posibilidad de escuchar las bienaventuranzas con diferentes actitudes: desde lejos, oyéndolas sin más como las oirían quienes se sentaron entre los grupos más alejados, perdiendo quizá el hilo del discurso; o bien, aproximándonos al Maestro, escogiendo un lugar cercano, fijando sin distracciones nuestra mirada en Él, sentándonos entre los Apóstoles, para aprender junto a ellos algo nuevo.


«Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados... »[9] En el silencio que reinaría en aquel monte, la voz del Señor fue desgranando las bienaventuranzas. «Son el Plan de Jesús para nosotros –ha dicho el Papa–. Léanlas y medítenlas, que les va a hacer bien»[10]. Sabemos que contienen el secreto de esa felicidad que no logramos apagar con las satisfacciones diarias. Ellas serán la guía de nuestra oración y procuraremos aplicarlas a nuestra vida ordinaria para obtener respuestas capaces de dar sentido a todo lo que hacemos.


Sólo de ese modo, dentro de muchos años, podremos sonreír cuando, al encontrarnos cara a cara con el Señor, Él nos pregunte: «Y tú, ¿has sido feliz?».


Preguntas para la oración personal


- ¿Me he planteado objetivos grandes en mi vida? ¿Qué obstáculos me impiden soñar? ¿He preguntado alguna vez a Dios qué espera de mí?


- ¿Llevo a cabo lo que me hace feliz (planes con amigos y amigas, el noviazgo, el deporte...) de tal manera que también me haga santo? ¿Me doy cuenta de que lo que me acerca a Dios (ratos de oración, servicio a los demás, superación de los defectos...) me ayuda a obtener la felicidad auténtica?


- ¿Qué talentos tengo? ¿Los estoy usando para ser mejor, es decir, los pongo al servicio de Dios y de los demás?


- ¿Busco cada día un rato de conversación con Jesús? ¿Reservo momentos de soledad –sin música, ni mensajes ni distracciones– para escuchar la voz de Dios?


6 de junio de 2021

El rostro de Jesús



 "Que busque tu rostro, que aprenda a encontrarlo y a mostrarlo, que sepa descubrirte en las cosas corrientes de mi vida, que advierta realmente que eres Tú"


Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? [1]. Los ojos de los Apóstoles habían quedado fijos en el lugar por donde Jesús se había marchado... Un ángel tuvo que advertirles de que la vida continuaba.


El mensajero de Dios no pretendía disminuir el interés de aquellos hombres por su Maestro, pero quizá sí hacerles pensar que a partir de entonces tendrían que aprender a verle de otra manera, a encontrarse con Él, con su mirada, en los demás y en las cosas ordinarias de la vida.


San Pablo entendió aquellos deseos de los Apóstoles, porque también él anhelaba estar con Cristo y verle cara a cara [2]. Pero, puestos a escoger, prefería seguir el tiempo que Dios quisiera contemplándole como en un espejo y borrosamente [3], si así podía ayudar a otros a vivir en esa Luz [4].


A los destinatarios de su misión apostólica, les aconsejaba con la fuerza de su ejemplo y de su palabra que, mientras estaban en este mundo, mantuviesen la mirada fija en el Cielo, donde está Cristo: si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios [5].


Quæ sursum sunt quærite! [6]. ¡Buscad las cosas de arriba! Queremos hacer nuestro ese grito, pero necesitamos aprender. En tantas ocasiones nos descubrimos con la mirada baja, excesivamente centrada en cosas pasajeras.


Echamos de menos una mayor agudeza para dar con el papel que Cristo desempeña en cada suceso de la existencia: amamos este mundo, que es el nuestro, el lugar donde nos encontramos con Dios [7], y desearíamos adquirir una mayor facilidad para percibir la mirada de Jesucristo mientras nos ocupamos de nuestras tareas habituales. Querríamos también que otros pudieran ver en nosotros a Cristo; nos ilusiona la maravillosa posibilidad de hacer presente a nuestros amigos el rostro de Jesús.


Vultum tuum, Domine, requiram! [8]. ¡Buscaré, Señor, tu rostro! Señor –le diremos–, que busque tu rostro, que aprenda a encontrarlo y a mostrarlo, que sepa descubrirte en las cosas corrientes de mi vida, que advierta realmente que eres Tú.


Tal vez oiremos aquel aviso de San Josemaría: Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. –Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... –Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él! [9]


Los Evangelios aluden en diversas ocasiones a la mirada de Jesucristo. Una mirada benévola y afectuosa, conmovedora y conmovida, una mirada profundamente conocedora, que penetra la intimidad, una mirada que enseña y corrige, que mueve al arrepentimiento, y llega a provocar un arranque de generosidad [10].


Quizás muchas veces hemos tratado de representárnosla en nuestra oración, con la intención de descubrir cómo podemos encontrarla y hacerla presente en nuestra vida ordinaria. Algunos personajes que se cruzan con Jesús en las horas de la Pasión nos pueden ayudar a avanzar en la realización de este deseo.




En el camino de la Cruz tres personas tienen una particular relación con el rostro de Cristo: sólo dos lo buscan, pero tres lo encuentran. De las tres podemos aprender; cada una de ellas sugiere una enseñanza distinta sobre el modo de dar forma al afán de ver el rostro de Jesús.


Con Santa María, un sólo corazón


Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, cuando encuentra a su Madre Santísima, junto al camino por donde Él pasa [11]. Nada nos dice el Evangelio de ese encuentro, pero el silencio de la Escritura no ha hecho más que estimular la imaginación de los cristianos a lo largo de los siglos. Nuestro Padre se lo representa así: Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor [12].


El amor es tan intenso que basta el encuentro de los ojos para que cada uno sepa que cuenta con el otro, que puede verter en Ella, en Él, su inmenso dolor, porque aquel corazón es capaz de aceptarlo. En medio de ese sufrimiento, tienen el profundo consuelo de saberse acompañados, comprendidos.


El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo [13]. La amargura que llena el alma de María es la de su Hijo, como de María es la amargura que llena el alma de Jesús. Es tan fuerte la unión de sus corazones que el dolor de uno está hecho del sufrimiento del otro; así se apoyan y mutuamente se sostienen.


¡Quién nos diera a nosotros una identificación así con los sentimientos de Cristo! Nos queda –es cierto– muy lejos, pero la deseamos ardientemente. Sabemos que si avanzamos por ese camino no nos ahorraremos dolores en esta vida, porque toda existencia humana los conlleva, pero tendremos siempre una luz para afrontarlos, nunca nos faltará una base firme para no sucumbir, para encararlos con serenidad.


Simeón había profetizado a la Virgen que una espada atravesaría su alma [14]. Desde el anuncio de la Pasión, la herida de espada no abandonará nunca a la Madre de Jesús. Ella tendrá siempre presente que sólo pueden ofenderla a través de las afrentas hechas a su Hijo; es consciente de que todo sufrimiento, y también toda alegría, sólo puede tener su causa en relación con Él.


La Virgen enseña que en las amarguras y en los pequeños disgustos –profesionales, familiares, sociales...– podemos buscar y descubrir el rostro de Cristo; y, como consecuencia, estaremos llenos de paz incluso en medio del dolor.


Verónica, un corazón bueno


Cuenta una tradición de la Iglesia que, un poco más adelante, una mujer sale al paso del Señor con la intención de limpiarle el rostro. Es el único hecho que sabemos de Verónica, pues con este nombre es conocida.


Quizás no se había planteado nunca conscientemente ese anhelo –ver la faz de Jesucristo– e incluso si lo había hecho, pensaría que el motivo por el que ahora buscaba ese rostro era más sencillo: ella sólo pretendía tener una atención con aquel Hombre que sufría. Sin embargo, esta mujer, que ni siquiera aparece en los Evangelios, ha dado un nombre propio al deseo de contemplar la faz de Dios.




Bienaventurados, vuestros ojos porque ven (...). Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron [15]. Si a la Verónica se pueden aplicar especialmente estas palabras, si ella realizó esa aspiración que ha llenado el alma de tantos santos a lo largo de la historia, fue por su bondad sencilla, porque su corazón de mujer buena no se deja «contagiar por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos» [16], no se frena ante la oportunidad de prestar un pequeño servicio. Y ese «acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús» [17].


El rostro del Dios hecho Hombre queda grabado en aquel lienzo, sí; pero sobre todo queda grabado en sus entrañas de bondad. «El Redentor del mundo da a Verónica una imagen auténtica de su rostro. El velo, sobre el que queda impreso el rostro de Cristo, es un mensaje para nosotros. En cierto modo nos dice: he aquí cómo todo acto bueno, todo gesto de verdadero amor hacia el prójimo aumenta en quien lo realiza la semejanza con el Redentor del mundo. Los actos de amor no pasan. Cualquier gesto de bondad, de comprensión y de servicio deja en el corazón del hombre una señal indeleble, que lo asemeja un poco más a Aquél que “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” ( Flp 2,7). Así se forma la identidad, el verdadero nombre del ser humano» [18].


¿No es ésta una manera accesible de buscar el rostro de Jesucristo? ¿No es también un modo de hacerle presente entre quienes nos rodean?


Es posible que en la vida tengamos ocasión de prestar grandes servicios a otras personas; que podamos renunciar a algo valioso por ayudar a los demás. Pero, se nos presenten o no esas oportunidades, procuremos vivir cotidianamente con un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación [19].


Muchas veces lo que más ayuda a las almas a descubrir la mirada amorosa del Señor es precisamente ver cómo sus discípulos, en medio de sus limitaciones, saben advertir lo que los demás necesitan: son capaces de descubrir esos detalles que, si se pasaran por alto, nadie reclamaría; y que en cambio, cuando se reciben, se agradecen de todo corazón.


Si con sentido sobrenatural obramos de este modo, realizamos –cuanto es factible en esta vida– el deseo de contemplar el rostro de Jesucristo. Y al mismo tiempo facilitamos que otras personas se encuentren con Él.


Puede ser que no lo noten inmediatamente y necesiten un tiempo para descubrir al Señor, mas no dejarán de percibir desde el primer momento que hay algo especial en quienes les tratan con una bondad tan sencilla.


Si queremos descubrir a otros el semblante amabilísimo del Maestro, procuremos dispensar amabilidad, serenidad, paz, paciencia, respeto, cortesía, cariño; también cuando no esperemos ser correspondidos; si queremos ver en los demás el rostro de Jesús, acerquémonos a ellos con un corazón sencillo, un corazón que valora y admira y quiere a los padres, a los hijos, a los amigos uno por uno; que descubre cómo cada una de ellas refleja, a su modo, la bondad de Dios.


Simón de Cirene, un encuentro con la Cruz


Los Evangelios sinópticos nos hablan de un tercer personaje que se topa con Jesucristo en el camino del Calvario. Santa María y la Verónica le buscaron, salieron a su encuentro por propia iniciativa. Simón de Cirene, no. Simón fue forzado a llevar la Cruz [20] La misma expresión que usan los evangelistas indica que, quizá, hubo una resistencia inicial.



Resulta bien comprensible: a nadie le gusta que le obliguen a cargar con una cruz ajena, y menos después de una dura jornada de trabajo. San Marcos dará a entender que los hijos de este hombre eran conocidos como cristianos [21]: Todo empezó por un encuentro inopinado con la Cruz [22]. Una gran fortuna que tuvo su origen en un suceso aparentemente desafortunado.


El cambio de actitud del Cireneo no debió de ser repentino, sino gradual, y no es arriesgado suponer que tuvo que ver con el rostro de Jesucristo. Él pensaba que trataba con un malhechor, pero aquella mirada amable, agradecida, pacífica, le desarmó. Al principio se disgusta porque simplemente ve; después mira y va descubriendo que compartir la Cruz con ese condenado vale la pena.


Lo que al principio aparecía como un inconveniente que se interponía entre él y su descanso, fue progresivamente transformado por el rostro de aquel Hombre en una oportunidad única, que terminó por cambiar su vida.


Para él, como para todos los cristianos, la Cruz se convirtió en el signo distintivo de su fe, en el instrumento de la salvación; en una realidad redentora, inseparable de la misión de Cristo. A través de los siglos, los cristianos mirarán con cariño y esperanza la Cruz, que debería estar en el centro de su vida y que, por el mismo motivo, «debería estar en el centro del altar y ser el punto de referencia común del sacerdote y de la comunidad que ora» [23].


A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros [24] Ante la Cruz inesperada experimentaremos un movimiento de rechazo. Es la reacción habitual de nuestra naturaleza, que no nos debe preocupar, pero que no ha de impedir una progresiva aceptación.


Sabemos que en esas situaciones en las que podemos sentirnos solos, Dios no nos deja, está a nuestro lado; quizá incluso le vemos , somos capaces de dirigirnos a Él de algún modo. Pero demos un paso más: busquemos su mirada. Si no nos conformamos con ver , si procuramos mirar a Cristo que carga la Cruz con nosotros, si dejamos que nos hable, lo que parecía desafortunado va adquiriendo otro color, y termina por cambiar nuestra vida.


Darnos cuenta de que una contradicción puede significar un encuentro más profundo con Jesucristo nos ayudará a encararla de otro modo y entonces, nuestra Cruz no será una Cruz cualquiera: será... la Santa Cruz [25].


* * *


Vultum tuum, Domine, requiram! [26]. Tres personas tienen una particular relación con el rostro de Cristo en el camino del Calvario. Sólo dos le buscan, pero las tres le encuentran. Ninguna de ellas queda indiferente, ninguna se va de vacío. De cada una podemos aprender algo y deseamos hacerlo porque anhelamos contemplar y ayudar a otros a descubrir ese rostro en nuestro camino ordinario por el mundo.


Querríamos alcanzar la unidad de corazones que se da entre Santa María y su Hijo. Somos conscientes de que supera nuestras fuerzas, pero no abandonamos ese deseo, porque sería renunciar al Amor y porque sin duda podemos avanzar por ese camino.


Un modo de hacerlo es aprovechar las enseñanzas de los otros dos personajes: una bondad sencilla será la ocasión de que muchos –en primer lugar, nosotros mismos– se encuentren con el Señor; buscar esa mirada en las adversidades y amarguras de la vida, hará que vayamos gradualmente identificándonos con la Voluntad de Dios. Entonces seremos capaces de reflejar el rostro de Jesús.


5 de junio de 2021

ESPIRITU DE POBREZA

 


Evangelio (Mc 12,38-44)


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo:


— Cuidado con los escribas, a los que les gusta pasear vestidos con largas túnicas y que los saluden en las plazas; los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes. Devoran las casas de las viudas y fingen largas oraciones. Éstos recibirán una condena más severa.


Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho. Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas pequeñas, que hacen la cuarta parte del as. Llamando a sus discípulos, les dijo:



— En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento.


Comentario


En el evangelio de hoy, san Marcos narra el episodio de una mujer viuda y pobre que echa unas monedas en el cepillo del templo, ganándose la alabanza del Señor.


Las palabras de Jesús sobre la generosidad de esa buena mujer que “ha echado todo lo que tenía” dejan entrever una profunda alegría y admiración del Señor hacia ella.


Durante el Sermón de la Montaña, el Señor había alabado a los “pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3). La pobreza es una virtud cristiana que nos ayuda a dar el valor verdadero a las cosas materiales y a poner todo nuestros deseos y fuerzas para lograr los bienes imperecederos.


En ocasiones esta virtud se vivirá desde la carencia de los bienes materiales, incluso de los que se presentan como necesarios para vivir. En otras ocasiones, la pobreza no implicará esta carencia, pero la necesidad de vivir con este deseo de lograr los bienes imperecederos será la misma.


Por eso, la pobreza es una virtud que tiene mucho que ver con la grandeza de corazón y también con la libertad, para no quedar esclavizados por las cosas terrenas.


Casi veinte siglos después, durante una estancia de san Josemaría en Argentina, en uno de los numerosos encuentros que tuvo, tomó la palabra una mujer de mediana edad que, con gran sencillez, le contó que era pobre. También comentó que nunca se había sentido desdichada por ser de condición humilde, pero, acto seguido, reconoció que en ese momento sí sentía pena por no tener más posesiones, porque le gustaría darle más cosas a san Josemaría para que pudieran emplearse al servicio de las almas.


En la filmación que existe de ese momento, se ve a san Josemaría conmovido ante las palabras de esa mujer, pobre de bienes terrenos pero muy rica en deseos de generosidad y entrega a Dios y a los demás. Podemos pensar que el Señor habría sentido algo parecido ante la escena de la viuda echando esas monedas en el cepillo del templo.



Pidamos al Señor que nos ayude a vivir la verdadera pobreza cristiana, que nos hace más libres para amar a Dios y a nuestros hermanos.

TEXTO PARA HACER LA ORACION:

¿Cómo es la pobreza que procura vivir en el espíritu del Opus Dei?

"Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque (...); Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades".


San Josemaría en el libro Conversaciones comenta:

"Se anuncia el Evangelio a los pobres (Mat 11, 5), leemos en la Escritura, precisamente como uno de los signos que dan a conocer la llegada del Reino de Dios. Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos. Es éste un tema en el que querría detenerme un poco, porque no siempre se predica hoy la pobreza de modo que su mensaje llegue a la vida. Sin duda con buena voluntad, pero sin haber captado del todo el sentido de los tiempos, hay quienes predican una pobreza fruto de una elucubración intelectual, que tiene ciertos aparatosos signos exteriores y simultáneamente enormes deficiencias interiores y a veces también externas. Haciéndome eco de una expresión del profeta Isaías —discite benefacere (1, 17)—, me gusta decir que hay que aprender a vivir toda virtud, y quizá muy especialmente la pobreza. Hay que aprender a vivirla, para que no quede reducida a un ideal sobre el que se puede escribir mucho, pero que nadie realiza seriamente. Hay que hacer ver que la pobreza es invitación que el Señor dirige a cada cristiano, y que es —por tanto— llamada concreta que debe informar toda la vida de la humanidad. Pobreza no es miseria, y mucho menos suciedad. En primer lugar, porque lo que define al cristiano no son tanto las condiciones exteriores de su existencia, cuanto la actitud de su corazón. Pero además, y aquí nos acercamos a un punto muy importante del que depende una recta comprensión de la vocación laical, porque la pobreza no se define por la simple renuncia. En determinadas ocasiones el testimonio de pobreza que a los cristianos se pide puede ser el de abandonarlo todo, el de enfrentarse con un ambiente que no tiene otros horizontes que los del bienestar material, y proclamar así, con un gesto estentóreo, que nada es bueno si se lo prefiere a Dios. Pero ¿es ése el testimonio que de ordinario pide hoy la Iglesia? ¿No es verdad que exige que se dé también testimonio explícito de amor al mundo, de solidaridad con los hombres?


A veces se reflexiona sobre la pobreza cristiana, teniendo como principal punto de referencia a los religiosos, de los que es propio dar siempre y en todo lugar un testimonio público, oficial: y se corre el riesgo de no advertir el carácter específico de un testimonio laical, dado desde dentro, con la sencillez de lo ordinario.


Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque —hecha de cosas concretas—, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.


Lograr la síntesis entre esos dos aspectos es —en buena parte— cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide. No quiero, pues, dar reglas fijas, aunque sí unas orientaciones generales, refiriéndome especialmente a las madres de familia."


No lo olvides: aquel tiene más que necesita menos. -No te crees necesidades. (Camino, 630)

Despégate de los bienes del mundo. -Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente.

-Si no, nunca serás apóstol. (Camino, 631)

No consiste la verdadera pobreza en no tener, sino en estar desprendido: en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas.

-Por eso hay pobres que realmente son ricos. Y al revés. (Camino, 632)

No tienes espíritu de pobreza si, puesto a escoger de modo que la elección pase inadvertida, no escoges para ti lo peor. (Camino, 635)

En este sentido, adquieren un peso muy serio las obras de misericordia que Nuestro Señor transmitió a su Iglesia. Jesucristo –el “rostro de la misericordia del Padre”– invita a los cristianos a volver los ojos a Él constantemente y con atención, con deseos de llegar a unirnos a su vida, de imitarle como los pequeños imitan a sus padres o a sus hermanos mayores.


San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, cultivó con pasión durante su caminar terreno las obras de misericordia corporales y espirituales, siguiendo a Jesucristo. Con razón pudo escribir en una de sus homilías: “Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar”[5]. Hasta aquí, san Josemaría.


A continuación, detalló algunos de los males que aquejan al mundo: “Los bienes de la tierra –puntualizaba san Josemaría-, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera [de esos lugares], hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística”[6]. Aquí termina la cita del Fundador del Opus Dei.


Ante la ausencia de misericordia y de auténtica fraternidad, no cabe dejarse llevar por el desaliento, sino acoger el consejo de san Juan de la Cruz: "Pon amor donde no hay amor y sacarás amor"[7]. Estamos llamados ¡todos! a ser otros Cristos, el mismo Cristo, y así actuar en su nombre, contagiando la caridad en todos los lugares. En este sentido, también san Josemaría señalaba que Jesucristo "continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor, el mandatum novum (…). Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro en nuestros hermanos los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas, con la nuestra. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”[8].


Quizá alguno podría pensar que –sobre todo en los países más avanzados– los progresos en la asistencia social, sanitaria, laboral, etc., harían innecesarias, o hasta superfluas, las tradicionales obras de misericordia: ¡y no es así! Incluso en las naciones más desarrolladas, muchas personas se desenvuelven en el umbral de la pobreza, carecen de los servicios más elementales o sufren la soledad o el abandono, aunque dispongan de medios materiales. Certeramente, el fundador del Opus Dei observaba, muchos años atrás, que, cuando las circunstancias históricas parecen haber superado la miseria o el dolor, precisamente entonces se vuelve más urgente esta agudeza de la verdadera fraternidad cristiana, que sabe adivinar dónde hay necesidad de consuelo, también en medio del aparente bienestar general.


Con la ayuda de Dios, a lo largo de estos meses, me propongo ofrecer algunas consideraciones sobre las catorce obras de misericordia, espirituales y corporales, con la intención de que calen más profundamente en nuestra existencia ordinaria. En los avatares de cada jornada –el trabajo, la vida en familia, las relaciones con los demás–, el Maestro nos invita a identificarnos con Él.


De esa forma, nuestro caminar terreno con Jesucristo podrá convertirse en una “escuela de misericordia”.

La primera obra de misericordia corporal que nos propone la Iglesia se centra en visitar y cuidar a los enfermos: una tarea que Jesucristo realizó con continuada frecuencia durante su paso por la tierra. Entre otras muchas escenas del Evangelio, le vemos sanar a la suegra de Pedro, devolver la salud a la hija de Jairo, atender al paralítico de la piscina de Betsaida o pararse ante los ciegos que le esperaban a la entrada de Jerusalén. El dolor de esas personas nos muestra que Dios va a su encuentro y les anuncia la salvación que ha venido a traer a todos los hombres.


En los enfermos, el Señor contemplaba a la humanidad más necesitada de salvación. Sucede que, mientras gozamos de salud, puede surgir la tentación de olvidarnos del mismo Dios, pero cuando se presenta el dolor o el sufrimiento en nuestra vida, quizá viene a nuestra mente el grito del ciego al salir de Jericó: “¡Hijo de David, ten compasión de mi!”. En la debilidad, nos sentimos criaturas especialmente menesterosas.


Detengamos también nuestra marcha ante las fatigas de los demás, como vemos proceder a Cristo. El Espíritu Santo, Amor infinito, consolará a otras personas a través de nuestra compañía, de nuestra conversación y de nuestro silencio respetuoso y constructivo cuando el paciente lo necesite. Todos nos ocupamos de numerosas actividades cada día, y las tareas se multiplican sin cesar, pero no debemos permitir que una agenda apretada conduzca nuestra vida al olvido de los enfermos.


Son muchos los ejemplos de santos y de santas que imitaron a Jesús, también en esta obra de misericordia. Por ejemplo, san Josemaría solía explicar que el Opus Dei había nacido –como una necesidad– en los hospitales, entre los enfermos. Desde que se trasladó a Madrid en 1926 ó 1927 y hasta 1931, colaboró intensamente en varias instituciones asistenciales –el Patronato de Enfermos, la confraternidad de San Felipe Neri, etc.– desde donde se atendían a pacientes de los hospitales y de las periferias de la capital. Madrid contaba entonces con más de un millón de habitantes; los suburbios estaban muy distantes entre sí, escaseaban los medios de transporte y, con el fin de servir a los enfermos en sus casas y chabolas, acudía donde fuera preciso, siempre a pie, y les transmitía el aliento de Cristo y el perdón de Dios Padre. ¡Cuántas personas se habrán ido al Cielo por esa labor sacerdotal de san Josemaría!


En esos u otros hospitales y lugares, sobre todo a partir de 1933, iba acompañado por algunos jóvenes a quienes asistía en su vida espiritual. Con ellos, ofrecía a los pacientes palabras de cariño o les prestaban diversos servicios, como lavarles, cortarles las uñas, peinarles o facilitarles una buena lectura. Precisamente muchos de esos jóvenes, al contacto con el dolor y la pobreza de otras personas, descubrieron con hondura a Jesús en el enfermo y en el desvalido.


Hijas e hijos míos, amigos y amigas que participáis en los apostolados de la Prelatura, esta atención a los desvalidos no ha de reducirse a una característica sólo de los inicios: el Opus Dei sigue naciendo y creciendo cada día en ti, en mí, cuando practicamos la misericordia con los desamparados, cuando descubrimos a Cristo en las almas que nos rodean, especialmente en las atormentadas por algún mal.


Como Cristo, llevémosles la misericordia de Dios con nuestros cuidados, con nuestra presencia, con nuestros servicios, incluso con una simple llamada telefónica. Podremos así distraerles del dolor o de la soledad, escuchar con paciencia las preocupaciones que les opriman, transmitirles cariño y fortaleza para que reaccionen con dignidad ante sus circunstancias; y recordarles que la enfermedad es una ocasión para unirse a la Cruz de Jesús.


En Camino, obra conocida en todo el mundo, san Josemaría escribió: “—Niño. —Enfermo. —Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él”. Y ya desde su juventud -la de san Josemaría, me refiero- veía a Cristo en quienes sufren, porque Jesús no sólo curó a los enfermos, sino que se identificó con ellos. El Hijo de Dios padeció dolores inmensos: pensemos, por ejemplo, en su agotamiento físico y espiritual en el huerto de los olivos; en la indescriptible pena de cada latigazo durante la flagelación; en el dolor de cabeza y la debilidad física que debieron inundarlo con el pasar de las horas durante la Pasión...


Para quienes padecen una enfermedad, esa situación doliente quizá se acoja como una carga oscura y carente de sentido; la realidad puede tornarse sombría y sin razón. Por eso, si el Señor permite que experimentemos el dolor, aceptémoslo. Y si hemos de ir al médico, obedezcamos docilmente sus indicaciones, seamos buenos pacientes: con la ayuda del Cielo, esforcémonos en aceptar esa situación y deseemos recuperar las fuerzas para servir con generosidad a Dios y a los demás. Pero, si su voluntad fuera otra, digamos como la Virgen: fiat!, ¡hágase! Cúmplase tu voluntad...



De esta forma, sabremos dirigirnos al Señor en nuestra oración, manifestándole:


Yo no entiendo lo que quieres, pero tampoco exijo que me lo expliques. Si Tú permites la enfermedad, concédeme la ayuda para sobrellevar este tiempo: que me una más a ti, que me una más a quienes me acompañan, que me una más a toda la humanidad. Y, repitiendo unas palabras de san Josemaría, confiemos al Espíritu Santo: “¡Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...”.


¡Cuánto bien causa al alma de cada una y de cada uno ser portadores de la misericordia! Roguemos al Señor, a través de su Santísima Madre, que nos sostenga para transmitir el cariño de Dios a quienes carecen de salud, y acojamos con paz la misericordia del Señor, si su Voluntad se traduce en que nos unamos a Él por medio de la Cruz.

Dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento son otras dos obras de misericordia. 

Dios, Padre de Misericordia, ha alimentado a lo largo de los siglos a su Pueblo y lo hace ahora a diario, cuando pone en nuestra mesa los alimentos que tomamos. Por eso, resulta muy oportuno que se extienda entre las familias la costumbre de rezar una oración antes de las comidas, y de agradecer a Dios sus beneficios al terminar. No nos abstengamos de manifestar esta costumbre, también cuando nos encontremos fuera del propio hogar, pues encierra una profunda manifestación de fe, y quizá sea un apostolado eficacísimo ante quien nos ve.


En este Jubileo Extraordinario de la Misericordia, el don diario de los alimentos ha de reavivar en nosotros no sólo la acción de gracias a Dios, sino también la preocupación por aquellos hermanos que carecen del sustento diario. Pensemos en esos millones de personas en el mundo, que no cuentan con nada o con casi nada que llevarse a la boca. Por contraste, en algunos lugares se desperdician a veces los alimentos: por motivo de reducción de reservas, por negligencia o con la finalidad de mantener altos los precios.


“Los alimentos que se tiran a la basura -son palabras del Santo Padre- se roban de la mesa del pobre”. Por eso, el Papa ha invitado en diversas ocasiones a mejorar la distribución de los productos en el mundo, y combatir así, con esta y otras iniciativas, la “cultura del descarte”, como él mismo afirma.


Volvamos nuestra mirada a Cristo, y admiremos cómo multiplica los panes y los peces para saciar a la multitud hambrienta. Poco antes, los Apóstoles le habían sugerido que despidiese a la gente: “Que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto”, le proponen. Curiosamente, los Apóstoles pretendían, después de haber escuchado la Palabra de Dios, que cada familia buscase el sustento por su cuenta. Pero el Señor manifiesta con hechos que alimentar al hambriento nos afecta a todos: “Dadles vosotros de comer”, les responde, y a continuación opera el portentoso milagro que llena de sorpresa a todos.


Los Doce aprendieron bien la lección, pues más adelante, en los primeros años de la Iglesia, fomentaron la distribución de alimentos entre los fieles más pobres. Esta actitud se ha manifestado en la Iglesia hasta hoy, y han brotado numerosísimas iniciativas de caridad impulsadas por los cristianos. En países menos desarrollados, y también en las periferias de aquellos desarrollados, han surgido bancos de alimentos, comedores públicos, escuelas de cocina para personas sin formación y otras muchas iniciativas de servicio. No nos conformemos con admirar estas iniciativas; al menos, recemos para que sean muy eficaces y pongamos nuestra mano si estamos en condiciones de hacerlo.


Llenos de gozo y generosidad, seamos portadores de la misericordia de Dios con todos, y especialmente con los indigentes. Las posibilidades –muy variadas– no faltarán si practicamos la caridad: por ejemplo, dedicar un tiempo periódicamente en organizaciones de solidaridad; implicarse en esa misma tarea también como ocupación profesional; aportar ayudas económicas a esas iniciativas; trabajar para modificar las leyes que impiden un comercio justo de los alimentos; evitar el derroche de comida en la propia casa, etcétera.


Deben resonar en nuestras almas las palabras de Jesucristo: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”. Preguntémonos: ¿qué puedo hacer yo?, ¿cómo animo a los demás?


Jesús, que es Dador de Vida, no solamente repartió los panes y los peces en una colina de Galilea sino que, cuando llegó el momento sublime de la Última Cena, le vemos distribuir el pan convertido en su Cuerpo y el vino convertido en su Sangre. Si en alguna ocasión encontramos excusas para no empeñarnos en obras de caridad, o si el egoísmo nos inclina a apartar la vista de quienes carecen del mínimo necesario; si derrochamos dinero en nuestros gastos; o si pensamos que el hambre es un tema demasiado complejo para afrontarlo personalmente, miremos más fijamente a Cristo-Eucaristía: Él, suma Justicia, se ha ofrecido como Alimento y se ha dado completamente. Vino a este mundo, para que su Vida sirviera como sustento de la nuestra. Su generosidad nos otorga vigor, y su muerte nos devuelve la vida.


Jesucristo, rostro de la misericordia del Padre, nos brinda el sustento de su Cuerpo y de su Sangre bajo las apariencias de pan y de vino, trayéndonos así una participación en la vida eterna. Imitémosle: nosotros no podemos llegar a ese extremo de entrega, pero sí contamos con la capacidad de dar de comer y de beber a los miembros del Cuerpo místico de Cristo, invitándoles a acercarse a la Eucaristía y también a otras ayudas materiales.


Desde los comienzos del Opus Dei, san Josemaría inculcó a quienes acudían a formarse a su lado el gran afán cristiano de salir al encuentro de los indigentes, de quienes carecen de medios materiales; y se dirigió amablemente a los necesitados y a otros que trataban de ocultar su pobreza con dignidad. Les llamaba "los pobres de la Virgen”, y habitualmente los visitaba en sábado, en honor de Nuestra Señora. Practicaba esa obra de misericordia sin humillar. Además, con los muchachos a los que sugería que le acompañaran, facilitaba que diesen un poco de dinero o algo entretenido para leer, unos juguetes para los niños, unos dulces a los que sólo tenían acceso los ricos…; y, sobre todo, les transmitía afecto, conversación, interés verdadero por sus necesidades y sus problemas, porque veían en ellos -¡con alegría!- que estaban trabajando con sus hermanos.


Ocasiones similares podrán repetirse a diario también en las vidas de cada uno, de cada una. Podemos pedir a san Josemaría que nos ayude a identificarlas y a seguir su ejemplo de servicio, de caridad, que es cariño verdadero.